Silent promise 63

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 63

—¿Hasta cuándo más vas a seguir así, eh?— me pregunta al fin, rompiendo ese silencio que pesaba toneladas.

Su voz suena profundamente cansada, y no hablo del cansancio físico de después de un día largo de curro. Es cansancio emocional, mental. El agotamiento de alguien que lleva días chocando contra un muro de hormigón sin conseguir ni un milímetro de avance.

No le contesto. Sigo mirando la flechita del ascensor.

—He hecho de todo, Bill. De absolutamente todo para que me perdones— sigue, subiendo un poco el volumen, cargado de frustración —He intentado explicarte, he intentado disculparme, he intentado darte espacio, he intentado acercarme. No sé qué coño más quieres que haga.— aprieto los brazos contra mi pecho, abrazándome a mí mismo —Lo único que haces es ignorarme por completo. Pasas de mis palabras como si fueran mierda. Haces como si yo no existiera, como si fuera invisible, y eso me jode vivo, Bill. Mierda.

Su voz se quiebra un pelín al final. Se nota el dolor de verdad, la desesperación real. Y duele. Joder, cómo duele oírle así. Pero mantengo la postura, no puedo ceder. Todavía no. Su mirada está clavada en mí con tanta intensidad que la siento como un peso encima, pero yo no le miro. Me niego.

—Te he traído esta noche específicamente para celebrar conmigo este logro tan importante— sigue, y ahora hay un toque de reproche en su voz —Porque conseguí darle un golpe gordo al hijo de puta de Brian, ese cabrón que te hizo tanto daño, que te torturó, que casi te mata. Logré atacar su operación más importante en Alemania, conseguí pruebas suficientes para montar la alianza que necesitamos para destrozarlo del todo. Y tú… tú decides largarte cuando no ha pasado ni media hora desde que salimos del piso.

Las puertas del ascensor se abren por fin con ese sonido suave, dejando ver el salón del apartamento. Las luces están bajitas, tirando sombras largas por todo el espacio. Salgo disparado del ascensor, casi corriendo, intentando poner distancia física entre nosotros. Pero él me pisa los talones, sin parar de hablar, sin darme el respiro que necesito desesperadamente.

—Quería que celebraras conmigo, Bill— dice, y ahora su voz suena más herida que cabreada —Quería compartir este momento contigo porque eres la persona más importante de mi vida. Porque esto lo hice también por ti, para mantenerte a salvo, para poder darte eventualmente la libertad que te prometí. Y ni siquiera puedes quedarte media hora en la misma habitación que yo.

Camino directo a la cocina, necesitando hacer algo con las manos, necesitando una excusa para no tener que enfrentarle. —¿Por qué no llamas a las tías con las que te acostaste?— suelto de golpe, las palabras salen venenosas de mi boca, cargadas de todo el rencor que llevo acumulado.

Me paro junto al fregadero, abriendo el grifo con más fuerza de la cuenta. El agua sale a chorro, salpicando un poco. Tom se queda callado detrás de mí. Me imagino su cara, probablemente de shock mezclado con dolor. Pero no paro. Ahora que he empezado, las palabras salen como un río desbordado.

—Sí, ¿por qué no?— sigo, cogiendo un vaso de cristal del armario con manos que tiemblan un poco —Quizás ellas puedan estar para ti en estos momentos de celebración. Genial, ¿no? Te las tiras y así celebras con ellas, Tom. Como hacías antes, cuando yo no estaba en tu vida. Seguro que les molaría volver a tu cama ahora que aparentemente estamos teniendo problemas.

—Willem, por Dios…— resopla fuerte detrás de mí, y oigo cómo se pasa las manos por la cara con frustración —¿Es en serio esto? ¿Vas a ponerte en estas ahora?

—Pero solo estoy sugiriéndolo— replico con falsa inocencia, llenando el vaso con agua del grifo.

Me fijo en las burbujitas diminutas que se forman en el agua transparente, concentrándome en ellas en vez de en la conversación.

—Pues vaya sugerencia de mierda— escupe con asco evidente, su voz llena de frustración y dolor —¿Por qué no puedes simplemente perdonarme, Bill? Explícamelo porque no lo pillo. Sé que la cagué. Lo sé perfectamente. No estoy negando mi error. Te he pedido perdón por ello mil veces, de todas las formas que se me ocurren. Pero te pasas todo eso por el forro. Te importa una mierda. Simplemente lo ignoras todo como si mis disculpas no valieran nada.

Inclino el vaso a mis labios, doy un trago grande y frío que apenas calma el calor que tengo en el pecho. Otro trago. Y otro. —No quiero seguir oyéndote— digo al fin, mi voz sale más cansada de lo que quería.

—¡Pues qué mal, Bill, porque no me voy a callar!— dice en voz bastante alta, sin llegar a gritar del todo pero casi. Su voz retumba en la cocina, haciéndome dar un respingo pequeño. Es raro verle así. Tom suele ser calmado, controlado incluso cuando está mosqueado. Pero ahora… —Vas a escucharme aunque no quieras— sigue con una determinación de hierro —Vas a escuchar lo que tengo que decir porque ya me he cansado de que me ignores constantemente. Me he cansado de hablarle a una pared.

—No lo creo…— murmuro, dejando el vaso medio lleno sobre la encimera con un golpe seco que hace un ruido bien fuerte. Veo mi reflejo distorsionado en el agua que queda, las ondas del impacto fragmentando mi imagen.

—Estoy cansándome de esto, Willem— dice, y ahora su voz suena diferente. Más peligrosa. Más al límite —Me estoy cansando de perseguirte por todo el piso, de suplicarte que me mires, de rogar por una conversación que no sea de una sola vía.— no le digo nada. Sigo ignorándole, porque es lo único que puedo hacer ahora mismo sin derrumbarme del todo —Bill…— su voz se suaviza un poco, volviéndose casi suplicante.

Y eso, ese tono, es lo que al final me rompe la compostura.

—¿Por qué no te callas de una puta vez y ya?— exploto.

Me giro para mirarle por fin, enfrentándole cara a cara por primera vez en días. Mi cara es de pura indiferencia forzada, una máscara bien construida para esconder todo el dolor que hay debajo.

—Tu voz, en estos momentos, me pone de los nervios hasta decir basta— sigo, las palabras salen como cuchillos —¿Estás cansado de esta situación? ¡Pues yo lo estoy aún más! ¿Crees que esto es fácil para mí? ¿Crees que disfruto sintiendo esto?— mi voz sube de volumen, conteniéndome apenas de gritar del todo —No quiero verte. No quiero tenerte cerca. No soporto escucharte…

Respiro hondo, intentando controlar las emociones que amenazan con salírseme de las manos.

—Te quiero lejos, Tom. ¿Y sabes qué?— las siguientes palabras son las más difíciles que he tenido que decir en mi vida, y salen como veneno puro —Ya quiero que llegue el día en que me dejes libre, como prometiste. Para poder largarme de aquí y no verte nunca más en lo que me quede de vida miserable. Para poder olvidarme de que exististe, de que esto existió, de todo.

El silencio que viene después de mi histeria es absoluto, ensordecedor. Más fuerte que cualquier grito. Tom se queda completamente quieto, como si mis palabras le hubieran dado un puñetazo físico. Su cara pasa por varias expresiones en segundos: shock, dolor, incredulidad, devastación.

Y obviamente son mentiras. Mentiras horribles que odio haber soltado en voz alta. Yo le amo, ¿vale? Le amo con cada fibra de mi ser. Y le quiero conmigo, quiero estar a su lado, quiero volver a como estábamos antes. Lo que no soporto es la desilusión constante, la decepción que me está comiendo por dentro, el dolor agudo que sigo sintiendo porque me mintió en algo tan importante.

Pero necesito que se calle. Es todo. Solo necesito que deje de hablar, que deje de presionar, que me dé el espacio que necesito para procesar esto sin sentir que me ahogo. No quiero tirarme en sus brazos como una parte de mí desea desesperadamente. No quiero ceder sin que él entienda lo gordo que la cagó. No puedo.

—¿Hablas en serio?— pregunta al fin, su voz suena quebrada, apenas un susurro.

Sus ojos están vidriosos, brillantes con lágrimas que luchan por no caer. Y una parte perversa de mí se siente satisfecha al ver que no soy el único con ganas de llorar de pura impotencia. Hay una tristeza profunda en su mirada, una tristeza que nunca le había visto antes, ni siquiera en los momentos más duros.

—¿Me quieres lejos de verdad?— repite, como si necesitara confirmarlo, como si no pudiera creerse lo que acaba de oír —¿De verdad quieres que te deje ir? ¿Que desaparezca de tu vida?

—Sí— miento otra vez, acompañando la palabra con un leve asentimiento de cabeza que me cuesta toda mi fuerza de voluntad hacer. Cada letra de esa palabra me quema la garganta al salir —Te quiero lejos— repito, clavando el cuchillo más hondo, odiándome a mí mismo con cada sílaba.

Tom se pasa la lengua por los labios nervioso, ese gesto que hace cuando está intentando contener emociones fuertes. Suelta un suspiro pequeño y tembloroso, seguro intentando calmarse él mismo, buscando ese control que suele tener y que ahora se le escapa entre los dedos como arena. —Yo quería…— empieza, y su voz se rompe un poco —Quería que…

Se para, bufando frustrado consigo mismo, sin saber cómo seguir. Sorbe por la nariz, ese sonido típico de alguien que está luchando contra las lágrimas. Parpadea rápido varias veces, intentando alejar las lágrimas que se le acumulan en los ojos, intentando mantener algo de compostura.

—Quería que arregláramos esto antes de que te fueras— sigue al fin, las palabras salen atropelladas, desesperadas —No quería dejarte ir sin antes asegurarme de que lo nuestro estaría bien, ¿sabes? De que no terminaríamos así, con todo este odio y resentimiento entre nosotros. Sigo sin quererlo. Todavía quiero que estemos bien, Bill. Por favor…

Su voz se quiebra del todo en la última palabra, convirtiéndose en una súplica pura. Y me está matando. Verlo así, oírlo así, me está destruyendo por dentro. Pero no puedo ceder. No puedo.

—No quiero hablar contigo de esto, ¿vale?— digo, con la voz más fría de lo que realmente me siento —No ahora. No estoy listo.

—Pero, Bill…— intenta otra vez, dando un paso hacia mí.

—No sigas— le corto firme, levantando una mano en plan «para ya».

Rodeo la encimera para salir de la cocina, necesitando escapar de este espacio cerrado, de esta conversación que me está asfixiando. Paso de él a propósito, esquivándolo, queriendo llegar a la habitación donde puedo encerrarme, donde puedo estar solo con mi dolor sin tener que fingir que estoy fuerte.

Pero, claro, no me deja ir tan fácil.

Me coge del brazo con bastante fuerza, parándome en seco. Sus dedos se cierran alrededor de mi bíceps con presión suficiente para que duela un poco el agarre. No es tan fuerte como para que me queje del dolor físico, no está siendo violento, pero sí lo bastante firme y jodido como para que suelte un gruñido involuntario de cabreo y molestia.

—¿Puedes dejarme tranquilo de una puta vez?— le suelto, intentando zafarme pero su agarre no afloja —Te las has pasado estos días atosigándome sin parar. Ya te he dicho mil veces que no quiero oír tus putas explicaciones y…

Ni siquiera me deja terminar de soltarle todas las maldiciones que tengo acumuladas, atascadas en la garganta, esperando salir. Porque me besa.

Sin avisar. Sin preguntar. Sin darme tiempo a reaccionar o apartarme.

Simplemente cierra la distancia en un movimiento rápido y pega sus labios a los míos con una intensidad desesperada, casi violenta de lo urgente que es. Siento sus labios presionando fuerte contra los míos, moviéndose sobre ellos con una mezcla de desesperación y súplica. Es un beso hambriento, necesitado, cargado de todos los días de distancia forzada que hemos tenido. Un beso que dice todo lo que las palabras no han podido decir. Mi reacción inicial es de shock total. Mi cerebro se corta un segundo, incapaz de procesar qué coño está pasando. Luego viene la resistencia.

Intento con todas mis fuerzas empujarlo lejos, mis manos golpean su pecho con toda la fuerza que tengo. Mis puños chocan contra el músculo duro de su torso una y otra vez, intentando crear distancia, intentando soltarme.

Pero él es más fuerte que yo, siempre lo ha sido.

Me aprieta aún más entre sus brazos, envolviéndome por completo, y con un movimiento fluido me empuja hacia atrás. Mi espalda choca contra la pared más cercana, justo al lado del sofá, con fuerza suficiente para sacarme el aire de los pulmones en un jadeo.

Mis brazos quedan atrapados incómodamente entre su pecho y el mío, pillados en el espacio reducido que queda entre nuestros cuerpos. Sus brazos me rodean la cintura con fuerza, cogiéndome tan fuerte que sé que mañana tendré marcas donde sus dedos se clavan. Una de sus piernas se mete con decisión entre las mías, separándolas, posicionándose firme. Impidiendo que se me ocurra usar las rodillas para darle en los huevos y alejarlo, que era exactamente mi siguiente plan.

En pocas palabras, me tiene completamente acorralado. Atrapado entre su cuerpo sólido y la pared fría detrás de mí, sin espacio para moverme, sin forma de escapar. Y la verdad es que tampoco lo odio de verdad, esa es la puta realidad. Mi amor por él sigue intacto del todo a pesar de todo lo que ha pasado, a pesar de la mentira, a pesar de la desilusión. Sigue ahí, fuerte e inquebrantable, latiendo en mi pecho junto a todo el dolor. Por mucho que intenté resistirme físicamente, golpeándole, empujándole, maldiciendo mentalmente, al final me dejé besar por él. Mi resistencia se vino abajo como un castillo de arena bajo la lluvia.

Podría haberle mordido en cualquier momento. Lo pensé en serio, incluso consideré hacerlo con fuerza suficiente para hacerle daño, para hacerle sangrar, para obligarle a soltarme. Pero ya era demasiado tarde cuando por fin tomé la decisión. Ya había cedido a su beso sin darme cuenta. Mi cuerpo ya había decidido rendirse antes de que mi cabeza pudiera alcanzarlo.

Dejé de golpearle el pecho inútilmente con las manos. En vez de eso, las subí despacito, sintiendo los músculos de su torso bajo la tela de la camisa, subiendo por sus hombros hasta rodearle el cuello con los brazos en un gesto que he hecho cientos de veces antes. Mis dedos encuentran su pelo. Tiene las rastas recogidas en un moño bajo y suelto, improvisado, con algunas escapándose de la goma. Paso los dedos por ellas, enredándolos, tirando un poco en ese gesto que sé que le flipa.

Lleva una camisa blanca de manga corta que le queda un poco holgada, el típico rollo casual que se pone cuando no tiene reuniones importantes. Unos vaqueros oscuros anchos. Sus zapatillas deportivas blancas, impecables como siempre le gusta tenerlas.

Y colgando de una cadena de oro alrededor de su cuello, brillando un poco bajo las luces del piso, está el anillo de nuestra promesa. Ese anillo que nos intercambiamos en un momento de vulnerabilidad e intimidad total, cuando aún creía que podíamos ser completamente sinceros el uno con el otro. Cuando recién empezábamos. Cuando me pidió ser su novio formalmente. Aún recuerdo ese momento. Fue tan bonito, recuerdo lo nervioso que estaba…

Verlo ahí, colgando sobre su corazón, me rompe y me recompone al mismo tiempo.

Tom presiona su cuerpo con más fuerza contra el mío, aprisionándome aún más contra la pared hasta que no queda ni un milímetro de espacio entre nosotros. Puedo sentir cada centímetro de él contra mí, su pecho contra mi pecho, su cadera contra mi cadera, su calor envolviéndome por completo. Su rodilla, bien colocada entre mis piernas, roza deliberadamente mi miembro a través de la tela del pantalón. El contacto, aunque indirecto, me manda una descarga eléctrica brutal que me recorre entero. Una corriente que empieza en ese punto y se expande en ondas, haciéndome suspirar sin querer contra sus labios.

El sonido que me sale de la garganta es vergonzoso, necesitado, deja claro exactamente cuánto le he echado de menos, cuánto mi cuerpo lo ha estado deseando a pesar de todo.

Tres días. Tres putos días duré cabreado. ¿En serio?

Eso es todo lo que aguantó mi resolución, mi determinación, mi castigo autoimpuesto. Tres días que parecieron una eternidad pero que al final no fueron nada contra la fuerza de lo que siento por él.

No, no, no…

La realidad empieza a colarse a través de la niebla de deseo que me nubla la cabeza.

No puedo permitir esto. Si cedo y hago esto sin antes darle su merecido castigo, sin poner consecuencias reales a su mentira, entonces él verá que me puede tener fácilmente. Verá que puede mentirme, que puede hacerme daño, y que yo siempre volveré corriendo a sus brazos sin mayores dramas. Puede incluso volver a mentirme en el futuro, sabiendo a ciencia cierta que lo perdonaré solo porque le amo con locura.

Y no puedo permitir que eso pase. No puedo sentar ese precedente. No puedo ser tan débil.

No sé exactamente cómo encuentro las fuerzas para hacerlo, porque Dios sabe que va contra cada instinto de mi cuerpo, pero muy a mi pesar, con un esfuerzo brutal de voluntad, ladeo la cabeza bruscamente hacia un lado, cortando el beso de golpe.

Nuestros labios se separan con un sonido húmedo, dejando el aire entre nosotros cargado y pesado.

Mis brazos, casi con vida propia, se desenroscan despacito de su cuello. Bajo las manos, sintiendo una última vez el calor de su piel a través de la camisa, pasando por su pecho. Luego, con las palmas planas contra su torso, lo empujo suavemente, sin mucha fuerza real porque no sé si de verdad quiero que se aleje. Para mi grata sorpresa, o decepción, no estoy seguro, él se aparta sin rechistar y sin oponer resistencia. No lucha contra mi empujón. No intenta besarme de nuevo. Simplemente retrocede un paso, dándome el espacio que técnicamente pedí pero que mi cuerpo protesta haber recibido.

Abro los ojos despacio, con dificultad, como si los párpados me pesaran toneladas. Pero todavía no le miro directamente. No puedo. Fijo la mirada en algún punto por encima de su hombro, en la pared detrás de él, en cualquier cosa que no sea su cara. Tengo los labios ligeramente curvados hacia abajo en una expresión de disgusto forzada. Los aprieto fuerte, conteniéndome con toda mi fuerza de voluntad de saltar hacia adelante, de cerrar esa distancia recién creada, de ser yo el que lo bese ahora con toda la desesperación que llevo dentro.

Respiro hondo un par de veces, intentando llenar los pulmones con aire que se siente insuficiente. Cada respiración es un esfuerzo consciente… inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Intentando recuperar algo de compostura, algo de control sobre mí mismo.

Me jode terriblemente querer tenerlo conmigo y no poder permitírmelo. Me jode saber que él está ahí mismo, a centímetros, dispuesto y queriendo arreglar las cosas, y que soy yo el que mantiene esta distancia por puro orgullo o principios o lo que coño sea esto. Pero Tom merece un castigo de verdad por haberme mentido en algo tan importante. Y ese castigo es precisamente mi indiferencia deliberada, mi frialdad forzada y mi ausencia física y emocional. Es lo único que tengo, la única forma de hacerle entender que sus acciones tienen consecuencias. Que me hirió.

Eso, justamente eso, es para que no se le ocurra volver a mentirme nunca más. Para que entienda que no puede simplemente decirme lo que cree que quiero oír y esperar que todo esté guay. Para que aprenda que la honestidad es básica, no negociable, incluso cuando la verdad sea incómoda o vergonzosa.

—No vuelvas a hacer eso… —murmuro al fin, mi voz sale más débil de lo que pretendía, casi quebrada.

No especifico qué exactamente no debe volver a hacer, ¿besarme sin permiso? ¿hacerme sentir así? ¿tentarme a romper mi propia resolución? Quizás todo lo anterior.

Sin esperar su respuesta, porque sé que si me quedo un segundo más, si le miro, si escucho lo que tenga que decir, mi resolución se vendrá abajo del todo, sigo con mi camino original hacia la habitación. Mis pasos son rápidos, casi desesperados. Oigo mi propia respiración agitada mientras cruzo el salón, cada paso que me aleja de él sintiéndose como una traición a mi propio corazón.

No me sigue esta vez. Y eso, de alguna manera, duele aún más que todo lo demás.

Continúa… 

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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