(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 1

Soy Bibian y cada mañana comienza con la misma precisión que aplico a mi trabajo.

El despertador suena a las 6:30 a.m., un tono suave pero insistente que me arranca de los sueños.

Hoy, como siempre, extiendo la mano para apagarlo antes de que moleste a Eduard. Él ronca suavemente a mi lado, su cuerpo cálido y sólido bajo las sábanas. Tiene 35 años, diez más que yo, y en momentos como este, esa diferencia se siente como una manta de seguridad. Es abogado, un hombre de horarios estrictos y argumentos impecables, y yo soy su prometida, la terapeuta sexual que a veces parece vivir en un mundo paralelo.

Me deslizo fuera de la cama con cuidado, mis pies tocando el suelo de madera fría. El apartamento que compartimos en el centro de la ciudad es modesto pero elegante: paredes blancas, muebles minimalistas que elegimos juntos en una tarde de compras impulsivas.

Me pongo la bata y voy a la cocina, donde preparo el café. El aroma se expande como una promesa de claridad. Mientras la cafetera burbujea, miro por la ventana: el sol apenas asoma sobre los edificios, pintando el cielo de un naranja tímido.

Pienso en el día que me espera. Sesiones con pacientes, cada una un rompecabezas de deseos y conflictos.

Elegí esta carrera porque creo en la sanación a través de la comprensión, pero a veces me pregunto si estoy sanando a otros o solo evitando mirarme a mí misma.

Eduard aparece en la puerta de la cocina, con el cabello revuelto y una sonrisa somnolienta. Lleva solo sus boxers, y no puedo evitar notar cómo su cuerpo, atlético por las carreras matutinas que hace cuando no está enterrado en casos legales, aún me hace sentir un cosquilleo.

—Buenos días, doctora—dice con esa voz grave que usa en la corte, pero con un toque juguetón. Se acerca y me besa en la nuca, sus manos rodeando mi cintura.

—Buenos días, abogado— respondo, girándome para devolverle el beso. Es breve, pero dulce—Café está listo. ¿Quieres el tuyo con leche?.

—Sí, por favor. ¿Dormiste bien? Te oí dar vueltas anoche—Se sienta en la isla de la cocina, estirando los brazos.

Eduard siempre nota esas cosas; es parte de lo que me atrajo de él. Nos conocimos en una conferencia sobre ética profesional hace tres años.

Yo era una estudiante de posgrado, él un panelista invitado.

Su confianza me impresionó, y antes de darme cuenta, estábamos cenando juntos.

—Estuve pensando en un caso— admito mientras le sirvo el café—Nada grave, solo… complicado.

No entro en detalles; la confidencialidad es sagrada en mi trabajo, y él lo respeta.

—Ah, los misterios de la mente humana.

Levanta su taza en un brindis fingido.

—Yo tengo una audiencia hoy. Un divorcio contencioso. La esposa alega infidelidad, el marido dice que es solo ‘exploración emocional’. Suena como algo de tu territorio.

Río suavemente, sentándome frente a él con mi propia taza.

—No todo es exploración emocional, Eduard. A veces es solo gente siendo idiota.

Ese es nuestro humor: ligero, pero con un filo de realidad. Él se ríe, una risa profunda que me hace sonreír.

—Touché. Pero en serio, Bibian, ¿alguna vez piensas en cambiar de especialidad? Terapia familiar, quizás. Menos… explícito.

Ahí está, la pregunta sutil que a veces surge. No me fastidia tanto como las de mis amigas, pero duele un poco.

—No, amor. Esto es lo que me apasiona. La sexualidad es parte de quiénes somos. Ayudar a la gente a navegarla es importante.

Él asiente, serio ahora.

—Lo sé. Solo me preocupo por ti. Escuchas tanto dolor.

Su mano cubre la mía, y por un momento, el mundo se reduce a nosotros. Eduard es mi ancla en un mar de confesiones ajenas.

Desayunamos juntos: huevos revueltos que preparo yo, tostadas con mermelada.

Hablamos de planes para la boda, que está a seis meses.

—Quiero algo simple—digo—Nada de ostentación.

—Simple como tú— bromea él, guiñando un ojo—Pero con un toque de drama, como yo—Reímos, y el momento es ligero, de esos que me recuerdan por qué lo amo.

Después del desayuno, me ducho mientras él se prepara para el trabajo. Salgo del baño envuelta en una toalla, y él está ajustándose la corbata frente al espejo.

—Te ves impecable—le digo, besándolo en la mejilla.

—Tú también, aunque preferiría verte sin esa toalla— Su tono es juguetón, pero hay un destello en sus ojos.

Nuestra intimidad es cómoda, no explosiva, pero sólida.

A veces me pregunto si eso es suficiente, pero lo aparto.

No soy mi paciente; soy Bibian, la profesional.

Salimos juntos del apartamento a las 7:45. Él toma el metro hacia el tribunal, yo camino las cuatro cuadras hasta mi consultorio.

El aire matutino es fresco, y camino con paso firme, mi maletín en la mano. Pienso en mis pacientes del día: tres sesiones programadas.

La primera es con los Martínez, un matrimonio en crisis.

Luego, un paciente individual, y por la tarde, una pareja joven.

Cada uno trae su propio drama, y yo soy la que debe guiarlos sin juzgar.

Llego al edificio a las 8:00, un lugar discreto con una placa que dice «Terapia Integral».

Mi consultorio está en el segundo piso: una habitación acogedora con un sofá, una silla para mí, plantas y una mesa con tisúes.

Enciendo la luz, preparo mis notas.

El aroma a lavanda del difusor calma el ambiente.

A las 9:00 llega mi primera sesión: Elena y Marco Martínez, un matrimonio de 40 y tantos años.

Han estado casados por 15 años, pero la chispa se apagó.

Elena es una maestra de escuela, menuda y nerviosa; Marco, un ingeniero, alto y reservado.

Se sientan en el sofá, dejando un espacio entre ellos que dice más que palabras.

—Buenos días— digo con mi voz calmada, sentándome frente a ellos—Gracias por venir. ¿Cómo han estado desde la última sesión?

Elena suspira dramáticamente, sus manos retorciendo un pañuelo.

—Bibian, es un desastre. Intentamos lo que dijiste, lo de las ‘noches de conexión’, pero Marco solo piensa en el trabajo. ¡Ni siquiera me mira como antes!

Marco rueda los ojos, pero hay dolor en su expresión.

—No es eso, Elena. Estoy cansado. El estrés en la oficina… y tú siempre exigiendo más. ¿Qué pasó con el romance espontáneo?

Aquí viene el drama. Elena se pone de pie, gesticulando.

—¡Espontáneo! ¿Cuándo fue la última vez que me sorprendiste? ¡Nuestra vida sexual es un desierto, Marco! ¡Un desierto!

Intento no sonreír; estos momentos son intensos, pero parte de mi trabajo es navegarlos.

—Elena, siéntate, por favor. Vamos a explorar eso. Marco, ¿qué sientes cuando Elena expresa su frustración?

Él se encoge de hombros, serio ahora.

—Me siento inadecuado. Como si no fuera suficiente. Antes, éramos apasionados. Ahora… es rutina.

Hablamos por 45 minutos: ejercicios de comunicación, sugerencias para reavivar la intimidad sin presión. Elena llora un poco, Marco la consuela torpemente. Al final, se abrazan.

—Prueben el ejercicio de miradas: cinco minutos al día, solo mirándose a los ojos— les digo.

Salen tomados de la mano, un pequeño progreso.

Hay una pausa de 15 minutos. Bebo agua, anoto reflexiones. Pienso en Eduard; nuestra relación es estable, pero ¿tenemos esa chispa? Sacudo la cabeza.

No es el momento.

A las 10:30 llega mi siguiente paciente: Samuel, un hombre soltero de 32 años con problemas de ansiedad sexual.

Es ingeniero de software, tímido, con gafas gruesas. Se sienta, nervioso.

—Hola, Bibian. Tuve una cita el fin de semana. Fue… desastrosa.

—Cuéntame—digo, inclinándome ligeramente.

—Fue con una chica de la app. Todo bien hasta que… intentamos intimar. Me bloqueé. Otra vez—Su voz tiembla.

Exploramos sus miedos: presiones culturales, experiencias pasadas.

—Es común, Samuel. Vamos a trabajar en técnicas de relajación.

De repente, suelta una risa nerviosa.

—Sabes, pensé en tu consejo de ‘visualización positiva’. Imaginé que era un superhéroe. Pero terminé riéndome tanto que ella pensó que me burlaba.

Río con él, un momento ligero en medio de la seriedad.

—Bueno, el humor es un gran desestresante. Usémoslo a tu favor.

Terminamos con un plan: lecturas sobre mindfulness. Sale más animado.

Almuerzo sola en mi escritorio: una ensalada que traje de casa.

Llamo a Eduard rápidamente.

—Hola, amor. ¿Cómo va tu día?

—Caótico. El juez es un cascarrabias. ¿Y tú?

—Productivo. Sesiones intensas, pero bien.

—Te extraño. Cena en casa esta noche?

—Sí. Te amo.

—Yo más.

Cuelgo con una sonrisa.

Es simple, pero reconfortante.

La tarde trae a los Thompson, un matrimonio joven: Lisa y Carlos, ambos de 28, casados hace dos años.

Lisa es diseñadora gráfica, vivaz; Carlos, profesor, reflexivo. Vienen por discrepancias en deseos sexuales.

—Bienvenidos de nuevo— digo. Se sientan cerca, pero tensos.

Lisa habla primero, dramática:

—Bibian, ¡es frustrante! Quiero experimentar, probar cosas nuevas, pero Carlos es tan… vainilla.

El se sonroja.

—No soy vainilla. Solo no quiero nada que nos haga daño. ¿Y si sale mal?

Ríen nerviosamente, y yo intervengo con seriedad:

—Es válido tener límites. Vamos a mapear sus deseos. Lisa, ¿qué te gustaría explorar?

—Ejemplos… juguetes, quizás role—playing—Lo dice con un guiño, y Carlos finge horror.

¡Role—playing! ¿Yo de qué, de pirata?— Todos reímos, un momento de ligereza.

Pero se pone serio: El admite miedos de inseguridad.

—Siento que no soy suficiente.

Lisa lo toma de la mano.

—Eres todo para mí. Solo quiero crecer juntos.

Trabajamos en un acuerdo: empezar pequeño, con comunicación abierta. Salen con una lista de «sí, no, quizás».

El día termina a las 4:00. Camino de vuelta a casa, el sol aún alto.

Pienso en mis pacientes: matrimonios luchando por reconectar, individuos buscando paz. Es agotador, pero gratificante. En casa, Eduard llega poco después. Cenamos pasta que cocino yo.

—Cuéntame tu día—dice él, sirviendo vino.

—Intenso. Parejas, ansiedades. Lo de siempre.

Él asiente.

—Eres increíble en lo que haces.

Nos acurrucamos en el sofá, viendo una serie.

Su brazo alrededor de mí es cálido. Pero en el silencio, me pregunto: ¿es esto todo? Mañana, otro día.

Otro rompecabezas. Y yo, siempre la que escucha, preguntándome qué diría si yo fuera la paciente.

Son las 9:30 p.m., y la serie en la pantalla se ha convertido en un murmullo de fondo; estoy más concentrada en la calidez de su brazo alrededor de mis hombros.

Hemos lavado los platos de la cena, una rutina que me reconforta, y ahora solo quiero dejar que el silencio me envuelva. Eduard bosteza, su cabeza apoyada en el respaldo del sofá.

—Creo que es hora de dormir, doctora—murmura, con esa sonrisa suya que siempre me hace sentir en casa.

—Estoy de acuerdo—digo, estirándome.

Me levanto, dispuesta a apagar el televisor, cuando mi teléfono vibra sobre la mesa de centro.

La pantalla ilumina la habitación con un brillo molesto, y el nombre que aparece me hace tensar los hombros: Mamá.

Miro a Eduard, que arquea una ceja.

—No contestes si no quieres— dice, leyendo mi expresión.

Pero soy Bibian y aunque me tiente ignorar la llamada, sé que no lo haré.

—Hola, mamá?— contesto, manteniendo mi voz neutra mientras camino hacia la ventana.

La ciudad brilla afuera, ajena al drama que está a punto de desplegarse.

—¡Bibian! Por fin contestas. ¿Es que ahora eres demasiado importante para llamar a tus padres?—La voz de mi madre, aguda y cargada de reproche, corta como un cuchillo.

Es el drama de siempre, el que me ha seguido desde que elegí mi carrera. Eduard me lanza una mirada de apoyo desde el sofá, pero se queda en silencio.

—Mamá, he estado ocupada. El trabajo, la boda…—Intento mantener la calma, pero siento el calor subiéndome al pecho.

—¿Ocupada? ¿Escuchando a desconocidos hablar de sus… cosas? ¿Eso es más importante que tu familia?—Su tono destila desdén, y la palabra «cosas» es como un latigazo.

Mi madre nunca ha entendido mi trabajo como terapeuta sexual. Para ella, es algo sórdido, una traición a la educación conservadora que intentó darme.

—Mamá, no empieces—digo, mi voz más fría de lo que pretendía—Mi trabajo ayuda a la gente. No es un chiste.

—¡Ay, Bibian, por favor! Podrías haber sido psicóloga de verdad, trabajar con niños, con familias. Pero no, tú elegiste… eso— Hace una pausa, esperando que me defienda, como siempre.

Pero estoy cansada. Cansada de justificarme, de explicarle que la sexualidad no es un tabú, sino una parte esencial de la humanidad.

—Mamá, no voy a discutir esto otra vez. ¿Cómo está papá?

Cambio de tema, esperando desviar la tormenta.

—¿Tu padre? Igual, preguntándose por qué su hija no llama. Somos tus padres, Bibian. Merecemos un poco de respeto—Su voz se quiebra, y por un momento siento una punzada de culpa.

Pero entonces recuerdo las veces que he intentado acercarme, solo para chocar con su desaprobación.

—Lo siento, mamá. Llamaré más, ¿de acuerdo? Pero ahora necesito descansar— Mi tono es firme, profesional, como si estuviera manejando a un paciente difícil.

Ella suspira, dramática.

—Siempre tan ocupada. Bueno, no te molesto más. Pero piensa en nosotros, Bibian.

Cuelga sin despedirse, y el silencio que sigue es pesado.

Me quedo mirando el teléfono, mi respiración un poco más rápida de lo normal.

Eduard se levanta y pone una mano en mi hombro.

—Lo manejaste bien— dice suavemente.

—No lo sé—murmuro, sintiendo el peso de la conversación—¿Por qué siempre es lo mismo?

—Porque te quieren, pero no te entienden.

Me abraza, y me dejo envolver por su calidez.

Pero mientras nos dirigimos al dormitorio, una parte de mí sigue atrapada en las palabras de mi madre, preguntándome si alguna vez encontraré un equilibrio entre lo que soy y lo que los demás esperan de mí.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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