Silent promise 38 (Alternativo)

Nota de la autora: Esta es una versión alternativa del capítulo 38 de Silent Promise, por petición de mis lector@s. Solo quienes han leído el fanfic podrán entender lo que se leerá a continuación (me siento abuelita hablando tan seriamente JAJAJAJAJA). Es nada más para darles el gustito de ver lo que Tom (el original, no Klaus) hubiese hecho. Les mando un beso y ustedes verán dónde se lo colocan (así como le dijo Tomsito a Billie en Please. Muaakkk.

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 38 Alternativo

TOM

—He oído hablar mucho de vosotros.

Estábamos todos acomodados alrededor de la mesa donde Salazar nos esperaba mientras aguardaba la llegada de Rodrigo. Ya nos habíamos presentado como correspondía, respetando los códigos, y en ese momento manteníamos una conversación trivial, escudados tras un par de tragos de whisky. Salazar se encontraba sentado muy cerca de mí, flanqueado por dos chicas de piel canela y facciones agraciadas. Eran guapas, sí, pero buah… cómo echaba de menos a mi morenito.

Travis ocupaba el asiento contiguo al de una de ellas, aunque sin prestarle la más mínima atención, mientras que Rodrigo y yo teníamos a Catalina situada justo entre los dos.

La fiesta aún se mantenía en su punto álgido.

Nadie en el lugar estaba lo suficientemente borracho como para que pudiera interpretarlo como una señal válida y retirarme junto a Travis.

—El Clan Geist ha estado dando bastante de qué hablar en Europa— comentó Salazar. Acto seguido, tomó una rodaja de limón del pequeño plato que tenía enfrente, le espolvoreó un poco de sal con parsimonia y se la llevó a la boca.

El español había sido un idioma que me costó años dominar, pero a estas alturas me resultaba fluido, natural. Ocurría lo mismo con el portugués. Hablaba varios idiomas más, aunque eso era un detalle sin relevancia en ese instante.

—Intentamos mantenernos relevantes— le respondí, manteniendo la calma en mi tono de voz.

—Llegué a ver en las noticias algo sobre el Clan Geist— intervino Catalina de pronto, logrando que la atención de la mesa se posara en ella.

Tomé mi vaso de whisky y le di un sorbo parsimonioso, observándola y escuchándola sin demostrar demasiado interés, a decir verdad.

—Fue durante una ceremonia en honor a las víctimas de varios agentes de la DEA— continuó ella —El agente Benjamín Keller, en especial, declaró públicamente la guerra a los responsables de aquella explosión que acabó con la vida de varios de sus compañeros, ¿no es así?

Me sostuvo la mirada fijamente al terminar de hablar. Le di un segundo trago al licor antes de devolverle la respuesta.

—Así es— afirmé, acompañando mis palabras con un leve e imperceptible asentimiento de cabeza —La DEA ha ido tras nuestros pasos desde entonces.

—Tenéis que andar con mucho cuidado— advirtió Salazar, alzando las cejas con una mueca perspicaz —Esos tipos ya han desmantelado a varios capos en distintos países. El último cayó hace poco, en Texas. Esos hijos de puta no paran de joder, ¿eh?— soltó una carcajada áspera y seca —En México tengo a los federales metidos en el bolsillo, y eso es lo que realmente ayuda a que una organización crezca sin tropezar. He seguido al pie de la letra los consejos de mi amigo Guzmán.

Conocía de sobra a ese tipo; era ampliamente famoso y conocido como el Chapo Guzmán. Jamás había tenido la oportunidad de cruzarme con él cara a cara, pero albergaba la expectativa de que sucediera en algún momento. Sería increíble contar con uno de los grandes de mi lado.

—Rodrigo me comentó que quieres empezar tu propia organización— continuó Salazar, fijando sus ojos en mí —Acuérdate bien de esto… mantén a la policía y a todos esos corruptos de tu parte.

—Lo tendré muy en cuenta— le contesté.

—Entonces…— Rodrigo se inclinó hacia delante para hacer algún comentario, pero dentro de mí las ganas de marcharme eran cada vez más fuertes.

La preocupación comenzaba a asentarse en mi pecho. Mi moreno formaría parte del operativo, ¿y si le pasaba algo? Sabía perfectamente lo grandioso que era como agente y me moría por verlo en acción, pero el miedo a perderlo terminaba ganándole el pulso a cualquier otra emoción.

—Hablemos de negocios y dejemos el tema de la DEA de lado por el momento— sentenció Rodrigo.

Y así lo hicimos. Apoyado por Travis, logré que la mentira sobre mi supuesta independencia —la historia de haber abandonado el clan de mi padre para erigir el mío propio— resultara completamente creíble. Tanto Rodrigo como Salazar aceptaron unirse para respaldarme, llegando al acuerdo de sellar una alianza y firmar al día siguiente un contrato formal para consolidarla. Sin embargo, en el fondo de mi mente sabía muy bien que ese trato jamás se volvería oficial. Mañana por la mañana, Rodrigo estaría siendo extraditado a Estados Unidos de la mano de mi Bill.

Sentí una punzada de lástima por él, pues, francamente, había sido un buen socio; pero la realidad era que absorber su organización fortalecería la mía, y eso era lo único que de verdad me importaba.

Mi padre había dado el visto bueno a mi plan.

Sabía que, de salir adelante, el Clan Geist subiría aún más de nivel. Travis lo tildó de pura ambición. Y sí, lo era, pero me resultaba imposible evitarlo. La necesidad de poder era voraz, era el tipo de impulso que solía terminar sepultando a la mayoría de los narcotraficantes. Solo que conmigo sería distinto. Yo no iba a dejarme cegar por el dinero ni por el poder. Lo único que me movía era acabar con Brian y ponerle un punto final a esto.

Quería estar con mi moreno en paz, tranquilos, sabiendo que había vengado cada gramo de daño que le infligieron y la memoria de nuestros hijos.

—Brindemos— dijo Rodrigo, alzando su vaso rebosante de whisky con una sonrisa ladina dibujada en los labios —Por nuevas alianzas y por nuevas oportunidades.

Hicimos chocar los vasos con suficiente fuerza como para que unas gotas de licor se derramaran sobre la mesa, y apuramos el trago hasta el fondo. Catalina se sumó al brindis, aunque se la notaba incómoda; le lanzaba miradas extrañas y esquivas a Rodrigo cada vez que él no la observaba. Algo en mi intuición me decía que esa mujer tenía sus propias cartas bajo la manga.

—Ahora…— Rodrigo se puso de pie bruscamente —Ya ha sido suficiente de negocios. Esto es una celebración, así que id, bailad, disfrutad de las bailarinas, emborrachaos. Tenemos toda la noche por delante para ser criminales serios; por ahora, seamos solo hombres disfrutando de la vida.

Me relamí los labios tras tragarme el resto de la bebida de un solo golpe. Salazar ya mostraba los efectos del alcohol, medio borracho; Rodrigo, por su parte, lucía algo aturdido. Eché un vistazo a nuestro alrededor y tuve que hacer un esfuerzo consciente para no bufar del puro aburrimiento. La gente a nuestro alrededor casi se tambaleaba, sumergida en la borrachera, bailando y disfrutando desenfrenadamente.

—Yo prefiero quedarme aquí— intervino mi hermano, permaneciendo en su sitio.

—¿¡Qué!? ¡Ve a disfrutar, Viktor!

—Tengo esposa. No quiero cometer ninguna estupidez bajo los efectos del alcohol— respondió él con simpleza.

Era solo una excusa bien elaborada. Travis, por más borracho que estuviera, jamás le sería infiel a Melanie; la amaba demasiado como para siquiera considerarlo. Salazar y Rodrigo, al escuchar su tajante respuesta, soltaron una carcajada sonora.

—¿Y eso qué tiene que ver, chaval? Tu mujer está en Alemania y tú estás aquí— intentó convencerlo Salazar, aderezando sus palabras con gestos exagerados —Nosotros trabajamos duro para darles los lujos que piden; ellas, a cambio, se quedan en casita cuidando de los niños como debe ser, y nosotros disfrutamos como recompensa. Así que no te amargues el momento tú solo. Hay muchísimas chicas guapas rondando por ahí.

Travis negó con la cabeza pacientemente. Conocía de sobra a mi hermano y sabía que no daría su brazo a torcer.

—No. Realmente no lo necesito.

—Venga, Viktor— insistió esta vez Rodrigo. Me estaba agotando con tanta insistencia —No te me vas a quedar ahí sentado. Al menos ve y tómate un par de copas.

—Bueno, yo voy al baño— comenté mientras me ponía de pie.

Le di un suave golpe en el hombro a mi hermano al pasar por detrás de su silla, y él soltó un resoplido resignado.

—Hazle caso a Rodrigo y a Salazar, hermanito. Ve y disfruta…

Me alejé de la mesa tras decirle eso, caminando mientras me aflojaba el lazo del cuello y lo tiraba en algún punto del césped sin darle importancia. Le pregunté a uno de los camareros dónde estaba el baño y, en cuanto me dio las indicaciones, me dirigí hacia allí. El baño era público, un espacio amplio similar al de un bar exclusivo, equipado con varios cubículos. Rodrigo pensaba en todo; así evitaba que los invitados tuvieran que deambular por el interior de la mansión. Era una idea brillante, tenía que admitirlo.

Me miré en el gran espejo de la pared mientras abría el grifo de uno de los cuatro lavabos disponibles para lavarme las manos. Ni siquiera sabía con certeza por qué lo hacía, pues no las tenía sucias, pero resultaba una excusa perfecta para largarme de aquella mesa antes de que Rodrigo decidiera llamar a una de las bailarinas para que me «animara». Él sabía —o bueno, seguía creyendo— que yo no tenía pareja.

Pero la realidad era otra porque tenía a mi morenito precioso de vuelta a mi lado, y no pensaba volver a ir de una mujer a otra. De haberme quedado allí, no habría encontrado la forma de eludir la situación; a esas horas, Travis debía tener «obligatoriamente» a una o dos mujeres sentadas en las piernas por órdenes directas de Rodrigo.

Lo complicado con él era que, estando dentro de su territorio, resultaba imperativo acatar sus normas. No podíamos desatar una guerra por un detalle tan absurdo. Ya si Travis optaba por engañar a Melanie, muy problema suyo; al fin y al cabo, ella ni se enteraría. Y no lo pensaba con mala intención, simplemente así funcionaban las cosas en este mundo. Los narcotraficantes solían mantener esa rutina de acumular varias esposas y, al mismo tiempo, disponer de cuanta mujer se les cruzara por delante. Tal como había señalado Salazar, nosotros les garantizábamos los lujos que exigieran y ellas solo asumían la obligación de permanecer en casa.

Muy machista.

No tenían permitido entrometerse en nuestros asuntos.

Así había sido mi padre. Él tuvo varias esposas antes, mucho antes de conocer a mi madre, con la salvedad de que abandonó esas andanzas en cuanto ella apareció en su vida. Se divorció de sus anteriores mujeres y se entregó por completo a esa relación. ¿Que si yo tenía hermanastros? Para nada. La única mujer con la que mi padre engendró hijos fue mi madre, nadie más.

Suponía que eso de guardar fidelidad hoy en día había pasado de moda. Sin embargo, mi madre se encargó de educarnos bien a mi hermano y a mí para no caer en ese tipo de conductas. Travis era tan mujeriego como yo antes de toparse con Melanie; por ella decidió dejar atrás esa etapa. Yo hice exactamente lo mismo cuando tuve la oportunidad de construir algo real con mi moreno.

Durante el tiempo en que lo creí «muerto», solo buscaba mujeres para pasar el rato, sin mayor trascendencia. Ahora todo volvía a seguir su curso.

Me sequé las manos sacudiéndolas levemente y saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón para comprobar la hora. Marcaba las diez de la noche. Sinceramente, ignoraba cómo se me habían ido tantas horas discutiendo «negocios» con Rodrigo y su nuevo socio.

—Hmm…— murmuré, guardando el teléfono de vuelta en el bolsillo.

En teoría, Travis y yo debíamos gestionar nuestra salida sin levantar sospechas entre Rodrigo y Salazar.

Divisé un dispensador de papel cercano y me aproximé únicamente para coger un trozo y terminar de secarme bien. En ese preciso instante, percibí el sonido de la puerta al abrirse. No le presté mayor atención al principio, hasta que tiré el papel húmedo a la papelera debajo de los lavabos y alcé la mirada.

Me llevé una sorpresa al descubrir a Catalina allí, de pie junto a la entrada, con los brazos cruzados y un gesto que oscilaba entre la timidez y el temor.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Qué haces aquí, eh?— le pregunté.

—Necesito que me ayudes— susurró ella de inmediato, casi sin aliento.

—¿Que te ayude en qué?— indagué, manteniendo la distancia.

La mujer vaciló, dudando entre soltar lo que tenía guardado o dar marcha atrás, y la espera comenzó a impacientarme. Mi moreno se enfurecería si llegaba a enterarse de que me encontraba encerrado en un baño con una mujer; bueno, no exactamente encerrado, pero la situación daba pie a malas interpretaciones y esta mujer era la pareja de Rodrigo.

—A librarme de Rodrigo— soltó tras pensárselo bien.

Solté un suspiro prolongado, desviando la mirada hacia cualquier punto del lugar con tal de evitar fijarla en ella.

—Por favor, ayúdame. Ya no lo aguanto más, yo no busqué estar aquí— añadió, dando un par de pasos apresurados hasta recortar la distancia entre los dos.

Aquello encendió mis alarmas instintivas y retrocedí dos pasos en seco.

—Llegué a este país con una amiga; se llamaba Kristaly. Éramos simples turistas disfrutando de unas vacaciones, pero los hombres de Rodrigo nos secuestraron a nosotras y a otras chicas mientras estábamos en un bar. Nos llevó a un sitio donde nos mantuvo encadenadas…

Sus ojos se anegaron en lágrimas conforme articulaba cada palabra. A pesar del dramatismo del relato, me obligué a conservar la serenidad.

—De todas las chicas que capturó, soy la única que continúa con vida. A las demás las fue matando porque no cumplían con sus expectativas o porque se negaban a acatar sus órdenes— su voz comenzó a temblar al igual que sus manos —No quiero seguir atrapada en esto. Te suplico que me ayudes a huir.

—Mira…— tragué saliva y me relamí los labios con tensión —Podría ayudarte, pero no debo. Lo siento, realmente no puedo involucrarme.

—¡Por favor!— suplicó en un chillido contenido, interrumpiéndome con desesperación —No puedo pedirle esto a cualquiera; todos en este lugar le rinden pleitesía a Rodrigo. Pero tú eres diferente, lo percibo en tus ojos, lo noté en tu hermano. Vosotros no sois como ellos. Por favor, ayúdame a escapar. Haré lo que sea, te lo prometo, lo que quieras, pero sácame de aquí.

Inhalé aire profundamente y me tomé unos segundos para evaluar el panorama, sopesando fríamente los pros y los contras.

—¿Por qué pretendes huir? ¿Acaso no te acomoda estar con él?— le cuestioné con cierta ironía —¿Tener el estilo de vida que mantienes? No te falta nada. Tienes a tu alcance todo lo que se te antoje con solo pedirlo.

—Es un monstruo— manifestó entre sollozos, con el labio inferior temblándole descontroladamente. —Me fuerza a hacer cosas que aborrezco. Cada vez que se enfurece, descarga su rabia conmigo, ¿comprendes?— se humedeció los labios y aspiró hondo intentando recobrar el dominio —Yo no persigo lujos, no me interesa nada de esto. Solo anhelo ser libre. ¿De qué me sirve vestir firmas de alta costura y llevar estas joyas si mi vida es un infierno al lado de ese hombre? Por favor… ayúdame.

—¿Cómo me garantizas que no me estás mintiendo?— indagué, entornando los ojos con suspicacia.

Catalina guardó silencio. Se limpió torpemente las lágrimas que le empapaban las mejillas y sorbió por la nariz.

—Te mostraré algo, pero necesito que no te des la vuelta, ¿está bien?

El ceño se me desdibujó en una mueca de absoluta confusión ante sus palabras, desconcierto que escaló rápidamente cuando la vi sujetar los tirantes de su vestido y deslizarlos por sus hombros.

—¿Qué mierda haces?— pregunté, alterado.

Ella ignoró mi protesta. El vestido cayó sin resistencia, dejando su pecho al descubierto. Mierda. No. ¿Por qué me tenían que ocurrir este tipo de situaciones a mí?

—¡¿Qué demonios te pasa?!— exclamé profundamente enfadado por su atrevimiento —¡Cúbrete!

Por fortuna, mi reacción fue inmediata y giré la cara por completo, evitando fijar la vista en su cuerpo.

Esto contaba como una infidelidad, ¿cierto? Qué desastre. Mi moreno se iba a enfurecer en cuanto se lo contara —porque no pensaba ocultárselo o empeoraría las cosas—, se pondría verdaderamente mal si le relataba este episodio; asumiría que disfruté contemplándola y ¡para nada! No había disfrutado en absoluto porque, de hecho, jamás aparté la mirada de sus ojos antes de darme la vuelta.

—No, por favor, mira…— me pidió ella con la voz rota.

—¡Te he dicho que te cubras, joder!— bramé, dándole la espalda por completo, con los puños apretados a los costados y la mandíbula tan tensa que sentí el chasquido de mis propios dientes.

—¡No es lo que piensas, por favor, solo mira!— suplicó ella, con la voz quebrada por el pánico —¡Solo quería enseñarte los moratones! ¡Las marcas que me dejó! Quería demostrarte que no te miento, que ese hombre me destruye todos los días…

—¡Me importa una puta mierda!— la interrumpí, girando la cabeza lo justo para no mirarle el cuerpo, con la mirada rabiosa —¡Me importa un carajo tu vida, Rodrigo y tus putas marcas! ¡Te he dicho que no y no lo entiendes!

Sentía la sangre hirviéndome en las sienes. La sola idea de que Bill pudiera malinterpretar esto, de que la sombra de una duda cruzara por la cabeza de mi moreno, me estaba enfermando por dentro. Yo le pertenecía a él, únicamente a él.

Después de todo el dolor, de las lágrimas y de casi volverme loco creyéndolo muerto, no iba a permitir que una desconocida viniera a ensuciar el respeto que le debía. Para mí, Bill era mi vida entera, mi lugar seguro, mi todo. Y lo que esta mujer acababa de hacer se sentía como una traición realmente forzada que no estaba dispuesto a tolerar.

—Tengo pareja— siseé con frialdad, siendo lo suficientemente cortante —Una a la que amo y a la que le debo cada segundo de mi respeto. Y tú, con tus idioteces, acabas de hacerme sentir que lo traicioné. ¿Tienes idea de lo que eso significa para mí?

—No… yo no quería…— trastabilló ella, intentando subirse el vestido a toda prisa al percibir el cambio drástico en la atmósfera del baño. El aire se había vuelto pesado, sofocante.

—No me importa lo que querías— murmuré, dándome la vuelta despacio hacia ella únicamente cuando me aseguré de que se había cubierto.

La miré a los ojos. Ya no había un rastro de duda o frustración en mi rostro; solo la calma casi siniestra que me embargaba cada vez que tomaba una decisión irreversible. Catalina temblaba de pies a cabeza, acorralada contra los lavabos.

—Te pedí una sola cosa, que te cubrieras. Pero decidiste jugar a la desesperada conmigo, mujer— dije en un susurro con tono peligroso, dando un paso lento hacia ella —Yo no soy un héroe, Catalina. No soy el salvador de nadie. Y si alguna mujer se me acerca con intenciones raras, si pone en riesgo la paz de mi moreno o le da un solo motivo para sentirse mal o dudar de mí… no vive para contarlo.

A Catalina se le desorbitaron los ojos al comprender la gravedad de mis palabras. Abrió la boca para gritar, para pedir auxilio, pero fui más rápido. En un movimiento seco e instintivo, recorté la distancia, le atrapé el cuello con una sola mano y la estampé contra la pared con la fuerza suficiente para sacarle todo el aire de los pulmones. El ahogado chillido que intentó soltar se murió en su garganta.

—Cometiste un error al elegirme a mí, ¿sabes?— le susurré al oído, mientras apretaba los dedos hasta sentir la resistencia de su tráquea.

Ella pataleó, intentando clavarme las uñas en el brazo, pero ni siquiera me inmuté. La miré fríamente a los ojos mientras su tono de piel cambiaba, viendo cómo la luz de su mirada se apagaba poco a poco.

No sentí culpa, ni remordimiento, ni pena.

Solo la necesidad de limpiar el problema y asegurarme de que este secreto moría en ese mismo suelo. Unos segundos después, el cuerpo de Catalina se volvió un peso muerto entre mis manos. La sostuve un momento antes de dejarla caer sin ruido al suelo de baldosas.

Me ajusté la chaqueta, me pasé la mano por el pelo para acomodarlo y abrí el grifo para lavarme las manos una vez más. Esta vez, con motivo. Miré mi reflejo en el espejo, respiré hondo para recuperar la compostura y me preparé para salir de allí como si nada hubiese pasado. Rodrigo y Salazar tendrían un problema que resolver al día siguiente, pero para entonces, mi Bill ya estaría haciendo su trabajo.

Salí del baño a paso calmado, acomodándome los puños de la camisa y tragándome el resto de la adrenalina. Tenía la cabeza fría, pero la mandíbula apretada del puro coraje por la situación absurda en la que me había metido esa mujer.

No había dado ni diez pasos por el pasillo cuando me topé de frente con Travis. Venía caminando a paso ligero, mirando a los lados con cara de pocos amigos.

—Hasta que apareces, joder— soltó mi hermano en cuanto me vio, bajando el tono de voz al acercarse —Te estaba buscando. Ya tenemos que irnos, Salazar se está emborrachando de más y Rodrigo anda preguntando por…

Travis se frenó en seco. Me escaneó de arriba abajo, notando la rigidez en mi postura, el pecho agitado y la mirada fija que traía. Me conocía demasiado bien como para no saber que algo andaba mal.

—¿Qué pasa?— preguntó de inmediato, entornando los ojos y dando un paso más hacia mí —¿Qué te pasa, Tom? Estás alterado.

—Esa mujer… la pareja de Rodrigo— murmuré, apretando los dientes y mirando de reojo a nuestro alrededor para asegurarme de que no hubiera camareros ni hombres de seguridad cerca —Entró al baño.

Travis frunció el ceño, confundido.

—¿Catalina? ¿Qué coño hacía?— interrogó y luego me miró con incredulidad —No me digas que tú…

—No es lo que piensas, idiota— gruñí rápidamente al darme cuenta de lo que intentaba insinuar —Salió con el cuento de que quería que la ayudara a escapar de Rodrigo. Que él la maltrataba y no sé qué más gilipolleces— siseé, sintiendo cómo se me recalentaba la sangre de nuevo al recordarlo —Y como no le hice caso, se bajó el vestido. Se me desnudó delante, Travis.

Mi hermano abrió los ojos de golpe, sorprendido, pero antes de que pudiera decir algo, continué.

—Me dio un coraje demoníaco— murmuré —Sabes perfectamente que yo solo tengo ojos para mi moreno y no voy a permitir que ninguna zorra me haga sentir que lo estoy traicionando o que le falto al respeto. Me cegué, joder. Se lo advertí, le dije que se cubriera y no hizo caso.

—Tom…— Travis bajó la voz hasta convertirla en un susurro, leyendo entre líneas lo que estaba a punto de salir de mi boca —Dime que no hiciste una estupidez.

—La maté— solté sin rodeos, mirándolo fijamente a los ojos —Le rompí el cuello. Está tirada en el suelo del baño.

A Travis se le desencajó el rostro. Por un segundo se quedó paralizado, procesando la bomba que acababa de soltarle, hasta que se pasó una mano por la cara y soltó una maldición entre dientes.

—¡¿Estás demente?!— siseó en un susurro violento, tomándome del brazo con fuerza para pegarme más a él —¡Es la mujer de un capo, Tom! ¡De Rodrigo! Matar a la mujer de otro narco en su propia casa ¡es una puta declaración de guerra! Esto va a traer un problema gravísimo si se enteran antes de tiempo.

—Me importa un carajo Rodrigo y me importa un carajo esa mujer— respondí con frialdad, soltándome de su agarre con un movimiento seco —Nadie me vio entrar con ella ni salir. Pero no voy a tolerar que pongan en juego mi lealtad a Bill.

—No tenemos tiempo para tus arranques de locura ahora— sentenció Travis, mirando rápidamente hacia la zona del jardín donde la fiesta continuaba entre música y copas —Si alguien entra a ese baño y la encuentra, van a cerrar las salidas y nos van a acribillar a todos. Tenemos que irnos ahora mismo.

—Nos vamos— asentí, manteniendo la compostura —Pero caminemos con calma. Si salimos corriendo, levantaremos sospechas.

Travis suspiró hondo, tratando de asimilar el desastre mientras intentaba recuperar la máscara de neutralidad.

—Que Dios nos pille confesados si Rodrigo descubre esto antes de que Willem ejecute el operativo…— dijo, y yo puse los ojos en blanco por su dramatismo. Yo hice lo que tenía que hacer —Vámonos ya.

&

Bueno, esta noche podía decir que el aire de Alemania siempre me había parecido frío, pero justo en esos momentos, en la casa se sentía helado.

El operativo en Brasil había sido un éxito rotundo. La DEA, con mi moreno al frente de la jugada, desmanteló a la gente de Rodrigo en cuestión de horas. La extradición fue limpia, rápida y sin contratiempos. Rodrigo y sus hombres cayeron sin entender de dónde les había llegado el golpe, y la muerte de Catalina quedó envuelta en la confusión total de todo el caos que se desató minutos después. Habíamos ganado.

Mi plan había salido perfecto.

Sin embargo, ahí estaba yo, de pie frente a mi moreno, sudando frío y sintiendo un nudo en el estómago que ni en los peores tiroteos había experimentado. Había terminado de pedirle disculpas por haber fastidiado, en cierto modo, su operativo al ayudar a Salazar a escapar… pero ahora venía la otra parte.

Bill estaba dándome la espalda, peinándose su melena rubia frente al tocador, llevando una de mis camisetas holgadas que le quedaba preciosa. Bueno, a él todo le quedaba bien, yo quería arrancarle la camiseta y follármelo pero, humm…

Yo estaba a punto de soltar una bomba que me había estado quemando la garganta desde que había ocurrido. Se lo tenía que contar. Necesitaba que supiera que no le guardaba ni el más mínimo secreto, pero el pánico a que lo malinterpretara me estaba volviendo completamente imbécil.

—Bebé…— empecé, aclarándome la garganta mientras me acercaba a él.

Bill alzó la mirada, observándome a través del espejo. Me regaló una pequeña sonrisa suave que me hizo sentir aún más culpable por lo estúpido que estaba a punto de sonar.

—Dime. ¿Pasa algo más?— preguntó.

—No, no pasa nada… Bueno, sí. Es que… necesito contarte algo de lo que pasó en Brasil. Antes del operativo— solté de golpe, pasándome una mano por la nuca. Las palmas me sudaban. Mi Bill se dio la vuelta y acomodó su postura, con la espalda apoyada contra el borde de la mesa del tocador, entornando ligeramente los ojos al notar mi inquietud.

—Te escucho. ¿Otra cosa mala como lo de Salazar, por ejemplo?

—No, o sea, sí, pero no con los negocios. Fue algo… personal— comencé a hablar rápido, tropezándome con mis propias palabras, con un tono de voz inusualmente agudo y acelerado —A ver, tómalo con calma, ¿sí? Tú sabes que yo te amo a ti nada más. Eres mi vida, mi todo, jamás te cambiaría por nadie ni miraría a otra persona porque para mí no existe nadie más en este planeta que no seas tú…

Bill frunció el ceño, perdiendo la sonrisa poco a poco.

—Bueno, me estás poniendo nervioso. Ve al grano— me pidió.

—Vale, vale— tomé una bocanada de aire —El caso es que… en la fiesta de Rodrigo, yo me fui al baño. Porque no quería estar en la mesa, ¿sabes? Por el alcohol y esas cosas. Y estando ahí… entró la que era mujer de Rodrigo.

La expresión de mi Bill comenzó a endurecerse poco a poco.

—¿La que «era» mujer de Rodrigo entró al baño contigo?— preguntó con voz plana e irónica.

—¡Sí! Pero yo no la dejé entrar, ¡ella se metió! Y de repente, no sé cómo pasó, pero… joder, no sé cómo decirlo…— me trabé por completo, haciendo gestos absurdos con las manos mientras buscaba aire —Estábamos los dos solos ahí encerrados, ¿vale? Y ella… bueno, ella se empezó a quitar la ropa. Se quitó el vestido y se quedó sin nada arriba. Delante de mí.

A Bill se le desencajó el rostro. La serenidad desapareció por completo, sustituida por una mirada de incredulidad y… también de dolor. Me estaba preguntando ahora si había hecho lo correcto al contárselo. Pero es que no quería malos entendidos, en serio, no quería ocultarle nada.

—¿Que qué?— soltó él, con la voz temblándole por la indignación que tenía reprimida —¿Me estás diciendo que te encerraste en un baño con la pareja de otro tipo y te quedaste mirando cómo se desnudaba para ti?

¿Pero qué…?

—¡No! ¡No me la quedé mirando! O sea, la vi, pero no la vi… ¡ay, no, joder, así no fue!— exclamé entrando en pánico al ver cómo sus ojos se anegaban de rabia —¡Yo le dije que se cubriera! Pero ella no me hacía caso y… y la verdad es que pasó lo que tenía que pasar porque yo no aguanté la situación…

Ese fue el peor error de mi vida. La elección de palabras no pudo ser más catastrófica.

«¿Qué te pasa, Tom? Estúpido», me dijo una voz en mi cabeza.

—¿Que no aguantaste la situación?— repitió Bill, mirándome como si le hubiera soltado una bofetada. El rostro se le cubrió de una expresión de indignación —¿Eso es lo que me vas a decir, Klaus? ¿Te vas a Brasil, te metes a un baño con una mujer desnuda y «no aguantas la situación»? ¡¿Me estás confesando que me fuiste infiel en la primera oportunidad que tuviste?!

—¡No, no, no! ¡Por Dios, no! ¡Chiquito, me expresé mal!— grité, suplicante, dando un paso hacia él con los brazos abiertos —¡Jamás te sería infiel, por Dios, qué asco!

—¡No me toques!— se indignó él, cruzándose de brazos y clavándome una mirada llena de rabia y decepción —Eres un cínico. Llegamos a casa, me das todo un discurso sobre lo mucho «que me amas», me pides disculpas por lo ocurrido con Salazar… para después decirme que no pudiste aguantar con una tía en un baño. ¡Eres un imbécil, Klaus König!

—¡Que no pasó nada sexual, coño!— chillé, desbordado por el nerviosismo, sintiendo que el corazón me salía por la boca. Creo que eso de adelantarse a hechos que nunca pasaron no se había ido; por mucha amnesia que tuviera, seguía siendo mi Willem —¡Déjame explicarte bien!

—¡No me grites!

—Lo siento…— murmuré, cabizbajo.

Él me miró mal.

—No puedo creer que yo esté «enamorado» de un infiel, ¡quién sabe cuántas veces me engañaste en el pasado y ahora te aprovechas de mi amnesia! ¡Claro!

—¡Que la maté, joder! ¡Eso fue lo que pasó!— solté, al límite de la desesperación al oírle decir semejantes cosas, pasándome ambas manos por la cabeza mientras trataba de recuperar el aire.

Bill se frenó en seco. Se le borró el gesto de indignación de la cara, reemplazado por una mueca de perplejidad. Parpadeó un par de veces, procesando la estupidez o la locura que acababa de salir de mi boca.

—¿Que tú… qué?— preguntó él, bajando lentamente los brazos, mirándome como si se me hubiera terminado de ir la cabeza.

—Que la maté, bebé. Le rompí el cuello ahí mismo— expliqué atropelladamente, dando dos pasos cautelosos hacia él, rogándole con la mirada que me dejara hablar —Escúchame bien, por favor. Ella entró al baño a pedirme ayuda para escapar de Rodrigo. Me negó todo cuando le dije que no, y de la nada se bajó el vestido para enseñarme los golpes que le daba ese infeliz. ¡Yo no quería ver nada! Te lo juro por mi vida, mi amor. Me di la vuelta de inmediato, ni siquiera la miré a los ojos después de eso. Le dije que se cubriera, le grité que yo tenía pareja, que te amaba a ti y que me estaba haciendo sentir que te estaba traicionando solo por estar en esa situación.

Bill me observaba en completo silencio. Su mirada oscilaba entre el escepticismo de un agente entrenado y la confusión.

—Vale…— suspiró —… ¿me estás diciendo que mataste a la pareja de un capo solo porque se desnudó en tu presencia?— inquirió, cruzándose de brazos de nuevo, aunque esta vez con un tono más frío, analítico —No me mientas. ¿Me estás inventando un asesinato para encubrir que tuviste algo con ella?

Ay, Jesús.

—¡Jamás te mentiría con algo así!— exclamé, muy indignado —Pregúntale a mi hermano si no me crees. Tuve que salir blanco del baño para contarle el desastre que había hecho. Tuvimos que huir de la fiesta antes de que alguien encontrara el cadáver. Por Dios, bebé, mírame a los ojos…

Él levantó una de sus cejas.

—Sabes que soy un criminal, un loco y un salvaje, pero jamás, jamás en esta vida te sería infiel— aclaré —No hay otra persona en este mundo para mí. Eres mi único pensamiento desde que me levanto hasta que me acuesto.

Bill suspiró profundamente. Me escaneó el rostro durante unos largos segundos, buscando cualquier rastro de engaño en mis pupilas. Conocía mis gestos, conocía mi desesperación. Supo, en el fondo, que decía la verdad.

Un pliegue de frustración se le formó en la frente.

—Tom… es una locura— murmuró, pasándose las manos por el rostro, dejando escapar un quejido indignado, pero ya sin aquella rabia de ¿celos? —Eres un animal. No debiste haberla matado. Había mil formas de manejar la situación sin arrebatarle la vida. Dios mío, soy agente de la DEA, no puedes ir por ahí solucionándolo todo a base de ejecuciones impulsivas.

—Bueno, es que tú no entiendes— respondí, esbozando una sonrisa diminuta al ver que el peligro de que me echara de casa había pasado —Yo siempre he sido así, moreno. Cualquier mujer que se me acerque con dobles intenciones, o que intente cruzarse en nuestro camino resultando un problema para lo nuestro… termina bajo tierra. Es mi forma de proteger lo nuestro. Y no te hagas el moralista conmigo, que en el fondo sé que te encanta que esté así de enfermo por ti, aunque no me lo digas.

Mi moreno puso los ojos en blanco con cansancio y resignación, pero la tensión en sus hombros finalmente cedió. Él no recordaba nada, pero sí sabía que no le mentía.

—Eres un caso perdido, ¿sabes?— susurró, aunque ya no había dureza en su voz.

Aproveché el momento y acorté la distancia que nos separaba. Le rodeé la cintura con los brazos, pegando su cuerpo al mío con firmeza. Mi Billie suspiró contra mi cuello, apoyando sus manos en mis hombros, dejando que el calor de nuestro contacto disipara cualquier resto de enfado.

—Hago locuras porque me tienes completamente loco, bebé— le murmuré al oído, rozando mis labios contra su mejilla, sintiendo cómo se le erizaba la piel —Tú eres mi único límite y mi única razón de existir. Todo lo que construyo, todo el poder que busco, todo el fuego que le prendo al mundo… es solo para que tú y yo podamos estar en paz. Para que nadie vuelva a tocarte, para que nadie se atreva a interponerse entre los dos. Eres mi vida entera, mi morenito más precioso.

Billie alzó su bonito rostro, encontrándose con mi mirada.

—Estás completamente desquiciado…— puchereó —¿En serio me gusta que andes matando a chicas que se te acerquen a coquetearte?— me preguntó en un murmullo.

—Te fascina, estás igual de loquito que yo— le comenté.

Él me sonrió.

—Vale, entonces hiciste bien en matarla— me dijo, y yo sonreí con él —Ahora, imagínate que si la hubieses ayudado y resultara ser una zorrita que se enamoró de ti. Y que dañara nuestra relación… ay, no, qué horrible… jamás te perdonaría una infidelidad.

—Sería un imbécil si la hubiese ayudado— espeté, rozando la punta de mi nariz con la suya juguetonamente —Y sé que nunca me perdonarías algo así, igualmente… yo ni con el pensamiento te engañaría. ¿Te he dicho alguna vez que mis pensamientos son más tuyos que míos? ¿O que solo se me pone dura si se trata de ti?

—Oh, por Dios, no empieces con tus perversidades— me pidió en un suspiro cansado. Me eché a reír por ello.

—Pero es la verdad…

—Sí, bueno… igual nunca me lo habías dicho, quizás sí a mi yo de antes de la amnesia— comentó —Pero a mí con la amnesia no, o sea, a Benjamín no le has dicho esas cosas.

—Bueno, ahora ya lo sabes, amor— le dije —Mi polla reacciona cuando pienso en tu trasero— mi nene puso los ojos en blanco —Así, justo como ahora…

Me pegué a él y mi polla, ya dura solo de verlo así, se clavó contra la suya a través de la tela fina. Él se tensó un segundo y luego soltó una risita baja. —¿Tan rápido se te pone, Klaus?— murmuró, empujando un poco hacia adelante, frotándose contra mí a propósito —Solo por verme con tu camisa… qué fácil eres, ¿eh?

—Calla— le gruñí al oído, rodeándolo con los brazos y apretándolo más contra mi pecho —Si vieras cómo se te marca el culo con esos boxers de encaje… parece que los llevas puestos solo para que yo te los arranque.

Billie jadeó cuando lo apreté más fuerte, sintiendo mi pecho caliente contra el suyo.

—Entonces arráncamelos— susurró, levantando un poco la cabeza para mirarme, para dejar un beso en mi barbilla y luego mirarme con esa sonrisa picarona suya que tanto me encantaba. —O ¿vas a seguir solo restregándote contra mí como un perro en celo?

No le di tiempo a decir más. Agarré el borde de la camisa y tiré de un solo golpe, sacándosela del tiro, él alzó sus brazos rápidamente para hacerlo más rápido y quedó desnudo de cintura para arriba, con la piel erizada y los pezones ya duros. Antes de que pudiera reaccionar, enganché los dedos en la cintura de esos boxers de encaje negros y los bajé de un tirón, dejándolos enredados en sus tobillos.

—Joder…— jadeó él, pero no era queja.

Lo empujé contra la pared más cercana y le di la vuelta, su pecho desnudo chocó contra el yeso frío y soltó un gemido gutural cuando mi cuerpo entero lo aplastó por detrás. Mi polla, ahora libre de cualquier ropa cuando la saqué, se deslizó entre sus nalgas, caliente y pesada.

Empecé a lamerle la piel. Primero el hueco detrás de la oreja, donde siempre se le pone la carne de gallina. Luego bajé por el cuello, mordiendo apenas, saboreando su piel. Mis manos se cerraron en su cintura y lo apreté más contra la pared mientras mi lengua recorría su columna, lenta, sucia, deteniéndome en cada vértebra.

—¿Sabes, bebé? Me hueles a ganas de que te folle— le dije contra su piel, lamiendo el nacimiento de su culo —Dime que lo quieres, bebé. Dímelo, anda.

Él se arqueó, empujando el culo hacia atrás, buscando mi boca.

—Oh vamos…— suspiró —No me hagas decir cosas sucias que no soy como tú.— gimoteó en reproche, me reí por eso y le di una nalgada por no hacerme caso. Él jadeó ante eso.

Sonreí contra su piel. Mis manos le separaron las nalgas y mi lengua bajó directo al centro, húmeda y insistente, lamiendo su entrada con hambre. Billie gimió alto, con las uñas arañando la pared, y yo no me detuve. Lo chupé, lo penetré con la lengua, lo empapé mientras mi polla latía contra su muslo, goteando ya de solo oírlo.

Cada gemido suyo me calentaba más. Cada «más» y «así» y «joder, Klaus» me hacía más bruto. Cuando levanté la cabeza, la saliva me brillaba en la barbilla y él temblaba contra la pared, con el culo abierto y brillante, su entrepierna dura y goteando contra el yeso.

—Ahora sí— gruñí mientras me reincorporaba y posicionaba la punta de mi pene en su entrada. —Vas a sentir cada centímetro de mi polla, ¿vale, bebé?

Y empujé.

Mi polla entró de un solo embiste hasta el fondo, abriéndole el culo con fuerza, y Billie gritó contra la pared. Lo follé así, de espaldas, brutal, sin darle respiro. Cada embestida hacía que su cuerpo se estrellara contra la pared, y que él gimiera de lo lindo.

—Joder…— gruñí contra su oído, agarrándole las caderas con fuerza para clavárselo más profundo —Se siente tan jodidamente bien tenerla dentro de ti, amor. Tan caliente, tan apretado… tu culo me está chupando la polla, eso me encanta.

Él solo podía jadear y empujar hacia atrás, ofreciéndome más. Yo no paraba. Lo follaba duro, sin piedad, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí cada vez que golpeaba ese punto que lo hacía temblar.

—Te amo tanto… y joder, cómo amo cogerte.— gruñí —Amarte y follarte es lo mismo para mí. Quiero sentirte así siempre, abierto solo para mí, temblando porque te estoy destrozando.

Lo saqué casi entero y volví a embestir con fuerza, una y otra vez, hasta que sentí que él se derrumbaba un poco. Entonces lo giré de golpe. Lo levanté del suelo como si no pesara nada, sus piernas rodearon mi cintura por instinto. Empujé su espalda contra la pared y volví a entrar de un solo golpe, esta vez de frente, mirándolo a los ojos.

La nueva posición me permitió clavárselo aún más profundo. Sus brazos se enredaron en mi cuello, sus gemidos golpeaban mi boca. Lo follé así, sosteniéndolo en el aire, embistiendo hacia arriba con fuerza, haciendo que su espalda se arrastrara contra la pared con cada embestida.

—Mírame— le ordené, jadeando —Siente cómo te lleno. Tu culo me aprieta tan rico… parece hecho solo para mi polla.— le decía —No hay nada mejor en el mundo que tenerte así…

Lo besé con brutalidad mientras seguía follándolo contra la pared, cada embestida era más profunda, más posesiva, sintiendo cómo su cuerpo entero se sacudía en mis brazos.

Saqué mi pene de golpe y eso hizo que moreno soltara un gemido largo, casi un quejido, y su culo se contrajo en el aire. No le di tiempo a protestar y con sus piernas aún temblando alrededor de mi cintura, lo llevé directo a la cama. Lo tiré sobre el colchón. Billie rebotó un poco y se quedó boca arriba, su pecho iba subiendo y bajando rápido. Veía su miembro duro, estaba empapadito. ¿Qué tan cachondo me ponía mi moreno?

No había número exacto.

—Mhmm…— jadeó mi rubiecito hermoso —Maldición, métela otra vez. Te necesito dentro.

Me arrodillé entre sus piernas y las abrí más, casi doblándolo por la mitad. Agarré mi polla, todavía empapada de él, y la froté despacio por su entrada, sin entrar del todo, solo torturándolo.

—Ahhh… joder…— gimió él, arqueando la espalda —No juegues… métela. Métela ya.

Empujé. De un solo embiste volví a hundirme hasta las bolas. Bill gritó desesperadamente, mismo grito que se convirtió en un gemido largo y tembloroso cuando empecé a moverme.

—¡Ah… ah… Klaus…! Sí… así… más fuerte…

Lo penetré sin piedad. Manteniendo las manos en sus muslos, abriéndolo, clavándome profundo una y otra vez. El sonido húmedo y obsceno de mi polla entrando y saliendo de su culo llenaba la habitación junto a sus gemidos.

—Se siente tan jodidamente bien…— gimoteó él, mientras yo lo miraba a los ojos mientras lo embestía —M-mierda, ¡Mhm!— jadeó él, clavando sus uñas en mis brazos —Te amo… joder… te amo tanto… no pares… no pares…

Aceleré. Cada embestida era más dura, más profunda. Bill no paraba de gemir. Sus gemidos eran altos, rotos, sucios. A veces solo sonidos, a veces palabras entremezcladas con jadeos, amaba cada uno de ellos. Amaba oírlo desfallecer en mis brazos mientras lo hacía mío y él lo disfrutaba. Había extrañado esto mismo también durante los diez años que lo creía muerto. Y ahora que estaba en mis brazos otra vez… no lo iba a perder.

—Ah… ah… más… más profundo… así… ¡joder, Klaus!— echó su cabeza hacia atrás, dejando expuesto todo su cuello. Así que no dudé en inclinarme hacia adelante y comenzar a lamer su piel. Él soltó un suspiro del mero gusto. —Me estás volviendo loco, sí…

Lo doblé más, casi poniéndole las rodillas en el pecho, y embestí con todo. Mi polla golpeaba ese punto dentro de él una y otra vez. Billie gritó mi nombre con la voz quebrada y los ojos vidriosos de placer.

—Voy a correrme…— jadeó él, mientras estiraba su mano para tomar su propio miembro y comenzar a masturbarse a sí mismo. —Voy a correrme… oh sí… no pares… no…

—Córrete, bebé— le ordené, follándolo más rápido, más bruto —Necesito que me chupes la polla con el culo hasta exprimírmela cuando te corras, cielo, quiero que me digas lo mucho que te gusta que te folle, ¿sí?

—¡Me encanta!— gritó él en voz alta y desesperada —Me encanta que me cojas… me encanta tu pene… ahhh… ¡Klaus…!

Su cuerpo se tensó de golpe. Mi moreno se corrió soltando un gemido largo y quebrado, salpicándose el pecho y el vientre con su semen, y su culo se cerró alrededor de mi polla en espasmos fuertes, rítmicos, casi dolorosos de lo buenos que se sentían. Eso me empujó al límite.

—Joder… nene…— gruñí, embistiéndolo una, dos, tres veces más mientras sentía cómo me exprimía —Te amo… te amo tanto…

Yo lo quería preñar…

Me corrí profundo, llenándolo, empujando hasta el fondo mientras gemía su nombre contra su cuello. Las embestidas se volvieron más lentas, más pesadas, solo para sentir cada gota salir dentro de él. Bill seguía temblando debajo de mí, soltando pequeños gemidos cada vez que mi polla latía dentro de su culo.

No me moví. Me quedé hundido hasta el fondo, respirando agitado, besándole la boca con lentitud mientras seguía sintiendo cómo su cuerpo me apretaba, cómo me pertenecía por completo. Y como sería así por siempre, maldita sea.

Cuando nos recuperamos y dejamos de hiperventilar, mi moreno se acomodó en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero acolchado y las piernas medio separadas. Cerró los ojos y jadeaba. En eso, yo me incliné hacia la mesilla de noche y saqué mi cajetilla de cigarrillos junto a un mechero. Le prendí fuego a uno y me lo llevé a la boca, acomodándome de manera que quedara entre las piernas de mi nene. Con mi cara a una distancia considerable de su entrepierna.

—Ben…— le llamé por su nombre falso. Él abrió uno de sus ojos, emitiendo un «¿Mhm?» gutural —Eres el amor de mi vida…

—Sí… me lo dices siempre…

—Y te lo seguiré diciendo hasta el día de mi muerte, es más, mis últimas palabras serán esas— le dejé claro. Él me sonrió y yo le di una calada a mi cigarrillo.

—Tú también eres el amor de mi vida…— le oí decirme con su voz dulce y ronca.

FIN del especial

Gracias por leer el especial, ya puedes continuar con el resto del fic 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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