
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 46
Bach se quedó en la habitación dándole vueltas a todo, tenía que prepararse mentalmente para lo que se avecinaba. Justo ese mismo día, minutos después, llegó James enseñando su placa a los federales para que le dejaran pasar. Al entrar, se encontró a Bach tumbado en la camilla, mirando al techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
—Buenas tardes— su voz hizo que Bach, que estaba perdido en sus pensamientos, diera un respingo y saliera de ellos. Se incorporó un poco solo para ver quién había llegado ahora y, al ver al agente con esos uniformes típicos de la DEA, supo que tenía que empezar a fingir.
—Genial, primero los alemanes y ahora los estadounidenses— bufó con desánimo, volviendo a acomodarse en la camilla tal como estaba antes —¿Qué se le ofrece, agente? ¿Viene a interrogarme? De una vez le aviso que los alemanes no sacaron nada en claro, así que puede irse a la mierda.
—Ignoraré el hecho de que está faltando al respeto a la autoridad, muchachito— dijo James, ya acostumbrado a reacciones de ese tipo —Espero que esté recibiendo una atención de primera aquí.
—Increíble, con pinchazos cada cinco minutos, pero lo aguanto— respondió Bach con recelo, sentándose en la camilla para mirarlo a los ojos.
James soltó una risita por la nariz sin ninguna gracia. —Me alegro— murmuró —Estoy aquí en persona para hacerle un par de preguntas. Soy el director de la DEA, la Administración para el Control de Drogas, el comandante James Krüger. Le voy a hacer un pequeño interrogatorio.
—No diré ni mu si no tengo un abogado, comandante— respondió Bach, cruzándose de brazos —Espero que lo entienda.
—Claro, y yo también espero que colabore— contestó Krüger con voz dura —Por ahora solo le voy a hacer preguntas sobre usted. ¿Cuál es su nombre?
—Beckham Aaron Chase— respondió el otro sin dudar.
—Bien, señor Chase. ¿Tiene familia?
Bach negó con la cabeza. —La verdad es que no lo sé, ¿sabe? Yo crecí en un orfanato, una familia me adoptó a los diez y me pusieron este nombre. Pero murieron en un accidente de avión cuando yo tenía catorce…
—¿Qué edad tiene ahora?
—Veintitrés.
—¿Tiene pareja?
—No— mintió, y lo hizo de maravilla.
—¿A qué se dedica?
—Yo… la verdad es que no trabajo.
—¿Ah, no?— preguntó James —En una de las grabaciones del aparcamiento donde lo encontraron malherido con tres balas, se le ve llegando en un coche que alguien sin trabajo no se podría permitir. Es carísimo.
Bach resopló, siguiendo con la mentira. —Vendo polvo blanco en los barrios bajos— dijo —Ya sabe, unos gramos por una buena pasta y así me mantengo.
Krüger arqueó una ceja y asintió con la cabeza. —De esto hablaremos con más detalle cuando lo esté interrogando en la comisaría alemana. Ahora dígame, ¿tiene los papeles en regla? Necesito el número de su documento de identidad.
—¿Para qué?
—Vamos a revisar su historial policial.— Bach gruñó de pura frustración y se dispuso a darle el número de identificación, cuyos dígitos apenas recordaba bien. Esperaba no haberse equivocado en ninguno —Bien, en unos minutos lo trasladarán a la comisaría central de Heidelberg. Espero que esté preparado. Tendrá un abogado que lo asesore y también espero que colabore, señor Chase. Todo lo que diga podrá ser usado en su contra…
Bach tuvo ganas de soltar una carcajada, de escupirle en la cara a ese tío tan antipático que tenía delante, pero se contuvo y dio gracias cuando el otro se largó y lo dejó solo. Al menos estaría así hasta que vinieran a llevárselo.
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La sala de interrogatorios era exactamente como las que Bach había visto en películas y series policíacas por la tele. Pensaba que a lo mejor en la realidad todo sería más sencillo de lo que ya era, pero no, no fue así. Las paredes eran grises, había una mesa metálica atornillada al suelo, tres sillas también metálicas, una lámpara fluorescente que parpadeaba de vez en cuando sobre sus cabezas, y ese espejo unidireccional en la pared que todo el mundo sabía que no era un espejo de verdad.
Bach estaba sentado en el lado opuesto a la puerta, con las manos esposadas apoyadas sobre la mesa fría. Llevaba la misma ropa del hospital, unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca, porque los federales ni siquiera le habían dado tiempo a cambiarse. El hombro todavía le dolía donde le habían entrado las balas, pero el analgésico que le habían dado antes de trasladarlo mantenía el dolor controlado. Respiró hondo, recordando las palabras de Matthew: «Actúa como actuaría alguien que sabe que no ha cometido ningún delito».
Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.
La puerta se abrió y entraron dos hombres. Bach solo reconoció de inmediato a uno: era el comandante James Krüger, al que había visto brevemente en el hospital, pero el otro agente, más joven, de unos treinta y cinco años, rubio, con mandíbula cuadrada y cara de haber visto demasiadas cosas en muy poco tiempo, era la primera vez que lo veía.
—Señor Chase— saludó Krüger, sentándose frente a él mientras el otro agente cerraba la puerta y se quedaba de pie contra la pared con los brazos cruzados —Como ya sabe, soy el comandante James Krüger de la DEA, y este es el agente especial Guido Thill. Gracias por aceptar hablar con nosotros.
—No es como si tuviera opción— respondió Bach en tono neutro, pero muy sarcástico. Solo quería que todo aquello terminara ya.
—Siempre tiene opciones, señor Chase— habló Thill por primera vez; su voz tenía un ligerísimo tono de desprecio que no le pasó desapercibido a Bach —Puede elegir cooperar y hacer esto fácil para todos, o puede elegir complicarlo. Todo depende de usted.
Bach no respondió, simplemente los miró. Krüger sacó una grabadora digital del bolsillo y la puso en el centro de la mesa.
—Esta conversación va a ser grabada. ¿Lo entiende?
—Sí.
—Bien— Krüger pulsó el botón de grabación —Son las cinco y tres de la tarde. Presentes: comandante James Krüger, agente especial Guido Thill y el sospechoso Beckham Aaron Chase. Señor Chase, ¿se le han informado sus derechos?
—Sí.
—¿Ha hablado con un abogado?
—Sí, me dieron quince minutos con un tío que básicamente me dijo que estoy jodido— respondió Bach con amargura.
Krüger pasó por alto el comentario.
—Señor Chase, empecemos por algo sencillo. ¿Qué hacía usted en el aparcamiento esa noche del tiroteo entre dos clanes?
Bach lo había ensayado mentalmente todo el trayecto desde el hospital. Tom le había pedido que mintiera, que negara cualquier relación con el clan Trümper. Así que eso iba a hacer.
—Estaba esperando a mi cita— respondió con la voz más natural que pudo —Me dijo que nos veríamos allí. Ya sabe, no quería llevarla a mi piso porque… bueno, no tengo ni donde caerme muerto. Y el coche en el que llegué era alquilado porque no iba a decirle a una chica que no tengo coche propio. Las tías son muy materialistas con esas cosas.
Krüger intercambió una mirada con Thill.
—¿El nombre de esa… cita?
—Genevive— inventó Bach sobre la marcha —Genevive Hasen. La conocí en un bar hace unas dos semanas. Me dio su número, hablamos, quedamos en vernos.
—¿Y apareció?
—No— Bach negó con la cabeza —Obviamente no. Porque acabé con tres balas en el cuerpo antes de que llegara.
—¿Por qué le disparó Nathalie Franz?— preguntó Krüger, sacando una foto de Nathalie de una carpeta y deslizándola por la mesa.
Bach la miró un segundo, fingiendo que apenas la reconocía.
—No sé quién es, pero supongo que es la loca rubia que me pegó los tiros.
—Correcto. ¿Por qué?
—No lo sé— Bach se encogió de hombros e hizo una mueca cuando el movimiento le tiró del hombro herido —Yo la vi salir arrastrando a un chico moreno que no pintaba nada bien. Parecía herido, sangrando. Pensé que a lo mejor necesitaba ayuda, así que me acerqué. Y ella simplemente… me disparó. Sin decir nada, sin avisar, levantó el arma y pum.
—¿Y qué hizo usted?— preguntó Thill.
—¿Qué cree que hice?— respondió Bach con sarcasmo —Me caí al suelo y casi me muero desangrado. ¿Qué más iba a hacer? ¿Salir volando?
—Usted llevaba un arma— señaló Krüger —Una Glock 19. ¿Por qué?
Bach ya sabía que esta pregunta iba a caer. Sabía que tenía que ser sincero en algunas cosas para que las mentiras sonaran más creíbles.
—Porque vendo droga en los barrios bajos de Heidelberg— dijo con tono directo, mirando a Krüger a los ojos —¿Se cree que es seguro andar por esos sitios sin llevar ni siquiera una navaja para defenderte? Cuando mis padres adoptivos murieron, me quedé solo con catorce años. Tuve que buscarme la vida para poder comer algo. Y estando en los barrios bajos, aprendí rápido que o te armas o acabas muerto en un callejón.
Thill se separó de la pared y se acercó a la mesa.
—Así que admite que es traficante de drogas.
—Traficante es una palabra muy gorda, agente. No me meta en ese saco— respondió Bach —Yo vendo unos gramos por aquí y por allá. Marihuana sobre todo, a veces cocaína si alguien paga bien. No soy Pablo Escobar, solo un tío intentando sobrevivir.
—Interesante— Krüger sacó otra foto, esta vez del aparcamiento lleno de cuerpos —¿Reconoce este sitio?
—Es donde casi la palmo y estuve a punto de ver a Dios, así que sí, lo reconozco.
—¿Sabe lo que pasó aquí?— siguió Krüger —Fue una guerra. Dos cárteles de narcos enfrentándose. El clan Trümper y el clan Nox, liderado por un tal El Zar. Veintiocho personas murieron aquí esa noche y usted estaba justo en medio.
Bach mantuvo la cara de póquer.
—Estaba esperando a mi cita en el sitio equivocado en el momento equivocado. Eso es todo.
—¿Conoce al clan Trümper?— preguntó Thill directamente.
Bach puso cara de no entender nada, frunciendo el ceño como si la pregunta fuera absurda.
—No. Quiero decir, sí, he oído hablar de ellos. Salen en los periódicos a veces, en las noticias cuando hay redadas o cosas de esas. Pero no los conozco en persona. No es como si les fuera a llamar y decirles «¡Ey, quedamos para tomar unas cañas!»— añadió con sarcasmo.
Krüger ni se inmutó. Sacó otro documento de la carpeta.
—Cuando me dio su número de identificación en el hospital, lo comprobamos. Beckham Aaron Chase, veintitrés años, huérfano a los catorce. No hay antecedentes penales, ningún arresto previo, ninguna investigación abierta. Está completamente limpio en nuestros sistemas.
—¿Y eso le sorprende?— preguntó Bach —Les dije que vendo droga, no que me hayan pillado vendiéndola. Soy cuidadoso. No he tenido problemas con los federales porque no soy tonto.
—O porque es muy bueno escondiendo sus conexiones— sugirió Thill.
—¿Qué conexiones?— preguntó Bach con una confusión fingida perfecta —Ya se lo he dicho, no conozco a esa gente. Estaba allí de pura casualidad.
Krüger se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, con la cara cada vez más dura.
—Señor Chase, déjeme explicarle lo que vemos nosotros. Vemos a un chaval sin historial delictivo, sin familia, sin vínculos que podamos verificar, que casualmente estaba en el epicentro de una guerra entre cárteles. Un chaval que iba armado y que, según las grabaciones del sitio, se le ve llegar minutos después de que el clan Trümper se uniera a la pelea, y se quedó esperando en la entrada trasera durante todo el rato, incluso antes de que empezara el tiroteo.
—Estaba esperando a Genevive…
Krüger chasqueó la lengua, ya empezando a perder la poca paciencia que le quedaba.
—Señor Chase, aquí está la situación. El clan Trümper y el clan Nox se enfrentaron en ese aparcamiento. Los dos bandos tuvieron bajas masivas. Tom Trümper, el líder del clan, recibió ocho tiros. Su padre Gordon y su hermano Travis también salieron malparados. Brian, El Zar, recibió dos disparos en el pecho. Y en medio de todo eso, había un chaval llamado Willem Kaulitz que fue secuestrado por el clan Nox y usado como cebo.
Bach mantuvo la cara cuidadosamente neutra.
—¿Y qué pinto yo en todo eso?— preguntó.
—Esa es precisamente nuestra pregunta— dijo Thill —Willem Kaulitz ahora lo tenemos fichado por tener una relación con Tom Trümper. Tenemos fotos, testimonios, pruebas claras. Y cuando Nathalie Franz lo sacó del aparcamiento, usted intentó pararla. ¿Por qué? Si era solo un desconocido esperando una cita, ¿por qué arriesgar la vida? ¿Por qué no se largó en cuanto oyó los tiros?
—Ya se lo dije— respondió Bach con una frustración que iba en aumento —Vi a un chaval herido siendo arrastrado por una tía con pistola. Quise ayudar, es instinto humano básico. Si puedo hacer algo para evitar un marrón, lo hago. Y sobre lo otro, ¿sabe usted que ahora los adolescentes se pasan el rato en los aparcamientos con sus altavoces poniendo ruidos raros para joder a la gente? Yo creí que esos disparos eran eso. Y no, no conozco a ningún Willem Kaulitz. No formo parte de ningún clan. No tengo nada que ver con el narcotráfico a lo grande, solo estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado— repitió la frase.
Krüger y Thill lo miraron en silencio un buen rato. Bach notaba cómo sus ojos lo escaneaban, buscando fallos en su historia, señales de que estaba mintiendo.
Al final, Krüger suspiró y se echó hacia atrás en la silla.
—Señor Chase, voy a serle sincero. No me creo ni una palabra de su historia. Pero el problema es que no tenemos pruebas concretas que lo relacionen directamente con el clan Trümper. No hay registros de llamadas, no hay movimientos de dinero, no hay testimonios de otros miembros del clan que lo señalen.
—Porque no hay nada que encontrar— insistió Bach.
—O porque son muy buenos borrando huellas— contraatacó Thill.
Krüger sacó más fotos, estas mostrando los cuerpos en el aparcamiento, toda la escena de guerra. Las fue deslizando una a una delante de Bach.
—Estas son las víctimas— dijo con voz seria —Veintiocho tíos muertos. Algunos eran criminales de toda la vida, sí. Pero otros eran solo chavales jóvenes, quizá de su edad, que se metieron en el negocio equivocado por desesperación o necesidad. Como dice usted que le pasó con la venta de droga.
Bach miró las fotos un segundo pero apartó la vista. Reconocía algunas caras. Eran hombres con los que había trabajado, con los que había compartido cosas, con los que se había reído. Hombres leales a Tom hasta el final.
—¿Y cuál es su punto?—.preguntó con la voz tensa.
—Mi punto— dijo Krüger, recogiendo las fotos —Es que este mundo que dice no conocer, este mundo de cárteles y violencia, destroza vidas. Y usted estaba en el centro. Así que o es el tío con más mala suerte del planeta, o está mintiendo para proteger a alguien.
—¿A quién iba a proteger si todos están posiblemente muertos y no conozco a nadie, comandante?— preguntó Bach.
Krüger cerró la carpeta de un golpe seco; estaba harto de que el chaval lo negara todo aunque quizá estuviera diciendo la verdad.
—Esté mintiendo o no, llegaremos al fondo del asunto, señor Chase, y créame que le conviene hablar ya y contar lo que sabe o las cosas se van a poner mucho peor.
—¡Ya les he dicho que no sé nada, joder!— gritó, golpeando la mesa con los puños aunque estuviera esposado.
—Eso dice usted.
Bach frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—Por ahora— Krüger se levantó —Pero hay algo más que tienes que saber. Dado que estabas presente en una escena de crimen federal activa, y dado que no podemos verificar del todo tu historia, vas a quedar detenido hasta que termine la investigación.
—¿Qué?— Bach se enderezó de golpe, haciendo una mueca de dolor por el movimiento —¡No he hecho nada malo!
James pasó de su protesta y siguió hablando como si nada.
—Te vamos a extraditar a Estados Unidos donde te enfrentarás a cargos federales. Por posesión ilegal de arma de fuego, sospecha de tráfico de drogas, y obstrucción a la justicia por no cooperar del todo con nuestra investigación.
—¿Obstrucción?— repitió Bach sin dar crédito —¡Les he contado todo lo que sé!
—Has contado una historia muy conveniente que no podemos comprobar— corrigió Krüger —Eso no es cooperar, eso es esquivar. Y en nuestro sistema, esquivar se paga.
—Esto es una puta mierda—.murmuró Bach.
—Bienvenido al sistema de justicia estadounidense— dijo Thill sin pizca de compasión.
—Te trasladarán mañana— siguió informando James —Te sugiero que aproveches el tiempo para replantearte tu historia. Si decides cooperar de verdad, podemos hablar de un acuerdo. Si no…— dejó la amenaza en el aire.
—¿Cuánto tiempo?— preguntó Bach —Si me condenan, ¿de cuántos años estamos hablando?
Krüger lo miró con frialdad.
—Depende del juez y de lo bien que te defienda tu nuevo abogado americano. Pero yo calcularía entre diez y veinte años si el juez no está de mala leche.
Bach sintió como si le hubieran chupado todo el aire de la sala. Quince o veinte años. Media vida. Pero era mejor que cadena perpetua, era mejor que traicionar a Tom y, al fin y al cabo, ya sabía que ese sería su destino.
—Entiendo— dijo al final.
—Bien— Krüger fue hacia la puerta, luego se paró y miró atrás —Una última cosa, señor Chase. Willem Kaulitz y Nathalie Franz también murieron en un accidente de coche después de huir del aparcamiento. Sus cuerpos fueron identificados. Así que todos los implicados en este desastre están muertos ahora. Todos menos Brian, que sigue ingresado en el hospital, y usted.
Bach se contuvo de hacer una mueca. ¿Brian seguía vivo? ¿Lo sabía Tom?
—¿Puedo hacer una llamada?— preguntó.
—No lo creo, señor Chase— fue la respuesta de Krüger —Piénsatelo mejor: si quieres pasar el resto de tu vida en una celda o cooperar.
Bach no respondió, manteniendo la cara neutra aunque por dentro estuviera gritando.
—Te dejamos que lo proceses— dijo Thill, saliendo detrás de Krüger.
La puerta se cerró con un clic metálico definitivo. Bach se quedó solo, esposado a la silla, en una sala de interrogatorios en un país que pronto dejaría atrás para pasar décadas en una cárcel estadounidense. Pero había guardado el secreto, no había traicionado a Tom y Tom estaba vivo, en algún sitio, libre. Eso tenía que bastarle. Tenía que bastar, porque era lo único que le quedaba.
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El pasillo del tercer piso estaba en silencio salvo por el zumbido constante de las luces fluorescentes y el pitido de vez en cuando de los monitores médicos desde las habitaciones. Dos agentes federales alemanes vigilaban la puerta de la habitación 312, donde Brian estaba siendo tratado por las dos heridas de bala en el pecho.
El agente Fischer, un tío de treinta y ocho años con el pelo rubio cortado al estilo militar, bostezó por tercera vez en cinco minutos. Llevaban allí plantados desde las once de la noche y el turno no acababa hasta las ocho de la mañana. Era la hora más muerta de la noche, esa en la que el cuerpo está naturalmente hecho polvo.
—¿Quieres un café?— le preguntó a su compañero, el agente Román, más joven, quizá veintiséis años, con ojos oscuros que se esforzaban por no cerrarse.
—Joder, sí— respondió Román —Pero no podemos abandonar el puesto.
—Solo será un momento— argumentó Fischer —El tío está enchufado a media docena de máquinas. No va a irse a ningún lado.
Antes de que Román pudiera contestar, el ruido de unas ruedas chirriando contra el linóleo los hizo girarse. Un carrito de suministros médicos venía por el pasillo, empujado por dos enfermeros con uniformes azul claro, mascarillas quirúrgicas tapándoles la cara y gorros cubriéndoles el pelo.
—Buenas noches— saludó el primero con voz amable —Venimos a revisar los goteros del paciente de esta habitación.
Fischer frunció el ceño.
—¿A las tres y media de la mañana?
—Turno de noche— respondió el segundo enfermero encogiéndose de hombros —Alguien tiene que currárselo. Además, el médico ordenó cambiar los antibióticos cada cuatro horas para evitar infecciones. Es protocolo con heridas de bala.
Fischer miró a Román de reojo. Sonaba lógico y llevaban toda la noche viendo enfermeros entrar y salir para revisar al paciente.
—Necesito ver sus carnés— dijo Fischer, extendiendo la mano.
El primer enfermero, que en realidad era Anton Volkov, mercenario ruso con veinte años de experiencia en extracciones, sacó del bolsillo del uniforme una tarjeta de identificación del hospital. Era perfecta porque era auténtica, robada a un enfermero de verdad que ahora estaba tieso e inconsciente en un armario de suministros tres plantas más abajo. Fischer la miró un momento.
—¿Y usted?— le preguntó al segundo enfermero.
—Claro— el segundo, Dmitri Sokolov, otro mercenario, enseñó su propia identificación robada.
Fischer se las devolvió.
—Vale. Pero dense prisa, cinco minutos como mucho.
—Por supuesto— asintió Anton, empujando el carrito hacia la puerta.
Román les abrió y les hizo un gesto con la mano.
—Pasen.
El carrito entró, las ruedas chirriando suavemente. Fischer y Román se quedaron fuera, volviendo a sus puestos de vigilancia. Brian estaba despierto tumbado en la camilla, aunque fingía dormir. Llevaba dos días esperando esto, desde que recuperó suficiente conciencia como para mandar un mensaje codificado a través de una enfermera corrupta que uno de sus contactos había sobornado.
Oyó las ruedas del carrito entrando, el sonido de la puerta cerrándose con suavidad.
—¿Está despierto?— susurró una voz. Una voz que reconoció. Brian abrió los ojos y miró a los dos «enfermeros» que estaban junto a su cama. Reconoció a Anton al instante. Habían trabajado juntos en un curro en Moscú y era uno de los narcos que le debían un favor.
—Anton— susurró Brian, con la voz ronca por el tubo que le habían quitado de la garganta apenas el día anterior —Sabía que vendrías.
—Te debo una, ¿te acuerdas?— respondió Anton con una sonrisa que no le llegó a los ojos —Ahora estamos en paz. Pero tenemos que darnos caña. Tres minutos, quizá cuatro, antes de que los guardias empiecen a mosquearse.
Brian intentó incorporarse, pero el dolor en el pecho lo frenó en seco.
—Mierda…
—No te muevas aún— ordenó Dmitri, empezando a desconectar los monitores con manos de experto —Vamos a silenciar primero estas alarmas.— trabajó rápido, quitando cada sensor, cada cable, hasta que Brian quedó libre del equipo médico pero los monitores seguían mostrando signos vitales normales; era un truco que Anton había preparado con un aparatito que reproducía lecturas pregrabadas.
—¿Puedes andar?— preguntó Anton.
—No lo sé— admitió Brian, apartando las sábanas hacia abajo. Solo llevaba puesta una bata de hospital, las piernas pálidas y flojas después de tantos días sin moverse.
—No importa— dijo Dmitri —No vas a andar.
—¿Qué?
En vez de contestar, los dos tíos se fueron directos al carrito de suministros. Con movimientos que se notaba que habían practicado mil veces, Anton pulsó un panel lateral y la superficie de arriba del carrito, que parecía sólida, se deslizó a un lado, dejando a la vista un compartimento oculto. Era justo del tamaño para un hombre, el hueco entre la parte de arriba donde normalmente irían los suministros y la bandeja de abajo cerca de las ruedas. Forrado con espuma para que no diera tantos golpes.
—Joder…— murmuró Brian —¿En serio?
—Es la única forma de sacarte sin que te vean— explicó Anton —Los guardias no van a registrar el carrito cuando salgamos. Vas a estar incómodo, pero solo unos minutos.
Brian sabía que no tenía otra opción.
—Ayúdenme.
Entre los dos lo levantaron de la cama con mucho cuidado; Brian se mordió el interior de la mejilla para no gritar del dolor que le explotó en el pecho. Las heridas de bala apenas estaban empezando a cerrar, las puntadas tiraban con cada movimiento.
—Casi… casi…— gruñó Dmitri mientras lo bajaban al compartimento oculto. Brian se hizo un ovillo en ese espacio tan estrecho, con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza torcida en un ángulo de mierda. La espuma le apretaba contra las heridas y tuvo que respirar cortito para no chillar.
—¿Puedes respirar?— preguntó Anton, asomándose desde arriba.
—Sí— jadeó Brian —Solo sáquenme de aquí.
—Treinta segundos— advirtió Dmitri —Silencio total. Si haces cualquier ruido, la hemos cagado todos.
Brian asintió y cerró los ojos mientras Anton volvía a correr el panel superior, dejándolo todo en una oscuridad que agobiaba. Oyó sonidos amortiguados de los dos tíos colocando bolsas de suero y cajas de suministros encima del panel para que pareciera normal, pasos yendo hacia la puerta.
—Ya hemos terminado— la voz de Anton sonaba apagada a través del metal —El paciente está estable. Los nuevos antibióticos ya se están pasando.
—Bien— se oyó la voz de Fischer desde fuera —Gracias.
El carrito empezó a moverse. Brian notó cada bache, cada irregularidad del suelo como una oleada de puro dolor en las heridas. Apretó los dientes y se concentró en respirar, solo en respirar.
—¿Todo tranquilo esta noche?— preguntó la voz de Román como quien no quiere la cosa.
—Normal— respondió Dmitri —Ya saben, lo de siempre. Tres pacientes más para revisar antes de que acabe el turno.
—No los envidio— dijo Fischer —Yo no podría con los turnos de noche.
—Te acostumbras —contestó Anton.
Las ruedas chirriaron mientras el carrito se alejaba por el pasillo. Brian contó los segundos en la cabeza. Treinta. Sesenta. Noventa. Al final, el carrito se paró. Oyó una puerta abriéndose, distinta, más pesada. La escalera de emergencia, seguramente.
—Despejado— dijo la voz de Dmitri. El panel superior se corrió y Anton y Dmitri lo sacaron del compartimento tan rápido como lo habían metido. Brian casi se va al suelo cuando sus pies tocaron el piso, con las piernas temblando.
—No hay tiempo— Anton lo sujetó fuerte —Vamos por las escaleras. Dos plantas hacia abajo. ¿Puedes?
Brian miró las escaleras de hormigón que bajaban en espiral. Cada escalón iba a ser un infierno. Pero la alternativa era volver a esa habitación del hospital, encadenado a la cama, esperando que lo mandaran a una cárcel federal.
—Puedo— gruñó. Y lo hizo. Paso a paso doloroso, sostenido entre Anton y Dmitri, bajaron las escaleras. El sudor le corría por la cara a pesar del frío de la noche que entraba por las ventanas de la escalera.
Cada respiración era fuego en el pecho.
En la planta baja, una puerta de emergencia estaba entreabierta porque otro contacto ya había desactivado la alarma. Salieron a un callejón lateral donde esperaba una furgoneta blanca sin logos, con el motor en marcha.
—Adentro— ordenó Anton, abriendo las puertas traseras. Brian se subió como pudo y se derrumbó sobre un colchón que habían puesto ahí expresamente para él. Dmitri subió detrás, cerrando las puertas mientras Anton corría al asiento del conductor.
La furgoneta arrancó despacio, sin prisas, sin llamar la atención. Solo otro vehículo de servicio saliendo del hospital en plena madrugada. Brian se quedó tumbado en el colchón, jadeando, con la vista llena de puntitos negros por el dolor y el esfuerzo.
—¿Adónde…?— logró preguntar.
—A una casa segura a treinta kilómetros de aquí— respondió Dmitri, preparando una jeringa con morfina —Habrá un médico privado esperando. Te estabilizará y en dos días te sacamos del país.
—La DEA…
—Seguro que ya se han dado cuenta de que te has largado, o lo harán cuando vengan los otros enfermeros a revisar al paciente—.dijo Anton desde delante.—Pero para cuando rastreen esta furgoneta, ya estaremos en otro coche, en otra ciudad. No te van a encontrar.
Dmitri le pinchó la morfina en el brazo. El alivio llegó casi al instante, el dolor agudo se convirtió en una molestia lejana y sorda con cada minuto que pasaba.
—Gracias— murmuró Brian, notando cómo se le cerraban los ojos —Les debo…
—Nos debes una gorda— lo cortó Anton —Pero de eso ya hablaremos cuando no estés a punto de palmarla. Ahora duerme. Te queda un largo camino por delante.
Brian no pudo resistirse. La morfina lo arrastró hacia abajo, hacia la oscuridad. Pensó en Tom Trümper y en todo lo que había pasado. ¿Que si sentía culpa ahora? Claro que no. Tenía más ases en la manga, solo tenía que esperar. No sabía nada de Nathalie, pero conseguiría información. Todo lo que había hecho para quedarse con la organización del clan Trümper había valido la pena, incluso aquello que hizo con los bebés de Tom.
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La enfermera del turno de noche, Helga Zimmerman, entró en la habitación 312 para el chequeo de rutina de las cuatro de la mañana. Al momento notó que algo no cuadraba. Los monitores marcaban signos vitales normales, pero cuando miró la cama vio que estaba vacía. El corazón se le aceleró y corrió al baño por si acaso lo encontraba allí. Vacío.
—Mierda— susurró, saliendo disparada hacia la puerta y abriéndola de golpe —¡El paciente no está! ¡Se ha largado!
Fischer y Román entraron en la habitación con las pistolas fuera, escaneando el sitio como si Brian pudiera estar escondido detrás de una cortina.
—¡¿Cómo?!— gritó Fischer —¡Hemos estado aquí toda la puta noche!
—Revisen las cámaras— Román ya estaba hablando por la radio —¡Necesito seguridad en el tercer piso ya! ¡Paciente en custodia federal ha desaparecido!
En cinco minutos, el hospital estaba en cierre total. Todos los pisos bloqueados, todas las salidas vigiladas. Pero ya era demasiado tarde. Brian iba ya a kilómetros de distancia, desapareciendo en la noche como el fantasma que siempre había sido. Y cuando notificaron a James Krüger a las cinco y diecisiete, en medio del interrogatorio mental que le estaba dando a Beckham Chase, su rugido de pura rabia se oyó en tres plantas del edificio federal.
El Zar había escapado.
Y ahora, sin ni siquiera los Trümper para tenerlo a raya, porque nadie sabía nada de ellos, sin nadie que pudiera pararlo, Brian era libre para levantar de nuevo su imperio sobre las cenizas de sus enemigos.
Continúa…
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