Silent promise 58

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 58

By Bill

Ha pasado una semana y dos días desde todo aquello, desde que recuperé cada pedacito de mi memoria, lo bueno, lo malo, lo que me destrozó por completo. Tom se ha pasado prácticamente viviendo en reuniones estratégicas con su gente, planeando al milímetro ese ataque contra Brian. Ha sido jodidamente poco el tiempo que lo he visto, porque se pira por las mañanas temprano después de desayunar conmigo, a veces solo unas tostadas y un café que nos tomamos en un silencio cómodo, y vuelve siempre de noche cuando ya toca cenar, normalmente sobre las nueve o las diez.

Durante el día me quedo aquí encerrado entre estas cuatro paredes del piso, como un pájaro en una jaula de oro. Solo con la compañía de Alfia, mi adorada perrita, aunque la muy vaga la mayor parte del tiempo solo se echa a dormir en su camita, es increíblemente perezosa. A veces la envidio, me molaría poder dormir todo el día y no pensar en nada, no sentir esta ansiedad constante que me está comiendo vivo.

Y bueno, Melannie ha decidido usar a tope su papel de psicóloga durante este tiempo de mierda. Ha venido a verme religiosamente un par de horas todas las tardes para hablar del tema de mis recuerdos recuperados, analizando cómo los llevo, cómo me afectan, si tengo síntomas de estrés postraumático o algo por el estilo. Todo esto por el miedo casi paranoico de Tom a que me genere algún trauma gordo o algo que me destroce emocionalmente. Por mucho que le dije, le repetí hasta la saciedad y sigo recordándoselo constantemente, que estoy bien, que no necesito terapia profesional, que solo con su compañía y su amor puedo estar tranquilo y procesar todo esto a mi ritmo, él insiste e insiste como un terco de cojones en que mi salud mental es lo más importante para él.

«No voy a arriesgarme a perderte por algo que podemos prevenir», me soltó hace unos días con esa mirada seria que no admite ni media discusión.

Y hablando de Tom, ay… ¿cómo decirlo sin sonar como un crío enamorado? Han sido la hostia estos días, a pesar de todo. Aunque es frustrante el poquísimo tiempo que nos vemos, apenas unas horas al día, es suficiente para que mi corazón se llene de calor cada mañana cuando despierto y lo veo a mi lado. Él es lo primero que veo al abrir los ojos. Unas veces lo pillo todavía dormido, respirando tranquilito con esa cara relajada que me dan ganas de besarlo hasta despertarlo. Otras veces ya está despierto y me mira con una sonrisa bobalicona en los labios, esa sonrisa tonta que me dice sin palabras cuánto me quiere. A veces me sorprende con el desayuno ya listo, aunque cocinar no es lo suyo y suele quemar las tostadas.

Otras veces me despierta con besitos tiernos repartidos por toda la cara. Y a veces… a veces me despierto sintiendo sus dedos largos recorriendo cada centímetro de mi piel desnuda cuando amanecemos sin ropa después de horas intensas de sexo apasionado que nos dejan reventados pero felices.

Joder, amo a ese jodido hombre con cada fibra de mi ser.

No, no, mejor dicho, amo a MI cabrón, sexy, atrevido, posesivo y absolutamente encantador hombre. Ese pedazo de narcotraficante peligroso que se derrite por completo cuando estamos solos.

Ahora viene lo otro…

El tema con aquella tía cuyo nombre ya he borrado deliberadamente de mi cabeza.

Ya es «historia antigua» por así decirlo, al menos eso quiero creer. Tom me dejó clarísimo, mirándome fijo a los ojos con esa intensidad que no deja lugar a dudas, que ella es una simple empleada más, nada especial. Que solo yo soy el amor de su vida y su felicidad, su razón de existir. Que no necesita absolutamente a nadie más que a mí para estar bien y completo. Que soy todo lo bueno que tiene en este mundo de mierda. Esas son las palabras exactas que siempre me repite como un mantra, sobre todo cuando me ve dudar o ponerme pensativo.

Y sí, esa tía todavía me genera una desconfianza brutal que no consigo quitarme del todo. Porque la forma deliberada en que se acercó a mi Tom aquella noche en el bar, cómo lo abrazó con demasiada confianza, cómo le hablaba con esa voz suave y coqueta, cómo sonreía mientras se jugaba con el pelo… es que solo necesité esos pocos segundos viéndola para darme cuenta al instante de que le mola Tom. Le mola muchísimo. Y no es para menos, mi hombre es objetivamente sexy, ese cuerpo musculoso, esos ojos marrones oscuros que atraviesan, esa mandíbula marcada, y más allá de lo físico, es un romántico empedernido cuando quiere, un caballero cuando le sale, y también un pervertido de campeonato en la intimidad.

Cualquier tía con ojos que lo viera quedaría pillada sin remedio al conocerlo. Y esa mujercita no fue la excepción.

Sinceramente no sé nada de ella últimamente, tampoco he bajado al bar ni una sola vez desde aquella noche, así que no sé si sigue trabajando ahí o si ya se largó. Y honestamente, mejor así. Lejos de mi vista, lejos de mi mente.

Mi cabreo inicial con Tom fue más por cómo dejó que ella se le acercara tanto, cómo se quedó mirándola de arriba abajo, sí, lo pillé aunque intentó disimular. Pero hasta ahí llegó mi mosqueo. No me permito conscientemente sentir celos inseguros por ella, porque los celos vienen sobre todo de inseguridades profundas y yo no puedo, no debo sentirme inseguro por una simple tía. Por Dios. Soy hombre, para mí sería caer demasiado bajo compararme con ella como si fuéramos rivales.

Es guapa y todo, objetivamente atractiva, pero yo soy yo y punto pelota. Y no quiero sonar arrogante ni egocéntrico, pero honestamente, ella no me llega ni a la suela de los zapatos en lo que Tom y yo tenemos. Es todo lo que tengo que decir sobre ese tema incómodo.

Ahora, debo centrarme en lo realmente importante. Y eso es Tom, que justo ahora está saliendo del ascensor privado con esa cara de cansancio profundo que siempre trae después de sus jornadas eternas. Pasa todo el santo día con su hermano Travis, planeando obsesivamente cada detalle de lo que van a hacer, discutiendo a gritos sobre temas igual de importantes y peligrosos.

Dejo a un lado el cuchillo afilado con el que estaba pelando con cuidado unos mangos verdes. Se me antojaron con sal y esas especias picantes que tanto me molan… y limón recién exprimido, obviamente. Últimamente mi paladar está rarísimo. Aunque sé que no es embarazo porque me he tomado las pastillas.

Salgo de la cocina moderna rodeando la isla de mármol negro para ir hacia él con pasos rápidos.

Me sonríe de oreja a oreja en cuanto sus ojos cansados me enfocan, esa sonrisa que hace que todo merezca la pena.

—Mi cielito hermoso…— murmura Tom con la voz un poco ronca de tanto hablar todo el día, mientras se acerca a mí con los brazos abiertos. Le devuelvo la sonrisa de corazón, sintiendo cómo se me acelera el pulso como siempre que lo veo.

Le echo los brazos al cuello fuerte para juntar nuestros labios y darle un beso largo y profundo, saboreando el momento. Siento sus manos grandes agarrándome posesivamente de la cintura, pegándome aún más contra su cuerpo sólido hasta que no queda ni un milímetro entre nosotros.

—¿Qué has hecho hoy todo el día mientras yo no estaba, eh?

—¿Además de estar encerrado aquí como un preso?— respondo con un toque de sarcasmo juguetón.

Se ríe bajito, ese sonido grave que me flipa, acunándome la cara con delicadeza entre sus manos.

—Sí, bebé, además de eso obviamente— me dice con ternura, siento sus pulgares acariciándome las mejillas en círculos suaves —Quiero saber exactamente qué has hecho para entretenerte, ¿ha venido Melannie hoy? ¿Qué te ha dicho en la sesión? ¿Está todo bien, absolutamente todo bien con tu cabeza? ¿Algún problema que tengamos que hablar? Dímelo aunque sea lo más tonto e insignificante y lo solucionamos juntos… ah, ¿has comido algo ya? No quiero que te saltes comidas, amor.

Ahora el que se ríe de verdad soy yo, sintiendo cómo se me calienta el pecho.

Tom siempre, siempre, SIEMPRE me hace exactamente estas mismas preguntas preocupadas. Siempre tan interesado en saber hasta el detalle más pequeño de mi día aunque lo que le cuente sea probablemente lo más aburrido y monótono que oiga en su vida, porque honestamente no hago nada del otro mundo ni especialmente emocionante. Más que estar tirado todo el día en el sofá o en la cama mirando el techo, salir eventualmente a cocinar algo o a arreglarme un poco para sacar a pasear a Alfia cubriéndome bien para que no hayan problemitas después. Estar con Alfia acariciándola mientras duerme, las dos horas obligatorias de charla con Melannie, echarme siestas, dormir más y más, o ver la tele sin prestarle realmente atención.

Cosas tan simples y rutinarias que no tienen nada de emocionante.

—Sí, Melannie vino puntual como siempre— le respondo, acomodándome mejor entre sus brazos —Hoy hablamos específicamente del secuestro, de esos días horribles. Le conté sin filtro cómo me sentía entonces cuando estaba atrapado, las cosas terribles que me hacían Ría y Nathalie para humillarme y romperme…— suelto un suspiro pesado —Hoy me metí en la ducha para refrescarme y, como no me fijé bien cuando abrí el grifo distraído, salió agua helada y…— hago una pausa, sintiendo cómo se me cierra un poco la garganta —Recordé vividamente esos momentos horribles donde me echaban agua fría encima para torturarme. Volví a sentir el frío quemándome la piel.

—Mi amor…— dice él con un tonito roto de tristeza genuina que me pone peor, que me hace sentir culpable por preocuparlo —Joder, bebé, ¿no pasó nada malo después? ¿No te dio un ataque de pánico ni nada, verdad?

Niego rápido con la cabeza para su alivio evidente. —No pasó nada malo, amor— le aseguro —Solo recordé esos momentos traumáticos y me puse un poco bajoneado. Ya sabes cómo es. Pero estoy bien ahora, lo hablé un montón con Melannie y me ayudó a procesar el flashback…

Me paso la lengua por los labios nervioso y dibujo una sonrisa pequeña y tranquilizadora.

—Solo es algo completamente normal por lo que pasé, según ella. Pero no es un trauma que me deje KO ni nada grave. Estoy tranquilo, de verdad…— respiro hondo, llenándome los pulmones —Y he hecho la cena para los dos— cambio deliberadamente de tema a algo más ligero, apartándome suavemente de él para ir hacia la cocina, dándole la espalda un momento.

Antes de girarme vi cómo me sonreía con ternura, con esos ojos llenos de amor. Él estará bien siempre que yo lo esté. Esa es nuestra movida.

—¿Qué has preparado, morenito precioso?— pregunta siguiéndome con la mirada.

—Waffles caseros— respondo con simpleza, un poco orgulloso —Con fruta fresca picada, obviamente. Fresas, plátanos, arándanos. Por cierto, ya casi no queda nada en la despensa, está pelada. Deberías mandar urgentemente a alguien de confianza a hacer la compra grande del mes, no pienso comer comida a domicilio todos los días, ¿eh? Me va a sentar como el culo.

Ladeo la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Lo pillo apoyado casualmente contra la isla de la cocina, mirándome fijo con esa intensidad tan suya. O mejor dicho, mirando descaradamente mi culo con ojos de hambre. Tom mira mucho mi trasero, es obsesivo con eso. Es casi enfermizo lo pillado que está.

—Mandaré a alguien mañana temprano…— me dice con pequeños asentimientos de cabeza, casi mecánicos, como si estuviera en piloto automático.

Su mirada sigue clavada en mi trasero y yo alzo una ceja incrédulo, me cruzo de brazos y me giro del todo para encararlo. Creo que por fin nota mi mirada taladrante porque aparta los ojos de golpe de ahí abajo y me mira a la cara. Sonriendo como el pícaro descarado que es, pillado con las manos en la masa.

—¿Qué pasa, amor?— pregunta con esa inocencia fingida que no me la cuela ni de coña.

Yo solo ruedo los ojos de forma dramática, negando con la cabeza. Este tipo de conversaciones y miradas lascivas siempre, inevitablemente, acaban con nosotros desnudos en la cama, follando como conejos en celo, o como perros salvajes, o como dos tontos completamente enamorados que se quieren con locura y no pueden quitarle las manos de encima al otro. Sí, esa última descripción suena definitivamente mejor y más romántica. Por eso, y solo por eso, decido cambiar deliberadamente de tema antes de que termine con las piernas abiertas.

Anoche lo hicimos un montón, demasiadas veces, creo que fueron cuatro rondas, y honestamente me duele el trasero todavía.

Tom no tiene ni pizca de piedad conmigo cuando estamos en la cama, es un animal insaciable. Pero ya tengo que poner límites firmes o acabaré literalmente muriendo por desgarro anal. Eso no suena nada bonito y sería vergonzoso explicárselo a un médico. Y me va a costar un huevo establecer esos límites, obviamente. Tom es prácticamente un adicto al sexo conmigo. Mierda, a cada rato quiere que lo hagamos, aunque esté literalmente muerto de sueño o reventado. No me libro de él ni aunque quiera. Joder.

—¿Qué tal te fue con todo lo del plan hoy, amor?— le pregunto con mucho interés, caminando hacia el microondas para sacar con cuidado los waffles que dejé ahí guardados y que siguen calentitos y esponjosos.

Como si los acabara de sacar de la wafflera. El mango queda momentáneamente olvidado sobre la tabla de cortar, por ahora, claro. Ya lo pelaré después. Procedo a servir los waffles en dos platos blancos, echando generosamente las frutas frescas picadas y un buen chorro de miel dorada mientras lo escucho hablar detrás de mí.

—Ya tenemos absolutamente toda la información crucial que necesitábamos y hoy pasamos el día entero encerrados con Travis, mi padre, Georg y los demás hombres clave armando minuciosamente el plan completo para hacer el ataque coordinado— me dice, su voz suena satisfecha pero también cautelosa, como si estuviera midiendo cada palabra. Escucho claramente sus pasos acercándose a mí por detrás —Pero queremos que salga perfectamente bien, sin ningún error que pueda costarnos caro, así que nos tomaremos un par de días más antes de darle el golpe definitivo a ese maldito desgraciado. Tres días máximo, bebé.

Un pequeño resoplido nervioso se me escapa sin querer de los labios. —¿Tres días solamente? Entonces será muy pronto todo esto.

—Muy pronto, sí— me confirma con voz grave.

—¿Vas a contarme finalmente los detalles específicos, mmm? Por favor, amor— pido casi suplicando, sintiendo cómo me abraza protectoramente por la espalda y respira tranquilo contra mi cuello, con mucha calma reconfortante. Su barbilla descansa cómodamente sobre mi hombro, mirando atentamente lo que hago con las manos —Necesito saber en qué te estás metiendo con exactitud y lo sabes perfectamente.

—Vale, sí, tienes razón— dice finalmente, resignándose a dejar de mantenerme alejado e ignorante del asunto peligroso. Porque sí, efectivamente estos últimos días no ha querido contarme absolutamente nada sobre el plan, siendo deliberadamente vago y evasivo —Encontramos su almacén principal de operaciones— murmura cerca de mi oído, su aliento cálido me provoca cosquillas —No uno secundario o de poca importancia, bebé. Su almacén principal real de operaciones en Hannover. El que maneja aproximadamente el cuarenta por ciento masivo de toda su distribución en Alemania. Es su joya.

Mis ojos se abren sin querer de la sorpresa ante esa información. —¿Cómo coño lo encontraron? Ese tipo de información debe estar superprotegida.

—Presionamos estratégicamente a uno de sus distribuidores de nivel medio, un tipo nervioso llamado Rusven— me explica con paciencia, su tono de voz es suave y calmado a pesar de lo violento que suena lo que cuenta. Siento su aliento tibio constante contra mi oreja sensible —Georg y Andreas lo interceptaron hace exactamente cuatro días cuando estaba haciendo una entrega rutinaria en un callejón. Lo llevamos discretamente a uno de nuestros lugares seguros que tenemos en las afueras y… digamos que después de algunas horas prolongadas de persuasión efectiva y convincente, nos dio absolutamente todo. Ubicación exacta del almacén con coordenadas, horarios precisos de cambio de guardia, cuántos hombres tiene exactamente Brian vigilando el lugar, qué tipo específico de seguridad tienen instalada… cámaras, alarmas, sensores… hasta dónde están posicionadas las cámaras exactamente. Todo lo que necesitábamos saber.

—¿Y confías completamente en esa información?— pregunto con escepticismo razonable —¿No podría ser una trampa elaborada, amor? Brian no es idiota.

—Lo verificamos exhaustivamente, morenito— me responde con confianza —Andy hizo reconocimiento visual del lugar durante tres días seguidos, vigilando desde diferentes ángulos. Confirmó meticulosamente cada detalle que el tipo nos dio. No mintió, no podía mentir después de lo que Georg le hizo para soltarle la lengua.

No pregunto específicamente qué le hicieron al pobre hombre, porque siendo honesto, sé que probablemente no quiero saberlo. Georg tiene fama de ser particularmente efectivo y brutal cuando se trata de interrogatorios.

—¿Qué hay exactamente en ese almacén?— pregunto, terminando de servir los platos.

Tom sonríe ligeramente, puedo sentir la curva de sus labios contra mi cuello.

—Oro puro, bebé. Un tesoro— me dice con satisfacción evidente en la voz —Tienen almacenado aproximadamente quinientos kilos de cocaína pura lista para distribuir, valorados conservadoramente en unos veinte millones de euros en la calle. También tienen heroína, aunque en menor cantidad pero igual valiosa. Armas pesadas: AK-47s, pistolas variadas, munición de todo calibre. Y lo mejor, lo más jugoso de todo… efectivo. Alrededor de tres millones de euros en efectivo que Brian usa para pagar directamente a sus distribuidores y sobornar generosamente a autoridades corruptas.

Silbo impresionado por semejante cantidad. —Eso es… muchísimo dinero y mercancía— murmuro, procesando las cifras —Es una fortuna.

—Así es, vida mía, una fortuna completa— deja un beso tierno y breve en mi hombro desnudo, que queda estratégicamente al descubierto por la camisa holgada de tirantes del pijama que llevo puesto —Si le quitamos todo eso, si lo destruimos completamente o nos lo llevamos para nosotros, le estamos quitando una parte masiva, crítica de su operación. Lo debilitamos significativa y severamente. Y al mismo tiempo importante, les demostramos claramente a los otros clanes que Brian no es el intocable invencible como todos creen ciegamente.

—¿Cuántos hombres armados tiene vigilando el almacén?— interrogo con curiosidad y preocupación a la vez.

—Aproximadamente veinte guardias entrenados en turnos rotativos de diez cada uno— menciona con ese tono analítico que tiene —Diez durante el día, diez durante la noche. No es poco personal, definitivamente, pero es manejable con nuestra superioridad numérica. Tenemos más hombres disponibles y considerablemente mejor entrenamiento táctico. El problema real no es la cantidad de guardias sino la velocidad de ejecución. Necesitamos entrar rápido, tomar o destruir lo que queremos, y salir inmediatamente antes de que Brian pueda enviar refuerzos masivos desde sus otros lugares cercanos.

—¿Cuánto tiempo tendrían exactamente antes de que lleguen esos refuerzos?— pregunto nerviosa.

—Estimamos conservadoramente que tenemos entre quince y veinte minutos máximo desde que empecemos el ataque hasta que lleguen los refuerzos de Brian— responde con seriedad —Es muy poco tiempo, lo sé. Por eso tiene que ser rápido, preciso, ejecutado como una operación militar profesional. Entrar, neutralizar eficientemente a los guardias, asegurar el cargamento valioso, salir. Sin errores costosos, sin titubeos que desperdicien segundos preciosos.

Se oye como algo que se haría fácilmente pero de igual forma, siento miedo.

Continúa… 

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!