Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 7

La fila de taxis es larga; la mayoría son Mercedes negros y beige. Los conductores esperan pacientes y nosotros nos separamos: no podemos ir todos juntos, sería demasiado sospechoso. Alex y Marcus suben a un taxi juntos; Davis y Chen cogen otro. Rodríguez y Williams suben a un tercero y yo…

—¿Compartimos?— aparece Sheryl a mi lado con su maleta y esa sonrisa de cansada —Así sale más barato.

—Claro— asiento.

Entramos en el siguiente taxi disponible. Yo con la maleta, la transportadora de Alfia y la mochila; Sheryl con su equipaje y su portátil, que no suelta ni por asomo. El conductor es un hombre mayor con gorra de taxista y la radio puesta bajita con música alemana. —Guten Tag. ¿Wohin?— pregunta.

—Hotel Adlon Kempinski, bitte— responde Sheryl en un alemán sorprendentemente bueno.

El conductor asiente y arranca. Berlín pasa por la ventana: edificios modernos mezclados con arquitectura antigua, calles limpias, tranvías, bicis. La gente camina con paraguas porque ha empezado a chispear. Es una ciudad preciosa, una ciudad que debería ver como turista. Pero no soy turista. Soy un agente federal a punto de montar un operativo contra una de las organizaciones criminales más peligrosas de Europa. Sí, me lo repito mucho…

Siento la tensión clavarse en los hombros, la mandíbula y el estómago…

—¿Estás nervioso?— pregunta Sheryl en voz baja, lo bastante baja para que el conductor no nos oiga bien.

La miro. Sus ojos muestran preocupación de verdad. Querría decirle que no, que solo son nervios del operativo, pero la verdad es más enrevesada. Estoy nervioso por la misión, sí, pero también estoy… trastornado por ese sueño. Por esos bebés que se sintieron tan reales en mis brazos. Por esa voz llamándome «moreno». Por ese hombre con trenzas que dijo quererme. Por el vacío que aún tengo en el pecho. Pero no puedo soltar todo eso ahora. Si empiezo a hablar, Sheryl hará mil preguntas, se preocupará más y acabará sugiriendo que igual no debo liderar la operación si no estoy bien mentalmente. No puedo permitírmelo.

Este operativo es mío; es mi responsabilidad y lo voy a sacar adelante.

Así que miento. —Sí— digo al final —Son nervios. Es una operación grande e internacional; hay mucho en juego.

Sheryl me mira un rato. Ve que no me lo cree del todo; me conoce demasiado. —Es normal estar nervioso— dice suave —Sería raro si no lo estuvieras. Pero, Ben… sabes que puedes hablar conmigo, ¿no? Si hay algo más…

—No hay nada más— la interrumpo quizá demasiado rápido —Solo los nervios normales de la misión.

No parece convencida, pero no insiste. En vez de eso pone la mano sobre la mía un segundo, un gesto de apoyo. —Vas a estar bien— dice —Eres bueno en esto y todos te cubrimos las espaldas.

—Lo sé. Gracias.

El resto del trayecto va en relativo silencio: la radio en alemán, el limpiaparabrisas barriendo la llovizna y el tráfico mañanero de Berlín. Alfia hace un ruido dentro del transportín y Sheryl sonríe.

—¿Cómo está la princesa?— pregunta.

—Tranquila. Es una viajera experta.

—Me alegro de que la trajeras; habría sido cruel dejarla sola.

—Sí. No voy a repetirlo.

El taxi gira por una avenida principal y, a lo lejos, veo la Puerta de Brandeburgo: icónica, histórica. En otra vida me habría emocionado verla; quizá ya la habría visto mil veces. Ahora solo pienso en la misión. El taxi para frente al imponente Hotel Adlon Kempinski, cinco estrellas. Elegante. Perfecto para turistas pijos o diplomáticos.

O para agentes encubiertos.

—Das macht fünfzig Euro— dice el conductor.

Sheryl paga en efectivo, sin tarjetas, sin rastros. Bajamos con el equipaje; la lluvia ha parado pero el aire sigue húmedo y frío. Entramos al hotel: mármol, candelabros, personal uniformado para servir. No nos entretenemos. Alex ya está en el lobby, revisando el móvil; nos ve y hace un gesto apenas perceptible con la cabeza. Nos registramos en recepción: habitaciones separadas, pagadas con tarjetas corporativas que no delatan nuestra vinculación.

Con las llaves, subimos a las habitaciones. La mía está en el piso doce: amplia, cama king size y vistas a la ciudad. Todo lo que cualquier turista podría desear.

Dejo la maleta y saco a Alfia del transportín. Sale corriendo por la habitación, husmeando cada rincón, oliendo todo. —Tranquila— le digo —Tenemos que irnos en un rato.

Miro el móvil, como a veces hago demasiadas veces, y tengo un mensaje encriptado de Alex:

«Reunión en 30 minutos, embajada estadounidense. Dirección en tu GPS. Vehículos diplomáticos nos recogerán en la entrada trasera del hotel.»

Treinta minutos. Joder.

Corro al baño, me lavo la cara y los dientes, me pongo las cremitas para que la piel no se reseque. Me ducho y me cambio por algo más presentable pero informal. Dejo comida y agua para Alfia y le acaricio la cabeza.

—Vuelvo en un rato, pequeña. Pórtate bien.— me lame la mano, qué mona.

Bajo al lobby y el resto ya está por allí, dispersos pero listos. Salimos por la entrada trasera como nos indicaron y, efectivamente, hay tres SUVs negros con matrículas diplomáticas esperando. No son taxis, son coches oficiales, blindados, probablemente.

Subimos; ahora sí vamos todos juntos. Ya no hace falta fingir.

El viaje hasta la embajada estadounidense es corto, unos quince minutos por las calles de Berlín. Llegamos a un edificio imponente rodeado de seguridad: banderas estadounidenses en la entrada y guardias armados por todas partes. Al bajar mostramos las identificaciones de verdad, no las de turista, credenciales de la DEA, y nos dejan pasar.

Nos llevan a una sala de conferencias segura en la segunda planta. La sala tiene tecnología de última, pantallas grandes, comunicaciones encriptadas, mapas digitales de Berlín… y allí están las autoridades alemanas esperándonos. El director del BKA, el Bundeskriminalamt, un hombre de unos sesenta con el pelo gris y una cara de pocos amigos, dos oficiales de la Policía Federal y un representante de inteligencia. Varios agentes tácticos que van a participar también.

Alex hace las presentaciones formales, apretones de mano y cortesías profesionales.

Y nos sentamos.

En una mesa larga: americanos por un lado, alemanes por el otro. Todos con el mismo objetivo: desmantelar al Clan Geist. Atacar la bodega número tres del puerto de Berlín, incautar toneladas de cocaína y, si hay suerte, pillar a los cabecillas.

El director del BKA abre la charla: —Agente Keller, agente Alex, bienvenidos a Berlín.— Mi jefe y yo inclinamos la cabeza en señal de cortesía. —Tengo entendido que tenéis información clave sobre el Clan Geist que nos puede ayudar a acabar con ellos.

Alex me mira: me toca a mí ya que soy el líder del operativo. Me aclaro la garganta, cojo la tablet que yace en la mesa y me pongo en pie, señalando el mapa digital que aparece en la pantalla grande. —Esta es la bodega número tres del puerto de Berlín— empiezo, con la voz firme —Está en la zona industrial del puerto, apartada de las rutas principales. Coordenadas: 52.5167° N, 13.2833° E.

Cambio la vista en la tablet a una imagen satélite: un gran almacén de metal corrugado rodeado de otros parecidos. Pero este tiene algo distinto.

—Según nuestra fuente, Werner Fischer, que trabajó con el Clan Geist antes de ser asesinado, esta bodega es el centro de procesamiento y empaque de cocaína para la región— digo —Mueven entre quinientos y ochocientos kilos a la semana.

Se oyen murmullos; son cifras importantes.

—La cocaína entra desde Sudamérica por rutas marítimas— sigo —Se procesa aquí, se mete dentro de pescado congelado como método de camuflaje y luego se distribuye por toda Europa y, eventualmente, a EE. UU. Por eso necesitamos la jurisdicción conjunta.

El director del BKA asiente. —¿Cuál es vuestra propuesta de operativo, agente Keller?

Paso a un esquema táctico de la bodega: entradas, salidas, puntos de vigilancia, todo marcado en colores. —Werner nos dijo que los envíos grandes salen los jueves a las seis de la tarde. Hoy es jueves. Eso significa que a las tres de la tarde la bodega estará a tope con el proceso de empaque: máxima actividad, máxima evidencia y máximo personal.

Señalo los puntos rojos en el plano.

—La bodega tiene tres accesos: la principal al frente, una entrada lateral para personal y una entrada trasera de carga para los camiones. Calculamos entre veintr y treinta personas trabajando dentro en cualquier momento. Seguramente todos armados.

—¿Qué nivel de resistencia esperáis?— pregunta uno de los oficiales.

—Alto— contesto sin dudar —El Clan Geist no es amateur; son profesionales. Despiadados. No se rendirán fácil. Debemos asumir que responderán con fuerza letal.

Alex se pone a mi lado. —Por eso proponemos un asalto táctico coordinado— dice —Fuerzas especiales alemanas liderando la entrada física, respaldadas por nuestro equipo. Francotiradores en posiciones elevadas cubriendo salidas. Unidades de retén en el perímetro para pillar a quien intente huir.

—Básicamente— añado —queremos un cerco total. Nadie entra ni sale sin que lo controlemos.

El representante de inteligencia alemán levanta la mano. —¿Y los líderes? ¿Klaus König, Viktor König, Friedrich? ¿Esperáis que estén presentes?

Sabía que saldría esa pregunta.

—No lo sabemos con seguridad— admito —Werner no confirmó si los jefes supervisan en persona o delegan. Pero existe la posibilidad, y si están allí tenemos que estar preparados para detenerlos.

Sheryl se incorpora a la presentación y abre su portátil. —He preparado los perfiles de los tres cabezas— dice, proyectando fotos e info en la pantalla —Klaus König, alias «Frost». Edad aproximada: veintinueve a treinta y tres años. Antecedentes: sospechoso de múltiples asesinatos, tráfico internacional de drogas y blanqueo de capitales. Extremadamente peligroso. Considerado el cerebro estratégico de la organización.

La foto sale en pantalla. No es un rostro entero, solo un par de ojos marrones, fríos e intensos, asomando tras un pasamontañas negro. El resto, tapado.

—Los líderes del Clan Geist nunca se muestran en público— explica Sheryl —Ni ante cámaras. Siempre van con pasamontañas o máscaras. Esta es la única imagen que tenemos de Klaus, grabada por una cámara de seguridad en un operativo hace dos años. Solo se ven los ojos.

Me aprieta el estómago al mirar esos ojos en la pantalla. Hay algo en ellos que me pone… inquieto. Familiar de una forma rara.

—Viktor König, alias «Blade»— continúa Sheryl, cambia la imagen —Edad aproximada: treinta a treinta y cinco años. Posiblemente relacionado con Klaus; no hemos confirmado si son hermanos de sangre o socios cercanos. Especialista en operaciones tácticas; responsable de seguridad y ejecución. También muy peligroso.

Otra foto: ojos marrones más oscuros, también con pasamontañas. Mirada dura y calculadora.

—Y Friedrich, el patriarca— ella hace clic en su laptop —Edad aproximada: cincuenta y cinco a sesenta años. Fundador y jefe supremo del Clan Geist. Poco se sabe de su pasado antes de la organización, pero la inteligencia indica décadas en el narcotráfico. Hay rumores no confirmados que lo vinculan con antiguos cárteles sudamericanos.

La última imagen muestra ojos marrones claros, con arrugas que delatan la edad. Igual de fríos…

—Los tres son extremadamente peligrosos y hay que tratarlos con máxima precaución— concluye Sheryl —Que nunca se dejen ver delata profesionalidad y paranoia; los hace aún más peligrosos. Preferimos captura, pero si suponen amenaza inmediata, está autorizada la fuerza letal.

El director del BKA se recuesta, procesando la información —Es un operativo ambicioso— dice al final —Pero necesario. El Clan Geist ha actuado impunemente demasiado tiempo. Hay que pararlos.

—Contamos con ello— dice Alex —con vuestra colaboración podemos hacerlo.

—Tendrán nuestra cooperación total— confirma el director —¿Cuál es el cronograma exacto?

Vuelvo al esquema táctico. —A las tres de la tarde todos los equipos tienen que estar en posición.— les digo a todos —Las fuerzas especiales alemanas, el GSG 9, liderarán la entrada inicial. Entrada simultánea por las tres puertas. Shock y sorpresa.— marco los puntos en el mapa. —Francotiradores aquí, aquí y aquí— señalo tres edificios altos alrededor de la bodega —Con línea de tiro clara a todas las salidas. Su trabajo es neutralizar amenazas que intenten escapar o disparen desde fuera.

—Nuestro equipo de la DEA entrará justo después de la primera oleada— añade Alex —Nuestra prioridad es asegurar la prueba: la cocaína, los registros, cualquier documento. Y, si se da la oportunidad, identificar y capturar a los líderes.

—Unidades de retén aquí, aquí y aquí— señalo el perímetro exterior —Cerrando todas las vías de acceso. Cualquiera que intente huir en vehículo será detenido. Calculamos que el operativo completo, desde la entrada hasta el aseguramiento total, durará entre quince y treinta minutos— digo —según el nivel de resistencia.

—¿Y si se encuentran con resistencia fuerte?— pregunta uno de los mandos tácticos —¿Si usan armas automáticas o explosivos?

—Entonces adaptamos— respondo —Por eso necesitamos equipos médicos en espera: ambulancias aquí y aquí, listas para intervenir ante bajas, de ambos lados.

La sala se pone más seria; todos saben lo que eso significa: puede volverse sangriento. —¿Comunicaciones?— pregunta el representante de inteligencia.

Chen se levanta. —Sistemas encriptados de última generación— explica —Frecuencias coordinadas entre la DEA y las fuerzas germanas. Cada miembro tendrá radio en canal compartido y comunicación constante. Si algo falla, se sabrá al instante.

—¿Reglas de enfrentamiento?— interviene otro oficial.

Alex responde. —Minimizar bajas civiles a toda costa. Muchos trabajadores dentro pueden ser personal de bajo nivel; ofreceremos rendición. Pero si responden con fuego, se autoriza respuesta proporcional. Proteger la vida de nuestros agentes es la prioridad.

—Y si los líderes están, captura viva preferible— añado —Queremos interrogarlos. Necesitamos información sobre el resto de la red, las conexiones internacionales, sobre Nexus. Y sobre todo, identificarlos bien. Si no vemos sus caras por completo, no podemos estar cien por cien seguros de quiénes son.

El director del BKA frunce el ceño al oír Nexus. —Sí, sobre eso…— dice —Tengo entendido que vuestra operación Nexus fue lo que encendió esta guerra entre vosotros y el Clan Geist.

—Correcto— confirmo —Nexus es una operación encubierta de la DEA para infiltrar y desmontar organizaciones criminales. El Clan Geist piensa que Nexus es un cartel rival. Por eso nos declararon la guerra y por eso mataron a Werner.

—Una estrategia arriesgada— comenta el director.

—Pero eficaz— rebate Alex —Les ha obligado a exponerse, a ser imprudentes; eso nos ha dado esta ventana.

—Perfecto— dice el director asintiendo despacio —Tenéis todo nuestro apoyo. Mi GSG 9 estará listo a las dos para el briefing final. Los francotiradores en posición a las dos y media. Y a las tres, entramos.

—Perfecto— dice Alex, tendiendo la mano —Gracias por la colaboración.

Se estrechan las manos: alemanes y estadounidenses unidos por un objetivo común. La reunión se disuelve; los oficiales germanos salen a coordinar con sus equipos y nosotros nos quedamos revisando detalles de última hora. Marcus se acerca. —Buena presentación, Keller. Clara, directa y profesional.

—Gracias.

—¿Listo para esto?

—Lo más listo que puedo estar.

Sheryl también se acerca, cerrando su portátil. —Tenemos cuatro horas antes de movernos— dice —Deberíamos comer algo y descansar un rato. Cuando empecemos, no habrá pausas.

Tiene razón.

—Hay una cafetería aquí en la embajada— apunta Williams —No es nada especial, pero se come bien.

—Perfecto— dice Davis —Vamos.

Bajamos al primer piso y entramos en la cafetería. Pequeña pero funcional, con comida básica americana: burgers, sándwiches, ensaladas. Pido un sándwich de pavo y un café; necesito la cafeína. No he pegado ojo desde ese sueño en el avión, nos sentamos en una mesa grande, los siete del equipo de la DEA.

—¿Qué tal estáis?— pregunta Alex mirando a todos.

—Listo— responde Davis.

—Preparado— añade Rodríguez.

—Emocionada, la verdad— confiesa Williams con una media sonrisa —Llevamos meses detrás del Clan Geist. Por fin les daremos donde duele.

—Espero que merezca la pena— dice Chen —Que haya esos ochocientos kilos que dijo Werner. Y ojalá los líderes estén.

—Aunque no estén— apunta Marcus —confiscar esa cantidad sería un golpe tremendo. Les desestabilizará y cuando reaccionen…

—Los cazaremos— concluyo.

Alex me mira fijo. —Benjamín, ¿tú estás bien, verdad?

Todos me miran. —Estoy bien— respondo, dando un sorbo al café —Concentrado.

—Porque si hay dudas, ahora es el momento de hablar— insiste Alex —No cuando estemos en medio del operativo.

—No hay dudas— digo con firmeza —Estoy listo. Vamos a hacerlo.

Alex asiente, satisfecho. —Bien. Te necesitamos centrado. Eres el líder; todos seguimos tus órdenes.

—Lo sé. No os fallaré.

Comemos en silencio relativo, cada uno en sus pensamientos, preparándose mentalmente.

En cuatro horas, entramos.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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