Silent promise 47

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 47

James Krüger estaba revisando los documentos de extradición de Beckham Chase cuando su teléfono empezó a volverle loco con llamadas entrantes. Tres líneas parpadeaban a la vez, todas marcadas como «URGENTE». Estaba hasta arriba de papeles que tenía que firmar y las llamadas no ayudaban una mierda, solo le estaban dando un dolor de cabeza de cojones y subiéndole el estrés a tope.

Aun así, resignado a tanta llamada, decidió coger la primera. —Krüger— dijo con un tono borde, dejando claro en la voz que estaba cansado y hasta las narices.

—Comandante, aquí el agente Fischer desde el hospital privado en Berlín-Mitte— la voz al otro lado sonaba tensa, casi al borde del ataque de nervios —Tenemos un problema gordo. El paciente Brian… ha desaparecido— soltó de golpe.

El boli que James tenía en la mano mientras firmaba papeles se partió en dos de la fuerza que metió al oír la noticia del federal alemán.

—¿Que ha qué?— preguntó, recalcando la última palabra.

—Desapareció de su habitación hace unos cuarenta y cinco minutos— Fischer siguió rápido —Los monitores seguían marcando signos vitales normales, pero cuando la enfermera entró para el chequeo de las cuatro de la mañana, la cama estaba vacía. Hemos mirado las cámaras de seguridad. Dos tíos disfrazados de enfermeros entraron en su habitación a las tres y veintisiete de la mañana. Llevaban identificaciones de enfermeros que encontramos inconscientes en uno de los cuartos de suministros. Sacaron a Brian en un carro de material médico.

—¡¿Y vosotros los dejasteis entrar?!— James bramó, levantándose tan de golpe que la silla cayó hacia atrás con un estruendo del copón.

—Sus identificaciones parecían auténticas, señor— Fischer respondió con voz floja —No teníamos motivo para sospechar…

—¡Teníais un puto trabajo!— James gritó —¡Mantener a salvo a un jodido criminal! ¡¿Y me estás diciendo que dos tipos con uniformes falsos simplemente entraron y se lo llevaron?!

—Lo siento, señor. Ya hemos empezado la búsqueda, todos los hospitales de Heidelberg están en alerta, todas las carreteras de…

—Es demasiado tarde— James lo cortó, con la voz de pronto fría y controlada, que de alguna forma era peor que los gritos —Si ese delincuente ha escapado con ayuda de dos tíos o quizá fueron más, significa que tiene contactos. Para cuando vosotros empezasteis la búsqueda, seguramente ya estaba fuera de la ciudad. A lo mejor hasta fuera del país— escupió con rabia y colgó sin esperar respuesta.

Se movió rápido a atender otra de las llamadas de urgencia. —¿Qué pasa?— preguntó.

—Comandante Krüger— respondió una voz de mujer —Aquí el centro de comunicaciones. Tenemos un mensaje urgente para usted desde el Hospital Sankt Gertrauden en Heidelberg.

—¿Qué mensaje?— exigió James.

—Un médico, de apellido Keller, dice que tiene tres cuerpos en su morgue que encajan con la descripción de los fugitivos que está buscando. Thomas Trümper, Gordon Trümper y Travis Trümper. Dice que llegaron al hospital hace cinco días con múltiples heridas de bala pero no pudo salvarlos. Murieron por hemorragia masiva y fallo multiorgánico.

James se quedó helado. —¿Los Trümper? ¿Están seguros?

—El doctor dice que puede confirmar las identidades si envía agentes a verificar los cuerpos. Tiene los informes forenses preparados.

—Mándenme la dirección del hospital ahora mismo— ordenó James —Y pásenme con el agente Collins.

En menos de diez minutos, tenía a Collins y a Ramírez delante de él en la oficina, esperando órdenes.

—Caballeros— dijo James sin rodeos —Tenemos dos marrónes gordos. Primero: Brian, alias El Zar, se ha escapado del hospital donde estaba bajo custodia hace aproximadamente una hora. Segundo: Me acaban de informar de que los cuerpos de Tom, Gordon y Travis Trümper están en la morgue del Hospital Sankt Gertrauden.

Collins soltó un silbido bajito. —Joder. ¿Zar tuvo ayuda?

—Obviamente— respondió James con mucho asco —Tuvo ayuda de dos profesionales, seguramente mercenarios, porque sabían exactamente qué hacer, cómo moverse y adónde ir. Esto estaba planeado con días de antelación— añadió —No me puedo creer que las autoridades federales alemanas sean tan inútiles, hostia. Por eso su país de mierda está como está. Infestado de criminales que reparten pura mierda…— resopló.

—¿Y los Trümper, señor?— preguntó Ramírez tras unos segundos de silencio por las palabras del jefe.

—Ahí es donde entráis vosotros— dijo James intentando calmar su impaciencia —Yo no puedo ir en persona a comprobarlo. Tengo que volver a Estados Unidos ya para gestionar la extradición de Beckham Chase y empezar el interrogatorio de Nathalie Franz. Necesito que vosotros vayáis al Hospital Sankt Gertrauden y confirméis que esos cuerpos son de verdad los Trümper.

—¿Cree que podrían no serlo?— preguntó Collins.

—En este punto, no sé qué coño creer— admitió James —Los Trümper son resbaladizos. Tienen pasta, contactos. No me extrañaría que esto fuera un montaje elaborado para hacernos creer que están muertos mientras se largan.

—Entendido— asintió Ramírez —¿Qué quiere que hagamos exactamente?

—Id a ese hospital. Hablad con el doctor Keller, examinad los cuerpos en persona. Quiero confirmación visual, huellas dactilares si se puede, fotos completas. No os fiéis solo de lo que os diga el médico, comprobad todo vosotros mismos.

—¿Y si de verdad están muertos?— preguntó Collins.

James se quedó pensando un momento. Si los Trümper estaban muertos, eso lo cambiaba todo en el panorama del crimen organizado europeo.

—Entonces necesito saber la causa exacta de la muerte, cuándo murieron y cualquier detalle que nos ayude a entender qué pasó en aquel parking. Esa información me la mandáis a Estados Unidos. También quiero que os aseguréis de que no hay forma de que esos cuerpos sean falsos.

—¿Falsos?— Ramírez frunció el ceño.

—No sería la primera vez que un criminal usa cadáveres de sustitución para fingir su muerte— explicó James —Comprobad cicatrices, tatuajes, cualquier marca característica que tengamos en los archivos sobre los Trümper.

—Lo haremos— confirmó Collins.

—Y mantenerme al tanto cada hora— añadió James —Esto es prioridad absoluta. Si los Trümper están realmente muertos y Brian Köhler anda suelto, eso significa que Köhler ahora puede quedarse con todos los territorios que eran del clan Trümper sin que nadie le tosa. Necesito que, en cuanto confirméis que están muertos, os pongáis con el desmantelamiento de sus territorios, ¿vale?

—Sí, jefe.

Terminó la reunión corta y se dejó caer en la silla, pasándose las dos manos por la cara. Todo se estaba yendo a la mierda. Köhler escapado. Los Trümper posiblemente muertos. Wilhelm Kaulitz y Nathalie Becker muertos de verdad. Su único as en la manga ahora era Beckham Chase.

Y ese cabrón no estaba soltando prenda.

Cuando el agente Thill entró en la oficina, James ya estaba avisando a la Sede Central de la DEA en Estados Unidos de que volvía, después de informarles del escape de El Zar y de la muerte confirmada de los Trümper, porque los agentes que había mandado a comprobarlo le habían dicho que sí, que realmente estaban muertos. Solo le faltaban los papeles de la extradición de Beckham completamente firmados y se largaba sin esperar más, que en Estados Unidos también tenía faena pendiente.

—Comandante— dijo Thill después de plantarse delante de él, separados por la mesa del escritorio. Krüger levantó la vista del ordenador un segundo. —Los papeles de extradición para Beckham Chase están listos. Solo falta su firma final.

James cogió la carpeta que Thill le pasaba, echando un vistazo rápido a cada página. Todo en regla. A Chase lo transferirían a custodia estadounidense mañana por la mañana, lo volarían en un jet federal directo a Nueva York, donde lo procesarían y lo meterían en la trena mientras esperaba juicio. Firmó con su letra de siempre, rápida y sin tonterías. —Listo. ¿Transporte?

—El jet sale a las ocho de la mañana desde el aeropuerto de Heidelberg— confirmó Thill. —Habrá escoltas armados, todo el protocolo de seguridad al completo. Llegará a Nueva York sobre las dos de la tarde hora local.

—Bien— James cerró la carpeta. —Yo también voy en ese vuelo. Tengo que volver para encargarme del interrogatorio de Nathalie Franz y empezar a coordinar la búsqueda internacional de Brian.

—¿Y qué pasa con los Trümper?

—Confirmado, muertos— dijo James con voz neutra. Por dentro estaba contento, pero le habría molado mucho más pillarlos vivos y asegurarse de que se pudrieran en una celda. Haciendo justicia por la muerte de su padre. —Collins y Ramírez comprobaron los cuerpos en persona. Son ellos, los tres muertos por heridas de bala.

Thill se sentó despacio en la silla de enfrente del escritorio, digiriendo la noticia sin dejar de mirar a su jefe. —Entonces… ¿hemos ganado? El clan Trümper está liquidado.

—No hemos ganado una mierda— lo corrigió James con dureza. —Brian está en la calle. Y con los Trümper muertos, no hay nadie que le impida quedarse con todos sus territorios, sus rutas, sus contactos. En seis meses, puede que menos, Zar será el narco más poderoso de Europa. Posiblemente del mundo. Desmantelar ahora no serviría de mucho porque no sabemos exactamente dónde están todos sus territorios.

—¿Y qué podemos hacer?

—Encontrarlo— dijo James sin más. —Y esta vez, cuando lo tengamos, no le voy a dejar escapar. Lo meteré en el sitio más seguro que tengamos y tiraré la llave al fondo del océano. —Se levantó, cogiendo la chaqueta con un movimiento rápido. —Prepara a Chase para el transporte. Quiero que esté en la pista a las siete y media de la mañana. Ni un minuto de retraso, agente.

—¿Y si se resiste?

—Pues lo sedamos— respondió James con frialdad. —De una manera u otra, ese chaval va a subir a ese avión.

&

Beckham Chase fue llevado al jet federal con grilletes en los tobillos y esposas en las muñecas, cuatro agentes armados lo rodeaban en formación de diamante. El cielo estaba gris, amenazando con llover, y el viento frío te mordía cualquier trozo de piel que tuvieras al aire. Beckham mantuvo la cabeza bien alta mientras subía las escaleras del jet, no les iba a dar el gustazo de verlo hundido. Aunque, en realidad, tampoco lo estaba. Ya había asumido la situación de sobra.

Dentro, el jet era más funcional que cómodo. Había filas de asientos, todos mirando hacia delante, incluso tenían barras de seguridad para sujetar a los prisioneros. Lo sentaron en el medio, asegurando sus grilletes a un anillo de acero en el suelo.

James Krüger subió el último, sentándose delante sin mirar a Beckham ni una sola vez. El jet despegó puntual a las ocho, elevándose sobre Alemania y dejando atrás el único hogar que Beckham había conocido. Durante las horas de vuelo, Beckham no abrió la boca. No comió cuando le ofrecieron comida, no bebió cuando le ofrecieron agua. Solo miraba por la ventanilla, viendo el océano Atlántico extenderse hasta el infinito debajo, llevándolo cada vez más lejos de todo lo que conocía. Pensó en Tom. En si el plan había salido bien, si de verdad había conseguido fingir su muerte. Pensó en Chantelle, su preciosa mujer que seguro estaba pasándolo fatal en esos momentos, y no se equivocaba. Pensó en Willem, muerto en aquel accidente, y en cuánto debía estar sufriendo Tom. Le daba pena por su amigo. Sabía lo loco que Tom estaba por su moreno, todo lo que era capaz de hacer por él.

Beckham había sido uno de los muchos que aguantaban a Tom cuando se pillaba una cogorza de cuidado, que no paraba de hablar del chiquillo y de lo mucho que quería tenerlo solo para él. Todo eso antes de que por fin diera el paso de plantarse delante de Bill y dejar de hacerlo desde las sombras. Beckham se burlaba de Tom porque parecía un puto enfermo, un acosador, pero en el buen sentido. Porque había acosadores enfermos que vigilaban a la gente para hacerles daño, y Tom, en cambio, solo lo hacía para saber más del pequeño. Porque en aquella época, Billie todavía era un crío. Y aunque de todos modos era algo chunguillo lo que hacía Tom, ellos lo apoyaban porque nunca habían visto a Tom enamorado de esa manera. Solo una vez. Una vez lejana y pequeña.

Sucedió cuando tenían apenas quince años, estaban empezando a escaquearse de las clases aburridas para saltar las verjas del instituto e irse a un parque abandonado a fumar con los mayores. O bueno, con los colegas del hermano de Tom. Allí el de rastas rubias conoció a Lissa, una chica un año mayor que él, con diecisiete. Era guapísima, rubia y con ojos almendrados. A lo mejor Tom ya ni se acordaba de ella, pero tuvieron un año de relación, hasta que la chica un día simplemente desapareció.

Beckham no se equivocaba al pensar que quizá esa mujer ya no estaba en los recuerdos de Tom, porque cuando vio por primera vez a Willem, todo cambió para él. En fin…

Beckham también pensó en los próximos años que se iba a pasar en una prisión estadounidense por delitos que técnicamente sí había cometido pero que nunca había admitido. ¿Qué pasaría en el juicio? Joder. Cuando el jet por fin aterrizó en el Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York, el sol estaba alto en un cielo azul brillante y despejado. Irónico, pensó Beckham, qué día tan bonito para el día en que su vida se acababa oficialmente.

Lo bajaron del jet, lo metieron en una furgoneta blindada sin ventanas y lo llevaron por las calles de Nueva York hasta el Centro de Detención Metropolitano en Brooklyn. Mientras la furgoneta avanzaba entre el tráfico, Beckham cerró los ojos y soltó un suspiro profundo.

Esperaba que al menos los años pasaran rápido.

&

OFICINA DEL FISCAL FEDERAL, MANHATTAN

TRES DÍAS DESPUÉS DE LA LLEGADA A ESTADOS UNIDOS.

James Krüger estaba sentado en la oficina del Fiscal Federal Adjunto, Daniel Morrison, un tío de cuarenta y cinco años con el pelo negro peinado hacia atrás y una fama de no perder ni un solo caso. La oficina era toda de caoba oscura, con diplomas enmarcados colgados en las paredes, el típico sitio hecho para intimidar.

—Comandante Krüger— dijo Morrison, revisando los documentos que James le había traído y que le había pasado minutos antes —Déjeme ver si lo he entendido bien. Quiere que procese a este… Beckham Chase por posesión ilegal de arma de fuego, sospecha de tráfico de drogas y obstrucción a la justicia. Pero no tiene pruebas directas de tráfico, solo su propia admisión durante el interrogatorio.

—Correcto— confirmó James con un leve asentimiento de cabeza y cara seria.

—Y quiere una condena de diez a quince años— siguió Morrison, arqueando una ceja sin acabar de pillarlo del todo —Por delitos que, la verdad, normalmente tirarían a lo sumo cinco años.

—Ese hombre estaba en el centro de una guerra entre cárteles— argumentó James con precisión, inclinándose hacia delante —Estaba armado en la escena de un tiroteo que dejó veintiocho muertos. Se negó a cooperar del todo con nuestra investigación y tengo motivos para creer que tiene conexiones con el clan Trümper, aunque no pueda probarlo de forma definitiva.

—»Motivos para creer» no ganan casos, comandante— señaló Morrison arqueando las dos cejas —Necesito pruebas sólidas.

—La evidencia es circunstancial pero convincente— James sacó fotos de su maletín que tenía sobre las piernas, esparciéndolas sobre el escritorio de Morrison una a una con calma —Aquí está Chase en la escena. Aquí está su arma en la mano, registrada ilegalmente. Y aquí…— deslizó otra foto —está él recibiendo un disparo de Nathalie Franz mientras intentaba interferir en su huida con Willem Kaulitz.

Morrison estudió las fotos con atención, entrecerrando un poco los ojos. —Ese es precisamente mi punto— dijo Morrison con calma —Un jurado podría verlo como alguien que intentaba ayudar, comandante. Sobre todo si su abogado defensor es bueno, usted lo sabe.

—Por eso necesito que el juez sea… receptivo a nuestros argumentos— dijo James con cuidado —Alguien que entienda la importancia de mandar un mensaje fuerte contra el crimen organizado.

Morrison lo miró fijamente un buen rato. —¿Me está pidiendo que amañe el juicio?— preguntó tras unos minutos de silencio.

—Le estoy pidiendo que se asegure de que la justicia se sirva como debe— corrigió James —Ese hombre está mintiendo— murmuró con absoluta certeza —Cada palabra que salió de su boca fue una mentira bien montada. Estaba en el centro de una guerra entre cárteles. Conocía a Willem Kaulitz y se nota en las grabaciones. Es parte del clan Trümper, lo sé, lo intuyo. Usted sabe cómo funciona ese mundo de redes criminales, saben mentir de coña.

—Pero no puede probarlo— señaló Morrison.

—Exactamente— James apretó la mandíbula —No tengo pruebas directas porque no hay llamadas telefónicas, no hay transacciones, no hay testimonios de otros miembros. Son demasiado buenos borrando sus huellas.

—Entonces, ¿qué propone de verdad, comandante?

—Lo encierro con lo que sí puedo probar— dijo James con suspicacia —Admitió tráfico de drogas, llevaba un arma ilegal. Se negó a cooperar. Eso normalmente daría para entre cinco y ocho años, pero yo quiero el máximo, de quince a diecisiete años.

—¿Por qué tanto?— Morrison frunció el ceño.

—Porque no tengo pruebas de su conexión con los Trümper, pero sé que está ahí— explicó James con frustración. —Y si no puedo meterlo por lo que realmente hizo, al menos lo meteré por lo que admitió hacer. Es un criminal, se merece estar encerrado. Y la verdad, después de ver veintidós cadáveres en aquel parking, me la suda si es «justo» o no. Quiero que pague.

Morrison asintió despacio. —Entiendo su frustración, comandante. Y técnicamente, lo que está pidiendo no es ilegal. Solo está solicitando el máximo de la pena permitida por ley para los delitos que Chase admitió.

—Exactamente.

—Pero va a necesitar un juez que esté de acuerdo con su valoración del riesgo que representa Chase.

—¿Tiene alguna sugerencia?

—El juez Blackwood— dijo Morrison. —Es conservador, durísimo con el crimen organizado y no tiene paciencia con delincuentes que claramente están escondiendo información. Si presento el caso como Dios manda, poniendo énfasis en que Chase estaba en la escena de una masacre criminal y se negó a ayudar a la investigación, Blackwood podría dar el máximo.

—Perfecto— dijo James. —Hagámoslo. ¿Cuándo podemos fijar la vista?

—Dame una semana para preparar los papeles— respondió Morrison con una pequeña sonrisa en los labios y un breve asentimiento de cabeza.

&

CENTRO DE DETENCIÓN METROPOLITANO, BROOKLYN – UNA SEMANA DESPUÉS

Beckham Chase había pasado siete días en prisión preventiva, encerrado en una celda de dos por tres metros con un catre, un váter y nada más. Sin ventanas, sin libros, solo cuatro paredes grises y el ruido constante de otros presos gritando, llorando o riéndose como locos.

Cuando los guardias vinieron a por él la mañana del octavo día, supo que había llegado la hora del juicio. —Chase— ladró el guardia, un tío grandote con cuello de toro y cara de mala hostia permanente. —Las manos.— Beckham sacó las manos por la ranura de la puerta con una mueca en los labios. El guardia le puso esposas, luego abrió la celda y le colocó grilletes en los tobillos. —Venga, al lío. El juez no espera.

Lo escoltaron por pasillos largos y estrechos, cada paso limitado por los grilletes, el sonido metálico retumbaba contra las paredes de hormigón. Otros presos lo miraban desde sus celdas, algunos con curiosidad, otros con una hostilidad que aún no entendía del todo. Lo metieron en una furgoneta de transporte blindada junto con otros cinco prisioneros, todos igual de esposados y encadenados.

Nadie abrió la boca durante el viaje de veinte minutos al juzgado federal.

Ya en el tribunal federal del distrito sur de Nueva York, eran las diez de la mañana, la sala era tal y como Beckham se la había imaginado en los días que pasó encerrado esperando el juicio. Paneles de madera oscura, el estrado del juez elevado e imponente, filas de bancos para el público y esa sensación opresiva de que la justicia allí era mecánica, impersonal e inevitable. Lo sentaron en la mesa de la defensa junto a su abogado de oficio, un hombre de treinta y tantos llamado Robert Weinstein que parecía agotado y que le importaba todo una mierda.

Se habían visto exactamente una vez, durante media hora como mucho, dos días antes. —¿Alguna pregunta antes de que empecemos?— preguntó Weinstein sin mirarlo de verdad.

—¿Tengo alguna posibilidad?— respondió Beckham.

—La verdad, poca— dijo Weinstein con una honestidad brutal. —El fiscal tiene pruebas circunstanciales potentes, tienes una admisión grabada de tráfico de drogas y te negaste a cooperar con la investigación. Lo mejor que puedo hacer es pelear por la pena mínima.

—Genial— murmuró Beckham.

—Todos de pie— anunció el alguacil. —Preside la Honorable Juez Stephen Blackwood.

Todos se levantaron mientras entraba el juez. Era un hombre de sesenta años, completamente calvo, con gafas de montura metálica y una expresión que decía que había visto y oído todas las excusas posibles y ninguna le impresionaba. —Siéntense— ordenó Blackwood, dando un golpe con el mazo. —Caso número 2015-CR-00847, Estados Unidos contra Beckham Aaron Chase. ¿El acusado entiende los cargos en su contra?

Weinstein se puso de pie. —Sí, Su Señoría. El señor Chase entiende que se le acusa de posesión ilegal de arma de fuego, tráfico de narcóticos y obstrucción a la justicia.

—¿Y cómo se declara?— preguntó Blackwood, mirando directamente a Beckham.

Beckham se levantó despacio, las cadenas tintineando. Por un momento pensó en declararse no culpable, forzar un juicio completo, hacerles currar por la condena. Pero recordó el consejo de Matthew y lo pensó mejor. Si se declaraba no culpable y lo condenaban igual, la pena sería peor. —Me declaro culpable, Su Señoría— dijo, odiándose a sí mismo por cada palabra. —De posesión ilegal de arma. Pero no culpable de tráfico de narcóticos a gran escala ni de obstrucción a la justicia.

—Culpable con excepciones— anotó Blackwood. —¿Fiscal?

Daniel Morrison se levantó del otro lado de la sala, impecable con su traje gris oscuro. —Su Señoría, el Estado tiene pruebas convincentes de que el señor Chase no solo poseía ilegalmente un arma de fuego, sino que también estaba activamente involucrado en tráfico de drogas en los llamados «barrios bajos» de Heidelberg, Alemania. Además, durante el interrogatorio, el señor Chase se negó de forma consistente a cooperar con la investigación federal sobre el clan Trümper y el clan Nox, dos organizaciones criminales responsables de veintiocho muertes en la escena donde fue detenido.

—¿Tiene pruebas de tráfico de drogas más allá de la admisión verbal del acusado?— preguntó Blackwood.

—La admisión verbal es suficiente según la ley, Su Señoría— respondió Morrison. —El señor Chase declaró explícitamente, y está grabado, que vende marihuana y cocaína para mantenerse económicamente. Eso es una confesión directa de actividad criminal.

Blackwood miró a Weinstein. —¿Defensa?

Weinstein se levantó con torpeza. —Su Señoría, mi cliente admitió vender pequeñas cantidades de drogas como medio de supervivencia después de quedarse huérfano a los catorce años. No es un narcotraficante a gran escala. Es un chaval que tomó malas decisiones por desesperación y, en cuanto a la obstrucción a la justicia, simplemente ejerció su derecho a no autoincriminarse.

—Ejercer el derecho a permanecer en silencio no es obstrucción— dijo Blackwood. —Pero negarse a dar información relevante en una investigación federal activa puede serlo, dependiendo del contexto.— se recostó en su silla, mirando los documentos que tenía delante. —Señor Chase— dijo Blackwood al final —Póngase de pie.

Beckham se levantó, con el corazón latiéndole como loco contra el pecho.

—Este tribunal considera que la evidencia presentada es suficiente para establecer culpabilidad en los cargos de posesión ilegal de arma de fuego y tráfico de narcóticos.— Beckham apretó los labios. —En cuanto a la obstrucción a la justicia, aunque no hay pruebas directas, su negativa a cooperar en una investigación de esta magnitud demuestra, como poco, una falta de respeto total por el sistema legal.

Blackwood hizo una pausa, dejando que las palabras calaran hondo.

—Su historia, la que contó en el interrogatorio, no me la trago ni un pelo. Creo que sabe mucho más de lo que dice. Pero sin pruebas concretas, no puedo condenarlo por delitos que no puedo demostrar. Sin embargo, sí puedo condenarlo por los delitos que usted mismo admitió cometer. Por lo tanto, le caen el máximo que permite la ley— su voz se volvió neutra de golpe. —Este tribunal lo sentencia a quince años en prisión federal de máxima seguridad, sin posibilidad de libertad condicional aunque se porte bien. Será transferido a la Penitenciaría Administrativa de Máxima Seguridad ADX Florence en Colorado, más conocida como Supermax, donde cumplirá toda la condena.

El mazo golpeó y el sonido seco retumbó en toda la sala. Beckham sintió como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. Quince años en Supermax. El sitio más duro, más aislado y más brutal de todo el sistema penitenciario estadounidense.

—Su Señoría— intentó protestar Weinstein —, ¡quince años por estos cargos es exageradísimo! Esto es…

—Mi decisión es definitiva, abogado— lo cortó Blackwood. —A menos que tenga pruebas nuevas que presentar, aquí se acaba todo.

—Pero…

—Se acabó— repitió Blackwood, dando otro golpe con el mazo.

Los guardias agarraron a Beckham por los brazos y lo arrastraron hacia la puerta lateral. Él miró hacia atrás una última vez y vio a James Krüger sentado en la primera fila del público, con una expresión de satisfacción fría en la cara.

Ese hijo de puta lo había orquestado todo y él lo sabía.

Habían pasado dos días desde el juicio. El viaje a Colorado fue una puta pesadilla de aviones, furgonetas blindadas y esperas eternas en instalaciones de tránsito. A Beckham lo trasladaron con otros doce prisioneros de alto riesgo, todos destinados a Supermax. Nadie hablaba, todos sabían lo que les esperaba. Cuando por fin llegaron a ADX Florence, el sol se estaba poniendo sobre las Montañas Rocosas, pintando el cielo de morados y naranjas.

Precioso, casi pacífico.

En total contraste con el edificio que tenían delante, que era de hormigón gris con alambres de púas, torres de vigilancia y una sensación de opresión absoluta.

—Bienvenidos al infierno, chavales— dijo uno de los guardias con una sonrisa cruel. —Espero que os mole la soledad.

Los bajaron de la furgoneta uno a uno. Beckham fue el quinto; cuando sus pies tocaron el suelo de Colorado, sintió el aire frío de la montaña y supo, con una certeza absoluta, que su vida nunca volvería a ser la misma. El proceso de ingreso estaba diseñado para deshumanizarte. Primero, lo desnudaron del todo para una revisión corporal completa, incluyendo cavidades.

Fue humillante e invasivo de cojones.

Luego, desinfección. Lo rociaron con químicos fuertes que te quemaban los ojos y la piel. Después, el uniforme naranja estándar. Sin nombre, solo un número: «28473-054». Y por último, la foto de frente y de perfil. Ahora ya era oficialmente parte del sistema.

—Chase, Beckham Aaron— leyó el guardia de procesamiento desde su pantalla. —Sentencia de quince años. Clasificación de seguridad: máxima. Asignación: Bloque H, Celda 47. ¿Alguna pregunta?

—¿Puedo hacer llamadas telefónicas?— preguntó Beckham.

—Una llamada de quince minutos al mes, monitoreada y grabada— respondió el guardia sin levantar la vista. —¿Siguiente pregunta?

—¿Visitas?

—Aislamiento total, señor.— Beckham gruñó por dentro, maldiciendo en su cabeza. —¿Algo más?— Beckham negó con la cabeza y el guardia siguió —Bienvenido a ADX Florence. Intenta no volverte loco.

Minutos después, dos guardias escoltaron a Beckham por pasillos que parecían no acabar nunca. Cada puerta era de acero reforzado con ventanucas pequeñas, cada suelo de hormigón pulido que reflejaba las luces fluorescentes. Y entonces empezó el ruido: manos aporreando barrotes de acero, tazas metálicas rascando las rejas, gritos, silbidos y risas de loco de los presos.

—Genial…— murmuró Beckham entre dientes. —Y yo que pensaba que al menos aquí habría un poco de silencio, joder.

—¡Carne fresca!— gritó un recluso.

—¡Mirad al novato!

—¿Qué has hecho, eh?

—¡Te van a violar, rubio!

—¡Bienvenido al infierno!

Las voces venían de todos lados. Beckham no podía ver las caras, solo manos saliendo por las ranuras de las puertas, aporreando, gesticulando, amenazando. —Ignóralos— dijo el guardia sin emoción. —Se lo hacen a todos los nuevos, pero se cansan en una hora.

Beckham solo asintió como respuesta.

—¡Oye, rubio!— gritó otro. —¿Eres de los Trümper? ¡He oído hablar de ti!

Beckham se quedó helado. ¿Cómo…?

—Las noticias corren rápido aquí dentro— explicó el guardia como si le leyera el pensamiento. —Todo el mundo sabe del tiroteo en Berlín, de las muertes, de la muerte de los Trümper, del escape de Brian y, claro, del motivo por el que estás aquí. Eres famoso.

—Increíble— murmuró Beckham. Intentando no tensarse al oír el nombre de Brian. ¿Cómo coño seguía vivo ese cabrón? ¿Por qué Tom no lo mató?

Por fin llegaron a la Celda 47. El guardia abrió la puerta pesada de acero y dejó ver un espacio al que era generoso llamar «celda». Las paredes eran de dos metros por tres. Había una cama de hormigón con un colchón finísimo, un váter de acero sin tapa, un lavabo. Una ventana estrecha de diez centímetros que daba a… una pared de hormigón. Y ya está.

—Adentro— ordenó el guardia.

Beckham entró. La puerta se cerró detrás de él con un sonido definitivo, absoluto. El cerrojo electrónico se activó y quedó sellado. Beckham se quedó plantado en el centro de su nueva realidad, mirando las cuatro paredes grises que serían su mundo durante los próximos quince años. Despacio, se sentó en el borde de la cama de hormigón. Apoyó la cabeza en las manos y, por primera vez desde que todo esto empezó, Beckham Chase lloró. No fueron sollozos fuertes, solo lágrimas silenciosas rodando por las mejillas y cayendo al suelo de hormigón.

Sabía que la lealtad había merecido la pena; de todos modos, tenía que colaborar con la idea de los Trümper de desaparecer del mapa. Beckham se preguntaba si intentarían resurgir bajo otro nombre o si simplemente harían su vida como si nada, con identidades falsas. También se preguntaba cómo estaría su preciosa novia, si al menos ya había asumido que no lo vería en mucho tiempo. Si estaba triste o ya no tanto.

Fuera de su celda, el Bloque H se fue calmando poco a poco. Los gritos se convirtieron en murmullos y los golpes en las rejas pararon. Pero Beckham sabía que esto solo era el principio. Supermax no era solo una prisión, era el sitio al que mandaban a la gente para romperla, y tenía quince años por delante para descubrir si lo romperían a él. Pero conociéndose como se conocía, sabía que no sería así. Acabaría formando su propio grupillo de presos que lo respetarían más adelante.

Encontraría la forma de sobrevivir.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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