
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 71
Su salida de la penitenciaría federal después de concluir la visita intensiva a Bach y completar el interrogatorio formal necesario para dar inicio oficial al proceso de reapertura del caso fue una enorme liberación para Willem. Estar dentro de esas paredes opresivas de concreto le causaba una sensación física de opresión en su pecho, como si un peso invisible aplastara sus pulmones constantemente.
Sin embargo, esa sensación tan deseada de «libertad», esa opresión asfixiante que finalmente se había disipado al cruzar las últimas puertas de seguridad, había regresado con una fuerza demoledora en cuanto recordó que todavía debía cumplir con la segunda parte de su misión: hacerle esa visita a Nathalie Franz.
Pero no pudo hacerlo en esos momentos por razones completamente logísticas. Era demasiado tarde en el día, el sol ya se ocultaba tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, el vuelo de regreso desde Colorado a Denver, y de ahí a su apartamento había sido considerablemente demorado por problemas técnicos menores, así como su llegada original a la Penitenciaría había sido retrasada por la tarde por los mismos inconvenientes de transporte.
Ni siquiera tuvo oportunidad de detenerse brevemente en la sede central de la DEA para comenzar formalmente a abrir el expediente del caso de Bach con la documentación apropiada. Estaba física y mentalmente agotado después del día interminable, le dolían horriblemente los pies por estar de pie durante horas, y las botas reglamentarias del uniforme federal parecían apretarle de forma tortuosa. Señal inequívoca de que tenía sus pies significativamente hinchados por la actividad constante.
Y eso lo llenaba de una frustración increíble y desproporcionada, porque odiaba profundamente cuando esas cosas le pasaban a su cuerpo. Más aún considerando que al día siguiente tenía como tarea principal supervisar directamente a su grupo asignado de agentes novatos durante su entrenamiento físico habitual en las instalaciones exteriores de la academia. Y eso no se hacía precisamente sentado cómodamente en una oficina con aire acondicionado.
Sentía esa gran necesidad urgente de que alguien, cualquiera con manos capaces, le hiciese un masaje profundo y terapéutico en sus pies adoloridos. Y obviamente, inevitablemente, Tom le vino inmediatamente a la mente con ese pensamiento. Pensó con una nostalgia agridulce en que quizás él, sin que Willem se lo pidiera siquiera explícitamente, le haría su masaje característico con esa técnica perfecta para que «su morenito no sufriera tanto innecesariamente.»
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible para cualquier observador externo, cruzó fugazmente por sus labios cansados. El recuerdo hermoso del proceso completo de su embarazo vino súbitamente a su mente como un golpe emocional; ese período mágico en que Tom lo cuidaba con una devoción casi religiosa, y precisamente le hacía masajes expertos en sus pies constantemente cuando los tenía hinchados por las demandas físicas del embarazo gemelar.
Tom realmente había estado completamente al pendiente de él durante esos meses cruciales. Lo cuidó y mimó durante toda esa etapa vulnerable con una ternura que Willem nunca había experimentado antes ni después. Eran recuerdos tan hermosos y puros que nunca olvidaría sin importar cuántos años pasaran. Él con apenas diecisiete años y con una gran panza prominente donde yacían seguros sus dos bebés perfectos, sus dos hijitos creados con tanto amor y esa pasión desbordante que siempre había caracterizado la relación intensa de ambos jóvenes.
Sus gemelos. A quienes recordaba obsesivamente siempre, todos los días sin excepción desde que su memoria había regresado completa. Cuyo recuerdo le causaba un dolor inmenso e insoportable que lo hacía anhelar a Tom más que nunca antes, porque solo con su presencia física cerca todo ese dolor en Willem se aminoraba hasta volverse soportable.
Esas ganas intensas de perdonarlo volvían ahora con mucha fuerza renovada, nublando su mente racional por completo. Quería desesperadamente, realmente quería con todo su ser, coger su móvil con manos temblorosas, llamar directamente a Tom y decirle sin rodeos que lo perdonaba completamente, pero que por favor tomara el vuelo comercial más rápido que hubiese disponible y viajara inmediatamente hacia Estados Unidos y estuviese ahí físicamente con él lo antes posible. Abrazándolo fuerte, amándolo incondicionalmente y diciéndole con mucha convicción que todo eventualmente estará bien entre ellos.
Que sus bebecitos eran angelitos celestiales ahora y que algún día, de alguna forma, volverían a ellos nuevamente en esta vida o en otra. Willem no creía realmente en la reencarnación desde una perspectiva religiosa tradicional, pero cuando pensaba específicamente en Tom y en sus hijos perdidos, esa idea reconfortante perseveraba insistente en su mente cansada. Haciéndole soñar despierto con que, si en esta vida no podían finalmente estar juntos y felices por todas las situaciones horribles que habían pasado, en la próxima existencia lo harían sin falta. Y serían sumamente felices sin ninguna interferencia externa.
Soltó un suspiro prolongado mientras metía la llave plateada en la cerradura de la puerta principal de su apartamento. Quizás realmente podría dejar su orgullo herido a un lado por una vez y llamar a Tom como tanto deseaba hacer en su corazón.
Sin embargo, no pudo siquiera continuar pensando productivamente en esa idea tentadora porque algo en específico llamó súbitamente su atención en el preciso momento de girar la llave en la cerradura. La razón era simple pero alarmante: no había seguro puesto. Para Willem fue extremadamente extraño e inmediatamente preocupante porque él recordaba con una claridad perfecta haberle colocado el seguro interno a la puerta antes de irse esa mañana temprano.
Era parte de su rutina automática: salir, cerrar, girar el seguro. Siempre.
Y aún así ahora la llave abrió la puerta instantáneamente al primer giro sin hacer ese sonido metálico característico y distintivo del seguro cuando está siendo retirado de su posición de bloqueo.
De la nada, sin alguna advertencia racional, una sensación extraña e inexplicable lo invadió por completo. Fue algo tan horrible y visceral que hasta su piel se erizó involuntariamente con piel de gallina, un mal presentimiento primitivo que le hizo ponerse en alerta máxima de inmediato mientras abría la puerta con extrema precaución.
Echó un vistazo cauteloso desde la entrada, sin poder ver casi nada del interior porque la distribución de su apartamento no era como el de Tom, donde al salir del ascensor se llegaba directamente a la sala amplia. Al contrario, había un pasillo estrecho y pequeño que debía cruzar obligatoriamente antes de entrar en la sala de estar grande.
Pensó que quizás estaba malinterpretando completamente todo, y quizás el simple hecho inquietante de que la puerta no tenía el seguro puesto lo había asustado desproporcionadamente y por eso se puso así de alterado sin razón real. Seguramente se había olvidado de colocarlo esa mañana en su prisa por llegar a tiempo a la sede de la DEA, y por todo el estrés acumulado que había estado experimentando últimamente no se dio cuenta del olvido.
Eso tenía que ser. No había otra explicación lógica.
Cuando cerró la puerta detrás de él con un clic suave, escuchó inmediatamente los pasitos característicos de Alfia corriendo emocionada hacia él desde algún lugar del apartamento. Sus uñas pequeñas golpeaban rítmicamente contra el suelo creando un sonido suave y reconfortante.
Willem sonrió con alivio y ensanchante mientras toqueteaba con dedos torpes en la pared a su izquierda donde se encontraba ubicado el interruptor de luz, buscándolo a ciegas para encender la iluminación de ese pasillo oscuro.
En cuanto finalmente lo encontró y lo accionó, Alfia llegó hasta él moviendo la cola con entusiasmo. Willem se puso inmediatamente de cuclillas para acariciarle la cabecita suave con genuino afecto. Su mascota leal lamía sus manos repetidamente, y se veía inmensamente feliz de ver finalmente a Willem después de horas de soledad, como siempre hacía cada vez que él volvía del trabajo o de viajes.
—Hola, mi princesa hermosa— le susurraba con una voz mimosa y bajita, usando ese tono especial que reservaba solo para ella —¿Todo bien aquí? ¿Te portaste bien? ¿Salimos un rato afuera para que des tu vueltecita nocturna de la noche o qué?
Ella ladró bajito en una respuesta afirmativa, o al menos así lo vio Bill.
Willem se rió suavemente ante su entusiasmo.
—Okay, okay… saldremos entonces en un momento— prometió mientras se levantaba de su posición agachada.
Procedió a caminar tranquilamente por el pasillo estrecho, olvidando por completo y descartando aquel mal presentimiento inexplicable que había sentido tan intensamente al llegar. Alfia lo seguía fielmente a su espalda, sus pasos ligeros resonaban.
El rubio, que se sentía relativamente tranquilo mientras deshacía el moño apretado que sujetaba su cabello largo, dejando que este cayera libre en ondas por sus hombros tensos, se quedó completamente inmóvil de golpe cuando, al encender el interruptor de luz de la sala de estar principal, vio borrosamente una figura humana sentada con postura relajada en su sofá.
Vio borroso inicialmente por el movimiento demasiado rápido de sus ojos ajustándose a la luz repentina. Y el miedo instantáneo a siquiera permitirse posar su mirada directamente en el sofá para confirmar si lo que había visto había sido simplemente producto de su imaginación hiperactiva le paralizaba completamente.
—Hola, Benjamín…— dice una voz masculina desconocida que le dejó inmediatamente claro que lo que vio fugazmente definitivamente no fue ningún producto de su mente cansada. Lo peor de todo fue el reconocimiento tardío al darse cuenta de que esa voz específica no pertenecía a nadie que conociera o esperara. Así que el pánico puro invadió su pecho —O debería decir… Willem— continuó la voz con una calma muy perturbadora.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente al escuchar cómo aquel ser desconocido mencionaba su nombre real, su verdadero nombre que se suponía nadie en este continente debería conocer. Su respiración se volvió errática e irregular a medida que su mirada recorría frenéticamente toda la sala antes de finalmente situarla con horror en el sofá donde se encontraba sentado un hombre de presencia muy llamativa y magnética.
Su rostro era fino y bien definido, con rasgos ligeramente delicados pero simultáneamente intensos de una forma perturbadora. Tenía la mandíbula marcada y los pómulos altos prominentes, lo que le otorgaba un aire elegante y serio que contradecía la amenaza que representaba.
Su nariz era recta y armoniosa, encajando perfectamente con el equilibrio general de su cara. Sus labios eran llenos y suaves, con una forma natural que transmitía cierta serenidad falsa, como si fuera una persona tranquila y reflexiva. Pero Willem sabía, sabía con certeza, que por dentro era el ser más horrible y despreciable que podría existir en este mundo.
Sus ojos eran azul claro y penetrantes, con una mirada que parecía observar todo con calma aparente pero también con cierta introspección calculadora que helaba la sangre.
Su cabello era largo, lacio y rubio claro, cayendo libremente alrededor de su rostro angular y sus hombros anchos. Ese tipo de cabello le otorgaba un aire un poco salvaje y natural, como si no intentara seguir normas estrictas de apariencia social. Reforzaba una estética algo andrógina y muy artística que podría haber sido atractiva en cualquier otra persona.
Su piel era clara y lisa, y su estructura corporal parecía estilizada y delgada, con una musculatura suave pero definida visible bajo su ropa casual. No era un físico exageradamente musculoso como un fisicoculturista, sino más bien armonioso y elegante como un bailarín o un nadador.
Pero toda esa apariencia casi angelical se arruinaba completa e irrevocablemente por el hecho innegable de que se trataba de Brian.
Willem contuvo el aliento dolorosamente en sus pulmones. Brian se veía diferente de sus recuerdos, mucho más diferente de lo que anticipó, y le costó varios segundos preciosos darse cuenta con certeza de que se trataba realmente de él y no de algún hermano desconocido o doble. Sus facciones eran notablemente más maduras que en sus recuerdos de hace diez años, más rígidas y definidas. Y su expresión proyectaba una calma absolutamente enferma y perturbadora para Willem que conocía la verdadera naturaleza violenta debajo.
En cuanto finalmente lo reconoció, un miedo inmenso y primitivo lo envolvió por completo como una manta asfixiante. Actuando instintivamente, siendo manejado completamente por ese terror paralizante, llevó su mano temblorosa al lugar donde se encontraba su arma reglamentaria en la funda de cadera. Pero sus dedos apenas pudieron rozar la tela áspera de su pantalón de uniforme antes de que pudiese siquiera desabrochar la funda protectora y tomar el arma con la que podría defenderse.
—Quieto…— demandó Brian con una voz demasiado calmada y tétrica, haciendo que Willem quedara completamente estático con su mano a centímetros de tomar su arma.
La orden fue como un hechizo de congelación.
—Ni se te ocurra intentarlo, Willem— musitó Brian mientras se ponía de pie con movimientos fluidos y felinos, caminando a pasos deliberadamente lentos hacia él como un depredador acercándose a su presa paralizada —No vas a querer morir de verdad esta vez, ¿o sí? Sería tan… anticlimático.
Su voz se escuchaba ligera y suave, transmitiendo una calma que a cualquiera pondría a temblar incontrolablemente. Porque no era una calma normal y reconfortante. Era una de esas calmas artificiales y ensayadas que venían exclusivamente de personas psicópatas como Brian. Willem no pudo hacer absolutamente nada más que quedarse quieto y conteniendo la respiración dolorosamente, lo que hacía que esta temblara visiblemente cuando finalmente exhalaba con sonidos entrecortados.
Tener a Brian ahí, dentro de su apartamento supuestamente seguro, estando él completamente solo y vulnerable, lo tenía profundamente mal.
Willem recordó los días interminables en los que Brian lo tuvo secuestrado en ese sótano horrible, el abuso sexual, las manos despreciables de esos siete hombres tocándolo y tomándolo brutalmente como si fuese un simple muñeco de trapo sexual sin voluntad ni humanidad.
Willem estaba teniendo un ataque severo de ansiedad. Su visión se estrechaba en los bordes, su respiración se aceleraba peligrosamente.
—Eso es… buen chico— susurró Brian con una enfermiza aprobación al ver cómo el menor apartaba obedientemente su mano del lugar donde se encontraba su arma reglamentaria.
Se detuvo a exactamente dos pasos de Willem, invadiendo su espacio personal. Luego estiró su mano con absoluta confianza para él mismo tomar el arma directamente de la funda de Willem, aprovechando completamente el estado vulnerable del agente paralizado por el shock. La descargó con movimientos expertos y practicados de inmediato. Las balas cayeron una por una al suelo con sonidos secos y metálicos.
Siete en total. Siete balas que podrían haberlo salvado de lo que sea que fuese a pasar.
—¿Pero por qué te pones así tan alterado?— preguntó Brian con falsa preocupación mientras dejaba caer el cargador vacío —No vine específicamente a hacerte nada malo esta noche, tranquilo.
Pasó sus dedos fríos por la mejilla de Willem en una caricia que pretendía ser reconfortante pero era absolutamente repulsiva.
Willem salió de su trance paralizante rápidamente ante ese contacto no deseado. Apartó esa mano de inmediato de su rostro con un movimiento brusco, sintiendo un gran asco de esa mínima caricia que le había dado el monstruo. Una mueca evidente de desagrado, pero sin poder eliminar completamente el miedo de su expresión, atravesó los labios del menor.
—¿Qué… qué haces aquí?— fue la pregunta que finalmente salió de su boca seca.
Le costó trabajo articular las palabras simples. Debía haber preguntado algo diferente, algo más confrontacional, más propio de un agente federal. Pero su mente estaba demasiado bloqueada por el pánico como para pensar con claridad en algo más útil, como para reaccionar apropiadamente como Benjamín Keller el agente entrenado y atacar a ese ser despreciable que fue uno de los principales causantes del dolor devastador en su vida.
—Vine solo a visitarte— es la respuesta simple que le da Brian, con un tono de voz tan inocente y burlón que a Willem le dio mucha rabia e impotencia —¿No te alegra verme después de tanto tiempo?
—¡¿Qué es lo que quieres, maldito imbécil?!— exclamó el menor con la furia apenas contenida —¡¿Qué mierda haces aquí en mi apartamento?! ¡¿Cómo es que sabes de mí?! ¡¿Cómo supiste dónde vivo?!
Se suponía que absolutamente nadie sabía que Willem Kaulitz seguía vivo y respirando. Nadie en el mundo criminal debía saberlo bajo ninguna circunstancia. Mucho menos Brian específicamente.
Pero haber enviado estratégicamente a Viper a investigar exhaustivamente todo sobre el Clan Geist después del ataque a su almacén, y conseguir dar con muchísima información valiosa, Brian se enteró finalmente de la verdad imposible. Supo con certeza que Benjamín Keller de la DEA era el mismísimo Willem Kaulitz, el chiquillo que se suponía que había muerto trágicamente en aquel accidente automovilístico hace años.
Pero claro, ¿cómo pudo Brian creer ingenuamente en esa historia si resultó que Nathalie Franz también estaba viva y encarcelada cuando se suponía que había muerto en el mismo accidente? Eso había sido la primera pista. Haberse enterado de que Willem seguía vivo y además hacía parte activa de la DEA como agente especial fue inicialmente sorprendente, luego disgustante, y finalmente fascinante de una forma enfermiza.
Tenerlo de frente ahora, vulnerable y asustado, era extremadamente satisfactorio. Y ver el miedo puro en esos ojos marrones lo hacía todo mucho mejor.
Brian no se había arriesgado estúpidamente a viajar hasta Estados Unidos solo para ver casualmente a Willem, sabiendo perfectamente que podía ser arrestado en cualquier aeropuerto por las múltiples órdenes de captura internacionales. No. Él estaba aquí porque había algo específico que necesitaba saber con urgencia. Y más al descubrir información adicional más a fondo sobre ese tema del secuestro del Agente Keller del cual quedó misteriosamente libre hace apenas días. Y no solo eso…
—No deberías exaltarte tanto innecesariamente, ¿eh?— le dijo Brian mientras sonreía con sadismo, lamiendo su labio inferior con mucha deliberada parsimonia.
Ese gesto específico hizo que Willem quisiera borrarle esa sonrisa horrible de su rostro a puñetazos brutales. Desfigurarlo completamente, impactando sus puños una y otra y otra vez contra su cara hasta que fuera irreconocible. Mientras la sangre caliente salpicaba y manchaba sus nudillos. Quería matar a Brian con sus propias manos. Quería hacerlo más que nada. Pero no podía moverse. Sentía su cuerpo pesado e inútil, y como si el aire simplemente no llegara adecuadamente a sus pulmones oprimidos.
—Yo vine esta noche porque quiero hablar civilizadamente sobre el Clan Geist— comunicó Brian con tono casual.
Willem se tensó violentamente de inmediato ante esas palabras. Su cuerpo entero se puso rígido. —¿Q-qué?— tartamudeó.
Brian asintió lentamente con la cabeza, observando cada micro-expresión. —Verte aquí me causa muchísima rabia y disgusto, Willem. Yo… yo te creía muerto hace años, completamente muerto, hecho cenizas esparcidas, y de alguna forma retorcida eso me gustaba bastante porque pensar en ti me hacía recordar satisfactoriamente que le quité absolutamente todo al maldito de Tom Trümper— comentó con un atisbo evidente de asco en su voz —Tu adorado Tom.
Escupió el nombre como si fuera desagradable. Y así era para él.
—Ese maldito imbécil de mierda— continuó con mucho desagrado que ya no se molestaba en disimular —Cuyo esqueleto podrido está dentro de un ataúd enterrado a dos metros bajo tierra, porque su carne ya se pudrió completamente, porque los gusanos ya lo devoraron, ¿no?…
Continúa…
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