
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 8
Embajada de Estados Unidos, Berlín — dos de la tarde.
La sala de preparación está a tope, pero todo controlado. Agentes estadounidenses y alemanes revisando equipo, chalecos antibalas ajustándose, armas comprobadas y cargadas. Radios probándose. Un murmullo constante en inglés y alemán, ultimando detalles. Estoy delante del casillero que me han asignado, mirando el uniforme táctico negro que cuelga dentro.
Es la hora.
Me quito la ropa de calle que llevo todo el día: vaqueros, camiseta, cazadora. Todo al casillero. Me quedo en ropa interior un instante, respiro hondo y empiezo a vestirme.
Primero la ropa térmica base. Negra, ceñida, pensada para regular la temperatura y permitir movilidad. Luego el uniforme táctico: pantalones cargo negros con un montón de bolsillos, botas militares negras con suela reforzada y buen apoyo de tobillo. Las ato bien, comprobando que no quede nada suelto. Encima va la camisa táctica de manga larga, material resistente pero flexible. Me la abrocho y luego me pongo el chaleco antibalas. Pesa, siempre pesa. Lleva placas cerámicas balísticas delante y detrás, capaces de parar balas de calibre medio.
No es indestructible, pero es lo mejor que tenemos.
Ajusto las correas laterales hasta que el chaleco queda pegado al torso. Tiene que quedar ajustado; flojo no sirve. Sobre el chaleco va el arnés táctico, donde llevo lo esencial: cargadores extra, radio, linterna, cuchillo táctico, esposas, kit médico. Cada cosa en su sitio, al alcance sin tener que mirar.
Reviso la pistola, una Glock 19 estándar de la DEA. Fiable, precisa. Ya está cargada, pero lo compruebo de todos modos. Quince balas en el cargador y una en la recámara: dieciséis tiros antes de recargar. Coloco la Glock en su funda en el muslo derecho, segura pero accesible. Después cuelgo el rifle, un HK416, irónico que sea alemán, calibre 5.56 mm. Cargadores de treinta balas y llevo seis en total. Ciento ochenta disparos si hiciera falta. Espero no tener que gastar todo eso.
Cuelgo el rifle de la correa cruzado sobre el pecho, listo para usar. Por último, el pasamontañas. Lo miro un momento: negro, sencillo, cubre todo menos los ojos. Nos hace anónimos, nos iguala. Me recojo un poco el pelo rubio para que no quede raro y me lo ajusto, el pasamontañas cubre nariz, boca y barbilla; solo los ojos quedan al descubierto. Encima, el casco táctico, también negro, con comunicaciones integradas. Lo ajusto y coloco el micrófono cerca de la boca.
Pulso el botón de la radio. —Keller, comprobación de comunicaciones.— digo.
La voz de Chen responde al instante en el oído. —Te oigo alto y claro, Keller. Canales operativos.
—Confirmado.
Me miro en el espejo pequeño del casillero. Siempre me ha gustado cómo me veo con este equipo. Soy un operador táctico anónimo, parte de una máquina bien engrasada con un propósito: cumplir la misión.
Cierro el casillero y me junto al resto del equipo.
Alex está enfundándose su equipo. Marcus revisa la mira de su rifle. Sheryl, por sorprendente que parezca, también está con equipo táctico; no entrará en la bodega, pero estará en el vehículo de mando coordinando comunicaciones.
Todos vamos de negro, todos armados, todos listos.
Y con nosotros, el GSG 9 alemán. Fuerzas especiales de Alemania: doce operadores con equipo parecido al nuestro pero con insignias alemanas. Su líder se acerca: un tipo alto, posiblemente dos metros, figura de exjugador de fútbol americano. Su pasamontañas solo deja ver unos ojos azules intensos.
—Agente Keller— dice en inglés con acento alemán —Soy Hauptkommissar Schneider. Lidero el equipo GSG 9 en esta operación.
—Hauptkommissar— asiento —¿Su equipo está listo?
—Totalmente. Hemos repasado el plan, conocemos nuestras posiciones. Listos para movernos a su señal.
—Perfecto.
Miro el reloj en la pared: las dos y veinte. Quedan cuarenta minutos para la hora H.
—Muy bien, escuchad— elevo la voz —Última comprobación antes de movernos.
Activo la pantalla táctica en la pared; aparece el mapa de la bodega con nuestras posiciones marcadas. —Equipo Alfa— señalo la entrada principal —GSG 9 al frente. Marcus, Davis y yo con vosotros por la puerta principal. Shock inicial. Nuestro objetivo: penetrar rápido y asegurar la zona de procesamiento donde esperamos hallar la cocaína.
Los de Alfa asienten.
—Equipo Bravo— señalo la entrada lateral —Chen, Rodríguez y cuatro operadores del GSG 9 por la entrada lateral. Vuestra misión: cortar el acceso a las oficinas administrativas. Si hay registros, ordenadores o documentos, aseguraros de sacarlos y bloquear cualquier vía de escape por ese lado.
—Entendido— responde Rodríguez.
—Equipo Charlie— señalo la entrada trasera de carga —Williams, Alex y cuatro operadores GSG 9 por la entrada de carga. Asegurad camiones, zona de carga y todo vehículo que quiera salir. Nadie sale por ahí.
—Confirmado— dice Alex.
—Francotiradores— digo mirando al pequeño grupo de tiradores de élite alemanes —Tres posiciones: edificio norte, edificio este y la torre de agua al sur. Tenéis línea de tiro completa a todas las salidas. Vuestro trabajo: vigilar, reportar y neutralizar cualquier amenaza que intente escapar o atacar desde fuera.
Los francotiradores asienten en silencio; profesionales. No necesitan más explicaciones.
—Los equipos médicos estarán a doscientos metros del perímetro. Si alguien cae, gritamos por radio «hombre abatido». Los médicos entrarán cuando el área esté asegurada.— respiro hondo —Reglas de enfrentamiento: daremos la oportunidad de rendición, pero si responden con fuego, responderemos en la misma medida. Proteger nuestras vidas es la prioridad. ¿Queda claro?
—Claro— responden al unísono.
—Los objetivos de alto valor son Klaus König, Viktor König y Friedrich. Si los veis, captura viva preferible. Pero si suponen una amenaza letal inmediata, estáis autorizados a neutralizarlos. ¿Entendido?
—Entendido.
Apago la pantalla. —Nos movemos en cinco minutos. Revisad equipo una última vez, comprobad a vuestro compañero. Verificad radios. Y recordad: entramos juntos, salimos juntos. Nadie se queda atrás.
—¡NADIE SE QUEDA ATRÁS!— repiten con fuerza.
Es nuestro lema. Nuestro código.
Los siguientes cinco minutos son un frenesí de comprobaciones: compañeros revisándose mutuamente, correas ajustándose, armas cargándose por última vez. Sheryl se me acerca. —Ten cuidado ahí dentro— dice, la voz le suena tensa aunque intenta sonar despreocupada.
—Siempre voy con cuidado.
—Más que eso. Ten…— tose, busca las palabras —Ten intuición. Si algo te huele raro, sal. No te la juegues por nada.
—¿Qué es «raro» exactamente?
—No lo sé. Solo…— se muerde el labio —Tengo ese presentimiento otra vez. Como antes.
Su ansiedad, su instinto. —Voy a estar bien, Sheryl— le aseguro con una pequeña sonrisa en mis labios —Te lo prometo.
Ella asiente, pero no parece convencida.
—Dos veinticinco— anuncia Chen —Hora de moverse.
Salimos de la sala de preparativos en formación ordenada: tres equipos, treinta operadores en total entre americanos y alemanes. Afuera nos esperan los vehículos: SUVs negros blindados, seis en total, dos por equipo. Subo al primero, el del Equipo Alfa. Marcus y dos operadores del GSG 9 me acompañan. El conductor es un agente alemán que conoce Berlín como la palma de la mano.
Cierran las puertas, los motores rugen y arrancamos.
La caravana sale de la embajada en formación cerrada. Nada llama la atención: solo SUVs negros circulando por Berlín un jueves por la tarde. Pero dentro de cada vehículo hay gente lista para la batalla. El trayecto al puerto dura veinticinco minutos; hablamos poco. Solo chequeos por radio y confirmaciones de posición. Los francotiradores ya se han movido y están en sus nidos.
Miro por la ventanilla. Berlín pasa: gente normal paseando perros, comprando café, subiendo al tranvía. Ajena a que en menos de quince minutos va a estallar una pequeña guerra en el puerto industrial. Mi radio chisporrotea.
—Nido uno en posición— reporta el primer francotirador.
—Nido dos en posición— el segundo.
—Nido tres en posición— y el tercero.
—Confirmado— respondo —Manteneos alerta. Avisad de cualquier movimiento sospechoso.
Aparece el puerto industrial: grúas gigantes, contenedores apilados hasta el cielo. Bodegas de chapa por todas partes y, en medio, la bodega número tres. Nuestro objetivo.
—Todos los equipos, reducir velocidad— ordeno por radio —Nos detenemos a trescientos metros. Avanzamos a pie desde ahí.
Los vehículos aminoran y paran en un punto apartado tras una fila de contenedores, fuera de la vista directa. Bajamos: treinta operadores, en silencio fantasma. Hauptkommissar Schneider se acerca. —¿Vamos a tiempo?
Miro el reloj: las dos cuarenta y dos.
—Ocho minutos para la H-Hour. Nos movemos en dos minutos, llegamos a posiciones en seis y entramos en ocho.
Él asiente.
Hago señales con la mano y los equipos se dispersan. El Bravo se mueve hacia la izquierda, rodeando por el lado norte para acercarse a la entrada lateral. El Charlie va hacia la derecha, por la ruta sur para llegar a la puerta trasera de carga. Mi equipo Alfa avanza directo hacia la entrada principal. Nos movemos entre contenedores, aprovechando coberturas, sigilosos y sobre todo profesionales.
El corazón me bombea, la adrenalina sube pero la controlo; el entrenamiento toma el mando. Llegamos a la posición final: a unos cincuenta metros de la puerta principal, agazapados detrás de un contenedor oxidado.
Veo la puerta, es de metal reforzado. Hay dos tíos fuera vigilando, ambos con rifles automáticos. Fuman y charlan como si nada. No están alerta. Aún no saben que estamos aquí.
—Equipo Bravo en posición— informa Chen por radio.
—Equipo Charlie en posición— dice Alex.
—Equipo Alfa en posición— confirmo yo.
Miro el reloj otra vez. Son las dos y cincuenta y ocho. Joder. Dos minutos.
—Francotiradores, confirmación de objetivos— susurro.
—Nido uno: visual de dos guardias en la entrada principal.
—Nido dos: visual de tres guardias en la entrada lateral.
—Nido tres: visual de cuatro guardias en la entrada trasera. Más dos en los camiones.
Once guardias visibles fuera; calculo otros veinte o más dentro. —A mi señal, francotiradores neutralizan guardias exteriores— ordeno —Equipos, entráis a continuación. Tres, dos, uno… ¡ya!
Los disparos de los francotiradores suenan casi a la vez, con supresores pero no silenciosos del todo. Los dos guardias de la puerta principal caen antes de reaccionar.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!— grito.
El equipo Alfa se incorpora como uno solo y corremos hacia la entrada, primero treinta metros. Luego Veinte. Y por último diez. Se oyen más disparos: los guardias de las otras puertas también caen. Llegamos a la puerta; Marcus y yo estamos a los lados, dos operadores del GSG 9 al frente.
—¡Despejado!— grita uno después de comprobar que los vigilantes están neutralizados.
—¡Abrir!— ordeno.
Un operador coloca una carga pequeña en la cerradura; nos apartamos y la explosión revienta el cierre. La puerta salta abierta. Dentro hay gritos, confusión, movimientos frenéticos.
—¡DEA! ¡Nadie se mueva!— voceo.
Entramos y la bodega es un caos: gente corriendo, algunos levantando armas. Mesas llenas de pescado abierto y bolsas blancas de cocaína. Tal cual lo contó Werner.
—¡Al suelo! ¡Al suelo ahora!— sigo gritando.
Algunos se rinden al instante, se tiran al suelo con las manos en la cabeza; otros no. Escucho fuego al fondo de la nave.
—¡Contacto! ¡Contacto!— exclamo.
Nos dispersamos, buscando cobertura detrás de contenedores y palés para devolver fuego; ráfagas controladas pero certeras. Uno cae, luego otro, y los gritos siguen. —¡Equipo Bravo, dentro!— oigo a Chen por radio.
—¡Equipo Charlie, dentro!— confirma Alex.
Perfecto: los tres equipos ya estamos dentro y toca asegurar y barrer. Marcus está a mi lado, su rifle escupiendo disparos controlados hacia las amenazas visibles. —¡Avanza!— le grito. Nos movemos como pareja de cobertura: yo cubro, él avanza; él cubre, yo avanzo. Técnica de compañeros, mil veces practicada.
Llegamos a la primera línea de mesas de procesado. Hay cocaína por todas partes, kilos y kilos; bolsas blancas sin marcar, pescado abierto usado como contenedor. Werner no exageraba: esto es a lo grande. Se oyen más disparos desde arriba: hay una pasarela metálica en el nivel superior. Alguien dispara desde ahí.
—¡Amenaza arriba!— aviso.
Un operador del GSG 9 responde con fuego de supresión. El tirador de arriba cae; su cuerpo golpea el suelo de metal con un ruido seco. Seguimos avanzando. Limpiando esquina por esquina, neutralizando amenazas, asegurando a los que se rinden. Los que se rinden son esposados y quedarán procesados luego. Los que no… no tienen opción. El tiroteo dura quizá cinco minutos, pero parecen horas. Poco a poco, el volumen del fuego enemigo baja. Los están sobrepasando, rodeando, sin salida.
—¡Alto el fuego! ¡Ríndanse!— grita Hauptkommissar Schneider —¡Estáis rodeados! ¡No hay salida!
El silencio viene poco a poco; uno a uno, los últimos resistentes tiran las armas y alzan las manos.
—¡Al suelo! ¡Todos al suelo!— ordeno.
Se tiran: veinte, quizá veinticinco tipos en total. Algunos heridos, otros muertos. Pero la mayoría vivos y rendidos.
—Equipo Alfa, bodega principal asegurada— reporto por radio.
—Equipo Bravo, oficinas aseguradas— informa Chen —Tenemos ordenadores, archivos y documentos. Todo intacto.
—Equipo Charlie, zona de carga asegurada— dice Alex —Tres camiones, todos cargados, y prisioneros aquí también.
—Confirmado. Buen trabajo, equipos.— respiro hondo. La adrenalina sigue alta, la respiración acelerada, el corazón a mil. Pero lo hemos hecho. Entramos, aseguramos y hemos ganado. Miro la nave: grande, industrial y absolutamente llena de cocaína. Va a ser un golpe bestial al Clan Geist.
Pero algo… no encaja.
Ha sido demasiado sencillo.
Sí, ha habido resistencia, sí, tiros. Pero para una operación de esta magnitud esperaba más. Esperaba…
¿Dónde están los jefes?
No veo a nadie enmascarado que parezca mandar; sólo currantes y gente de bajo nivel. ¿Dónde está la cabeza de la serpiente?
—Keller, ven a ver esto— la voz de Marcus me saca de mis pensamientos.
Me acerco. Está junto a una mesa concreta, una que destaca: papeles, documentos y un portátil abierto. Me señala la pantalla, la miro y… se me queda el alma helada. En la pantalla hay un mensaje:
«Hola, agentes, gracias por la visita. Pero me temo que llegáis tarde. La mercancía que buscáis ya se fue, los registros que queréis ya están borrados. Y las personas que perseguís… nunca estuvieron aquí. Esto era una trampa y habéis caído en ella a la perfección.
Con cariño,
Frost.»
Se me para el corazón.
¿Una trampa? ¿Todo esto ha sido una trampa? Pero… ¿como? Antes de que pueda procesarlo, se oye una explosión bestial que sacude la bodega desde el sótano. El suelo vibra, las luces parpadean y oigo a Alex por radio, con la voz rota de pánico. —¡Explosivos! ¡Hay explosivos por el edificio! ¡Salid! ¡Todos fuera aho…!
La comunicación se corta.
Y la bodega empieza a venirse abajo.
Continúa…
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