
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 31
By Bill
Toco a la puerta del despacho de Alex en cuanto me planto delante; acabo de llegar, y esta vez he sido muy puntual. Son las siete en punto, y lo he hecho precisamente para poder comentarle la información que me pidió ayer y que conseguí justo ese mismo día, aunque por la noche y gracias a Klaus.
Escucho a mi jefe decir su típico «adelante». Giro el pomo y entro, cerrando la puerta tras de mí. Alex levanta la vista de unos papeles que está hojeando, pero antes de que pueda ver de qué van, los deja sobre el escritorio; una ligera sonrisa se dibuja en su rostro poco a poco. —Benjamín, buenos días— dice, con algo de inquietud en la voz, como si no me esperara, lo cual es normal, porque no le avisé de que vendría —Pensé que eras Crawford. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
—Buenos días— respondo, acercándome a su escritorio —Tengo la información sobre el caso de Los Lobos del Sur que me pediste.
Sus cejas se alzan con sorpresa. —¿Ya? Pensé que necesitarías al menos un par de días más— murmura mientras guarda los papeles que estaba viendo antes y los mete en un cajón del escritorio.
—Me pasé toda la noche investigando— explico, manteniendo mi tono profesional y convincente mientras tomo asiento frente a él —Contacté con los informantes que tenemos en Brasil— empiezo a explicar —Uno de ellos tiene familia en São Paulo que trabaja en el sector de eventos privados. Me costó convencerlo, pero al final accedió a hacer unas cuantas llamadas discretas.
Alex se inclina hacia adelante, completamente atento. —Continúa.
—La reunión será dentro de dos semanas exactas— digo, con la información grabada en la cabeza —El lugar es una mansión privada en las afueras de São Paulo, propiedad de Rodrigo Mendes. Es donde suele organizar sus celebraciones más exclusivas. En cuanto al cartel de Sinaloa, con el que se reunirá, será específicamente con su líder: Mateo Salazar, alias Lonescu.
—Mateo Salazar…— Alex repite el nombre, frunciendo el ceño —Ese tipo es escurridizo. Mi padre intentó atraparlo durante años, mientras estuvo vivo. Y no lo consiguió…
Me remuevo incómodo por la mención de su padre, pero no lo demuestro demasiado y simplemente trago saliva.
—Aparentemente, la reunión tiene un doble propósito. Por un lado, cerrar una alianza comercial entre ambos carteles. Por otro, Rodrigo planea montar una celebración privada, algo a lo grande. Habrá música, bailarinas, el típico espectáculo que estos tipos montan cuando cierran negocios importantes.
Alex se recuesta en la silla, procesando la información. —¿Tienes la dirección exacta?
—Sí— asiento despacio con la cabeza —Mansão Vermelha, Rua das Palmeiras 247, distrito de Morumbi, São Paulo. A las siete de la tarde empieza…
Alex gira la silla hacia su ordenador y empieza a teclear rápido. —Dame un segundo…— observo cómo sus dedos vuelan sobre el teclado, sus ojos moviéndose por la pantalla a toda velocidad mientras lee. Después de unos minutos, silba por lo bajo. —Aquí está— dice, girando la pantalla un poco para que yo también pueda ver —Es una propiedad registrada a nombre de una empresa fantasma, pero está claramente vinculada a Rodrigo. Mira esto…
Me acerco y veo imágenes satelitales de una mansión enorme, rodeada de vegetación densa, con muros altos y lo que parecen ser varias entradas vigiladas. —Es grande— comento —Y está bien protegida.
—Demasiado protegida— Alex arruga el ceño, analizando la situación al máximo —Pero con dos semanas de preparación, podemos montar un operativo sólido. Necesitaremos coordinación con la Policía Federal brasileña, autorización internacional, un equipo especializado…
—¿Cuándo empezamos?— pregunto.
Alex me mira con una sonrisa. —Ahora mismo— espeta —Buen trabajo, Benjamín. Es realmente impresionante que hayas conseguido esto tan rápido.
—Solo hago mi trabajo— respondo, aunque siento un peso en el pecho por la mentira.
—Y lo haces excepcionalmente bien— dice Alex, y su mirada se sostiene en la mía un segundo más de lo necesario. Yo solo puedo sonreír, agradecido por el cumplido, aunque me sienta fatal por mentirle. Me siento horrible. En otras circunstancias no habría aceptado la ayuda de Klaus, pero ahora… no sé.
Tiene una especie de poder sobre mí que no me gusta nada.
Pero en fin… volviendo al tema central, tal y como lo dijo Alex, así pasó.
Durante las siguientes dos semanas nos metimos de lleno en la planificación del operativo. Investigamos cada rincón de la Mansão Vermelha, analizamos los pros y los contras de distintas estrategias de entrada, estudiamos los patrones de movimiento de Rodrigo y su organización. Xavier, tal y como Alex había anticipado, fue asignado para trabajar conmigo en esto, y cada día era una batalla campal contra su ego y sus comentarios pasivo-agresivos hacia mí.
Pero eso no fue lo más importante de esas dos semanas. No, lo más importante fue Klaus.
Se volvió costumbre llegar a mi piso después de largas jornadas en la sede de la DEA y encontrarlo allí. Los dos primeros días consiguió asustarme; el corazón me daba un vuelco en el pecho cuando abría la puerta y lo veía sentado en mi sofá como si fuera su casa. Pero ya para el tercer día, sabía que estaría allí. Lo esperaba, incluso.
Siempre hablábamos sobre Brian.
Yo compartía la información que conseguía de su organización, tanto archivos digitales como físicos que lograba filtrar sin levantar sospechas, ya que sin autorización no puedo sacar ese tipo de información. Klaus hacía lo mismo desde su lado, trayéndome datos de sus contactos en el submundo criminal. A veces me esperaba con comida, siempre pedida a domicilio, porque ninguno de los dos cocinaba demasiado, y comíamos mientras debatíamos estrategias. No solo sobre Brian, también sobre el operativo contra Los Lobos del Sur.
Klaus siempre salía con sus comentarios, esos que parecían caballerosos por fuera, pero que iban cargados de insinuaciones. Sus «Déjame ayudarte con eso, guapo», «Tienes cara de cansado, deberías dejar que te mime un poco» o el clásico «Estás demasiado tenso, necesitas relajarte… yo podría ayudarte con eso».
Ahg, es un auténtico imbécil. Y lo peor es que no tiene vergüenza…
A veces yo llegaba con pizza para los dos, y Alfia saltaba emocionada porque sabía que Klaus siempre le guardaba un trocito de la orilla. Porque sí, ahora ella adora a Klaus. De una forma sorprendente, bastaron solo un par de días para que ya quisiera estar tumbada sobre sus piernas mientras él le acariciaba la cabeza. Prácticamente se sentía como llegar del trabajo y saber que alguien, además de mi perrita, me estaba esperando.
Por muy retorcido que fuera, teniendo en cuenta que se trata de un narcotraficante buscado internacionalmente, me acostumbré.
Y mis nervios me delataron más de una vez. Se me encendían las mejillas cuando Klaus se inclinaba demasiado cerca para señalar algo en un documento, cuando sus dedos rozaban los míos al pasarme un vaso de agua, cuando me miraba de esa forma tan intensa que parecía que podía ver dentro de mi alma. O cuando soltaba sus burradas y luego decía que era yo quien malinterpretaba las cosas, ¿qué coño?
Es como si supiera exactamente el efecto que causa en mí y disfrutara cada segundo de ello.
Y de alguna forma también retorcida, muy en el fondo, eso me… gusta. Porque me resulta tan familiar, tan correcto, incluso cuando mi cabeza me grita que me resista con todas mis fuerzas. Me di cuenta de que Klaus hace latir mi corazón de una forma que nadie más consigue. Ni siquiera Alex, con sus cumplidos suaves y profesionales, tan distintos de los comentarios descarados y directos que Klaus me suelta sin ningún filtro.
Hablé de esto con la doctora Hoffman una vez, intentando sonar casual, como si fuera pura curiosidad. Le pregunté qué significa cuando alguien te hace sentir… nervioso. Pero de una forma buena, como si el corazón se te acelerara cada vez que lo ves, como si tu cuerpo reaccionara antes de que tu mente lo procese. Ese cosquilleo en el estómago, las manos que te sudan…
Ella simplemente me dijo: «Benjamín, eso se llama amor. O al menos, el comienzo de él».
Joder.
Amor.
Cuando entendí eso, cuando me di cuenta de que lo que siempre quise evitar estaba pasando justo delante de mis narices, entré en pánico. Sentí un terror absoluto porque no podía permitirme tener sentimientos por un narcotraficante, ni aunque posiblemente hubiese formado parte de mi pasado olvidado.
Pensé que debía alejar un poco a Klaus de mi vida, que quizá estaba malinterpretando las cosas, que tal vez no me expliqué bien y por eso la doctora dijo que era amor. Así que, para asegurarme, para confirmar si realmente era amor lo que sentía o solo confusión, acepté salir con Alex cuando, casualmente, me lo propuso después de que acabara mi horario de trabajo un viernes por la tarde.
Fuimos a un restaurante italiano en el centro de D.C., elegante, con manteles blancos y velas en las mesas. Comimos pasta y bebimos vino. Bueno, Alex bebió vino; yo, agua con gas. Y pasamos un rato agradable. Me gustaron los chistes de Alex, su forma educada de hablar, cómo me preguntaba por mi día sin presionarme demasiado.
Pero no podía sentir con él lo que sentía con Klaus.
No sentía esa paz que me invadía cuando Klaus estaba sentado en mi sofá esperándome, no sentía esa electricidad cuando Alex me rozaba la mano por accidente, no sentía esa calidez en el pecho cuando sonreía. Y supe que estaba completamente jodido, porque mi corazón latía con fuerza por Klaus König… un narcotraficante, un criminal, alguien que debería ser mi enemigo. Pero mi cabeza me gritaba que tenía que alejarme, que debía intentarlo con Alex, alguien seguro, legal y correcto.
Estoy perdido, porque ni mi cabeza ni mi corazón se ponen de acuerdo, y yo estoy atrapado en medio de esa guerra.
Alex acabó llevándome de vuelta al edificio donde vivo después de la cena, aparcando su coche frente a la entrada principal. Nos despedimos prometiendo repetir la salida, si se daba la ocasión, claro. Y ahora mismo estoy metiendo la llave en la cerradura de mi piso para abrir la puerta, deseando con todas mis fuerzas que Klaus no esté aquí. Porque no sé si podré controlarme esta noche. No después de confirmar lo que siento, no después de saber que estoy… «enamorándome» de él.
O quizás ya lo estoy.
Qué raro se siente pensar en eso así, tan directamente. Niego con la cabeza, espantando esos pensamientos, giro la llave, empujo la puerta y entro.
Todo está apagado.
Suelto un suspiro, de alivio o de decepción, no lo sé, y cierro la puerta detrás de mí. Alfia corre hacia mis pies, intenta saltarme encima, pero con esas patitas tan cortas no llega, así que me agacho para acariciarle la cabecita. —Hola, pequeña— susurro, rascándole detrás de las orejas, sonriendo —¿Me has echado de menos, mucho, mucho, mucho?
Ella ladra como respuesta, lamiéndome las manos. Suelto una risita, pero ese momento de «tranquilidad» se va a la mierda en cuanto la luz se enciende. Joder. Cierro los ojos ahí, agachado, y mi mano se queda congelada sobre la cabeza de Alfia.
—Hasta que llegas…— coño, reconozco esa voz, esa voz que podría identificar en cualquier parte sin levantar siquiera la mirada —¿Se puede saber dónde coño estabas?
Respiro hondo, intentando calmar el caos que se me arma por dentro. El corazón me late a mil, las manos me sudan, el estómago se me encoge, pero aun así me pongo de pie despacio. Y ahí está, de pie en medio del salón, con los brazos cruzados y una expresión seria en la cara. Sus ojos marrones brillan, fijos en mí con una intensidad que me hace tragar saliva.
—¿A qué viene la pregunta?— le suelto otra, cruzándome de brazos yo también, intentando parecer indiferente, aunque me sale fatal.
Klaus se acerca con pasos lentos, calculados, como un depredador acechando a su presa. —Llevo esperándote dos horas, Benjamín. Dos horas— dice despacio —Se supone que tu jornada laboral acaba a las seis, vas a terapia y sales a las siete, y del camino hasta aquí no haces más de una hora. Casi las nueve. ¿Dónde estabas?— repite, con ese tono que me eriza la piel.
—Estaba cenando— respondo, intentando mantener la voz firme. Llega hasta mí, pero me aparto y paso de largo, sentándome en el sofá para quitarme las botas de plataforma ancha que me encantan y que son parte del uniforme.
—¿Cenando con quién?
—Con Alex.
El silencio que sigue es pesado, cargado de algo peligroso. Escucho sus pasos acercándose, pero finjo estar tranquilo. —¿Has salido a cenar con tu jefe?— pregunta con un deje amargo en la voz —¿En serio?
—No le veo el problema…
—¿Ah, no?— suelta una risita corta, incrédula. Yo me levanto y camino hacia la cocina; necesito agua —Pues yo sí lo veo, ¿sabes? Aunque me da que a ti te da igual.
—¿Y por qué debería importarme?— pregunto, girándome un poco —Es mi vida, Klaus. Yo no te pregunto qué hacer, simplemente lo hago y punto.
—¿Qué jodida mierda estás diciendo?— su voz baja de tono, grave, peligrosa. Gruñe más que habla, y me deja claro que mi respuesta no le ha hecho ni puta gracia —¿Tu vida?— se ríe, pero sin humor —Benjamín, no tienes ni puta idea de lo que estás diciendo.
Cojo un vaso que siempre dejo en el frigorífico y voy al fregadero para llenarlo con agua. —Sí, bueno… eso ahora mismo me da igual. Alex me invitó y yo acepté, fin del tema— me bebo el agua despacio y dejo el vaso sobre la encimera —No he hecho nada malo, solo hablamos y ya está.
—Claro…— asiente despacio, la mirada clavada en mí —Es en momentos como este cuando más odio que no tengas ni un puto recuerdo de mí— dice, y ladeo la cabeza para mirarle —Así no deberían estar pasando las cosas. Esto es una puta mierda.
—No puedes echarme en cara eso— le suelto, ya encendido porque haya sacado ese tema —No es culpa mía, ¿vale? Si dependiera de mí, las cosas serían distintas; ya te habría recordado— me acerco a él, con la voz más tensa —Pero no funciona así, no es como si pudiera mirarte a los ojos y de repente acordarme. Quizás no eras tan importante para mí, ¿no?
Él entrecierra los ojos. —Realmente no sabes lo que estás diciendo.
—Tienes razón, no sé lo que digo porque no tengo ni puta idea de quién fuiste para mí— le contesto —No me quieres contar nada, nadie quiere decirme nada porque «me puede pasar algo malo», y lo entiendo, lo juro que sí, pero es que todo es tan confuso que no sé qué hacer, ¿entiendes? Quisiera que todo fuera más fácil…
—Yo también lo quisiera— murmura.
—Pues estupendo, pero no hay nada que podamos hacer— digo, pasando por su lado otra vez. Él me sigue con la mirada —Creo que lo mejor es que te vayas, estoy cansado. Mañana hablamos de lo de siempre.
Suelta una risa nasal. —No me voy a ir— espeta. Me detengo a medio camino y me giro hacia él. Abro la boca para decirle algo, pero me interrumpe al instante —Y mejor cierra la boca si no vas a decir algo decente, ya has soltado suficientes gilipolleces por hoy.
Abro los ojos de par en par, indignado. ¿Acaba de mandarme a callar el muy cabrón?
—Te diré una sola cosa… que sea la última vez que sales con ese idiota.
—Increíble…— susurro, soltando una carcajada después —¿Pero tú quién coño te crees para decirme lo que tengo que hacer?
—Eso no importa. Simplemente no quiero verte con ese tipo. Lo tuyo con él tiene que ser puramente profesional, nada más— me cruzo de brazos, alzando una ceja —No me hagas repetirlo, no quiero que vuelvas a aceptar una cita más. ¿Ha quedado claro?
—Puedes irte bien a la mierda, Klaus…
Ante mi respuesta, él se me acerca con pasos largos, firmes, amenazantes. Se mueve tan rápido que ni me da tiempo a reaccionar, pero aun así no me aparto. —Repite lo que has dicho.
—¿Eres sordo o qué coño te pasa?
Relame sus labios. —No me hagas cabrearme, dime si te ha quedado claro lo que te he dicho.
Sonrío. —No tienes por qué venir aquí a mandonearme— niego con la cabeza —Es mi vida, hago con ella lo que me dé la gana. Y si quiero volver a salir con Álex, pues lo hago y punto.
—¿Ah, sí?
—Sí, sería mi decisión.
Él sonríe, pero su sonrisa me da escalofríos. Joder, es demasiado fría y maliciosa a la vez. Su mano se alza y se posa en mi mejilla; contengo el aliento al sentir su tacto contra mi piel. Desliza los dedos hacia abajo, sus ojos clavados en los míos, bajan hasta mi barbilla y siguen descendiendo, pero en mi cuello se detienen. Me agarra con suavidad, aunque con la fuerza justa para hacerme retroceder hasta que mi espalda choca contra la pared, justo al lado del sofá. Me tiene acorralado.
Los músculos del cuello se me tensan y mi respiración se vuelve entrecortada, apenas audible. —¿Qué haces?— pregunto.
—De verdad que me he contenido durante mucho tiempo, ¿sabes?— sus ojos recorren mi rostro lentamente —He intentado… una y otra vez, contenerme de agarrarte y comerte la boca a besos. Lo he intentado de verdad, pero ahora me dices estas cosas y no sé qué hacer para castigarte por andar de mentirosillo…— sus dedos aprietan un poco más mi cuello —Si supieras cómo solía hacerlo antes…
—¿A-a qué te refieres?
—Me encanta cuando te pones nervioso— dice, acercando su cuerpo al mío. Por un momento pienso en hacer un movimiento rápido y apartarlo, pero él parece leerme la mente y aparta su mano de mi cuello para sujetarme los brazos, colocando una de sus piernas entre las mías. Me tiene así, atrapado contra la pared, sin posibilidad de moverme —Tu cuerpo tiembla un poco, y eso solo demuestra cómo te pones cuando me acerco. Y aun así te atreves a decir que quizá no te importé…
—Me estás asustando, eso es todo…— intento excusarme, sintiendo ese calor familiar subir a mis mejillas.
—Sí, claro…— dice con sarcasmo —¿Por qué lo niegas tanto?
—No sé de qué hablas.
—Hablo…— su rostro se acerca al mío, tanto que su nariz roza la mía ligeramente —De lo que sientes cuando me tienes delante. Puede que no me recuerdes, pero yo sé que, muy en el fondo, sabes que me amas…— joder, no. Esto no puede estar pasando.
Su respiración choca con la mía, cálida, sofocante. Siento el roce de sus dedos en mi muñeca, la presión justa, la suficiente para hacerme estremecer.
—Tu cuerpo lo dice todo— sus palabras se deslizan despacio, casi como un gemido ronco que me pone la piel de gallina —No necesito tu memoria para saberlo… lo sé por cómo te tensas cuando te toco, por cómo se te corta la respiración cuando me acerco, por cómo tus pupilas se dilatan buscando las mías.
Su rodilla se mueve un poco más entre mis piernas, ejerciendo una leve presión sobre mi miembro, y un escalofrío me recorre entero.
—Tu alma me reconoce, aunque tu mente lo niegue. Me reconoce en cada maldito temblor, en cada suspiro contenido…— su voz se vuelve más grave, más sucia —Es como si tu cuerpo me rogara que le recordase lo que solíamos ser.
—N-no… para, por favor— tartamudeo, aunque su mirada me deja sin aire. No puedo permitir que esto vaya a más.
—No lo voy a hacer— responde, con la boca tan cerca que casi roza la mía —Sé que tu corazón late tan rápido como está latiendo el mío ahora— lleva una mano a mi pecho, justo donde golpea con fuerza —Lo sientes aquí, cada vez que estoy tan cerca que no puedes pensar en otra cosa.— cierro los ojos, intentando apartar esa sensación, ese calor que sube y me quema por dentro. Pero él no se mueve, no me deja. — Dime, ¿por qué tiemblas así si no te importo?— susurra contra mi oído, con esa maldita voz que me desarma.
—Please…— susurro.
—Esa mirada… siempre la ponías cuando te rendías ante mí— continúa. Me está desestabilizando por completo. Su pulgar roza la línea de mi mandíbula, bajando hasta mi garganta. Lo hace despacio, casi con devoción, como si estuviera reconociendo cada centímetro de mi piel. —Tú no lo recuerdas, pero yo sí…— dice con un tono peligrosamente tierno y lujurioso —Recuerdo cómo temblabas bajo mis manos, cómo me buscabas incluso antes de que te tocara.
Apoya su frente contra la mía, y durante un segundo todo se detiene a mi alrededor.
—Tu cuerpo me está pidiendo que lo haga, ¿sabes?— su tono baja, como un rugido que intenta contener sin éxito —Que te recuerde quién soy. Que te recuerde quién eres cuando estás conmigo.— con su rodilla vuelve a hacer presión en mi entrepierna, haciendo fricción, rozándome, y mi respiración se vuelve un completo desastre.
—K-Klaus…— su nombre se me escapa en un suspiro, como si mi cuerpo lo conociera mejor que yo. Esto no es bueno, si lo pienso desde la razón y la poca cordura que me queda, pero desde esa otra perspectiva… sigue sin ser bueno, aunque me gusta.
Él sonríe. Sus labios rozan los míos, pero no me besa. Solo se queda ahí, suspendido, tan cerca que puedo sentir el temblor de su respiración.
—Saliste con el tontito de tu jefe y tengo que castigarte por eso, cariño— dice, tan cerca que me estremezco —Igual que aquella vez que me colgaste una llamada hace tiempo, por algo que siempre deseé que me dijeras.— ay, por Dios. Debo apartarlo… pero, ¿por qué no lo hago entonces?
Me encuentro jadeando, con la piel encendida y el corazón latiendo justo donde antes estaba su mano. —Basta…
—No me pidas que me contenga… porque no pienso hacerlo otra vez.
Continúa…
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