
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 62
Me echo a llorar sin poder aguantarme ni un segundo más. Siento físicamente cómo se me parte el corazón en mil pedazos afilados dentro del pecho, la presión ahí es insoportable, es horrible, no lo soporto más. Tom me abraza desesperado pero yo me aparto con fuerza, lo empujo con las dos manos contra su pecho duro y él retrocede un par de pasos torpemente, flipando con el rechazo tan bestia.
Ni siquiera puedo llorar bien, porque la presión horrible en el pecho no me deja respirar como Dios manda. El aire que hay alrededor no me llega, me siento agobiado, claustrofóbico de repente porque las paredes del salón parecen achicarse poco a poco hasta aplastarme, asfixiarme.
—Billie…— suelta mi nombre con un suspiro roto.
—¿Por qué me mientes a la cara sin cortarte un pelo, Tom?— le pregunto con dificultad, con la voz estrangulada por el llanto que no controlo —¡Te di la jodida oportunidad de contármelo todo! ¡Esperé! ¡Te di tiempo! ¿Cómo puedes mentirme mirándome a los ojos sin un mínimo de remordimiento? ¡¿Qué coño te pasa?! ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!
—Billie, yo…— se pasa la lengua por los labios —Bebé, yo puedo explicarlo todo…
—¿Explicar qué exactamente?— esta vez mi voz sale sorprendentemente tranquila, fría como el hielo del Polo, aunque por dentro me estoy desmoronando en mil pedazos —¿Explicar cómo me tomaste el pelo? ¿Explicar que llevas años tirándote a todas tus empleadas como si tal cosa?
—¡No! ¡No, no, no!— Tom niega con la cabeza como loco, caminando rápido hacia mí con una desesperación que se le ve a leguas —Eso no es verdad, bebé. Nada de lo que ella te dijo es verdad. ¡Nada!
Me mira con esos ojos suplicantes, desesperados.
—Bill, amor, mírame bien— dice, intentando acercarse otra vez pero yo retrocedo por instinto, no dejo que me ponga esas manos mentirosas encima —Te juro por todo lo que soy que lo que ella te dijo son mentiras. Sí, es verdad que hace años, años antes de que volvieras a mi vida, me tiré a algunas de las bailarinas. Pero eso fue antes, Billie. Mucho antes de que regresaras.
—¿Algunas?— repito con una risa amarga que me raspa la garganta —¡Ella dijo que con todas! ¡Con cada una de las putas bailarinas!
—Cielo, por favor, tienes que creerme— suplica, queriendo desesperadamente que lo entienda —Desde que volviste a mi vida, desde que te recuperé, no he tocado a ninguna otra persona. ¡Solo a ti! ¡Solo te he tocado a ti!— exclama, intentando con urgencia hacerme entender algo que mi cabeza rota no puede procesar. Pero yo no puedo creerle. No puedo confiar en sus palabras. Si ya me ha mentido mirándome a los ojos, jurándome incluso, ¿qué me asegura que no lo está haciendo ahora mismo? Ha roto por completo la confianza que le tenía. Y no solo eso…
Ha roto mi corazón en pedazos que no se pegan.
—¿Y se supone que debo creerte así sin más?— pregunto, sintiendo por fin cómo las siguientes lágrimas empiezan a caerme por las mejillas sin control, una detrás de otra —¿Después de que me juraste que no habías estado con nadie mientras yo no estaba? ¿Después de que me dijiste que yo era todo para ti, tu mundo entero?
—¡Y lo eres!— Tom grita desesperado, con la voz quebrándosele de dolor. Yo solo niego con la cabeza —¡Eres todo para mí, Bill! ¡Mi mundo entero completo!
—Entonces explícame bien— digo, y mi voz vuelve a temblar traicioneramente —Dices que es mentira todo, entonces dime… Explícame por qué ella sabía perfectamente que venías de mala hostia, explícame por qué tiene acceso tan fácil al puto apartamento que se supone que es privado, explícame por qué se sentía tan increíblemente «confiada» viniendo aquí a quitarse la ropa esperándote como si fuera su derecho. ¡Explícame todo eso!
Tom abre la boca desesperado, pero no le salen palabras coherentes. Se le ve el pánico absoluto en los ojos.
—Yo… ella…— tartamudea torpemente —Max y Gerard le dieron el acceso sin mi permiso expreso. Billie, yo no he estado con ellas desde que te volví a tener conmigo. Desde que supe que estabas vivo, mi amor, créeme, ¿sí? Por favor. Me conoces, sabes que te amo más que a nada…
Me río sin gracia, limpiándome las lágrimas con mucha rabia impotente. —Creía conocerte— susurro con dolor, sintiendo cómo mi corazón se rompe en pedazos aún más pequeños —Pero quizás no te conocía en absoluto. O quizás solo has dejado de ser el Tom del que me enamoré hace años…
—No…— Tom niega con la cabeza como loco, las lágrimas empiezan a asomarse en sus ojos cafés oscuros —No digas eso. No, bebé, por favor no digas eso…
Da otro paso decidido hacia mí y esta vez no retrocedo. Me quedo completamente congelado en el sitio mientras él me coge la cara con las manos temblorosas, con esa delicadeza que choca con la desesperación que tiene en los ojos.
—Billie, eres mi morenito precioso— susurra con la voz completamente rota, destrozada —Eres el amor de mi vida, perdóname. Sé que hice mal al ocultarlo pero precisamente quería evitar exactamente esto que está pasando.— dice mientras con los pulgares intenta secarme las lágrimas inútilmente porque siguen cayendo —No quería que te sintieras tan mal, no quería que lloraras como lo estás haciendo ahora. Por favor… pensé honestamente que era lo mejor, mi cielo…
—¿Lo mejor?— repito con un dolor que me desgarra —¡Te acostaste con esas tías durante todos mis años desaparecido!, te las tiraste, Tom, ¡a todas! ¡Y te pregunté directamente! ¡Te pregunté si habías estado con alguien más y me juraste que no! ¡Me juraste que nunca me harías algo así! ¡Y yo confié ciegamente en ti! ¡Confié aunque al principio dudé de que me estuvieses diciendo la verdad! ¡Confié, confié y confié como un gilipollas! ¡Ahora resulta que me mentiste a la cara y tu excusa patética es que fue lo mejor que pudiste hacer! ¡Eres un jodido cabrón!
Tom cierra los ojos con fuerza y la mandíbula tensa. —Bill, tú no estabas aquí conmigo— dice con voz quebrada —Yo te creía muerto. Estaba completamente destrozado, vacío por dentro, intentando desesperadamente llenar un vacío horrible que nada podía llenar…
—¡Pero yo estaba vivo!
—Y yo no lo sabía…— me dice apresuradamente —No lo sabía, mi rey, no lo sabía.
—¿Y después de que volví?— presiono con urgencia, necesitando saberlo ya —¿Después de que supiste que estaba vivo cuando me secuestraste? ¿Seguiste tirándotelas?
—¡No!— Tom abre los ojos de golpe, con intensidad —¡No, jamás! ¡Nunca! Desde el momento exacto en que te vi de nuevo, desde que supe que estabas vivo y respirando, no he tocado a nadie más. Lo juro por la memoria sagrada de nuestros hijos. Lo juro por lo que tenemos juntos…
Teníamos…
Su juramento me golpea como un puñetazo en la boca del estómago, me deja sin aire. Él sabe perfectamente que jurar por nuestros hijos muertos es algo muy sagrado.
—Bill…— suelta mi nombre con un suspiro pesado.
No puedo. No puedo creerle. La confianza está rota.
—Te di la oportunidad justa de contármelo todo, Tom— empiezo a decir en voz baja pero firme, sin apartar la mirada de sus ojos —Te di tiempo suficiente para que fueses tú quien me lo dijera voluntariamente, lo que ella me contó, pero no lo hiciste.— aprieto los labios con fuerza y niego con la cabeza, sintiendo cómo más lágrimas traicioneras me llenan los ojos —Pensaste que ella no me había dicho nada importante y preferiste seguir ocultándolo como un cobarde, qué tristeza más grande.
Aspiro aire temblando porque siento que me falta oxígeno.
—Qué decepción tan horrible siento ahora. No puedo creer que me hayas dicho mentiras, y ¿sabes qué es lo peor…?— desvío la mirada de la suya unos segundos —Lo peor no es que te hayas acostado con esas tías, no… Eso duele, pero lo que me está matando de verdad es saber que me has mentido mirándome a los ojos sin pestañear, sin un puto remordimiento. ¿Cómo coño voy a confiar en ti ahora, Tom? Dime de verdad, ¿cómo? ¿Cómo sé que no me estás mintiendo también justo en este momento?
Si ya lo hizo una vez, lo volverá a hacer… Esa es la puta lógica.
—Mi vida…
—Necesito… necesito tiempo para pensar— digo, retrocediendo por última vez, sus manos caen vacías en cuanto se alejan de mi cara —Necesito procesar esto. Necesito… no sé exactamente qué necesito. Solo sé que ahora mismo no quiero verte…
—No— Tom niega con la cabeza como loco otra vez, se le ve el pánico en cada gesto —No, no me pidas espacio. No ahora. No después de esto. Por favor, bebé, eso nunca acaba bien en ninguna relación.— se acerca rápido, se arrodilla delante de mí y me coge las manos con desesperación —Me conoces, Billie— dice con una intensidad que me traspasa y yo aparto la mirada porque el dolor me está matando literalmente —Perdóname, lo siento muchísimo. No debí mentirte, lo sé perfectamente, perdóname por favor…
Lo miro. De verdad lo miro fijamente. Veo las lágrimas cayéndole por los ojos, la desesperación de verdad, el miedo absoluto a perderme. Pero no puedo creerle. No puedo confiar en él.
—Me mentiste por omisión— digo con un dolor que me rompe —Nunca me contaste nada de tu rollo con las bailarinas, dejaste que me enterara de la forma más humillante y jodida posible.
Tom baja la cabeza, completamente avergonzado. —Tienes razón. Debí habértelo dicho. Debí ser completamente sincero desde el principio, pero tenía miedo… miedo de que pasara exactamente esto… No quería que pensaras que te fui infiel, o que me vieras diferente por saber que sí estuve con otras aunque solo fueran polvos sin sentido y ya…
—Te veo diferente ahora— admito con mucha, muchísima tristeza —Te veo como alguien que me ocultó cosas importantes. Como alguien en quien no puedo confiar al cien por cien otra vez, y no sabes cuánto me jode no poder hacerlo porque te amo.
—Amor…— me aprieta las manos con fuerza entre las suyas —No digas eso. Podemos arreglarlo, amor. Puedo recuperar tu confianza. Haré lo que sea, Billie, absolutamente lo que sea.
—No puedo, Tom…— me alejo despacito y le doy la espalda, no aguanto verle la cara —Necesito que duermas en el sofá esta noche o fuera si te parece mejor— digo bajito pero firme —No puedo… no puedo estar en la misma cama contigo ahora mismo. No quiero verte, ni escucharte porque siento que todo lo que me vas a decir van a ser mentiras una detrás de otra. No puedo creerte nada. Y la verdad, dudo muchísimo que las cosas entre nosotros vuelvan a ser como antes alguna vez. Sin confianza las relaciones se van a la mierda inevitablemente, ya te lo había dicho…
Camino hacia la habitación sin esperar que me diga nada, sintiendo que cada paso pesa como una losa. Cierro la puerta detrás de mí y me dejo caer en la cama como un saco. Y por fin, por fin, me permito llorar sin cortarme, en silencio. Las lágrimas salen solas.
Lloro por la confianza que me ha destrozado del todo, por las mentiras que me ha soltado sin sentir ni un ápice de culpa, por el dolor insoportable de imaginar a Tom con todas esas mujeres durante años. Y lloro porque a pesar de toda esta mierda horrible… todavía lo amo con cada fibra de mi ser. Y eso duele infinitamente más que cualquier otra cosa en este mundo.
Siento que podría perdonarle esto algún día, siento que podría hacer como si nada y eso me acojona muchísimo. No puedo ser de esas personas débiles que, por amor ciego, pasan por alto cada falta de respeto de su pareja solo para no perderla patéticamente. Yo no puedo permitírmelo. No me lo permito a mí mismo. Y no, no puedo perdonar a Tom tan fácil como si nada, ¿cómo coño voy a creerle ahora, Dios? ¿Cómo vuelvo a confiar?
Necesito tiempo, necesito alejarme de él y pensar con claridad. Así no se suponía que debían ser las cosas, en estos momentos deberíamos estar durmiendo tranquilos y felices abrazados, pero no. No porque siempre, siempre pasan cosas malas cuando estamos bien.
¿Qué más podría estar ocultándome? ¿Qué otras mentiras hay?
Esa pregunta me acojona más de lo que quiero admitir.
&
Y decir que las cosas se arreglaron sería mentir descaradamente. Porque no fue así. Ni de coña. La desilusión que me llevé aquella noche no se iba, no bajaba con las horas ni con los días. Se quedaba ahí clavada en mi pecho como un peso constante, como una piedra fría que no podía sacar por mucho que lo intentara.
Mis pensamientos seguían dando vueltas obsesivas alrededor de la negación, ese mecanismo de defensa desesperado que usaba mi cabeza cuando pensaba simplemente en olvidar lo que pasó y ya. En pasar página como si nada. En darle la oportunidad de que recuperara mi confianza rota.
Eso era exactamente lo que me gritaba el corazón cada vez que lo veía pasar por el piso, cada vez que oía su voz al otro lado de la puerta, cada noche que me acostaba solo en esa cama demasiado grande sin él al lado. Mi corazón me suplicaba que cediera, que perdonara, que volviera a sus brazos porque estar lejos de él dolía físicamente. Pero mi cabeza me decía justo lo contrario.
Y en estas circunstancias, por muy jodido que fuera, prefería hacer caso omiso a mis sentimientos. Prefería escuchar a la razón, a esa voz fría y calculadora que me decía que si cedía demasiado rápido, si perdonaba sin que hubiera consecuencias de verdad, estaría sentando un precedente peligroso. Estaría diciéndole que podía mentirme y que yo siempre volvería corriendo a sus brazos como una idiota.
Tom intentaba de mil formas hablarme, acercarse, romper el muro de hielo que yo había levantado entre nosotros. Pedirme perdón con palabras cada vez más desesperadas. Lo intentaba por las mañanas, cuando me hacía café en la cocina y él aparecía con esa cara de cansado y suplicante. Lo intentaba durante el día. Lo intentaba por las noches, tocando suavemente la puerta de la habitación donde me encerraba. Pero yo me encerraba literal y metafóricamente en la habitación, poniendo una barrera física entre nosotros.
Ignoraba sus palabras a propósito, dejando que rebotaran contra el silencio que yo le ponía. Ignoraba sus miradas cargadas de arrepentimiento y dolor cada vez que nos cruzábamos por el piso.
Seguía sin poder mirarle a los ojos ni de coña. Cada vez que intentaba hacerlo, cada vez que nuestras miradas estaban a punto de cruzarse, yo apartaba la mía rápido. Porque sabía que si le miraba de frente, si veía ese dolor de verdad en sus ojos, mi decisión se vendría abajo como un castillo de naipes. Aunque, joder, lo irónico es que todas las noches deseaba con todas mis ganas tenerlo a mi lado. Lo necesitaba como un yonqui necesita su dosis. Quería su presencia, sus brazos rodeándome, su respiración tranquila contra mi cuello mientras nos quedábamos dormidos. Quería su calor en esa cama que se sentía helada sin él.
Una parte de mí quería simplemente pasar de su mentira, hacer como si nunca hubiera pasado, volver a lo de antes como si tal cosa. Pero no podía. Por mucho que lo intentara, no podía borrarlo de mi cabeza así sin más.
Siento que es mi orgullo, o no sé si es mi dignidad, o quizás una mezcla chunga de las dos, lo que me obliga a mantenerme alejado como castigo para él. Como una forma de hacerle entender que sus movidas tienen consecuencias, que no puede mentirme a la cara y esperar que todo vuelva a la normalidad con cuatro disculpitas y ya.
Los días pasaron lentos, pesados. Tres días que parecieron tres semanas.
Y entonces llegó el día del ataque contra Brian.
Por suerte, para alivio de todos, fue un éxito total. Tom recibió buenas noticias por la mañana temprano, entrando al piso con una energía que no le había visto en días. Sus hombres lograron atacar el almacén más importante de Brian aquí en Alemania, una operación complicadísima que llevaban planeando semanas, y consiguieron pruebas de sobra, evidencia sólida, para poder reunirse con los otros clanes y proponer la alianza formal contra Brian.
Era un paso brutal. Un triunfo estratégico que cambiaba todo el panorama por completo.
Él lo celebró esa noche con sus colegas en el bar, justo en la zona VIP que reserva para ocasiones especiales. Travis estaba ahí, claro, junto con sus amigos y algunos otros miembros de confianza del Clan Geist. Había champán caro, whisky de los buenos, risas de verdad. El ambiente era de victoria, de alivio general. Tom me había pedido, prácticamente suplicado con esos ojos que me matan, que le acompañara. Que celebrara con él este logro tan importante. Y a pesar de todo, a pesar del dolor y la distancia que hay entre nosotros, dije que sí. Porque en el fondo, muy en el fondo, me importa su bienestar. Me importa que haya conseguido algo tan clave para su seguridad y la mía.
Pero por mucho que quisiera simplemente disfrutar del momento, relajarme y permitirme estar contento por él, no podía. No del todo. Me sentía genuinamente bien porque le había salido todo como esperaba, porque vi ese alivio en su cara cuando le confirmaron que el ataque había sido un éxito sin bajas en su equipo. Sin embargo, no tenía ganas reales de ponerme a celebrar a lo loco como si nada hubiera pasado entre nosotros hace apenas unos días. No podía actuar como si todo estuviera guay cuando claramente no lo estaba.
Lo intenté. De verdad que lo intenté. Me senté en el sofá de cuero de la zona VIP, acepté una copa de champán que un tal Kinshasa me ofreció, sonreí un poco cuando Travis hizo un brindis por el éxito de la operación. Pero era todo superficial, mecánico. Mi cabeza estaba en otra parte. Por eso, en cuanto tuve la primera oportunidad, cuando la conversación se fue a detalles tácticos del ataque que no me iban ni venían, me disculpé educadamente con el grupito de amigos de Tom.
Vi cómo él me miraba desde el otro lado del sofá, con esa cara de preocupación, ese gesto de querer levantarse y seguirme pero aguantarse. Travis le puso una mano en el hombro, murmurándole algo que no pillé.
Salí de la zona VIP sin mirar atrás.
Bajaba las escaleras con relativa libertad porque, sorprendentemente, no había ni un alma en ellas. Normalmente esas escaleras que conectan la VIP con la planta principal del bar están llenas de gente sentada en los escalones, parejas buscando un poco de privacidad relativa para hablar lejos del ruido ensordecedor de la música, o grupitos pequeños fumando y partiéndose de risa.
Pero esta vez no había absolutamente nadie. Solo yo y el sonido apagado de la música que subía desde abajo.
Mis pasos resonaban contra el metal de las escaleras. Cada escalón era un pequeño alivio, una pequeña distancia más entre ese ambiente de celebración que no podía disfrutar y yo.
—Bill…— oigo que Tom me llama cuando apenas he bajado la mitad de las escaleras.
Su voz suena peligrosamente cerca y pongo los ojos en blanco con cabreo al darme cuenta de que, claro, me ha seguido cuando salí. No ha podido simplemente dejarme ir, darme el espacio que necesito. Tenía que seguirme, como ha estado haciendo estos últimos tres días.
—Quiero estar solo, ¿vale?— le solté sin ni siquiera girarme a mirarle.
Mi tono salió más seco de lo que pretendía, cortante como un cuchillo. Aceleré el paso, bajando los últimos escalones más rápido.
Al llegar abajo del todo, mi mirada se va casi sin querer hacia el escenario principal donde están las bailarinas. Están haciendo una coreografía sincronizada en los tubos, sus cuerpos se mueven con gracia ensayada al ritmo de la música electrónica que retumba en todo el local. Sus vestuarios son efectivamente bonitos, hay que reconocerlo. Elegantes pero provocativos, con lentejuelas que brillan bajo las luces de neón, diseños que marcan sin ser vulgares.
No sé qué habrá hecho Tom al final con la tal Vanessa después de aquella noche horrible. Si la despidió, si la mandó a otro local, si la mató incluso. Y, siendo completamente sincero conmigo mismo, tampoco me importa demasiado. No quiero saber. No quiero pensar en ella.
—Bebé— escucho su voz justo detrás de mí.
Antes de que pueda reaccionar o alejarme, me coge de la muñeca sin darme tiempo a nada. Sus dedos se cierran alrededor de mi piel con fuerza y de un tirón, con más fuerza de la necesaria, me hace girar hacia él con una brusquedad que me pilla totalmente desprevenido. Casi me tropiezo con mis propios pies por el movimiento repentino.
—Ya no estés cabreado, ¿vale? Por favor…— su voz suena diferente ahora. Más desesperada, más rota. Sus ojos buscan los míos con intensidad.
Pero yo aparto la mirada, enfocándola en algún punto por encima de su hombro. —Suéltame, Tom— digo con voz plana, sin emoción.
—Billie…— insiste, apretando un poco mi muñeca. No lo suficiente para hacerme daño, pero sí para dejar claro que no piensa soltarme fácilmente.
Me suelto de su agarre de golpe, dando un tirón brusco de mi brazo que logra liberarme. La piel de mi muñeca queda un poco enrojecida por la presión. —Déjame en paz, ¿quieres?— le suelto, poniendo los ojos en blanco con todo el fastidio del mundo.
No espero su respuesta. Me doy la vuelta al instante y empiezo a caminar con pasos rápidos, decididos, entre la multitud de clientes que llenan el bar. Cuerpos sudorosos, risas, vasos de alcohol, el olor fuerte del humo de tabaco mezclado con perfumes caros y baratos.
Me abro paso entre la gente, esquivando parejas que bailan, grupos que hablan a gritos para oírse por encima de la música. Al final llego al ascensor privado que sube al apartamento de Tom. Mi apartamento temporal también, supongo, aunque últimamente se siente más como una cárcel de lujo. Los tipos que vigilan el acceso me reconocen al momento. No esperan a que diga nada. Uno de ellos pulsa el botón del ascensor sin que tenga que pedírselo.
Les agradezco con una sonrisita que apenas me curva los labios, un gesto más automático que sincero. Cuando las puertas plateadas del ascensor se abren, entro rápido al espacio reducido.
Para mi absoluta desgracia, porque claro, el universo no puede darme ni un puto respiro, Tom se cuela entre las puertas justo antes de que se cierren del todo. Se mete de lado, invadiendo el único espacio personal que intentaba conservar. Suelto un bufido que se oye perfectamente, dejando que mi frustración sea evidente, y me cruzo de brazos a la defensiva. Me apoyo contra la pared del fondo del ascensor, lo más lejos de él que puedo en ese espacio tan pequeño. Fijo la mirada en la flechita con la punta hacia arriba, iluminada, observándola mientras subimos.
El silencio en el ascensor es espeso, incómodo. Siento su mirada clavada en mí, pero me niego a devolvérsela.
Continúa…
Gracias por la visita. No olvides comentar 😉