
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 24
By Tom
Son las seis de la mañana. Me he levantado muy temprano, y eso que me acabé durmiendo a las tres. Simplemente no podía estar tranquilo sabiendo que Willem, mi Bill, estaba durmiendo en esta misma casa, en una de las habitaciones de este mismo segundo piso donde me encuentro yo, pero al otro extremo.
Travis y yo decidimos quedarnos a dormir aquí porque se nos había hecho demasiado tarde para volver a Berlín. Es muy peligroso andar por la calle a esas horas de la noche, ya que la policía patrulla más que durante el día. Como es sábado, mi hermano llamó anoche a Melannie para que viniera con la niña hoy, y así pasar el fin de semana todos juntos, porque tanto él como yo tenemos que planearlo todo si Billie decide aceptar mi propuesta de alianza.
Joder, espero con todas mis fuerzas que acepte, porque si no lo hace, no podré hacerle daño… tendría que mantenerlo aquí, encerrado seguramente, porque dejarlo ir no es una opción. Es un agente federal de la DEA, no me conoce porque me ha olvidado y solo soy un criminal al que debe atrapar… qué horrible suena eso.
Estoy en el jardín trasero de la casa, observando a los dos jardineros rastrillar las hojas que van cayendo de los pequeños árboles y arbustos plantados. A mi madre le encanta convertir esto en un bosque, joder.
Hace frío. La niebla apenas está levantándose y el sol brilla en todo su esplendor. Tengo un cigarrillo entre los dedos; me lo llevo a los labios, lo atrapo y doy una calada leve, expulsando el humo después de mantenerlo unos segundos dentro. Sé que es muy temprano para ponerme a fumar, pero no puedo evitarlo. Aún no termino de asimilar del todo que mi moreno esté vivo. Es tan loco, tan descabellado y a la vez tan emocionante que no sé qué hacer con tantas sensaciones. No sé si llorar, reír, gritar o cabrearme con la vida por habernos puesto en esta situación.
Siento como si hubiese vuelto a la luz después de tantos años en la oscuridad. Mi razón para vivir, la que creí perdida hace mucho, está aquí, y me siento bien… demasiado bien y feliz.
Quisiera ir a la habitación donde seguramente sigue durmiendo ahora y mirarle, contemplarle con los ojos cerrados, los labios apretados y la respiración lenta y suave. Dormido como el ángel que siempre fue para mí, el ser más hermoso y jodidamente perfecto de este puto mundo. El ángel que da color a mi vida, que la llena de calidez… pero que ahora es ajeno a todo esto que siento.
Joder.
—Tom…— escucho la voz de… ¿Scar?
Frunzo el ceño, confundido, y me doy la vuelta tras darle otra calada al cigarrillo. Observo a Scar. Joder, ¿qué hace él aquí? Una sonrisa se dibuja en mi cara. —Tío…— suelto entre risas mientras chocamos las manos y nos damos un medio abrazo, solo con una palmada en la espalda —¿Qué coño haces aquí? Te hacía en México con tu mujer y tus hijos…
Scar es uno de mis amigos. Billie llegó a conocerle, pero solo una vez, en mi antiguo bar, Excelsior, cuando le presenté a todos mis colegas. Cuando mi padre, mi hermano y yo fingimos nuestra muerte junto al Clan Trümper, él decidió apartarse porque su novia estaba embarazada y quería centrarse en ella. Por eso, el día de mi enfrentamiento con Brian, él no estuvo presente. Su novia, Samantha, había tenido complicaciones en el embarazo, y yo no quería entrometerme en eso.
Después de todo, se fue a vivir a México con ella, que ahora es su esposa. Allí nació su primer hijo y luego los demás, cinco en total. No perdió el tiempo, el cabrón.
Relame sus labios. —Oh, es que me enteré de la noticia— me dice —Sabes que Andreas no es precisamente bueno guardándose los cotilleos. ¿Sabes lo que me contó?— suelta una risita entre dientes —Que se había enterado de algo que tenía que soltar sí o sí o se atragantaba de tenerlo guardado…
Río ligeramente. —Es un maldito chismoso.
—Entonces, ¿es verdad?— entrecierra los ojos, dudando un poco —¿Willem…?
Asiento antes de que termine la pregunta. —Sí, tío… está vivo— le respondo, y él abre los ojos de par en par —Por muy loco que suene, es verdad. Y aún me cuesta procesarlo… lo he creído muerto durante tanto tiempo que…— tomo aire y lo suelto lentamente —Que ahora no sé si creerlo o pensar que estoy alucinando o que todo esto es un sueño.
—Pues si todos lo han visto, no es un sueño. ¿Quieres que te dé un pellizco para comprobarlo?— pregunta con sorna.
—¿Por qué no te aprietas tú las pelotas, idiota?— le suelto con burla y ambos reímos.
—Debes de estar contento, ¿eh?— dice.
—Oh, lo estoy… demasiado feliz, diría yo— respondo con un leve asentimiento de cabeza —Es que no me lo puedo creer, tío…— río entre dientes, dando otra calada al cigarrillo y expulsando el humo por la nariz rápidamente —Lo jodido es que ahora es agente de la DEA…
—Eso también me lo contó Andreas— dice con una pequeña sonrisa en los labios —¿Es verdad que no recuerda nada?
—Así es, ni siquiera se acuerda de mí— le contesto —No sé qué hacer para ayudarle a recuperar la memoria sin causarle ningún daño, porque, por lo que sé, si le vuelve todo de golpe, podría provocarle un derrame cerebral.
—Joder…— murmura —Quizás Matthew pueda ayudarte con eso, para que Willem recuerde al menos lo superficial…
—Sí…— susurro —Lo que no quiero es que recuerde todo lo malo que pasó cuando lo secuestraron y después…— musito con preocupación —La muerte de nuestros hijos… ojalá no recordase nunca eso…
—Es imposible que no lo haga— me dice él, con pesar en la voz —Lo único que tendrás que hacer es estar ahí para él cuando eso ocurra. Porque si ha perdido la memoria y la recupera poco a poco hasta llegar a ese recuerdo, para él será como si hubiese pasado ayer y dolerá aún más.
Asiento despacio. —Lo prepararé para que no le afecte tanto…
Nos quedamos en silencio unos segundos. Me llevo el cigarro a los labios, inhalo y exhalo el humo por la nariz al instante. De verdad no quiero que mi morenito recuerde los momentos malos; si pudiera controlar sus recuerdos, haría que esos desaparecieran y solo quedaran los buenos. No quiero que sufra, no más, no quiero verlo así…
Scar me saca de mis pensamientos dándome un par de palmadas en el hombro. —Ánimo, colega… mira, estas cosas no pasan todos los días. No pienses en lo malo; céntrate en que está vivo…
Sonrío ligeramente. —Tienes razón— decido.
Empezamos a caminar hacia la entrada de la cocina, la misma que nos lleva al patio trasero donde estaba antes.
Las cocineras ya están preparando el desayuno para que esté listo entre las siete y media u ocho. Cruzamos la cocina y salimos al comedor. Luego, pasamos a la sala de estar, donde las chicas de limpieza ordenan todo. Al parecer, soy el único despierto, salvo las trabajadoras y Scar.
—Por cierto, ¿qué tal tu mujer?— le pregunto.
—Muy bien. La he traído con los niños para que conozcan el país donde nací— responde con tranquilidad —Llegamos hace unas horas y lo primero que hice fue venir aquí para comprobar que lo que me contó Andreas era verdad… y sí, lo era.
—Espero que a tus hijos les guste Alemania, eh…
—Yo también, colega— comenta él.
.
By Bill
Me despierto con la luz del sol filtrándose por las cortinas… bueno, no del todo, porque no he dormido bien. Siento una energía pesada aquí. Quizá estoy paranoico, pero no es normal dormir bajo el mismo techo donde duermen criminales.
Pero vosotros no lo entenderíais.
Me siento en la cama apartando las sábanas rojas que me han mantenido calentito toda la noche. Me paso la mano por el pelo y la cara, frotándome, desperezándome. Por reflejo miro una de las mesitas de noche, junto a la lámpara: un despertador con números rojos que marca las siete cuarenta y tres. Suelto un suspiro… en Estados Unidos suelo levantarme a las cinco de la mañana para prepararme e ir a trabajar. Claro, no sin antes darle de comer a Alfia y asegurarme de que tenga agua suficiente; si no, no podría trabajar tranquilo sabiendo que le falta algo…
Hmm… Alfia siempre solía despertarme subiéndose a la cama para lamerme la cara o… ¡Alfia!
Dios mío, ¿cómo pude olvidarme de mi mascota? Me pongo de pie de un salto. Busco la mochila que Sophia me trajo ayer con algunas de mis cosas. Tras sacarlas todas y dejarlas sobre la cama, cojo mi cepillo de dientes y entro al baño abriendo la puerta de golpe. Me miro al espejo fugazmente: luzco… cansado, con ojeras marcadas, el pelo revuelto. La herida en el labio ya no sangra, pero sigue ahí.
Abro el grifo con manos torpes y me lavo la cara con agua fría, intentando despertarme del todo y prepararme mentalmente para lo que viene, y también para interrogar a Sophia sobre qué ha hecho con Alfia.
Me lavo los dientes, peino el pelo y entro en la ducha. Abro la regadera y el agua tibia cae de inmediato mientras me deshago de la ropa. Corro la puerta de cristal hacia un lado, entro y cierro detrás de mí. Mi piel se eriza con el agua caliente que me empapa por completo. Me baño lo más rápido pero bien que puedo, y cuando termino me cubro con un albornoz colgado en el toallero de metal. Seco mis pies en la alfombrilla de la entrada antes de salir.
La cama está hecha un caos por la ropa que saqué de la mochila. Me acerco y rebusco hasta decidirme por lo clásico: una camiseta negra ajustada de tirantes finos, sin nada que distraiga, dejando los hombros al descubierto. Combino unos jeans azules de corte alto y sueltos en las piernas, cómodos, con unas botas negras gruesas que suenan firmes al andar.
Me ato un pañuelo negro con estampado blanco a la cabeza, algo noventero. No sé, me gusta el contraste. El maquillaje lo mantengo sencillo: piel limpia, cejas definidas, línea fina de delineador, sombras negras en los párpados, un toque de máscara para alargar las pestañas y los labios en un tono rojizo suave.
Al verme listo en el espejo, me pongo un poco de loción y salgo de la habitación. Pero nada más abrir la puerta, me topo con varios hombres vigilando, apostados frente al barandal con sus francotiradores colgados de un hombro. Uno de ellos me mira y yo solo puedo tragar saliva.
—Buenos días— dice con educación, aunque su expresión es neutra. Yo solo puedo mirarle confundido, o sea, ¿así, de buenas a primeras, me saludan? Seguro que tiene que ver con lo que dijo la señora Charlotte, de que me tratarían con respeto mientras estuviese aquí.
—Buenos días— respondo torpemente, tragando saliva y soltando el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo, poniéndome firme al cerrar la puerta tras de mí —Yo… voy a bajar— digo, señalando las escaleras sin dejar de mirar al hombre, que asiente.
—Lo llevaré, joven Benjamín— ah, qué cortés.
Asiento lenta y brevemente mientras me giro para empezar a bajar las escaleras con ese hombre detrás de mí, escoltándome prácticamente. Intento no mostrar mi incomodidad y mantenerme calmado, pero me resulta imposible; aun así, no dejo de intentarlo. Bajo despacio, con pasos cautelosos. Al llegar al final, respiro hondo. Me detengo porque, de forma bastante ridícula, no sé a dónde dirigirme.
El hombre, sin embargo, se adelanta —Venga, por aquí— me dice. Va tres pasos por delante y yo lo sigo despacio, sintiéndome tímido y sin razón. No debería sentirme así, joder.
Al acercarnos a la sala de estar, escucho voces, risas… mi corazón late frenéticamente al reconocer la voz de Klaus. Otra vez ese maldito sentimiento que intento ignorar porque no voy a dejarme llevar por él, ni ahora ni nunca.
—¡Pero es que sí hacíamos cosas que nos metían en líos, eh!— exclama Klaus entre risas, su voz se escucha más cerca con cada paso que doy. Pero como voy detrás del hombre armado, no los puedo ver —Por eso mi madre no nos dejaba salir a mí y a Viktor mucho; sabía que acabaríamos en una celda y, si no fuera por papá pagando la fianza, joder…
—Pero otras veces conseguíamos escapar de la policía— añade quien parece ser Viktor; tengo recuerdos vagos de sus voces —Solo que no siempre corríamos con tanta suerte…
—¡¿Os acordáis cuando este idiota recibió un disparo en la pierna?!— exclama otro, Andreas, si no me equivoco —Y antes de caer desmayado dijo: «feliz cumpleaños número dieciséis para mí.»
Todos estallan en risas.
—Señor Klaus, señor Viktor…— dice el hombre frente a mí, que se ha detenido y, sin darme cuenta, yo también —Buenos días, el Agente Keller ha despertado— y es entonces cuando se aparta, dejándome al descubierto; muchos pares de ojos se posan en mí.
Andreas, que estaba bebiendo agua, acaba escupiéndola por la nariz al verme. Joder, quise reírme, pero vamos, soy el serio aquí, así que me contengo apretando los labios sin dejar de mirar al rubio, que trata de tomar aire sin éxito porque le arden las fosas nasales; es normal después de que el trago de agua le salga de golpe. Otra cosa que noto, además de las miradas perplejas del resto sentado en el sofá, es la mirada de Klaus… que no consigo descifrar, porque en cuanto lo miro él baja la vista, cortando todo contacto visual; internamente se lo agradezco.
—Buenos días…— digo con voz firme.
—Buenos días— responden todos al unísono, atónitos, salvo Viktor.
Él solo responde al saludo de forma normal antes de inclinarse hacia su hermano, que estaba sentado a su lado, para decirle algo al oído. Klaus asiente lentamente. No pude oír qué le dijo, porque hablaba bajito y yo estaba demasiado concentrado en cómo el resto del grupo me sigue mirando como si fuera un fenómeno.
—¿Qué tanto me miráis— pregunto, entrecerrando los ojos y cruzando los brazos. Klaus y su hermano levantan la mirada para mirarme; de repente me pongo serio —Tenéis cara de gilipollas, ¿sabéis? Ya dejad de mirarme…— ellos apartan rápidamente la vista, murmurando cosas ininteligibles. Suelto un suspiro, dejando caer mis brazos a los lados. —¿Puede decirme alguien dónde está Sophia?
—¿Sophia?— interroga Klaus, frunciendo ligeramente el ceño y con la voz un poquito temblorosa.
—Sí, Sophia…— asiento, levantando las cejas y hablando con obviedad —Eva…
—Esa idiota…— gruñe él —Te dijo su nombre real.
—Ehm, ¿sí?— respondo restándole importancia —¿Sabes dónde está o…?
—¡Aquí estoy!— la escucho exclamar detrás de mí. Rápidamente me doy la vuelta para verla; está muy contenta, con una camisa de manga corta verde y sin sujetador, pantalones militares y guantes sin dedos que cubren sus manos. Su cabello está recogido en una coleta alta y apretada, que parece achinar sus ojos por lo intensa que está. Al verme, abre la boca sorprendida —Benjamín…— dice mi nombre exhalando con sorpresa —Nunca te había visto así…
—¿Así cómo?— pregunto.
—Pues así…— me señala de arriba abajo con ambas manos. Arqueo una ceja sin comprenderla, ella bufa —Me refiero a vestido así y con maquillaje; siempre vas muy formal a la sede de la DEA.
—No voy formal, solo que todos tenemos un uniforme que usar— le digo con obviedad también —Si no fuera así, iría así a trabajar, pero no se puede. Además, no es la primera vez que uso maquillaje. Suelo usarlo cuando no estoy en una oficina, trabajando desde muy temprano para salir o ir a terapia— mi voz suena irritada, pero solo es por la preocupación que siento por Alfia.
Sophia me mira extrañada por mi cambio de actitud, pasa a mi lado y yo la sigo con la mirada.
—Pero eso no es importante, ¿sabes?— le digo rápido, con impaciencia —Lo que quiero saber, y no sé si seas tan amable de decírmelo, es qué hiciste con Alfia.
—Ben, cálmate un poco— me dice con calma, mientras todos estos hombres nos miran como viejas cotillas que se asoman por la ventana a ver un chisme que pasa en la calle —Respira, inhala y exha…
—Estoy inhalando y exhalando— la interrumpo. En realidad, estoy casi hiperventilando, pero es porque necesito saber qué hizo con Alfia —Ahora responde a mi pregunta.
—Bueno…— ella pone los ojos en blanco —La llevé a un sitio donde cuidan perros…
—¿A qué sitio?
—No lo recuerdo…
—¿Y la tarjeta?
—¿La tarjeta?— pregunta, y por su expresión sé que no sabe a qué me refiero.
En este punto quiero arrancarme el pelo de la desesperación. Pero respiro antes de hacer cualquier cosa. —Sí, Sophia. Es una tarjeta blanca, negra, roja, verde, azul, de cualquier color que le den a alguien con todos los datos, por si quieren llamar para saber cómo está la mascota y también tiene la dirección y nombre de la guardería— digo demasiado rápido, pero sin trabarme —¿No te dieron la tarjeta?
—Ehm…— ella se rasca el cuello y ladea la cabeza para mirar a Klaus, que solo levanta las manos en señal de que no —¿No?
—¡¿Cómo que no?!— exclamo, conteniéndome para no alzar mucho la voz.
—Ben, a mí no me dieron nada. Yo solo fui y dejé a la perrita en la guardería, y listo…
—¿No esperaste a que te dieran la tarjeta…?— estoy perdiendo la cabeza.
—Pues no, no sabía que daban una…
—Y dejaste a mi mascota en una guardería cuyo nombre no recuerdas…— comento.
—Ay, no… bueno sí, ¡pero no fue intencionado!
Me quedo mirándola unos segundos y, sin previo aviso, esbozo una pequeña sonrisa de desquiciado. —Sí, seguro que no fue intencionado— digo en voz baja, asintiendo brevemente con la cabeza —¿Dónde está mi móvil?— miro a Klaus y de él a Viktor. Pero ellos solo se cruzan una mirada y no me responden. Cierro los ojos, respiro hondo de nuevo y trato de calmarme —Necesito mi móvil.
—¿Para qué?— pregunta el castaño de ojos verdes, ya he olvidado su nombre.
—¡¿Cómo que para qué?!— grito ahora sin contenerme —¿Acaso no habéis escuchado nada? ¡Necesito saber dónde dejó a mi mascota, joder! ¡Mi móvil, lo quiero ahora! ¡Ya!
—Benjamín, cálmate…
—No me digas que me calme— señalo a Sophia con el dedo índice acusadoramente —Quiero mi móvil ahora, y ahora es ya.
—Dadle el móvil— dice Klaus, mirando a uno de los hombres, que lo observa como si estuviera loco —Vamos, Harry, dáselo— le ordena en un susurro. El chico llamado Harry suspira, se pone de pie y saca mi móvil del bolsillo del pantalón. Lo miro sin poder creer que tenga algo mío en su bolsillo.
—Solo estaba cumpliendo órdenes de revisión y decomiso— dice mientras me lo entrega. Yo se lo arrebato sin prestar atención a sus palabras, porque realmente me importa poco —Qué mal genio…— murmura.
Ignoro eso y, desesperado, desbloqueo el móvil para entrar en contactos y buscar el número de Sheryl. Ella es la única que puede ayudarme ahora. Me llevo el móvil a la oreja tras marcarle. Un tono, dos, tres… —¡Buenos días, tardes y noches!— exclama al otro lado —¿Qué desea el queridísimo agente Benjamín Keller de alguien tan importante como yo?
—Sheryl, nena… necesito que me ayudes con algo urgente— le digo, apretando el móvil en mi mano.
—Ay, Ben… suenas desesperado. ¿Qué pasa?— pregunta.
—Pasa que le encargué a Eva que llevara a Alfia a una guardería. Lo del viaje a París me pilló de… sorpresa— río brevemente como un desquiciado —Pero la tontita es tan olvidadiza que no esperó a que le dieran la tarjeta, y ahora Alfia está en alguna guardería de la ciudad, prácticamente perdida.
—Oh, Dios… ahora entiendo por qué suenas como si te estuvieras volviendo loco…
—Oh, ya la perdí— le confirmo —Pero eso no importa, ¿podrías buscar en qué guardería de cachorros dejó a mi Alfia? Por favor…
—Ay, claro que sí, no te preocupes… tendré esa información para la tarde— me dice —Cálmate un poco, si está en alguna guardería no le pasará nada. Pero buscaré y te enviaré un mensaje, ¿vale?
Suelto un suspiro aliviado —Oh, gracias… estaré pendiente. No sé cómo no se me ocurrió pedirle a Eva la tarjeta antes de venir aquí…
—Debías tener un montón de cosas en la cabeza…
—Hmm… como no te imaginas— susurro —Pero ya debo colgar, me avisas, ¿eh…?
—Tranquilo, disfruta de tus vacaciones. Te las mereces, yo me encargo de buscar a Alfia— dice con una risita corta.
—Vale, gracias…— le digo de nuevo —Adiós…
—Bye, bye…
Cuelgo la llamada.
—Problema resuelto— escucho que dice Sophia —No sé cómo te preocupas tanto por un animal; tampoco es como si fueran a matarlo.
—¡Matarla, idiota! Es una perra— le gruño —Y sí me preocupo; a diferencia de ti, Alfia es lo único bueno que tengo desde que empecé a vivir esta vida de agente federal. Ah, y tus comentarios puedes pasártelos por el culo, ya que no entiendes nada…
—Ay, qué grosero…
—Vete a la mierda, Sophia…
Ella ríe ligeramente—. No te enfades, Sheryl buscará a tu mascota. No te preocupes— dice, y la miro con los ojos entrecerrados —Para la próxima me encargaré de esperar la tarjeta.
Suelto una risa irónica ante lo que ha dicho —¿La próxima?— pregunto —No habrá una «próxima», Sophia…
—¿Quién dice que no?— pregunta ella, con las manos en la cintura.
—Yo— le respondo —No es como si pudiera ir y venir, pedir vacaciones y más, como si nada. Alex no lo permitiría…
—Alex es un idiota que está colado por ti— dice ella, acercándose lentamente con una sonrisa burlona —Si no fuera así, ¿cómo explicas que accediera a darnos las vacaciones cuando le dije que eran para ambos, aunque Crawford se negara?— arquea una ceja. Yo frunzo el ceño —¿Ya viste los mensajes que te dejó?— pregunta, señalando vagamente mi móvil en la mano.
—¡¿Me revisaste los mensajes?!
—Yo no fui— se apresura a aclarar —Fue Harry…— lo señala, con una sonrisa maliciosa —Y leyó los mensajes en voz alta, Ben…
Miro al susodicho y luego a todos —Malditos cotillas— les digo —¿Por qué mejor no os ponéis a entrenar a vuestros hombres? No sabéis secuestrar a alguien y la prueba de ello es Félix; deberíais enseñarle que, cuando se secuestra a alguien, se le debe poner una capucha y esposas antes de bajarlo del avión— me miran perplejos de nuevo; Klaus solo tiene una sonrisa torcida en los labios, que ignoro —Y tú— señalo a Sophia —Deja de decir que Alex está enamorado de mí.
—¡Pero sí es verdad!
—No, no lo es.
—Sí.
—No.
—¡Que sí, mierda!
—¡Tú qué vas a saber!
—¡Es muy obvio! Hasta Sheryl se ha dado cuenta de cómo te mira. Pero tú eres tonto y no te das cuenta de nada…
—Mejor cierra el hocico si no tienes nada bueno y «real»— enfatizo —Para decir.
—¿Acaso no te gusta Alex?
—¿Qué te importa?
Continúa…
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