Silent promise 5

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 5

Nos quedamos clavados mirándonos; tiene una expresión tan arrogante en la cara este hijo de puta que juro que me dan ganas de partirle la cara a puñetazos.

Varios agentes de los escritorios de al lado han dejado lo que estaban haciendo y nos miran. Sé que estamos montando un espectáculo por nada, pero a veces Xavier me colma la paciencia y últimamente la tengo por los suelos. Ni siquiera sé si alguna vez la tuve infinita; ahora va justísima. Todo me irrita, me frustra, agh… me apetecería estamparle la cara contra el suelo.

—Chicos, chicos, chicos.— una voz nueva, exasperada y leve, rompe el momento.

Sheryl aparece entre nosotros como una pequeña tormenta de energía. Es menuda, apenas metro sesenta, con el pelo castaño recogido en una cola de caballo siempre despeinada y unas gafas de montura negra que no paran de resbalarle por la nariz. Alex la llama «pequeña Wagner». Es increíble: alegre, siempre ve el lado positivo y, sobre todo, hace caso a su instinto.

—¿En serio?— nos mira a los dos con desaprobación y las manos en la cintura —¿Vais a montar esto aquí? ¿Ahora? ¿Delante de todo el mundo?

Xavier se endereza, ajustándose la corbata como si eso fuera importante. —Solo tenía una conversación casual con Keller— dice, mirándome de reojo. Yo me cruzo de brazos y lo ignoro.

—Sí, claro. Y yo soy la canciller de Alemania— Sheryl pone los ojos en blanco —Lárgate, Müller. Antes de que le cuente a Alex que estás acosando a sus agentes otra vez.— Xavier me lanza una última mirada; su expresión deja claro que esto no ha acabado, y se aleja hacia su mesa. Sheryl suspira de forma dramática. —Ese hombre es un dolor de cabeza andante.

—No hacía falta que intervinieras— le digo, aunque le agradezco que lo hiciera.

—Sí que hacía falta— contesta —Si los dejaba, acabaríais en el suelo dándoos de tortas como colegiales.— se sienta en el borde de mi escritorio y se sube las gafas por la nariz —¿Qué te ha dicho esta vez?

—Lo de siempre. Que no merezco mi puesto, que solo estoy aquí por Alex. La letanía de siempre— resoplo, cansado. Me aburre repetir lo mismo con él.

—Idiota— murmura Sheryl —Xavier está resentido porque llegaste y en dos años conseguiste lo que él no: ganarte el respeto de Alex y el código operativo más importante de la división.

Sonrío; eso lo he logrado a base de sangre, sudor y currar.

Sheryl es mi mejor amiga aquí; bueno, quizá mi única amiga de verdad. Es analista de inteligencia, una máquina con los ordenadores: puede rastrear cualquier cosa con tiempo y mucho café. Fue una de las primeras que me habló cuando llegué y todos los demás me miraban con desconfianza y morbo.

«El ex-convicto que resultó ser inocente.»

Ese era mi apodo oficioso, pero Sheryl nunca me trató diferente. Me vio como lo que soy: un agente que intenta hacer bien su trabajo.

—¿Qué tal la reunión?— cambia de tema.

—Tensa— contesto al instante —Al ministro no le hace gracia lo de Nexus.

—¿Quién puede culparle? Un cadáver colgando de un puente con tu nombre encima pone nerviosa a cualquiera.

—Raven. No mi nombre real— le recuerdo.

—Para el mundo criminal es lo mismo— apunta y tiene razón; por eso respiro hondo y suelto un suspiro cansado —¿Qué decidieron?

Miro alrededor, asegurándome de que nadie nos esté oyendo demasiado. —Habrá operativo en dos días. En la bodega número tres del puerto de Berlín.

Los ojos de Sheryl se abren detrás de las gafas. —¿La operación central del Clan Geist?— pregunta; asiento con la cabeza levemente. Siempre la informo de las reuniones para que pueda ayudarme con la investigación —Eso es… grande. ¿Cuándo salimos?

—Mañana por la tarde— me humedezco los labios, algo nervioso. No es la primera vez que lidero un operativo —Tenemos un vuelo directo a Berlín y solo treinta y seis horas para coordinar todo con las autoridades alemanas antes de actuar.

—Es necesario— murmura ella.

—Si queremos desestabilizarlos, hay que pegar donde duele.

—¿Y si sale mal?

—No va a salir mal— digo con más seguridad de la que realmente siento —Tenemos la info, el equipo y, sobre todo, la ventaja.— Sheryl me mira un momento, mordiéndose el labio inferior; ese es su gesto cuando está preocupada. —¿Qué?— pregunto.

—Nada. Solo… ten cuidado, ¿vale? El Clan Geist no son principiantes, son profesionales. Despiadados, según el último archivo que tenemos, actualizado hace un par de años. Y ahora que les has declarado la guerra…

—Ellos me la declararon a mí— corrijo —Yo solo estoy respondiendo.

—Semántica— susurra, exhalando y esbozando una media sonrisa —De todas formas, te vas a meter en la boca del lobo. Y no quiero que mi mejor amigo acabe como Werner.

Me trago la saliva; todavía tengo en la cabeza la imagen de las extremidades de Werner colgando de ese puente en Alemania. —No voy a acabar como Werner— le aseguro —Estaré bien. Te lo prometo.

—Más te vale— dice —Porque si mueres, nadie va a aguantar a Xavier por ti…

Me río a pesar de todo. —Prioridades, ¿eh?

—Siempre— responde, aunque se le nota la preocupación en los ojos. Suspira —Hablando en serio, Ben, esta operación me da muy mal rollo. No sé, intuición femenina o lo que quieras.

—Tu intuición femenina es básicamente ansiedad— bromeo, aunque valoro que se preocupe.

—Puede ser. Pero mi ansiedad me ha salvado el culo más de una vez.— se levanta del borde de mi mesa y se recoloca las gafas —¿Necesitas algo para el operativo? ¿Análisis extra? ¿Mapas térmicos de la bodega? ¿Café de los de verdad?

—Todo lo anterior— admito —Especialmente el café.

—Hecho. Te lo mando todo por correo en una hora. Y el café…— mira el reloj —te lo traigo en diez minutos. Sé que sales ahora de una reunión política virtual y necesitarás algo fuerte. Empaco mapas actualizados de Berlín, perfiles térmicos del puerto, todo lo que haga falta.

—Eres la mejor.

—Lo sé— me guiña un ojo y se va hacia su puesto.

Me quedo solo en mi mesa. Enciendo el ordenador y abro los archivos de la Operación Nexus: fotos de vigilancia, los informes sobre Werner y los de mis informantes, mapas, nombres, caras y caras tapadas, como Klaus y Viktor König, dos hermanos con dos años de diferencia… los co-líderes del Clan Geist.

Criminales, narcos y asesinos.

Repaso sus fotos de archivo, donde apenas se les ven los ojos. Imágenes borrosas de cámaras, algunas identificaciones que no sabes si son reales porque son papeles que Werner consiguió, todo mezclado en informes policiales.

Klaus König, treinta y un años, tatuajes visibles, especialmente uno en el cuello. Lleva el pelo en trenzas finas recogidas en un moño, es lo que se aprecia en la imagen. Ojos marrones que, aunque la foto esté movida, parecen clavarte la mirada; su cara casi siempre aparece con pasamontañas negro, igual que la de su hermano. Son las fotos más claras que Werner pudo sacar sin que lo pillaran…

Y hay algo en la mirada de Klaus König… algo que no sé describir. Me quedo más rato del necesario mirando su foto.

¿Por qué? Ni idea.

Sacudo la cabeza y cierro el archivo. No es momento de distracciones: en dos días golpeamos su operación; en dos días damos el primer golpe de verdad en esta guerra. Y cuando lo hagamos, el Clan Geist sabrá que Raven no es solo un nombre. Es una amenaza real. Aunque no sepan que detrás de ese nombre está Benjamín Keller, agente de la DEA. Un hombre sin pasado.

Un fantasma cazando a otros fantasmas.

Y si la doctora en terapia me preguntara cómo me siento con todo esto… no sabría qué responder.

Porque lo único que siento es ese vacío familiar, ese hueco donde debería estar mi vida de antes. Mi familia, mi amor, mi identidad de verdad. Pero eso ahora no importa: lo que importa es el curro, y el curro está claro.

Atraparlos.

Desmantelar al Clan Geist, ganar esta guerra, aunque no recuerde por qué empezó. Aunque no sepa qué perdí por el camino, aunque cada noche, cuando cierro los ojos, tenga la sensación de que hay algo… alguien… que debería recordar. Un rostro sin nombre, una voz, un amor sin memoria.

Pero será solo mi imaginación.

¿Verdad?

&

A las seis de la tarde salgo de la oficina.

El sol ya está bajando, tiñe el cielo de Washington D.C. de naranjas y rosas. El tráfico está a tope, como siempre a esta hora, así que pillo el metro en vez de ir en coche. Necesito ese rato para pensar, para descomprimir antes de la sesión, porque los miércoles toca terapia.

Parte del trato que hice con Alex cuando me sacó de prisión fue eso: terapia obligatoria cada semana, sin excusas. Dice que es importante que recupere la memoria, y yo, aunque me muero por saber y de verdad quiero recuperarla, tengo miedo… todavía tengo clavado el recuerdo de cuando me condenaron a diecisiete años. Joder. Habría sido un infierno si no llega a ser por Beckham, o como le gustaba que le llamara, Bach…

Él me llamaba Billie. ¿Por qué? Ni idea, pero me decía que cuidaría de mí mientras estuviera allí. Él sí me creyó lo de la amnesia, no como los demás convictos…

Pero bueno, volviendo a lo de las terapias…

Al principio las odiaba. La idea de sentarme delante de una desconocida y hablar de mis sentimientos, mis miedos, de un pasado que no recuerdo… me parecía una pérdida de tiempo. Pero Alex fue inflexible. «No es negociable, Benjamín. Si quieres currar en la DEA, si quieres llevar un arma y tomar decisiones de vida o muerte, tienes que estar mentalmente estable, y la terapia forma parte de eso.»

Así que acepté.

Y con el tiempo… bueno, no diría que me gusta, pero ya no lo odio.

El consultorio de la doctora Alexandra Hoffman está en un edificio discreto en Georgetown, en el tercer piso. Hay una plaquita al lado de la puerta que pone «Dra. A. Hoffman — Psicología Clínica».

Subo las escaleras, siempre las escaleras, nunca el ascensor, una manía de la que no sé si me he hecho ahora o venía de antes, y llego a su puerta justo a las seis y media. Puntual, como siempre. Sin pensarlo mucho toco dos veces. —Adelante —oigo su voz desde dentro. Cojo la manilla, la giro un poco y la puerta se abre.

Entro.

El consultorio es acogedor, cálido. Paredes en beige claro, estanterías llenas de libros sobre psicología, trauma y todo ese rollo. Un escritorio ordenado junto a la ventana y, en medio, dos sillones de cuero marrón enfrentados con una mesita con una caja de pañuelos.

La doctora Hoffman está en uno de los sillones con una libreta en el regazo. Es una mujer de unos cincuenta; nunca me he atrevido a preguntarle la edad. Tiene el pelo castaño con alguna cana que no disimula, recogido en un moño suelto. Lleva gafas de lectura colgando de una cadena. Su expresión es serena, pero los ojos van al detalle; no se le escapa nada.

—Benjamín— me saluda con una pequeña sonrisa —Puntual, como siempre.

—Hábitos de la DEA— contesto mientras cierro la puerta.

—Siéntate, por favor.

Me acomodo en el sillón frente a ella. Es cómodo, demasiado cómodo. Como si quisiera que bajara la guardia, que imagino que es el punto.

—¿Cómo ha ido la semana?— pregunta, con tono casual pero atento.

—Complicada— respondo con un suspiro.

—¿Quieres hablar de ello?

Dudo un momento. Hay cosas que no puedo contar por lo clasificadas que están. Pero lo general sí puedo. —Perdimos a un contacto, un informante… lo mataron.

Su cara se suaviza. —Lo siento. ¿Era alguien cercano?

—No exactamente, más bien un contacto profesional. Pero…— me paro, buscando las palabras —Era mi responsabilidad y no pude protegerlo.

—¿Sientes que su muerte es culpa tuya?

Esa es la pregunta, ¿no? —Siento que debería haber hecho más, haber sido más cuidadoso, haber anticipado el peligro.

—Benjamín— dice con esa voz calmada que usa cuando sabe que me estoy exigiendo demasiado —Trabajas en un campo extremadamente peligroso; no puedes controlar todas las variables. No puedes proteger a todo el mundo todo el tiempo.

—Eso no lo hace más fácil.

—No, no lo hace— concede con tranquilidad —Y está bien sentir culpa. Está bien sentir dolor por la pérdida; eso te hace humano. Pero no puedes cargar con el peso de cada muerte como si fuera tu culpa personal.— asiento, aunque sus palabras no calan del todo, nunca lo hacen —¿Cómo has dormido?— pregunta, cambiando el tema con sutileza.

—Regular. Tres, cuatro horas por noche— respondo con desdén; no le doy mucha importancia a las horas que duermo.

—¿Pesadillas?— pregunta.

—No exactamente pesadillas, más bien…— busco la palabra justa —Inquietud. Como si mi mente no pudiera apagarse.

—¿Crees que son pensamientos intrusivos?

—No. Solo… vacío, ¿silencio? Pero un silencio que suena mucho— musito rápido —No sé si tiene sentido.

Ella anota algo en la libreta y me quedo pensando qué habrá escrito, qué analiza de mis palabras. —¿Has tenido algún recuerdo esta semana?— la pregunta de siempre, a la que yo siempre respondo que no —¿Algún flashback? ¿Alguna imagen que te haya parecido familiar?

Pienso un rato; en todos estos años no he tenido nada, ni un fragmento, y es agobiante. Pero recuerdo que, al revisar archivos, vi unos ojos marrones: los de Klaus König, alias Frost.

—Hoy…— empiezo despacio, apretando los labios porque no sé si debo contarlo —Estaba revisando archivos de trabajo. Fotos de objetivos, en concreto, y había una foto… de un hombre, un criminal…— respiro de nuevo, siento una presión en el pecho difícil de explicar —Y por un segundo, al mirarlo, noté… algo.

Los ojos de la doctora Hoffman se ponen más vivaces, interesa. —¿Qué tipo de «algo», Benjamín?

—No lo sé— respondo —Fue raro, no sé cómo explicarlo… fue como si debiera conocerlo. Pero no tiene sentido; nunca lo he visto en mi vida. Al menos no que recuerde. Y aclaro que fue solo por los ojos.

Ella asiente despacio. —¿Recuerdas su nombre?

Joder.

—Sí, es… Klaus… Klaus König…

La doctora apunta el nombre nada más oírlo. —¿Y qué sentiste exactamente al ver su foto?— pregunta.

Me froto la cara, intento poner en palabras algo que ni yo entiendo. —Fue como… cuando estás a punto de recordar algo, como cuando una palabra está en la punta de la lengua y no puedes cogerla. Fue eso. Pero con sus ojos…

—¿Te provocó alguna emoción? ¿Miedo? ¿Ira? ¿Familiaridad, quizás?

—No sé. Quizá…— hago una pausa y me humedezco los labios —¿Tristeza? Pero eso no tiene sentido, doctora. Es un criminal, un narco. ¿Por qué iba a sentir tristeza?

—La mente y las emociones no siempre son lógicas, Benjamín— dice con suavidad —Especialmente cuando hay trauma y amnesia de por medio. Es posible que tu subconsciente esté reaccionando a algo a lo que tu mente consciente no puede acceder.

—¿Cree que lo conocí?

—Es posible— comenta —También es posible que simplemente haya algo en su cara que te recuerde a otra persona. A alguien importante.

—Pero no recuerdo a nadie importante. No recuerdo a nadie, punto— mi voz suena más frustrada de lo que pretendía.

La doctora Hoffman me mira con esa expresión comprensiva que siempre pone, la de manual, la que usa con todos sus pacientes. —Lo sé. Y sé lo frustrante que es para ti. Llevas años intentando recuperar esos recuerdos, y cada vez que crees que estás cerca, se esfuman, como humo.

—A veces pienso que sería más fácil aceptar que nunca volverán.— digo, con un nudo en la garganta —Que esa persona que fui antes del coma… simplemente murió. Y lo que queda soy yo, Benjamín Keller. Sin pasado, solo presente.

—¿Eso es lo que de verdad quieres? ¿Rendirte?

Suelto un bufido y cierro los ojos unos segundos, intentando ordenar lo que tengo en la cabeza.

—No lo sé. A veces siento que sí, que sería más fácil, pero otras veces…— trago saliva —otras veces tengo este vacío dentro, este hueco enorme.— me doy un golpecito en el pecho —Como si me faltara algo esencial, como si hubiera perdido algo tan importante que hasta el alma lo nota, aunque la mente no lo recuerde.

—¿Qué crees que perdiste?

—Ya lo he dicho muchas veces, pero… no lo sé. ¿Familia? ¿amigos? ¿amor?

—¿Amor?— repite, y noto ese tonillo curioso de psicóloga, incluso frunce un poco los ojos.

—A veces— admito, y es la primera vez que lo digo en voz alta —siento como si hubiera amado a alguien, profundamente. Como si hubiese formado parte de algo… importante. Y ahora solo queda el vacío, como si me hubieran arrancado el corazón y dejado el hueco.

El silencio que sigue es insoportable, eterno.

—Eso es bastante específico, Benjamín— dice al fin la doctora —¿Has sentido eso antes?

—Siempre. Desde que desperté del coma, pero nunca lo había puesto en palabras.— confieso, mirando al suelo, avergonzado. Nunca me había sentido preparado para decirlo, y aunque ahora lo hago con calma, me da vergüenza.

—¿Y hay alguien ahora en tu vida que llene ese vacío? ¿aunque sea un poco?

Pienso en Sheryl, en Alex, en mis compañeros, en la gente que me aprecia… pero no. Ninguno llena ese hueco. —No— respondo, sincero —Hay gente a la que quiero, en la que confío, pero ninguno de ellos… ninguno llena eso.

—Porque ese vacío pertenece a alguien concreto, alguien que perdiste.— dice ella, y no lo pregunta, lo afirma. Y tiene razón.

—¿Cree que alguna vez lo recordaré?— pregunto, y mi voz suena más frágil de lo que me gustaría. La doctora se quita las gafas y me mira directamente.

—Sinceramente, no lo sé. La amnesia postraumática es muy compleja.— dice mirándome a los ojos —Algunos pacientes recuperan sus recuerdos poco a poco, otros nunca lo hacen, y otros los recuperan de golpe, por un detonante específico. Puede ser un olor, un sonido, una cara…

—¿Como la foto de hoy?

—Podría ser. Si ese tal Klaus König tiene algo que te recuerde de verdad a alguien de tu pasado, estar expuesto a su imagen o a información sobre él podría despertar algo.— dice con calma.

—O podría no pasar nada.

—O podría no pasar nada.— asiente.

Me dejo caer en el sillón, agotado de repente.

—A veces desearía poder abrir una puerta en mi cabeza y encontrarlo todo ahí, perfectamente ordenado. Mi nombre real, mi familia, mi vida… todo.

—Lo sé. Pero la mente no funciona así, y forzar los recuerdos puede hacer más daño que bien.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Solo espero?

—No. Sigues viviendo. Sigues construyendo tu vida, siendo quien eres ahora, Benjamín Keller, agente de la DEA. Si los recuerdos vuelven, los acoges. Y si no… también está bien.

—¿Está bien?— repito, incrédulo —¿Está bien no saber quién fui? ¿Si tuve padres que me quisieron? ¿Hermanos? ¿Alguien que me esperó y nunca volví?

Mi voz se quiebra un poco en la última palabra. La doctora Hoffman se inclina hacia adelante. —No. No está bien.— suspira —Es una tragedia. Es una pérdida enorme. Pero, Benjamín, llevas años cargando con eso y no puedes vivir el resto de tu vida como un fantasma pegado al pasado. En algún momento tienes que permitirte vivir el presente.

—¿Y si mi presente está montado sobre mentiras? ¿Sobre una identidad que no es la mía?

—Tu identidad es tuya; la has construido día a día. Tomando decisión tras decisión. Eso es real. Eso vale.— quiero creerla, de verdad quiero. Pero ese hueco en el pecho no se cierra, ese vacío no se rellena, y esa sensación al ver la foto de Klaus König… ese sentimiento de pérdida no puedo obviarlo. —Se nos acaba la sesión— dice la doctora mirando el reloj —Pero antes de que te vayas, quiero que hagas algo por mí.

—¿Qué?

—Fíjate esta semana en cualquier sensación rara.— pide —Cualquier emoción que te parezca fuera de lugar, especialmente si vuelves a notar esa conexión extraña con algo o con alguien. Apúntalo. Y lo hablamos la próxima sesión.

—¿Crees que es importante?

—Creo que tu mente está intentando decirte algo. Y quizá, sólo quizá, estemos cerca de un avance.

Me pongo en pie y ella también. —Gracias, doctora.

—Cuídate, Benjamín. Y recuerda: no estás solo en esto; tienes gente ahora que se preocupa por ti y no tienes que cargar con todo tú solo.— asiento, aunque no termino de creerlo del todo.

Salgo del consultorio y bajo las escaleras despacio. Afuera la noche ha caído por completo, las luces de la ciudad brillan. Todo sigue su ritmo, indiferente a mi crisis existencial. Camino hacia el metro con las manos en los bolsillos y la cabeza a mil.

Klaus König…

Ese nombre, esos ojos… ¿por qué me afectan? ¿Por qué siento que debería conocerlo? En dos días vamos a atacar su operación, daré el primer golpe serio y quizá lo acerque un paso más a la detención. Y si lo que dice la doctora es cierto, si él es de algún modo parte de mi pasado…

¿Qué significa eso?

¿Fui su enemigo? ¿Su víctima? ¿Algo distinto?

No lo sé, y eso es lo más aterrador: no saber.

Llego al apartamento una hora después. Es pequeño pero funcional: dormitorio, sala, cocina, muebles justos, nada personal, porque no tengo nada personal. Sin fotos, sin recuerdos, sin reliquias de otra vida. Solo yo. Y ese puto eco de algo perdido vuelve a mí como una ráfaga de viento que me atraviesa la cabeza. Cierro los ojos.

—¿Quién eres? ¿Y por qué siento que te conozco?— pregunto en un susurro al techo mientras me tumbo en la cama; ni siquiera recuerdo bien cuándo entré en la habitación. El silencio no responde.

Nunca lo hace.

Quizá estoy condenado a no recordar. Quizá he perdido la memoria para siempre, supongo…

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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