Silent promise FIN

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo Final

By Tom

Ver como las puertas del ascensor se cerraran llevándoselo a él lejos de mí, es como ver mi propia ejecución. El pánico me subió por la garganta, amargo y espeso. No puede ser. No puede terminar así, no después de todo lo que hemos construido.

—¡Mierda!— mi voz sale como un estallido, llena de una urgencia que me quema los pulmones. Me acerco a mi mueble bar y tomo la botella que primero veo, la destapo y comienzo a beber. Mi morenito no puede simplemente borrarme de su vida así. Sé que suena hipócrita. Sé que fui yo quien rompió el cristal, pero mi mente se niega a procesar el vacío. Siempre pensé que lo nuestro era acero, que era imposible que este amor se acabara… pero lo ví en sus ojos. En ese brillo de odio y decepción, veo que ya se acabó. Y esa certeza me está matando.

Por favor… no puedo perderlo. Quiero que vuelva, que regrese. Porque sino, aunque me haya pedido que no lo haga, iré a buscarlo. No me importa dónde se esconda, iré a detenerlo. No puedo dejarlo ir.

Me hundo en el sofá porque siento que mis piernas ya no me sostienen. ¿Se divierte al verme así? ¿Disfruta viendo cómo me muero de rodillas, suplicando por un poco del amor que yo mismo tiré a la basura? Me siento una sombra, un rastro de hombre. Él sabe que yo no soy nadie sin él. Sin su luz, yo solo soy oscuridad. Y hoy, con una frialdad que me hiela la sangre, me ha dicho literalmente «adiós».

Nunca… pero es que nunca en mi vida esperé que esto pasara. Me duele en el alma, me desgarra las entrañas porque, a pesar de mi error, a pesar de qué sé que él ya no quiere verme, aún lo amo con una fuerza que me aterra. No sé qué me espera. No sé cómo se respira sin su aire. Pero estoy loco, estoy desesperado. Soy capaz de jugarme la vida, de quemar el mundo entero, con tal de tenerlo otra vez entre mis brazos. Aunque me odie, aunque me escupa… solo con tal de que no me deje solo en este infierno que yo mismo creé.

El silencio en este apartamento es lo más ruidoso que he escuchado en mi vida. Me quema los oídos. Entierro la cara en mis manos. Soy un imbécil. No hay otra palabra. No hay «oscuridad», ni «confusión», ni «alcohol» que valga para tapar el cráter que le hice en el pecho a mi morenito. Recuerdo su cara cuando se lo dije… Dios, esa expresión de desmoronamiento. Fue como ver un edificio hermoso caer piedra a piedra, y yo era el que sostenía el detonador.

¿En qué estaba pensando?

Ni siquiera puedo decir que lo disfruté. Fue un acto vacío, una sombra mecánica mientras mi corazón, mi subconsciente y mi piel gritaban su nombre. Cerré los ojos e intenté engañar al destino, queriendo creer que la silueta que tenía delante era la suya, su aroma, su risa… pero no era él. Y ahora, por ese segundo de debilidad, he asesinado al único chico que me miraba como si yo fuera un dios. Con sus bellos ojos color marrón que se volvían mieles cuando les daba la luz, brillantes. Con esos ojos cuyo brillo apagué.

—Perdóname, Billie…— susurro al aire, aunque sé que las paredes no me van a contestar.

Me duele el cuerpo, me duele el aire que respiro. Siento una impotencia que me hace querer arrancarme la piel. Lo amaba… lo amo. Pero el amor no sirve de nada si no sabes cuidarlo. Fui un guardián que dejó la puerta abierta para que entrara el invierno, y ahora me estoy congelando en mi propio arrepentimiento. Daría lo que fuera por volver a esa noche. Por sacar a Catalina de mi apartamento, por irme a la cama sin haber bebido, por estar durmiendo a su lado sin este secreto corrosivo.

Pero no hay marcha atrás. Solo me queda este vacío, esta culpa que me pesa como si llevara piedras en los bolsillos, hundiéndome en un mar de «lo siento» que nunca serán suficientes para sanar el daño que le hice a la persona que más confiaba en mí.

Las puertas del ascensor se abrieron de la nada, y por ellas entró Travis. No tuve tiempo ni de limpiar el desastre, ni de ocultar las lágrimas que me deformaban la cara. Él entró de lleno a mi apartamento, pero se detuvo al enfocarme y ver mi estado. —¿Qué ha pasado?— pregunta él con cautela mientras me mira con el ceño ligeramente fruncido. —Vimos a Bill salir y se veía completamente mal— soltó —Estaba… Dios, nunca lo había visto así. Parecía un muerto viviente. ¿Qué diablos hiciste ahora?

No pude mirarlo. Me hundí más en el sofá, escondiendo la cara entre mis manos porque me daba asco que mi propio hermano viera en lo que me había convertido.

—Se acabó, Travis…— mi voz salió rota, arrastrada —Se lo confesé. Todo.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Sentí la mirada de Travis quemándome la nuca —¿Confesar el qué?— preguntó, y su tono bajó a un susurro peligroso —¿Qué fue lo que hiciste, Thomas?

—Le fui infiel…

Travis parpadeó incrédulo, me miraba sin poderse creer lo que le he dicho —¿Qué?

—Fue una noche… una estupidez— solté, las palabras salieron atropelladas mientras intentaba desesperadamente que alguien me entendiera —Estaba borracho, Travis, te lo juro… en mi cabeza era él. Yo pensé qué…

—¡Pero hombre!— el grito de Travis me hizo saltar. Se plantó frente a mí, y por primera vez en mi vida, vi un absoluto enojo en sus ojos —¿Como fuiste capaz de hacer algo así?

—Yo pensé que era él.

—Pero, ¿cómo puedes decir eso, joder?

Traté de levantarme, de buscar su apoyo, de que viera que yo también estaba sufriendo, pero él me puso una mano en el pecho y me empujó de vuelta al asiento. —¿Cómo pudiste?— me espetó, y cada palabra era dura —Tú, que no te callabas nunca lo mucho que lo amabas. Tú, que dabas lecciones de cómo ser la pareja perfecta, que decías que Bill era lo más sagrado que tenías en la vida… ¡¿Cómo pudiste ser tan poco hombre de traicionarlo así?!

—¡Me arrepiento, Travis!— le grité, esperando una pizca de compasión. —¿Crees que no me duele? Esta mierda está logrando acabar conmigo…

—¿Te duele?— Travis soltó una carcajada breve, sin nada de humor —No me hables de tu dolor, Tom. Tú tienes lo que te buscaste. El que está ahí fuera, con el alma destrozada porque la persona en la que más confiaba le clavó un puñal por la espalda, es Bill. Tú no tienes derecho a quejarte de nada.— se alejó un par de pasos, negando con la cabeza como si no pudiera creer que compartiéramos la misma sangre. —Me das vergüenza— dijo —Le juraste amor eterno a alguien que te dio su vida entera, y lo tiraste todo por un momento de debilidad. Si de verdad lo amaras como decías, ninguna otra persona habría existido para ti. Has matado lo único bueno que tenías, hermano. Y lo peor es que lo hiciste sabiendo exactamente lo que estabas rompiendo. Te desconozco.

Yo también me desconozco. Yo también siento vergüenza de mí mismo.

—Mamá y papá están abajo— me dice —Bill sacó a Bach de la cárcel…

¿Qué?

—Está abajo, estábamos celebrando pero creo que ya se terminó la fiesta.

—Yo… no sabía.

—¿Y como ibas a saberlo si era una sorpresa?— pregunta secamente —Seguramente Willem vino a decírtelo y bueno… no terminó bien, ¿no?

Tomo un trago grande de la botella de whisky otra vez —¿Quienes están abajo?

—Todos, incluyendo a nuestros padres.

Asiento lentamente con la cabeza —¿Puedes decirle a mamá que venga?— le pido sin verlo a los ojos. Travis solo se me queda mirando, no me responde a inicio pero tras unos minutos asiente con la cabeza. No dice absolutamente nada. Se dio la vuelta y salió del apartamento entrando al ascensor sin mirar atrás. Me quedé solo, rodeado de mi propia miseria. Tenía razón. Siempre me la he presumiendo de un amor inmenso, y en una sola noche, demostré que no era digno ni de pronunciar su nombre.

Cuando mamá entró aquí y me encontró hecho un ovillo en el sofá, su rostro se transformó. No era solo preocupación; era ese miedo instintivo de una madre que ve a su hijo romperse. Le conté todo. Cada detalle sucio, cada excusa que mi mente febril había fabricado para no volverme loco.

—Ay, Tom…— el suspiro de mi madre fue un peso físico en el aire. Negó con la cabeza, y en su mirada no había lástima, sino una decepción que me caló más hondo que el frío.

—Yo… yo lo necesito, mamá. Lo necesito más que a mi propia sangre— balbuceé, gateando prácticamente hacia ella, buscando un perdón que no me correspondía —Tienes que entenderlo. No estaba en mis cinco sentidos. El alcohol, el ruido… estaba confundido, perdido…

—Eso no es una excusa válida, Thomas— me cortó en seco. Su voz, usualmente dulce, sonó con una firmeza que me heló la sangre —Puede que estuvieras ebrio, sí. Pero el alcohol no te borra la memoria ni te cambia los principios. Si Bill te pidió, específica y claramente, que no te acercaras a esa mujer… ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no la sacaste del bar cuando tuviste diez oportunidades para hacerlo? ¿Por qué permitiste que respirara tu mismo aire?

Me quedé mudo. Las preguntas eran dardos que daban siempre en el blanco y yo no tenia respuestas para darle a cada una.

—Dime una cosa— continuó ella, inclinándose hacia mí —¿Esa mujer te atrajo físicamente?

La miré con horror, sintiendo una punzada de indignación. —¿Cómo puedes siquiera pensar eso? ¡Es insultante que me lo preguntes, mamá! ¡Yo amo a Bill!

—Es una pregunta directa para una realidad que estás evadiendo— respondió ella, cruzándose de brazos y mirándome con seriedad —Y por tu reacción, por ese instinto de defensa excesiva, sé la respuesta. Te atrajo. Al menos un poco. Al menos lo suficiente para no apartarte.

—¡No!— negué con violencia, golpeando el colchón del sofá. Mamá me ha quitado la botella y ya no puedo beber —¡Ella no es nada! ¡No me atrae, no es nadie! ¡No es nadie!

—¿Vas a mentirme a mí, Thomas?— me espetó con una chispa de furia en los ojos —¿A la mujer que te conoce desde que diste tu primer respiro? Conozco hasta la forma exacta en que parpadeas cuando intentas ocultar la verdad. Claro que te atrajo. No por nada terminaste metiéndola en tu cama. Las acciones gritan lo que las palabras intentan callar. Te olvidaste de Bill en ese momento, Thomas. Lo borraste.

—¡No lo borré!— grité, con las lágrimas quemándome las mejillas —¡Imaginaba que era él! Te lo juro por mi vida… estaba tan borracho que veía su rostro, sentía sus manos… mi mente lo creó porque lo necesitaba a él…

—Vaya excusa más patética…— mi madre soltó una risa seca, sin un gramo de humor —¿De verdad esperas que alguien con sentido común se crea eso? ¿Que confundiste a una mujer con tu pareja? Bill es un hombre, Thomas. Tu cuerpo sabía que no era él. Es un insulto a la inteligencia de Bill y a la mía que intentes venderme esa fantasía.

—¡Pero es la verdad! ¡El alcohol distorsionó todo!

—El alcohol no crea visiones, hijo. El alcohol baja las defensas. Quita el filtro de la decencia y deja salir los impulsos que ya estaban ahí, agazapados. Si te acostaste con ella es porque una parte de ti, por pequeña que fuera, quiso hacerlo.

Negué con la cabeza una y otra vez, tapándome los oídos, queriendo desaparecer. —N-no es así… yo solo amo a Bill. Es mi mundo. Es mi todo…

—Entonces debiste actuar como alguien que ama— dijo ella, suavizando el tono pero endureciendo el mensaje —Debiste respetar los límites que él marcó por su propia seguridad emocional. Debiste alejarte… pero no lo hiciste. Y ahora el «lo siento» es un papel quemado que no sirve para tapar el sol.

—Me voy a morir sin él, mamá— susurré, sintiendo que el pecho se me hundía, que me faltaba el oxígeno de verdad —No puedo… literalmente no puedo respirar. Si se va para siempre, me mataré.

—No digas estupideces— me reprendió con una honestidad brutal —No te vas a morir. Vas a estar miserable, vas a sentir que te desangras por dentro cada mañana, pero vas a sobrevivir. Y quizás, si tienes suerte, aprenderás lo que significa la palabra respeto.

—Es que él es mi vida entera…

—Y tú destruiste esa vida con tus propias manos— sentenció ella —Escúchame bien, Thomas. Lo que hiciste fue una traición de la clase más asquerosa. No puedes pretender que Bill te perdone porque llores o porque le ruegues. Ahora mismo, tu dolor no importa. El que importa es el suyo.— se sentó a mi lado y tomó mis manos. Estaban heladas. —Necesitas aceptar que cometiste un error devastador. Y lo más amoroso que puedes hacer ahora, si es que de verdad lo amas, es dejarlo en paz. Dale el espacio que te pidió. Deja que sane sin que tú estés ahí recordándole la herida.

—¡No puedo quedarme sentado esperando!— exclamé con desespero —¡Tengo que explicarle, tengo que recordarle quiénes somos!

—¡No se trata de ti!— esta vez sí levantó la voz, apretando mis manos —¡Se trata de lo que él necesita! Y lo que él necesita es estar lejos de tu toxicidad y de tus mentiras. Has sido egoísta desde que entraste a ese bar. Egoísta al beber hasta perderte, egoísta al dejar que esa mujer entrara en vuestras vidas y en vuestra relación, y ahora quieres ser egoísta forzando una conversación que él no quiere tener.

—Mamá…— gimoteo —Sé que soy un cabrón, pero ¿Y si él decide no volver?— pregunté, con la voz de un niño pequeño que acaba de romper su juguete favorito —¿Y si lo pierdo para siempre? Ya pasé diez años sin él… no puedo otra vez.

—Esa es una posibilidad que tienes que mirar a la cara— respondió ella, acariciando mis trenzas con tristeza. Se que le pone mal verme así, destrozado. Pero también sé que está enojado conmigo por lo que hice —Las acciones tienen consecuencias definitivas. Y perderlo para siempre podría ser el precio de tu noche de «confusión».

Me hundí en su regazo, sollozando con una violencia que me hacía crujir las costillas. La realidad me embistió como una ola inmensa; no era solo que Bill se hubiera ido, era el peso de saber que yo mismo le abrí la puerta y lo empujé al vacío. Juntos levantamos un refugio sagrado y yo, en una noche de estupidez, le prendí fuego a todo. Perderlo es el castigo que merezco, la sentencia que yo mismo firmé. Pero mi corazón se rebela, se niega a aceptar este final. No puedo permitir que el ‘nosotros’ muera así.

Lo amo, Dios, lo amo con una desesperación que me está consumiendo vivo.»

—Sobrevivirás, Thomas— susurró ella mientras mis lágrimas empapaban su vestido —Pero la próxima vez que digas que amas a alguien, asegúrate de que tus actos no digan lo contrario. Por ahora, déjalo ir. Es lo único digno que te queda por hacer.

&

El amor, en su forma más pura, no es un estado de gracia inalterable, sino un organismo vivo que respira, se agita y, a veces, se asfixia.

Para Bill y Tom, lo que una vez fue un refugio de seda se transformó, en algo opresivo que los estaba matando a ambos, se convirtió en una celda de cristal triturado. La traición no es solo el acto físico de la carne; es la demolición de un puente que tardó diez años en construirse y que Tom derribó en un parpadeo de debilidad.

Tom habita ahora un desierto de arrepentimiento. Su dolor no es solo la ausencia de Bill, sino el asco de encontrarse consigo mismo cada mañana en el espejo. Se aferra a la excusa de la perdida de cordura y el alcohol como quien intenta tapar una herida de bala con una mano temblorosa, pero en el fondo de su alma, la verdad es ensordecedora de alguna manera, porque permitió que el deseo fuera más fuerte que el respeto. Ama a Bill, de eso no hay duda, pero ha descubierto que el amor no es un escudo contra la propia miseria. Su lección es la más amarga de todas. Es que el perdón no es un derecho que se reclama con lágrimas, sino una gracia que se gana con el tiempo y el silencio.

Por otro lado, Bill camina por un laberinto de espejos rotos. Su dolor es visceral, algo inmenso en el que se ahoga aunque intente nadar y salvarse, es un dolor que le quema las entrañas, porque le duele la traición, sí, pero le duele más la humillación de haber entregado su fe ciega a un hombre que no supo sostenerla. En cada rincón de su soledad, Bill se pregunta cómo el rostro que era su paz pudo convertirse en el escenario de su guerra. Su devastación era una furia histérica y un vacío que le hiela la sangre. Ha aprendido que amar inmensamente no te hace invulnerable, y que a veces, la persona que te enseña a volar es la misma que te corta las alas.

Sin embargo, en esta ruptura, el amor se enfrenta a su prueba de fuego definitiva. No se trata de si pueden volver a estar juntos, sino de si pueden sobrevivir a lo que el otro se ha convertido. La lección para ambos es clara. La confianza es un cristal que, una vez roto, jamás vuelve a reflejar la imagen perfecta. Se puede pegar, se puede pulir, pero las grietas siempre estarán ahí, recordándoles que el paraíso tuvo un final.

¿Es este el adiós definitivo o el prólogo de una historia diferente? El silencio que ahora los separa es el lienzo donde se escribirá el futuro. Si deciden caminar por senderos distintos, lo harán con la cicatriz de haber sido el todo del otro. Si deciden intentarlo de nuevo, deberán aceptar que el amor «bonito» que crearon ha muerto, y que lo que nazca ahora será algo nuevo, más terrenal, más herido, pero quizás, solo quizás, más honesto.

Porque al final, el amor no se trata de no caer nunca, sino de decidir si vale la pena reconstruir sobre las ruinas. Tom y Bill están hoy en esa orilla incierta, mirando el mar que se llevó su barco, decidiendo si nadan hacia la orilla de la redención o si se dejan ahogar por el peso de lo que pudo ser y no fue.

La pluma se detiene aquí, dejando que sea el tiempo, ese juez implacable, quien decida si este es el entierro de una leyenda o el nacimiento de un perdón que todavía no saben cómo pronunciar.

F I N

¡Okay, okayyyyyy! ✨ Como algunas ya sospechaban, les traigo noticias sobre el rumbo de la historia. 📜💫

​Resulta que… ¡calculé súper mal los capítulos! 🤡 Se suponía que esta temporada tendría 71 capítulos, igual que la primera («Please»), pero la trama se me expandió tanto que, si seguía, ¡íbamos a pasar de los 100! 😱 Y eso NO PUEDE PASAR, mis niñas, ¡me parece demasiado! 😭😭

​Cómo queda el plan de vuelo?

​Para que todo esté bien organizado y no colapsemos, he decidido lo siguiente:

​✨ Temporada 3: Aquí incluiré todo lo que me faltó agregar en esta parte.

​✨ Temporada 4: Lo que tenía preparado originalmente para la T3, pasará a ser una cuarta temporada.

​¡Así que tranqui! Si tienen dudas que no se resolvieron aquí, en la siguiente temporada se aclara TODO. 🕵️‍♀️💖

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Silent promise FIN»

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