Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 20

Voces.

Escucho voces lejanas. Como si estuvieran al otro lado de una pared gruesa; son masculinas y hablan sobre algo que no logro comprender y luego estallan en risas. Mi cerebro está aturdido, nebuloso, como si estuviera bajo el agua.

¿Qué coño pasó?

¿Dónde estoy?

Intento abrir los ojos, pero están tan pesados, como si tuvieran pesos encima. Así que solo escucho mientras intento recuperar fuerzas por completo. Las voces se van aclarando gradualmente; puedo distinguir tonos, emociones.

—…todo el viaje sin problemas— dice una voz grave, mayor —Ni un solo movimiento, eh. El sevoflurano funcionó perfectamente, tío…

—¿Cuánto le diste?— pregunta otra voz, más joven —Porque estuvo completamente apagado durante, ¿qué? ¿Ocho horas?

—Según lo que me dio Matthew, fue una dosis calculada para su peso y altura— responde una tercera voz, más indiferente, como si hablar le aburriera —Fueron setenta y cinco kilos aproximadamente. Le di una concentración del ocho por ciento inicialmente, luego mantuve niveles bajos durante el vuelo. Suficiente para mantenerlo sedado pero no tanto como para causarle problemas respiratorios.

Sevoflurano. Joder.

Conozco ese nombre: es un anestésico inhalado que es súper potente. Es del tipo que usan en cirugías mayores. Estos tipos sabían exactamente lo que estaban haciendo.

—El jefe estará contento— dice la voz grave —Nos dijo que lo trajéramos intacto, sin marcas, sin problemas, y aquí está. ¿Cuánto creen que será nuestro pago?

El jefe. ¿Qué jefe? Mi corazón empieza a latir más rápido, el miedo serpentea por mi columna y recorre todo mi cuerpo.

—Mejor no nos adelantemos; ya sabéis cómo es el jefe…— dice otro.

—¿Cuánto falta para aterrizar?— pregunta alguien.

—Quince minutos, tal vez menos. El piloto acaba de confirmar que tenemos autorización para el descenso.

—Perfecto. Avisad al contacto en tierra para que tenga el coche preparado y el camino despejado; no queremos retrasos.

—Ya está hecho, todo listo.

Hay silencio unos segundos y entonces otra voz diferente habla. —¿Creéis que cooperará? Me refiero al agente. Cuando le expliquemos lo que queremos.

—No lo sé— responde la voz grave —Pero el jefe tiene sus métodos; siempre los ha tenido.

—Sí, pero este es un agente de la DEA, idiota— gruñe otro —No es cualquier gilipollas de la calle; está entrenado y sabe cómo resistir interrogatorios.

—Por eso el jefe lo quiere vivo y consciente— dice otra voz —Para hablar, para negociar. Si solo quisiera información por la fuerza, ya lo habríamos torturado y él no se arriesgaría tanto a dejarse ver, ¿entiendes?

Tortura. La palabra hace que mi sangre se congele.

—Además— continúa la voz grave —El jefe dijo que este agente tiene algo que él necesita.

—¿Qué será?

—No lo sé; no lo dijo. Ni siquiera Georg nos dio detalles— responde la voz grave —Solo que este agente es la clave para encontrar a esa persona.

¿De qué están hablando? ¿Qué información tengo yo que alguien querría tan desesperadamente como para secuestrarme? No entiendo nada. ¿A dónde mierda me llevan, joder? Me estoy desesperando.

—Y si no coopera…— empieza a decir la voz joven.

—Entonces el jefe hará lo que siempre hace— interrumpe otra voz, esta vez con tono casi aburrido —Matarlo…

Estallan en risas sin ningún tipo de humor real. Mi estómago se retuerce; necesito salir de aquí, de donde sea que esté. Necesito escapar. Pero primero necesito saber dónde estoy exactamente, así que, lentamente, muy despacio, intento abrir los ojos. La luz del lugar donde me encuentro me ciega un poco; para mí es demasiado brillante. Mantengo los ojos entrecerrados, parpadeo varias veces, intentando enfocar, adaptándome a la luz después de haber estado «dormido».

Mi visión está borrosa al principio y luego, gradualmente, se aclara. Miro a mi alrededor: estoy en una especie de avión, eso es lo primero que registro. Asientos de cuero beige, paneles de madera oscura pulida y ventanas ovaladas con cortinas parcialmente echadas.

Y cinco hombres.

Todos repartidos por la cabina. Algunos sentados, otros de pie. Todos vestidos de manera informal; uno de ellos, el más cercano a mí, nota mi movimiento. Sus ojos se clavan en los míos. —Está despertando— anuncia en voz baja al resto.

Los otros cuatro giran de inmediato; la conversación que tenían se detiene. Me miran: cinco pares de ojos evaluándome, calculando. Intento incorporarme deprisa; mis brazos responden lentamente, torpes por la droga aún en mi sistema. Consigo sentarme en el asiento; la cabeza me da vueltas ligeramente, pero no es insoportable.

—Buenas noches, agente Keller— dice uno de ellos.

Es el mayor del grupo, lo sé por su rostro. Tiene barba incipiente, la cara curtida con cicatrices pequeñas y ojos azules fríos que me estudian con interés. —¿Dónde estoy?— mi voz sale ronca, áspera, como si hubiera estado gritando.

—En un jet privado— oh, Dios —Volando sobre el Atlántico rumbo a Alemania.

¿Alemania?

—¿Qué mierda…? ¿Quiénes sois?

—Eso no es relevante en este momento.

—¿Qué queréis de mí?— intento de nuevo.

—Eso tampoco te lo puedo decir, al menos no todavía— el hombre se inclina ligeramente hacia adelante —Pero puedo decirle esto… si coopera, si hace lo que le pedimos, saldrá de esto vivo y relativamente ileso. Si no coopera… bueno, entonces las cosas se pondrán mucho más desagradables para usted, agente.

Miro alrededor de la cabina buscando salidas, opciones. Hay una puerta hacia la cabina del piloto; está cerrada y probablemente bloqueada. Hay otra puerta en la parte trasera, también cerrada. Las ventanas son inútiles: estamos en el aire.

Y son cinco hombres contra uno. Cinco que parecen profesionales armados contra un agente aún grogui por la anestesia. Las probabilidades no están a mi favor en este momento. ¡Mierda!

—Soy un agente federal de la DEA— digo, manteniendo la voz lo más firme posible a pesar de sentirme todavía atontado —Secuestrarme es un delito federal. Cuando la DEA descubra lo que habéis hecho, os cazarán a todos y pasaréis el resto de vuestras vidas en prisión o muertos.

Se forma un pequeño silencio antes de que los cinco hombres se echen a reír. De verdad se ríen, como si acabara de contar el mejor chiste del mundo. —¿Eso es una amenaza?— pregunta el rubio del grupo, un tipo con cara de niño pero ojos de asesino —Porque suena adorable, ¿verdad, chicos?

Más risas, intensificándose.

—Mire, agente— dice el mayor; su sonrisa desaparece —Entiendo que esté asustado, confundido y probablemente cabreado. Todo eso es normal, ¿sabe? Pero déjeme aclararle algo muy importante…— se acerca más; su presencia resulta intimidante, controlada pero peligrosa —No va a amenazar a nadie aquí. Primero, porque nuestro jefe lo mataría antes de que pudiera intentar algo estúpido. Y créame, nuestro jefe no tiene problemas en matar agentes federales… ya lo ha hecho antes.

¿Qué coño…?

—Segundo— continúa —Porque la DEA no tiene ni puta idea de dónde está usted ahora. Ni siquiera saben que ha sido secuestrado todavía; creen que simplemente no volvió a casa después de su carrera. Para cuando se den cuenta de que algo va mal, usted estará tan profundo en territorio alemán que nunca lo encontrarán.

—Y tercero— añade otro de los hombres, con una pequeña sonrisa burlona en los labios —Porque lo más inteligente que puede hacer es cooperar. Hacer lo que el jefe le pida, responder a sus preguntas y, tal vez, solo tal vez, saldrá de esto vivo.

Tenso la mandíbula y los miro, procesando sus palabras. Estos tipos no son amateurs: son profesionales, organizados, bien financiados. Y han mencionado a su «jefe» varias veces. Alguien con suficiente poder como para ordenar el secuestro de un agente federal en suelo estadounidense. Alguien que opera en Alemania.

Oh no… una idea horrible empieza a formarse en mi cabeza.

—¿Quién es vuestro jefe?— pregunto —¿Quién os ha ordenado secuestrarme? ¿Es… es Frost?

El mayor sonríe, pero no confirma ni niega. —Todas sus preguntas serán respondidas cuando lleguemos a nuestro destino— es lo único que dice, alejándose de mí.

—Aterrizamos en diez minutos— anuncia alguien desde la cabina del piloto.

—Perfecto— dice el mayor —Preparados.

Los cinco hombres empiezan a moverse, guardando cosas, preparando… lo que sea que necesiten preparar. Nadie me presta atención directa en ese momento; es mi oportunidad. Tal vez la única que tenga. Mi corazón late con fuerza, la adrenalina reemplaza el aturdimiento de la droga. Necesito un plan, y rápido.

El jet comienza a descender; siento presión en los oídos por el ángulo del descenso. Los hombres siguen con sus preparativos, hablando entre ellos. Aterrizamos suavemente: las ruedas tocan el asfalto con apenas un rebote y nos deslizamos por la pista, reduciendo velocidad hasta que por fin el jet se detiene.

—Vamos— dice el mayor, acercándose a mí —Arriba.

Me pongo en pie; las piernas me tiemblan, pero aguantan el peso. Dos de los hombres me flanquean, uno a cada lado. Sus manos no me tocan, pero están cerca, listas por si intento algo. La puerta del jet se abre y los escalones automáticos se despliegan. El aire frío de la noche entra en la cabina.

—Adelante— ordena el mayor.

Bajo los escalones con los dos hombres detrás y los otros tres delante. Mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad: parece un aeropuerto pequeño, quizá privado. Solo hay un par de hangares visibles y las luces de pista iluminan el entorno inmediato. A unos veinte metros hay un coche negro, otro SUV, esperando.

Al llegar al final de los escalones, la suela de mis deportivas toca el asfalto y entonces oigo la conversación de los hombres. El rubio y otro, un tipo moreno con barba, están discutiendo lo bastante alto como para que los demás lo escuchen.

—Te dije que trajeras las esposas antes de bajarlo— dice el moreno, molesto.

—Y yo ya te dije que tú estabas a cargo del equipamiento— responde el rubio, desafiándolo —Si querías esposas, tenías que traerlas tú.

—Mi trabajo era coordinar el transporte; el tuyo era asegurar al prisionero, eso lo dijo Georg— contesta el otro.

—El prisionero está asegurado, rodeado por cinco tipos armados. ¿Qué va a hacer? ¿volar?— pregunta con sarcasmo el rubio.

—No es el punto, Félix. El protocolo dice…

—El protocolo dice que uses el sentido común, tío. Y el sentido común dice que con cinco contra uno no necesitamos esposas todavía— espeta el rubio, con obviedad en la voz.

El mayor suspira, exasperado. —Suficiente. Podéis discutir los protocolos después. Ahora moved.

Pero la discusión ha creado una distracción: los dos que me flanqueaban se giran ligeramente hacia sus compañeros y sus posturas se relajan; las manos ya no están tan cerca de mí. Es ahora o nunca. Actúo rápido y me lanzo hacia adelante sin pensarlo, corriendo con todo lo que tengo. Por un segundo, un glorioso segundo, no pasa nada.

Pero luego…

—¡Mierda!— grita alguien detrás de mí —¡Se está yendo!

—¡Joder! ¡Agarradlo!

—¡Te lo dije, Félix! ¡Te dije que necesitábamos las esposas!

—¡Cállate y corre, idiota!

Escucho pasos detrás de mí; son múltiples y rápidos. Pero yo también soy rápido, he estado corriendo toda mi vida, es mi ejercicio, mi terapia. Corro hacia los hangares, hacia la oscuridad, joder, hacia cualquier sitio que no sea ese puto coche. Hay luces a lo lejos, edificios. Tal vez una oficina, una terminal. Solo necesito llegar ahí, encontrar un puto teléfono y pedir ayuda.

Mis pulmones arden, las piernas protestan. Pero sigo corriendo; miro atrás un segundo. Los cinco hombres me persiguen, pero están separados. El rubio, al que llamaron Félix, va delante y los otros más atrás. Y justo cuando vuelvo la cabeza hacia adelante… algo me golpea por detrás. Es el peso de un cuerpo: el jodido Félix. Nos estrellamos contra el asfalto; el impacto me saca el aire de los pulmones.

Ruedo por el suelo intentando liberarme, pero él es rápido y se recupera antes que yo. Me agarra del brazo intentando inmovilizarme. Pero no voy a dejar que me capturen así como así. Giro el cuerpo y mi codo conecta con su mandíbula, fue un golpe sólido. Félix gruñe, su agarre aflojándose momentáneamente. Aprovecho eso y me libero. Intento ponerme en pie, pero él también se incorpora.

Y ahora está cabreado…

—Hijo de puta— escupe.

Me lanza un puñetazo que esquivo, apenas. Respondo con uno propio que le da en la mejilla y su cabeza gira con el impacto. Pero no cae; en cambio, se lanza de nuevo contra mí. Volvemos a estrellarnos contra el asfalto. Esta vez quedamos trabados en el suelo, peleando, dándonos golpes.

Mi puño impacta su nariz y la sangre empieza a brotar. Él responde con un golpe en mi boca; mi labio se parte y siento el sabor metálico de la sangre inundando la lengua. Sin embargo no me detengo. Le doy un rodillazo en las costillas, una, dos veces. Él gruñe de dolor y su agarre se afloja. Aprovecho para asestarle un último golpe, un puñetazo directo en el ojo. Félix se tambalea hacia atrás, medio ciego y aún sangrando.

Me pongo en pie, respirando con dificultad. Pero entonces llegan los otros y un montón de manos me agarran los brazos, los hombros, la cintura. Me levantan y me inmovilizan otra vez.

Forcejeo, intento librarme pero es inútil; joder, son demasiados y muy fuertes. —¡Déjadme, gilipollas!— gruño entre dientes.

—¡Quieto!— vocifera el mayor —¡Deja de pelear o te rompo las piernas!— me quedo quieto al instante, despacio; no porque quiera, sino porque sé que lo dice en serio. El mayor se acerca y me mira con desprecio. —Qué astuto— dice —Muy astuto, agente Keller. Aprovechaste nuestra distracción y eso requiere agallas.

Escupo sangre a sus pies. —¡Que te jodan!

Sonríe levemente. —También requiere estupidez. Porque ahora vas a pasar las próximas horas esposado e incómodo, cuando podrías haber cooperado desde el principio.

Félix se aproxima, todavía sujetándose la nariz; su ojo ya se está hinchando. —Pedazo de mierda— murmura, mirándome con odio puro.

—Félix— advierte el mayor —Ponedle las esposas— ordena —Y esta vez, que sean bien apretadas.

Uno de los hombres saca unas esposas metálicas; las siento frías cuando se cierran alrededor de mis muñecas al poner los brazos detrás de la espalda. Van apretadas, cortando un poco la circulación.

—Y la capucha— añade el mayor.

—¿Qué? No…

Pero antes de que pueda protestar más, algo negro y grueso me cubre la cabeza. Es la jodida capucha, bloqueando toda la luz, toda la visión. No sé por qué siento un déjà vu…

—¡¿Qué queréis de mí?!— grito con rabia —¡¿Qué coño queréis?!

—Eso— dice la voz del mayor, cerca de mi oído —Se lo preguntarás al jefe, él tiene todas las respuestas que buscas.

Me empujan hacia adelante, obligándome a caminar. Ciego, esposado y sangrando por el labio inferior, joder.

—El coche nos está esperando— dice alguien —Vamos, ya hemos perdido suficiente tiempo con estas gilipolleces.

—Sí, y el jefe no va a estar contento con el retraso.

—El jefe lo entenderá cuando le digamos que el agente intentó escapar— dice el mayor.

—Más le vale entenderlo. Porque si no…

Las voces se desvanecen ligeramente cuando me empujan dentro del coche y caigo sobre un asiento. Siento cómo se acomodan los cuerpos a ambos lados, atrapándome entre ellos. La puerta se cierra con un golpe seco y el motor arranca con un ronroneo suave. Nos movemos. Y yo me quedo ahí, en la puta y jodida oscuridad de la capucha, con las esposas cortándome las muñecas y la sangre goteando de mi labio roto.

Mi corazón late con fuerza. Lo intenté, joder, lo intenté, pero no fue suficiente. Y ahora estoy camino de… donde sea que me lleven, a encontrarme con ese «jefe» que no sé si realmente será Frost. El narcotraficante que mató a diecinueve de mis compañeros.

Y que ahora me tiene a mí. ¿Qué va a hacer conmigo? ¿Por qué me ha secuestrado?

¿Qué información cree que tengo?

Las preguntas giran en mi mente sin respuestas. El coche sigue avanzando por carreteras, autopistas, caminos desconocidos. No sé cuánto tiempo pasa, quizá veinte minutos, quizá una hora. Es imposible saberlo sin poder ver. Finalmente, el coche reduce la velocidad, gira y se detiene. Las puertas se abren y el aire frío entra. Siento unas manos agarrándome de nuevo, sacándome del coche.

—Ayudadle, no vaya a ser que se caiga…— escucho decir al mayor.

—Qué considerado— mascullo.

Me ponen de pie. Mis piernas están entumecidas, pero responden. Me guían hacia adelante, paso a paso. Escucho sonidos: la grava crujiendo bajo mis pies, luego pasos sobre madera, una puerta abriéndose, bisagras chirriando levemente. Entramos en algún lugar más cálido. El olor cambia, ya no es aire fresco. Es… tierra. Sí, como huele la tierra después de llover…

—Por aquí— dicen, girándome. Caminamos, giramos de nuevo.

Y entonces empezamos a bajar escalones, uno a uno. El aire se vuelve más frío, más húmedo. ¿Es acaso un sótano? Llegamos al final de los escalones y caminamos por lo que parece ser un pasillo largo, hasta que por fin nos detenemos.

No sé qué coño es esto, no sé nada, no entiendo nada… pero tengo miedo. Sin embargo, no voy a demostrarlo. Sea lo que sea que quieran, no lo van a conseguir de mí. Y si eso significa que quieran matarme, pues que lo hagan. He vivido ocho años, casi nueve, en peligro. Liderando operaciones en las que más de una vez salí herido, en las que más de una vez estuve a punto de morir. Así que si me amenazan con la muerte, no haré más que recibirla…

Porque no pienso abrir la boca para darle información a esta gente. Jamás traicionaría mis principios de esa forma. Si creyeron que conmigo iban a conseguir algo, se equivocaron, porque no diré absolutamente nada.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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