
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 27
Salí del despacho con el eco de la discusión sobre Brian aún rebotándome en los oídos. Klaus había insistido en que la alianza con él era el siguiente paso lógico, pero cada palabra suya me había dejado un nudo en el estómago que no se deshacía. Esto de aliarme con un tipo como él me revuelve las tripas; es todo tan… expuesto, tan real.
Nexus siempre ha sido un cártel fantasma, uno que yo dirijo desde las sombras, sin rostros ni apretones de manos. Nunca había tenido que lidiar con criminales de esta manera, cara a cara, oliendo su colonia cara y viendo el tic nervioso en sus ojos.
Con Werner era diferente, mucho más limpio. Todo virtual.
Llamadas cortas, mensajes encriptados llenos de códigos que solo nosotros entendíamos. Él recopilaba datos sobre el Clan Geist, el siguiente en la lista después de desmantelar a un puñado de narcotraficantes, y los metía en un USB. Lo enviaba a una dirección blindada, y listo. Lo que Werner nunca supo era que Nexus y la DEA eran la misma mierda. Esa información no caía en manos de un narco ambicioso; caía directamente en las mías.
Yo siempre he sido el filtro. Yo manejaba las llamadas breves, con el distorsionador de voz zumbando en mi oído como un mosquito eterno. Yo descifraba sus códigos y se los pasaba a mi jefe en informes pulcros. Yo lo orquestaba todo: contactar a los socios o segundos al mando de cualquier capo, ofrecerles protección y tratos jugosos, fingir que era uno de ellos. Un lobo disfrazado de lobo, dispuesto a morder lo que fuera por un pedazo de poder. Preparaba los operativos con Alex, los lideraba yo mismo, sudando bajo el chaleco antibalas, porque era parte de mi «entrenamiento». Todo para estar listo cuando llegara el momento de atrapar a Brian.
O eso me decían.
Pero ahora, con el peso de esta nueva alianza aplastándome el pecho, empiezo a dudar. ¿Era realmente para eso? ¿O solo era otra capa en un pastel que no entiendo?
Me siento idiota, como un crío de cuatro años escondido bajo la mesa mientras sus padres se gritan encima, sin captar que el viejo se bebe el sueldo en botellas y la madre se está desmoronando en silencio porque no hay salida. ¿Qué coño puede entender un niño que apenas gatea por el mundo? O en mi caso, ¿qué puedo entender yo, si mi pasado es un agujero negro?
Todo es un caos. No sé en quién confiar, si en Klaus, en Alex o en mí mismo. No sé a quién creer, qué hacer. Solo sé que soy una pieza cara en un tablero que no veo completo, una que todos quieren para ganar la partida. Y me siento tan jodidamente miserable que daría lo que fuera por evaporarme: subir a una montaña perdida, enterrarme en la niebla y el silencio, y no saber nada de nadie nunca más.
Solo desaparecer, como si nunca hubiera existido.
Termino de bajar las escaleras.
—Pero papi…— se filtra el gimoteo desde el salón, una voz de niña tan aguda que suena como si estuviese triste.
Me acerco despacio, mis pasos se amortiguan con la alfombra gruesa, y ahí está Viktor en el sofá, con la pequeña sentada en sus muslos como si fuera su trono. A su lado hay una mujer de sonrisa serena que no conozco. La niña lleva un vestidito rosa chicle, zapatillas con brillos que parpadean con cada movimiento de sus piernas, y el pelo rubio, casi dorado bajo la luz, recogido en una media coleta con un lazo perfecto.
Parece sacada de un anuncio de juguetes.
—Pensé que podríamos jugar…— insiste; su voz es temblorosa, está al borde del llanto —Traje a la señorita Jenna y a su hermana Antonieta. Es sábado, ¡es día de té! Y ya se ha hecho tarde, papi…
—Princesa, claro que quiero— responde Viktor, con voz suave —Pero ahora no puedo.
—¿Por qué no?— gimotea la niña otra vez. El labio inferior le tiembla; va a romperse.
—Porque tengo trabajo, mi amor. Podemos dejar el té para mañana, ¿vale?— un sollozo corto, como un hipo, sale de los labios de la niña —Ay, no, mi amor, no llores…
—Tú no quieres jugar conmigo…
—Ven aquí, cielo.— la mujer abre los brazos y la niña se deja alzar, pasando de un regazo al otro sin resistencia. Es su madre, supongo. La acuna contra su pecho —Es de noche, corazón. ¿No sería mejor que Jenna y Antonieta descansen después del viaje?
—No— responde la niña, pero ya sin fuerza, solo un murmullo ahogado en la blusa de su madre.
Es ahora cuando me doy cuenta de que estoy de pie, como un idiota, en el umbral que lleva al salón. Una nostalgia que no me pertenece se instala en mi pecho. Me hace recordar a los bebés recién nacidos que veo en ese sueño que tengo todas las noches sin falta, un chico de trenzas que me llama por un apodo que no recuerdo, y este vacío se abre de golpe, tan hondo que me falta el aire. La garganta se me cierra; siento que si doy un paso más, me voy a derrumbar.
Aprovecho que nadie me ve, porque Viktor está ocupado secando las lágrimas de su hija con el pulgar. Ni Friedrich ni Charlotte andan cerca. Podría cruzar el salón y salir por la puerta principal, ya que está a unos metros de distancia, pero tendría que pasar delante de ellos, rozar esa burbuja de ternura que no me incluye. Sería como atravesar un cristal; ellos seguirían intactos y yo me haría añicos.
Doy media vuelta, muy ridículo por mi parte, buscando otra salida. El jardín, cualquier excusa. Solo necesito aire frío que me golpee la cara y me recuerde que sigo respirando, que no estoy atrapado en ese hueco que se abre cada vez que veo a una familia que funciona. Porque yo no tengo eso. Ni lo tuve. Y duele tanto que preferiría perderme entre los setos, sentarme en la tierra húmeda y dejar que la noche me trague entero.
Le pregunto a uno de los hombres armados por una salida que me lleve al jardín y me señala la puerta trasera desde la cocina. Le doy las gracias, porque ante todo, la educación. Paso entre las dos mujeres que fregotean platos y limpian migas de una cena que todos devoraron menos yo. Ni un bocado, y es que tampoco quiero; el estómago me es un puño cerrado y no se abre.
Saludo con un gesto vago; ellas responden con sonrisas rápidas, como si yo fuera parte del mobiliario. Cruzo el umbral y el aire nocturno me golpea la cara, frío y cortante. Debería estremecerme, pero apenas lo noto. Mi cabeza es un hervidero por la alianza con Klaus, esa sensación rara que siento cada vez que lo miro a los ojos, la incertidumbre de quién demonios soy para esta gente, la desconfianza que ya se ha extendido hasta mi psicóloga…
Todo se amontona, se enreda, me aprieta la tráquea. No entiendo nada y, sin embargo, lo siento todo demasiado.
Suspiro; el vaho se disipa rápido en el aire. Camino sin rumbo por el césped recién cortado, el agua de la piscina brilla gracias a las luces internas que tiene; veo tumbonas alineadas, mesas con sombrillas plegadas, sillas que seguramente casi nadie usa. Paso de largo, registrando cada detalle como si fueran pruebas en una escena del crimen que no entiendo. Al fondo hay una fuente pequeña, así que me acerco a ella.
El agua cae en un hilo constante, el sonido ahoga el ruido que hay en mi cabeza. Me siento en el borde circular de piedra áspera; en el centro hay una estatua de un niño de bronce con el arco tenso apuntando a un punto invisible. El chorro golpea justo detrás de mi nuca, salpicándome la espalda, pero no me muevo. Levanto la vista; el cielo es un cuenco negro salpicado de estrellas… me gusta ver este tipo de cosas…
¿Cuándo podré bajarme de esta mierda de tablero? Ya no quiero ser la ficha que todos mueven para ganar. Solo quiero silencio, un lugar donde nadie me necesite, donde el peso no me hunda.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero conseguí mi objetivo y ahora estoy más tranquilo. Sin embargo, escucho pasos, y es señal obvia de que alguien se está acercando.
—Joder, aquí estás…— ah, es Sophia —Estaban preguntando por ti.
—Ah, ¿sí?— ella pasa frente a mí y se sienta a mi lado —¿Quiénes?
—Los amigos de Klaus— me responde.
—¿Los…?— frunzo el ceño —¿Klaus tiene amigos?
—Oh, sí. Según lo que sé, son como un equipo. Fueron como una pandilla en su adolescencia y hacían desastres juntos— me cuenta —Bueno, todavía… lo que pasa es que Klaus cambió muchísimo después de lo que le hizo Brian, o mejor dicho, de lo que le quitó.
—¿Qué sabes de eso, Sophia?— le pregunto con calma.
—No mucho, a Klaus no le gusta hablar de ese tema.— ríe suavemente —Una vez se emborrachó muchísimo, ya que suele beber demasiado, y me contó por encima que Brian le quitó a alguien que era muy importante para él. Que lo quería destruir por completo, verlo hecho mierda a sus pies, y te juro, Ben, que jamás he visto tanto odio en alguien como en Klaus… él realmente quiere acabar con el cabrón de Brian…
—¿Qué fue lo que le quitó?
—Hmm…— ella piensa antes de responderme —A alguien a quien amaba muchísimo… era la luz de su oscuridad. Así me lo contó él…
—Oh…— asiento lentamente con la cabeza —Debió ser difícil para él, ¿no?
—Mmm, ni te cuento…— menciona ella —Conocí a Klaus siendo el tipo que es ahora… frío, controlador… bueno, ya sabes.— asiento lentamente con la cabeza —Pero uno de sus amigos, Andreas, me contó que él no siempre fue así. Que antes tenía su carácter, pero que no era tan amargado. Se volvió así porque le quitaron a la persona que lo hacía feliz, al amor de su vida. Esas mierdas duelen. Y como él nació ya siendo parte de este mundo criminal, pues enamorarse es considerado una debilidad, pero a él no le importó mucho. Brian quería destruirlo y lo consiguió…
—Brian ha causado muchas desgracias— susurro —Yo pienso en su nombre y me causa… miedo, no sé.— me relamo los labios y la miro directamente a los ojos —Es como una especie de pánico que no sé de dónde viene, porque es solo un narcotraficante al que puedo atrapar con la información necesaria…
—Y al parecer nunca sabrás sobre eso— me dice —Porque la DEA tiene toda la información sobre tu pasado sellada, y solo Alex tiene acceso a ella. No puedes ir, pedírsela o encontrar la manera de conseguirla, porque tanta información te pondría entre la vida y la muerte. Y la prueba de eso es lo que pasó esta mañana en el comedor.
Bufo. —Preferiría no hablar de ese tema.
—Oye, tendrás que hablarlo en algún momento— comenta, mirándome fijamente mientras yo vuelvo a posar la mirada en el césped —Yo sé con certeza que recordaste algo, pero no quieres decirlo porque eres muy terco.— sonrío ligeramente por la forma en la que me ha llamado —Pero con el tiempo te irás soltando, yo lo sé.
—Eres muy cotilla, ¿eh…?
—Sí, pero no— me dice.
Yo suelto una risita. —¿Pero sí?
Ella también se ríe. —Solo un poquito— musita, juntando sus dedos índice y pulgar, dejando solo una delgadita línea de espacio —No has cenado aún, ¿no quieres comer?
—No tengo hambre…
—¡Por Dios!— exclama —Haré como que no te he escuchado, vamos a que comas…
—Sophia…— gimoteo sin ganas, pero ella me ignora y se pone en pie para tomarme del brazo y tirar de mí, obligándome a levantarme —Realmente no tengo hambre.
—¿Qué has dicho? No te he oído…
—Idiota— digo entre risas.
&
Días después…
Aeropuerto Internacional Dulles, Virginia — 06:05 AM
El avión aterriza con un leve rebote. Estoy en el asiento junto a la ventanilla y Sophia está a mi lado, guardando su tablet, donde venía viendo una película, en su bolso de mano que tiene sobre las piernas. Llevamos más de ocho horas de vuelo desde Berlín, con escala en Londres para mantener las apariencias de que veníamos desde París.
Porque oficialmente, acabamos de pasar una semana maravillosa en la ciudad del amor visitando la Torre Eiffel, comiendo en restaurantes caros y haciéndonos selfies junto al Sena. Nótese mi sarcasmo.
La realidad fue… significativamente diferente.
Pasé una semana en una casa de seguridad en Potsdam, rodeado de narcotraficantes. Firmando contratos «ilegales», estableciendo protocolos para una alianza que podría destruir mi carrera si alguien se entera. Pero justamente por esa razón, nadie puede enterarse. Mientras no haya testigos, no hay delito. Así que aquí estoy, actuando como si nada hubiera pasado, como si simplemente hubiera tomado unas vacaciones muy necesarias con una colega.
El avión se detiene por completo y el cinturón de seguridad hace clic cuando lo desabrocho.
—¿Listo para volver a la rutina?— pregunta Sophia en voz baja, mientras la gente empieza a levantarse y a buscar sus pertenencias en los compartimentos superiores.
—Tan listo como pueda estar— respondo bajito también.
Ella sonríe ligeramente; sabe que estoy nervioso y muy tenso. Preocupado de que alguien pueda notar algo diferente en mí, pero he tenido tres días para practicar. Tres días para aprender a actuar con normalidad mientras mi vida se vuelve completamente «anormal». Bajamos del avión y caminamos por el aeropuerto. Pasamos por migración sin problemas, nuestros pasaportes tienen los sellos correctos. Recogemos nuestras maletas y salimos a la fría mañana de Virginia.
Sophia se encarga de pedir un Uber y, cuando este llega, aproximadamente a los quince minutos, subimos. El conductor nos saluda y arranca hacia Washington D.C. Durante el trayecto, miro por la ventana, viendo pasar la ciudad que me es tan familiar.
Hmm…
Pienso en la primera noche en aquella casa de seguridad. En cómo me sentí completamente fuera de lugar, incómodo hasta la médula. Pasando cada minuto con cada músculo tenso, cada sentido alerta. Esperando… no sé qué. ¿Traición? Poco probable. ¿Violencia? Sí, podía pasar. ¿Algún truco? También.
Comía sentado en la mesa, rodeado de personas malas, personas que producen la mierda contra la que yo lucho para destruir completamente. Pero con el paso de los días, esa tensión se fue reduciendo, y es que los colegas de Klaus son bastante random. Hacían bromas, era como si buscaran la forma de que yo me sintiera tranquilo, y gradualmente, muy gradualmente, comencé a relajarme. Aunque no completamente, no al punto de olvidar quiénes son o qué hacen. Pero sí lo suficiente como para poder comer sin sentir que me iba a ahogar con cada bocado.
Debo admitir que empecé a hablarles como si nada, como si estuviera tomando el té con una vieja amiga y estuviéramos poniéndonos al día. Y hablando de «té», supe que aquella niña que vi junto a Viktor se llama Cristina. Es su única hija y tiene siete años. Esa chiquilla es alguien muy importante para Klaus; la niña incluso me dijo que su tío era el mejor del mundo. Es tan dulce, esa nena, y su madre, la esposa de Viktor, se llama Melannie y es psicóloga.
Son una pequeña familia de tres, consienten a la niña, pero también le ponen límites. Y Klaus es el alcahueta, eso lo vi yo mismo. Esa niña le alegra el día a Klaus…
Y hablando de él, debo decir que es muy profesional cuando necesita serlo, frío cuando la situación lo requiere, pero también… hay momentos, pequeños momentos, en los que veo algo más suave, como si se mostrara más vulnerable. Y esos momentos son cuando me tiene delante, porque de una forma u otra, con los demás no es así. No permite que nadie le lleve la contraria, pero yo lo hago y parece que no le importa. Quizás es porque me necesita… o bueno, necesita la información de la DEA para poder dar con Brian. Y si es así, se ha contenido mucho…
Su forma de mirarme hacía que mi corazón latiera más rápido de maneras que no entendía, y sigo sin entender. Pero ahora no tendré que lidiar con eso, porque no veré a Klaus. O al menos, no con regularidad.
Nuestra colaboración será principalmente remota, con información compartida a través de canales cifrados, reuniones ocasionales una vez a la semana para coordinar estrategias y compartir actualizaciones sobre Brian. Pero no estaremos en el mismo espacio físico constantemente y lo mejor: no tendré que lidiar con esas reacciones inexplicables cada vez que lo veo. Eso es bueno; es más fácil y muchísimo más seguro para mi cordura y para mi corazón traidor.
Pero bueno, en algún punto durante esos tres días dejé de cuestionarme constantemente si estaba haciendo lo correcto. Dejé de torturarme con dilemas éticos sobre trabajar con criminales porque la verdad es simple: quiero mi libertad; la necesito. Y si para garantizarla tengo que atrapar a Brian con la ayuda de Klaus König, entonces eso es exactamente lo que voy a hacer.
Cueste lo que cueste.
La DEA me ha estado usando. Alex me ha estado mintiendo, o al menos ocultándome verdades sobre mi pasado, sobre las verdaderas razones de mi encarcelamiento. Sobre todo. Ya no quiero ser la herramienta de la DEA, la carnada y el sacrificio conveniente.
Quiero ser libre, realmente libre.
Así que atraparé a Brian con Klaus como mi… ¿socio? ¿aliado? No sé cómo llamarlo.
Y después, cuando Brian esté neutralizado, Klaus y yo volveremos a ser lo que siempre debimos ser: enemigos. Seguiremos con nuestro juego de policía y ladrón. Pero por ahora, trabajaremos juntos.
Y sobreviviré a las consecuencias después.
&
Sophia y yo nos preparamos en mi apartamento lo más rápido que pudimos para no llegar tan tarde a la Sede Central de la DEA. Yo me puse mi uniforme de siempre y Sophia algún conjunto suyo. Alfia no estaba; a ella la tiene Sheryl en su casa. Después de cumplir con mi horario de trabajo iré a buscarla. Al estar listos buscamos mi coche en el parking del edificio; es un Audi A7 negro. Me encanta.
Conduzco a la velocidad adecuada, deteniéndome en cada semáforo en rojo, mientras Sophia pone música en la radio. —No hay nada bueno…— suspira —Purita mierda ponen ahora en la radio.
—Pues como ahora ya casi nadie la escucha, solo la gente mayor que no sabe usar un móvil y prefiere oír la radio como en sus viejos tiempos— le digo, tamborileando los dedos contra el volante.
Ella bufa recostándose en el asiento, derrotada. —Buscaré un pendrive y guardaré muchas canciones para cuando vuelva a subirme en esta belleza— dice, suspirando —Recuerda que si preguntan por fotos, decimos que no nos tomamos ninguna porque preferimos… no sé, ¿disfrutar bien de las vacaciones?
Suelto una risita. —Vale, sería lo más lógico. Seguramente Sheryl querrá que le muestre fotos y, ¿qué se supone que voy a enseñarle?— ambos nos echamos a reír —Solo será una mentira piadosa.
—Así es.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉