Silent promise 3

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 3

Entro nada más abrir la puerta. El despacho es amplio pero funcional. Estanterías con libros, un escritorio grande de roble, ventanas con cortinas gordas que apenas dejan pasar la luz. Y en el centro, detrás del escritorio, está mi querido hermano, inclinado sobre su portátil, mirando la pantalla con el ceño fruncido. Está viendo las noticias, me doy cuenta por lo que se oye.

—¿Qué cuentan ahora?— pregunto, cerrando la puerta detrás de mí.

Travis levanta la vista y gira el portátil hacia mí sin decir nada. En la pantalla, el ministro del Interior de Alemania está en un atril, rodeado de micrófonos y periodistas. Tiene la cara seria, casi dramática. Como si de verdad le importara. Travis sube el volumen y se pone en pie, rodeando el escritorio para colocarse a mi lado.

—…no vamos a tolerar este tipo de violencia en nuestras calles— dice el ministro, su voz es firme y llena de una autoridad falsa que la gente no ve porque es idiota —El incidente del puente Oberbaumbrücke es un enfrentamiento directo, no solo contra la ley, sino contra cada ciudadano de esta nación. Les aseguro que las fuerzas del orden están trabajando sin descanso para desmantelar estas redes criminales.

Hace una pausa para el efecto dramático; solo se oyen los flashes de las cámaras haciendo fotos.

—Prometo, como ministro del Interior, que acabaremos con el narcotráfico en Alemania. Pronto. Muy pronto. No habrá lugar donde estos criminales puedan esconderse. No habrá impunidad. La justicia prevalecerá.

Los periodistas estallan a preguntas, pero el ministro simplemente levanta la mano y se retira del atril, rodeado de sus escoltas. Suelto una risa seca.

—Siempre dicen lo mismo— comento, cruzándome de brazos —Siempre la misma mierda. «Acabaremos con el narcotráfico». «La justicia prevalecerá». Y nunca lo cumplen. ¿Sabes por qué?— Travis me mira, esperando. —Porque son todos unos corruptos de mierda— continúo —La mitad de ellos están en nuestra nómina. La otra mitad está en la nómina de alguien más. Todos hablan bonito para las cámaras, pero en privado… en privado cuentan la pasta que les pasamos para mirar hacia otro lado.

—No vas desencaminado— dice Travis, cerrando el portátil —Pero esta vez puede ser distinto. Con lo del puente… le diste una publicidad brutal a esto. Ahora tienen presión real y van a tener que mover ficha, aunque sea por postureo.

Me encojo de hombros. —Que lo intenten. No es la primera vez que el gobierno promete acabar con nosotros. No será la última.

Travis vuelve a su escritorio y se recuesta en la silla, frotándose la mandíbula. —El problema no es el gobierno, Tom. El problema es Nexus.— ahí está. El asunto de verdad. —Ahora que todo el mundo sabe de la declaración de guerra— continúa Travis —Tenemos que estar listos. Raven no se va a quedar sentado esperando. Va a responder y no sabemos cómo ni cuándo.

—Que responda cuando sea— digo con frialdad —Estoy listo.

—Tom— me mira fijamente —Tienes que entender una cosa. No sabemos nada de Nexus. No sabemos quién es Raven, no sabemos cuántos hombres tiene, no sabemos dónde opera. Has declarado la guerra, prácticamente, a un fantasma.

—Entonces hacemos que ese fantasma se materialice— respondo —Lo obligamos a salir de las sombras.

—¿Y cómo propones hacer eso?

Me acerco al escritorio, apoyando las manos en la superficie de madera. —Atacando sus intereses— le contesto. Él arquea una ceja, sin entender, ladeando un poco la cabeza. —Si Nexus está creciendo, tiene que tener operaciones. Rutas, Almacenes, Distribuidores. Los encontramos y los liquidamos, uno a uno. Hasta que Raven no tenga otra opción que enseñar su puta cara.

Mi hermano me estudia un momento. —Es arriesgado.

—Todo lo que hacemos es arriesgado.

—Es más que eso— dice con un suspiro —Es invitar a una guerra total. No solo contra Nexus, sino contra quien esté detrás de ellos. Dijiste que están aliados con la DEA; eso significa que tienen protección, recursos, información.

—Y nosotros también— contraataco —Tenemos contactos. Tenemos información.

Travis suspira, pasándose una mano por el pelo. —Vale. Hagámoslo a tu manera. Pero necesitamos un plan, cara de rata.

Me enderezo, cruzándome de brazos. —Ya lo tengo— él arquea una ceja, esperando a que hable y le cuente cuál es —Primero, necesitamos información. Quiero que todos nuestros contactos en la calle, en los puertos, en las fronteras, estén alerta. Cualquier movimiento sospechoso, cualquier nuevo actor en el mercado, cualquier rumor sobre Nexus. Todo me llega a mí.

Travis asiente, tomando notas mentales.

—Segundo— sigo —Reforzamos nuestra seguridad. Todas las casas de seguridad, todos los almacenes, todas las rutas. Duplicamos la vigilancia. Nadie entra ni sale sin mi aprobación.

—Entendido.

—Tercero, empezamos a apretar. Quiero saber quiénes eran los contactos de Werner en Nexus. Henrik debe saber algo. Lo interrogamos. Le sacamos todo lo que pueda tener.

—Ya le asigné esa tarea a Georg— dice Travis —Henrik está cantando como un pájaro. Tiene miedo de acabar como Werner.

—Bien. Que el miedo le sirva para algo.

—¿Y cuarto?

Me paro a pensar. —Cuarto… enviamos un mensaje más claro. Werner fue solo el primero; necesitamos dejarle a Raven claro que no estamos jugando. Que cada movimiento que haga contra nosotros tendrá consecuencias.

—¿Qué tipo de mensaje?

Se me dibuja una sonrisa oscura. —El tipo de mensaje que no se puede ignorar.

Travis me mira largo rato. Conozco esa mirada: es la de quien sabe que sigue a su hermano al borde del abismo. Es la mirada de la lealtad, de la hermandad. —Vale— dice al final —Lo haremos. Pero Tom…— hace una pausa —Ten cuidado. Esto podría escalar rápido y si escalas demasiado…

—¿Qué?— le desafío restándole importancia — ¿Perderé todo? Ya lo perdí, Travis. Hace diez años en específico, ahora no tengo nada más que perder.

—Sí lo tienes— su voz se suaviza —Me tienes a mí, a nuestros padres, a todos los que todavía están aquí. A Cristina, que te adora.— musita con calma —Puede que no sea lo mismo, pero no estás tan solo como crees.

Sus palabras me golpean más de lo que esperaba; aparto la mirada y la fijo en la encimera del escritorio. —No voy a permitir que les pase nada— digo en voz baja —A ninguno de vosotros. Por eso hago esto. Por eso necesito acabar con Nexus y, al final… con Brian.

—Lo sé, hermano— Travis se levanta y rodea el escritorio, pone una mano en mi hombro —Y estaremos contigo. Hasta el final.— asiento, sin fiarme de mi voz. —Ahora— aligera el ambiente —Tenemos faena. Llama a Georg y a Andreas. Hay que coordinar todo esto.

—Mmm… le prometí a la nena que la llevaría a por un helado.

Mi hermano suelta una risa corta. —Ella sabe cómo manipularte, eh…— murmura negando con la cabeza.

Sonrío. —Vamos a ver a Henrik— digo de repente, incorporándome —Quiero oír personalmente qué le ha sacado Georg.

Travis asiente. —Está en la bodega del puerto. La número tres.

—Perfecto. Pasamos por ahí antes del helado.

—¿Llevaremos a Cristina?— pregunta mirándome con duda.

—Se queda en el coche— respondo rápido —No va a entrar. Solo miramos, preguntamos y nos vamos. Cinco minutos, como mucho.

Travis lo piensa un momento y luego asiente. —Vale. Iré a avisarle a Melannie.

Salimos del despacho juntos. Travis se desvía hacia la habitación donde oigo la voz de su mujer, Melannie, hablando por teléfono, seguro por trabajo, que es psicóloga, yo vuelvo al vestíbulo donde Cristina sigue en el suelo, ahora coloreando lo que parece un castillo.

—¿Ya hablaste con papá?— pregunta sin levantar la vista, concentrada en pintar una torre de rosa.

—Así es… ¿vamos a por ese helado, pequeña?

Su cabeza se levanta tan rápido que me sorprende que no se haga daño en el cuello. —¿En serio, tío Klaus? ¡Sí!— salta del suelo dejando los crayones por todas partes.

—Ve con tu mamá primero— le digo con una sonrisa —Tienes que prepararte.

Sale corriendo hacia la habitación. —¡Mami, mami, tío Klaus me lleva a por un helado!

—¡Cristina, ten cuidado, te puedes hacer daño!— oigo a Melannie gritar mientras Travis se ríe; la niña a veces es un desastre. Sonrío pese a todo.

&

Unos minutos después, Melannie aparece con Cristina cogida de la mano. La niña lleva una chaqueta rosa y sus zapatillas con lucecitas favoritas. Melannie me mira con esa expresión que solo tienen las madres; confía mucho en mí. —Cuídala— me dice, aunque sabe que no hace falta.

—Siempre— respondo.

Me agacho para ponerme a la altura de la pequeña. —¿Lista, princesa?

—¡Listísima!

Travis se une a nosotros, besa a Melannie en la mejilla antes de salir. Caminamos hacia la entrada con Cristina en medio, cogida de nuestras manos, dando saltitos cada pocos pasos. Los hombres de la puerta nos miran con respeto, pero se les ablanda la cara al ver a la niña. Incluso los criminales más duros tienen un punto débil. Y los niños siempre lo son. O bueno… para algunos.

Felipe está esperando junto al Escalade y tiene la puerta trasera ya abierta. Travis ayuda a Cristina a subir primero, asegurándose de que el cinturón esté bien abrochado. Luego subimos nosotros, Travis en un lado y yo en el medio, junto a la niña.

—Al puerto— le indico a Felipe —Bodega número tres.

—Sí, jefe.

El Escalade arranca. Cristina tararea una canción que probablemente aprendió en el colegio; está en primero de primaria. Está balanceando las piernas que apenas le llegan al borde del asiento. Travis y yo nos cruzamos una mirada.

—¿Cómo va la operación del norte?— pregunto de forma casual, usando el código que hemos ido creando con los años.

Travis lo pilla al instante. —Bien. Los paquetes llegaron sin problema esta semana y nuestros colegas están contentos con la calidad.

Paquetes = cargamentos de cocaína. Colegas = distribuidores.

—¿Y los pescadores?— sigo.

—Currando duro sin quejas. La producción está al día.

Los pescadores son los tíos en las bodegas empaquetando la mercancía. —Bien. Tenemos que mantener ese ritmo, sobre todo ahora.

—¿Por qué ahora?— interrumpe Cristina de repente, dejando la canción.

Travis y yo nos tensamos un instante. —Porque el tío Klaus tiene un negocio muy grande, princesa— responde Travis suavemente —Y cuando tienes un negocio grande, hay que currar mucho.

—Oooh, ¿qué tipo de negocio, papi?— pregunta con curiosidad de niña.

—Importación y exportación— contesto, usando la tapadera oficial. Pero noto que ella no entiende porque arruga la frente, entonces le doy una mejor explicación —Traemos cosas de otros países y las vendemos aquí.

—Uuuh, qué guay. ¿Como juguetes?

—Algo así— Travis le revuelve el pelo.

Ella parece satisfecha con la respuesta y vuelve a su canción.

El resto del trayecto es tranquilo, solo roto por el tarareo de Cristina y el ruido del motor. Miro por la ventana viendo pasar la ciudad. Tras veinte minutos llegamos al puerto. La zona industrial está llena de contenedores, grúas y naves hasta donde alcanza la vista. Matthew conduce hasta la bodega número tres, una estructura grande de chapa ondulada, apartada de las rutas principales. Perfecta para nuestras operaciones.

Dos de mis tíos vigilan la entrada. Nos reconocen y abren las puertas sin preguntar, Felipe para el Escalade justo frente a la entrada. —Quédate aquí con ella— le digo —No bajamos a la niña.

—Entendido, jefe.

—Princesa, tío Tom y yo tenemos que entrar un momento a mirar algo del trabajo— le dice Travis mientras yo bajo del coche y cierro la puerta —¿Te quedas aquí con Felipe? Será un ratito; puedes jugar con mi móvil— le pasa el aparato sin pensarlo mucho.

—¿No puedo entrar?— hace un pucherito mientras coge el aparato con sus manitas.

—No, cariño. Es aburrido. Solo papeles y cajas— Travis le besa la frente —Mejor quédate aquí que está calentito. Volvemos antes de que termines de contar hasta cien.

—Está bien— suspira dramáticamente —Pero daros prisa, ¿sí? ¡Quiero mi helado!

—Prometido— le dice mi hermano, pellizcando suavemente su mejilla.

Entramos en la bodega tras dejarla en el coche, tranquila. El interior es exactamente lo que esperaba, con mesas largas llenas de peces muertos, ya abiertos, con las tripas fuera. Bolsas de cocaína blanca envueltas cuidadosamente en plástico y metidas dentro de los cuerpos de los peces. Hombres trabajando en silencio, con máscaras y guantes, moviéndose de forma eficiente y mecánica.

Es un sistema que hemos perfeccionado durante años. La cocaína viaja escondida en los peces, congelada, y se manda a «distribuidores de marisco» por toda Europa. Nadie sospecha de un cargamento de pescado. Y cuando la aduana hace controles aleatorios, nuestros contactos ya se han asegurado de que miren hacia otro lado.

Georg está al fondo supervisando. A su lado, Henrik observa nervioso a los trabajadores, con una tablilla en la mano y anotando números. Su cara aún muestra los moratones de su… persuasión. Cuando Georg me ve entrar, levanta las cejas y se acerca. Travis y yo caminamos hacia él, nuestros pasos resonando en el suelo de hormigón.

—Abuelitos— bromea el castaño —No esperaba veros por aquí.

—Solo pasábamos— respondo con media sonrisa —¿Cómo va todo, Geo?

—Bien. Sin problemas— señala las mesas —La producción de esta semana está al día. Quinientos kilos ya empaquetados y listos para salir mañana por la mañana y otros trescientos en proceso.

Asiento, satisfecho. —¿Qué tal la calidad?

—Noventa por ciento de pureza. Como siempre.

—Perfecto— camino entre las mesas, observando el trabajo. Los hombres apenas me miran, concentrados en sus tareas. Saben que la eficiencia se recompensa. La incompetencia… no. —¿Algún problema con el personal?

—Ninguno. Todos están cooperando y Henrik ha sido… útil.

Mis ojos se desvían hacia el chico, que nos mira nervioso desde su puesto. Puedo ver cómo traga saliva cuando nuestras miradas se cruzan. —Hablando de Henrik— digo, bajando la voz —¿qué lograste sacarle?

Georg se acerca más, hablando en voz baja para que solo Travis y yo escuchemos. —Más de lo que esperaba, honestamente. El tipo cantó como un canario en cuanto le mostré las pinzas.

—¿Y?

—Nexus tiene tres operaciones principales en Alemania. Una en Hamburgo, otra en Frankfurt y otra en Múnich. Tiene más, pero dice que no sabe de esas. Tampoco sabe ubicaciones exactas, pero tiene nombres de contactos. Gente que trabaja para ellos.

—Eso es útil— dice Travis —Podemos rastrear a esos contactos.

—Hay más— continúa Georg —Henrik dice que Nexus está reclutando a saco. Ofrecen el doble de lo que paga la competencia; están montando un ejército, básicamente.

—¿Para qué?— pregunto, aunque creo que ya sé la respuesta.

—Para una guerra territorial, supongo. Quieren controlar todo el mercado alemán y Werner era solo uno de sus peones. Tienen más infiltrados en otras organizaciones…

Eso explica mucho. —¿Mencionó algo sobre Raven?

Georg niega con la cabeza. —Dice lo mismo que todos: nunca lo vio ni lo oyó; Henrik comenta que hay un rumor en la calle sobre Raven.

—¿Qué rumor?

—Que Raven no es una persona. Que es un colectivo, varios líderes operando bajo un mismo nombre para crear miedo y confusión.

Interesante. —¿Tú qué crees?— le pregunto a Georg.

Él se encoge de hombros. —Podría ser verdad. O podría ser desinformación para liarnos, es difícil saber.

—Sigue investigando— ordeno —Y sigue presionando a Henrik. Quiero cada nombre, cada ubicación, cada maldito detalle que tenga en esa cabeza.

—Lo haré.

—Y Georg— añado, con la voz más dura —No le quites los ojos de encima. No importa cuánto coopere, no importa lo asustado que esté. La gente como él se da la vuelta cuando uno les da la espalda. ¿Entendido?

—Entendido— Georg asiente con firmeza —No me moveré de aquí. Si Henrik intenta algo, cualquier cosa, será lo último que haga.

—Bien.

Miro una última vez alrededor de la bodega. Todo está en orden. La operación funciona como un reloj. Incluso en medio de una guerra inminente, el negocio sigue. Porque así es este mundo. El dinero nunca duerme y la droga no deja de moverse.

—Vámonos— le digo a mi hermano —Tenemos un helado que comprar.

Salimos de la bodega, dejando atrás el olor a pescado muerto y a cocaína. El aire fresco del puerto es un alivio. Subimos de nuevo al Escalade y Cristina está jugando con el móvil de su padre, algún juego de princesas, seguro, y levanta la vista cuando entramos. —¡Ya era hora!— exclama —¡He contado hasta doscientos!

—Lo siento, princesa— dice Travis, acomodándose a su lado —El trabajo ha llevado un poquito más de lo previsto.

—¿Ya podemos ir a por mi helado ahora?

—Ahora sí— le aseguro mientras me acomodo y cierro la puerta —Felipe, llévanos a la heladería de siempre.

—Como ordene.

El Escalade arranca, alejándose de la bodega, del puerto, de ese mundo oscuro que Cristina no debe conocer todavía. Ojalá que nunca lo haga. Durante el trayecto, Travis y yo nos cruzamos miradas. Los dos estamos pensando lo mismo: la información de Henrik abre nuevas posibilidades, nuevos objetivos.

—¿Los contactos en Hamburgo?— pregunto en voz baja mientras Cristina está distraída con su juego.

—Podríamos empezar por ahí— responde Travis en el mismo tono —Mandar un equipo silencioso y recopilar información.

—O podríamos ser más directos— sugiero —Hacer lo mismo que hicimos con Werner y enviar otro mensaje.

—Eso escalaría las cosas rápido.

—Ya están escaladas. Desde el momento en que mandé colgar a Werner en ese puente.

Travis suspira. —Tienes razón, vale. Planeamos algo para Hamburgo. Pero lo hacemos bien, sin prisas.

—Así es…

—¿Qué estáis susurrando?— pregunta la nena de repente, mirándonos con curiosidad.

—Cosas de adultos aburridas, princesa— responde Travis rápido —Nada importante.

—Siempre decís eso— murmura, volviendo a su juego.

Travis y yo sonreímos.

Si ella supiera.

Si supiera que su padre y su tío no son simples empresarios, que son los líderes de una de las organizaciones criminales más poderosas de Alemania. Que las mismas manos que la abrazan son las que han matado, torturado y destruido. Pero no lo sabe, y si puedo evitarlo, nunca lo sabrá. Porque ella merece la inocencia que yo perdí hace mucho tiempo.

Que todos perdimos.

Llegamos a la heladería veinte minutos después. Un sitio pequeño pero acogedor, lleno de color y con un menú repleto de sabores imposibles. Esta vez sí bajamos los tres. Cristina prácticamente salta del coche, corriendo hacia la entrada como si fuera Navidad. Travis y yo la seguimos, riéndonos por su entusiasmo. Dentro huele a vainilla, a gofre recién hecho. Hay familias, niños comiendo helado, parejas en citas. Normalidad. Algo que hace mucho dejó de formar parte de mi vida.

—¡Quiero chocolate! ¡No, espera! ¡Fresa! ¡O vainilla con chispas!— Cristina está pegada al mostrador, con los ojos moviéndose entre los sabores como si fuera la decisión más importante del mundo.

—Puedes pedir dos sabores, cariño— le dice Travis.

—¿En serio? ¡Entonces chocolate y fresa!

Pedimos los helados. Chocolate y fresa para Cristina, en un cucurucho enorme. Vainilla para Travis. Y para mí… chocolate. El favorito de mi moreno. Mi bebé amaba el helado de chocolate, decía que era el único sabor que valía la pena. Cuando pasó su primera semana con los niños después del parto, junto a la maldita de Nathalie, solíamos ir a sitios como este, antes de que todo se fuera al infierno. Él pedía chocolate con maní; yo, de limón. Y nos robábamos cucharadas del helado del otro mientras reíamos como dos idiotas enamorados.

Todo era tan bonito…

—¿Klaus?— la voz de Travis me saca de mis pensamientos —¿Estás bien?

Me doy cuenta de que me he quedado quieto, mirando el helado en mi mano. —Sí— miento —Todo bien.

No me cree, pero no dice nada más.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Cristina devora su helado con la ferocidad de un soldado en plena batalla, manchándose la nariz con chocolate. Y por un momento, solo un momento, me permito sentir algo parecido a la paz.

Pero la paz nunca dura.

Mi móvil vibra en el bolsillo. Lo saco casi por instinto y veo un mensaje de Georg:

«Henrik ha soltado algo más y es importante. Ven a la bodega ya.»

La paz se esfuma. Mierda.

Miro a Travis, él ve mi cara y entiende enseguida que algo ha pasado. —¿Qué?— pregunta en voz baja.

Le enseño el mensaje y su mandíbula se tensa. Cristina sigue comiendo su helado, ajena a todo, feliz en su pequeño mundo de sabores dulces y risas. Iré yo solo a la bodega, así ella no se pondrá triste. Volveré en cuanto Georg me cuente lo que Henrik ha dicho.

Les explico a Travis y a la nena que tengo que irme un momento.

¿Qué habrá soltado esta vez?

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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