Silent promise 85

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 85

Tom estaba en su bar acompañado de Catalina, rodeados del humo persistente de los cigarrillos que flotaba perezosamente bajo las tenues luces rojas que siempre hacían que el lugar pareciera más peligroso, más pecaminoso de lo que realmente era. El local estaba oficialmente lleno a esa hora, eran casi las dos de la madrugada, y aun así Tom había accedido a quedarse fuera de horario porque Catalina insistió en enseñarle personalmente su nueva propuesta para el show de las bailarinas.

—Mira, Klaus— decía Catalina con un entusiasmo más que evidente, desplegando bocetos y listas de canciones sobre la mesa de madera oscura entre ellos —Quiero cambiar por completo el enfoque del show principal de los viernes. Que haya menos striptease obvio y vulgar, y más danza contemporánea con elementos de pole dance artístico.— dio un sorbo a su whisky mientras seguía explicando. —He estado investigando coreógrafas de Berlín que trabajan con compañías de danza moderna. Podríamos contratar a una para que entrene a las chicas durante seis semanas. El resultado sería algo más sofisticado, más único. Atraería a una clientela distinta, más adinerada, más culta.

Tom observaba los bocetos con la mirada ligeramente perdida, asintiendo de vez en cuando. Había aceptado esa reunión porque necesitaba distraerse.

Habían pasado otras tres semanas. Tres malditas semanas desde que Willem se había ido de vuelta a Estados Unidos. Tres semanas de llamadas largas y empalagosas donde ninguno de los dos mencionaba la pelea devastadora que habían tenido para no arruinar el momento. Tres semanas despertando solo en una cama demasiado grande, alargando la mano por inercia hacia un cuerpo que no estaba ahí.

—¿Y qué tipo de música estás pensando?— preguntó Tom, con la voz un poco arrastrada.

Catalina sonrió, encantada de que estuviera prestando atención. —Una mezcla. Algo de electrónica oscura para crear ambiente, pero también piezas clásicas reinterpretadas. Imagínate a las bailarinas moviéndose con Vivaldi remezclado con beats modernos. Sería hipnótico.— alzó su copa hacia él. —Pero necesito tu aprobación para el presupuesto, jefe. Contratar a una coreógrafa profesional no es precisamente barato.

Tom chocó su copa con la de ella, el cristal sonó limpio. —Tienes carta blanca— dijo sin más —Si crees que va a funcionar, hazlo. Confío en tu criterio para estas cosas.

Bebieron. Y siguieron bebiendo.

Lo que empezó como una reunión de negocios profesional se fue transformando poco a poco en algo más relajado, más personal. Una copa de whisky se convirtió en dos. Luego en tres. Después cambiaron a cerveza artesanal importada porque, como dijo Catalina riéndose, «ya vamos demasiado pasados como para seguir con algo tan fuerte como el whisky».

En algún momento indefinido de la noche, Tom perdió por completo la cuenta de cuánto había bebido. Solo sabía que, cuando intentó ponerse de pie para ir al baño, el mundo entero se inclinó peligrosamente hacia la izquierda y casi se estampa de cara contra el suelo. Catalina lo sujetó del brazo, riéndose con ligereza, y lo guió con sorprendente firmeza hacia el ascensor privado.

—Creo que ya has tenido suficiente, Klaus— dijo con tono divertido —Te subo a tu apartamento antes de que te partas el cuello bajando las escaleras.

Tom murmuró algo ininteligible en respuesta, apoyándose pesadamente contra la pared del ascensor mientras subían. El alcohol corría denso y caliente por sus venas, haciendo que todo pareciera borroso y lejano, excepto dos cosas que seguían siendo dolorosamente claras: el vacío devastador que Willem había dejado al no estar allí por temas de trabajo, y la presencia cálida y firme de Catalina sosteniéndolo.

Ahora estaban en el apartamento de Tom, tirados en el sofá de cuero negro del salón. Las ventanas panorámicas mostraban la ciudad nocturna brillando abajo como un mar de luces doradas. El salón olía a cerveza derramada, a humo de cigarrillo porque Tom no dejaba de fumar, y al perfume dulce y almizclado de Catalina.

Ella se reía de algo que Tom había dicho, aunque él ni siquiera recordaba qué, y él se reía también, aunque no tenía ni idea de por qué. El ataque de risa hizo que derramara la cerveza que sostenía con torpeza en la mano. El líquido frío le recorrió los dedos, empapándole el pantalón, y eso le pareció aún más gracioso.

Pero incluso a través de la niebla del alcohol, Willem estaba presente en su mente. Siempre lo estaba. Su moreno ocupaba cada rincón de sus pensamientos. Como un fantasma que no podía —ni quería— expulsar, porque estaba obsesionado con él. Tres semanas sin tocarlo, sin oler su piel, sin escuchar su voz en persona. Tres semanas de deseo insatisfecho creciendo como una enfermedad. Su cuerpo anhelaba a Willem con una intensidad física que dolía, y más de una vez se lo imaginaba debajo, encima, mientras lo penetraba profundamente, susurrándole al oído todas esas palabras de amor y posesión que nunca parecían suficientes.

El deseo le oprimía el pecho de forma casi dolorosa.

—Ay, Klaus…— gimió Catalina, sujetándose el estómago entre risas —Ya me duele de tanto reír.

—¿De qué estábamos hablando?— preguntó Tom, aún riéndose sin control.

—De tu morenito— respondió ella, poniendo los ojos en blanco con ese tono entre burlón y curioso que siempre usaba cuando mencionaba a Willem. Tom, sin embargo, ni se dio cuenta. No estaba lo bastante lúcido para ello —Todavía no entiendo qué tiene ese tipo para tenerte tan absolutamente embobado. Sí, está bueno, tiene buen cuerpo, es atractivo… pero tampoco es para tanto, ¿no?

La sonrisa se borró parcialmente del rostro de Tom. Algo se tensó en su expresión, incluso frunció el ceño —No es «para tanto»— repitió, y luego una sonrisa tonta cruzó sus labios —Es lo mejor que ha existido jamás en este puto mundo. Es perfecto. Es mío. Tiene una forma de mirarme que me desarma por completo, me destruye y me reconstruye con una sola mirada. Y esos pucheritos que pone cuando quiere algo…— se interrumpió al notar cómo se le cerraba la garganta —Dios, Catalina, tú no has visto cómo se le suaviza la voz cuando me susurra mi nombre al oído. Cómo tiembla cuando lo toco. Lo amo tanto que…— suspiró con ternura —físicamente duele. Como si alguien me estuviera arrancando el corazón del pecho cada segundo que no está conmigo.

Catalina lo observó en silencio durante unos segundos, con una expresión difícil de descifrar. Luego se encogió de hombros con una indiferencia fingida. —Bueno, pero tampoco hace falta ponerse tan dramático…

—¡Sí que hace falta!— exclamó Tom, y el alcohol hizo que sonara más desesperado, más vulnerable de lo que pretendía —Pasé diez años creyéndolo muerto. Diez años queriendo morirme yo también cada día. Y ahora que sé que está vivo… que respira… que existe… pero está a miles de kilómetros… es como si me estuvieran arrancando la piel a tiras poco a poco cada día que pasa sin poder tocarlo.

Catalina lo miró fijamente. Había algo nuevo en sus ojos ahora, ya no era solo la diversión pasajera del momento, sino también cálculo. Sabía que esa noche tenía su oportunidad. El trato que había hecho con Benjamín tiempo atrás seguía muy presente en su mente. Y quería demostrarle, de alguna manera, que todo el mundo tiene reemplazo, incluido él.

—¿De verdad lo quieres tanto?— preguntó con voz suave, casi íntima.

—Más de lo que las palabras pueden expresar— confirmó Tom, asintiendo torpemente con la cabeza —Y tú…— se detuvo, entrecerrando los ojos mientras la miraba. El alcohol distorsionaba su visión. —Te pareces a él. En ciertas cosas. No son iguales, obviamente no. Pero hay similitudes. En el cuerpo… en la forma de moverte…

Catalina arqueó una ceja, una expresión de sorpresa cruzaba brevemente por su rostro antes de ser reemplazada por una sonrisa pequeña y maliciosa. —¿De verdad?— preguntó, y había un matiz de triunfo en su voz.

Se levantó del sofá, tambaleándose ligeramente, aunque Tom no podría haber predicho si era por el alcohol o por una actuación deliberada. Dio una vuelta lenta frente a él, moviéndose con una gracia estudiada. El vestido negro de tirantes que llevaba se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva de su cuerpo; la cintura estrecha, las caderas, los pechos. El cabello castaño rizado le caía desordenado sobre los hombros desnudos.

—¿También es así? ¿Parecido al de él?— preguntó con voz ronca, pasando sus manos por sus propias curvas.

Tom la miró. Y el alcohol traicionero jugó su magia cruel con él. Parpadeó y por un segundo, solo un segundo, el cabello castaño de Catalina se aclaró, volviéndose rubio con ondas suaves. Su piel se volvió más clara, casi translúcida, aterciopelada. Sus piernas parecieron alargarse, volverse más delgadas y bonitas. Era Willem. Era su morenito de pie frente a él, cubriendo su sexy y monumental cuerpo con ese vestido negro, mirándolo con esa sonrisa que lo volvía absolutamente loco. Una sonrisa inocentona que tenía de todo menos inocencia.

A Tom se le secó la boca.

—Joder…— susurró ahogadamente, frunciendo un poco el ceño.

—¿Te gusta?— preguntó la figura, y la voz era más grave, más seductora. La voz de su morenito.

Tom parpadeó con fuerza y Catalina estaba de vuelta, sonriéndole con labios rojos. Parpadeó otra vez y era Willem nuevamente, acercándose con pasos lentos a él, contorneando su cintura como bien sabía hacerlo. Su corazón golpeaba contra sus costillas tan fuerte que dolía.

—¿Billie?…— murmuró, pero su voz salió rota, desesperada.

Lo que Tom no podía ver, lo que el alcohol le impedía procesar, era la sonrisa de satisfacción en el rostro de Catalina. La forma en que sus ojos brillaban con una victoria muy anticipada, pues sabía que podría conseguir mucho esa noche.

Porque lo que Tom tampoco sabía era que treinta minutos antes, cuando había ido tambaleándose al baño, Catalina había deslizado su mano en su bolso discretamente. Había extraído una pequeña píldora azul, Rohypnol mezclado con un potenciador sexual que había comprado específicamente para esta ocasión. La había molido rápidamente hasta convertirla en polvo y la había vertido en la cerveza de Tom mientras él estaba ausente. Había estado planeando esto durante semanas. Cada conversación había sido cuidadosamente dirigida, cada oportunidad de estar a solas, cada copa compartida llevándolos hacia este momento exacto.

Ella se acercó ahora, parándose entre las piernas abiertas de Tom. Lo miró desde arriba y dejó que el vestido se le subiera un poco más por los muslos.

—Sé que me miras, Klaus— dijo con voz baja y seductora —No soy ciega. He visto cómo tus ojos me siguen a veces y también sé que esta noche no es solo por el alcohol.— se mordió el labio inferior deliberadamente. —Yo también quiero. Llevo queriendo desde hace mucho tiempo. Y tu morenito no está aquí. Benjamín está a miles de kilómetros de distancia y nunca se va a enterar. Nunca. Te lo prometo.

Las palabras cayeron sobre Tom, quien apenas podía procesar todo. No entendía nada de lo que Catalina decía, ante sus ojos solo estaba su morenito —Mhmm…— gruñó, cerrando los ojos con fuerza, tratando de bloquear la tentación.

Pero su cuerpo lo traicionaba completamente. Estaba duro, dolorosamente duro. El calor se acumulaba en su bajo vientre y le incomodaba. Tres semanas de abstinencia forzada combinadas con alcohol y la droga que ahora corría por su sistema hacían que cada terminación nerviosa gritara por contacto. Catalina se inclinó hacia adelante. Su aliento, que olía al whisky que se había estado tomando, rozó la mejilla de Tom. Sus labios casi tocaban su oído cuando habló en un susurro.

—Solo una vez.— le dijo —Solo esta noche. Tú y yo. Nadie tiene por qué saberlo jamás.

Guardó silencio, nada más para relamerse sus labios, dejando que sus dedos trazaran líneas ligeras por el pecho de Tom a través de su camisa. El de rastas estaba a nada de perder la cordura, no podía pensar con claridad. Su morenito estaba seduciéndolo.

—Él está lejos, tú estás aquí, yo estoy aquí… y los dos estamos cachondos. ¿No lo sientes? ¿No sientes que tu cuerpo me está pidiendo, rogando, que te toque?

Tom abrió los ojos lentamente. Bill estaba tan cerca que podía ver cada pestaña suya, el pulso le latía visiblemente en su cuello. Su mano, sin que él conscientemente lo ordenara, subió y se posó en la cintura de Catalina. El vestido era suave bajo sus dedos y su piel debajo estaba caliente.

—Mhmmm… ¿Billie?— inquirió, pero su voz salió débil, casi suplicante, sin ninguna convicción real.

—¿Bill?— susurró ella, y sus dedos bajaron por el pecho de Tom con una intención deliberada, trazando cada músculo hasta detenerse justo encima de su cinturón —Benjamín no se va a enterar nunca. Y aunque de alguna forma milagrosa se enterara… ¿realmente crees que te querría menos? Tú lo amas. Eso no cambia. Esto…— deslizó su mano más abajo, rozando la erección obvia a través del pantalón del mayor. —Esto solo es un desahogo físico. Placer. Liberación. Nada más. No significa nada emocional. «Ojos que no ven, corazón que no siente.»

Tom se quedó callado. Su cabeza daba vueltas violentamente por el alcohol, drogas, el deseo, culpa, todo mezclándose en un torbellino caótico. La culpa le apretaba el pecho como un puño, pero el deseo era infinitamente más fuerte, más ruidoso, más insistente. Tres semanas sin Willem. Tres semanas imaginando obsesivamente su boca, su cuerpo, su voz gimiendo su nombre. Y ahora Catalina estaba aquí, ofreciéndole exactamente lo que su cuerpo llevaba pidiendo a gritos con cada latido.

Catalina se arrodilló despacio entre las piernas de Tom, sus movimientos fueron deliberadamente seductores. Lo miró desde abajo con sus ojos oscuros que brillaban con algo triunfal, predatorio. Una mirada libidinosa qué encendió aún más a Tom.

—Dime que no lo quieres— susurró, mientras sus dedos comenzaban a desabrochar el cinturón de Tom con movimientos expertos —Dímelo ahora mismo, Klaus, y me levanto y me voy. No pasará nada si no quieres. Entendería…

Tom abrió la boca. Una parte pequeña y cada vez más débil de su conciencia gritaba que dijera que no, que fuera leal, que fuera el hombre que Willem merecía. Pero, ¿su morenito no estaba ahí? Las palabras no salían. La droga en su sistema, el alcohol, el deseo acumulado, todo conspiraba contra su autocontrol. En cambio, su mano se enredó en el cabello rizado de Catalina casi violentamente y la atrajo hacia él con fuerza.

—Joder…— murmuró con una voz completamente rota —Solo… solo hazlo rápido.

Catalina sonrió, y esa vez sí fue una sonrisa de victoria absoluta, antes de que su expresión se transformara en algo más seductor. Desabrochó el pantalón de Tom con una eficiencia practicada, liberando su erección. Se tomó un momento para admirarla antes de inclinarse.

—Con mucho gusto— susurró.

Y luego su boca descendió sobre él.

&

Tom despertó en su cama y no recordaba cómo había llegado ahí. Solo recordaba estar en el bar, bebiendo en compañía de Catalina. La luz del amanecer se filtraba débilmente a través de las cortinas de la gran ventana. Su cabeza palpitaba con el peor dolor de cabeza que podía tener, aunque no se comparaba con otras resacas que había tenido. Se sentía aturdido, no podía siquiera abrir bien los ojos y sentía la garganta seca. Se moría por tomar agua como loco y calmar la sed. Sin embargo, cuando se movió ligeramente y sintió un cuerpo cálido contra él se congeló de inmediato.

Se quedó estático por unos segundos. Seguramente lo había imaginado, y queriendo aferrarse a esa idea, lentamente, y con el horror creciendo en su pecho, giró la cabeza.

Catalina dormía a su lado, desnuda, con el cabello esparcido sobre la almohada. Las sábanas apenas le cubrían el cuerpo y pudo ver las marcas rojas, marcas de mordidas y chupetones, que decoraban su cuello y hombros. Tom miró hacia abajo a su propio cuerpo y retiró la sabana rápidamente mientras se incorporaba, encontrándose a sí mismo completamente desnudo. Él tenía más marcas y sentía un ligero ardor por los arañazos en su espalda.

Los fragmentos de su memoria regresaron en flashes brutales y desordenados. Aturdiendo más su cabeza y incrementando más el dolor. Recordó a Catalina sobre él, moviéndose, montándolo. Su propia voz gruñendo un nombre ahogadamente, pero ¿había sido el nombre correcto?

Sus manos agarrando una cintura, tocando, poseyendo. El placer tan intenso que había borrado todo pensamiento. Y luego más. Y más. ¿Cuántas veces? no lo sabía.

El horror lo golpeó al instante.

—No— susurró, sin poder creerse lo que él mismo había hecho. —No, no, no, no…

¿Qué había hecho?

¿Qué mierda había hecho?

Había traicionado a Willem. Había traicionado al amor de su vida, había destruido la confianza que tanto les había costado reconstruir nuevamente y ni siquiera podía culpar completamente al alcohol porque había hecho una elección. En ese momento en el sofá, cuando Catalina le dio la oportunidad de detenerse, él había elegido continuar.

Tom se levantó bruscamente de la cama, ignorando el mareo y las náuseas. Se tambaleó hacia el baño y vomitó violentamente en el inodoro por el alcohol y el asco hacia sí mismo, todo saliendo en oleadas de él.

Cuando finalmente dejó de vomitar, se quedó arrodillado en el suelo de baldosas frías, temblando ligeramente.

Había profanado el recuerdo de la piel de Bill al intentar encontrarla en alguien más.​ —No… Dios, por favor, no…— el susurro salió como un ruego agónico de su garganta.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Bill, su sonrisa llena de una confianza que él acababa de asesinar nuevamente. «Lo arruiné otra vez. Lo arruiné todo.» ​Esa frase se repetía en su mente como una condena y no podía culpar al alcohol que había consumido porque recordaba el momento exacto en el sofá, ese segundo de lucidez donde pudo haberse detenido, donde pudo haber elegido a su morenito. Pero no lo hizo. Eligió el vacío, eligió el placer momentáneo sobre la vida entera que estaba construyendo con el amor de su vida.

​El llanto de Tom se volvió ruidoso, un lamento animal que salía desde lo más profundo de su pecho. Se abrazó a sí mismo, encogido en el suelo del baño, deseando poder arrancarse la piel que Catalina había tocado, deseando desaparecer antes de tener que ver la luz en los ojos de Bill apagarse por su culpa. Había tenido el mundo en sus manos y lo había dejado caer solo para ver cómo se hacía añicos.

¿Cómo se lo diría a Willem?

¿Cómo miraría a esos ojos que amaba y admitiría que lo había traicionado de la forma más fundamental, cruel y asquerosa posible después de que le prometió nunca hacerlo?

Y lo peor de todo, la parte que lo hacía querer arrancarse la piel, era que una parte oscura y terrible de él había disfrutado cada segundo mientras sucedía porque había pensado en Willem, había imaginado que era su morenito quién estaba bajo él, alrededor de él. Pero no lo era y ahora había destruido todo lo que tenían.

Otra vez.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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