(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 12

«FLASHBACKS»

(Támara: Años atrás)

Todo comenzó cuando era una adolescente rebelde en un barrio donde el amor era un lujo peligroso, pero con él, con Michael, todo parecía posible.

Lo conocí en una fiesta de barrio, una de esas noches donde la salsa retumba en las paredes, el aire huele a cerveza y el humo de los cigarrillos se mezcla con las risas.

Llevaba un vestido color negro que abrazaba mis curvas, el escote justo para sentirme poderosa.

La pista estaba viva, cuerpos moviéndose al ritmo, y yo bailaba en el centro, dejando que la música me llevara.

Michael estaba apoyado contra una pared, alto, con el cabello oscuro revuelto y una sonrisa que prometía problemas. Sus ojos me encontraron, intensos, como si el resto del mundo se desvaneciera.

Se acercó, extendiendo una mano con esa confianza que me hizo estremecer.

—Baila conmigo, preciosa —dijo, su voz grave, con un toque juguetón que me aceleró el pulso.

Tomé su mano, riendo, y nos perdimos en el ritmo. Sus manos en mi cintura eran firmes pero cuidadosas, su cuerpo rozando el mío, enviando chispas por mi piel.

—Eres un incendio, Támara— susurró en mi oído, su aliento cálido contra mi cuello, y yo le creí.

Bailamos hasta que la fiesta se desvaneció, hasta que el mundo se redujo a nosotros dos. Bajo un farol, me besó, un beso profundo, hambriento, su lengua explorando mi boca mientras mis manos se enredaban en su cabello.

—Eres mía esta noche—murmuró, y yo, tonta, pensé que sería para siempre.

Desde esa noche, fuimos inseparables. Un año entero de un amor que parecía sacado de un sueño.

Michael me llevaba al río, donde nos sentábamos en la orilla, su brazo alrededor de mis hombros, hablando de futuros imposibles.

—Saldremos de este barrio, Támara. Tú y yo, contra el mundo—decía, sus ojos brillando con promesas.

Me traía flores robadas de jardines vecinos, me hacía reír con bromas tontas, y cada mirada suya me hacía sentir como si fuera la única que importaba. Estaba tan enamorada que no veía las señales, las grietas en su fachada.

Rose, mi madre, lo odiaba.

—Ese chico es puro problema, Támara. Te va a romper el corazón— me decía, exhalando el humo de su cigarrillo en la cocina, sus ojos vacíos de cariño. Pero yo no escuchaba; Michael era mi escape de su abandono, de las noches sola mientras ella se perdía con sus novios.

—Estás ciega, niña —me dijo una vez, sirviéndose un trago—Ese Michael no es más que un charlatán. Terminarás llorando, como siempre.

Sus palabras me dolían, pero las ignoraba, aferrándome a la idea de que Michael era diferente.

El amor cambia todo, o eso pensé.

Una noche, en su habitación, con paredes agrietadas y una cama que crujía, me entregué a él. Estaba nerviosa, mi corazón latiendo tan fuerte que pensé que lo oiría.

La luz de una lámpara vieja bañaba la habitación en un resplandor ámbar, y Michael me miró como si fuera un tesoro.

—Eres hermosa, Támara— susurró, sus labios rozando mi cuello, bajando por mi escote mientras desabrochaba mi blusa con dedos temblorosos.

Sus manos exploraron mis pechos, pellizcando suavemente mis pezones, y gemí, el placer mezclándose con el miedo.

Me desvistió con cuidado, mi falda cayendo al suelo, y yo tiré de su camisa, revelando su pecho firme.

Me tumbó en la cama, su boca trazando un camino por mi vientre, hasta llegar a mi centro. Su lengua lamió mi clítoris con una lentitud tortuosa, y yo me arqueé, mis manos enredadas en su cabello, guiándolo.

—Michael… sí…ah!—gemí, el placer creciendo hasta que explotó, mi cuerpo temblando bajo su toque.

—¿Estás segura? —preguntó, posicionándose encima de mí, su miembro erecto presionando contra mi entrada.

Asentí, mis piernas rodeando su cintura, y entró lentamente.

El dolor inicial dio paso a un placer profundo, sus embestidas lentas al principio, acelerando mientras yo me acostumbraba. Mis uñas se clavaron en su espalda, mis gemidos llenaron la habitación, y cambiamos posiciones, yo encima, moviendo mis caderas con un ritmo que sentía instintivo, queriendo sentirlo todo.

Llegamos juntos, su gemido ronco mezclándose con el mío, y por un momento, creí que éramos eternos.

—¿Me amas? —le pregunté después, acurrucada contra su pecho, mi voz temblorosa de esperanza.

—Claro, preciosa. Siempre —respondió, besando mi frente, pero había algo en su tono, un vacío que no noté entonces.

El sueño se rompió rápido.

Después de esa noche, Michael cambió. Se volvió frío, distante. Cancelaba planes con excusas baratas: “Tengo cosas que hacer, Támara”, o “No seas pesada”.

Sus mensajes se volvieron escasos, y cuando lo veía, sus ojos ya no brillaban. Yo, desesperada, me convertí en alguien que no reconocía.

Lo buscaba, lloraba en su puerta, rogándole que me explicara qué había cambiado.

—Michael, por favor, dime qué hice mal —suplicaba, mi voz rota, parada frente a su casa bajo la lluvia, el agua empapando mi ropa.

Él me miró con desprecio, como si fuera una extraña.

—No hiciste nada, Támara. Solo… no eres lo que quiero ahora —dijo, cerrando la puerta en mi cara.

Me quedé allí, temblando, el agua mezclándose con mis lágrimas, sintiendo que mi mundo se derrumbaba.

Rose, en lugar de consolarme, se burlaba.

—¿Otra vez llorando por ese inútil? —decía, riendo mientras se servía un vaso de ron en la cocina—Te lo dije, Támara. Los hombres como él no valen tus lágrimas. Crece de una vez— Sus palabras eran cuchillos, pero no podía parar de amarlo.

Me humillaba, enviándole mensajes que nunca respondía, apareciendo en los bares donde solía estar, solo para verlo ignorarme.

—¿Por qué sigues con eso? —me gritó Rose una noche, cuando me encontró llorando en mi cuarto, abrazada a una foto de Michael—Eres patética, Támara. ¿No ves que no te quiere? ¡Nunca te quiso! —Sus risas resonaban en la casa, y yo me tapé los oídos, deseando desaparecer.

Días después, todo cambió.

Un test de embarazo barato, comprado con manos temblorosas en una farmacia de esquina, mostró dos líneas rosadas.

Estaba embarazada.

Mi corazón dio un vuelco; creí que esto lo cambiaría todo, que Michael volvería, que seríamos una familia. Lo busqué por todo el barrio: su casa estaba vacía, los bares no tenían rastro de él, y sus amigos me miraban con lástima.

—Se fue, Támara. No sé a dónde— dijo uno, encogiéndose de hombros.

Me enteré por rumores que se había ido con otra, o quizás huyó de deudas, de la vida misma.

Me derrumbé en la calle, las rodillas en el asfalto, llorando hasta que mi voz se quebró.

Estaba sola, con 17 años y un bebé en camino.

El embarazo fue un calvario.

Las náuseas me despertaban cada mañana, mi cuerpo cambiaba, y el vacío en mi pecho crecía.

Caminaba por el barrio, la mano en mi vientre, susurrándole al bebé promesas que no sabía si cumpliría.

—Vamos a estar bien, pequeñita— decía, pero las noches eran insoportables.

Sola en mi cama, lloraba por Michael, por la vida que imaginé: nosotros tres, una familia, algo que nunca tuve con Rose. Ella no ayudaba; sus burlas eran constantes.

—Mira esa barriga. ¿Y ahora qué, Támara? ¿Crees que estás lista para ser madre? —decía, exhalando humo mientras me miraba con desprecio— Esto te pasa por no pensar—Sus palabras me hundían, pero me aferraba a la idea de mi bebé, mi Nicole, mi razón para seguir.

—¿Por qué no puedes apoyarme, mamá? —le grité una vez, las lágrimas quemándome las mejillas— ¡Soy tu hija, y estoy sola en esto!

—¿Apoyarte? —respondió, riendo con amargura—No me pidas que limpie tus desastres, Támara. Tú te metiste en esto, ahora lidia con las consecuencias—Se dio la vuelta, dejándome con el eco de su risa.

El parto fue un infierno.

Doce horas de dolor en un hospital público, con luces frías y enfermeras agotadas que apenas me miraban.

Grité hasta quedarme sin voz, el sudor y las lágrimas mezclándose en mi rostro.

Cuando Nicole nació, su llanto rompió el silencio, un sonido tan puro que me llenó de amor.

La sostuve, su cuerpecito cálido contra mi pecho, su carita rosada arrugada, y allí supe que era mi todo.

—Te protegeré, mi amor— le susurré, besando su frente, jurando que sería mejor que Rose, que le daría lo que nunca tuve.

Pero ella, mi madre, tenía otros planes.

Días después, mientras aún estaba débil, apareció con papeles legales.

—No estás lista, Támara. Eres una niña, inestable, sin futuro— dijo, su voz fría, como si estuviera hablando de un trámite—Nicole estará mejor conmigo.

Intenté pelear, supliqué, mis manos temblando mientras sostenía a mi bebé.

—¡Es mi hija, no tuya!— grité, pero Rose no cedió. Firmó los papeles, y unas trabajadoras sociales se llevaron a Nicole, su llanto desgarrándome mientras la arrancaban de mis brazos. Me dejaron sola, vacía, con un dolor que ninguna bala podría igualar.

—Devuélveme a mi hija, Rose, por favor —sollocé, de rodillas en el hospital, pero ella solo negó con la cabeza.

—No sabes lo que es ser madre, Támara. Algún día me lo agradecerás —dijo, dándome la espalda.

Ese día marcó un quiebre.

Perder a Nicole me rompió, pero también me endureció.

Decidí que nunca más dejaría que alguien me viera débil.

Me volví dura, cínica, la Támara que todos conocen ahora: la que no confía, la que vive rápido, la que no se ata a nadie.

Las fiestas, los amantes, el alcohol, todo fue una armadura para no sentir, para no recordar el dolor de Michael, de Rose, de Nicole.

Me convertí en la mujer que no llora, que no suplica, que enfrenta el mundo con una sonrisa afilada.

Pero aquí, en esta cama de hospital, con balas en mi cuerpo y el eco del llanto de Nicole en mi cabeza, siento que esa armadura se agrieta.

Quiero a mi hija de vuelta.

Quiero ser la madre que no pude ser.

El pitido de las máquinas me trae de vuelta.

El dolor físico es insoportable, pero el emocional es peor. Nicole, mi luz, mi razón.

Lucho por mantenerme despierta, por aferrarme a la vida.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin dejar un comentario 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!