
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 10
CARLA
El mundo siempre parece más tranquilo cuando duermo. Pero no esta vez. Son las 4:55 de la mañana, y el maldito teléfono me arranca de un sueño donde corría por una playa sin fin, el sol calentándome la piel.
El ringtone estridente corta el aire, y me despierto con un sobresalto, el corazón latiéndome como si hubiera corrido de verdad.
La habitación está oscura, solo un hilo de luz se cuela por las cortinas. Me froto los ojos, gruñendo, y alcanzo el celular en la mesita.
¿Quién demonios llama a esta hora?
El nombre en la pantalla no ayuda: “Desconocido”. Pienso en ignorarlo, pero un nudo en mi pecho me dice que conteste.
—¿Hola? —mi voz sale rasposa, todavía atrapada en el sueño. Al otro lado, una mujer habla, su tono profesional pero pesado, como si cargara malas noticias.
—¿Es usted Carla Méndez? Soy la doctora Ramírez, del Hospital Central. Llamamos porque usted está listada como contacto de emergencia de Támara Kaulitz —Mi estómago se hunde. Támara. Mi mejor amiga, la reina del caos, la que siempre está en el ojo del huracán pero sale ilesa.
Qué pasó ahora? Me siento en la cama, el sueño desvaneciéndose como niebla.
—¿Támara? ¿Qué le pasó? —pregunto, mi voz temblando, aunque trato de mantenerla firme.
El silencio al otro lado se siente eterno antes de que la doctora hable.
—Lamento informarle que Támara fue ingresada esta madrugada con heridas de bala. Está en estado crítico en la unidad de cuidados intensivos. Necesitamos que venga al hospital lo antes posible. —Sus palabras me golpean como un puñetazo, robándome el aire.
¿Heridas de bala? ¿Támara? Mi mente da volteretas, tratando de procesar. Anoche me dijo que tenía una cita después del club, con esa tal Lauren de la despedida de soltera.
¿Qué demonios pasó?
—¿Heridas de bala? ¿Cómo? ¿Quién…? —balbuceo, mi cabeza un torbellino.
Me levanto, buscando mis zapatillas en la oscuridad, el pánico creciendo.
—No tenemos más detalles ahora, señorita Méndez. Por favor, venga al hospital. Está en la UCI, tercer piso.
La doctora cuelga, y me quedo mirando el teléfono, el corazón en la garganta.
Támara, mi Támara, la que siempre se ríe del peligro, la que me arrastra a sus locuras, ¿en la UCI? No puede ser.
Me visto a trompicones, unos jeans y una sudadera que agarro del suelo, sin importarme si combinan. Mi apartamento está en silencio, el eco del teléfono resonando en mi cabeza. Pero no puedo hacer esto sola. Támara no es solo mi amiga; es parte de nuestro cuarteto inseparable: Sofía, Daniela y yo. Somos su familia, las que siempre estamos ahí cuando el mundo se le viene encima. Busco mi celular de nuevo, mis manos temblando mientras marco el número de Sofía. Suena varias veces antes de que conteste, su voz adormilada y molesta.
—¿Carla? ¿Qué mierda pasa? Son las cinco de la mañana —gruñe Sofía, siempre directa, incluso medio dormida.
—Sofía, es Támara —digo, mi voz quebrándose—está en el hospital. Le dispararon. Está en la UCI, en estado crítico.
Las palabras se me atragantan, y el silencio al otro lado me dice que Sofía está procesando el golpe.
—¿Qué? ¿Le dispararon? —su voz pasa de somnolienta a afilada en un segundo—¿Cómo que le dispararon? ¿Quién? ¿Dónde estás?
—Acabo de enterarme. Estoy yendo al Hospital Central. Por favor, ven. No… no sé qué hacer. —Siento las lágrimas pujando, pero las contengo. No ahora.
—Voy para allá. Dame quince minutos —dice Sofía, y cuelga sin más.
Su tono firme me da un ancla, aunque sea pequeña.
Ahora Daniela. Marco su número, rezando para que conteste rápido. Daniela es la más sensible de nosotras, y sé que esto la va a destrozar. Suena dos veces antes de que su voz, suave pero alerta, responda.
—¿Carla? ¿Estás bien? —pregunta, siempre preocupada, como si tuviera un radar para el drama.
—No, Dani, no estoy bien. Es Támara. Está en el hospital, le dispararon. Está grave, en la UCI—Mi voz se quiebra esta vez, y escucho un jadeo al otro lado.
—¿Támara? ¡No! ¿Cómo que le dispararon? —Daniela suena al borde del llanto, y me la imagino apretando el teléfono, sus ojos llenos de lágrimas—Qué pasó? ¿Quién le hizo esto?
—No sé, Dani. Me llamó una doctora. Voy al hospital ahora. ¿Puedes venir? Sofía también va—Trago saliva, intentando sonar fuerte por ella.
—S-sí, claro. Ya salgo. Espérame en la entrada, ¿sí? —dice, su voz temblorosa pero decidida.
Cuelgo, las llaves del coche en la mano, y salgo al frío de la madrugada.
Conduzco al Hospital Central, la ciudad todavía dormida bajo un cielo gris. Mi cabeza es un caos, recuerdos de Támara inundándome.
La primera vez que la vi, en el club, con ese vestido vino que paraba el tráfico, riéndose como si el mundo le perteneciera.
Las noches de margaritas, las veces que nos sacó de nuestras zonas de confort, sus bromas subidas de tono que hacían sonrojar a Daniela y reír a Sofía hasta las lágrimas.
Támara siempre fue el sol de nuestro grupo, y ahora… ¿heridas de bala? No encaja.
Ella vivía al límite, sí, con amantes que entraban y salían de su vida como tormentas, pero ¿quién querría hacerle esto?
Llego al hospital, el olor a desinfectante mareándome. Corro al tercer piso, donde una enfermera me detiene en la entrada de la UCI.
—Está en cirugía —explica, su voz suave pero firme—heridas en el estómago y el pecho. Está grave, pero los médicos están haciendo todo lo posible.
—¿Va a estar bien? —pregunto, mi voz quebrándose.
La enfermera no responde, solo me mira con esa compasión entrenada que odio. Me dejo caer en una silla de plástico en la sala de espera, las manos temblando.
Sofía llega minutos después, su cabello recogido a medias, los ojos encendidos de furia y miedo.
—Esto es una mierda, Carla. ¿Quién le hizo esto? —dice, sentándose a mi lado, su mano apretando la mía.
—No sé. Anoche me dijo que iba con una tal Lauren, no sé más —respondo, mi voz apagada.
Daniela aparece poco después, los ojos rojos, abrazándome tan fuerte que casi no respiro.
—Ella es fuerte, ¿verdad? Támara siempre sale de todo —susurra Daniela, más para sí misma que para nosotras.
Nos quedamos las tres en la sala, unidas por el miedo, el pitido de las máquinas de fondo.
Támara es nuestro pegamento, y sin ella, no sé qué seríamos.
Solo espero, con el corazón en un puño, que siga siendo la indestructible que siempre creímos que era.
El tiempo en esta sala de espera del hospital se arrastra como un castigo. Las sillas de plástico son duras, el aire huele a desinfectante, y el pitido constante de las máquinas en la UCI me taladra los nervios.
Son las 8:00 de la mañana, y llevamos horas aquí, atrapadas en un limbo de miedo y silencio.
Sofía está a mi lado, tamborileando los dedos en su rodilla, Daniela, en la silla opuesta, abraza sus piernas, los ojos rojos de tanto llorar, pero con una calma frágil que parece a punto de romperse.
Támara está en cirugía, luchando por su vida tras las heridas de bala que nadie explica.
No sabemos quién ni por qué, solo que está en estado crítico, y cada minuto sin noticias es una puñalada.
Hemos hablado poco desde que llegamos. Sofía soltó un par de maldiciones sobre quién podría haberle hecho esto, mientras Daniela murmuraba cosas como “Támara es fuerte, va a salir de esta”.
Yo solo las miro, mi mente atrapada en recuerdos de Támara: su risa escandalosa en el bar, sus botas altas resonando en el Club Eclipse, la forma en que nos hacía sentir vivas.
Anoche mencionó a Lauren, esa de la despedida de soltera, pero no dio detalles.
¿Fue ella? ¿Un amante celoso?
Támara siempre fue un imán para el drama, pero esto es otro nivel.
Mis manos tiemblan, y aprieto el celular como si pudiera traer respuestas.
A las 9:30, un doctor sale por fin de la UCI, su bata blanca arrugada y el rostro agotado.
Nos ponemos de pie al unísono, como si un resorte nos hubiera levantado. Es un hombre mayor, con gafas y una voz grave pero suave, como si estuviera acostumbrado a dar noticias duras.
—Soy el doctor Guzmán —dice, mirándonos una a una—¿Son las familiares de Támara Kaulitz?.
—Sí, somos nosotras —responde Sofía, su tono cortante, como si el doctor tuviera la culpa de algo—¿Cómo está? ¿Salió de cirugía?.
Daniela me agarra la mano, sus uñas clavándose en mi piel, y yo contengo el aliento.
El doctor suspira, ajustándose las gafas.
—Támara salió de cirugía hace unos minutos. Logramos estabilizarla, pero las heridas fueron graves: una bala en el estómago y otra cerca del pecho. Perdió mucha sangre, y aunque reparamos el daño interno, su estado sigue siendo crítico. Estamos en un 50/50 ahora mismo. Las próximas horas serán clave.
Sus palabras caen como plomo, y siento que el suelo se tambalea bajo mis pies.
—¿50/50? —susurra Daniela, su voz apenas audible, los ojos llenos de lágrimas—Pero… va a estar bien, ¿verdad? Tiene que estarlo.
—No podemos prometer nada aún —responde el doctor, su tono firme pero no cruel—está en la UCI, bajo monitoreo constante. Les sugiero que llamen a alguien más, más familia si es posible. Es importante que estén todos los seres queridos cerca, por si…
No termina la frase, pero no hace falta. El “por si” me aprieta el pecho como una garra.
—¿Familia? —Sofía suelta una risa amarga—Támara no tiene a nadie más que nosotras. Su madre es un caso perdido—Se cruza de brazos, pero sus ojos brillan con algo más que rabia: miedo.
El doctor asiente, como si estuviera acostumbrado a estas historias.
—Entiendo. Pero si hay alguien, llámenlo. Estaremos atentos a cualquier cambio.
Se da la vuelta, dejándonos en la sala, el silencio cayendo de nuevo como una losa.
Nos miramos, las tres perdidas en el mismo torbellino.
—¿Y ahora qué? —pregunto, mi voz ronca. No quiero decirlo, pero todas sabemos a quién hay que llamar: Rose, la madre de Támara.
La sola idea me revuelve el estómago. Támara siempre hablaba de ella con un nudo en la voz, contándonos cómo Rose la dejó sola de niña, más preocupada por sus novios que por su hija, cómo la adolescencia de Támara fue un caos de mudanzas y promesas rotas.
No merece saber, pero es su madre.
Sofía saca su celular, resoplando.
—Yo llamo a Rose. Pero juro que si me sale con una de sus excusas, le cuelgo.
Marca el número, y nos quedamos en silencio, el ambiente tenso. El teléfono suena varias veces antes de que una voz cansada conteste.
—¿Quién es? —dice Rose, su tono seco, como si la hubieran interrumpido en algo importante.
—Rose, soy Sofía, amiga de Támara —empieza Sofía, su voz controlada pero afilada—Mira, estoy en el hospital. Támara…
—¿Támara? —la interrumpe Rose, su voz endureciéndose—¿Qué hizo ahora? Siempre metida en problemas. No tengo tiempo para sus dramas.
Se oye un clic, como si estuviera a punto de colgar, y Sofía aprieta el teléfono, su rostro rojo de furia.
Pero antes de que Sofía pueda responder, Daniela le arrebata el celular con una rapidez que nos deja boquiabiertas.
Daniela, la dulce, la tranquila, la que nunca alza la voz, tiene los ojos encendidos, las lágrimas corriendo por sus mejillas pero la voz firme como nunca la he oído.
—¡Escucha, Rose! —grita, su tono cortante, haciendo eco en la sala de espera—No te atrevas a colgar. Támara está en la UCI, le dispararon, está luchando por su vida, y tú tienes el descaro de decir que no tienes tiempo? ¿Sabes lo que Támara nos contó? Cómo la dejaste sola de niña, cómo nunca estuviste cuando te necesitaba, cómo tuviste que buscarse la vida porque tú estabas demasiado ocupada con tus novios y tus problemas….y como le quitaste a….a..sabes exactamente de qué hablo!—Su voz tiembla, pero no se detiene—Ella se merece una madre, no una egoísta que huye de todo. Así que mueve el culo y ven al hospital, porque si Támara no sale de esta, nunca te lo perdonarás.
Sofía y yo nos quedamos con la boca abierta, mirándonos como si Daniela hubiera invocado un huracán.
Nunca la había visto así, tan feroz, tan cruda.
El silencio al otro lado del teléfono es ensordecedor, y por un segundo pienso que Rose colgó, pero luego se oye un sollozo.
—Yo… no sabía que estaba tan mal —murmura Rose, su voz quebrada— Voy para allá.
Daniela le devuelve el celular a Sofía, limpiándose las lágrimas, su respiración agitada.
—Listo —dice, como si no acabara de desarmar a la madre de Támara con palabras que llevábamos años callando.
Sofía parpadea, aún en shock, y yo solo alcanzo a apretarle la mano a Daniela, sin palabras.
Nos sentamos de nuevo, el peso de la espera cayendo otra vez.
Támara está ahí, luchando, y nosotras estamos aquí, sosteniéndonos como podemos.
Daniela se abraza a sí misma, Sofía de nuevo tamborilea los dedos, y yo miro la puerta de la UCI, rezando por un milagro.
Támara es nuestro sol, y sin ella, no sé cómo seguiremos brillando.
Continúa…
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