Silent promise 65

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 65

Sabía que su hermanito tenía unos ataques de pánico de la hostia por todo el puto trauma que había acumulado desde que era un chiquillo. Lo había visto mil veces hiperventilando, sin poder respirar, agarrándose el pecho como si le fuera a reventar el corazón, totalmente ido, desconectado del mundo. O por los ataques de asma…

Pero también lo tenía clarísimo, con una convicción que no se tambaleaba ni de coña, que solo saliendo de ahí, solo escapando de esta pesadilla de mierda, podrían estar bien de verdad. Podrían curarse. Podrían ser niños normales por una puta vez.

Por eso tenían un trato entre ellos, un pacto. Les diera igual lo que pasara, les diera igual cuántas veces la cagaran, ella no iba a parar de intentarlo. Seguiría buscando, planeando, esperando el momento perfecto. Y el pequeño estaba dispuesto a que le pegaran si hacía falta de verdad para que esos planes salieran bien algún día. Dispuesto a joderse por la mínima posibilidad de libertad. Pero el miedo seguía ahí, puro, animal, imposible de controlar. Y aun así, ese miedo no conseguía tapar lo valiente que era de base, esa cojonez increíble que demostraba cada día simplemente por seguir respirando.

No tenían nombres de verdad. Nadie se había molestado en ponerles ninguno.

Por eso, entre ellos, tampoco sabían muy bien cómo llamarse. A veces la niña le decía «hermanito» y él le decía «hermana», pero eran más bien roles que nombres. Solo existían en función del otro, no como personas con su propia identidad.

—No llores, porfa…— le pidió otra vez la niña, en su último intento desesperado de calmarlo antes de que llegara Brian, aunque sabía que era perder el tiempo.

El llanto del crío solo se puso peor, los sollozos le sacudían todo el cuerpo pequeño.

La puerta pesada de metal de esa habitación enorme, fría, con paredes grises sin una pizca de vida ni color ni esperanza, se abrió de golpe. El pomo chocó contra el hormigón con un golpazo que retumbó en todo el espacio vacío como si hubieran disparado. Los dos niños se sobresaltaron al instante, pegaron un brinco del susto puro.

Los dos giraron la cabeza a la vez para ver la silueta intimidante de Brian recortada contra la luz del pasillo. Esa cara de mala leche descontrolada que siempre, SIEMPRE, ponía cuando venía a «visitarlos». Mantenía los ojos achinados llenos de odio, la mandíbula apretada y los puños cerrados.

—¿Qué cojones habéis hecho ahora, pedazos de mierda?— preguntó en voz alta y rasposa.

Su voz rebotó por toda la habitación con un eco acojonante, se multiplicaba. Como no había muebles ni nada que absorbiera el sonido, las paredes peladas de hormigón devolvían el ruido más fuerte, como si hubiera varios Brians gritándoles a la vez. El niño tembló todavía más fuerte al oír esa voz, ese tono que ya asociaba directamente con dolor bestia e inevitable. Sus sollozos se convirtieron en hipidos entrecortados mientras intentaba, sin éxito, controlar la respiración que cada vez le costaba más.

—¿Cuándo vais a aprender de una puta vez, eh?— siguió Brian, empezando a caminar hacia ellos con pasos lentos, calculados.

Cada pisada resonaba en el suelo de hormigón, como una cuenta atrás hacia la hostia. Se acercaba como un depredador arrinconando a su presa, disfrutando del miedo que veía en esas dos caritas de niños.

—¡De pie! ¡Ya!— ordenó.

Los críos obedecieron al momento, casi se caen de la prisa. Se levantaron de sus camas y se plantaron delante de Brian, moviéndose instintivamente para pegarse un poco el uno al otro, buscando consuelo en tenerse cerca. Se quedaron a como un metro de él, porque ya habían aprendido a base de hostias que estar demasiado cerca era ponérselo fácil para que les diera.

Los dos permanecían con la cabeza gacha, mirando fijo al suelo, sin atreverse a levantar la vista. Temblando juntos ahora, sus hombros se rozaban ligeramente buscando apoyo mutuo.

—¿Qué coño habéis hecho exactamente esta vez?— preguntó Brian con una voz peligrosamente tranquila, que era mil veces peor que cuando pegaba gritos. Ninguno contestó de inmediato, demasiado cagados para poder articular nada coherente. —¡Hablad de una puta vez, trozos de mierda inútiles!— explotó, su voz subió hasta un rugido que rebotó con violencia en las paredes.

La niña, viendo de reojo cómo Brian empezaba a desabrocharse el cinturón de cuero con toda la calma del mundo, sabiendo perfectamente lo que venía, habló rápido. Sus ojos se clavaron en esa correa con terror puro, pero aun así, juntando todo el valor que le quedaba en ese cuerpecito, levantó la mirada y le miró directo a los ojos al rubio mientras tragaba saliva con dificultad.

—N-no ha sido n-nuestra intención, s-señor Zar— dijo con esa vocecita aguda que le temblaba tanto que apenas se le entendía. —Sin q-querer… rompimos uno de los jarrones del salón principal. El grande, el de porcelana. Estábamos limpiando como nos mandó y… y se cayó. No quisimos, se me resbaló de las manos. Lo siento mucho.

—¿»Sin querer»?— repitió Brian con una risita cruel y despreciativa que no tenía ni gota de gracia. La sonrisa que puso era lo más terrorífico que habían visto nunca esos niños, retorcida y malvada hasta decir basta. —Vosotros dos, pequeños parásitos de mierda, nunca hacéis NADA «sin querer». Todo lo que hacéis tiene un motivo, una intención detrás. Siempre estáis tramando algo, ¿verdad?

Les apuntó con el dedo índice, moviéndolo de uno a otro como si les acusara. El cinturón de cuero se balanceaba peligrosamente con el movimiento de su mano. Los dos críos no podían quitarle ojo a esa correa, hipnotizados por el pánico de lo que venía.

—Queríais escapar otra vez, ¿a que sí?— les acusó convencido —Habéis roto el jarrón a propósito para montar el follón y distraer a los guardias. Para que vinieran a ver qué pasaba y vosotros pudierais escabulliros. Ese era el plan, ¿verdad que sí?

Sin avisar, soltó un latigazo con el cinturón contra el suelo de hormigón justo entre los pies de los niños. El ruido fue como un tiro en ese espacio cerrado. Los dos pegaron un salto del susto, retrocedieron por instinto, con el corazón en la garganta.

—Siempre dando por culo. Siempre siendo un coñazo. Nunca aprendéis, ¿verdad? Nunca pilláis cuál es vuestro sitio en este mundo.

—¡Lo sentimos muchísimo, señor Zar!— gritó el niño entre lágrimas que ya no podía parar, las lágrimas le caían a chorros por la cara —¡Le juro que esta vez no intentábamos escapar! ¡Se lo juro por lo que más quiera! ¡Fue un accidente de verdad! No nos pegue, por favor. Por favor, se lo suplico…

Su voz era pura súplica desesperada, las palabras le salían atropelladas entre hipidos.

Brian dio dos zancadas largas y rápidas hacia el niño, cerrando la distancia en un segundo. Le agarró la cara bruscamente por las mejillas con una mano enorme, los dedos se le clavaron en la piel blandita con fuerza. Apretaba la mandíbula del crío hasta hacerle daño de verdad, hasta que soltó un gemidito de dolor, los dedos le dejaban marcas rojas que luego se pondrían moradas.

—No me grites NUNCA, ¿me has oído?— gruñó, acercándole la cara hasta que sus narices casi se tocaban.

Su aliento apestaba a alcohol fuerte y rancio, le llegaba directo a la cara al pequeño. El niño se estremeció con violencia al oler ese tufo asqueroso, aunque no sabía qué era exactamente. Solo sabía que le daba arcadas, que le entraban ganas de potar.

—¿Por qué tiemblas tanto como una niñita cagada de miedo, eh?— se burló con crueldad —Eres un mariconcito patético, ¿verdad que sí? Un llorón inútil que no vale para nada. Tendrías que haber nacido tía, así al menos servirías para algo.

El crío no soltaba ni una frase que tuviera sentido, solo gemía y sollozaba sin control, el llanto le comía entero. Le dolían horrores las mejillas por la forma bestia en que Brian le agarraba la cara, sentía cómo los dedos se le clavaban en la carne.

—Llorica de mierda. Desperdicio de oxígeno— escupió Brian con un desprecio que te helaba la sangre.

Y sin más, sin avisar de nada, le soltó un hostiazo.

Con el dorso de la mano libre le dio con toda la mala leche en la mejilla. El golpe fue tan fuerte, con tanta fuerza detrás, que el niño, en un momento de flojera total, le fallaron las piernas y se fue al suelo de morros contra el hormigón. La cabeza le rebotó un poco contra el piso duro, dejándole atontado un segundo.

—¡No le pegue! ¡Déjelo en paz!— gritó la niña al instante al verlo, con la voz llena de miedo pero también con una determinación que salía de dentro.

Dio un paso hacia delante sin pensarlo, como si pudiera proteger a su hermano poniéndose en medio. Cerró los puñitos a los lados, temblando pero lista para pelear.

—Mocosa lista…— gruñó Brian, girándose ahora hacia ella con más rabia todavía.

Se movió rápido que flipas para lo grande que era, fue directo a por la niña y le agarró un buen mechón de pelo rubio y desaliñado. Tiró con brutalidad, zarandeándola de un lado a otro como si fuera un trapo viejo.

La niña soltó un grito agudo de dolor cuando Brian la sacudió sin piedad ninguna, y al final la tiró al suelo frío de hormigón mientras seguía sujetándola solo por el pelo. Se le arrancaron varios mechones del cuero cabelludo, quedándose entre los dedos de Brian. El dolor era cegador, como si le estuvieran arrancando la piel de la cabeza directamente. Los dos gemelos acabaron tirados en el suelo, llorando a moco tendido, sus cuerpecitos pequeños eran sacudidos por los sollozos.

—¡Usted es malo! ¡Es un monstruo!— chilló la niña con toda la fuerza que le quedaba, mientras gateaba como podía para llegar hasta su hermano.

Necesitaba estar cerca de él, protegerle, consolarle. Se arrastró por el suelo hasta alcanzarlo y le abrazó al momento. Brian la miró con una cara de «no me lo puedo creer» burlona, como si acabara de soltar la mayor tontería del mundo.

—¿Malo? ¿Crees que soy malo?— se rio sin gracia ninguna —Niña estúpida e ignorante. Si yo fuera realmente malo, os tendría viviendo en la calle, en la puta miseria, rebuscando comida en la basura como las ratas que sois. Pero no. Os doy un techo sobre vuestras cabezas desagradecidas. Agradeced que tenéis camas donde dormir, aunque sean una mierda. Agradeced que tenéis hasta un baño para hacer vuestras necesidades en vez de tener que cagarla en un cubo como animales.

Se agachó despacito delante de ellos, poniéndose a su altura, mirando alternativamente a la niña y al niño que seguían abrazados en el suelo. La cara que ponía era puro desprecio mezclado con una diversión cruel que daba yuyu.

—No es culpa mía que seáis tan poca cosa, tan absolutamente insignificantes y sin valor que vuestros propios papis ni siquiera os quisieron lo suficiente para quedarse con vosotros— siguió con voz venenosa, elegida a posta para hacer daño donde más duele —Me los vendieron a mí como si fueran ganado, como si fueran trastos. ¿Sabéis cuánto pagué por vosotros? Una mierda. Porque eso es lo que valéis. Nada.

—Mami y papi nos quieren— decía el niño en medio del llano, sorbiendo de su nariz.

—Oww, ¿eso crees?— musitó Brian con un tonito para nada tierno, y se acercó más a ellos. —Vosotros, pequeños gusanos insignificantes, sois propiedad mía legal. Míos para hacer lo que me salga de los cojones. Comprados y pagados. Les di una pasta a vuestros queridos papis que os abandonaron sin pensárselo dos veces. Y ahora os tengo aquí. Así que si vais a culpar a alguien de vuestro sufrimiento de mierda, si necesitáis odiar a alguien, culpad a vuestros padres biológicos por venderos como esclavos. Culpadles a ellos por valoraros menos que un televisor nuevo.

Dejó que las palabras calaran hondo, viendo cómo el dolor emocional se juntaba con el físico en las caritas de los niños.

Se levantó despacio, mirándoles desde arriba con una indiferencia total, como quien mira bichos que va a pisar. Observaba con curiosidad fría cómo la niña intentaba desesperadamente calmar el ataque de pánico que le estaba dando a su hermano. El crío hiperventilaba, no conseguía respirar normal, sus manitas se agarraban al pecho.

—Mírenme— les ordenó con voz fría y de jefe absoluto.

Los dos levantaron la mirada al mismo tiempo al oír la orden, con las caras llenas de lágrimas y mocos, los ojos rojos e hinchados.

—Al parecer se os ha olvidado por completo quién manda aquí y que vuestra única función es obedecer sin rechistar, ¿verdad?— preguntó como si ya supiera la respuesta, empezando a enrollar metódicamente el extremo del cinturón alrededor de su mano derecha. Dejó la hebilla de metal pesado colgando libre, balanceándose. Brillaba un poco bajo la luz tenue, amenazante a más no poder. —Como siempre parece que hace falta, tengo que recordaros a base de hostias cuál es vuestro sitio en este mundo. Tengo que grabaros la lección en la piel porque no aprendéis de ninguna otra forma.

—¡No! ¡No, señor, por favor! ¡Se lo suplicamos!— chillaban los dos críos a la vez, sus voces se juntaban en un coro de puro terror. El pequeño gritaba incluso más fuerte que la mayor. —¡No nos pegue, por favor! ¡Haremos lo que sea! ¡Limpiaremos mejor! ¡Trabajaremos más! ¡Lo que usted quiera! ¡Por favor!

—¡Cállense de una puta vez!— rugió Brian, que ya había perdido la paciencia del todo.

Fuera de la habitación, en el pasillo frío y en silencio, Helga y Stiven estaban plantados como estatuas. Lo oían todo. No les quedaba otra.

Oían clarito cómo la hebilla metálica del cinturón chocaba una y otra vez contra los cuerpecitos de los niños. El ruido era inconfundible, seco y jodidamente horrible. Varias veces. Muchas veces. Perdieron la cuenta después de la décima.

Los chillidos agudos y los gritos desesperados de dolor de los críos atravesaban la puerta gorda sin problema. El llanto que no paraba, los ruegos que poco a poco se volvían menos claros a medida que el dolor les ganaba por completo. Las súplicas que al final se convertían en simples gemidos de agonía pura. Las burradas y los insultos que Brian les soltaba entre golpe y golpe, siempre elegidos para hacerles daño no solo en el cuerpo, sino bien dentro de la cabeza. Palabras pensadas para destrozarles cualquier pizca de autoestima o valor que les quedara.

Para hacer que esos pequeños odiaran a sus padres.

Los dos adultos en el pasillo se miraron rápido, compartiendo una mirada cargada de cosas que no decían en voz alta. Stiven estaba claramente incómodo, cambiando el peso de un pie al otro, con los puños apretados a los lados. Helga mantenía una cara neutra a propósito, como si nada.

—Es muy duro con esos niños…— murmuró al final Viper con un toque de pena de verdad en la voz, aunque la bajó lo justo para que Brian no le pillara desde dentro.

No era la primera vez que lo veía, pero nunca se acostumbraba. Siempre le daba ese nudo en el estómago.

—El jefe sabe perfectamente por qué hace lo que hace— respondió Helga con esa naturalidad ensayada, como si estuviera recitando un guion que se sabía de memoria después de repetirlo mil veces. Cruzó los brazos sobre su pecho ancho, poniéndose en una postura rígida y a la defensiva. —Esos niños son los hijos de su peor enemigo, el que palmó antes de que él pudiera hacerle sufrir un poco más. Y como ese cabrón ya está fiambre, como Brian no pudo disfrutar jodiéndole la vida hasta el final como tenía planeado, pues se desquita con lo único que le queda… los críos.

Hizo una pausa, oyendo otro grito que partía el alma desde dentro de la habitación.

—Además— siguió más bajito —el rollo reciente del ataque del Clan Geist le tiene completamente fuera de sí, cabreado perdido. Le conoces. Cuando está así de furioso, necesita descargar, un sitio donde soltar toda esa rabia. Y bueno…— hizo un gesto vago hacia la puerta —ahí están las consecuencias chungas de eso. Los niños son lo más a mano.

Viper apretó la mandíbula, claramente peleando consigo mismo por dentro. Lo poco que le quedaba de moral después de tantos años en este mundillo chocaba contra su lealtad y el miedo que le tenía a Brian.

—No debería ser así…— fue lo único que se atrevió a soltar, casi en un susurro.

Sabía que si decía más, si protestaba de verdad, podía acabar siendo el siguiente en la lista de Brian. Pero tenía que decir algo, aunque fuera para quitárselo de dentro. Helga no contestó. Se quedó mirando la puerta cerrada con cara de póker. Dentro, los ruidos fueron bajando poco a poco. Los gritos se convirtieron en gemiditos flojos. Los golpes se hicieron más espaciados.

Al final hubo un silencio de la hostia, roto solo por sollozos suaves y entrecortados.

Pasado un rato, igual diez minutos, igual veinte, era difícil saberlo, Brian abrió la puerta de golpe y salió. Respiraba un poco acelerado por el esfuerzo, con gotitas de sudor en la frente. Se estaba volviendo a poner el cinturón en la cintura con movimientos tranquilos, ajustándoselo bien.

Viper miró para otro lado a posta cuando la puerta estuvo abierta. No quería ver. Ya había visto suficientes veces el resultado de estos «castigos» como para saber exactamente qué había dentro… dos críos molidos a palos, sangrando, apenas conscientes.

Solo oía los sollozitos entrecortados y los hipidos de dolor de los niños tirados en el suelo frío de hormigón. Soniditos de sufrimiento que seguramente le iban a perseguir varios días.

—Cúralos con alcohol puro, Helga— le ordenó Brian a la mujer mientras se arreglaba la camisa, quitándole las arrugas que se le habían hecho en el arrebato. Soltó un resoplido largo, intentando bajar la adrenalina que todavía le corría por las venas. —Quiero que sufran mientras les curas las heridas, ¿entendido? Nada de anestesia ni analgésicos. Alcohol directo en las heridas abiertas. Que noten cada segundo.

Helga asintió profesional, sin poner cara de nada. —Como usted ordene, señor.

Ya se sabía la rutina. Lo había hecho mil veces. —Viper…— le llamó Brian, girándose hacia su mano derecha.

Se metió bien la camisa por dentro de los pantalones. Soltó otro resoplido para calmar lo que le quedaba de hiperactividad. Le habían quedado ganas de seguir dándole a los mocosos, esa urgencia violenta todavía le picaba en las manos. Pero al verlos casi inconscientes en el suelo, y los charcos de sangre formándose debajo, se había parado. No iba a matarlos. Todavía no. Seguían sirviendo como desahogo. Como recordatorio constante de que había ganado a su enemigo muerto.

—Quiero que aceleres todo lo que tenga que ver con Nathalie— ordenó, refiriéndose a algún plan que ya habían hablado antes —La quiero aquí, en esta mansión, en menos de dos semanas. Catorce días. ¿Lo tenemos clarísimo?

—Entendido perfectamente, señor— respondió Viper al momento —Haré las llamadas necesarias hoy mismo.

Brian se puso a caminar con pasos firmes por el pasillo largo, alejándose por fin de la habitación de los niños y del olor a sangre y miedo que salía de ella. Necesitaba una ducha. Cambiarse de ropa. Ponerse con el castigo que estaba planeando para el Clan Geist. Porque Brian lo tenía clarísimo, con una certeza absoluta, que los líderes de ese clan no tenían ni puta idea de con quién se estaban metiendo de verdad. No pillaban la magnitud del error que habían cometido al atacarle directamente.

Y la guerra que venía, estaba convencido al cien por cien, iba a ser una de las mejores que ya había ganado antes siquiera de empezar de verdad. Tenía experiencia, pasta, contactos, crueldad. ¿Y ellos qué tenían? Suerte de un rato. Nada más.

El Clan Geist iba a quedar en nada, en la puta nada, en muy poco tiempo. Los iba a destruir tan a fondo que nadie se acordaría de que alguna vez existieron. Los borraría del mapa. Lo juraba. Lo juraba por todo lo que tenía. Y Brian siempre cumplía sus juramentos de venganza.

Siempre.

Continúa…

Billie y Tom sí hicieron a estas criaturitas hermosas con mucho amor, ¿verdad? La T3 de este fic se viene más fuerte que esta, desde ya les aviso.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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