Silent promise 70

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 70

By omnisciente

Para Willem, llegar a la Penitenciaría Administrativa de Máxima Seguridad ADX Florence, en Colorado, conocida entre agentes federales y criminales por igual simplemente como «Supermax», el lugar donde pasó dos largos y horribles años de su vida encerrado, viviendo lo que para él, en sus tiempos de completa amnesia, era «el infierno» materializado en carne viva, le provocó un escalofrío involuntario que le recorrió toda la columna vertebral nada más poner un pie dentro de la instalación fortificada.

El vuelo desde Washington D.C. hasta Denver había sido largo y agotador, seguido por el traslado en vehículo oficial de la DEA hasta Florence. Durante todo el trayecto, Willem había estado repasando mentalmente los archivos del caso de Bach, preparándose para esta confrontación con su pasado.

Los recuerdos traumáticos y desagradables de su primera llegada a este lugar lo golpearon mentalmente con una inesperada fuerza en cuanto atravesó las puertas de seguridad principales. Las obscenidades vulgares y amenazantes que gritaban los otros reclusos violentos mientras él caminaba aterrorizado por los interminables pasillos de hormigón gris hasta llegar a la celda minúscula donde sinceramente pensó que moriría en algún momento, sintiéndose tan vulnerable y expuesto.

El uniforme naranja áspero que le habían dado, demasiado grande para su complexión delgada. Las esposas metálicas frías y pesadas que le apretaban dolorosamente las muñecas. Caminando cabizbajo mientras lloraba en silencio, con lágrimas calientes rodándole por las mejillas, por ese destino tan increíblemente cruel que le había tocado sin siquiera entender por qué.

Recordaba con claridad lo absolutamente miserable que se sentía en esos momentos iniciales. Se sentía tan perdido en un mundo que no reconocía, sin saber siquiera su propio nombre cuando los guardias lo llamaban una y otra vez. Se sentía tan mal, tan profundamente triste y desesperanzado. Era un sentimiento devastador que él jamás podría explicar adecuadamente con palabras a nadie que no lo hubiera experimentado, porque ni siquiera él mismo podía darse una explicación completa de esa desesperación particular que lo consumía entonces.

Recordó con viveza la brutal paliza que le dio un grupo de reclusos en su tercer día. Tres hombres enormes que lo acorralaron en las duchas comunes, y cómo Beckham apareció de la nada e impidió que siguieran haciéndole daño hasta potencialmente matarlo. Cómo ese hombre prácticamente desconocido le enseñó con paciencia a defenderse durante las semanas siguientes, cómo le mostró cómo sobrevivir en ese ecosistema violento.

Esos dos años completos en la cárcel federal de máxima seguridad, en aquel momento cuando aún no tenía acceso a ninguno de sus recuerdos previos, para el Benjamín que era entonces fueron los más horribles e insoportables de toda su existencia. Para esa versión de sí mismo, esos setecientos treinta días fueron una tortura interminable.

Pero ahora, siendo Willem bajo la máscara profesional de Benjamín Keller, teniendo por fin pleno uso de razón en lo que a su pasado traumático se refería, para él esos dos años de prisión no fueron absolutamente nada, apenas un inconveniente menor, comparado con el verdadero dolor devastador que vivió antes de acabar en un coma prolongado durante un año.

Comparado con la traición de quien creía su mejor amiga, comparado con la tortura sistemática de Brian, Ría y Nathalie. Comparado con perder a sus hijos. Comparado con creer que Tom había muerto. La prisión había sido casi un refugio en comparación.

—Agente Keller…— la voz profesional del oficial de seguridad frente a él, en el puesto de control, lo sacó abruptamente de su densa nube de pensamientos dolorosos, disipándola como humo en el aire.

Willem volvió bruscamente en sí, parpadeando varias veces, dándose cuenta de que estaba de pie frente al mostrador de registro, a punto de firmar el papeleo obligatorio de entrada que todos los visitantes debían completar. Era un protocolo estándar que no podía saltarse sin levantar sospechas innecesarias.

Sin embargo, gracias a las gestiones políticas de Alexander Krüger con sus contactos en el sistema federal estadounidense, era lo único que tendría que firmar formalmente. Alex había arreglado el resto de la burocracia con antelación, despejando el camino. Así que con esta única firma solo estaría dejando registrada en el historial electrónico del sistema su hora exacta de llegada a las instalaciones.

Normalmente a las visitas civiles regulares se les ponía un sello visible de tinta en la muñeca que más adelante sería verificado por otro oficial de seguridad en puntos de control adicionales, para asegurarse de que nadie no autorizado se colara en áreas restringidas. Pero Willem, por la suerte de su rango y sus credenciales federales, no tenía que pasar por esas medidas de seguridad degradantes y molestas.

Firmó rápidamente con un trazo firme en la línea indicada: Agente Especial Benjamín Keller, DEA.

Podría haber solicitado específicamente que trajeran a Bach a una de las salas oficiales de interrogatorios equipadas con grabadoras y cámaras de vigilancia; ese habría sido el procedimiento estándar para un agente federal que visitaba a un recluso, pero no quería arriesgarse deliberadamente a que las cámaras de seguridad tuvieran micrófonos direccionales activos que pudieran captar y grabar su conversación privada con Bach. Demasiado arriesgado. Demasiadas posibilidades de que algo se filtrara.

Así que en su lugar solicitó expresamente ser guiado al patio exterior de recreo de la Penitenciaría, el área menos supervisada tecnológicamente, donde las conversaciones se perdían en el ruido ambiental general.

En cuanto las puertas de seguridad reforzadas se abrieron con un fuerte zumbido electrónico, Willem fue inmediatamente asaltado por el ruido cacofónico. Se escuchaban claramente los gritos ásperos de los reclusos gritándose obscenidades unos a otros, el sonido metálico y pesado de las pesas de gimnasio siendo dejadas caer descuidadamente contra el asfalto agrietado, voces masculinas bulliciosas chocando unas contra otras en múltiples idiomas, creando una cacofonía constante.

Mientras caminaba siguiendo al guardia de escolta a través de los pasillos exteriores, Willem veía claramente a través de la valla alta de alambre reforzado cómo varios reclusos giraban lentamente sus cabezas rapadas o tatuadas al darse cuenta de la presencia inusual de un agente federal de la DEA caminando por su territorio. Las conversaciones cercanas se iban silenciando gradualmente a su paso. Los ojos lo seguían con curiosidad.

Bill había decidido estratégicamente no quitarse el uniforme oficial completo de la DEA para esta visita. Quería que todos allí lo vieran exactamente como lo que era ahora, una autoridad federal con poder real. Caminaba completamente recto, con una postura militar perfecta, con la cabeza alta y orgullosa, mientras miraba de reojo calculadoramente a su alrededor, aprovechando y proyectando conscientemente su superioridad inherente allí al ser un agente federal de alto rango de la DEA.

La placa dorada brillaba en su pecho. La pistola reglamentaria Glock descansaba visiblemente en su cadera, en su funda de cuero. Cada elemento de su presentación gritaba lo intocable, poderoso, y peligroso que era.

Los guardias de seguridad abrían puertas gruesas de barrotes con sonidos metálicos resonantes en cada curva arquitectónica que atravesaban, escaneando tarjetas de acceso en lectores electrónicos, hasta que finalmente llegaron al área designada de visitas para reclusos de alta seguridad.

El espacio era espartano y funcional. Había varias mesas largas de metal soldado, atornilladas permanentemente al suelo de hormigón, acompañadas de bancos igualmente largos también fijados para evitar que fueran usados como armas. La única iluminación natural disponible era la luz filtrada del sol que entraba a través de la valla alta de alambre que dividía estratégicamente el área controlada de visitas del patio general de recreo más allá.

Todo estaba diseñado para máxima seguridad y mínima comodidad.

—¿Dónde está Beckham Chase?— es la pregunta directa que hace Willem con un tono de voz seco y profesional, girándose para mirar fijamente al guardia de escolta que lo había traído hasta allí.

Su expresión facial era muy seria e inescrutable, proyectando una absoluta autoridad. Y el tipo le mostraba visiblemente el debido respeto apropiado a su rango, enderezando instintivamente su postura.

Willem amaba intensamente eso, sentir ese poder. Porque ese mismo guardia en concreto, cuya placa de identificación decía «Oficial Kuhn», era precisamente uno de los guardias corruptos que hacían sus rondas de vigilancia de forma negligente y no como se debía según el reglamento oficial. Willem lo recordaba con una claridad perfecta de sus días como recluso, recordaba exactamente cómo ese mismo guardia había girado deliberadamente la cabeza hacia otro lado en cuanto recibió discretamente un fajo grueso de billetes de veinte dólares del mismo grupo violento que agredió brutalmente a Willem en su primer día en esta prisión.

El guardia simplemente se fue caminando tranquilamente, sin decir absolutamente nada, permitiendo que la paliza continuara. Y si no hubiese sido por la intervención heroica de Bach apareciendo cuando lo hizo… bueno, Willem ni siquiera quería imaginar qué habría pasado. Probablemente violación. Probablemente muerte.

—Pedí que el recluso Beckham estuviera completamente enterado de mi visita oficial con suficiente antelación— añadió Willem con u tono cortante en su voz cuando el guardia no respondió inmediatamente.

—Lo está, agente Keller— respondió el Oficial Kuhn, que estaba de guardia en ese momento, asintiendo rápidamente. Su voz sonaba ligeramente nerviosa ante la presencia intimidante del agente federal. —El recluso está siendo traído aquí en estos momentos desde su celda en el bloque D— prosiguió explicando con tono de voz apologético —El sujeto no suele aceptar salir voluntariamente de su celda durante las horas de recreo algunas veces, y por desgracia hoy ha sido una de esas ocasiones problemáticas. Pero los guardias de su bloque están convenciéndolo ahora mismo y estará aquí muy pronto, se lo aseguro. ¿Desea que lo acompañe mientras espera o prefiere…?

—No hace ninguna falta, oficial— contestó Willem rápidamente y de forma cortante, sin permitir que desapareciera de su voz ese tono ligeramente borde y lleno de su superioridad profesional que había estado cultivando. Hizo un gesto vago y desdeñoso con la mano en el aire, como espantando una mosca molesta —Puede retirarse inmediatamente. Lo llamaré cuando mi entrevista con el recluso haya terminado.

—Como guste, agente— el guardia le dedicó una última mirada cautelosa, evaluadora, antes de darse la vuelta con gesto militar y marcharse con pasos rápidos. Claramente aliviado de poder alejarse de la presencia intimidante del agente federal.

Willem lo observó marcharse con el escepticismo evidente en su mirada entrecerrada mientras veía la figura del guardia alejarse y desaparecer a través de una puerta de seguridad. Luego recorrió metódicamente con la mirada todo el espacio circundante, estudiando cada rincón, cada sombra, cada posible punto de observación.

Miraba con un desdén apenas disimulado a los reclusos dispersos por el área que tenían sus miradas curiosas clavadas en él, claramente extrañados de ver a alguien con su apariencia y autoridad en un lugar como este. Willem pensaba que quizá no lo reconocían específicamente por su cabello ahora completamente rubio teñido, un cambio drástico respecto a su negro natural, aunque consideró que era estadísticamente poco probable que nadie lo recordara.

Él no había convivido socialmente con prácticamente nadie durante su tiempo como recluso allí, manteniéndose aislado y protegido en su mayoría por Bach. Pero sí había visto y memorizado muchos rostros familiares cuando echaba ocasionalmente un vistazo largo y observador al llegar la hora de recreo supervisado, con Bach actuando como su guardaespaldas.

Quizá nadie allí se acordaba ya del jovencito extremadamente delgado de tan solo diecinueve años, completamente sin memoria de quién era, pelinegro y con una mirada perpetuamente triste y vacía que solía caminar pegado a la sombra de Bach como un cachorro asustado.

O quizá sí lo reconocían perfectamente a pesar de los cambios físicos evidentes, y precisamente por eso varios de ellos lo miraban con tanta intensidad e insistencia, con expresiones que mezclaban sorpresa, confusión y algo que podría ser respeto o miedo ante su transformación de víctima a autoridad…

—No me lo puedo creer en absoluto…— escuchó una voz familiar y áspera a sus espaldas que reconoció al instante a pesar de los años transcurridos.

La voz tenía ese tonito característicamente sarcástico y burlón que Willem recordaba perfectamente.

—Otra vez viene uno de la DEA queriendo hacerme la visita especial, aunque desde luego no es una particularmente muy apreciada por mí personalmente— soltaba Bach con esa altanería característica que a Willem le provocó una risa interna, pero se contuvo profesionalmente de soltar una carcajada que habría arruinado su imagen. —Hace muchísimo tiempo que nadie, absolutamente nadie, venía a verme aquí. Me hace sentir importante y relevante que un agente federal se moleste en venir hasta Colorado específicamente por mí, ¿eh? Qué honor tan grande.

Willem escuchó claramente el sonido metálico distintivo de las esposas siendo retiradas de las muñecas de Bach por el guardia de escolta.

—Mantenga el orden y la compostura, Beckham— le advirtió con firmeza el guardia que lo había traído hasta esa zona desde su celda —Nada de movimientos bruscos o agresivos. Está bajo observación constante.

—Tranquilo, oficial, no haré absolutamente nada malo ni problemático— le respondió Bach con un tono extrañamente calmado, demasiado controlado para alguien con su historial disciplinario —Solo voy a sentarme aquí tranquilamente y fingir disfrutar cortésmente de la maravillosa inesperada visita. Con un comportamiento ejemplar, se lo prometo.

A pasos deliberadamente lentos y medidos, Willem decidió finalmente darse la vuelta para enfrentarse a su antiguo protector, girando sobre sus talones. Mientras lo hacía, cruzaba los brazos defensivamente sobre su pecho uniformado y mantenía una expresión seria a duras penas, luchando internamente contra el impulso de sonreír. Arqueó una ceja con gesto evaluador al ver finalmente a Bach después de tantos años de separación.

El hombre estaba sentado de forma casual en el banco de metal, pero dándole deliberadamente la espalda a la mesa en un gesto de informalidad casi irrespetuosa, apoyando su espalda musculosa contra el borde frío de la misma. Mascaba chicle descuidadamente con movimientos de mandíbula lentos y relajados. La sonrisa burlona y sarcástica que tenía instalada en sus labios húmedos se fue desvaneciendo poco a poco hasta desaparecer por completo al fijarse con creciente reconocimiento e incredulidad en ese rostro delicado que conocía a la perfección, a pesar de todos los años que habían pasado inevitablemente y a pesar de que los rasgos faciales ahora fueran notablemente más maduros y definidos, pero no por eso menos delicados o reconocibles.

La sorpresa de Bach fue absolutamente evidente en cada línea de su expresión. Sus cejas oscuras se arquearon dramáticamente hacia arriba. Parecía haber olvidado completamente cómo se mascaba el chicle; su mandíbula se quedó congelada a medio movimiento.

Obviamente ver a Willem, ahora rubio, en lugar del negro azabache que recordaba, y vistiendo un uniforme impecable de agente federal de la DEA en lugar del degradante naranja de recluso, fue para él algo absolutamente sorprendente y casi surrealista. Además del shock evidente de que Willem estuviera allí físicamente, haciéndole una visita voluntaria después de todos esos años de silencio.

Cuando Bach ya se había resignado por completo y creído con absoluta certeza que todos en el mundo exterior se habían olvidado permanentemente de su existencia, que moriría viejo y solo en su celda sin que a nadie le importara, aparecía Bill para recordarle que al menos una persona en todo el maldito planeta sí lo tenía presente en sus pensamientos.

—No me lo puedo creer para nada…— murmuró Bach con asombro puro teñido de emoción mientras se iba poniendo de pie muy lentamente, casi con reverencia. Sus ojos recorrían la figura transformada de Willem de arriba abajo, tomando nota de cada cambio, de la postura más confiada, los hombros más anchos por un entrenamiento físico evidente, el cabello diferente, el uniforme que llevaba.

Willem, antes de permitirse responder verbalmente a su antiguo amigo y protector, dirigió su atención y su mirada autoritaria al guardia uniformado que había escoltado y traído físicamente a Bach.

—Retírate— le ordenó con una voz que no admitía discusión —Llamaré cuando la entrevista haya terminado y necesite que regreses para llevarte al recluso.

—Lo siento, agente Keller, pero el protocolo de seguridad establece claramente que no podemos bajo ninguna circunstancia dejar al recluso Beckham sin supervisión directa durante…— comenzó a explicar el guardia con tono apologético, citando evidentemente el manual de procedimientos.

—Te he dado una orden directa, no una sugerencia— aseveró Willem con una rudeza cortante al ver que el guardia no quería obedecer inmediatamente su instrucción clara. La rabia iba creciendo poco a poco dentro de él como brasas calentándose, y pensaba con creciente frustración que si el tipo no se retiraba pronto y voluntariamente, entonces haría absolutamente lo que estuviera en sus manos, legales y extralegales, para echarlo, aunque fuera usando fuerza o amenazas directas.

Sin embargo, canalizando esa rabia creciente, Willem levantó deliberadamente la cabeza con adicional firmeza, cuadrando los hombros y proyectando cada gramo de autoridad federal que poseía.

—Retírate a menos que quieras una sanción formal en tu expediente permanente que arruine tu carrera— amenazó con voz helada —Puedo y haré que te echen de este trabajo sin referencias utilizables si continúas cuestionando mis órdenes. Y no creo que eso sea muy conveniente para usted en su situación actual, ¿verdad, oficial? Supongo por el anillo en su dedo que tiene una esposa. Probablemente hijos también. Una familia que mantener económicamente. Y desde luego necesita desesperadamente el sueldo tan miserable que le pagan aquí todos los meses.

El guardia se puso visiblemente tenso de inmediato, enderezando la postura. Claro que sabía con certeza que el agente federal podía hacer exactamente lo que amenazaba; tenía el poder político y legal para arruinarle la vida con una simple llamada. Y claro que necesitaba urgentemente el sueldo para pagar la hipoteca de su casa y la escuela de sus dos hijos.

No podía permitirse, simplemente, que lo echaran estúpidamente de su puesto de trabajo estable por pura terquedad.

—¿A qué estás esperando?— presionó Willem con impaciencia —Vete ya.

Esta vez el guardia no esperó ni un segundo más a que Willem volviera a hablar o a que la amenaza se intensificara. Simplemente optó con inteligencia por retirarse de inmediato, dándose la vuelta y marchándose con pasos rápidos hacia la salida de seguridad más cercana, murmurando algo inaudible que probablemente eran maldiciones.

Bach observaba toda la escena con un asombro mal disimulado, estudiando fascinado al rubio, analizando cómo se comportaba tan increíblemente serio y eficaz en su papel de autoridad. No había absolutamente ningún rastro visible del pelinegro tímido, asustado y vulnerable al que Bach había protegido cuando ambos estaban encerrados allí dentro todos esos años atrás. Y esa transformación radical lo ponía genuinamente muy contento y orgulloso, como un padre viendo a su hijo crecer y superar adversidades.

—¿Qué clase de poder tienes ahora exactamente, eh?— preguntó Bach con curiosidad y con impresión —Porque hacer que un guardia de Supermax se cague de miedo y obedezca así… eso no es poca cosa.

—La clase de poder considerable que tengo al ser un agente especial de alto rango en la DEA con conexiones directas en Washington, ¿mmhm?— respondió Willem con una autosuficiencia deliberadamente exagerada en tono de broma, levantando una ceja con gesto juguetón. Luego permitió que una sonrisa genuina y amplia se formara en sus labios, rompiendo finalmente la máscara profesional. —Hola de nuevo, Bach. Ha pasado demasiado tiempo.

El castaño finalmente sonrió también, ligeramente al principio, luego más ampliamente mientras procesaba la realidad surrealista de este reencuentro. —Y yo que pensaba que ya te habías olvidado completamente de mí después de todos estos años, ¿eh? Que habías seguido con tu vida sin mirar atrás.

Willem frunció inmediatamente el ceño con disgusto evidente y entreabrió la boca con una indignación totalmente exagerada, llevándose una mano al pecho de forma dramática. —¿Cómo te atreves siquiera a sugerir eso?— soltó con una desaprobación teatral, negando con la cabeza —Nunca, jamás me olvidé de ti ni por un segundo, ¿sabes? Me salvaste la vida aquí. Me ofendes profundamente con esa suposición, Bach.

El castaño soltó una risa ligera, el primer sonido de alegría real que había emitido en meses. —Vale, vale, te pido disculpas entonces, agente— murmuró con sorna juguetona, haciendo que Willem entornara los ojos en gesto de diversión fingida.

Ambos hombres se acercaron finalmente a la mesa de metal para sentarse apropiadamente uno frente a otro, conscientes de que debían hablar y tocar un tema muy importante y delicado que requería concentración. La atmósfera se volvió gradualmente más seria a medida que tomaban asiento.

—¿Cómo sigues con tu amnesia?— preguntó Bach con preocupación una vez estuvieron instalados —¿Ya has conseguido recordar algo significativo de tu pasado o sigues en blanco?

El menor suspiró pesadamente y su expresión cambió.

—Todo— fue su respuesta simple, pero acompañada de un resoplido frustrado que para Bach, con su capacidad de observación entrenada, no pasó desapercibido —Recuperé absolutamente toda la memoria de golpe, como si alguien hubiera pulsado un interruptor. Y bueno, sinceramente echo de menos mi tiempo de amnesia total, ¿sabes? La ignorancia era realmente una bendición.

Hizo una pausa y su voz adoptó un matiz de vulnerabilidad.

—Y aun así intento con todas mis fuerzas ser fuerte y funcional— confesó con un temblor notable en la voz que trataba de controlar. Bajó la mirada, enfocando fijamente el metal rayado de la mesa, y se relamió nerviosamente los labios —Es jodidamente difícil vivir con estos recuerdos…

—Lo entiendo perfectamente, pasaste por demasiadas cosas horribles para una sola persona— comentó Beckham con una profunda empatía por el asunto, y su voz se suavizó —Fue demasiado peso para alguien tan joven. Nadie debería sufrir lo que tú sufriste.

—Sí…— susurró Willem, perdido momentáneamente en recuerdos dolorosos.

—¿Qué hay de Tom?— preguntó Bach después de un momento de silencio, bajando su voz lo suficiente —¿Lograste finalmente encontrarlo? ¿Sabe que estás vivo?

Willem se tensó inmediata y visiblemente ante la mención de ese nombre en concreto, y Bach lo notó enseguida por lo erguido que se puso de golpe, por cómo sus hombros se cuadraron defensivamente. El observador mayor supo al instante que algo definitivamente no iba bien entre ellos por la expresión seria y dolida que cruzó fugazmente por el rostro delicado del menor durante unos segundos antes de que se recompusiera y recuperara su máscara profesional.

Para Willem era muy doloroso pensar en Tom en este momento, porque cada vez que su mente vagaba hacia él inevitablemente volvía también el recuerdo de la horrible discusión que tuvieron, la pelea por las mentiras. Y, junto a eso, la razón concreta por la que ahora lo estaba ignorando tan deliberadamente, castigándolo con su silencio.

Se sentía profundamente mal consigo mismo, culpable y dividido. Su corazón y su mente no estaban sincronizados esta vez en absoluto. Porque su mente racional quería seguir firme con el castigo merecido, mantener la distancia hasta que Tom realmente entendiera la magnitud de su error. Pero su corazón desesperado le suplicaba constantemente que lo perdonara ya, que volviera a recuperar esa relación tan hermosa y única que habían construido juntos con tanto esfuerzo.

Willem estaba atrapado en medio de una guerra interna brutal entre su mente y su corazón. Entre sus sentimientos apasionados y su razón fría. Entre su dignidad herida y su orgullo lastimado frente a su amor incondicional. Eran tres fuerzas contra una. ¿A cuál debía hacer caso? ¿Qué voz debía escuchar?

No quería ni siquiera pensar profundamente en Tom ni en su relación complicada en ese momento.

—Te contaré después con más calma sobre toda esa situación— se apresuró a decir Willem en cuanto notó que se había quedado en silencio durante más segundos de los socialmente aceptables, y sabía perfectamente que Bach era extremadamente observador y perceptivo —Por ahora no vamos a hablar de ese tema en concreto. Hay algo muchísimo más importante y urgente que tenemos que hablar aquí.

Bach no dijo absolutamente nada con respecto a la evasión evidente; sabía por experiencia que Willem debía tener sus razones válidas y dolorosas para no querer hablar del tema de Tom. Se preguntaba internamente, con preocupación… ¿qué había hecho exactamente el cabeza hueca impulsivo de su mejor amigo para que su pareja estuviera así de afectado y distante sobre el tema?

O en todo caso, considerando la línea temporal, ¿Willem ya había logrado ver personalmente a Tom después de recuperar la memoria? ¿Tom ya sabía con certeza que su moreno nunca murió realmente como todos creyeron? Tenía montones de preguntas urgentes acumulándose, pero aun así se mordió literalmente la lengua con fuerza para no hacer ninguna pregunta concreta que chocara directamente con el tema delicado que Willem claramente quería evitar a toda costa.

Así que simplemente se encogió de hombros con resignación.

—¿De qué quieres hablar entonces?— preguntó con curiosidad, cruzando los brazos musculosos sobre la mesa sin apartar ni un segundo la mirada de Willem —¿Para qué has venido realmente hasta aquí?

—Voy a sacarte de aquí— soltó Willem directamente, sin rodeos, con la voz baja pero firme.

Aunque el ruido constante de fondo del patio, los gritos, risas, conversaciones superpuestas, era más que suficiente para que la conversación privada entre ambos no pudiera ser escuchada por terceros cercanos o guardias a lo lejos.

Bach entreabrió ligeramente los labios, en shock.

—Voy a hacer que tu caso se abra de nuevo de forma oficial ante un tribunal federal, y voy a conseguir tu libertad completa— continuó Willem con absoluta determinación —Así que necesito urgentemente que me ayudes cooperando en absolutamente todo lo que te pida, sin cuestionar nada. Cuanto antes empecemos con el proceso, mejor para todos.

—¿Eh?— Bach lo miraba completamente perplejo, como si le hubieran hablado en un idioma extranjero —¿Cómo que vas a sacarme de aquí? ¿Estás loco? Esto es Supermax, no una cárcel del condado.

—Eso mismo— afirmó el menor con convicción —¿Recuerdas con total precisión la confesión completa que diste años atrás cuando te incriminaron inicialmente por los cargos concretos por los que ahora estás aquí cumpliendo condena?

—O-obviamente que sí la recuerdo— respondió Bach, frunciendo el ceño —La he repetido en mi cabeza mil veces. Es imposible olvidarla.

—Perfecto, bien. Porque tienes que decir exactamente, palabra por palabra, lo mismo que dijiste entonces— explicó Willem inclinándose hacia delante con intensidad —No puedes equivocarte en absolutamente nada, ni en un detalle mínimo. Cualquier cosa que digas en el interrogatorio formal que te voy a hacer próximamente, o en el nuevo juicio federal en el que te vas a presentar pronto como testigo, que no coincida perfectamente con lo que dijiste en tu confesión original puede arruinar completamente la oportunidad que tenemos de que salgas de aquí libre.

Le sostuvo la mirada fijamente.

—Y eso desde luego no podemos permitir que pase bajo ninguna circunstancia— añadió rápidamente con ese profesionalismo característico que ahora lo definía —Además, piensa seriamente que tienes a alguien muy importante esperándote ahí fuera, en el mundo libre…

Bach supo rápidamente y con total certeza a quién se refería exactamente Willem con esas palabras. Y soltó una risita corta, algo desanimada y amarga. —Seguramente ella ya ha hecho completamente su vida sin mí. Diez años es demasiado tiempo para esperar a alguien.

—¿Eso crees de verdad?— preguntó Bill con curiosidad, frunciendo ligeramente el ceño —¿Por qué estás tan seguro?

El mayor soltó un resoplido irónico por la nariz, mirando con una obviedad dolorosa al menor.

—He estado aquí encerrado diez años completos, Billie… es muchísimo tiempo para que alguien espere— explicó con realismo, muy resignado —Y dudo muchísimo, por mucho que me duela admitirlo, que ella me haya estado esperando fielmente todo este tiempo como si fuera un cuento de hadas. Es irreal esperar algo así.

—No deberías pensar ni asumir eso tan rápido— fueron las palabras medidas del menor, que sonrió ligeramente con un conocimiento secreto.

Dejaría que fuera Bach quien se llevara la sorpresa agradable cuando descubriera la verdad por sí mismo.

—No creo sinceramente que pueda salir de aquí, Willem— dijo Bach con voz cansada —Esto es Supermax. Los que entran aquí no salen hasta que están muertos. Es así de simple.

—¿Dudas seriamente de mí y de mis capacidades?— preguntó el menor, arqueando una ceja.

—No, pero… es que…

—Voy a sacarte de aquí, Bach— reafirmó el rubio con una firmeza absoluta e inquebrantable.

Había demasiada convicción pura en su expresión facial, en sus ojos color miel brillantes. Willem se veía indudablemente mucho más maduro comparado con el niño asustado de diecinueve años que Bach recordaba, había que admitirlo. Pero aun así sus rasgos faciales seguían viéndose tan delicados y suaves como antes, casi femeninos. Sus facciones seguían siendo gentiles.

Y parecía increíblemente como si los años transcurridos no hubieran hecho casi nada visible en él físicamente, pues todavía se veía muy joven. Demasiado joven para estar a punto de cumplir los treinta años dentro de poco.

Bach recordaba que cuando Willem tenía apenas diecisiete años parecía fácilmente de quince, demasiado jovencito y no aparentaba para nada su edad real. No le sorprendía en absoluto que actualmente tampoco se notaran sus casi veintiocho años cumplidos. Probablemente seguiría viéndose joven incluso a los cuarenta.

—Voy a conseguirlo, te lo prometo— insistió Willem —Confía en mí como yo confié en ti cuando me protegiste aquí dentro.

Bach estudió intensamente el rostro decidido frente a él durante largos segundos. Vio la certeza absoluta allí, la madurez ganada a base de sufrimiento, el poder que Willem ahora tenía como agente federal.

—Vale, confío completamente en ti entonces— dijo finalmente con resignación, permitiendo que una pequeña pero genuina sonrisa apareciera en sus labios —Solo porque te ves muy seguro de conseguirlo, ¿eh? Y porque te debo la vida de todas formas. Si alguien puede hacer este milagro imposible, supongo que eres tú.

Willem sonrió con orgullo, de una forma muy adorable también. —Dame solo un poco de tiempo razonable para mover todas las piezas necesarias. Tengo que coordinar con fiscales, jueces, abogados…

—¿De cuánto tiempo estamos hablando?— interrumpió Bach —¿Años? ¿Meses?

—En menos dos meses estarás completamente fuera de este agujero horrible— prometió Willem con total confianza.

Bach se rió con incredulidad. —Eres un lunático optimista. Pero joder, te quiero por eso.

Y por primera vez en años, Bach se permitió creer que quizá, solo quizá, existía realmente una posibilidad de libertad. De vida más allá de esos muros de hormigón. Y claro que se moría por ver a su bella Chantelle. No le importaba si ya había hecho su vida sin él; quería verla y ya.

Tendría esperanza.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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