
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 79
Sus manos ya están bajándome los pantalones y el bóxer de un solo tirón, como si no pudiera esperar ni un segundo más. Me levanto un poquito para ayudarlo, pero él no me deja. Me agarra por las caderas y me arrastra de nuevo hacia arriba mientras termina de sacarme todo. En menos de un parpadeo estoy completamente desnudo frente a él, con la piel caliente, mi entrepierna dura palpitando contra mi vientre y el culo expuesto, temblando solo de anticipación. Tom se queda sentado en el sofá, todavía con el pantalón abierto y su polla semidura pero ya recuperándose rápido, gruesa y brillante de mi saliva. Me mira de arriba abajo como si fuera un puto banquete.
—Ay sí, yo amo verte desnudo. Que se sepa — dice, y sus ojos se oscurecen.
Me jala de nuevo hacia su regazo sin darme tiempo a pensar. Me siento a horcajadas sobre él, con las rodillas a cada lado de sus muslos, y siento inmediatamente cómo su verga se acomoda entre mis nalgas, caliente y pesada, rozando apenas mi entrada. Un escalofrío me recorre entero.
Sus manos grandes, callosas, empiezan a manosearme sin piedad. Me aprieta las nalgas con fuerza, separándolas, amasándolas como si quisiera dejar huellas en la piel al enterrar sus dedos firmemente. Luego sus manos suben por mi espalda, arañándome la piel ligeramente con sus uñas, baja otra vez, me agarra la cintura, sube a mis pectorales y me pellizca los pezones hasta que suelto un gemidito agudo.
—Ahh… Tom… — gimo, echando la cabeza hacia atrás.
Él se ríe bajito, perversamente, y me mete una mano entre las piernas. Sus dedos largos encuentran mi entrepierna y la acaricia lento, de arriba abajo, mientras con la otra mano sigue apretándome el culo. Recoge con el pulgar el líquido que ya me escurre de la punta y se lo lleva a la boca para chuparlo —Sabes tan bien, mi morenito. Pero yo quiero otra cosa ahora.
Sin avisar, uno de sus dedos húmedos de saliva baja directo entre mis nalgas. Roza mi entrada, trazando círculos lentos, provocándome. Yo me muevo instintivamente contra él, buscando más.
—Quieto — me ordena, pero su voz es juguetona. Maldito, quiere hacerme perder la poca cordura que me queda —Primero voy a abrirte bien con los dedos. Quiero sentir cómo te contraes alrededor de mí antes de meterte mi polla, ¿okay? No te preocupes, te voy a coger…
—Perro infeliz…— presiona el primer dedo despacio, entrando lentamente en mi interior. —Mmmh… joder… sí…
Cuando lo tiene todo dentro, empieza a moverlo, curvándolo, buscando ese punto que me vuelve loco. Lo encuentra en dos segundos y yo me arqueo contra su pecho, clavándole las uñas en los hombros.
—¡Ahh!… joder — gimo alto, sin importarme nada.
Él añade un segundo dedo, estirándome más, abriéndome. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mi interior me pone todavía más cachondo. Empiezo a montarlos yo solo, subiendo y bajando las caderas, follándome con sus dedos como si ya fuera su verga. Tom me mira fascinado, mordiéndose el labio inferior en una sonrisa. —Eres una puta delicia…
Me dice para luego meter el tercer dedo. Duele un poquito al principio, pero es ese dolor rico que se convierte en puro placer con más estimulación. Estoy gimiendo sin parar, moviéndome más rápido, mi trasero chapotea contra su mano. Mis gemidos se vuelven más altos, más desesperados. Por más que trato de contenerme de gritar, me es imposible. Es que Tom sabe, sabe perfectamente qué hacer para hacerme sentir demasiado bien. Me conoce perfectamente.
—Tommie… por favor… ya… métemela… — le termino por suplicar. Yo quiero conseguir el orgasmo pero con su polla dentro de mí.
Él saca los dedos de golpe y yo suelto un quejido de protesta al sentirme vacío y ansioso. Pero antes de que pueda quejarme más, me agarra el miembro con una mano y con la otra guía su propia polla, ahora completamente dura otra vez, gruesa, venosa, brillante de precum y de mi saliva, a mi entrada.
—Baja despacio, morenito — me dice con voz ronca —Quiero ver cómo te la metes tú mismo.
Apoyo las manos en sus hombros y bajo. La punta gruesa presiona mi entrada, abre el músculo y entra. Poquito a poquito. Es enorme, caliente, palpita dentro de mí. Siento cada vena, cada pulso. Cuando llega al fondo, los dos soltamos un gemido al mismo tiempo. Pego mi frente a la suya, su respiración acelerada choca contra mis labios al igual que la mía contra los suyos. Lo miro a los ojos en el momento en que empiezo a moverme. Arriba y abajo, lento al principio, sintiendo cómo me estira, cómo me abre. Cada bajada me hace soltar un gemidito agudo.
Tom me ayuda, empujando hacia arriba cada vez que bajo, follándome desde abajo. Una de sus manos permanece en mi culo, apretando y separando las nalgas; la otra en mi entrepierna, masturbándome al ritmo de mis movimientos.
—Más rápido, morenito — me pide —Quiero oírte gemir más fuerte.
Y lo hago. Acelero, montándolo como un puto desesperado. El sonido de piel contra piel, húmedo, obsceno, llena la sala entera. Mis gemidos se vuelven más altos. Mi respiración más agitada y ahogada. Junto mis labios con los suyos para besarlo lento, profundo, hambriento. Sus labios se abren contra los míos y su lengua entra sin pedir permiso, como si ya supiera que soy suyo y que voy a dejarlo entrar en todas partes. Me besa con la misma intensidad con la que me folla; suave, explorando, rozando mi lengua con la suya en círculos perezosos, luego más fuerte, succionando mi labio inferior hasta que duele un poquito y me arranca un gemidito que se pierde dentro de su boca.
Mientras tanto, no para de moverse dentro de mí.
Sigue empujando hacia arriba, lento pero profundo, cada embestida me hace subir un poco y caer de nuevo sobre su verga. Siento cómo la punta me roza ese punto exacto cada vez que bajo, me hace sentir un latigazo de placer que me recorre la columna y me hace arquear la espalda.
Mi culo se contrae alrededor de él involuntariamente, apretándolo como si quisiera retenerlo ahí para siempre. Cada vez que subo, la fricción me quema deliciosamente; cada vez que bajo, me llena tanto que siento que voy a reventar de placer.
—Ahh… Tommie… — gimo contra su boca, pero él no me deja separarme de su boca.
Cambiamos de posición sin sacármela. Me levanta como si no pesara nada y me pone de rodillas sobre el sofá, apoyado en el espaldar. Ahora es él quien se pone detrás. Me separa las nalgas con las manos y vuelve a entrar de un solo empujón profundo.
—Fuuuck… — gimo, enterrando la cara en el cojín.
Empieza a follarme fuerte, con embestidas rápidas, duras, el sonido de sus caderas chocando contra mi culo retumba en todas partes, o eso pienso yo. Cada vez que entra del todo, su pelvis me golpea las nalgas y siento sus huevos contra los míos. Estoy gimiendo sin control, sudando, arañando la tela del sofá. Atrapo mi labio inferior con los dientes, cierro los ojos.
—Mmm, amor… más… más fuerte… rómpeme… me encanta cómo me llenas… — gimoteo como loco. Culpo al cachondeo por decir esas cosas —Ahh… sí… ¡sí!
Él me agarra del pelo, tira mi cabeza hacia atrás y me muerde el cuello mientras sigue embistiéndome hasta el fondo. —Te encanta, ¿verdad? Dime, mi amor, cuánto te gusta tener mi polla en tu culo — me pide —Yo quiero saber…
—Mucho… muchísimo… es lo mejor del mundo… — le respondo con mucha sinceridad.
Me folla así unos minutos más, cambiando el ángulo para darme justo en la próstata cada vez. Estoy a punto de correrme solo con eso, pero él lo nota y ralentiza.
—Aún no, Billie. Quiero ponerte en más posiciones, así como lo he hecho muchas veces en mis sueños…
Joder.
Sale de mí, me da la vuelta y me tumba de espaldas en el sofá. Me levanta las piernas, las pone sobre sus hombros y vuelve a entrar. Esta vez quedamos cara a cara. Puedo verle su expresión de placer y mierda, me excita aún más. Tiene los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, las cejas ligeramente fruncidas y el sudor perlando su frente. Me penetra lento y profundo ahora, mirándome a los ojos.
—Me gusta mucho cuando me miras mientras te cojo — susurra. —Te quiero preñar, ¿sabes?
—Y – ya habíamos hablado de… ¡mhmg! Dios… de eso — le recuerdo.
—No me importa. Te quiero preñar…
—Tom…
—Te quiero llenar de mis bendiciones, ¿no quieres ser bendecido?
—Mierda — gruño, riendo ante sus palabras ridículas. —Ahhh… te amo… te amo tanto… — le repito varias veces —Me vuelves loco… — muerdo mi labio inferior nuevamente, sintiendo cómo resbala entre mis dientes, —Oh, sí… más… por favor…
Sus manos me aprietan los muslos, me abren más. Cambia otra vez de posición, y me pone de lado, con una pierna arriba, y me embiste en cucharita, mordiéndome la espalda, con una de sus manos masturbándome al mismo tiempo.
—Yo te amo más, mi vida.
Gimo sin parar, siento cómo el placer se acumula en la punta de mi miembro —Ouh, amor… voy a correrme… no pares… así… sí… ¡sí!
Me cambia de nuevo a cuatro patas en el sofá, esta vez es más salvaje. Me agarra las caderas y me embiste como un animal. El sofá se mece bruscamente.
—Tommie… ¡joder! ¡Sí! ¡Más!
Siento que viene. Él también. Sus embestidas se vuelven erráticas, más profundas.
—Bill… me voy a correr adentro… ¿quieres?
—Mmmm, sí… lléname… córrete dentro… quiero sentirlo…
Un par de embestidas más y él explota. Siento los chorros calientes de su leche llenándome, pulsando dentro de mí. Eso me lleva al límite. Me corro sin tocarme casi, manchando el sofá —Oh Dios…
Mi hombre se derrumba sobre mí, todavía dentro, respirando agitado contra mi nuca. Me besa la espalda, suavemente. —Te amo, cosita… — susurra.
Yo solo puedo sonreír, exhausto, lleno de él, y extremadamente feliz. —Otra vez… — murmuro —Quiero otra ronda en otra posición…
Él se ríe bajito, todavía lo siento palpitando dentro de mí. —Lo que mi morenito quiera.
.
By Tom
El pasillo del bloque de celdas estaba sumido en una gran penumbra, iluminado solo por las luces de emergencia rojas que brillaban tenuemente cada diez metros. Las sombras eran largas y profundas.
Nathalie se deslizó a través de la apertura de la reja de su celda, la cual la guardia que había sobornado Brian había dejado abierta. Cerró la puerta detrás de ella tan silenciosamente como pudo. Ella conocía perfectamente la ubicación de cada cámara de seguridad en este pasillo. Había pasado años memorizándolas, observándolas discretamente, calculando sus ángulos y puntos ciegos.
Se pegó a la pared izquierda, manteniéndose en las sombras más profundas, y comenzó a avanzar hacia el final del pasillo. Sus pies descalzos no hacían ningún sonido contra el linóleo frío. Pasó junto a celda tras celda de mujeres dormidas, algunas roncando, otras murmurando en sueños, algunas llorando quedamente. Llegó al final del pasillo donde una puerta de seguridad con ventana de vidrio reforzado separaba el bloque de celdas del área de tránsito general. Normalmente, esta puerta también estaría cerrada electrónicamente.
Nathalie empujó suavemente y esta se abrió.
Cruzó rápidamente al otro lado y cerró la puerta detrás de ella con cuidado. Ahora estaba en un pasillo más amplio que conectaba varios bloques de celdas con las áreas comunes de la prisión. Las luces aquí eran ligeramente más brillantes, de un tono fluorescente parpadeante en el techo que zumbaban constantemente.
Se puso los zapatos rápidamente, atándolos a pesar de que los dedos le temblaban ligeramente por la adrenalina. Luego continuó avanzando, moviéndose con propósito pero sin correr. Correr llamaría la atención si alguien la veía en las cámaras. Caminar con calma podría explicarse, tal vez iba al baño, tal vez se sentía mal. Pasó junto a la enfermería, oscura y cerrada. Pasó junto a la biblioteca, igualmente oscura. Pasó junto a las aulas donde se impartían clases de educación básica durante el día. Finalmente llegó a la zona de servicios, cocinas, almacenes, y crucialmente, lavandería.
La puerta de la lavandería industrial estaba al final de otro pasillo lateral. Nathalie giró la esquina y se detuvo abruptamente. Había una guardia parada frente a la puerta de la lavandería.
Era la Oficial Rebecca Torres, según la placa en su uniforme. Una mujer de unos cuarenta años, con el cabello negro recogido en un moño apretado, y tenía una expresión neutral. Nathalie la conocía de vista, trabajaba el turno de noche tres veces por semana y aparentemente era la guardia que Brian había comprado. Sus miradas se encontraron.
Torres no mostró sorpresa al ver a Nathalie caminando libremente por los pasillos a las cuatro y cincuenta y cinco de la madrugada. Solo asintió ligeramente con la cabeza.
—Fecha de nacimiento — dijo Torres en voz baja, siguiendo el protocolo estándar de identificación.
—Quince de marzo de 1989 — respondió Nathalie igualmente bajo.
Torres asintió, confirmando su identidad. Luego sacó un juego de llaves de su cinturón y abrió la puerta de la lavandería. —Tienes exactamente siete minutos antes de que el siguiente guardia haga su ronda por esta área — dijo sin emoción —El camión de recogida de ropa llega en cinco. Hay un carrito de lavandería grande junto a la puerta de carga. Métete en él. Cúbrete completamente con la ropa sucia. Cuando escuches que abren la puerta de carga, no te muevas ni hagas ningún sonido sin importar qué pase. Ellos saben que estás ahí. Te sacarán cuando sea seguro.
Nathalie asintió, memorizando cada palabra. —¿Y tú? — preguntó.
—Yo no estuve aquí — respondió la mayor —Las cámaras de este pasillo misteriosamente fallaron entre las cuatro y cuarenta y cinco y las cinco y quince de la mañana. Por un problema técnico que será reportado mañana. Tu celda mostrará que seguías en tu litera hasta el recuento de las siete gracias a un maniquí que tu compañera de celda colocará. Para cuando descubran que falta, estarás a cientos de kilómetros.
—¿Cuánto te pagaron? — preguntó Nathalie con curiosidad.
Torres la miró con ojos fríos. —Lo suficiente para asegurar el futuro universitario de mis tres hijos y pagar la hipoteca de mi casa. Más de lo que este trabajo de mierda me pagaría en toda mi vida — dijo sin vergüenza —Ahora muévete. El tiempo corre.
Abrió la puerta completamente y Nathalie entró rápidamente.
La lavandería industrial era un espacio enorme, lleno de lavadoras y secadoras industriales masivas, mesas de planchado, estantes con productos químicos de limpieza. El olor era abrumador, era una mezcla de detergente, lejía, vapor y el sudor rancio de los uniformes sucios. Era asqueroso. Nathalie vio inmediatamente el carrito de lavandería del que Torres había hablado. Era enorme, de metal con ruedas, del tamaño aproximado de un refrigerador comercial acostado.
Estaba posicionado estratégicamente cerca de una puerta de metal reforzado que llevaba a la bahía de carga exterior.
Se acercó rápidamente al carrito. Ya estaba lleno hasta la mitad con ropa sucia que eran uniformes naranjas, sábanas, toallas. Trepó dentro sin pensarlo demasiado, hundiéndose en la montaña de tela que olía a moho y sudor.
Comenzó a cubrirse metódicamente, jalando uniformes y sábanas sobre su cuerpo, asegurándose de que cada centímetro de ella quedara oculto. Era claustrofóbico porque la tela presionaba contra su cara, dificultando su respiración y el olor era nauseabundo, era terrible, pero no le importaba. Escuchó la puerta de la lavandería cerrarse, Torres se había ido. Ahora estaba completamente sola, enterrada en ropa sucia, y esperando.
Los minutos pasaban con una agonizante lentitud. Nathalie contaba los segundos en su cabeza, controlando su respiración para no hiperventilar en el espacio confinado. El aire era caliente y húmedo bajo todas las capas de tela. Entonces escuchó el sonido de un motor diesel acercándose. Era el camión de lavandería.
Escuchó voces amortiguadas del otro lado de la puerta de carga. Eran hombres hablando, pero no podía distinguir las palabras. Luego el sonido metálico de cerraduras siendo abiertas, de pestillos siendo corridos. La puerta de carga se abrió con un chirrido fuerte. El aire frío de la madrugada entró a la lavandería y Nathalie lo sintió incluso bajo su montaña de ropa.
—Cargamento regular — dijo una voz masculina que no reconoció —Lo mismo de siempre. Tres carritos llenos.
—Confirmado — respondió otra voz, esta desde afuera —Vamos a cargarlos.
Nathalie sintió su carrito moverse repentinamente. Alguien lo estaba empujando. Las ruedas chirriaron contra el suelo de concreto. Se obligó a quedarse completamente inmóvil, a no respirar demasiado fuerte, a no moverse ni un milímetro. El carrito fue empujado sobre una rampa, sintió la inclinación, y luego sobre una superficie de metal. El piso del camión.
Escuchó más movimiento. Probablemente estaban cargando los otros dos carritos que Torres había mencionado. Oía las voces masculinas conversando casualmente sobre el clima, sobre el tráfico, sobre deportes. Como si esto fuera una mañana completamente normal. Finalmente, escuchó las puertas traseras del camión cerrarse con un golpe metálico fuerte, quedando en una oscuridad total. El motor diesel rugió más fuerte y el camión comenzó a moverse.
Nathalie Franz oficialmente había escapado de la Penitenciaría Federal para Mujeres en Danbury.
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El viaje en el camión duró aproximadamente cuarenta y cinco minutos según los cálculos de Nathalie. Permaneció completamente inmóvil durante todo el trayecto, a pesar de que su cuerpo gritaba por cambiar de posición, a pesar del calambre que se formaba en su pierna izquierda, a pesar de la asfixia creciente bajo las capas de tela.
Finalmente, el camión se detuvo. Escuchó el motor apagarse y el silencio por unos segundos. Luego voces nuevas. Las puertas traseras del camión se abrieron de golpe, inundando el espacio con una luz brillante que penetró incluso a través de las capas de ropa que la cubrían. —Está en el primer carrito — dijo una voz masculina con un acento que sonaba de Europa del Este —Sáquenla.
Unas manos fuertes comenzaron a remover la ropa que cubría a Nathalie. Capas y capas fueron arrancadas hasta que finalmente la luz la golpeó directamente en la cara. Parpadeó, momentáneamente cegada. Dos hombres grandes la miraban desde arriba, ambos vestían ropa de trabajo. Eran solo jeans y sudaderas, nada distintivo.
—Fuera — ordenó uno de ellos.
Nathalie se incorporó con dificultad, sus músculos protestaban después de estar en la misma posición durante tanto tiempo. Los hombres la ayudaron a salir del carrito y luego del camión completamente. Miró alrededor, tratando de orientarse. Estaban en lo que parecía ser un almacén abandonado. Las paredes eran de ladrillo deterioradas, las ventanas rotas, el piso de concreto agrietado. El camión de lavandería estaba estacionado en el centro del espacio vacío.
Había otros vehículos también, una camioneta negra sin distintivos y un sedán oscuro.
—Tienes cinco minutos para cambiarte — dijo el hombre con acento del Este, señalando una bolsa de lona en el suelo —Ahí tienes ropa nueva, luego nos vamos.
Nathalie agarró la bolsa y la abrió rápidamente. Dentro había ropa civil, unos jeans negros, una blusa gris simple, una chaqueta de mezclilla, ropa interior nueva, calcetines, y zapatos deportivos. También había un cepillo, productos de higiene básicos, y una gorra de béisbol. Se cambió rápidamente detrás del camión, sin importarle la falta de privacidad. Después de diez años en prisión, la modestia era un lujo olvidado.
Se quitó el uniforme naranja que había usado durante una década y se puso la ropa civil.
Se sentía extraño. La tela era más suave, más nueva. Los jeans se ajustaban perfectamente como si hubieran sido comprados específicamente para su talla. Lo cual probablemente era cierto, Brian era meticuloso con los detalles. Se cepilló rápidamente el cabello, lavó su cara con agua de una botella que le dieron, y se puso la gorra, metiendo su cabello rubio debajo.
—Lista — anunció, regresando al frente del camión.
El hombre del Este asintió con aprobación. —Bien. Ahora escucha cuidadosamente lo que te voy a decir. El viaje a Alemania tomará aproximadamente catorce días. No podemos arriesgarnos a que tomes un vuelo, hay demasiadas cámaras, demasiados controles de seguridad, demasiado riesgo de que te reconozcan aunque hayas cambiado de apariencia.
Señaló hacia el sedán oscuro.
—Viajarás por tierra y mar. En la primera etapa conduciremos desde aquí hasta la frontera de Canadá. Cruzaremos por un punto remoto donde tenemos contactos. De Canadá, nos dirigiremos a la costa este. Desde allí, tomaremos un barco de carga privado que cruzará el Atlántico. El viaje por mar tomará aproximadamente siete días. Llegaremos a Rotterdam, Países Bajos. Desde Rotterdam, conduciremos a Alemania.
Trago saliva y me relamí los labios para continuar dándole explicaciones a la rubia.
—Durante todo el viaje, seguirás órdenes sin cuestionarlas. Cuando te digamos que te escondas, te escondes. Cuando te digamos que te quedes callada, te quedas callada. Cualquier desviación del plan puede resultar en tu captura. ¿Entendido?
—Entendido — respondió Nathalie.
—Bien. Ahora, el sedán tiene un compartimento especial en el maletero. Es donde viajarás cuando crucemos fronteras o pasemos por áreas de alto riesgo. Ven, te lo mostraré.
La llevó hacia el sedán oscuro. Era un modelo común, nada que llamara la atención. Abrió el maletero, a primera vista parecía un maletero completamente normal, espacioso, vacío excepto por una llanta de repuesto y algunas herramientas básicas. El hombre presionó algo en la esquina interior del maletero. Hubo un clic suave y luego levantó lo que parecía ser el piso del maletero, pero era en realidad una tapa falsa perfectamente camuflada. Debajo había un compartimento oculto. Era estrecho, quizás un metro de largo por medio metro de ancho y apenas treinta centímetros de profundidad. Estaba forrado con material acolchado oscuro.
—Cuando guardias de frontera o policía inspeccionen el maletero, solo verán esto — explicó, señalando el piso falso —El compartimento es completamente invisible. Está diseñado para engañar incluso a perros entrenados, el material bloquea olores. Y hay pequeños agujeros de ventilación ocultos para que puedas respirar.
Nathalie miró el espacio claustrofóbico con aprensión. Era apenas más grande que un ataúd. —Mierda, ¿cuánto tiempo tendré que estar ahí dentro?
—Depende. A veces minutos. A veces horas. Debes estar preparada para ambos — respondió el hombre sin simpatía —No es cómodo, pero es necesario. Es esto o volver a prisión.
Nathalie asintió, tragando saliva. —¿Cuándo salimos?
—Ahora. Métete en el asiento trasero, tenemos mucho terreno que cubrir.
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Los primeros días del viaje se difuminaron en una rutina monótona. Nathalie viajaba en el asiento trasero del sedán, las ventanas tenían vidrios polarizados que impedían que nadie viera adentro. Había dos hombres rotando como conductores, el del acento del Este que se identificó solo como «Adam», y otro hombre más joven y callado que nunca dio su nombre.
Conducían durante horas, deteniéndose solo para llenar el tanque de gasolina, comprar comida rápida, y hacer ocasionales descansos en moteles baratos y anónimos en el medio de la nada. Nathalie no tenía permitido salir del auto en áreas pobladas. Cuando necesitaba usar el baño, tenía que esperar hasta que encontraran una parada remota. La trataban con indiferencia, no eran crueles, pero tampoco amigables. Eran solo hombres haciendo un trabajo por el que les pagaban bien.
El tercer día, llegaron a la frontera con Canadá. Pero no cruzaron por un punto de control oficial. En lugar de eso, Adam condujo por caminos cada vez más remotos, internándose en bosques densos, hasta que finalmente se detuvo en lo que parecía ser simplemente más bosque.
—Métete en el compartimento — ordenó —Ahora.
Nathalie salió del asiento trasero y fue a la parte de atrás. Adam abrió el maletero y levantó el piso falso. El compartimento oculto la esperaba como una tumba abierta. Se metió dentro con dificultad, doblando su cuerpo en posiciones incómodas para caber. Una vez dentro, Adam cerró la tapa sobre ella. Todo se volvió una oscuridad total para Nathalie. El espacio era asfixiantemente estrecho. Podía sentir las paredes presionando contra sus hombros, su cabeza apenas cabía sin tocar el techo.
Escuchó el maletero cerrarse encima. Luego el auto comenzó a moverse nuevamente. Permaneció en ese ataúd móvil durante lo que sintió como una eternidad. Cada bache en el camino la sacudía dolorosamente. El aire se volvió pesado y difícil de respirar. Comenzó a sentir pánico, ¿y si se quedaba atrapada? ¿Y si Adam tenía un accidente? ¿Y si simplemente la dejaban morir aquí?
Pero justo cuando el pánico alcanzaba su punto máximo, el auto se detuvo. Escuchó el maletero abrirse. Luego la tapa falsa se levantó.
—Fuera — dijo Adam —Ya cruzamos.
Nathalie salió del compartimento casi llorando de alivio, inhalando grandes bocanadas de aire fresco. Estaban en otro bosque, pero ahora oficialmente en territorio canadiense.
—Bien hecho — comentó el hombre, lo más cercano a un cumplido que le había dado —Ahora viene la parte fácil por unos días.
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Condujeron a través de Canadá durante los siguientes cuatro días, cruzando provincias remotas, manteniéndose alejados de ciudades grandes. Finalmente llegaron a Halifax, en la costa este. En el puerto, no fueron a los muelles comerciales principales. En lugar de eso, Adam condujo a un área industrial abandonada donde un barco de carga mediano estaba anclado discretamente.
El barco era viejo y oxidado, era el tipo de embarcación que transportaba contenedores de mercancía genérica a través del Atlántico sin llamar la atención. Perfecto para pasar desapercibido.
Un hombre corpulento con barba gris los recibió en el muelle. Intercambió algunas palabras en un idioma que Nathalie no entendió con Adam. Luego asintió hacia Nathalie. —Ella viene con nosotros — dijo en inglés con acento escandinavo —Siete días hasta Rotterdam. Tiene un camarote pequeño. No salga de él a menos que se lo indiquemos, la comida se entregará tres veces al día. ¿Entendido?
—Entendido — respondió Nathalie.
La llevaron a bordo. El barco era aún más deprimente por dentro que por fuera. Había pasillos estrechos con olor a humedad. Su «camarote» era poco más que un armario, una litera estrecha, un pequeño lavabo, sin ventana. Claustrofóbico y deprimente. Pero era un paso más cerca de la libertad. El viaje por mar fue tortuoso. El barco se mecía constantemente con las olas del Atlántico. Nathalie pasó los primeros dos días mareada, vomitando en el pequeño lavabo. La comida que le traían, que era estofados blandos, pan duro y agua, apenas la podía retener.
Gradualmente se acostumbró al movimiento. Pasaba las horas interminables acostada en la litera, mirando el techo de metal, pensando en todo lo que haría una vez estuviera al lado de Brian nuevamente. Vería a sus «sobrinitos» y obviamente comenzaría con su venganza contra Willem, porque sabiendo que estaba vivo, para ella, lo que pasó hace diez años no había terminado, debía continuarlo y darle fin.
Finalmente, en la mañana del séptimo día, sintió que el barco reducía velocidad. Escuchó actividad aumentada afuera de su camarote, muchas voces, varios pasos, y maquinaria. Habían llegado a Rotterdam. El hombre de la barba gris abrió su puerta.
—Quédese aquí hasta que le digamos — le dijo —Habrá inspección de puerto primero, ya luego la sacaremos.
Nathalie esperó con una paciencia que había perfeccionado durante diez años en prisión. Finalmente, después de lo que sintió como horas, vino a buscarla.
—Vamos. Rápido.
La sacaron del camarote, la guiaron por pasillos confusos, y luego la bajaron por una pasarela hacia el muelle de Rotterdam. Adam estaba esperando allí con otro sedán oscuro, diferente al anterior, pero idéntico en anonimato.
—Última etapa — le dijo Adam en cuanto estuvieron cerca —Serán cuatro horas de conducción a Alemania. Ya casi terminas.
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Cruzaron la frontera entre Países Bajos y Alemania sin incidentes. A diferencia de cruzar desde Estados Unidos a Canadá, aquí dentro de la Unión Europea las fronteras eran abiertas, sin controles. Simplemente condujeron a través. Nathalie observó por la ventana mientras entraban a Alemania. El paisaje cambiaba sutilmente, veía más bosques, pueblos pintorescos, autobahns donde Adam conducía a velocidades que la mareaban.
Finalmente, cuando el sol comenzaba a ponerse, Adam se salió de la autopista principal. Comenzó a tomar carreteras cada vez más pequeñas, más remotas. Eran campos abiertos que dieron paso a bosques densos.
Llegaron a una propiedad aislada, una mansión grande rodeada por muros altos y puertas de hierro. Había guardias armados que vigilaban la entrada. Al ver el sedán, abrieron las puertas sin preguntar. Adam condujo por un camino de grava hasta el frente de la mansión. Se detuvo y apagó el motor.
—Llegamos — anunció —El señor Brian te está esperando dentro.
Nathalie salió del auto con piernas temblorosas después de tanto tiempo sentada. Miró la mansión imponente. Era hermosa, tenía una arquitectura clásica europea, con ventanas grandes, jardines bien cuidados incluso en la oscuridad creciente. Más bonita que la mansión en donde creció, más grande, más ostentosa. La guiaron dentro, subió escalones que le parecieron que nunca tenían fin. Podía ver su reflejo en cada uno. El lujo en todo el entorno que la rodeaba, se preguntaba cuán poderoso era Brian actualmente como para tener tanto.
Un hombre estaba frente a una puerta de madera, Nathalie no sabía quién era pero él sí parecía conocerla. Le sonrió ligeramente —Señorita Nathalie Franz, es un placer conocerla — le dijo —Soy Stiven, la mano derecha del señor Brian, más conocido como Viper.
Nathalie soltó una ligera risa, aceptó el saludo del chico estrechando sus manos —Te equivocaste en una parte, querido. Su mano derecha soy yo — fue la respuesta que ella le dio.
Stiven no dijo nada, solo se hizo a un lado y abrió la puerta. Invitándola a pasar. Nathalie lo hizo con confianza, y dentro, sentado en un sofá con una copa de vino en la mano se encontraba Brian. Había sido notificado de su llegada y se había preparado para recibirla. Se puso de pie en cuanto la vio. Para Nathalie, él se veía diferente de cómo lo recordaba de hace años. Más maduro, más refinado. Su cabello rubio largo y lacio caía sobre sus hombros. Vestía ropa cara pero casual. Sus ojos azules la estudiaron detenidamente y una sonrisa se curvó en sus labios.
—Mi querida Nathalie Franz — dijo con voz suave —Diez años es mucho tiempo. Bienvenida de vuelta al mundo.
Nathalie sonrió de vuelta, sus labios se curvaron en una sonrisa ladina.
Continúa…
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