Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 37

By Tom

Son las cuatro de la tarde aquí en Brasil. Llegué hace media hora y justo estoy esperando a Travis. Se suponía que debía llegar al mismo tiempo que yo, pero no: lleva media hora de retraso y no sirve de nada que le mande un mensaje porque siempre mantiene el móvil apagado cuando viaja en avión.

Estoy en el Aeropuerto Internacional de São Paulo-Guarulhos. Faltan pocas horas para que el sol se esconda; por ahora está calentando el asfalto y haciendo que el aire tiemble en olas de calor. Estoy en la cafetería, sentado en una de las mesas, vestido de manera casual para no parecer sospechoso. Llevo una camiseta negra suelta, sin ningún diseño ni nada que distraiga. El cuello es un poco ancho, cayendo de forma natural. Los vaqueros son amplios, anchos, gastados; no están rotos, pero tienen ese tono que deja el uso constante. Son cómodos.

Decidí volver a ponerme el anillo, quitándolo del colgante para colocarlo en mi dedo anular. Necesito que mi moreno recupere el suyo, pero para eso tiene que recuperar la memoria primero. En fin… llevo unas zapatillas negras básicas, de suela plana. Cómodas para caminar rápido por el aeropuerto sin llamar la atención.

No estaba vestido para impresionar a nadie. Solo estaba esperando a mi hermano, como siempre.

Tengo una taza de café espresso que aún está caliente y súper cargado para espantar la pereza que arrastro. Y un cigarrillo entre los dedos, al que ya le he dado una calada. Travis hará que lleguemos tarde a la celebración, más tarde de lo que tenía planeado. Billie ya debió de haber llegado hace rato y seguramente ahora mismo está preparando los últimos detalles de su plan para arrestar a Rodrigo.

Yo le conté los míos, pero los he cambiado a última hora. No puedo dejar que arreste a Salazar. Al menos, no por ahora.

Sé que se va a enfadar, pensará que le estoy saboteando los planes, pero cuando le explique mis razones sé que lo entenderá. Aun así, le ayudaré a arrestarlo después, cuando consiga de Salazar lo que quiero. Y mi moreno va a ayudarme con eso.

—¿He tardado mucho?— dice la voz de Travis de la nada. Levanto la mirada de la mesa y la fijo en él. Mi hermano siempre viste con ese estilo minimalista pero impecable. Lleva una chaqueta negra corta, con esos bolsillos grandes en la parte delantera que parecen hechos a medida. Debajo, un cuello alto también negro que le marca bien el cuello y le da ese aire serio que siempre tiene.

El pantalón también es negro, recto y amplio, como si no quisiera llamar la atención, pero aun así lo hiciera. Lleva unas gafas oscuras apoyadas en la cabeza.

Su pelo negro y corto está algo despeinado. Travis es dos años mayor que yo, pero no aparenta tener esos treinta y cinco años. Se ve más joven. Yo también parecería más joven si no tuviera nada de barba; aunque es poca, me hace parecer algo mayor. De mi edad, ¿vale? Tampoco tan exageradamente viejo.

Soy un adulto joven. Claro.

—No, solo media hora— le respondo con un sarcasmo más que evidente. Travis sonríe, burlándose, el muy imbécil —¿Por qué llegas tarde?

—No sé— me dice —No era yo quien pilotaba el avión, ¿sabes? Pregúntale al piloto.

—Idiota— me llevo el cigarrillo a los labios y vuelvo a llenar mis pulmones de humo —Tenemos tres horas para preparar todo según los nuevos planes.

Él se sienta frente a mí, en la silla.

—¿Por qué lo cambiaste todo a última hora?

—Porque lo pensé mejor— le digo —Quiero de Salazar lo mismo que quiero de Rodrigo.

Travis pone los ojos en blanco.

—¿Te das cuenta de que estás cayendo en la misma obsesión que los otros narcotraficantes por querer más y más?— dice, cruzándose de brazos con su pose despreocupada, apoyando la espalda en el respaldo metálico de la silla —Sabes perfectamente cómo han acabado todos por lo mismo, por esa obsesión de tener cada vez más y más poder.

—Pues mala suerte— respondo, soltando el humo por la nariz. Sonrío de lado —Quiero que el Clan Geist esté preparado para cuando vayamos contra ese hijo de puta de Brian, ¿lo pillas?

—Claro— asiente —A no ser que acabes llevándonos a todos a la mierda llamada «cárcel».

—Eres bastante gilipollas, ¿no? Siempre tan quejica y tan llorón.

—Respétame, que soy tu hermano mayor, ¿eh?

—Mayor es el aumento de mis músculos en estas últimas semanas, idiota— le respondo, burlándome de la expresión seria que pone —Esto le va a venir bien a nuestra organización, hermanito.

—Sí, como también hará que la DEA nos considere aún más peligrosos de lo que ya somos…

—Ya, Travis…— resoplo —Compórtate como un verdadero narcotraficante y como un hombre, joder.

Vuelve a poner los ojos en blanco.

—Qué llorón te has vuelto, ¿eh?

—Traga mierda.

—Traga mierda tú— contraataco —Escucha: cuanto más grandes seamos, más poder tendremos, más fuertes seremos y más ventaja conseguiremos. Eso es lo que importa.

—Vale— suspira —¿Cuál es tu nuevo plan?

—Bueno, como ya debes saber, no puedo quitarle nada a Salazar todavía porque no puedo dividir a nuestros hombres para que la mitad esté aquí con nosotros y la otra en México. Además, no podemos montar un buen plan en tan poco tiempo para ir contra él.

Asiente despacio.

—Por eso quiero evitar que Bill arreste a Salazar, que se quede solo con Rodrigo, que es a quien deben atrapar por ahora.

—¿Vas a ayudar a Salazar a escapar?

—Sí.

—Bill va a arrancarte el pene, ¿lo sabes, no?

—Me va a entender.

—Mmm… no lo creo— dice, dubitativo y divertido a la vez —No le va a gustar nada que le jodas el operativo, ¿eh? Que es básicamente lo que vas a hacer. Se va a enfadar y tú serás hombre muerto.

—Asumiré las consecuencias de mis actos.

—Sí, claro…— dice con ironía —Igual que asumirás las consecuencias cuando se entere de las infidelidades…

La sonrisa se me borra de la cara al instante. —¿Por qué tienes que sacar ese tema?

Ahora es él quien sonríe. —Porque me da la gana, ¿qué vas a hacer al respecto?

No le respondo, solo lo miro con unas ganas tremendas de asesinarlo, pero no puedo.

Primero, porque es mi hermano. Segundo, porque no voy a dejar a mi sobrina sin padre. Tercero, porque seguramente mi madre lloraría por él. Cuarto, porque mi padre me desterraría del Clan igual que Dios desterró a Eva y Adán del Edén. Y quinto, último y no por eso menos importante, porque conociéndolo, el muy imbécil se me aparecería por las noches como un espectro para tirarme de las piernas y llevarme con él al inframundo.

Travis se ríe.

—Hay tres cosas que pueden pasar si se entera después de que recupere la memoria— me dice —La primera es que se enfade, pero te perdone. La segunda, que no se lo tome tan mal y lo deje pasar, teniendo en cuenta que te creía muerto. Y la tercera, que no te perdone, se lo tome muy mal y quiera matarte o, peor aún, que no quiera saber nada de ti.

—No me asustes, Travis.

—Es la verdad.

—Pues, en el caso de que llegue a enterarse después de recuperar todos sus recuerdos, espero que pase la segunda opción…

—Reza a Dios para que sea así, ¿eh? Porque no creo que ese chico reaccione como en la opción dos. La que tiene más probabilidades es la tres— dice —En ese caso, más te vale rezar para que no sea así, aunque con todo lo malo que has hecho no creo que te merezcas ni el milagrito.

—Cállate.

Sonríe con chulería. —Te lo tendrás bien merecido por ser un ojito alegre cuando no debías.

—Lo creía muerto.

—¿Y eso qué?— dice, como si mi excusa no valiera nada —A mí Melannie me ha dicho que si llega a morir no me quiere ver con nadie más. Eso de «a ella le gustaría verte feliz, date otra oportunidad» queda completamente descartado. Yo creo que Bill piensa igual que ella. Pregúntaselo.

—Mejor no.

—Ah…— se ríe otra vez —Te da miedo, ¿eh?

—Claro que me da miedo— le digo —Ahora que lo mencionas… sé que se enfadará muchísimo. Lo mejor es no meterse en ese terreno. Nunca he tenido la oportunidad de ver a Bill realmente enfadado. Ni siquiera en su etapa de embarazo.

—Algún día se va a enterar, y es mejor que sea por ti, Tom.

—No se va a enterar de nada porque nadie le va a decir nada, y tendré que hablar con el bocazas de Andreas.

—Buena suerte manteniendo ese secreto oculto.

Es un gilipollas, ¿eh? Cómo le gusta verme frustrado con este tema, maldito cabrón. Tenía que ser mi hermano, para mi desgracia. —Mejor cerremos este tema y volvamos a lo que de verdad importa— murmuro, cogiendo la taza de café y dando un sorbo al líquido amargo, que ahora está tibio —Vamos a ayudar a mi moreno a atrapar a Rodrigo.

—¿Ayudarlo?

—Nos infiltraremos entre los agentes.

—Por Dios, Tom…— dice, pronunciando mi nombre lo más bajo que puede. Se inclina hacia delante sobre la mesa y me mira con seriedad otra vez —¿De qué estás hablando?

—Nada complicado. Solo necesitaremos trajes de agentes.

—Ya está decidido, le diré a papá que has perdido la cabeza por completo.

—Gilipollas, va a ser divertidísimo.

—A ver si piensas lo mismo cuando estemos entre rejas de por vida.

—¿Por qué tienes que ser tan fatalista?

—Tus planes te los sacas del culo, ¿qué quieres que piense?— dice —»Ay, Tomsito, mi hermano adorado, tu plan es magnífico. Nos pondremos los uniformes de agentes de la DEA que hayan caído en combate y fingiremos ser ellos mientras termina el operativo porque sí, será súper divertido.»— lo dice con un tono tan irónico que me hace reír, no solo por eso, sino por las caras que pone —¿Se te olvida que ya no somos tan jóvenes como antes? A mí ya me están empezando los dolores de espalda, y es preocupante. Ni siquiera he cumplido los cuarenta y ya tengo esos problemas…

—Yo tengo dolores de espalda desde los quince, y de rodillas también. ¿Eso es malo?

—No, solo estás oxidado desde que naciste. Y no solo mentalmente…

—Yo, mentalmente, estoy perfectamente.

—Sí, perfectamente trastornado.

—Me tienes envidia.

—Claro, Tom. Muchísima envidia…

Nos echamos a reír de la nada. —¿Vamos al apartamento que compré y nos tomamos un par de copas mientras te explico mejor el nuevo plan?

—¿Compraste un apartamento aquí?

—Sí, claro— respondo —¿Quieres que te cuente cuánto me costó esa preciosidad de sitio?

—Conociéndote, sé que el precio es exagerado. Así que no, gracias, dejemos ese dolor de cabeza para después…

—Como quieras…

&

—Es más grande de lo que pensaba— comenta en cuanto entramos en el apartamento. Mira a su alrededor, dejando el bolso donde seguramente lleva lo más importante de sus cosas personales sobre el sofá. Travis silba con aprobación. Es espacioso, decorado con muebles modernos en tonos grises y negros, con ventanales de suelo a techo que ofrecen una vista panorámica de la ciudad —Impresionante.

—Es igual de impresionante que mi apartamento de Los Ángeles…

—Tienes dos propiedades allí.

Asiento con la cabeza, aunque no hace falta confirmarlo. En Los Ángeles aún tengo ese apartamento que compré para mi moreno y para mí hace años. Nunca lo vendí. Sigue ahí, con todas sus cosas colocadas. Y la habitación de nuestros bebés también está perfectamente ordenada. No he vuelto allí desde hace mucho tiempo y tampoco tengo intención de hacerlo.

Nunca fue mi intención que todos los momentos bonitos que viví allí con mi moreno, incluso después del nacimiento de nuestros hijos, se convirtieran en recuerdos amargos que no quisiera volver a pensar jamás. Pero pasó. Y no soporto estar en lugares que me recuerdan todo eso. A ese apartamento no volvería ni aunque estuviera loco.

—¿Whisky?

—Pensé que nunca lo ofrecerías— se deja caer en el sofá con un suspiro de alivio, junto a su bolso —Ha sido un viaje largo, hermano. Muy largo.

Sirvo dos vasos generosos de whisky escocés de dieciocho años, le paso uno y me siento en el sofá frente a él. —¿Qué le dijiste a la pequeña Cristina para que no se pusiera a llorar, eh?— le pregunto. A la niña no le gusta cuando Travis tiene que viajar, se pone fatal, por eso mi hermano casi no viaja y eso siempre me cae a mí. Pero esta vez ha hecho el esfuerzo.

—Que le traería regalos de aquí— me responde —Y que iríamos al mejor parque de atracciones, que le compraría un pony y más muñecas para que puedan tomar el té todas.

Me río por lo bajo. —Es tan exigente como Melannie.

—Lo sé, son dos gotas de agua.

Doy un trago a mi bebida. El licor quema suavemente al bajar, relajando los músculos tensos del cuello y los hombros. Hablamos del plan; le cuento lo que tengo pensado hacer, con todo lujo de detalles. Replica, como siempre; no hay momento en el que Travis no proteste por mis planes. Pero al final siempre acaba siguiéndome el juego, así que no creo que esté en desacuerdo, más bien le encanta llevarme la contraria.

Después de una larga charla, en la que avisamos a nuestros hombres de los nuevos planes, nos arreglamos para ir a la dichosa fiesta. Una limusina vino a recogernos; Rodrigo me mandó un mensaje diciendo que el transporte lo ponía él para evitar problemas. Son sus «métodos de seguridad». Justo a las siete y diez llegamos a la Mansão Vermelha. El cielo ya está completamente oscuro y cubierto de estrellas, la música retumba desde dentro de la mansión, tan fuerte que puedo sentir el bajo vibrando en el pecho desde la entrada.

—Showtime— murmura Travis mientras vemos por la ventanilla cómo la limusina entra cuando dos guardias, con AK-47 colgadas delante del cuerpo, abren el portón.

La mansión está rodeada por un jardín con el césped perfectamente cortado, lleno de estatuas y fuentes de agua. Los invitados visten ropa suelta, igual que mi hermano y yo. Seguimos a una pareja que cruza el jardín hacia la parte trasera de la mansión; la música se escucha cada vez más clara y cuando llegamos vemos toda una fiesta a lo grande. Tal y como lo mencionó Rodrigo. Hay un minibar donde un par de bartenders atienden a los invitados dándoles de beber; algunos bailan al ritmo de la música. Es un funk carioca a un volumen ensordecedor.

Las mesas son de plástico, blancas, con cubetas de hielo en el centro. Casi todas están ocupadas; los demás están de pie bailando, bebiendo o simplemente haciendo ambas cosas.

—Oh, Dios…— murmura Travis, muy atónito ante lo que ve —Le dije a mi mujer que la fiesta sería algo así como una gala, no esta mierda— dice —Ella va a matarme si se entera.

—¿Acaso se lo vas a contar?— le pregunto.

—Ella es muy buena sacándome información…

Me echo a reír sin dejar de mirar a mi alrededor. Veo a las bailarinas y, Dios, hay al menos veinte de ellas. Todas con trajes diminutos que apenas cubren lo esencial, con plumas en la cabeza, brillos en la piel, moviéndose al ritmo de la música con una sensualidad muy calculada. Algunas bailan en plataformas elevadas; otras se mueven entre los invitados, coqueteando, riendo, aceptando billetes metidos en sus escasos atuendos. Son realmente atractivas.

Estoy a punto de preguntarle a mi hermano si ve a Rodrigo por algún lado, pero justo en ese momento lo veo aparecer abriéndose paso entre la multitud, con una chica bonita sujeta de la mano.

Es imposible no fijarse primero en su cabello, una maraña de rizos oscuros, densos y desordenados de manera natural, como si cada rizo tuviera vida propia. Le caen alrededor del rostro y sobre los hombros con ese volumen que no mucha gente puede llevar sin que se vea exagerado. Su rostro tiene rasgos muy definidos: pómulos marcados, nariz fina y labios llenos, ese tipo de labios que siempre parecen ligeramente tensos aunque esté relajada.

Sus ojos son lo que más llama mi atención sin que quiera… son grandes, de un tono marrón profundo que, con la luz encima, parece aclararse apenas. Tiene la mirada firme, de esas que no se desvían cuando te observan.

Su piel es clara, uniforme, de ese tono que contrasta con el cabello oscuro. El cuello y los hombros muestran líneas suaves, delgadas, pero con una postura que transmite más seguridad que fragilidad. En general, tiene un físico delgado, estilizado, sin exageraciones… solo naturalidad y presencia.

Es hermosa, no voy a negarlo.

—Ven— le digo a Travis, que me sigue los pasos mientras me acerco a Rodrigo. Lo saludo como siempre, con un choque de manos y un medio abrazo donde nos palmeamos las espaldas; mi hermano hace lo mismo. Rodrigo incluso se emociona al verme junto a mi hermano, porque pensaba que yo vendría solo. Ese era el plan inicial, mismo plan que cambié por completo a última hora.

—Qué bueno es tenerlos a ambos aquí— dice Rodrigo —¿Qué tal les está pareciendo la fiesta, eh?

—Tan intensa como esperaba— le respondo.

—Qué bueno— musita él —Por cierto, les presento a mi preciosa mujer.

—Ay, cariño. Aún nos casamos.

—Pero lo haremos pronto.

Ella sonríe tímidamente, saluda a mi hermano con un apretón de manos y hace lo mismo conmigo. Solo que a mí me sonríe aún más… o será cosa mía, no lo sé. —Mucho gusto, soy Catalina Montero— dice con voz muy suave. ¿Por qué se me hace tan familiar?

—El gusto es nuestro— responde Travis al ver que yo me he quedado completamente callado.

—Ahora que ya se conocen, vamos a tomarnos un par de copas. Salazar debe estar por ahí— comenta Rodrigo, sujetando a su pareja por la cintura.

La chica no aparta los ojos de mí, ni yo de ella. El contacto visual se mantiene hasta que nos movemos hacia el minibar a pedir algo de beber. Su forma de andar es sensual, mueve sus caderas sutilmente, con delicadeza. Es una mujer muy bonita. El vestido negro que lleva, ceñido a su figura, deja su espalda al descubierto. Mis ojos recorren su espalda, donde veo un tatuaje de una rosa que empieza al final de la espalda y se pierde en la curva de su trasero, que ya cubre la tela del vestido.

Catalina… es un nombre muy bonito.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Silent promise 37»

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