
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 28
Me detengo frente al edificio. Es imponente y gris. Con sus ventanas inmóviles, nos bajamos y le entrego las llaves de mi coche a uno de los guardias que vigilan la entrada después de saludarlos. No hace falta darle explicaciones, ya sabe que tiene que aparcar mi coche. Siempre lo hace con mucho gusto y yo se lo agradezco. Sophia y yo entramos por las puertas principales. El recepcionista, Zian, nos ve y sonríe.
—¡Agente Keller! Señorita Schwarz— saluda con una pequeña inclinación de cabeza —Hacía mucho que no os veía.
—Estábamos de vacaciones— responde Sophia con una sonrisa ensayada. Zian suelta un «oh…» con sorpresa y asiente lentamente con la cabeza. Yo dejo escapar una risita breve.
—Que tengas un buen día, Zian— le digo.
—Gracias, agente Benjamín. Buen día para vosotros también…
Le respondo con un asentimiento de cabeza y seguimos nuestro camino hacia los ascensores. Pasamos junto a varios agentes que van llegando con sus vasos de café matutinos y otros con papeles en la mano. Algunos nos saludan, otros simplemente pasan de hacerlo, demasiado concentrados en sus trabajos. Todo es normal y rutinario.
—¿Qué hora es?— le pregunto a Sophia mientras esperamos frente a las puertas cerradas del ascensor.
Ella mira su reloj de muñeca. —Las ocho en punto.
—Gracias al cielo, pensaba que eran como las diez.
El ascensor llega y se abren las puertas; salen varios de mis compañeros que nos saludan. Yo les devuelvo el saludo y entro junto a Sophia. Presiono el botón del quinto piso, donde están las oficinas de los agentes especiales y las salas de operaciones. Las puertas se cierran y empezamos a subir.
—Alex debe de estar emocionado por verte— dice Sophia para picarme, con una sonrisa traviesa en los labios —Probablemente te ha echado de menos.— hace un puchero y su tono de voz suena lastimero.
—No empieces, ¿eh?— respondo, aunque no puedo evitar sonreír un poco.
—¿Qué? Es verdad. El hombre claramente tiene…
—Eva.
—Vale, vale, no diré más— se ríe suavemente —Pero en serio, deberías fijarte más en cómo te habla y verás que no lo digo solo para fastidiarte.
Suelto un bufido, cerrando los ojos brevemente. —Vale, lo haré… pero que no se toque más el tema, al menos no aquí.
—Como quieras— dice ella con una risita maliciosa.
El ascensor se detiene justo en ese instante y las puertas se abren. —Voy a empezar a ponerme en marcha con el caso de Brian, ya va siendo hora de que lo atrape. Con cada minuto que pasa, ese imbécil se crece más.
—Me parece perfecto, cualquier información que…
—Pero mirad quién ha vuelto por fin de sus lujosas vacaciones europeas— dice esa voz que tan bien conozco y que, a la vez, me provoca un cabreo inmediato, interrumpiendo a Sophia como si nada. Xavier, por supuesto. Se está acercando a nosotros; me doy la vuelta para verlo y Sophia solo gira medio cuerpo, visiblemente aburrida.
Xavier tiene su café en la mano derecha, le da un sorbo y me mira con esa expresión de superioridad que siempre lleva mientras traga el líquido.
—Xavier…— digo su nombre con tono neutro mientras me cruzo de brazos —¿Qué quieres a estas horas de la mañana?
Se ríe sin humor. —Hablaré con Alex para que te ponga una falta por llegar tarde…
Ruedo los ojos. —Cariño, acabo de llegar de un viaje… yo no controlo los vuelos en el aeropuerto— le aclaro.
—Conoces las normas, Benjamín— espeta —Algunos de nosotros hemos estado trabajando mientras tú te paseabas por París haciendo fotos para Instagram.
Respiro hondo, contando hasta tres mentalmente. —Primero, no tengo Instagram— le digo. Normalmente dejaría que Xavier soltara lo que quisiera, ignoraría sus comentarios y seguiría caminando. Pero después de una semana lidiando con narcotraficantes, secuestros y alianzas imposibles…
No tengo paciencia para las inseguridades de Xavier.
—Segundo, lo siento, Xavier, pero hoy no pienso aguantar tus quejas, tus intentos patéticos de burla, ni tu necesidad constante de validación a través de menospreciar a los demás— mi voz es calmada, pero firme —Tercero y último, quiero empezar el día tranquilo y haciendo mi trabajo. Es lo mismo que deberías hacer tú en lugar de estar tan obsesionado con mi vida.
Sophia contiene una risa contra la palma de su mano. Me doy la vuelta y, justo antes de alejarme del todo, recuerdo algo súper importante, así que me detengo.
—Ah, y por cierto, buenos días— concluyo, siguiendo mi camino.
—Imbécil— le oigo murmurar, pero no me detengo.
Sophia camina a mi lado cuando me alcanza, claramente esforzándose por no reírse. —Eso ha sido muy satisfactorio de presenciar— susurra.
—Ha sido una semana larga…
—Claramente.— llegamos a su punto de separación en el pasillo —Bueno, yo voy a la sala de análisis de inteligencia. Necesito actualizar algunos informes y hacer que parezca que realmente estuve recopilando información en París.
—Bien.— asiento lentamente con la cabeza —Yo voy a hablar con Alex, me envió un mensaje anoche diciéndome que pasara por su despacho cuando llegara.
—Claro…
—Oh, Eva, espera.— Sophia se detiene —¿Podrías decirle a Sheryl que quiero hablar con ella? Que me espere en mi despacho cuando tenga un momento.
—Vale, se lo diré.
—Gracias.
Nos separamos: ella hacia la izquierda y yo hacia la derecha. Camino por el pasillo familiar, pasando por oficinas cerradas y abiertas. Escucho el murmullo constante de conversaciones, teléfonos sonando y las impresoras funcionando. Todo tan normal que casi podría convencerme de que la semana pasada fue un sueño. Pero no lo fue.
Llego al despacho de Alex; la puerta está entreabierta, pero aun así toco dos veces.
—Adelante— responde él desde dentro.
Abro la puerta y entro. La oficina de Alex es más grande que la mía, porque es el director, obviamente. Tiene un escritorio de madera oscura, estanterías llenas de archivos y libros sobre aplicación de la ley. Una gran ventana da al exterior, y hay fotografías enmarcadas en las paredes: algunas de operativos exitosos, otras de ceremonias de premiación.
Y Alex está detrás del escritorio, con su uniforme impecable como siempre. Sonríe cuando aparta la mirada del ordenador y me ve. Es una sonrisa genuina, de esas que le llegan a los ojos.
—¡Benjamín! Bienvenido de vuelta.— se pone en pie, rodeando el escritorio para saludarme —¿Qué tal París, eh?
Me tiende la mano y la estrecho enseguida. —Increíble, realmente necesitaba ese descanso.
—Me alegro. Te veías agotado antes de irte.— señala una de las sillas frente a su escritorio —Siéntate, por favor.— le sonrío, me acerco al escritorio, ruedo un poco la silla y me siento. Alex vuelve a su asiento también. —Eva hizo de todo para convencerme de darte las vacaciones, y acepté porque, desde que trabajas aquí, no has tomado ni un solo día. Y una semana es muy poco para todo lo que tienes acumulado.
Río ligeramente. —Sabes que prefiero estar aquí y centrarme en mi trabajo antes que hacer otra cosa— le digo —Y no me quejo.
Alex se ríe. —Me alegro de que te hayas tomado ese tiempo, te lo merecías.— sonrío ligeramente. Si él supiera…
—Me siento mejor— miento suavemente —A veces uno no se da cuenta de cuánto necesita desconectar hasta que lo hace.
—Exacto.— Alex asiente lentamente con la cabeza —Y hablando de trabajo… lamento tener que meterte de nuevo en el caos tan rápido, pero tenemos una situación que necesita tu atención.
—Está bien, ya me lo esperaba y estoy listo. ¿Qué tenemos?
Alex se inclina hacia delante, abriendo una carpeta en su escritorio que tenía sobre una pila de papeles. —Es en Brasil. Específicamente, São Paulo— dice, y yo frunzo ligeramente el ceño —Hemos estado monitorizando la actividad de un cártel que opera allí, se hacen llamar «Los Lobos del Sur».
—¿Qué clase de nombre es ese?
—No tienen mucha creatividad, ¿eh?— ríe mi jefe —Pero bueno, está dirigido por un tipo llamado Rodrigo Mendes.— me pasa una fotografía de las que tiene en la carpeta. La tomo y la observo: un hombre de, calculando mentalmente, unos cincuenta años. Tiene el pelo negro y unas canas apenas visibles. Su expresión es dura.
—¿Qué ha hecho para estar en nuestro radar?
—Son principalmente traficantes de cocaína— me contesta Alex —Mueven producto desde Colombia hacia Brasil, y de ahí lo distribuyen a Estados Unidos y Europa. Son cantidades masivas, hablamos de toneladas mensuales.
—Entiendo. ¿Y qué ha cambiado? ¿Por qué la urgencia ahora?
—Porque nuestros informantes en Brasil nos dicen que Mendes está organizando una gran reunión con un socio mexicano. Alguien importante del cártel de Sinaloa.— Alex me pasa otro documento —No se sabe cuándo será la reunión, pero será en algún punto de la región metropolitana de São Paulo.
Leo el documento rápidamente. Hay detalles sobre movimientos de dinero, comunicaciones interceptadas y vigilancia de ubicaciones sospechosas.
—¿Sabemos qué están negociando?
—Creemos que es una expansión de rutas— dice —Pero no sabemos bien. Será una alianza…
La palabra «alianza» me revuelve el estómago. Tiemblo ligeramente durante unos segundos. —Y hay que evitar que eso ocurra…
—Exacto.— Alex me mira directamente —Necesito que te encargues de esto, Ben. Supervisa la situación, coordina con nuestros contactos en Brasil y, cuando tengamos la ubicación y fecha exactas de esa reunión, organizamos un operativo conjunto: la DEA junto a la Policía Federal brasileña.
Asiento con firmeza. Es un trabajo grande y complejo, exactamente el tipo de tarea que Alex me asignaría.
—Puedo hacerlo…
—Vale, necesito que te pongas con esto de inmediato, es prioridad máxima.
—Entendido. Me pondré en contacto con nuestros enlaces en São Paulo hoy mismo…
—Perfecto, sabía que podía contar contigo.— Alex sonríe con intención, recostándose en el respaldo de su silla —Por eso te llamé en cuanto volviste; eres el mejor para este tipo de operaciones.
—Gracias por confiarme esto— digo, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo normal —Aunque deberías hablar con Xavier, sabes que no me gusta ponerte quejas, pero ya me aburre el mismo tema de siempre.
—¿Qué te ha dicho ahora?
—Que vendría a hablar contigo para que me pusieras una falta por llegar tarde…
Él suspira. —Ese muchacho…
—Creo que sigue resentido conmigo por… quitarle su puesto.
—Tú no le has quitado nada, estás donde estás por tu esfuerzo— me aclara rápidamente —Hablaré con él, creo que lo pondré a trabajar contigo a ver si deja esa rivalidad que tiene. No es bueno que haya ese tipo de cosas así, somos un equipo.
—No creo que ponernos a trabajar juntos sea lo mejor, Alex— comento —Habría mucho conflicto para ponernos de acuerdo con algo…
—Hablaré con él, no te preocupes por eso.
Suspiro. —Bueno… yo estoy listo para trabajar, me pondré con ello ya…
—Vale.— Alex se pone de pie, indicando que la reunión ha terminado mientras me entrega la carpeta que tomo al instante —Mantenme al tanto del progreso con Los Lobos del Sur, ya sabes, con briefings diarios si es posible.
—Por supuesto.— me pongo de pie también y salimos juntos hacia la puerta. Alex la abre para mí, es un gesto cortés, quizá demasiado cortés. —Nos vemos…
—Suerte…— me dice.
Salgo de su despacho, la puerta se cierra detrás de mí y respiro profundamente.
Okay.
Tengo mucho trabajo ahora.
Camino hacia mi despacho, más pequeño que el de Alex pero funcional. Abro la puerta y lo primero que veo es a Sheryl, sentada en la silla de visitas con dos tazas de café sobre mi escritorio. —¡Ben!— se levanta de inmediato, caminando hacia mí con los brazos abiertos. Me abraza con fuerza y yo la abrazo de vuelta. —Te eché de menos, joder— dice cuando nos separamos —Una semana sin ti fue aburrida como el infierno, y sorprendentemente Xavier no dio guerra…
—Yo también te eché de menos.— le digo —Y esa calma con Xavier ya se acabó; nada más salir del ascensor al llegar ya estaba intentando joderme el día.
—Ese capullo…— murmura —¿Cómo estuvo París? Eva me dijo que fue increíble.
—Oh, sí que lo fue. Muy relajante y muy necesario.
—Me alegro.— dice con una pequeña sonrisa mientras me señala el café —Traje tu favorito, americano, sin azúcar, con un toque de leche de avena.
—Eres la mejor.
—Lo sé.— sonríe, levantando la cabeza con orgullo; es un gesto que me hace reír —Entonces, ¿qué tal con Alex? ¿Ya te asignó algo imposible?
—Un cártel en Brasil; habrá una reunión importante entre capos para una posible alianza. Debo averiguar cuándo será y evitarlo a toda costa. Lo de siempre— le respondo.
—Por supuesto.— Sheryl sacude la cabeza —Ese hombre no pierde tiempo, apenas llegas y ya tienes faena.
—No es nada— sonrío —Prefiero estar ocupado, ahora más que nunca— suspiro —Ya echaba esto de menos, y eso que solo estuve fuera una semana, eh…
Sheryl ríe. —Eres un adicto al trabajo.
—Culpable.— declaro y nos sentamos. Yo detrás de mi escritorio y Sheryl de vuelta en la silla de visitas. Tomo un sorbo del café; está perfecto, como siempre.
—Entonces, ¿cuál es la razón de la convocatoria oficial?— pregunta Sheryl, arqueando una ceja —Eva me dijo que querías hablar conmigo de algo.
—Necesito un favor.— respondo tras humedecerme los labios —Uno grande.
—Lo que haga falta, ya sabes que sí.
—Necesito que me consigas todos los archivos que la DEA tiene sobre Brian, alias El Zar.
Sheryl frunce el ceño ligeramente. —Vale, ¿puedo preguntar para qué?
—Estando en París me tomé el tiempo para pensar, para reevaluar prioridades. Y me di cuenta de que he estado tan centrado en casos que me han asignado, en demostrar mi valía aquí, que he descuidado mi objetivo principal, que es Brian.
—Tiene sentido.
—Así que quiero retomar esa búsqueda activamente. Dedicarle tiempo real y recursos.— la miro directamente a los ojos —¿Puedes conseguirme esos archivos?
—Por supuesto. Tengo acceso a la base de datos central, puedo compilar todo lo que tenemos sobre él: informes de inteligencia, avistamientos, asociados conocidos, todo.— hace una breve pausa, traga saliva —¿Cuándo lo necesitas?
—¿Para el final del día de hoy sería posible?
—Lo haré posible.
—Gracias, Sheryl. En serio.
—No hay de qué.— se pone de pie, cogiendo su taza de café —Voy a ponerme con eso ahora; te enviaré todo a tu correo antes de las cinco.
—Perfecto.
Sheryl camina hacia la puerta, pero se detiene con la mano en la manilla. —Ben… me alegro de que estés de vuelta, y también me alegra que te estés centrando en Brian. Sé lo importante que es esto para ti…
—Gracias por entenderlo.
—Siempre.— sonríe —Ahora déjame ir a por esos archivos para ti.
Sale y la puerta se cierra suavemente. Me quedo solo en mi despacho, me echo un poco hacia atrás en la silla y suelto un resoplido. Tengo una alianza secreta con Klaus König; voy a perseguir a un cártel brasileño mientras simultáneamente busco a Brian con la ayuda de un narcotraficante alemán que me hace sentir cosas que no debería sentir. Y menos mal que ya no lo tendré que ver tan a menudo, porque sinceramente, estando en Alemania noté esa necesidad de… de tenerlo cerca; fue fugaz, pero me aterra mi propio pensamiento.
Debo olvidarme de eso.
Mi mejor amiga está consiguiendo archivos clasificados sin saber que los voy a compartir con criminales y, en su cubículo, Sophia está preparando su próximo informe falso sobre la inteligencia «recopilada en París», que en realidad le dio Klaus antes de volver aquí.
Mi vida se ha convertido en algo que nunca imaginé.
Pero ahora estoy comprometido, para bien o para mal. Así que respiro hondo, enciendo el ordenador y empiezo a trabajar en el caso de Los Lobos del Sur, porque soy un agente que lucha contra el crimen y ese es el papel que tengo que interpretar a la perfección cada día, hasta que Brian sea capturado y entonces…
Entonces veremos qué pasa…
&
Salí a la hora de siempre de la Sede, visité a la doctora Hoffman, pero no quise contarle absolutamente nada del recuerdo que tuve en Alemania; primero porque me iba a preguntar cómo tuve ese recuerdo y, segundo, porque no iba a saber qué contestarle. Así que solo le mentí diciendo que lo pasé súper bien en París.
Esperando, esperanzado, que no se haya dado cuenta de mi mentira, ya que es psicóloga. Puede darse cuenta en cualquier momento.
Tras acabar la sesión, fui a la casa de Sheryl para buscar a mi linda Alfia. Al verme saltó de alegría y me dejó un par de rasguños en los brazos por la emoción, o quizá me estaba castigando por dejarla sola tanto tiempo. Una jodida semana entera, joder. Pobre de mi bebita. De vuelta a mi apartamento pasé por el supermercado para comprar algo para cenar y también unas galletas para Alfia.
Al llegar al edificio, aparqué el coche y entré con ella para subir en ascensor, esta vez con una bolsa de papel enorme entre los brazos con las compras que hice…
Entré en el apartamento minutos después y cerré la puerta con el seguro. Con dificultad le quité la correa a Alfia y ella salió corriendo de inmediato hacia donde siempre tiene sus cuencos de comida y agua, seguramente para beber. Yo, en cambio, dejo la correa a un lado en la encimera de la cocina y la bolsa frente a mí para sacar lo que traje. Compré cereales y leche, porque sí, no tengo ganas de cocinar. Siempre llego tan agotado, joder…
También compré fruta. Cojo las bolsitas, cada una con medio kilo de fresas, duraznos, plátanos, peras y kiwi. Rodeo la encimera y dejo las bolsas en la superficie, busco el bol más grande que tengo y lo dejo dentro del fregadero. Abro el grifo para que se vaya llenando mientras abro la bolsa de las fresas y voy quitándoles las hojitas una a una para tirarlas al bol y que se sumerjan en el agua.
Mientras hago esto, oigo a Alfia ladrar de la nada; ella hace eso cuando quiere algo. —¿Qué pasa, peque? ¿No tienes suficiente agua?— pregunto, pero en respuesta solo recibo un gruñido que me hace fruncir el ceño. —¿Quieres galletas?
Vuelve a ladrar. Suelto un suspiro y cierro el grifo porque el bol ya está lo suficientemente lleno. Me seco las manos y busco un trapo, que siempre dejo colgado de la maneta larga del horno, para sacar la fruta. Alfia sigue ladrando.
—Vale, nena, te daré galletas, pero deja de ladrar— le digo; tras secarme las manos me acerco a la encimera, saco de la bolsa el paquete de galletas en forma de huesitos, específicas para cachorros —Mira…— agito la bolsa; siempre el sonido de cosas así llama su atención, pero ahora no lo hace. Alfia está mirando a un punto en concreto, gruñe y vuelve a ladrar. Arrugo el ceño. —Ya basta, Alfia…— le digo con cariño, me agacho y le acaricio la cabeza, pero ni así me presta atención —Hay gente durmiendo a esta hora, deja de ladrar, pequeña.
—Me preocupa oírte hablar con un animal…
Pequeño salto en el preciso instante en que escucho esa voz. Me doy la vuelta bruscamente; la sala está a oscuras porque no encendí la luz al llegar, y sin embargo no me hace falta luz para saber de quién es la figura que tengo delante. Reconocí su voz al instante y eso solo hace que entre en pánico.
—¿Qué cojones…?— veo cómo su silueta se acerca hasta el interruptor, lo pulsa y la luz se enciende —¿Qué coño haces tú aquí y cómo entraste?
Klaus sonríe despacio. —Fue muy fácil manipular la cerradura sin romperla…
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉