Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 56

Ella es bastante nueva aquí en el bar, apenas lleva in par de días desde que la traje de Brasil. Y ahora me doy cuenta de que probablemente nadie le ha explicado bien cómo funciona todo el rollo de las chicas que entretienen a los clientes bailando en los tubos, en el escenario o entre las mesas. Se suponía que eso lo tenía que hacer Georg, porque yo he estado liado con lo de mi moreno.

Pero el gilipollas no ha hecho nada, así que le voy a bajar el sueldo fijo.

—Vale— empiezo, dándole un trago tranquilo a mi cerveza —Te voy a explicar todo desde cero para que lo pilles al cien por cien cómo funciona esto aquí.

—Por favor, sí— dice ella inclinándose hacia delante, prestándome toda su atención. Sus ojos marrones están clavados en los míos. Tiene una sonrisita pequeña en los labios —Porque la verdad es que estoy un poco perdida con varias cosas.

—Primero lo básico: tenemos dos tipos de bailarinas trabajando aquí— le explico con calma —Las de escenario principales y las de piso. Son roles distintos con responsabilidades distintas.

—¿Cuál es la diferencia exactamente?— pregunta, levantando una ceja con picardía.

—Las de escenario son las estrellas, las que hacen los shows programados en el escenario central y en los tubos principales— le respondo, dándole otro trago a la birra antes de seguir —Tienen coreografías preparadas, vestuarios más currados y normalmente son las más experimentadas y con más talento. Hacen tres shows grandes por noche: uno a las nueve, otro a las once y el último a la una de la mañana. Cada show dura entre veinte y treinta minutos.

Catalina asiente, tomando nota mental de todo. —¿Y las de piso qué hacen?

—Ellas van circulando entre las mesas y la zona de la barra— le doy otro sorbo al whisky, refrescándome la garganta al momento —Bailan para clientes individuales o grupitos pequeños, de forma más íntima y personal. No tienen coreos fijas, improvisan según la música y lo que quiera el cliente. Son más… interactivas, digamos. Charlan con ellos, coquetean dentro de los límites que hay, crean ese ambiente de club nocturno.

—Entiendo. ¿Y cómo va el tema del dinero? Esa parte no me quedó clara— dice riéndose un poco —Te juro que tu colega Georg es un desastre explicando, ¿eh? No entendí ni media palabra de lo que soltó.

Suelto una risita porque sé que a veces Georg es un puto desastre dando explicaciones. —Pues ahí es donde se pone interesante— digo, con una sonrisita ladeada —Las bailarinas cobran de tres formas: salario base, propinas directas y propinas de botella.

Catalina ladea la cabeza, confusa. —¿Propinas de botella? ¿Eso qué es?

—Te lo explico todo por orden— sigo —Primero, el salario base. Todas las bailarinas, tanto de escenario como de piso, cobran un sueldo fijo que les pago cada quince días. No es una pasta loca porque la mayor parte del dinero viene de las propinas, pero da para cubrir lo básico. Las de escenario cobran un poco más de base porque tienen más responsabilidad y necesitan más nivel.

—Tiene sentido.

—Segundo, las propinas directas. Son las que los clientes les dan en mano, en efectivo. Los tíos les pueden meter billetes en la ropa mientras bailan, dejarles pasta en las mesas que tienen asignadas o darles propina después de un baile privado. Todo ese dinero es cien por cien suyo. Yo no cojo ni un céntimo de las propinas directas. Es pasta que se han ganado ellas.

—¿Nada? ¿De verdad no te quedas con ningún porcentaje?— pregunta flipando bastante, y yo asiento —Eso es rarísimo. La mayoría de los clubes se quedan entre el veinte y el cuarenta por ciento.

—Yo no soy la mayoría— respondo sin más —No me parece justo quitarles parte de lo que se han currado directamente. Ellas se matan, usan su talento y su cuerpo para entretener, se merecen quedárselo todo.

Catalina me mira con algo que parece… admiración. O sorpresa. No sé. Yo solo sigo bebiendo de la cerveza, sin quitarle los ojos de encima. —Eso es muy generoso por tu parte, Klaus.

Me encojo de hombros, quitándole hierro al temita. —Es simplemente justo.

Ella se muerde el labio inferior despacito, y joder, ese gesto que hace sin querer le queda sexy. En el buen sentido, claro. —¿Y las propinas de botella?— pregunta, volviendo al tema.

—Ah, sí. ¿Ves todas esas botellas de champán, vodka premium, whisky caro que tenemos expuestas detrás de la barra?— señalo con la cabeza hacia el estante iluminado con luces LED azules, donde están perfectamente alineadas: Dom Pérignon, Cristal, Grey Goose, Patrón, Johnnie Walker Blue Label.

—Sí, las veo. Son impresionantes.

—Esas botellas cuestan entre trescientos y dos mil dólares cada una, dependiendo de la marca y el año— murmuro —Cuando un cliente compra una de esas botellas caras, automáticamente le asignamos una bailarina personal que lo atiende toda la noche. Se sienta con él, charla, baila solo para él, lo hace sentir especial e importante. Es servicio VIP puro.

—Oh, interesante. ¿Y la propina?

—La bailarina que le toca recibe automáticamente el veinte por ciento del precio de la botella como propina garantizada— explico —Entonces, si un tío se gasta mil dólares en una botella de Cristal, la chica se lleva doscientos pavos fijos, sin hacer nada más que estar con él. Y eso es aparte de cualquier propina extra que el cliente le quiera soltar durante la noche.

Catalina silba impresionada. —Joder, eso es muy buen dinero.

—Exacto. Por eso las bailarinas se pelean por atender a los que piden botellas caras. Es la forma más fácil de pillar mucha pasta en una sola noche. He visto a chicas sacarse más de cinco mil dólares en una noche cuando les toca un grupo de ejecutivos o narcos celebrando algo gordo y pidiendo varias botellas caras.

—¿Y cómo decides quién atiende a cada cliente con botella?

—Hay un sistema de rotación justo— explico al momento —Llevamos un registro en una tablet detrás de la barra. Cuando llega un pedido de botella cara, le toca a la siguiente de la lista que esté libre. Así todas tienen las mismas oportunidades. A menos que el cliente pida específicamente a una por nombre, en cuyo caso ella lo atiende sin importar el turno.

Catalina asiente, procesando todo. —¿Y qué pasa con los bailes privados? ¿Cómo funcionan esos?

—Tenemos cinco cuartos privados en el segundo piso— señalo hacia arriba con el pulgar —Son cuartitos pequeños, acogedores, con sofá, luz tenue que se regula y un tubo para bailar. Completamente privados con puerta que se cierra, pero tienen cámaras de seguridad que mis guardias monitorizan todo el rato para proteger a las chicas.

—¿Cámaras?— pregunta sorprendida.

—Absolutamente— asiento lentamente con la cabeza —Regla número uno aquí: la seguridad de las empleadas es lo primero. Las cámaras no tienen audio, solo vídeo, y están puestas de forma que no invaden pero sí captan si alguien se pasa con una bailarina. Si un cliente la toca donde no debe, se pone violento o intenta forzarla a algo, mis guardias entran al segundo y ese tío sale del bar para siempre. Y dependiendo de lo grave que sea, igual no sale caminando del edificio.

La castaña me mira con esos ojos grandes, flipando.

—Joder, te tomas muy en serio la seguridad.

—Por supuesto. Estas mujeres trabajan para mí, están bajo mi protección. Nadie las toca sin permiso, nadie las jode. Si alguien lo hace, me lo tomo como algo personal.

Ella sonríe, jugando con la etiqueta de su cerveza.

—Eres como un jefe protector. Es… atractivo, tengo que admitirlo.

Decido pasar del hecho de que parece que me ha tirado un piropo sutil y sigo con lo profesional.

—Los bailes privados cuestan ciento cincuenta dólares por veinte minutos— suelto sin más —De esos ciento cincuenta, la bailarina se queda con cien y la casa con cincuenta. Esos cincuenta cubren el uso del cuarto, la limpieza, la seguridad y demás gastos operativos.

—Muy razonable. ¿Hay reglas claras sobre qué pueden o no pueden hacer en los bailes privados?

—Sí, reglas muy claras que todas saben desde el primer día— respondo firmemente —Pueden bailar sensual, hacer contacto visual, charlar, coquetear. El cliente puede tocarlas SOLO en sitios concretos y SOLO si ella da permiso verbal, ya sea en brazos, espalda, cintura por encima de la ropa. Pero está totalmente prohibido tocar tetas, culo, entrepierna o cualquier zona íntima. Si una bailarina se siente incómoda en cualquier momento, puede cortar el baile al instante sin que le pase nada.

—¿Y si un cliente ofrece más pasta por… ya sabes, más?

—Se rechaza automáticamente— digo con dureza —Esto es un bar con entretenimiento para adultos, no un puticlub. Tengo muy clara esa línea. Las bailarinas no son trabajadoras sexuales y no se les pide ni se les permite ofrecer servicios sexuales de ningún tipo. Si alguna quiere hacer eso en su tiempo libre fuera del bar, es su decisión, pero aquí dentro está prohibidísimo. Y si pillo a un cliente presionando a una chica para sexo, lo echo y entra en la lista negra para siempre.

Catalina me estudia con esos ojos cafés, mordiéndose el labio inferior otra vez sin darse cuenta. —¿Sabes? Es bastante sexy cuando te pones así de serio y protector con tus empleadas. Se nota que de verdad te importan— dice —Tu novio no se cabrea por esas cosas, ¿verdad?

—Solo soy un buen jefe y con respecto a mi novio, sí, puede que se mosquee un poco pero es solo tema laboral y él lo entendería— respondo seco, dándole un trago largo a la cerveza —Nada más que eso.

Ella se ríe bajito, nada intimidada por mi tono.

—¿Y qué hay de los vestuarios? Esa es una de mis responsabilidades principales, ¿no?

—Sí, como organizadora y supervisora, tú te encargas de coordinar todos los vestuarios y de que estén en condiciones— confirmo, agradecido de volver a lo laboral —Tenemos un presupuesto mensual de cinco mil dólares para vestuarios. Con eso compramos lencería nueva, disfraces temáticos, complementos, tacones, lo que haga falta.

—¡¿Cinco mil al mes solo en ropa?!

—Sí. Parece mucho pero se va volando cuando tienes quince bailarinas que necesitan ropa nueva constantemente. La lencería se desgasta, los tacones se rompen, queremos variedad para que los shows no parezcan repetitivos. Los clientes habituales vienen varias veces por semana, no quieren ver siempre lo mismo.

—Es verdad. ¿Hay algún código de vestimenta o restricciones?

—Nada demasiado explícito o cutre— comento —Sí a lencería sexy, bodys, conjuntos de encaje, ropa brillante, disfraces creativos. No a desnudez total, esto no es un strip club al uso. Las chicas siempre tienen que llevar al menos ropa interior puesta, aunque sea mínima. Sujetador y tanga como mínimo absoluto. Y todo tiene que verse elegante, de calidad. No quiero que parezcan baratas o desesperadas. Quiero que parezcan lo que son: artistas profesionales del entretenimiento.

Ella asiente otra vez. —¿Y los horarios? ¿Cómo va la programación?

—Tenemos tres turnos— levanto tres dedos —El temprano de seis de la tarde a once de la noche. El principal de once de la noche a cuatro de la mañana. Y el de cierre de cuatro de la mañana hasta que cerramos del todo sobre las seis para limpiar. Las bailarinas eligen sus turnos preferidos al principio de cada mes según antigüedad. Las que llevan más tiempo escogen primero.

—¿Y cuántas bailarinas hay por turno?

—Depende del día. Entre semana unas cinco o seis por turno. Los findes subimos a ocho o diez porque hay más gente. Tu curro es asegurarte de que siempre haya suficiente personal, coordinar sustitutas si alguien se pone mala o tiene un imprevisto, y resolver cualquier movida entre las chicas.

—¿Hay muchas movidas normalmente?

Me río un poco. —Más de las que te imaginas.— pienso en Vanessa.

Ella siempre ha sido la causante de muchos marrones cuando la consideré mi «puta favorita» y sé que dije que esas cosas no estaban permitidas, pero yo soy el jefe y hago excepciones cuando se trata de mí. Vanessa es buena en lo que hace, una bailarina cojonuda. Ahora que me acuerdo de ella, tenemos una conversación pendiente. O mejor dicho, debo declarar a Bill como mi pareja ya mismo antes de que pase algo.

—Cuando tienes un grupo de mujeres competitivas currando por propinas, el drama es inevitable— sigo después de salir de mis pensamientos —Peleas por clientes, acusaciones de que le han robado propinas, rivalidades personales, todo ese rollo. Tu curro es mediar, mantener la paz y asegurarte de que el drama no joda el negocio ni la experiencia de los clientes.

—Suena… interesante— dice Catalina con una sonrisa traviesa en los labios —Creo que puedo con eso. Soy buena lidiando con personalidades complicadas.

—Espero que sí, porque algunas de estas chicas pueden ser… intensas.

Ella se inclina un poco más cerca, su rodilla roza «accidentalmente» la mía. —¿Y tú, Klaus? ¿Tú también eres intenso?

¿Está coqueteando otra vez? ¿En serio? Me aparto un poco, creando distancia al momento. —Soy intenso con mi negocio y con las personas que amo. Nada más que eso.

—Mmm, tu novio es un afortunado teniéndote— dice ella, jugando con un mechón de su pelo, enroscándolo alrededor del dedo. Su melena sigue siendo un enredo bonito de rizos —No muchos tíos son tan… dedicados.

—Y yo soy afortunado teniéndolo a él— le aclaro.

—Qué mono— dice, pero hay algo en su tono que suena casi… sarcástico. Muy sutil, pero está ahí. Debo estar imaginándomelo, no puedo ir pensando cosas que no son cuando se menciona a mi moreno —¿Lleváis mucho tiempo juntos?

—El suficiente para saber que es la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida— respondo, siendo deliberadamente vago. No necesita saber toda nuestra historia.

—¿Y os vais a casar pronto?

—Cuando las circunstancias lo permitan, sí. Tenemos algunos asuntos que resolver primero, pero es definitivo.

Catalina asiente, terminando su cerveza. —Debe de ser bonito tener esa certeza con alguien— dice, y por primera vez suena sincera de verdad —Yo nunca he tenido eso. Nunca he estado con alguien que me hiciera sentir tan segura.

Hay un momento de silencio que se siente menos tenso, más cómodo. —Lo encontrarás tarde o temprano— digo, suavizando el tono poco a poco —Solo hay que ser paciente y no buscar en los sitios equivocados.

Ella me mira con una sonrisa pequeña, más real que las de antes. —¿Como en bares de narcos, quieres decir?

Me río a pesar de mí mismo. —Exacto, como en esos.

—Bueno, pero aquí al menos encontré un buen jefe— dice, levantando su botella vacía —Gracias por explicármelo todo, Klaus. De verdad. Me siento mucho más preparada ahora.

—De nada. Si tienes más dudas sobre cualquier cosa, pregúntame o mándame un mensaje. Siempre estoy disponible para temas del negocio.

—¿Y para temas que no sean del negocio?— pregunta con esa sonrisa traviesa volviendo a sus labios.

—No.

—Ay, por Dios…— rueda los ojos con una sonrisa burlona —¿Sabes? Hay una bailarina que se llama Vanessa. Las chicas la llaman Ness.— me remuevo un poco incómodo en el asiento —Tiene unos aires de superioridad que la verdad no me molan nada. Y, bueno, ella va diciendo que es tu favorita de todas las chicas y que por eso tiene privilegios aquí. No sé si puedes ayudarme a controlarla un poco, ¿sabes que intentó subir a tu apartamento cuando no estabas? Menos mal que los guardias no la dejaron.

Esto es justo lo que quiero evitar si mi moreno va a estar por aquí. Vanessa no es de las que se rinden fácil cuando quiere conseguir algo.

—Hablaré con ella.

—Te lo agradecería— me dice —Y, bueno, ¿es verdad que sí has tenido rollos con todas?

Me quedo callado un segundo. —Eso no te incumbe, ¿eh?— suelto con tono burlón para no sonar borde.

Ella se relame los labios. —Tranquilo, no voy a decir nada. Pero pensaba que si era verdad lo que dice Ness, entonces yo también podría tener una oportunidad y…

—Tengo novio, Catalina— respondo directo, sin rodeos, cortándola —Y lo amo más que a nada en este mundo. No estoy disponible de ninguna forma que no sea profesional. Benjamín lo es todo para mí, y lo que pasó con Ness y las otras chicas fue solo un desliz mío del que mi pareja no se puede enterar, así que te encargo que esto no salga de aquí.

Ella levanta las manos en rendición, riéndose.

—Vale, vale, pillado alto y claro. No puedes culpar a una chica por intentarlo, ¿no? Eres guapo, poderoso, rico, protector… es una combinación difícil de resistir— comenta siendo muy coqueta y me agradan sus halagos. Pero debo poner ciertos límites —Tu novio debe ser consciente de eso.

—Pues vas a tener que resistirlo— digo, pero sin agresividad. Firme pero no cruel —Soy completamente fiel a Benjamín. Siempre lo he sido y siempre lo seré.

—Qué suerte tiene él— dice suspirando de forma dramática —Pero bueno, respeto eso. Me gusta trabajar para alguien con principios claros.

Me levanto. —El show que mencionaste ya debe estar a punto de empezar, ¿no? Deberías ir a supervisar que todo esté listo.

Ella mira el reloj de muñeca. —Mierda, tienes razón. Se supone que empieza en diez minutos— se levanta rápido, ajustándose la falda —Gracias otra vez por la charla, Klaus. Y por la cerveza. Y por… todo, realmente. Por sacarme de Brasil, por darme este curro, por ser paciente explicándome todo.

—No hay problema. Ahora ve, asegúrate de que todo esté perfecto para el show.

—Sí, jefe— dice con una sonrisa, haciéndome un saludo militar juguetón —¡Oh! Pero antes… debes darme tu número.— lo hice sin problema alguno porque si tiene dudas o algo puede escribirme y yo contestarle. Lo normal —Gracias, jefe— vuelve a hacer el mismo saludo militar antes de alejarse rápido entre la gente hacia la zona del escenario.

Me quedo ahí parado un momento, viéndola irse. Es una buena trabajadora, eso tengo que reconocerlo. Y a pesar del coqueteo innecesario, parece tomarse el curro en serio. Pero ahora tengo algo más importante que hacer. Tengo que subir al piso y asegurarme de que mi moreno sepa exactamente cuánto lo amo y que no tiene absolutamente nada de qué preocuparse. Porque la forma en que se fue, esa sonrisa falsa, esa indiferencia forzada… sé que está mosqueado aunque no lo admita directamente.

Y no puedo dejar que se vaya a dormir sintiéndose inseguro con lo nuestro. Eso jamás.

Continúa…

Esta es Catalina

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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