
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 77
By Bill
Tuve la oportunidad perfecta de contarle a Tom la verdadera razón por la que le envié aquel mensaje desesperado diciéndole que lo necesitaba. Pero no lo hice.
¿Por qué? Es la pregunta que se haría cualquiera con dos dedos de frente. ¿Por qué no le conté que Brian estuvo dentro de mi apartamento, que me quedé completamente paralizado al verlo, que sentí pánico y miedo, que me hizo preguntas incómodas sobre el Clan Geist y que me recordó con puro sadismo que, mientras él siguiera vivo, ni Tom ni yo tendríamos paz?
No tengo una respuesta clara para eso. Quizá fue por miedo a que Tom reaccionara de forma impulsiva y se lanzara directo contra Brian sin pensárselo dos veces, poniendo en riesgo toda la operación y su propia vida. Quizá fue porque volví a quedarme bloqueado emocionalmente al recordar tan vívidamente que tuve delante, en mi propio salón, a la persona que mató brutalmente a mis hijos inocentes.
O quizá fue… ¿cuál era la verdadera razón?
Sinceramente, no lo sé. No tengo ni idea. Solo sé que me quedé callado cuando debería haber hablado. Tom se dio cuenta de que le mentí, dudó claramente de mi respuesta tan vacilante y poco convincente. Puede que sí lo haya echado de menos durante estas semanas, porque lo hice, desesperadamente, pero esa no era la razón principal por la que le envié ese mensaje en ese momento.
Y ese es otro tema que me tiene la cabeza hecha un lío y al que no paro de darle vueltas. Porque Tom me enseñó nuestro chat desde su móvil y no vi el mensaje que juraría haber enviado. Obviamente hay tres posibilidades que no paran de rondarme la cabeza ahora mismo. La primera: él borró el mensaje a propósito para tener una excusa cómoda que darme si yo le reclamaba por ignorarme. Pero, ¿por qué lo haría? ¿Para quedarse aquí y pasar más tiempo con esa mujer? ¿Porque en realidad no quería verme? Esta primera opción, para mí, tiene apenas un uno por ciento de probabilidad. No encaja con el Tom que conozco.
Pero la segunda posibilidad, en la que fue ella quien borró el mensaje interceptándolo de alguna forma, es mucho más probable. Muchísimo más. Y si añado una tercera opción, que sea simplemente un fallo técnico de la aplicación de mensajería, también sería posible, aunque menos que una manipulación directa.
Pero no sé cuál es la verdadera. No tengo forma de saberlo con certeza.
No quiero creer que Tom haya borrado el mensaje. Pero aun así no puedo descartarlo del todo. La duda es un veneno que se va colando poco a poco.
Inclino un poco la cabeza para verlo mejor. Está profundamente dormido, con la cabeza apoyada en mi pecho y su mano agarrándome de la cintura de forma posesiva. Sus piernas están enredadas con las mías en un lío íntimo. Su respiración es suave, tranquila, regular. Parece en paz.
Se supone que yo también debería estar durmiendo a estas horas, recuperándome del día intenso. Pero no hay manera de que me duerma, por mucho que lo intente. Mi mente no se apaga. Giro la cabeza hacia la mesilla, donde hay un despertador digital. Los números rojos brillan marcando las nueve de la noche.
Hemos pasado prácticamente todo el día metidos en esta cama. Obviamente comimos lo que iba a ser la cena para él y la zorrita de Catalina, nos duchamos juntos. Pero ¿para qué fue realmente eso? En el baño lo hicimos contra los azulejos, salimos y en la cama volvimos a hacerlo hasta caer rendidos, acabando finalmente acurrucados y abrazados como ahora. Tom no mentía cuando decía que me necesitaba desesperadamente. Aunque pensar que solo era por sexo, por pura necesidad física, me deja un poco desanimado.
Quizá estoy pensando mal, siendo injusto. Lo que me dijo Sophia me afectó más de lo que quiero admitir. Y sus palabras no paran de repetirse en mi cabeza como un disco rayado.
Necesito hablar directamente con esa mujer que se le está metiendo entre ceja y ceja a Tom. Cierro los ojos y suspiro pesado. ¿De verdad tengo miedo de que esa mujer me quite a Tom? ¿Por qué siento que tengo que reclamar de forma agresiva lo que es «mío»? ¿Por qué me siento tan inseguro con el amor que Tom dice tenerme?
Joder, esto no está bien. Sé que no debería ir a hablar con esa mujer. No es algo que yo suela hacer, porque soy más racional, más controlado. Pero necesito saber qué pretende. Necesito mirarla a los ojos y entender sus intenciones. Solo eso.
Con cuidado aparto el brazo de Tom de mi cintura, moviéndolo milímetro a milímetro. Me levanto con suavidad de la cama, pendiente en todo momento de que no se despierte. Porque si lo hace, no podré ir a hablar con esa mujer sin que insista en acompañarme o directamente me lo impida. Por suerte, solo se mueve un poco para acomodarse mejor y taparse más con las mantas, murmurando algo que no entiendo. Sigue dormido. Camino descalzo hasta el tocador, donde me arreglo el pelo con los dedos para que no se vea tan desordenado. Me maquillo sin exagerar, solo lo justo para verme presentable y seguro.
No voy a cambiarme de ropa porque me la puse hace apenas un par de horas, antes de que Tom y yo decidiéramos dormir un rato. Llevo un top gris sencillo y ajustado que se adapta a mi cuerpo lo suficiente como para marcar mi cintura estrecha. Me deja los hombros completamente al descubierto y marca lo justo, sin necesidad de exagerar. Es sutilmente seductor.
Los vaqueros son de tiro medio, oscuros, ajustados en la cadera y realzan mi culo increíblemente bien. Siguen la línea de mis piernas largas, son cómodos pero favorecedores. Lo único que hago es ponerme los zapatos, unos botines negros de cuero, de tacón bajo. Nada llamativo, pero firmes y con presencia.
Le robo a Tom unas de las muchas gafas de sol negras que tiene tiradas por el apartamento y salgo rápido de la habitación en silencio. Camino a paso rápido pero controlado hacia el ascensor privado. Cuando entro, pulso el botón que me lleva directamente abajo, al nivel del bar.
Cuando se abren las puertas, me reciben los dos hombres de seguridad de Tom que vigilan constantemente la entrada del ascensor privado. Me saludan con una leve sonrisa respetuosa, que devuelvo apenas con un gesto de cabeza, manteniendo la expresión neutra.
Decidido, me dirijo hacia la barra principal del bar. Me pongo las gafas oscuras y me recoloco el pelo con un gesto calculado. Me doy cuenta de que hay un show en pleno apogeo, la música retumba fuerte, las luces de colores giran, y seguramente esa mujer esté ocupada coordinándolo todo. ¿He venido hasta aquí para nada? No lo creo.
No me voy a ir hasta hablar cara a cara con esa mujer, aunque tenga que esperarla toda la noche.
Cuando por fin me acerco a la barra larga, pido algo suave para beber mientras espero; no quiero estar borracho para esta conversación. Con la mirada, observo todo a mi alrededor de forma analítica, con un desdén apenas disimulado. Hay hombres de todo tipo entretenidos viendo el show obsceno, hay bailarinas con poca ropa bailando de forma provocativa para algunos clientes concretos. Y me dan asco todas.
¿Por qué? Fácil. Porque todas y cada una se metieron con Tom cuando me creía muerto. Y aunque no tengan toda la culpa, porque el principal responsable es Tom, aun así las detesto con ganas.
¿Por qué Tom no las ha despedido ya a todas? ¿Por qué mantiene aquí este recordatorio de su infidelidad?
El Tom que conocí cuando tenía diecisiete años ya lo habría hecho sin pensárselo. ¿Por qué «Klaus» aún no lo hace? ¿Tengo que pedírselo yo directamente? Se supone que debería ser él quien me diga «voy a matarlas a todas, mi morenito precioso» y yo responderle «¡¿Estás loco, Tom?! ¿Cómo puedes hacer algo así?» Pero no ha pasado. Buff…
—Oye…— siento una mano conocida en mi hombro y me sobresalto ligeramente por el contacto inesperado.
Al girar la cabeza veo que es Sophia. Según me dijo, se está quedando en un hotel cerca de aquí. Verla aparecer me pilla por sorpresa. ¿Cómo me ha encontrado entre tanta gente?
—¿Ya has hecho lo que has venido a hacer, eh, chiqui?— me pregunta con tono cómplice, alzando las cejas varias veces.
Eso de que me llame «chiqui» ya es bastante habitual en ella. Es su forma cariñosa de dirigirse a mí.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?— le pregunto con curiosidad, dando un pequeño sorbo a mi martini.
Sonríe de lado.
—Justo te vi saliendo del ascensor privado, pero estaba hablando con Georg de unos asuntos— me responde, encogiéndose de hombros. Intenta hablar lo bastante alto sin gritar por la música, que está a tope ahora que las bailarinas están en pleno show. Aun así sigue —Así que en cuanto terminé con él, vine para acá porque vi que ibas directo a la barra con esa cara que pones cuando vas a plantarle cara a alguien.
—¿Algo que desee tomar, señorita?— le pregunta amablemente el barman a Sophia, que lo mira de arriba abajo, evaluándolo.
Como es bastante atractivo, le sonríe con coquetería.
—Un chupito de vodka estará bien, guapo— le responde con voz sugerente.
Yo alzo las cejas, sorprendido por lo directa que ha sido. El barman asiente, sonriendo algo nervioso por la atención. Eva me mira, nota mi cara y se encoge de hombros sin ninguna vergüenza.
—¿Qué? Soy mujer y tengo mis necesidades físicas, cariño. Ya he estado demasiado tiempo hibernando sola. Es hora de cazar— dice con total naturalidad.
Suelto una risita —Me imagino. Has estado muy centrada en el trabajo.
—Así es, pero bueno, ¿qué ha pasado con Klaus?— pregunta, poniéndose seria —¿Ya habéis arreglado lo vuestro?
—Aún no lo hemos hablado como toca— contesto, soltando un suspiro —Cuando llegué no estaba en su apartamento. Me instalé, me duché y esperé mientras le escribía y le pedía a Sheryl que se encargara de cuidar a mi pequeña Alfia.— resoplo —Y justo en ese momento aparece. Y, ¿sabes qué? No viene solo. Esa mujer estaba con él.
—¡¿Qué?!— suelta Sophia, indignada.
—Tal cual. Venían riéndose, súper cómodos juntos— sigo, notando cómo se me agria el humor al recordarlo —Él me dijo, cuando ella por fin se dignó a irse, que solo lo estaba acompañando a hacer algo «para mí»— remarco las comillas con los dedos —Pero resulta que hasta iban a cenar juntos, porque habían comprado comida para dos y todo. Muy conveniente.
—Ay no, Billie…— jadea, negando con la cabeza.
Antes de decir nada más, el barman le trae la bebida. Le guiña un ojo al chico y vuelve a mirarme, bebiéndose el chupito de un trago impresionante. Deja el vaso sobre la barra con un golpecito seco y el barman se lo rellena sin que tenga que pedirlo.
—¿Y tú qué piensas? ¿Le crees a Klaus o no?— pregunta directamente.
—No lo sé— resoplo otra vez, apartando la mirada hacia algún punto perdido del bar mientras doy un trago a mi bebida —Estoy hecho un lío. No quiero desconfiar de él porque le quiero, pero al mismo tiempo algo en mi cabeza no deja de decirme que no baje la guardia.— hago una pausa, intentando ordenar mis pensamientos —Si desconfío, me siento mal, porque Tom no sería capaz de hacerme algo así de cruel. Pero a la vez sé que puede estar mintiéndome a la cara. Y no sé, no sé qué hacer con todo esto…
—¿Ya hablaste directamente con esa zorra?— pregunta.
Niego con la cabeza, dando otro sorbo a mi bebida. —No— murmuro —No sé exactamente dónde puede estar.
—En los bastidores de las bailarinas, chiqui— me dice con seguridad —Ahí estará, tan tranquila, mientras estas tías menean el culo delante de esos tíos salidos.
—¿Debería simplemente ir y…?
—Sí a todo— me interrumpe con decisión. Su expresión se vuelve seria antes de beberse el chupito de un trago otra vez —Ve y pon a esa mujer en su sitio. Déjale claro quién eres tú y quién es ella.
—¿Y si solo estoy exagerando y viendo cosas donde no las hay?— pregunto inseguro —¿Y si el problema soy yo?
—No puedes ignorar tu intuición, Bill. Tienes ese sexto sentido que tenemos las mujeres, eres intersexual, así que también lo tienes. No puedes mirar hacia otro lado— me aconseja con firmeza, apoyando una mano en mi hombro y dándome un pequeño apretón —Ve y dile a esa zorrita las cosas claras, sin filtros. Déjale claro cuál es su sitio y que tú eres mejor en todo.
Resoplo, sintiendo cómo la determinación empieza a crecer dentro de mí. —¿Tú crees que debería?
—No lo creo, lo sé. Hazlo.
—Vale— suelto en un suspiro decidido. Me bebo el martini en dos tragos largos para coger valor y me pongo de pie, colocándome la ropa —¿Cómo me veo?— pregunto, necesitando aprobación.
—Espectacular— sisea Sophia, mirándome de arriba abajo con ojo crítico —Por cierto, tienes más culo que yo, te envidio sanamente. Menuda suerte tiene Klaus de poder verlo y tocarlo, ¿eh?
—Idiota— refunfuño, divertido por su comentario directo, aunque sonrío como puedo —Bueno, voy a averiguar cuáles son las verdaderas intenciones de esa mujer. Deséame suerte.
—No la necesitas para nada, ¡ve a por ella como una tigresa!— me anima —Destrózala verbalmente.
Asiento y me alejo. Camino con paso firme, apartándome de la barra. El bar está en pleno apogeo nocturno, es un sitio grande y ostentoso, claramente diseñado para impresionar y para el placer masculino. Las luces cambian constantemente de color azules profundos, rojos intensos, púrpuras sugerentes. La música electrónica retumba por todas partes con un bajo que hace vibrar el suelo.
Paso junto a la pista principal, donde varios hombres están sentados en sillas colocadas en semicírculo, mirando embobados el espectáculo. Tres bailarinas con atuendos mínimos, básicamente lencería con lentejuelas, se mueven sincronizadas en la plataforma elevada. Sus movimientos son calculadamente provocativos, diseñados para sacar la mayor cantidad de propinas posible.
Esquivo a un grupo de hombres borrachos que se ríen a carcajadas, apoyándose unos en otros. El olor a alcohol mezclado con perfume y sudor es nauseabundo para mí, me recuerda a aquella vez que acabé en un bar clandestino, justo donde conocí a mi Tom. Suspiro y acelero el paso.
Más allá de la pista principal hay zonas VIP separadas por cortinas de terciopelo rojo oscuro. Puedo ver siluetas detrás, transacciones privadas, bailes privados. Prefiero no imaginar qué más pasa ahí dentro.
Sigo avanzando hacia el fondo del local. Paso junto a otra barra más pequeña y exclusiva, luego por los baños, donde hay una fila de hombres esperando. Finalmente llego a una puerta negra discreta con un pequeño cartel que dice «SOLO PERSONAL».
La abro sin llamar. No voy a pedir permiso.
Detrás hay un pasillo largo y estrecho, mucho menos glamuroso que la zona pública. Las paredes son de hormigón pintado de negro, el suelo es linóleo desgastado. Las luces fluorescentes parpadean ligeramente en el techo, creando un ambiente frío y funcional; supongo que Tom no sabe de esto, si no ya lo habría arreglado. La música se escucha mucho más apagada aquí, como un pulso lejano.
Camino por el pasillo, pasando junto a varias puertas cerradas. Oigo voces de mujeres detrás de algunas, seguramente bailarinas preparándose, quejándose, riendo. El olor a laca y maquillaje es fuerte mientras avanzo.
Al final del pasillo hay una puerta entreabierta de la que sale luz. Me acerco en silencio y miro dentro.
Los bastidores son justo lo que esperaba. Un espacio amplio pero desordenado. Hay espejos con bombillas a lo largo de una pared, rodeados de maquillaje, pelucas y accesorios tirados sin orden. Perchas con vestuarios cuelgan de barras metálicas: plumas, lentejuelas, cuero, encaje. Un sofá de cuero marrón desgastado está contra la pared opuesta, con los cojines hundidos por el uso.
Y ahí, sentada cómodamente en ese sofá, está Catalina.
Va vestida de forma casual pero atractiva, con unos vaqueros ajustados y una blusa blanca que se le ciñe al cuerpo. Lleva el pelo largo y rizado recogido en una coleta alta. Está concentrada mirando unos papeles, pasando páginas mientras parece hacer cuentas con una calculadora de mano. Apunta números en una libreta. Probablemente ingresos o gastos del bar.
Respiro hondo, cuadrando los hombros. Es ahora o nunca.
Entro en los bastidores con pasos suaves pero claramente audibles en el silencio relativo del lugar.
Catalina se da cuenta enseguida de mi presencia. Levanta la cabeza de golpe. Mis pasos son discretos, pero se oyen, y cuando me ve del todo, su expresión es de confusión. Seguramente no se esperaba verme aquí; este es territorio de empleados, no de «visitas» como soy técnicamente. Deja los papeles a un lado y se levanta despacio, observándome con cautela. Yo recorro el lugar con la mirada, mostrando un desdén deliberado, tomándome mi tiempo como si estuviera evaluando algo de poca calidad.
Me cruzo de brazos de forma defensiva y luego vuelvo a mirarla con desinterés.
—Benjamín…— murmura, con un deje de sorpresa —Qué sorpresa verte por aquí, en los bastidores.
—¿Sí?— respondo, mirándola como si mi presencia aquí no tuviera nada de especial —Pues a mí no me parece tan sorprendente. Vale, es la primera vez que piso este sitio en concreto, pero tampoco es para tanto. Es solo una sala.
—Ah…— se relame los labios despacio, asintiendo —Y… ¿qué te trae por aquí exactamente? Pensaba que estarías arriba con Klaus, pasándolo genial juntos después de tanto tiempo separados.— hace una pequeña pausa, y hay algo en su tono que no me gusta —Seguro que ya te has dado cuenta de lo mal que lo ha pasado sin ti todo este tiempo. Además de que lo ignorabas completamente, y eso le afectó mucho emocionalmente. Lo pasó fatal.
—Ah, ¿sí?— susurro con tono plano, sin mostrar demasiado interés —¿Y es que habéis pasado tanto tiempo juntos, habéis hablado tanto, que ya lo conoces perfectamente y sabes cuándo está mal?
Se queda en silencio unos segundos más largos esta vez, como procesando mi pregunta.
—B – bueno, sí hemos pasado bastante tiempo juntos, pero no como seguramente piensas— responde con cuidado —Y sí hemos hablado de muchas cosas. Y créeme que, por lo mucho que mencionaba echar de menos a su «morenito», que quería verlo, tenerlo cerca, besarlo, tocarlo… es más que suficiente para saber que le afectó muchísimo no tenerte. Lo estaba pasando mal.
—Mmm, sí. Me imagino…— murmuro con falsa comprensión, con un sarcasmo apenas disimulado —Pero ya estoy de vuelta, y no he venido a hablar de eso. Él y yo ya hemos arreglado el pequeño problemilla que teníamos.
—¿Pequeño?— repite, con incredulidad.
—Sí, es que le encanta montar un drama por nada— resoplo con indiferencia fingida —Solo le pedí un poco de tiempo para pensar y él se montó mil películas horribles.
—Lo ignoraste durante tres semanas enteras, Benjamín. ¿De verdad te parece que «montó un drama por nada»?— responde, y noto el desafío en su voz —Porque yo, sinceramente, no lo veo así para nada.
—Ah, ¿no? ¿Y cómo lo ves tú entonces?— pregunto, devolviéndole el tono desafiante.
—Lo veo como una situación muy dolorosa para Klaus— dice con convicción —Él sufrió muchísimo sin ti. Lo vi con mis propios ojos. Así que no me parece nada bien que invalides sus sentimientos de una forma tan cruel, Benjamín. No después de todo lo que sintió.
—Ya veo— resoplo suavemente —Pero te tenía convenientemente a ti para hacerle sentir mejor, ¿o no?— pregunto, fingiendo desdén mientras observo su reacción.
—Pues sí, aunque te parezca raro o te moleste, yo estuve ahí para él— responde sin ningún reparo —Se desahogaba conmigo, me contaba lo mucho que le hacías falta, lo mucho que quería besarte, tocarte. Y yo estuve ahí para evitar que se ahogara literalmente en alcohol, cosa que a ti, por lo visto, no te importó demasiado.
Ese tonito ligeramente borde no me gusta nada. Así que esbozo mi sonrisa más falsa sin apartar la mirada de sus ojos.
—Mira, como sea que te llames…— suspiro, dispuesto a dejarle las cosas claras.
Pero antes de que pueda seguir, me corta deliberadamente. —Catalina, ese es mi nombre— dice con firmeza —Catalina.
¿Y a mí qué coño me importa?
—No recuerdo habértelo preguntado— suelto, con una obviedad bastante hiriente.
—Ah…— chasquea la lengua, molesta.
—No me interesa lo más mínimo cómo te llamas— continúo sin piedad —Lo que SÍ me interesa es saber qué quieres exactamente de Tom.
Me mira confundida, o finge hacerlo bastante bien. —¿Qué quiero? ¿A qué te refieres exactamente con…?
—Me refiero…— me adelanto, sin dejarla terminar —a que quiero saber cuáles son tus verdaderas intenciones con mi marido. A eso me refiero.
Refuerzo mi postura, cruzándome de brazos mientras la miro sin demasiado interés. Ella parpadea desconcertada y frunce el ceño, lo que por dentro me hace gracia. ¿Por qué no responde sin más y ya?
—Quiero saber qué tramas, porque no lo entiendo, aunque tus insinuaciones constantes dejan bastante que pensar— continúo presionando.
—¿Mis insinuaciones?— repite, extrañada, como si hubiera dicho una locura —A ver, no estoy entendiendo a dónde quiere llegar con sus preguntas y acusaciones. Yo no…
—Sí que lo sabes… Catalina— la interrumpo otra vez, marcando su nombre con desprecio —Y, ¿sabes? Te entiendo perfectamente. Sí, te entiendo porque Klaus es increíble, es un gran hombre, sexy, con una presencia dominante que atrae a cualquier mujer desesperada.
Me mira indignada en cuanto digo «mujer desesperada», evaluándola específicamente a ella de arriba abajo.
—Te entiendo. A mujeres como tú les encantan los hombres así, y más si tienen pareja. Lo ven como un juego, una competición, donde la que gana se lleva el premio. ¿O me equivoco?
—Pues sí, te equivocas completamente— contraataca, adoptando una postura firme y erguida.
Yo me mantengo tranquilo, respirando despacio. No tengo por qué perder los nervios… de momento.
—Porque si crees que quiero meterme en medio de tu relación, tienes una idea muy equivocada de mí— continúa, indignada.
—¿Sí?— pregunto con escepticismo.
—Sí, porque yo no estoy aquí buscando desesperadamente a un hombre, y si lo estuviera no me metería con alguien que tiene pareja. ¿Pero qué te pasa?— suelta, claramente molesta —Me parece una falta de respeto enorme que vengas aquí a atacarme así, sin motivo.
Me río ante su actitud defensiva. —¿En qué momento te he atacado, mujer?— le digo entre risas —No me conoces bien, porque cuando yo ataco de verdad no paro hasta destrozar a la otra persona mentalmente, ¿entiendes? Hasta dejarla hecha polvo.— tomo aire —No deberías alterarte tanto. Solo te he hecho una… pregunta inofensiva— añado con falsa inocencia —¿Qué quieres de Klaus? Contesta claro y con sinceridad.
—Nada— responde tajante.
—¿Nada? ¿Segura?— insisto.
—Totalmente segura— afirma con firmeza —¿Qué te hace pensar que quiero quitarte a tu «marido»?
Vuelvo a reír, esta vez con más diversión. —Por favor, ¿»quitarme»?— repito, como si fuera absurdo —Qué concepto tan curioso.
—Claro, porque si estás aquí enfrentándote a mí es porque tienes ideas bastante absurdas en la cabeza— responde, cada vez más segura —Si has venido es porque te sientes amenazado por mí y por la cercanía que tengo con Klaus. Porque tienes miedo.
—No digas tonterías— suelto, torciendo ligeramente el gesto —Yo a ti no te tengo ni un mínimo de miedo. Si estoy aquí es para dejarte bien claro que no te quiero cerca de Klaus— afirmo, dejando de lado la calma fingida y mostrando mi verdadero enfado —Ya hablé con él, y quiero que dejes de ir detrás suyo. Es más, también he venido a decirte que pronto te vas a ir de aquí, porque voy a hacer que Klaus te despida sin pensárselo. Hay mucha gente capaz de hacer tu trabajo mucho mejor.
Me quito las gafas de sol y me las coloco sobre la cabeza, dejando que me vea directamente a los ojos.
—Así que importante no eres en absoluto. Ve haciéndote a la idea de que esto se te acaba.
Ella se ríe. De verdad. Una risa breve, suave, pero llena de ironía y desafío. —¿Y qué te hace pensar que Klaus te va a hacer caso en eso?— pregunta con arrogancia —¿Qué te hace estar tan seguro?
Esbozo una pequeña sonrisa de superioridad. —Él hace lo que sea por mí. Siempre lo ha hecho.
—Si fuera así, no tendrías tantas inseguridades conmigo— suelta, con un deje de suficiencia que me irrita —Porque si ya lo hablaste con él y de verdad hace todo por ti, ya me habría despedido. No permitiría que la mujer que hace que el «supuesto» amor de su vida dude tanto de lo que tienen siguiera cerca ni un segundo más.
Trago saliva en seco, apretando la mandíbula.
—Usted piensa que yo me quiero meter en su relación con Klaus, que quiero quitárselo, que quiero destrozar su relación perfecta. Y si ya se lo ha dicho claramente, ¿por qué él no ha hecho nada todavía? Se supone que usted es su todo, su mundo… ¿por qué no soluciona su problema despidiéndome? Fácil… porque seguramente usted ya no es tan importante en su vida como antes. Las cosas cambian.
Ridícula.
Estúpida, ridícula.
La pequeña sonrisa en mis labios tiembla ligeramente ante sus palabras, que tocan una inseguridad muy real en mí. Cojo aire hondo al notar cómo me tenso de golpe. —Lo hará, no te preocupes. Es solo cuestión de tiempo.
—Si lo hace será porque usted se lo pidió o se lo exigió, no porque le haya salido a él de forma natural…— dice con un tonito de victoria.
—¿Qué estás insinuando exactamente?— pregunto, entrecerrando los ojos.
—Lo que es evidente, Benjamín— responde, y su sonrisa se ensancha con satisfacción —Estás aquí diciéndome que me aleje de Klaus… porque en el fondo él no se va a alejar de mí por voluntad propia. Porque en el fondo sabes que yo le atraigo. Aunque sea un poco, pero lo hago. Y no es para menos…— se señala a sí misma —Soy guapa, tengo buen cuerpo y, lo mejor de todo… sigo siendo joven. ¿Tú cuántos ibas a cumplir ya? Ah, sí… veintinueve. Casi treinta. Tú SÍ me tienes miedo, porque sabes que soy lo bastante atractiva como para quitártelo si me lo propongo. ¿O no? Dímelo.
Siento la rabia burbujeando en el pecho, pero la controlo. Aprieto los puños y respiro para calmarme. No le voy a dar el gusto de verme perder los nervios. —Tienes la realidad completamente distorsionada— le aclaro, sonriendo con diversión, porque delante de esta no me callo —Klaus jamás se fijaría en alguien como tú. Jamás. Y lo de la edad, ¿qué tiene que ver? Yo ni siquiera aparento tener la edad que tengo, y tú no me llegas ni al dedo meñique del pie en ningún sentido.
Doy un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal.
—Mírate bien… y luego mírame a mí. Y si dudas, vuelve a mirarme otra vez con atención.
Catalina va borrando poco a poco la sonrisa, procesando mis palabras. —Pues si estás tan seguro de ti mismo, y confías tanto en Klaus…— dice tras unos segundos —¿por qué estás aquí exigiéndome que me aleje? No tiene sentido. Si confías tanto, ¿por qué vienes a confrontarme?
—Porque no me gustas absolutamente nada— respondo sin rodeos —Las mujeres tan rastreras y calculadoras como tú me dan vergüenza ajena. Y además me das pena, porque nunca vas a poder tener a Klaus como quieres. Por mucho que lo intentes. Aunque lo niegues, te lo quieres comer en todos los sentidos…
—¿Y si es él el que quiere «comerme» a mí?— suelta con descaro —¿Y si ya lo hizo y por eso estás tan inseguro?
Hija de puta…
—Pobre ilusa— digo, y lo siento, pero esto me hace gracia. Me río abiertamente. ¿Qué se ha fumado esta tía para pensar semejantes gilipolleces? Joder, la fantasía que se monta es increíble.
Catalina me observa reírme y luego sonríe de una forma que no me gusta. Hay algo calculador en su expresión. —Te propongo algo, Benjamín— suelta de repente —Ya que estás tan seguro de que Tom nunca se fijaría en mí, ya que confías tanto en él… demuéstralo.
—¿Qué?— pregunto, desconfiado.
—Si de verdad confías en él, si de verdad crees que no soy ninguna amenaza… entonces no hagas que me despida— dice, dando un paso hacia delante —Déjame seguir trabajando aquí. Cerca de él. Todos los días. Todas las noches.— se cruza de brazos, imitando mi postura —Porque si pasa algo entre él y yo…— continúa con una voz peligrosamente suave —si nos besamos, si nos acostamos, si se enamora de mí… será porque él ha querido. Porque le gusto. Porque me eligió a mí por encima de ti. No sería culpa mía, sería decisión suya. ¿O tienes miedo de que eso pase?
Me quedo paralizado un segundo, procesando la audacia de su propuesta.
Es una trampa. Lo sé. Está apostando a que mis inseguridades me hagan echarla, demostrando que no confío en Tom. O que acepte y ella tenga vía libre para intentar seducirlo.
Pero hay algo que no entiende.
Yo confío en Tom. Completamente. A pesar de todo, de las mentiras, de las semanas separados… confío en que me ama. Confío en que no me traicionaría. Confío en que esta mujer no es rival para lo nuestro.
Y no le voy a dar el gusto de verme inseguro.
—¿Sabes qué?— digo por fin, con la voz fría como el hielo —Acepto tu ridícula propuesta.
Sus ojos se abren con sorpresa.
—Quédate aquí— continúo —Trabaja cerca de él todo lo que quieras. Inténtalo con todas tus fuerzas. Porque Tom jamás te va a tocar, jamás te va a besar y jamás te va a mirar como me mira a mí.— me acerco aún más, casi nariz con nariz —Porque yo no soy alguien cualquiera que pasó por su vida. Yo soy el amor de su vida. La persona por la que estuvo dispuesto a morir, la persona que lleva tatuada en la piel y en el alma. Y tú… tú eres solo una recién llegada, una empleada a la que recogió por lástima.
Una mueca de falsa comprensión se dibuja en mis labios mientras observo su cara.
—Así que adelante. Inténtalo. Sedúcelo. Tírale los perros. Haz lo que quieras. Y cuando fracases miserablemente, cuando te des cuenta de que nunca te eligió ni te va a elegir… ahí estaré yo para recordarte que te lo advertí.— susurro —Que nunca tuviste ninguna oportunidad. Que siempre fuiste invisible para él.
Me enderezo y doy un paso atrás.
—Porque la diferencia entre tú y yo es muy simple— me relamo los labios y sonrío —tú tienes que intentar llamar su atención desesperadamente, yo la tengo sin hacer nada. Tú tienes que competir, yo gané hace años. Tú eres una opción… y yo soy la única elección que importa.
Catalina me mira con rabia e incredulidad. —¿Y si te equivocas?— pregunta, aunque su voz tiembla un poco —¿Y si él sí me elige?
Me río otra vez —No lo hará. Pero si llegara a pasar ese milagro imposible de que Tom te toque… significará que yo estaba equivocado sobre él. Que no es el hombre que creía. Y en ese caso, te lo regalo. Quédate con él, su castigo será perderme y él lo sabe.— me muerdo el labio inferior —Pero eso no va a pasar. Porque Tom me ama. Y yo lo conozco mejor que nadie. Mejor de lo que tú jamás lo conocerás.
Me doy la vuelta para irme, pero me detengo antes de dar un paso más.
—Ah, y Catalina— digo sin girarme —Cuando fracases en tu intento patético de conquistar a mi marido… no digas que no te lo advertí. Prepárate para la mayor humillación de tu vida. Porque ver cómo te rechaza una y otra vez va a ser delicioso para mí.
Y con eso, salgo de los bastidores con la cabeza bien alta. Dejándola ahí, seguramente procesando todo lo que acaba de pasar. Sé que ha sido arriesgado. Sé que Sophia probablemente me echará la bronca, sé que le he dado a Catalina justo lo que quería: permiso para intentarlo. Pero también sé algo más importante. Yo confío en Tom.
Y esa confianza no la va a romper una mujer desesperada.
Continúa…
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