
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 34
By Tom
Joder… estoy que ardo. Su boca me ha dejado la polla palpitando, sensible, con el sabor de mi corrida todavía en sus labios. Lo miro ahí, arrodillado entre mis piernas, con la cara brillante de saliva y algo de mi esperma en la comisura de sus labios, y siento que me voy a volver loco si no lo tengo ya debajo.
Hago un giro rápido de cadera, un empujón firme, y lo tengo boca arriba, atrapado bajo mi peso, sus ojos marrones brillan con esa súplica 6 esa lascivia que me vuelve loco.
—Ahora me toca a mí, bebé…— gruño contra su oreja, con la voz ronca, mientras bajo la boca a su pecho —Voy a hacer que me ruegues que te folle con la lengua y con todo lo demás.— él solo sonríe. Amo este lado suyo, este lado pervertido que parece haber madurado junto con él con el paso del tiempo. Si bien, mi moreno supo dejarse llevar conmigo en el pasado, supo ser igual de guarro que yo pero a su manera…
Y ahora parece que se ha intensificado un poco.
Mis dientes atrapan uno de sus pezones y lo muerdo suave al principio, luego más fuerte, sintiendo cómo se endurece entre mis labios como una puta cereza. Lo chupo con avidez, la lengua girando alrededor, lamiendo la piel sensible hasta que él se arquea debajo de mí, un gemido roto escapa de su garganta.
—Ouh…
Succiono tan fuerte en su pecho que dejo una marca roja, brillante de saliva. Mis manos le sujetan las muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándolo, mientras mi boca baja al otro pezón, repitiendo el ritual, con mordisco, lamida, succión profunda que lo hace temblar entero.
Siento su entrepierna dura contra mi muslo, palpitando, y yo me froto contra ella sin piedad, dejando que el roce lo torture. Bajo más, con la lengua trazo el centro de su abdomen, lamiendo el rastro de sudor hasta el ombligo, donde me detengo para chupar, para meter la punta de la lengua y hacerlo jadear. —Vas a gemir mi nombre hasta que te quedes sin voz, moreno… y aún no he empezado de verdad, ¿eh?
—Mierda…
Mis labios siguen bajando, dejando un rastro húmedo y caliente de saliva por su vientre. Su miembro duro está goteando. Lo agarro con una mano, aprieto la base, y lo miro a los ojos mientras me inclino para dejar un beso fugaz en sus labios entreabiertos. Empiezo a mover mi mano lento, arriba y abajo, la piel resbaladiza por el pre-semen que chorrea. Cada caricia es firme, deliberada, el pulgar rozando la cabeza en cada subida, presionando ese punto que lo hace arquear la espalda y gemir mi nombre.
—Hmm, sí…— tiene una expresión tan… joder, que me encanta verlo en estas situaciones.
—Estás chorreando para mí— susurro, inclinándome hasta que mis labios rozan los suyos, comenzando un beso sucio, abierto, con mi lengua invadiendo su boca mientras mi mano acelera, retorciéndose en la punta, masturbándolo con un ritmo que lo tiene temblando.
Suelto sus muñecas y meto dos de mis dedos en su boca. Él los chupa, embarrándolos de su saliva mientras tiene sus cejas arqueadas de placer y los ojos achinados, gimiendo ahogadamente. Bajo la mano entre sus muslos, mis dedos húmedos buscan su entrada. Los deslizo por el borde, antes de empujar uno, lento, sintiendo cómo se abre, caliente y apretado alrededor de mí. Giro, busco ese punto dentro que lo jadear siempre, y añado un segundo dedo, estirándolo, preparándolo.
—Relájate, moreno…— gruño contra sus labios, mordiéndolos mientras mis dedos follan dentro de él, curvándose, abriéndolo más —Porque en un segundo voy a estar dentro, llenándote hasta que grites.
Mis dedos se hunden más, rozando esa pared que lo hace apretar los dientes, contraer su esfínter y gemir contra mi boca. Mi mano en su pene no para, sube y baja con fuerza, apretando en la punta, exprimiendo cada gota que chorrea. —Joder, Klaus…— jadea con la voz rota, las caderas alzándose para follar mi mano —Así, justo ahí… me estás volviendo loco.
Sonrío contra sus labios —Dime cuánto te gusta, amor— gruño, añadiendo un tercer dedo, estirándolo aún más, follándolo con ellos en un ritmo lento y profundo, abriéndolos, girándolos
—Dios… me estás abriendo como nunca— gime, con los ojos cerrados y la cabeza echada para atrás —Siento cada puto dedo… quiero más, quiero tu polla ya, por favor…
Acelero la mano en su entrepierna, la otra follándolo más rápido en su culo, y lo beso con violencia, tragándome cada gemido. —Te voy a follar hasta que no puedas caminar.
—Humm, sí…— murmura.
Saco los dedos de un tirón, y su agujero se contrae vacío, pidiéndome más. Me coloco entre sus piernas, agarro sus muslos y los abro de golpe. Mi polla, dura y brillante de su saliva, roza su entrada, y con un empujón lento pero implacable me hundo hasta la mitad. El calor me aprieta como un puño, y suelto un gruñido ronco.
—Mmm, bebé… estás ardiendo— siseo, y empujo del todo, los huevos chocando contra su culo con un sonido húmedo y demasiado obsceno.
Bill gorgotea, un sonido gutural que se le escapa entre los dientes —Grrraaah… joder, tan gordo… me estás partiendo…— sus palabras salen ahogadas, casi sin fuerzas. Su respiración yace agitada y sale por exhalaciones cortas de sus labios hinchados.
Empiezo a bombear, lento al principio, sintiendo cómo su interior me succiona, cómo cada centímetro se desliza dentro y fuera con un «shlick-shlick» pegajoso. Acelero, mis caderas golpean fuerte, piel contra piel, tan fuerte que la cama tiembla. El sudor nos resbala por la frente, se mezcla, y cada embestida me hace enterrarme más hondo, la punta rozando ese punto que lo hace arquear la espalda.
—Vas a tragarte cada centímetro, moreno…— gruño, agarrándolo de las caderas para clavarlo contra mí —Te voy a llenar de leche hasta que te chorree por las piernas.
Mi bonito hombre gime otra vez, más alto —¡Mhmm! Sí, rómpeme… más fuerte, joder…
¿Dije una vez que sus gemidos son melodía para mi? Joder, es qué extrañaba esto. Extrañaba sentirlo de esta forma, demostrarle mi amor usando más que solo palabras. Dejándole claro que yo soy tan suyo como él es tan mío. Anoche fue la mejor noche del mundo, porque pude dormir al lado de la persona que he amado toda mi puta vida, y he despertado con él entre mis brazos. Ahora teniéndolo debajo de mí, jadeando, suspirando, gimiendo ahogadamente entre pequeños chillidos que me encantan.
Agarro sus muñecas, las clavo contra la almohada, y me inclino para morderle el cuello mientras lo follo con violencia, el sonido de carne chocando llena la habitación, cada embestida es un latigazo de placer que me sube por todo el cuerpo. Siento su miembro atrapado entre nuestros vientres, palpitando, goteando, y aprieto más, follándolo tan hondo que sus gemidos se vuelven gritos ahogados.
—Vas a correrte sin tocarte, mi amor— susurro contra su oreja, lamiendo el lóbulo —Solo con mi polla destrozándote el culo.
Sin dejar de embestirlo, agarro sus tobillos y los empujo hacia su cabeza hasta que sus talones casi tocan sus orejas. Su culo queda alzado, abierto, expuesto, con mi pene dentro. Sus rodillas se doblan contra su pecho, salgo de su interior y observo su entrada, como se abre más, palpitando, brillando aún. Yo conozco cada rincón de su cuerpo, aún tengo grabado en mi memorias cada parte que recorrí con mi lengua. Ni una sola quedó sin explorar.
Podría señalar sus lunares sin siquiera ver.
—Te voy a dar duro doblado en dos— le digo, y me hundo de un solo empujón, más hondo que antes, sintiendo cómo su interior me traga hasta la raíz.
El primer choque es brutal, mis huevos golpean contra su culo levantado, el sonido húmedo y obsceno retumba en las paredes. Empiezo a bombear, rápido, profundo, cada embestida lo levanta del colchón. Su entrepierna se sacude entre nosotros, atrapada contra su vientre, chorreando sin control alguno.
—Joder, me estás…— intenta decir, con su voz estrangulada tanto por el placer como por la posición —¡Ahhh! Estás partiéndome en dos…— gimotea —¡Oh, sí!
—Mira cómo te abres— siseo, agarrándolo de los tobillos para mantenerlo doblado, hundiéndome en él con violencia, tan profundo que sus gemidos se vuelven gritos que ya no contiene.
El sudor nos resbala por todo el cuerpo, se mezcla con el contrario, y con cada estocada me entierro más hondo, la punta roza su punto dulce, ese que lo hace temblar entero, estremeciéndolo, teniendo esos espasmos de placer que le hacen abrir la boca y cerrar los ojos. Sus talones tiemblan junto a sus orejas, su cuerpo está doblado como un puto pretzel, y yo acelero, perdido en el calor, en el sonido, en cómo se retuerce debajo de mí.
Mis caderas se vuelven un pistón, cada embestida más rápida, más profunda, hasta que siento el calor apretándome la base de la polla y sé que ya no hay vuelta atrás. Sus muslos tiemblan contra su pecho, sus talones rozando sus orejas, y su respiración se corta en jadeos rotos.
—Klaus… ¡ah, mierda!… ya, ya…— gimotea, con la voz quebrada, los ojos en blanco.
—Dámelo todo, bebé— rujo, clavándome hasta el fondo —Córrete conmigo, ahora.
Doy una última embestida brutal y exploto a chorros calientes, espesos, inundándolo por dentro, llenándolo hasta que siento cómo se desborda alrededor de mi pene. Él se rompe al mismo tiempo, fue como si su miembro se sacudiese solo, y dispara su esperma blanca que me salpica el pecho, el cuello, la barbilla, mientras un gemido largo y animal le rasga la garganta.
Me quedo dentro, palpitando, vaciándome, hasta que el último espasmo nos sacude a los dos. Sus piernas caen lentas a los lados, temblando, y yo me derrumbo sobre él, pecho contra pecho, sudor y semen pegándonos. Respiro contra su cuello…
—Me encantas, bebé…
Me inclino despacio, aún dentro de él, sintiendo cómo su interior late alrededor de mí. Mi boca busca la suya sin prisa, con un roce suave al principio, con los labios hinchados y sensibles que se pegan con un temblor. El sabor es salado, y lamo su labio inferior despacio, chupándolo como si quisiera guardarlo para siempre.
Mi pequeño responde con un suspiro cansado, su lengua rozando la mía lentamente, casi tierno después de la tormenta. Nuestros alientos se mezclan, calientes y húmedos, y lo beso más hondo, pero sin urgencia, solo el peso de mi cuerpo sobre el suyo, el latido de su corazón contra el mío. Muerdo suave su labio, un pellizco leve que lo hace sonreír contra mi boca.
—Te quiero, bebé…— susurro entre besos, con un tono ronco, y vuelvo a besarlo, lento, profundo, hasta que el mundo se reduce a este roce y al sabor de su boca en mi lengua.
Me mira, los ojos aún vidriosos. —Yo te quiero… de verdad lo hago.
Sonrío, bajo la frente hasta rozar la suya. —Ya lo sé, bebé.
Le doy un pico rápido, suave, solo un pequeño roce de labios, y le aparto un mechón de pelo que tiene pegado a la sien. —Necesito una ducha— dice, riéndose bajito.
—Entonces voy contigo— respondo, saliendo de él con cuidado, sintiendo cómo se estremece —No pienso dejarte ni un segundo.
Nos levantamos con las piernas flojas; aun así lo sujeto de la cintura. Lo beso mientras dejo que me lleve, a pasos torpes, hacia el baño. Entramos y él abre el grifo para meterse en la ducha. El agua cae caliente, nos limpia el sudor, el semen… lo pongo bajo la lluvia tibia, le enjabono la espalda con las manos lentas, besando cada vértebra. Se gira, me enjabona el pecho, y nos besamos bajo el vapor, sin prisa, riéndonos cuando el jabón se nos resbala entre los dedos.
Esto me recuerda a las cosas que hacíamos antes. Solo pido, por favor, que no pase nada malo ahora. No soportaría perderlo otra vez, me moriría, no podría enfrentarme al dolor de levantarme y no tenerlo conmigo.
.
By Bill
—¿Qué tal los nuevos novatos, Sheryl?— le pregunto a mi querida amiga mientras preparo las tazas de cereales para Klaus y para mí, con el móvil en manos libres sobre la encimera donde tengo dos tazas llenas de cereal.
Camino hacia el frigorífico para sacar la caja de leche. Klaus está dándole de comer a Alfia; mi pequeña tenía muchísima hambre, y con toda la razón, son las diez de la mañana.
Estoy hablando con Sheryl sobre los recién graduados, los novatos que ingresaron hoy. Se suponía que yo debía estar ahí, pero no era obligatorio. Le envié un mensaje a Alex diciéndole que me sentía mal; él me dijo que no había problema. Que mejor preparara las maletas para viajar mañana a Brasil y que tratase de descansar, porque enfermarme ahora no es una opción.
Como mencioné antes, a mí me ascendieron hace un par de meses y ahora dirijo toda una unidad en la sede central de la DEA. Tengo mi propia oficina, un equipo a cargo y más responsabilidades que nunca. A veces me sorprendo de lo mucho que ha cambiado todo. Ya no paso cada noche en el campo siguiendo pistas, pero sigo estando ahí, en cada decisión importante, asegurándome de que todo funcione como debe. Y, aunque ahora soy más serio y todos me escuchan cuando hablo, sigo siendo el mismo de siempre.
El que no se deja impresionar por nada y que lo da todo en cada misión.
—Son buenos, Ben— me dice ella —Se les veía emocionados, ¿eh?
Sonrío. —Me alegra eso— comento —¿Han dejado alguno en mi equipo?— pregunto mientras echo la leche en cada tazón.
—Uhg, sí… cinco en total.— relamo mis labios —Después del operativo en Brasil deberás venir a recibirlos en tu unidad— me dice —El resto se repartió entre las demás divisiones.
—Joder, tengo a agentes jóvenes bajo mi cargo, ¿eh? Cualquier error que cometan recaerá sobre mí— comento.
—Confío en que los entrenarás bien, Ben— me dice —Bueno, ya debo dejarte. Quisiera ir a despedirme de ti, pero tengo curro, Alex me odia.
Me echo a reír —No te preocupes, volveré…
—Eso espero— espeta —Descansa, no vaya a ser que la fiebre vaya a peor— musita, con una preocupación clarísima en la voz. Ella también está enterada de mi «enfermedad». Siento cómo Klaus se coloca a mi espalda, abrazándome por la cintura mientras esconde la cara en mi cuello —Debes estar bien para el operativo.
—Lo estaré— respondo.
Corto la llamada tras despedirnos bien. Klaus deja un beso en mi cuello antes de hacer que me dé la vuelta entre sus brazos. Yo debería estar teniendo una crisis mental ahora mismo, después de todo lo que ha pasado entre nosotros es lo más lógico. Lo más esperado. Y más todavía tratándose de mí, un agente federal de la DEA, y él, un narcotraficante. Cosa que sigue sin importarme del todo.
Lo cual es inquietante.
En lo más hondo de mi cabeza sé que estoy haciendo mal, muy mal, porque Klaus puede ser parte de mi pasado y todo ese rollo, pero es un criminal al fin y al cabo, y yo soy un agente que combate el narcotráfico. Pero es que mi corazón no escucha a mi mente, nunca lo hace.
Cuando estoy con Klaus me siento bien, él llena un vacío en mi pecho que ni sabía que tenía. Eso es encantador, reconfortante y peligroso a la vez. Porque yo no puedo tener algo con un delincuente, y aun así hemos tenido intimidad dos veces. Cosa por la cual ahora tengo dolor en el trasero, un poco más fuerte que antes. Tuve hijos con él, al parecer, pero no quiso decirme qué pasó con ellos y sus razones tendrá. Yo soy consciente del peligro que conlleva que recupere la memoria, pero por más que lo sepa, la intriga está ahí. Clavada en mi cabeza. Y tengo tantas preguntas…
En fin… sigo sin arrepentirme de todo lo que pasó entre Klaus y yo. Y creo que nunca lo sentiré así.
—¿Todo bien?— me pregunta él. Una de sus manos me sujeta de la cintura, mientras que la otra la tiene delante de mi cara, deslizando los dedos por mi mejilla, apartando los mechones de mi pelo rubio de mi rostro. Sus ojos están fijos en los míos.
Sonrío levemente —Todo bien…— le afirmo.
Él sonríe. Para Klaus esto que acaba de pasar entre los dos es lo más normal del mundo, como si ya supiera desde hace nada que iba a ocurrir tarde o temprano. Y quizá yo también lo pensé en un instante muy fugaz, pero en cuanto entré en pánico quise alejarme de él y, al final, las cosas no salieron como esperaba. Y ahora, pienso en que quizá tengamos que separarnos más adelante y no quiero.
Joder, ¿por qué tengo esta sensación tan absurda de que si lo dejo ir, algo dentro de mí se va a romper otra vez?
Es como un presentimiento… uno que no entiendo, pero que me pesa. Como si en algún punto ya lo hubiese perdido y mi cuerpo lo recordara, aunque mi cabeza no.
Suspiro y cierro los ojos un momento, intentando calmar esa punzada rara que se me clava en el pecho cada vez que lo miro. No sé por qué, pero tenerlo tan cerca me da paz… y miedo a la vez. Miedo a despertarme un día y que no esté, miedo de que ese vacío que no recuerdo vuelva a aparecer.
Y lo peor es que ni siquiera sé por qué siento que ya lo viví antes.
—Tengo una pregunta…— susurro, abriendo los ojos para mirar los suyos. Aún clavados en mí…
—¿Otra?— pregunta, mofándose un poco.
—Sí, pero no es sobre algo de mi pasado— me apresuro a aclarar. Él alza una ceja, claramente intrigado. Tomo aire, ordenando en mi cabeza las palabras antes de soltarlas —Es sobre lo que pasó anoche y hace media hora— le digo. Veo cómo ahora alza las dos cejas y sonríe de forma burlona. Su expresión me pone nervioso, pero no le voy a dar el gusto de verme así —¿Qué pasará ahora?
—Lo que está destinado a pasar— dice con una voz dramática que me hace reír. Le doy un golpe en el pecho, empujándolo un poco, pero él no me suelta. Al contrario, me agarra esta vez con las dos manos de la cintura.
—Hablo en serio, idiota…— le digo, aparentando estar molesto.
Suelta una risita nasal —Vale, vale…— asiente varias veces —Lo que va a pasar a partir de ahora es fácil y sencillo, cariño— me dice —Seguiremos juntos hasta que recuperes la memoria…— piensa lo que acaba de decir y niega con la cabeza —Bueno, no, en verdad, cuando recuperes la memoria también seguiremos juntos…
—¿Hablas de tener una…?
—Sí— me confirma —Tendremos una relación… en realidad… nunca terminamos, así que…— sonríe con esa sonrisa ladina suya —Cuando recuperes la memoria y me recuerdes del todo, te pediré matrimonio. Cumpliré la promesa que te hice…
—Klaus…— gimoteo —Tú lo haces ver fácil, pero es todo lo contrario.
—Es fácil— repite —Esta vez no voy a permitir que nada se meta en nuestro camino. Mi error en el pasado fue confiarme demasiado, esta vez no va a pasar. Confía en mí, sabré qué hacer. Tú solo sigue a mi lado, quiero asegurarme de que recuperes tu memoria, porque eso de que seas un títere de la DEA no me gusta nada.
Paso la punta de la lengua por mis labios. Esto es muy arriesgado, demasiado, pero confío en él. De verdad que lo hago. Tomo aire, soltándolo por mis labios entreabiertos, y asiento con la cabeza —Está bien…— digo con mucha resignación.
Una nueva sonrisa se le ensancha en los labios —Eso es, moreno…— me dice —Todo irá bien…
—Eso espero…
Ríe suave entre dientes, y sus labios se acercan despacio, como si el aire entre nosotros se hubiera vuelto denso y dulce. Siento su aliento cálido rozándome la boca antes del contacto, y cuando por fin se pega a los míos es un beso suave, casi reverente. Con los labios entreabiertos, húmedos, ajustándose con la lentitud de quien saborea una certeza recién encontrada.
Su lengua roza la mía en una caricia ligera, un roce que me eriza la nuca y me hace exhalar contra él. No hay prisa, solo la presión suave de su boca, la forma en que succiona mi labio inferior un segundo antes de soltarlo, dejando un hilito de saliva que se rompe cuando se separa apenas un milímetro.
Vuelve a besarme, esta vez más hondo, su lengua se desliza para enredarse con la mía en un baile lento y profundo. Muerdo su labio inferior con cuidado, una mordidita que le arranca un suspiro bajo, y él responde apretándome más la cintura, pegándome a su pecho. El beso se vuelve un vaivén tranquilo, húmedo, con succiones de por medio.
Todo va a estar bien…
Continúa…
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