
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 2
Mi bar está en un edificio de cinco plantas. La primera es el bar en sí, grande, lujoso y abierto las veinticuatro horas del día. Es el sitio perfecto para tomarte algo tranquilo. Mis hombres vigilan cada entrada, cada salida, cada cara que cruza la puerta.
Pero lo interesante está arriba. En una esquina del bar, casi escondido detrás de una puerta sin letrero, hay un ascensor. Dos de mis tíos de confianza lo custodian siempre. Nadie sube sin mi permiso. Nadie. Ese ascensor va directo al último piso, el quinto, y me deja justo en mi apartamento. Cuando se abren las puertas, apareces directamente en mi salón. No hay pasillos ni recibidores, solo un espacio abierto, minimalista, con ventanales enormes que dan a la ciudad. Mi santuario privado sobre el caos del mundo.
El zumbido insistente del móvil me saca del sueño.
Gruño, mosqueado, sin abrir los ojos. El sonido es constante, agudo, como un puto mosquito dando por culo en mi oído. Alargo la mano hacia la mesilla, tanteando a ciegas hasta que doy con el aparato. La melodía del tono sigue sonando. Sin mirar quién coño llama, deslizo el dedo y me lo llevo a la oreja.
—¿Qué?— mi voz sale ronca, áspera, entre el sueño y el alcohol de anoche.
—Enciende la tele— es Travis. Su voz suena rara… no asustada, pero sí tensa.
—¿Por qué?— pregunto, frotándome los ojos con la mano libre.
—Solo hazlo, en el canal de noticias. Ahora.— ordena.
—Travis, ¿qué mierda pasa?
Intento seguir hablando, pero el cabrón cuelga de golpe, dejándome con la palabra en la boca. Suelto un bufido, cabreado. A mi lado, Vanessa sigue dormida, tan pancha. Su pelo está hecho un desastre sobre la almohada, las sábanas blancas tapándole el cuerpo desnudo. Me incorporo, pasándome las manos por la cara. Todavía tengo la cabeza embotada, con el sueño pegado como si fueran telarañas. Quiero seguir durmiendo, pero ya es imposible.
La resaca me da un leve martilleo en la sien. Maldito vodka. Pero vamos, no es nada que no haya aguantado antes. Sin mirar a Vanessa, me levanto. Solo llevo los bóxers negros puestos. El aire frío del cuarto y el suelo helado me espabilan un poco más.
Salgo del dormitorio y voy descalzo hacia el salón. El espacio abierto me recibe con su silencio habitual, al que ya estoy más que acostumbrado. Los ventanales muestran Berlín despertando. El sol empieza a asomar entre los edificios; tiene que ser temprano. Muy temprano.
¿Qué coño será tan urgente? ¿Y cómo es que Travis puede estar despierto a esta hora?
Veo el mando a distancia sobre el sofá de cuero negro. Lo cojo y enciendo el pedazo de plasma que tengo colgado en la pared. La pantalla cobra vida con un programa matutino de mierda. Cambio de canal, uno, dos, tres… hasta que lo veo.
La imagen me hace arquear una ceja. Es el puente de Oberbaumbrücke, lo reconozco al instante por sus torres rojas. Pero no es el puente lo que me llama la atención, sino lo que cuelga de sus barandillas.
El cuerpo de Werner Fischer, hecho pedazos, amarrado con cuerdas gruesas, balanceándose con el viento. Las extremidades extendidas. Una escena horrenda para cualquiera… salvo para los que ya hemos visto demasiada mierda en esta vida. Su cara hinchada y ensangrentada se ve perfecta en cámara. Y debajo de él, colgando del mismo sitio, hay una lona blanca enorme, imposible de ignorar, con letras rojas que gritan un mensaje…
«RAVEN:
TE HAS METIDO EN EL TERRITORIO EQUIVOCADO. EL CLAN GEIST TE DECLARA LA GUERRA. ATENTE A LAS CONSECUENCIAS.»
Se me dibuja una sonrisa lenta en la cara; joder, Andreas lo ha clavado. En la pantalla, una reportera rubia está plantada frente al puente, rodeada de policías y forenses. Tiene un micrófono en la mano y la cara le mezcla profesionalidad con un horror que no consigue disimular. El pelo le baila con el viento; subo el volumen del plasma para enterarme bien.
—…el cuerpo fue hallado esta mañana sobre las cinco por un transeúnte— su voz tiembla un poco —La policía aún está intentando identificar a la víctima, aunque fuentes cercanas apuntan a que podría estar relacionado con actividades del crimen organizado.
La cámara hace zoom al letrero. Los agentes ya empiezan a quitarlo, pero el mensaje ya está inmortalizado. Ya ha llegado a toda Berlín. A toda Alemania. A Raven, especialmente.
—El mensaje, como pueden ver— continúa la reportera, señalando la lona —Parece una declaración de guerra entre bandas. El nombre «Clan Geist» no es desconocido para las autoridades, aunque hasta ahora habían operado con relativa…— se queda buscándose las palabras —…discreción.
Me parto por dentro. ¿Discreción? Como si alguna vez me hubiera preocupado por eso. La cámara vuelve a ella; sus ojos ya no solo muestran preocupación profesional: muestran miedo de verdad.
—Esta es la tercera víctima vinculada al crimen organizado encontrada en Berlín solo este mes— dice, bajando un tono —Y uno no puede evitar preguntarse… ¿cuándo acabará esto? ¿Cuándo dejará Alemania de ser tan peligrosa? ¿Cuándo podrá la gente vivir sin miedo?
Sus palabras flotan en el aire. Detrás, los forenses bajan el cuerpo de Werner.
—Las autoridades han prometido una investigación exhaustiva— remata la reportera, recomponiendo la cara de periodista —El ministro del Interior dará una declaración esta tarde. Mientras tanto, se insta a los residentes de Berlín a mantenerse alerta y denunciar cualquier actividad sospechosa.
La cámara se retrae y muestra la escena entera: el puente, el cuerpo, los policías. El caos medido de una escena del crimen. Y en medio de todo eso, mi mensaje, mi declaración de guerra. Apago el plasma y suelto un suspiro. Me quedo de pie, solo con los bóxers, mirando la pantalla ya negra. Mi reflejo me devuelve la mirada. Pronto cumpliré treinta y dos años y…
Mi móvil vibra otra vez; apenas veo la pantalla cuando se enciende: es un mensaje de Travis.
«Supongo que ya lo viste. Medio Berlín está hablando de esto. Nos vemos en una hora en mi casa. Tenemos que hablar de los próximos movimientos.»
No respondo. Dejo el móvil encima de la mesa de centro y vuelvo a la habitación. Vanessa sigue dormida, sin tener ni idea de que el tío que yacía en esa misma cama acaba de poner en marcha una guerra que puede prender toda la ciudad. Me quedo en el umbral, mirándola un momento. Ella no sabe nada de Bill. No sabe nada del vacío que cargo, no sabe que cada mujer con la que paso la noche es solo un intento patético de rellenar algo que ya no se llenará nunca.
Porque el mundo es así, lleno de llamas, fuertes, débiles, únicas, y no todas las llamas son iguales. No hay nadie como mi moreno precioso. Joder, lo echo de menos como a nada en este mundo; no sé cómo no me he suicidado ya, no sé cómo sigo en pie ahora que no tengo nada. Suelto un resoplido, me doy la vuelta y voy al baño.
Necesito una ducha, necesito espabilarme porque la guerra acaba de empezar. Y no pienso perder.
Me quito el boxer al entrar en la ducha y abro el grifo; el agua caliente me pega en la espalda. Dejo que el vapor inunde el baño, que el calor relaje los músculos tensos. Cierro los ojos y por un momento, solo un momento, intento no pensar. Pero es imposible. Los pensamientos vuelven siempre, como fantasmas que no descansan.
Tras varios minutos, cierro el grifo. El silencio que sigue es casi ensordecedor; me paso las manos por la cara, sacudo la cabeza para quitarme el agua de los ojos. Salgo de la ducha y cojo una toalla, me la ato a la cintura. Con la otra empiezo a secarme las trenzas finas. El agua gotea de las puntas, resbalando por mi pecho y los tatuajes que me cubren la piel. Abro la puerta del baño y el aire frío del cuarto me golpea.
—Buenos días— la voz de Vanessa me obliga a mirar hacia la cama.
Está despierta, sentada, con las sábanas apenas hasta la cintura. El pelo hecho un lío, los ojos fijos en mí con algo que podría llamarse… ¿cariño? —¿Por qué no me despertaste para ducharnos juntos?— pregunta, con tono juguetón.
Se me escapa una risa seca. Sin gracia. Sin calor. —Porque tú solo estás aquí para cubrir mis necesidades, nada más— respondo, mientras sigo secando las trenzas sin mirarla —No esperes que finjamos ser pareja, Vanessa. No lo somos. Tú eres mi putita. Nada más.
El silencio que viene después pesa. Siento su mirada clavada en mí, pero me importa una mierda. Me imagino la expresión en su cara sin tener que girarme. Entonces noto que la cama se mueve: seguro que se levanta.
—Eres un hijo de puta— su voz tiembla entre la indignación y la rabia; dejo de pasar la toalla por mis trenzas y me quedo quieto —¿Sabes qué, Klaus? ¡Vete a la mierda! Me tratas como si fuera un puto juguete. ¡No me vuelvas a buscar!
La veo de reojo mientras se agacha a buscar la ropa tirada por el suelo, su lencería negra de anoche; se mueve con brusquedad, furiosa. Recoge sus cosas y pasa junto a mí rumbo a la puerta. Mi mano sale sola y la agarro del brazo con fuerza antes de que llegue a abrir.
—¿Qué mierda crees que estás haciendo?— mi voz baja, peligrosa.
—¡Suéltame!— intenta zafarse, pero no se lo permito; con un movimiento rápido y seco la empujo hacia la cama. Ella cae sobre el colchón con un grito atragantado; la ropa se le resbala de las manos. Me inclino sobre ella, con las palmas apoyadas a cada lado de su cuerpo, atrapándola. Mis ojos se clavan en los suyos.
—No te atrevas— digo despacio, cada palabra medida —A hablarme así nunca más en tu puta vida. ¿Me has oído?
Ella tiembla. Veo el miedo reptando por su mirada. —Tom, yo solo…
—Que no se te olvide— la corto, acercando la cara a la suya —Que estás viva porque tuve compasión. ¿O ya te has olvidado quién era tu padre? ¿Que yo me cargué su pequeña organización de mierda para hacer crecer la mía, eh?— su respiración se acelera; las lágrimas se asoman —Pude haberte matado esa noche, Vanessa— continúo con la voz rasposa, amenazante. Odio cuando se me plantan.
A veces hay que recordarles cuál es su puto lugar. A una ya le arranqué la lengua por lo mismo.
—Pude haberte dejado en el suelo junto a tu padre, con una bala en la cabeza. Pero no lo hice— le recuerdo; sus ojos no saben dónde fijarse para esquivar mi mirada —¿Y sabes por qué? Porque decidí que podías servirme.— traga saliva; el labio inferior le tiembla —Y si me da la gana— me acerco más; mi aliento roza su cara —Puedo matarte aquí mismo. Ahora. Dejarte hecha un colador en esta cama. Porque, al fin y al cabo, no me sirves para nada más que para ser mi perra personal. Para abrir las piernas cuando yo quiera y ya.
El silencio es total. Solo se oyen sus respiraciones entrecortadas y el latido acelerado de su corazón.
—¿Te ha quedado claro?— pregunto, mirándola fijo. Ella asiente, rápido y repetido. Las lágrimas resbalan por sus mejillas. —Dilo— ordeno.
—S-sí— susurra.
—¿Sí qué?
—Sí, Klaus. Me ha quedado claro.
Me incorporo despacio y me aparto de ella. Recojo la toalla que había tirado y sigo secándome las trenzas como si nada hubiese pasado. —Bien— digo con indiferencia —Ahora lárgate. Y prepárate para tu turno en el bar. Tienes curro que hacer.
Vanessa se incorpora torpe, temblorosa. Recoge la ropa a prisas, sin mirarme. Se viste rápido; las manos le tiemblan tanto que apenas logra abrocharse el sujetador. En menos de tres minutos está lista; tiene el pelo hecho un desmadre, el maquillaje corrido por la noche y por las lágrimas que ahora quedan contenidas en sus ojos.
Va hacia la puerta sin decir nada, pero justo antes de salir se para. —Lo siento— murmura, tan bajo que casi no lo oigo.
No contesto; solo la veo marcharse. La puerta de mi habitación se cierra con un clic suave y me quedo solo otra vez. Como siempre. Me miro en el espejo del armario: el hombre que me devuelve la mirada ya no lo reconozco. Frío. Cruel. Vacío.
¿Mi moreno me reconocería ahora?
¿Me miraría con esos ojos marrones llenos de amor, como antes?
¿O me miraría con horror?
Humm, probablemente con horror, y quizás sea lo correcto. Porque el Tom que Bill amó murió hace diez años; lo que queda es esto. Un monstruo, un fantasma. Un hombre sin corazón. Mi corazón se volvió ceniza con mi moreno y con nuestros hijos.
Termino de secarme y abro el armario. Elijo ropa oscura, como siempre: pantalones anchos negros, camisa negra, chaqueta negra. Me visto despacio, cada movimiento mecánico, automático. En una hora tengo que reunirme con Travis y los demás. Tenemos una guerra que planear y yo tengo un mensaje que mandar a quien se cruce en mi puto camino.
Cojo el móvil y las llaves del coche: es hora de currar, hora de hacer lo que mejor sé hacer: destruir.
&
El Cadillac Escalade negro se desliza por las calles de Berlín a buena velocidad. Felipe, mi nuevo chófer después de lo de Bach, conduce con la precisión y el silencio que exijo.
Mierda, Bach…
Recuerdo el enfrentamiento con Brian, cuando todo se fue a la mierda, cuando los tiros llenaron el aire y la sangre empapó el suelo. Bach resultó herido. Muy grave, por la zorra de Nathalie al intentar impedir que se llevara a mi moreno. Pero Matthew, en el caos de intentar salvar a los heridos, no supo que Bach había caído. No dio con él; en cambio, la DEA sí.
Lo arrestaron. Lo llevaron a Estados Unidos. Lo metieron en una prisión de máxima seguridad y le dieron una condena de veinte años. Sin visitas, aislado del mundo. Y Chantelle, su novia, me odia por ello. Me echa la culpa. Dice que tenía que haber hecho algo, que tendría que haberlo sacado. Que tendría que haber movido contactos, pagar lo que hiciera falta, hasta reventar las puertas de esa puta cárcel si hacía falta.
Y tenía razón. Debería haberlo hecho. Pero no pude.
No cuando estaba procesando la muerte de Willem. No cuando estaba perdiendo la cabeza. No cuando todo mi mundo se venía abajo.
Ahora Chantelle vive en Múnich, escondida en un piso que yo mismo me encargué de ponerle, criando sola al hijo de Bach. Un crío de diez años que nunca conoció a su padre, porque Chantelle estaba embarazada y ni lo sabía, y se enteró cuatro meses después de que metieron a Bach en la cárcel. Y ese niño… ese niño que debería tener a su padre, solo tiene el recuerdo de lo que pudo haber sido.
Ni siquiera Bach sabe que tiene un hijo…
Salgo de mis pensamientos cuando el Escalade se detiene frente a la casa segura de mi hermano. Un edificio discreto en las afueras de la ciudad, rodeado de árboles, con muros altos y cámaras que graban hasta el más mínimo movimiento en un radio de doscientos metros. Travis reforzó todo eso cuando se enteró de que su mujer estaba embarazada…
—Espera aquí— le digo a Felipe mientras abro la puerta.
—Sí, jefe— le oigo responder antes de salir.
Bajo del coche y camino hacia la entrada. Varios de los hombres de Travis vigilan el perímetro. Me reconocen al instante y se apartan con respeto para dejarme pasar. Uno de ellos abre la puerta principal sin que tenga que decir nada. Entro al vestíbulo.
—¿Dónde está Travis? Avísale que ya he llegado— le digo a Yoshua, la mano derecha de mi hermano. Justo en ese momento, un grito capta toda mi atención.
—¡Tío Klaus!— exclama una voz infantil.
Una pequeña figura rubia corre hacia mí desde el suelo, donde estaba tirada entre hojas de papel y ceras de colores. Su pelo largo rebota con cada paso; sus ojos marrones oscuros, tan parecidos a los de Travis, brillan con pura alegría.
Es Cristina. La hija de Travis. Tiene siete años. Mi sobrina. La niña más preciosa e inocente que conozco, y la única persona en este mundo capaz de arrancarme una sonrisa de verdad. Me agacho justo a tiempo para recibirla entre mis brazos. Ella se lanza sobre mí con la confianza total de un niño que sabe que siempre va a ser atrapado. La levanto, la giro una vez en el aire y luego la acomodo sobre mi cadera.
—Hola, princesa— digo con una voz más suave de lo que pensaba.
—¡No has venido a verme en muuucho tiempo!— me reprocha, frunciendo el ceño con esa carita adorable que solo los niños pueden poner —¡Te he echado de menos!
—Yo también te he echado de menos, cariño— respondo, apartándole un mechón del pelo de la cara —He estado liado.
—Siempre estás liado— se queja, haciendo un puchero —¿Has venido a jugar conmigo? ¿Podemos jugar a las princesas? ¿O a pintar? ¡Mira, estaba dibujando un unicornio!
Señala el suelo, donde hay un dibujo de algo que más o menos parece un caballo con un cuerno. —Está precioso— le digo con cariño —Eres toda una artista.
—¿Entonces vas a jugar conmigo?— pregunta con los ojos brillando de ilusión.
Algo en mi pecho se encoge. Me encantaría decir que sí, sentarme en el suelo con ella, coger esas ceras y olvidarme del mundo por un rato. Olvidarme de la guerra. De Nexus. De Raven. De Brian. Pero no puedo.
—No hoy, princesa— le digo, odiando cómo su sonrisa se apaga un poco —He venido a hablar con tu padre. Es cosa de adultos. Cosas aburridas.
—Oooh— suspira, exagerando —Siempre trabajo, nunca juegos.
—Dime qué— le propongo, pellizcándole suavemente la nariz —Cuando acabe con tu padre, igual nos vamos a por un helado. ¿Qué te parece?
Su cara vuelve a iluminarse como un árbol de Navidad. —¿¡De verdad!? ¿¡De chocolate!?
—Del sabor que tú quieras.
—¡Siii!— celebra, abrazándome con fuerza.
La abrazo de vuelta, hundiendo la cara en su pelo por un segundo. Huele a champú de frutas. Melannie la cuida de maravilla, pero yo soy su tío consentidor. Si mis hijos hubieran vivido… mi niña tendría casi su edad ahora. Diez años. ¿Sería como Cristina? ¿Tendría los ojitos preciosos de mi moreno? ¿Su sonrisa? ¿Cómo sería mi niño?
Una punzada brutal me atraviesa el pecho.
—Señor Klaus— una voz me saca de mis pensamientos. Levanto la vista: es Yoshua, de pie al final del pasillo. Alto, corpulento, con una cicatriz cruzándole la ceja izquierda —El jefe le espera en el despacho— dice.
Asiento. Bajo a Cristina con cuidado, dejándola de pie sobre el suelo. —Tengo que irme, princesa— le digo, besándole la frente —Pero no te preocupes, ese helado está más que asegurado.
—¡Promételo!— dice, extendiendo su meñique.
Engancho el mío con el suyo. —Prometido.
Ella sonríe y corre de nuevo hacia su rincón de dibujo. La observo un segundo más antes de enderezarme y seguir a Yoshua por el pasillo. Es largo, con paredes decoradas con sobriedad. Fotos familiares, nada ostentoso. Esto es una casa segura, no un palacio. Yoshua se para frente a una puerta de madera oscura y da dos toques antes de abrirla.
—Adelante —escucho la voz de Travis desde dentro.
Continúa…
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