Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 22

Me empujan hacia delante, bruscamente, después de que abrieron una puerta. Pierdo el equilibrio y mis rodillas golpean contra el suelo haciéndome jadear de dolor; gracias al cielo no me di un golpe en la cara.

No sé cómo es que pude pelear contra un tipo, estando tan débil y sin haber comido nada. Un dolor agudo dispara por mis piernas pero lo ignoro; intento mantener mi postura lo mejor que puedo con las manos esposadas detrás de la espalda. —Quédate ahí— ordena una voz que reconozco al instante: es Felix. Todavía suena cabreado. —De rodillas y sin moverte.

—¿O qué?— suelto, aunque mi voz sale más tensa de lo que me gustaría. —¿Me vas a pegar de nuevo? Ya viste cómo salió la última vez.

Escucho un gruñido bajo y sus pasos acercándose. Con su mano me agarra del pelo a través de la capucha, tirando mi cabeza hacia atrás; jadeo entre dientes por el repentino dolor. —Escucha, agente de mierda— sisea Felix cerca de mi oído —Puedo hacer tu estancia aquí mucho más miserable de lo que ya va a ser, así que te sugiero que cierres esa boca y hagas lo que te digo.

—Felix— advierte otra voz, es la del hombre mayor —Suéltalo.

—Pero…

—He dicho que lo sueltes.

La mano desaparece de mi cabeza, soltando mi cabello y el dolor se desvanece lentamente. Oigo los pasos de Felix alejándose, murmurando algo que no logro captar por completo. Me quedo ahí, de rodillas en el suelo, con la capucha todavía cubriéndome la cabeza. Las esposas me cortan las muñecas, literalmente. El silencio se instala en donde sea que esté. Intento escuchar, intento orientarme, entender dónde estoy exactamente.

El espacio suena… cerrado, pequeño, como una habitación. Tal vez cuatro metros por cuatro metros. El aire es húmedo, frío y huele a hormigón. Es un sótano, sin duda alguna.

Escucho pasos de alguien caminando, moviéndose por el espacio. Y una voz autoritaria habla: —¿El agente está asegurado?— pregunta con mucha calma.

—Sí, Georg. Esposado y de rodillas, esperando instrucciones.— responde otro.

—Bien, Blade viene en camino. Estará aquí en cinco minutos.— dice el tal Georg… de nuevo siento esa sensación de déjà vu, pero la ignoro completamente y me centro en otra cosa.

Blade es el alias de Viktor König. Uno de los líderes del Clan Geist, el hermano de Klaus König. Coño. Puta mierda, quiero patear el suelo con todas mis fuerzas.

¿Pero por qué?

¿Qué puta mierda quieren de mí?

—Mientras tanto— continúa la voz del hombre Georg —Aseguraos de que el agente no intente nada estúpido. Si se mueve, si intenta levantarse, si hace cualquier cosa sospechosa… tenéis permiso para usar la fuerza necesaria.

—Entendido, señor.— responde otro.

—Felix, ¿qué te pasó?

—Mejor no preguntes, Geo… que me estoy conteniendo de no acercarme y partirle la cara a este cabrón.

Suelto una risita contenida sin poder evitarlo.

—¿El agente te hizo eso?— pregunta el tal Georg con algo de burla en la voz —Joder, bueno… esperaré fuera a Viktor.— dice y acto seguido escucho sus pasos alejándose, una puerta abriéndose y, al segundo, cerrándose.

Hay silencio otra vez, excepto por la respiración de los hombres que me rodean y la mía, que es agitada. Mi mente trabaja a toda velocidad, intentando procesar, intentando planear. Estoy en Alemania, en territorio del Clan Geist, rodeado de sus hombres, esperando a Viktor König. No hay salida fácil, no hay rescate inminente. La DEA ni siquiera sabe dónde estoy; probablemente ni siquiera saben que me han secuestrado todavía.

Estoy solo, mierda, completamente solo. El tiempo pasa, no sé cuánto, tal vez tres minutos o quizás fueron diez, y escucho pasos de nuevo, y como la puerta se abre otra vez.

—Señor Blade— dice alguien, probablemente el mayor de los cinco hombres que me trajeron aquí, no lo sé —El agente está listo.

—Gracias, Ryan.— responde el que al parecer es Viktor —Buen trabajo trayéndolo, sin complicaciones mayores, espero.

—Bueno… hubo un pequeño incidente.— dice el otro —El agente intentó escapar en el aeropuerto y tuvimos que usar la fuerza para contenerlo, pero nada grave.

—¿Hubo heridas?

—Solo tiene el labio partido y algunas magulladuras.— responde —Nada serio, y Felix tiene la nariz rota y un ojo morado, pero sobrevivirá.

Una risa baja, casi divertida, sale de Blade. —¿El agente hizo eso? Vaya…

Los pasos se acercan, lentos, deliberados, y se detienen frente a mí. Puedo sentir su presencia cerca.

—Agente Benjamín Keller— dice la voz, profunda y algo divertida —Es un placer finalmente tenerle aquí; me presento, soy Viktor König, aunque eso ya lo debe saber— chasqueo la lengua —Espero que mis hombres lo hayan atendido muy bien durante el viaje.

El tono es casi cordial, amable incluso. Lo cual lo hace aún más escalofriante. —Oh, sí— respondo, sin poder contener el sarcasmo —Le doy cinco estrellas, ¿eh? El secuestro fue encantador, la droga era de primera calidad y el servicio al cliente fue excepcional. Especialmente la parte en la que me golpearon en la cara.

Viktor se echa a reír. —Tienes sentido del humor, eso está bien.— su voz suena casi impresionada —Me dijeron que intentaste escapar, que peleaste con Felix. Por cómo lo dejaste, la pelea tuvo que ser buena.

—He tenido mucha práctica— digo secamente —Viene con el trabajo de ser agente federal. Ya sabes, arrestar criminales y todo eso.

—Sí, supongo que sí.— guarda silencio unos segundos antes de continuar —Aunque debo admitir, agente Keller, que secuestrarte no fue una decisión que tomamos a la ligera. Fue… necesario, dadas las circunstancias.

—¿Qué circunstancias?— pregunto, mi voz endureciéndose al instante —¿Qué coño queréis de mí?

—Información.— la respuesta es simple, muy directa —Tienes información sobre alguien, agente Keller. Alguien que tanto tú como nosotros queremos encontrar. Alguien que podría ser el enlace para una colaboración mutuamente beneficiosa.

Me río, no puedo evitarlo. Es tan absurdo que resulta casi cómico. —¿Colaboración?— repito, incrédulo —¿Queréis que colabore con vosotros? ¿Con el Clan Geist? ¿Los mismos hijos de puta que mataron a muchos de mis compañeros hace meses?

—Eso fue… desafortunado— dice Viktor, y hay algo en su tono que puedo deducir como… ¿arrepentimiento? No. Más bien… pragmatismo. —Pero necesario. Vuestro operativo amenazaba nuestras operaciones, tuvimos que defendernos.

—Defenderos.— la rabia bulle en mi pecho —Plantasteis explosivos, hicisteis volar un edificio entero con gente dentro. Eso no es defensa, es asesinato en masa.

—La guerra tiene bajas, agente Keller. De ambos lados.

—No estamos en guerra.

—¿No?— Viktor se ríe suavemente —Entonces, ¿cómo llamarías a esto? Vosotros intentáis arrestarnos, nosotros nos defendemos. Vosotros nos perseguís, nosotros os eludimos. Eso suena mucho a guerra para mí.

—Vosotros sois criminales, nosotros somos la ley. No es guerra, es justicia…

—Justicia.— Viktor repite la palabra como si fuera algo muy divertido —Qué concepto tan noble. Pero en el mundo real, agente Keller, la justicia es relativa, flexible y depende de quién tenga más poder, más recursos o más influencia.

—Y supongo que vosotros tenéis todo eso.

—Suficiente, sí.

Aprieto la mandíbula, la rabia mezclándose con frustración. —No voy a colaborar con vosotros.— espeto —No importa qué información creáis que tengo, no importa qué queráis de mí, no voy a ayudar a un grupo de narcotraficantes asesinos.

—Ni siquiera sabes qué queremos todavía.

—No me importa.

—Debería importarte.— la voz de Viktor se endurece ligeramente —Porque lo que queremos también te beneficia a ti, y mucho.

—Lo dudo.

—¿Ni siquiera si se trata de Brian, o mejor conocido como El Zar?

Mi corazón se detiene. Mierda, es el narcotraficante al que tengo que capturar. Mi misión, mi única forma de permanecer libre. —¿Qué sabéis sobre Brian?— pregunto, y mi voz suena más tensa ahora.

—Sabemos que lo estás buscando, que es tu misión, tu objetivo.— Viktor hace una pausa breve —Y sabemos que nosotros también lo estamos buscando, por razones… personales.

—¿Personales?

—Sí, muy personales.— hay algo en su tono que percibo como dolor… —Brian le quitó algo a mi hermano, algo que nunca podrá recuperar, a personas importantes en su vida, y queremos hacerlo pagar, igual que tú.

Proceso eso, intentando entender. El Clan Geist quiere a Brian. Yo quiero a Brian. Tenemos el mismo objetivo, pero eso no significa…

—No voy a trabajar con criminales— digo firmemente —No importa si tenemos el mismo objetivo. No importa si podría ser mutuamente beneficioso. Soy un agente de la DEA y vosotros sois narcotraficantes. No hay colaboración posible.

—Eso es lo que dices ahora— responde Viktor —Pero cuando mi hermano te explique todo, cuando entiendas exactamente lo que está en juego, cuando veas que esta es tu mejor oportunidad de encontrar a Brian… cambiarás de opinión.

—Tu hermano, Frost…

—Sí, él es quien realmente necesita hablar contigo. Yo solo soy el… intermediario.— dice él.

—¿Y dónde está tu hermano? ¿Es demasiado cobarde para enfrentarse a mí él mismo?

Viktor se ríe de nuevo. —Ten cuidado con lo que dices, agente. Mi hermano no es conocido por su paciencia con los insultos.

—Qué miedo.

—Deberías tener miedo. Klaus ha hecho cosas… cosas que te romperían si las vieras.— espeta —Cosas que yo mismo apenas puedo procesar. Y si decides no cooperar, si decides ser… difícil… él no dudará en hacerte las mismas cosas.

—¿Me estás amenazando con tortura?

—Te estoy advirtiendo sobre las consecuencias de no cooperar; hay una diferencia.

—No la hay.

Viktor suspira. —Eres terco, eso lo respeto. Pero la terquedad solo te llevará hasta cierto punto y, eventualmente, tendrás que tomar una decisión.— musita —Cooperar y tener una oportunidad de capturar a Brian o resistir y… bueno, no querrás saber qué pasa si resistes.

—Ya tomé mi decisión, no colaboraré. Nunca. Así que podéis hacer lo que queráis conmigo, torturarme, matarme. Lo que sea, no voy a cambiar de opinión.

—¿Ni siquiera por tu libertad? ¿Ni siquiera para evitar volver a prisión?

Pero…

¿Cómo coño saben sobre mi acuerdo con Alex? Oh dios… Eva.

—Sí, agente Keller. Sabemos sobre tu situación, sabemos sobre tu trato con la DEA. Captura a Brian o vuelve a prisión a cumplir tus quince años restantes— Viktor hace una pausa —Pero si trabajas con nosotros, si nos ayudas a encontrar a Brian, tendrás tu libertad y nosotros tendremos nuestra venganza. Todos ganan.

—Excepto que estaría traicionando todo en lo que creo, toda mi ética y estaría rompiendo mi juramento como agente federal.

—Los juramentos no significan nada cuando estás pudriéndote en una celda.

—Significan algo para mí.

—Entonces eres un idiota.

La rabia explota en mi pecho. —Vete a la mierda.— escupo con desdén —Tú y tu hermano y todo tu puto clan de psicópatas, no voy a ayudaros, no voy a traicionar a la DEA. Y podéis hacer lo que queráis conmigo porque no voy a cambiar de opinión. ¡¿Entendido, cabrón?!

No hay siquiera ruido de nada, solo mi respiración agitada por el arrebato. Permanece así unos segundos hasta que Viktor vuelve a hablar; su voz es baja, contenida. —Quitadle la capucha.

—¿Señor?— pregunta alguien.

—¡He dicho que le quitéis la puta capucha!— exclama de repente —Ahora.— masculle entre dientes.

Oigo los pasos cuando se acercan, siento cómo agarra la tela de la capucha y me la arrancan, jalándome el pelo incluso. Gruño ante la punzada en la cabeza. La luz me golpea en los ojos, brutalmente brillante y cegadora después de estar tanto tiempo en la oscuridad. Parpadeo rápidamente y mi visión se aclara. Lo primero que hago es mirar rápidamente dónde estoy. Es una habitación pequeña, con paredes de hormigón desnudo y el suelo del mismo material. Hay una sola bombilla colgando del techo, una ventana pequeña con barrotes por la que apenas entra luz del exterior y una puerta de metal. Justo frente a mí, a menos de dos metros, está Viktor König.

Es alto, de quizá metro ochenta y algo, con complexión atlética, hombros anchos y músculos definidos visibles incluso bajo su ropa casual. Su cabello es negro y lo lleva peinado hacia atrás. Tiene barba corta bien recortada, apenas visible. Trato de grabarme su rostro por si logro escapar de aquí, ya que no tenemos registros suyos en los archivos de la DEA, ni de él ni de los otros dos. Pero lo que llama mi atención es la expresión en su cara cuando se queda mirándome detenidamente durante más de un minuto.

¿Sorpresa?

¿Shock?

Me mira de arriba abajo, como si estuviera viendo un fantasma.

Yo mantengo la expresión dura, seria. La mandíbula tensa, los dientes apretados. Mis manos, todavía esposadas detrás de la espalda, tiemblan ligeramente, no de miedo, sino de rabia contenida. —¿Qué?— suelto. —¿Nunca habías visto a un agente federal secuestrado antes? ¿Por qué me miras así?

Viktor no responde; solo me mira fijamente, como si no pudiera procesar lo que está viendo. Su rostro palidece visiblemente, el color desvaneciéndose de sus mejillas. Su boca se abre ligeramente, se cierra, se abre de nuevo, como si intentara decir algo pero las palabras no salieran. Parpadea despacio, como si intentara despertar de un sueño.

—Joder— susurra. Tan bajo que casi no lo escucho. —Joder, no puede ser…

—¿Qué no puede ser?— pregunto, ahora confundido por su reacción. —¿Qué coño te pasa?

Viktor da un paso atrás, tropezando ligeramente. Uno de sus hombres se acerca inmediatamente. —¿Señor Blade? ¿Está bien?

Viktor no responde; sigue mirándome, como si estuviera viendo algo imposible, algo que no debería existir. Y entonces, sin decir nada más, se gira bruscamente y sale corriendo de la habitación. Literalmente corriendo, como si fuera a caerse de bruces en cualquier momento. La puerta de metal se abre de golpe y Viktor desaparece por ella.

Me quedo allí, no solo arrodillado en el suelo, sino también completamente confundido. ¿Qué coño acaba de pasar?

Los cinco hombres en la habitación intercambian miradas, igual de confundidos que yo.

—¿Qué…?— empieza a decir Felix, pero otro hombre lo interrumpe.

—No lo sé, pero algo está muy mal.

—¿Deberíamos seguirlo?

—No, quedaos aquí… eso no nos incumbe, mejor evitemos que nos corten la cabeza.

¿Qué vio Viktor en mí que lo hizo reaccionar así?

No tiene sentido. Soy solo un agente de la DEA; no hay nada especial en mi cara, nada que deba causar esa reacción. Nada explica por qué salió corriendo como si el mundo se estuviera acabando.

—¿Qué hacemos con él?— pregunta uno de los hombres, señalándome, sacándome de mis pensamientos.

—Esperamos— responde otro —Hasta que tengamos órdenes.

.

By Tom

La Ducati ruge cuando la detengo frente a la casa; apago el motor y el silencio nocturno me envuelve de inmediato. Sólo se oye el viento entre los árboles que rodean la propiedad. Bajo de la moto, me quito el casco y respiro hondo.

Finalmente el agente está aquí, en mi territorio y listo para hablar. Travis me envió un mensaje hace aproximadamente media hora diciendo que ya lo tenían en el cuarto de tortura. Para mí fue perfecto. Me arreglé lo más rápido que pude para poder venir cuanto antes. He estado esperando este momento durante días.

Desde que se me ocurrió este plan, desde que Sophia me dio la información sobre Benjamín Keller y su misión de capturar a Brian. Este agente es la clave, sí, la pieza que necesito para finalmente encontrar a ese hijo de puta. Y una vez que hable con él, una vez que le explique la situación, verá que cooperar es su mejor opción.

Subo los escalones de la entrada; los guardias me abren las puertas cuando estoy lo suficientemente cerca y entro. Cruzo el vestíbulo y, cuanto más me acerco, escucho a mi madre y a mi padre hablando. Cuando llego al salón los veo a ambos sentados en el sofá y me dirijo hacia allí. Mamá está sentada con una taza de té en las manos y papá a su lado, leyendo algo en la tableta.

Una escena normalmente tranquila. Como si no tuviéramos a un agente federal secuestrado en el sótano, bueno, mi madre no lo sabe. Si se entera, pondrá el grito en el cielo.

—Buenas noches…

—Tom— dice papá, levantando la vista cuando me acerco —Llegaste rápido.

—Travis me avisó que…— me detengo antes de continuar; claro que mamá no sabe —Bueno, Travis me dijo que teníamos una reunión ahora, así que no quería perder tiempo. Además, son casi las diez…

Mamá me mira con una ceja alzada; notó mi cambio de palabras tan de repente. Sabe que acabo de mentir. —Están haciendo algo sumamente peligroso, ¿no es así?

Mi padre y yo intercambiamos miradas antes de empezar a hablar al mismo tiempo. —¿Qué? No, mamá.

—¿Cómo crees?

—Es sólo algo importante.

—Solo hablaremos…

—Hablar.— mi madre repite la palabra con escepticismo —Claro, me creéis tonta, genial.

Papá interviene antes de que mamá pueda continuar. —Travis nos está esperando, vamos— dice, levantándose al instante. Asiento lentamente con la cabeza; todo está en su lugar. Le dedico una sonrisa a mi madre antes de dirigirme al cuarto de tortura.

—Voy allá entonces.— susurro.

Mamá suspira.

—Los hombres y su necesidad de ocultar cosas como si yo no lo supiera ya. Id. Haced lo que tengáis que hacer, pero si matáis a ese agente que vi que trajeron hace un rato, porque ni para eso tenéis cuidado, antes que nada…

No puedo evitar sonreír. —No lo mataremos, mamá, lo prometo.— le interrumpo.

—Más os vale.

Papá y yo salimos del salón, caminamos por el pasillo hacia la parte trasera de la casa y desde ahí hacia la puerta que lleva al sótano. Bajamos las escaleras; el aire se vuelve más frío con cada paso, más húmedo. El sótano es amplio, construido hace décadas pero reforzado y ampliado con los años. Hay varias habitaciones, almacenes, una armería y, al final del pasillo principal, el cuarto de tortura. Mientras nos acercamos, veo a Georg corriendo hacia nosotros.

—Tom, qué bueno que ya llegas— dice con la voz agitada. Se detiene, ligeramente sin aliento. —Travis me ha mandado a llamarte; pensó que aún no habías llegado, te necesita urgentemente.

Frunzo el ceño. —¿Para qué?

—No… no lo sé. Sólo me dijo que te necesitaba, inmediatamente. Parecía… alterado.— dice —No sé qué pasó, yo estaba afuera…

¿Alterado? Travis nunca se altera; digamos que es el más tranquilo, el más controlado. —¿El agente puso resistencia, acaso?— pregunto, aunque dudo que sea por eso.

—No lo creo.— responde —Según lo que contaron los chicos al llegar, Benjamín intentó escapar en el aeropuerto y peleó con Felix. Pero una vez que llegaron aquí, estaba asegurado; no ha dado problemas desde entonces.

Entonces, ¿qué coño pasa? —Vamos— le digo a papá.

Aceleramos el paso, casi corriendo por el pasillo. Llegamos a la puerta del cuarto de interrogatorios y allí está Travis. De pie frente a la puerta cerrada, dándole la espalda, mirando a la nada como si fuera a explotar algo en cualquier momento. Su rostro está pálido, completamente pálido, y sus manos tiemblan ligeramente a los costados.

—Travis— le llamo, acercándome rápido —¿Qué mierda pasa? Georg acaba de decirme que me necesitas urgente.— Travis me mira, abre la boca, intenta decirme algo pero las palabras no salen. —Joder— digo, más urgente ahora —¿Qué sucede? Estás pálido, tío…

—Yo… Tom, necesitas… tienes que…

—¿Tienes que qué? ¡Habla de una puta vez!— exclamo, ya exasperándome. Papá se acerca intentando calmarlo sin éxito alguno.

—El agente… él…

—¿Qué pasa con el agente?— Mi paciencia se está agotando —¿Puso resistencia? ¿Se negó a cooperar? Porque si es así, voy a entrar y le voy a enseñar que…

—¡Tom, no!— Travis me agarra del brazo —Espera. Déjame… déjame explicarte antes de que entres, joder.

—No hay nada que explicar.— me suelto de su agarre de un tirón —Voy a entrar, voy a hablar con ese cabrón y voy a hacer que acepte nuestra propuesta, aunque tenga que obligarlo.

—¡Tom, mierda!— grita Travis —¡Maldita sea contigo! ¡Escúchame primero!

Pero ya estoy en la puerta, con la mano en la manilla. La rabia hierve en mis venas y la impaciencia se impone. He esperado días para este momento; no voy a esperar ni un segundo más. Abro la puerta bruscamente y entro. La habitación es pequeña y allí, en el centro, arrodillado en el suelo con las manos esposadas detrás de la espalda, está el agente.

Benjamín Keller.

Tiene la cabeza gacha; su pelo rubio y desordenado cae sobre la cara, ocultándola parcialmente. Cuatro de mis hombres están distribuidos por la habitación; todos me miran al entrar y sus expresiones son… extrañas. Como si acabaran de presenciar algo inexplicable. No les presto atención: sólo miro al agente. A este hijo de puta que seguramente dijo algo que puso a Travis así; realmente no sé.

Ha sido una espina en mi costado durante meses, así que desenfundo el arma rápidamente.

—Levanta la cabeza— ordeno, con voz dura, autoritaria. El agente no se mueve. —He dicho que levantes la puta cabeza.— sigue inmóvil; la rabia explota en mí. Avanzo unos pasos y apunto mi arma directamente a su cabeza; el cañón queda a centímetros de su cráneo. —¡Levanta la cabeza ahora mismo o te juro por Dios que te vuelo los sesos antes de que puedas decir una palabra!

Justo cuando grito eso, el agente se mueve.

Es un movimiento lento y deliberado, como si cada músculo del cuello protestara contra la orden, y muy despacio levanta la cabeza. Su pelo rubio se aparta del rostro, mechón a mechón deslizándose hacia los lados. Entonces veo su cara por completo y el mundo alrededor deja de existir. La piel es blanquecina, suave a simple vista, casi luminosa bajo la luz cruda de la bombilla. De esas que parecen de porcelana, tan delicada que da miedo tocarla por temor a romperla.

Sus ojos son marrones, pero no unos ojos cualquiera. Tienen ese tono profundo y cálido que se vuelve miel dorada cuando la luz les da de frente; hipnotizan. Joder, cómo hipnotizan. Siempre lo han hecho.

Justo bajo su labio inferior hay un lunar pequeño y discreto, perfecto. Tan colocado con intención que parece hecho a propósito, como si alguien lo hubiera dibujado ahí solo para tentar, para marcar, para hacer que ese rostro sea único e inolvidable.

Sus labios tienen un tono rojizo natural. Carnosos, voluminosos. Hay una herida pequeña en el labio inferior, con sangre seca, coagulada, pero incluso así mantienen ese brillo sutil, esa textura que hace que quieras…

No.

No puedo pensar en eso ahora.

Y el pelo rubio está despeinado, los mechones caen de forma desordenada pero hermosa, enmarcando su cara con esa elegancia natural que siempre tuvo. Es imposible no mirarlo y pensar que este rostro fue hecho para romper el equilibrio de cualquiera que lo vea.

Pero…

Yo ya he visto esos ojos marrones antes.

Ya los he visto brillar de forma preciosa, llenos de alegría, de amor, de vida.

Ya me han hipnotizado antes miles de veces. En las mañanas cuando despertaba a mi lado, en las noches antes de irnos a dormir. En los momentos íntimos cuando el mundo desaparecía y solo existíamos nosotros dos.

Ya he visto ese lunar, lo he besado incontables veces.

Ya he visto esos labios, los he tocado con los míos. Los he sentido sonreír contra mi piel, los he escuchado decir mi nombre con amor…

Yo ya he tocado esa piel suave de su cara con mis dedos, con mis labios, con mi frente cuando nos abrazábamos y él apoyaba su cara contra la mía.

Yo ya he visto este rostro antes, este rostro exacto.

Cada detalle, cada rasgo, cada imperfección perfecta. Lo he visto dormido, despierto, feliz, triste, enfadado y asustado. Lo he visto en todas sus formas…

Y al darme cuenta de eso, todo se desmorona. El aire desaparece de mis pulmones completamente. Como si alguien hubiera metido su mano en mi pecho y me hubiera arrancado los pulmones de raíz. No puedo respirar, literalmente no puedo respirar. Mi arma, que aún apunta a su cabeza, tiembla en mi mano violentamente, tanto que casi la suelto. Mis ojos se llenan de lágrimas al instante, sin control, sin permiso. Quemando mientras se desbordan y comienzan a correr por mis mejillas.

No.

No puede ser.

No es posible.

Esto no es real.

No puede ser real.

Pero esos ojos, esos ojos marrones como chocolate derretido que se vuelve miel bajo la luz. Esa nariz ligeramente respingona. Esos labios, carnosos y perfectos. Ahora manchados con su propia sangre, pero inconfundibles. Esa mandíbula, definida, apretada en este momento por la rabia que claramente siente. Esa tensión que conozco tan bien.

Ese rostro, ese maldito rostro. Ese rostro que he visto en miles de fotos guardadas en mi móvil. Ese rostro que aparece en mis sueños todas las noches, algunas veces feliz, otras veces gritando. Pero siempre presente. Ese rostro que he soñado volver a ver durante diez años, a pesar de saber que era imposible. Pero aquí está…

Ese rostro que creí que nunca volvería a ver excepto en mi memoria, en mis recuerdos, está aquí.

Frente a mí, tan real, tan tangible. Vivo.

¿Cómo?

¿Cómo es esto posible?

Mi boca se abre, intentando formar palabras, intentando hacer que mi cerebro y mi boca trabajen juntos, pero no sale sonido. Ninguno. Mis cuerdas vocales están paralizadas, mi cerebro intenta procesar, intenta entender, intenta encontrar lógica en lo imposible. Pero no puede, porque no hay lógica, no hay explicación racional.

Mi moreno está muerto, murió hace diez años.

Lo sé. Lo sé porque vi el informe. El informe que Travis me trajo después de que le supliqué, prácticamente de rodillas, destrozado, desesperado, que lo averiguara por sí mismo. Que confirmara lo que la policía había dicho. Que Willem Kaulitz estaba muerto, y Travis lo hizo.

Investigó, sobornó a gente, hackeó sistemas y volvió con la confirmación de que Bill, mi morenito precioso, había muerto en aquel accidente de coche. Su cuerpo fue incinerado, sus cenizas entregadas a su familia. Yo estuve presente en la ceremonia que le hizo su padre, una ceremonia grande donde se honró su memoria. Jhörg me dejó estar allí a pesar de que me vio, a pesar de que me odiaba, a pesar de que me culpaba por todo. Me dejó estar presente.

Yo mismo he ido a esa tumba que le hicieron, un nicho en un cementerio privado. He tocado el jarrón de cerámica blanca que contiene sus cenizas, he apoyado mi frente contra el frío mármol y he llorado hasta quedarme sin lágrimas. Docenas de veces a lo largo de estos diez años y ahora…

Ahora está aquí.

Respirando, mirándome.

Esto no puede ser real.

Es un sueño, una alucinación. Mi mente finalmente quebrándose después de una década de dolor. Tiene que serlo.

—¿Qué coño…?— la voz del agente rompe mi parálisis como un cristal estrellándose contra el suelo. Es su voz. Diferente, sí, más áspera. Más dura, sin ese tono suave, musical, que solía tener…

Pero es su voz.

La estructura es la misma. Es melodiosa para mí, más madura, pero armoniosa. Joder, es él.

—¿Qué coño os pasa a todos?— continúa, su voz subiendo de volumen. Llena de confusión y rabia —Primero ese tipo sale corriendo como si hubiera visto un fantasma. Y ahora tú…— me mira directamente. Sus ojos, esos ojos que conozco tan bien, clavados en los míos.

Pero no hay reconocimiento alguno.

No hay calidez, no está ese brillo especial que solía aparecer cuando me miraba. Solo confusión y enfado.

—¡¿Qué mierda es esta?!— grita ahora, su voz resonando en las paredes de hormigón —¡¿Por qué me habéis secuestrado?! ¡¿Qué coño queréis de mí?!

Cada palabra es como un puto puñal, él no me reconoce, no sabe quién soy.

Mi arma cae de mi mano, el sonido metálico cuando golpea el suelo de hormigón es ensordecedor en el silencio que sigue a su grito. Mis rodillas se debilitan, casi me caigo, mi cuerpo balanceándose peligrosamente. Logro mantenerme en pie, pero apenas, solo por pura fuerza de voluntad.

Una lágrima, gruesa, caliente, se desliza por mi mejilla, seguida de otra y otra más. No puedo detenerlas, ni siquiera lo intento.

—Joder…— escucho a alguien susurrar detrás de mí, es papá. Su voz suena tan conmocionada como me siento yo ahora, porque él también lo ve, él también reconoce ese rostro.

Bill.

Mi Billie.

—Hey…— la voz de papá otra vez, más cerca ahora. Preocupada, casi asustada —Klaus, hijo…

Pero no puedo responder, no puedo hacer nada. No puedo moverme, no puedo hablar, no puedo pensar coherentemente. Solo puedo mirarle a él. Que me mira de vuelta con esos ojos marrones llenos de confusión, y nada más. No hay ni rastro de amor en su mirada, no hay esa conexión instantánea que solíamos tener. Esa forma en que nuestros ojos se encontraban y todo lo demás desaparecía.

Como si para él nunca nos hubiésemos visto antes. Como si todo lo que compartimos, cada beso, cada abrazo, cada palabra de amor, cada momento íntimo, cada promesa, nunca hubiera existido.

—¿Qué…?— intento hablar. Mi voz sale quebrada, destrozada, apenas audible —¿Cómo…?

Las preguntas mueren en mi garganta porque no sé qué preguntar primero.

¿Cómo estás vivo?

—¿Qué te pasa?— la voz de mi Bill… de Benjamín, me corrijo con dolor, suena dura, acusadora —¿Por qué lloras?

¿Por qué lloro?

¡¿Por qué cojones lloro?!

Porque acabo de encontrar a la persona que creí muerta durante diez años, porque el amor de mi vida está frente a mí y no me reconoce, porque he pasado una jodida década entera llorándole, echándole de menos, deseando estar muerto también solo para estar con él… y está aquí, vivo. Y me mira como si fuera un puto desconocido.

—¿Es algún tipo de juego psicológico?— continúa, su voz subiendo de volumen —¿Secuestrarme y luego actuar como si…?

No llega a terminar la frase, porque estoy temblando. Todo mi cuerpo se sacude violentamente, estoy teniendo un ataque, me estoy congelando hasta la muerte. Mis manos tiemblan, mis piernas tiemblan, mi mandíbula tiembla. ¿Por qué? Porque llevo diez años creyendo que estaba muerto, diez años llorándole cada noche, diez años viviendo con ese vacío insoportable en el pecho. Ese agujero negro que lo consumía todo: toda la alegría, toda la esperanza, toda la luz. Diez años visitando su tumba, hablándole a un jarrón con sus cenizas, disculpándome por no haberle protegido mejor.

Y ahora le veo frente a mí. Todo este tiempo estuvo vivo.

¿Pero cómo?

¿Cómo coño no lo supe?

¿Cómo es posible que esté aquí, trabajando para la DEA, siendo un agente federal… un agente federal, por el amor de Dios, y yo no tuviera ni puta idea? El mismo agente al que juré matar con una bala entre las cejas, el mismo agente que lideró el operativo en mi contra, donde casi muere por una explosión que yo provoqué. El mismo al que he maldecido tantas veces…

Mi cabeza es un puto caos. Pensamientos chocando unos contra otros como coches en una autopista, recuerdos mezclándose con la realidad presente. Bill riendo, Bill durmiendo, Bill besándome, Bill diciéndome que me ama.

Y Bill ahora, frente a mí, con un nombre distinto, una apariencia diferente. Sin recuerdos, mirándome como a un enemigo. Y entre todo ese lío, entre todo este huracán de sensaciones que estoy sintiendo ahora mismo, no lo sé, shock, incredulidad, alegría devastadora, dolor insoportable, confusión absoluta, no puedo evitar llorar, y no me importa.

No me importa que mis hombres me vean así, vulnerable, roto, llorando como un niño. No me importa que mi padre esté aquí viéndome desmoronarme. No me importa una mierda, excepto el hombre arrodillado frente a mí.

¿Cómo es esto posible?

Dios… ¿cómo?

¿Cómo?

Las preguntas giran en mi cabeza sin respuestas, sin lógica, sin sentido.

Mi voz apenas sale, es un susurro ahogado: —¿Billie?

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!