Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 60

By Tom

Momentos antes…

Además de tener que pasarme todo el jodido día currando sin parar, ahora también tengo que hacerlo durante la noche. Qué emoción, de verdad.

Llevo aquí demasiado tiempo del que deduje inicialmente. El reloj marca las tres de la madrugada y mis ojos arden por la falta de sueño. Cuando Georg irrumpió con aquella llamada hace horas con esa voz tensa que solo significa problemas, supe exactamente de qué iba la movida antes de que me explicara bien el tema. Los camiones de carga con nuestra mercancía que venían de Colonia habían sido parados en Múnich.

—Federales— me había dicho en cuanto llegué al despacho, y yo había maldecido en voz baja.

Los jodidos militares federales que se la pasan parando este tipo de camiones para «revisión de rutina». Como si no supiéramos todos de qué va realmente el rollo. No es un gran problema como para generarme dolor de cabeza, o al menos no debería serlo. En circunstancias normales, solo necesito mencionar la palabra «pasta» y ya los tengo en el bote. Comprar a los militares siempre ha sido una buena opción para mí, una inversión necesaria en este negocio. Siempre habrá unos cuantos dispuestos a mirar hacia otro lado, a cambio de la cantidad correcta de billetes. Es parte del sistema, parte de cómo funciona todo esto.

Sin embargo, lo que sí me cabreó, no solo a mí sino también a Travis, es que no encontrábamos cómo contactar con esos militares. Al parecer, los móviles de los conductores de dichos camiones están extrañamente apagados. Seguramente decomisados, confiscados como «evidencia». Lo cual significa que estos federales están jugando más duro de lo habitual, o al menos pretendiendo hacerlo.

Perdimos dos horas valiosas intentando establecer contacto. Dos horas en las que la mercancía permanecía estática en ese peaje, dos horas en las que cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de que algún superior con verdaderos escrúpulos se involucrara y complicara todo exponencialmente.

Lo bueno es que opté por mandar a Harry directamente al peaje en Colonia para que me ayudara a contactar con el capitán de dicho grupo de federales y hacer alguna negociación. Harry es bueno para estas cosas, tiene esa cara de tipo normal que no levanta sospechas. Puede presentarse en un peaje, acercarse a los militares, y nadie pensará que es uno de mis hombres hasta que ya es demasiado tarde para echar marcha atrás.

Eso nos demoró muchísimo. Cada minuto que Harry pasaba en la carretera era un minuto más de incertidumbre. Travis y yo nos quedamos en el despacho, fumando un cigarrillo tras otro, revisando los reportes de otras operaciones pero sin poder concentrarnos realmente en nada más que en esos malditos camiones detenidos.

Finalmente, cerca de la medianoche, recibí el mensaje de Harry. Ya estaba en posición y haciendo contacto con el objetivo.

Pero en cuanto Harry llegó al punto de «encuentro» y les comentó a los tipos sobre mi mensaje, sobre quién quería hablar con ellos y por qué, ellos no dudaron en aceptar la llamada. Por supuesto que no dudaron. Sabían exactamente quién soy, qué represento, y cuánto dinero podría cambiar de manos en una sola conversación.

Y bueno, no estaban siendo fáciles.

En absoluto.

No paran de repetirme lo mismo de siempre, ese guion ensayado que todos estos federales recitan siempre: «Lo que se está transportando no es legal.» «Esto es un delito grave.» «Podríamos proceder con el arresto inmediato.» Bla, bla, bla. Como si yo no supiera perfectamente lo que transportamos. Como si ellos tampoco lo supieran y no hubieran parado los camiones precisamente por eso.

El humo del cigarro se enroscaba hacia el techo del despacho mientras miraba fijamente el teléfono sobre el escritorio, conectado al altavoz para que Travis pudiera escuchar todo. Mi hermano apretaba la mandíbula con tanta fuerza que podía escuchar el rechinar de sus dientes. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, esa postura rígida que adopta cuando está a punto de perder los estribos. Él ya estaba quedándose frito en su casa cuando recibió el mismo mensaje urgente por parte de Georg.

Tuvo que vestirse apresuradamente y venir hasta aquí, interrumpiendo su descanso, dejando a su mujer sola en la cama. Y eso lo pone de un humor de mierda.

Es frustrante porque de por sí ya tenemos muchos problemas encima como para que ahora esté pasando algo como esto. Problemas con Brian, con los otros clanes, con mantener nuestras operaciones funcionando sin contratiempos mientras planeamos movimientos más grandes. Este tipo de inconvenientes, insignificantes en el gran esquema de las cosas, pero que no podemos dejar pasar por alto, consumen tiempo y energía que necesitamos para asuntos más importantes.

Porque estamos hablando de una cantidad considerable de mercancía. Tres camiones llenos. Varios millones de euros en cocaína pura que debería estar llegando a Múnich en este preciso momento, no estacionada en un peaje con federales husmeando alrededor. Serían pérdidas significativas para nosotros como organización si no recuperamos esa carga. Pérdidas de dinero, sí, pero también de reputación. Nuestros clientes esperan entregas puntuales. Si fallamos, buscarán a otro proveedor.

—Entiendo su posición, capitán— dije finalmente, manteniendo la voz tranquila aunque cada fibra de mi cuerpo quería atravesar el maldito teléfono y retorcerle el cuello a ese jodido cabrón. Respiré hondo, dejando que el humo del cigarro llenara mis pulmones antes de continuar con esa calma calculada que he perfeccionado a lo largo de los años. —Pero estoy seguro de que podemos llegar a un entendimiento que beneficie a ambas partes.

Al otro lado de la línea, ese hijo de puta jugaba su papel a la perfección. El capitán Berger, o como sea que se llamara en realidad, porque estos tipos siempre dan nombres falsos cuando están a punto de corromperse, como si eso les ofreciera algún tipo de protección, estaba jugando peligrosamente con el límite de mi cada vez más escasa paciencia.

—¿Un entendimiento, Herr König?— su voz rezumaba esa falsa rectitud que me revolvía el estómago, ese tono pomposo de funcionario público que se cree moralmente superior —Sus conductores transportaban material ilegal. Cocaína, para ser específicos. Eso son cinco años de prisión. Como mínimo.— hizo una pausa deliberada, dejando que sus palabras flotaran en el aire como una amenaza —Sin contar todo lo que usted ha hecho en su vida como criminal, Herr König. Si decidiéramos investigar más profundamente sus actividades… bueno, estamos hablando de décadas tras las rejas. Cadena perpetua, quizás.

Travis tensó la mandíbula aún más. Pude ver cómo sus nudillos se ponían blancos al apretar los puños. Conocía esa mirada. Era la misma que tenía justo antes de romperle la cara a alguien.

Me recosté en la silla, observando las vetas oscuras de la madera del escritorio, tratando de mantener mi compostura. Había tenido esta misma conversación una docena de veces, quizás más en todos estos años. Siempre es el mismo teatro, siempre las mismas palabras grandilocuentes sobre la ley y el orden, sobre delitos y condenas. Y, por supuesto, siempre el mismo final predecible.

Por eso no me tomo el tiempo de tratar de hacerle entender mi situación a mi manera, con explicaciones elaboradas o justificaciones. No. Paso directamente a lo que a ellos realmente les importa, a lo único que les ha importado desde el momento en que decidieron hacer esta llamada en lugar de proceder directamente con los arrestos.

—Cincuenta mil euros— solté sin rodeos, dejando caer el número como quien pone una carta sobre la mesa —En efectivo. Para esta misma noche.

Travis giró la cabeza hacia mí, levantando una ceja. No en desaprobación, sino en reconocimiento de que el juego había comenzado oficialmente. Se acercó más al escritorio para escuchar mejor la respuesta, apoyando las manos sobre la superficie de madera. Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Podía escuchar la respiración del capitán Berger, ligeramente acelerada. Ahí estaba. El primer quiebre en su fachada de oficial recto. Pero luego, como era de esperarse, vino la indignación fingida.

—¿Me está ofreciendo un soborno, Herr König?— la indignación en su voz era tan falsa que casi me río en su cara y no me contengo —¿Es consciente de que el soborno a un oficial federal es un delito grave? Podría añadir otros tres años a mi reporte. Tal vez más, dependiendo de la cantidad involucrada.

Ahí estaba lo que ya es trivial para mí, predecible como el amanecer. La danza. La actuación. Estos militares federales son todos cortados por la misma tijera, se hacen los dignos, citan códigos penales con voz solemne, amenazan con el peso completo de la ley como si realmente les importara algo más que sus propios bolsillos. Pero todos, absolutamente todos, tienen un precio. Solo hay que encontrar el número correcto, la cantidad específica que hace que esa supuesta integridad se desmorone como un castillo de naipes.

—Capitán— dije con voz pausada, aplastando el cigarro en el cenicero con movimientos deliberados. Dejé que el silencio se extendiera un momento, que se hiciera pesado e incómodo en la línea, antes de continuar —Ambos somos hombres de negocios aquí. Hombres pragmáticos que entienden cómo funciona el mundo real.— me incliné hacia adelante, acercándome más al teléfono —Usted tiene en su poder una mercancía que, legalmente o no, me pertenece. Y yo tengo recursos considerables que podrían facilitar que esa mercancía continúe su camino sin mayores complicaciones para ninguno de los dos. Es simple aritmética. Una transacción beneficiosa para ambas partes.

—Está poniendo en juego su libertad con cada palabra que dice, Herr König— replicó, aunque su voz ya no sonaba tan segura como antes —Estoy grabando esta conversación.

Mentira. Lo supe de inmediato. Si realmente estuviera grabando, no me lo habría dicho y si realmente tuviera intenciones de proceder legalmente, habría colgado hace cinco minutos.

—Setenta y cinco mil— aumenté la oferta, sintiendo cómo Travis se tensaba a mi lado. Es mucho dinero solo para callar a esos hijos de puta, lo sé perfectamente. Setenta y cinco mil euros por dejar pasar tres camiones. Pero no me queda otra opción. El tiempo corre en nuestra contra y cada hora que pasa aumenta el riesgo —Y un regalo adicional para sus hombres— agregué, endulzando el trato —Digamos… quince mil más para repartir entre ellos. Para que todos estén contentos y nadie tenga la tentación de hablar de más.

El silencio al otro lado fue diferente esta vez. Más largo. Ya no escuchaba esa respiración indignada, sino algo más reflexivo. Solo podía oír su respiración lenta, controlada, mientras el tipo se tomaba su tiempo, mi tiempo, que no tengo, para fingir que estaba considerando seriamente si debería aceptar o no.

Como si la decisión no estuviera ya tomada desde el momento en que aceptó esta llamada.

—Las leyes federales son muy claras respecto a…

—Noventa mil— lo interrumpí de inmediato, poniendo los ojos en blanco aunque él no pudiera verme. Ya me había cansado de este juego. Dejé que un filo de fastidio real entrara en mi voz, permitiendo que escuchara mi impaciencia —Pero escúcheme bien, capitán Berger. Esta es mi última oferta. La definitiva. No habrá más negociación después de esto. Porque usted y yo sabemos perfectamente cómo funciona esto en realidad. Usted no detuvo esos camiones por patriotismo ni por un súbito ataque de conciencia cívica. Los detuvo porque sabe quiénes somos, sabe exactamente lo que transportamos, y sabe que siempre, invariablemente, hay una negociación posible. Siempre hay un precio.

Travis se acercó al teléfono, decidiendo finalmente participar en la conversación. Su voz salió baja, peligrosamente calmada. —Noventa mil euros es más de lo que ganará en dos años de sueldo honesto, capitán— dijo, continuando por mí el argumento —Probablemente más de lo que ha ahorrado en toda su carrera militar. Puede tomar ese dinero esta noche, dejar que nuestros hombres y su mercancía continúen su camino, e irse a su casa como si nada hubiera pasado. Todo el mundo contento.

Hizo una pausa deliberada, dejando que las palabras se asentaran. Hizo una mueca vacilante en sus labios, ladeando un poco la cabeza.

—O puede hacerse el héroe. Puede rechazar la oferta, proceder con los arrestos, llenar el papeleo correspondiente, iniciar una investigación formal. Y entonces…— dejó que la pausa se extendiera, cargándola de significado, de amenaza implícita. Me mira y sonríe despreocupadamente —Entonces tendremos que tener una conversación muy diferente. Una conversación que involucraría a otras personas. Y le garantizo, capitán, que sería una conversación que ninguno de los dos disfrutaría. Mucho menos usted.

No era solo una amenaza vacía. Era un hecho concreto, una promesa. El Clan Geist no había llegado hasta donde estamos siendo amables y comprensivos con quienes se interponen en nuestro camino. Tenemos recursos, contactos, información sobre prácticamente todos los oficiales federales en esta región. Sabemos dónde viven, conocemos a sus familias, estamos al tanto de sus rutinas diarias.

No nos gusta recurrir a la violencia cuando el dinero puede resolver las cosas. Pero cuando es necesario…

Bueno…

—Estamos siendo muy generosos con usted, capitán— procedí yo, retomando el control de la conversación. Mi voz salió con una simpleza engañosa, casi amigable —Considerando las alternativas disponibles, yo sugeriría seriamente que aceptara esta oferta mientras todavía está sobre la mesa.

Hubo otro silencio. Este fue más largo, más tenso. Podía imaginarlo perfectamente al otro lado, probablemente de pie en ese pequeño puesto de peaje a las afueras de Colonia, sudando a pesar del frío de la madrugada. Calculando. Pensando en su familia, esposa, dos hijos, según la información que Georg había conseguido. Pensando en su cuenta bancaria, probablemente con algunos ahorros pero nada comparable a lo que le estábamos ofreciendo.

Pensando en cuántos de sus superiores, cuántos de sus colegas, hacían exactamente lo mismo que le estábamos proponiendo. Porque lo sabía, todos en ese mundo lo saben, la corrupción no es la excepción, es la norma.

Y también estaba pensando, sin duda, en lo que le pasaría si decidía seguir con su juego de federal correcto e incorruptible. Porque de federal correcto, ninguno de esos tipos tiene realmente nada. Todos esos hombres ven la posibilidad de tener dinero fácil y babean como perros pavlovianos. Es cuestión de encontrar la cantidad que hace que la saliva comience a fluir.

—Cien mil— dijo finalmente.

Travis y yo alzamos las cejas, compartiendo contacto visual. Una mueca apareció en mis labios. No era exactamente una sonrisa, más bien una expresión de satisfacción cínica. Al menos el hijo de puta no había pedido doscientos mil o alguna cifra verdaderamente exorbitante. Había sido razonable en su avaricia, lo cual era un buen signo.

Por suerte para él, no quiero matarlo. Podría servirme más adelante, este capitán Berger. Un federal corrupto en nuestra nómina siempre es útil. Nunca se sabe cuándo necesitarás que alguien mire hacia otro lado, o que proporcione información sobre operativos pendientes, o que simplemente retrase un papeleo crítico el tiempo suficiente para que podamos mover nuestras piezas.

—Y quiero la mitad esta noche— agregó con un tono que intentaba sonar firme, autoritario —Cincuenta mil ahora, como señal de buena fe. El resto cuando la mercancía cruce el siguiente punto de control sin problemas.

Sonreí sin humor, mirando a Travis que negaba con la cabeza. Por supuesto que quería dividir el pago. Por supuesto que quería más seguridad, más garantías. Estos tipos siempre quieren más, siempre intentan obtener alguna ventaja adicional incluso cuando ya han ganado.

—Cien mil. Completos— dije con firmeza, sin dejar espacio para más negociación —Así será, capitán. Todo junto, esta misma noche. No voy a estar haciendo pagos escalonados como si esto fuera una hipoteca. Es una transacción simple, donde usted recibe su dinero, nosotros recuperamos nuestra mercancía. Todo limpio y eficiente.

Esperé un momento, dejando que entendiera que en este punto específico no iba a ceder.

—Mis hombres pasarán por ahí en exactamente dos horas. Tendrán el dinero en efectivo. Usted liberará los camiones y sus conductores, destruirá cualquier documentación relacionada con la detención, y todos seguiremos con nuestras vidas como si esta noche nunca hubiera ocurrido.— relamo mis labios con parsimonia—Y capitán Berger, la próxima vez que necesite un aumento de sueldo, solo llámeme directamente a este número. Harry le dará mis datos de contacto privados. Nos ahorraremos tiempo y teatro innecesario a todos. ¿Entendido?

No esperé su respuesta. Colgué antes de que pudiera decir nada más, antes de que se le ocurriera intentar renegociar algún detalle adicional. Travis exhaló lentamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante toda la conversación. Aflojó finalmente los hombros, rodó el cuello para liberar la tensión acumulada.

—Malditos parásitos— murmuró, dirigiéndose hacia el mueble bar en la esquina del despacho para servirse un whisky.

—Por dinero baila el mono— respondí, encendiendo otro cigarro. El humo se elevó en espirales lentas hacia el techo nuevamente —Y estos federales son los monos mejor entrenados de toda Alemania. Saben exactamente cuándo bailar, cómo bailar, y por cuánto.

Me giré para ver a Georg, quien había permanecido todo este rato de pie en silencio, dándole la espalda a la puerta del despacho. Siempre discreto, siempre atento. Es una de las razones por las que confío en él para estas cosas. Mi mejor buen amigo.

—Georg— dije, captando su atención inmediata —Prepara cien mil en efectivo. Billetes usados de diferentes denominaciones, nada secuencial, nada marcado. Ya sabes cómo hacerlo.

Él asintió, sacando su móvil para comenzar a hacer las llamadas necesarias.

—Los chicos los entregarán en el peaje de Colonia en exactamente dos horas— continué, mirando mi reloj —Manda a Kinshasa y a Dieter. Son confiables y saben manejar este tipo de entregas sin crear problemas innecesarios.

Georg anotó algo en su móvil, probablemente enviando mensajes al equipo.

—Y Georg— agregué, mi voz tomó un tono más significativo —Dile a Harry que se quede ahí hasta que todo esté resuelto. Y que haga saber al capitán Berger que acaba de entrar oficialmente en nuestra nómina. Obtén toda su información personal, ya sabes, su dirección completa, rutinas, familia, cuentas bancarias, todo. Podría sernos muy útil más adelante tener a un capitán federal en nuestro bolsillo.

Este negocio funciona de muchas formas diferentes, y he aprendido a lo largo de los años que la flexibilidad es clave. Cuando el dinero no puede solucionarlo todo, cuando la negociación no es posible, nos toca usar el siguiente recurso más confiable en nuestro arsenal: la violencia. La fuerza bruta, la intimidación física, el dolor como mensaje.

Pero en este caso no fue así, gracias al cielo. Me ahorré un dolor de cabeza considerable. No hubo necesidad de mandar a un equipo de limpieza, no hubo que hacer desaparecer cuerpos ni borrar evidencia de una escena sangrienta. Solo dinero cambiando de manos, como ha sido desde el inicio de los tiempos.

Mi hermano a mi lado soltó un suspiro largo, dejando el vaso de whisky vacío sobre el escritorio.

—Bueno, yo me voy— dijo, pasándose una mano por el rostro cansado —Necesito dormir algo antes de que amanezca. Mañana tenemos esa reunión con los proveedores de Hamburgo.

—¿Es mañana?

—Sí.

—¿Por qué yo no sabía eso?

—Si prestaras entera atención a lo que hablamos en las reuniones en lugar de pensar en Willem a cada rato, habrías escuchado que esta mañana lo mencioné.— me responde mientras se cruza de brazos.

—No es culpa mía que mi moreno se robe mis pensamientos, ¿eh?

—Aprende a dejar de hacer eso, porque sabes que los temas del trabajo son importantes…

—Sí, papá…

—Hablo en serio, Thomas.

—Sí, sí…

Me miró directamente a los ojos, su expresión se vuelve seria. —Mantenme informado de absolutamente todo, ¿vale? Hasta que esos camiones lleguen seguros a Múnich y la mercancía esté almacenada. Cualquier problema, cualquier imprevisto, me llamas de inmediato.

Asentí con la cabeza, entendiendo la preocupación implícita en sus palabras. —Bien. Descansa. Te aviso en cuanto Georg confirme que todo está resuelto.

Continúa…

Este es Travis

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!