Silent promise 86

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 86

Tom se quedó bajo el chorro de agua hirviendo casi cuarenta minutos, frotándose la piel con tanta fuerza que se le puso roja y sensible. Como si pudiera literalmente lavar lo que había hecho. Como si el agua arrastrara la traición por el desagüe junto con el jabón y la espuma. Pero no importaba cuánto se restregara, cuánto jabón usara, cuántas veces se enjuagara… todavía la sentía.

Podía sentir las manos de Catalina en su piel como quemaduras que en esos momentos no podía soportar. Podía sentir su boca, su cuerpo. Y lo peor de todo, podía sentir su propio placer resonando como un eco obsceno y horrible en su memoria. Había disfrutado cada maldito segundo mientras pasaba. Había gemido su nombre, o peor, quizá había gemido el nombre de Willem mientras estaba con otra persona, y el asco hacia sí mismo era tan intenso que dolía físicamente.

Al final cerró el agua, quedándose de pie en la ducha con el vapor rodeándolo como una niebla fantasmal. Jadeaba mientras las gotas se le escurrían por la piel y salió de la ducha para quedarse frente al espejo. Ignoró los pasos mojados en el suelo. Su reflejo en el espejo empañado era borroso, indistinto. Casi no se reconocía.

¿Quién era este hombre que había destrozado todo lo que más quería por una noche de placer vacío?

Se secó de manera automática, sus movimientos eran torpes y descoordinados. La resaca le martilleaba el cráneo sin piedad, y cada latido del corazón le enviaba oleadas de dolor por la cabeza. Pero el dolor físico no era nada comparado con el tormento mental que lo consumía. Se cubrió el cuerpo atándose una toalla a la cintura y se quedó parado frente al lavabo, mirando fijamente su reflejo ahora visible. Los ojos le estaban un poco rojizos por haber llorado. La piel pálida. Tenía marcas de chupetones en el cuello que tendría que cubrir, la evidencia física de su traición marcada en su cuerpo como un estigma.

Las palabras de Willem resonaban en su cabeza con claridad devastadora, haciendo que el pecho le doliera de forma intensa. Las había dicho hace tres semanas, después de su pelea horrible. Tras ese momento en que Tom le gritó cosas imperdonables sobre la muerte de sus bebés. Y Willem lo había perdonado. A pesar del dolor enorme que le causó con sus palabras, lo había perdonado. Le dio otra oportunidad porque lo ama.

Y Tom había prometido, había jurado solemnemente que nunca volvería a hacerle daño así. Que había aprendido. Que sería mejor.

Y ahora esto.

La rabia hacia sí mismo era demasiado intensa para soportarla en sus venas. Se agarró al borde del lavabo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Quería golpear algo. Romper el espejo, destrozar todo en el baño. Gritarle al universo por ser tan débil, tan patético, tan incapaz de mantener las manos lejos de lo que no debía tocar.

Porque esto era diferente. Esto era infinitamente peor que las palabras crueles dichas en un momento de rabia. Esto era una traición física. Una traición sexual. Del tipo que no se puede deshacer, que no se puede retractar. Había sido infiel a su moreno. Había metido su miembro dentro de otra persona, había tocado otro cuerpo de la forma en que solo debía tocar a Willem. Había roto el vínculo más sagrado entre ellos y Bill había sido muy, muy claro sobre las consecuencias.

«Si me engañas, me pierdes.»

Willem había sido brutalmente honesto.

Tom cerró los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas ardientes acumulándose de nuevo.

Iba a perder a Willem.

Iba a perder al amor de su vida, a su alma gemela, a la única persona que le daba sentido a su existencia y era completamente culpa suya.

No podía culpar al alcohol porque él había elegido beber hasta ese punto. No podía culpar a Catalina porque había dicho que sí cuando ella le dio la oportunidad de detenerse. No podía culpar a la soledad ni a las tres semanas de separación porque otros tíos pasaban meses separados de sus parejas sin traicionarlas. Esto era su responsabilidad, su elección, su fracaso monumental.

Su mente era un caos absoluto de emociones contradictorias y pensamientos autodestructivos. Por un lado, el arrepentimiento lo consumía horriblemente y se odiaba con una intensidad que nunca había experimentado. Cada célula de su cuerpo gritaba que había cometido el error más grande de su vida. Pero por otro lado, una parte más oscura y cínica de él susurraba que quizá era inevitable. Quizá estaba destinado a destruir todo lo bueno en su vida. Quizá era el patrón: construir algo hermoso solo para demolerlo con sus propias manos.

Le había fallado a Willem muchas veces ya. No siempre con infidelidad, esto era la primera vez, pero de otras formas igual de dañinas. Con mentiras sobre las bailarinas cuando lo creía muerto, con su incapacidad de protegerlo de Brian hace años. Con palabras crueles sobre la muerte de sus hijos. Con promesa tras promesa rota. Promesas silenciosas que nunca cumplió.

Le había hecho la promesa implícita más fundamental de todas, le dijo que nunca lo engañaría, que nunca le haría ese daño. Y ahora esa promesa yacía hecha pedazos.

Tom era un coleccionista de promesas rotas, sí. Así se veía a sí mismo en esos momentos. Un destructor profesional de confianza. Y Willem había sido increíblemente paciente, increíblemente generoso con el perdón. Pero incluso la paciencia de Willem tenía límites. Y Tom acababa de cruzar ese límite de la forma más brutal posible.

La pregunta que ahora lo torturaba, que giraba obsesivamente en su mente como un disco rayado, era… ¿debía contárselo?

Parte de él, la parte cobarde y egoísta, le susurraba que no. Que Catalina había prometido no decir nada. Que Willem estaba a miles de kilómetros en Estados Unidos y que si Tom simplemente se callaba, Willem nunca se enteraría. Podrían seguir con su relación como si nada hubiera pasado. Tom podría vivir con la culpa, cargar con ese secreto como penitencia, y Willem nunca tendría que sufrir este dolor.

Pero la otra parte, la parte que todavía amaba a Willem desesperadamente, que respetaba su derecho a la verdad, sabía que eso era una cobardía absoluta. Willem merecía saber. Merecía tener toda la información para decidir sobre su propia vida, merecía poder elegir si perdonar o no basándose en hechos reales, no en una ignorancia inventada.

Y además, los secretos siempre salen a la luz tarde o temprano. Siempre. Y si Willem se enteraba más tarde, meses o años después, por otra persona, sería infinitamente peor. La traición se multiplicaría porque no era solo el acto físico, sino también la mentira sostenida, el engaño continuo.

Tom se pasó las manos por el pelo mojado, tirando de sus rastas con frustración. Su mente era un campo de batalla de culpa, arrepentimiento, miedo y autodesprecio. Y lo peor era que Willem le había advertido específicamente sobre Catalina. Le había dejado clarísimo que no quería verla cerca de él, ni a ella cerca de él, y Tom había ignorado esa petición. Había invitado a Catalina a quedarse después del cierre. Había bebido con ella. Había dejado que la noche se fuera de las manos hasta que las malas decisiones se volvieron inevitables.

Willem le había dicho exactamente lo que necesitaba: que Catalina se fuera, que Tom mantuviera límites apropiados. Y Tom había fallado en eso también.

Entonces, ¿cómo podría mirarlo a los ojos y decirle: “he hecho exactamente lo que me pediste que no hiciera, y además te fui infiel con la mujer de quien me pediste que me alejara”?

La respuesta era que no podía. No sin destrozar a Willem en el proceso.

Pero tampoco podía no decírselo.

Tom estaba atrapado en un dilema imposible de su propia creación. Respiró hondo varias veces, intentando calmar el pánico que amenazaba con abrumarlo. Tenía que enfrentarlo. Tenía que salir del baño y lidiar con las consecuencias de sus actos.

Primero, Catalina. Tenía que sacarla de su apartamento, de su vida. Eso era lo mínimo que podía hacer, así que abrió la puerta del baño. El vapor se escapó hacia el dormitorio más fresco, y ahí estaba ella.

Catalina estaba sentada en el borde de la cama, completamente vestida ahora. Llevaba el mismo vestido negro de la noche anterior, aunque arrugado. Su pelo rizado estaba despeinado, el maquillaje corrido ligeramente. Se veía… pequeña. Vulnerable. Casi frágil. Tenía las manos entrelazadas en el regazo y miraba al suelo con cara de cargar con un peso terrible.

Cuando Tom salió del baño, ella levantó la vista. Los ojos rojos, como si también hubiera llorado.

—Klaus…— empezó con voz temblorosa —yo… lo siento muchísimo.

Tom se quedó paralizado en la entrada del baño, observándola. Y en su mente procesaba lo que veía… a una mujer arrepentida. Una mujer que claramente se sentía fatal por lo que había pasado, víctima de las circunstancias tanto como él. Porque eso era lo que Tom creía en ese momento. Que ambos habían sido víctimas de demasiado alcohol, de mal juicio, de un momento de debilidad compartida. No veía la manipulación. No veía la premeditación. No podía ver que Catalina había orquestado todo desde que deslizó esa píldora en su bebida.

Todo lo que Tom veía era una mujer tan destrozada como él se sentía.

—Vístete y vete— dijo Tom con voz ronca, caminando hacia el armario para sacar una camisa limpia —Por favor.

—Lo siento— repitió Catalina, con la voz quebrada, convincente —No debí… no quería que esto pasara así. Estábamos borrachos y yo… me aproveché de la situación. Fue mi culpa.

Tom se giró bruscamente hacia ella.

—No— dijo firme —No fue tu culpa. Fui yo. Yo me aproveché de tu estado de embriaguez, yo soy el que está en una relación y yo soy el responsable.

Catalina negó con la cabeza, las lágrimas bajaban por sus mejillas, lágrimas que había ensayado frente al espejo muchas veces. Pero su papel de arrepentida parecía real. —No digas eso. Los dos estábamos borrachos. Los dos tomamos malas decisiones. Pero yo… yo sé que amas a Benjamín, y yo te puse en esta posición. Debí haberme ido cuando vi que estabas bebiendo demasiado. Debí haber sido más responsable.

Se cubrió la cara con las manos, los hombros temblando con sollozos aparentemente genuinos. Tom sintió una punzada en el pecho. ¿Compasión? ¿Solidaridad en la culpa? Tuvo que recordarse firmemente que esto no iba de consolarla. Esto iba de sacarla de aquí y luego lidiar con las consecuencias.

—Catalina— mencionó su nombre con tono más suave, pero firme —Necesito que te vayas. Ahora. Por favor.

Ella bajó las manos, mostrando un rostro manchado de lágrimas. —Lo entiendo— dijo bajito, asintiendo —Me iré. Solo… quiero que sepas que nunca diré nada. Nunca. Lo de anoche se queda entre nosotros, tu pareja nunca tiene que enterarse.

Tom se tensó. La tentación era enorme, tan seductora, aceptar esa oferta. Enterrar el secreto y fingir que nunca pasó. Pero negó con la cabeza lentamente.

—Él tiene que saber— dijo, y le dolió sacar esas palabras —Tengo que decírselo.

Catalina lo miró, sorprendida.

—Klaus… si le dices, lo perderás. Tú mismo dijiste anoche cuánto lo amas. ¿Por qué destruir eso?

—Porque él merece la verdad— respondió Tom con voz quebrada —Merece poder decidir si puede perdonar esto o no. No puedo quitarle esa elección.— bufó y se sentó pesadamente en el borde de la cama, a distancia de Catalina, la cabeza entre las manos —Voy a perderlo de todas formas— murmuró —Me lo dejó clarísimo. Si le soy infiel, lo pierdo. No hay perdón para eso. Y lo entiendo. Después de todo lo que he hecho, después de todas las veces que lo he lastimado… esto es imperdonable.

Su voz se quebró completamente.

—No puedo vivir sin él, Catalina. No puedo— musitó desesperado —Esos diez años que lo creí muerto fueron el infierno. Y ahora que lo tengo de nuevo, la idea de perderlo otra vez me está matando. Pero es lo que merezco.

Catalina se movió un poco más cerca, no demasiado, solo lo suficiente para parecer compasiva.

—Klaus— dijo suavemente —Puede que no sea así. Puede que… él te perdone.

Tom soltó una risa amarga y sin humor. —No lo hará. Fue muy claro: la infidelidad es su línea y yo la crucé.

—Pero él te ama— insistió ella —Eso es obvio. Y el amor… el amor puede perdonar muchas cosas.

—No esto— escupió Tom con certeza. Le dolía saberlo y aceptarlo, pero era la verdad —No cuando le prometí específicamente que nunca le haría esto. No cuando me pidió que me mantuviera alejado de ti y yo lo ignoré. No cuando…— se detuvo, respirando hondo al sentirse asfixiado. Catalina dejó pasar un momento de silencio antes de hablar otra vez.

—Entonces… si ya sabes que lo vas a perder… ¿por qué decírselo?— preguntó con cuidado —¿Por qué no dejarlo ir sin hacerle pasar por ese dolor?

Tom la miró como si hubiera dicho algo terrible.

—¿Quieres que termine yo la relación sin decirle por qué? ¿Que lo deje pensando que fue por otra razón?

—Sería más amable— sugirió ella —Menos doloroso para él. Podrías… no sé, decirle que la distancia es demasiado difícil, o que necesitas espacio. Algo que no lo destruya tanto como saber que…

—No— interrumpió él firme, negando con la cabeza —No voy a mentirle. Ya le he mentido demasiado y cada mentira solo empeoró las cosas. Él merece la verdad, por dolorosa que sea. Además, yo ni podría terminar la relación.

Catalina estudió su rostro cuidadosamente. Luego asintió lentamente.

—Tienes razón— dijo finalmente —Tienes que decirle la verdad. Porque si no lo haces… si él se entera de otra forma más adelante… será infinitamente peor.— soltó un suspiro —Si le mientes ahora, y luego lo descubre de otra forma… no solo perderás su amor. Perderás su respeto. Perderás cualquier posibilidad de que algún día, quizá, puedan tener algún tipo de relación civil. Será odio puro.

Tom sintió un escalofrío recorrer su espalda, porque sabía que tenía razón.

—Pero si se lo dices tú mismo— continuó Catalina suave —, honesto y arrepentido, y le cuentas exactamente lo que pasó… al menos tendrá la verdad. Al menos sabrá que lo respetas lo suficiente como para no mentirle.

—Igualmente me odiará— murmuró Tom.

—Tal vez— admitió ella —Probablemente. Pero será un odio limpio. No contaminado con más mentiras, y quién sabe… el tiempo puede curar muchas cosas.— se puso de pie lentamente, alisando el vestido arrugado —Me voy ahora— dijo —Pero Klaus… por favor. Cuéntaselo. Hazlo pronto, antes de perder el valor, porque vivir con este secreto te destruirá tanto como a él.

Caminó hacia la puerta, se detuvo y miró atrás. Frotó los labios mientras observaba la espalda de Tom, encorvado, con los codos sobre las rodillas y el rostro cubierto por las manos.

—Y para que conste… de verdad lo siento— murmuró —Siento haber formado parte de esto. Siento haberte puesto en esta situación y espero… espero que, de alguna manera, consigas arreglar las cosas.

El «clic» de la puerta al cerrarse fue el sonido más definitivo que Tom había escuchado en su vida. No fue un estruendo, fue un sonido metálico que selló su destino, literalmente. Catalina se había ido, llevándose la evidencia física, pero dejando en el aire una atmósfera densa que le asfixiaba. Tom se quedó sentado en el borde de la cama, los hombros hundidos y la mirada perdida en las fibras de la alfombra negra.

El miedo no era algo abstracto; era una corriente eléctrica recorriéndole la columna, dejándolo paralizado. Cada segundo que pasaba era una cuenta atrás. Sabía que en algún lugar del mundo, su morenito se estaría despertando, quizá estirándose entre las sábanas, pensando en él con esa confianza ciega y pura que Tom acababa de destrozar en una sola noche.

Su mente era un campo de batalla. Una parte de él, la más cobarde y humana, le gritaba que guardara el secreto, que limpiara las sábanas, que se duchara otra vez hasta arrancarse la primera capa de piel y que fingiera que nada había pasado. «Si no lo sabe, no le duele», le susurraba el pánico. Pero esa idea moría al instante cuando recordaba los ojos de Willem. Mentirle sería una traición doble; convertiría su relación en una farsa, en un castillo de cristal construido sobre un cadáver.

El pecho le subía y bajaba en respiraciones cortas y erráticas. Las lágrimas, que antes eran un torrente, ahora eran surcos secos de sal en sus mejillas. Sentía una náusea existencial, un rechazo absoluto hacia su propio cuerpo. Miró sus manos y las vio extrañas, como si pertenecieran a un asesino. Habían tocado lo prohibido, habían buscado placer en la fuente equivocada.

«Le fallé. No solo lo engañé, lo borré por unas horas. Borré nuestra historia por un momento de debilidad», se dijo mentalmente.

Esa certeza era el clavo más ardiente en su conciencia. Catalina tenía razón, porque el silencio no protegía, era cobardía. Willem no era una opción, era su centro, su norte, y la única forma de honrar ese amor, aunque fuera por última vez, era desnudar su propia miseria ante él.

Se imaginó frente a él. Visualizó la confusión en el rostro de su morenito transformándose lentamente en horror, en asco, en una tristeza tan profunda que podría ahogarlos a los dos. El dolor físico de esa imagen lo hizo doblarse sobre sus rodillas, soltando un gemido ahogado contra sus palmas.

Sabía que la honestidad no le garantizaba el perdón. De hecho, era muy probable que fuera el final de todo. Pero el amor real, ese que sentía quemándole las entrañas a pesar de su error, le exigía ese sacrificio. Si iba a perderlo, tenía que ser por la verdad. No podía seguir viviendo en un mundo donde Bill lo amara basándose en una mentira.

Tom se obligó a levantarse. Sus movimientos eran lentos, pesados, como si cargara con mil toneladas de culpa, y así era. Tenía que ir por él. Tenía que encontrar las palabras para confesar que el hombre que Bill amaba ya no existía, que en su lugar estaba este extraño roto que tenía que mirar al amor de su vida a los ojos y decirle que lo había destrozado todo.

¿Podría su morenito soportar lo que se venía? ¿Podría Tom soportar ver cómo su morenito se desmoronaba frente a él al contarle la verdad?

No lo sabía.

Su móvil, que estaba sobre la mesita de noche, vibró y la pantalla se iluminó. Su mirada se dirigió instintivamente a la mesa, y se acercó a pasos lentos hasta verla desde su altura. Sin siquiera cogerlo, era un mensaje de Georg:

«Oye, deberías bajar al bar en cuanto puedas. Pasará algo increíble.»

Ese era el mensaje. Pero Tom no tenía ganas de contestar, y mucho menos de bajar al bar. Así que decidió ignorarlo. La pantalla se apagó y él simplemente se vistió y salió a la sala de estar. Del mueble bar cogió una botella de aguardiente y se sirvió un poquito en un vaso pequeño. Se lo bebió, pero no fue suficiente para calmar lo que sentía en ese momento. Así que empezó a beber directamente de la botella, sentado en el sofá.

Quería que todo fuese una jodida pesadilla. Despertar, ver a su morenito a su lado, en la cama, durmiendo plácidamente con él.

Pero qué lástima que nada era una pesadilla.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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