(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 13

Es lunes, y el peso de un nuevo día de trabajo me golpea desde que abro los ojos a las 6:30 de la mañana.

Hoy no es un lunes cualquiera: Daniela Torres, mi nueva asistente, empieza en el consultorio.

La contraté por su experiencia en psicología clínica y esa mezcla de empatía y precisión que vi en su entrevista, pero como terapeuta sexual, sé que este trabajo no es para cualquiera.

Los problemas sexuales son un terreno frágil, donde la vergüenza y el deseo chocan, y hoy, con nuevos clientes en la agenda, siento una mezcla de expectativa y nervios. Me visto con cuidado: una blusa azul oscuro y una falda lápiz gris y salgo al caos de la ciudad, lista para enfrentar lo que venga.

Llego a mi consultorio a las 8:00, un espacio íntimo en el corazón de la ciudad.

Daniela ya está en la recepción, organizando expedientes con una eficiencia que me sorprende. Lleva una blusa blanca impecable y una falda negra, su cabello rubio en una coleta alta, y sus movimientos son rápidos pero precisos, como si llevara años en esto.

—Buenos días, Bibian —dice, levantando la vista de la agenda con una sonrisa profesional—Ya revisé los expedientes de los nuevos pacientes, confirmé las citas y organicé el archivo digital. También preparé la sala con agua y pañuelos, por si acaso.

—Vaya, Daniela, ¿seguro que es tu primer día? —bromeo, colgando mi abrigo—Gracias por adelantarte. Hoy será intenso, así que prepárate.

Ella asiente, sus ojos brillando con determinación.

—Estoy lista. Noté que los casos de hoy son… delicados. ¿Cómo quieres que los manejemos?

Tiene razón. Como terapeuta sexual, suelo tratar disfunciones, problemas de pareja o exploraciones de identidad, pero los clientes de hoy traen heridas más profundas, temas que requieren tacto y una escucha que va más allá de las palabras.

La primera es Michelle, de 27 años, que busca ayuda para recuperar su vida sexual tras un abuso sexual en la adolescencia.

Luego está Sebastian, de 60 años, viudo, que no puede conectar sexualmente con su nueva pareja por la culpa de haber perdido a su esposa.

Y finalmente, Anais y Lorenzo, un matrimonio cuya vida sexual se ha desmoronado tras una infidelidad, con un trasfondo de dinámicas de poder que rayan en lo abusivo.

Cada caso es un desafío emocional, y necesito que Daniela esté a la altura.

—Con estos pacientes Daniela, vamos a trabajar con una sensibilidad extrema —explico, sentándome en mi escritorio mientras ella toma notas en su tableta—No solo se trata de tomar notas o gestionar citas. Quiero que observes todo: sus posturas, sus miradas, los silencios. En terapia sexual, el cuerpo habla tanto como las palabras. Con Michelle, sé especialmente cuidadosa; el abuso dejó cicatrices en su sexualidad, y puede ser su primera vez hablando de esto. Con Sebastian, espera emociones crudas, quizás llanto. Y con Anais y Lorenzo mantente atenta a cualquier señal de tensión que pueda escalar. ¿Entendiste?

—Perfectamente —responde Daniela, su voz firme pero cálida—En mi práctica supervisada, trabajé con casos de trauma sexual y dinámicas de pareja. Sé lo delicado que es. ¿Quieres que prepare algo específico para Michelle?

—Solo asegúrate de que el ambiente sea tranquilo. Nada de interrupciones. Mantén un tono acogedor si hablas con ella. Con Sebastian, prepárate para manejar emociones intensas, y con Anais y Lorenzo, mantén la neutralidad, pero no pierdas de vista sus interacciones. ¿De acuerdo?

—Entendido, Bibian. Lo tengo controlado —dice, y su confianza me da un respiro.

Hay algo en ella, una mezcla de profesionalismo y humanidad, que me hace confiar en que será una gran aliada.

La mañana comienza con Michel a las 9:00.

Entra al consultorio, menuda, con el cabello corto y ojos que parecen cargar una tormenta. Se sienta en el sillón, sus manos apretadas en su regazo, y comienza a hablar, su voz temblorosa pero decidida.

—No puedo sentir nada… con nadie. Desde lo que pasó, el sexo es como un vacío—confiesa, y cada palabra es un peso que lleno la habitación.

La guío con cuidado, ayudándola a explorar su relación con su cuerpo, sugiriendo ejercicios de reconexión sensorial, como mindfulness táctil.

Daniela, desde la recepción, toma notas discretas y se asegura de que nadie interrumpa.

Cuando se va, con una chispa de esperanza en los ojos, Daniela le ofrece un vaso de agua y una sonrisa que parece aliviarla.

—¿Cómo estuvo? —me pregunta Daniela cuando Michelle sale, su tono respetuoso pero con un dejo de curiosidad.

—Dura, pero es un comienzo. Hiciste bien con el agua y la calidez. Esos detalles marcan la diferencia —respondo, y ella anota algo, su rostro serio pero atento.

Sebastian  llega a las 11:00, un hombre de rostro arrugado y mirada perdida.

Habla de su esposa fallecida, de cómo su nueva pareja intenta conectar con él, pero su cuerpo no responde.

—Siento que la traiciono cada vez que lo intento—dice, su voz quebrándose.

Exploro su culpa, sugiriendo ejercicios de comunicación con Susana y técnicas para reconectar con el deseo sin presión.

Daniela reorganiza la agenda para darnos más tiempo, y cuando el sale, con los ojos rojos pero un poco más aliviado, me impresiona su capacidad para anticiparse.

—Estás manejando esto como si llevaras años aquí —le digo durante una pausa, mientras tomamos un café rápido en la sala de descanso.

—Gracias, Bibian. Solo quiero hacer las cosas bien —responde, pero noto una sombra en su mirada, una preocupación que no explica.

La sesión con Anais y Lorenzo, a las 2:00, es un campo minado.

Entran al consultorio y se sientan lo más lejos posible el uno del otro.

La tensión es palpable, y cuando empiezan a hablar, las acusaciones estallan.

Lorenzo admite una aventura, pero Anais con la voz temblorosa, revela que él la ha manipulado emocionalmente durante años, controlando incluso su intimidad.

—Me hacía sentir que no valía nada si no cedía— dice, y Lorenzo baja la mirada, incapaz de responder.

Guío la sesión con firmeza, estableciendo límites y proponiendo terapia individual para Anais antes de continuar como pareja.

Daniela, desde la recepción, se asegura de que el teléfono no suene, y cuando la pareja se va, con una cita para la próxima semana, siento el agotamiento del día como un peso en los hombros.

A las 6:00 de la tarde, el consultorio está en silencio y es raro por que por lo regular siempre termino más temprano.

Daniela organiza los últimos expedientes, y yo me dejo caer en mi silla, exhausta pero satisfecha.

Los casos de hoy fueron intensos, pero Daniela ha sido impecable, anticipándose a cada necesidad y manejando a los pacientes con una empatía que no enseña ningún manual.

—Dani hoy fuiste una estrella —le digo, recostándome en mi silla, mi voz cargada de admiración—La forma en que organizaste todo, cómo trataste a los pacientes, cómo te anticipaste… No sé cómo lo hiciste tan bien en tu primer día. Eres un regalo para este consultorio.

Ella sonríe, pero hay una nube en sus ojos, una preocupación que no puede ocultar.

—Gracias, Bibian. La verdad, me encanta este trabajo. Es intenso, pero siento que puedo ayudar. Pero… —Hace una pausa, mordiéndose el labio, sus manos jugueteando con un bolígrafo en su escritorio.

—¿Pero qué? —pregunto, inclinándome hacia adelante, mi instinto de terapeuta alerta—Puedes hablar conmigo, Daniela. Esto es un espacio seguro.

Ella suspira, sentándose frente a mí, su mirada fija en el suelo.

—Es que hay algo que me tiene abrumada. Una amiga, alguien muy cercana, está en una situación terrible. La atacaron, está en el hospital, luchando por su vida. Y no es solo eso… tiene un pasado que la ha roto muchas veces. No sé cómo ayudarla, y me siento tan impotente que apenas puedo dormir.

Mi corazón da un vuelco.

No menciona nombres, pero la intensidad en su voz me dice que es algo grave.

—¿Qué le pasó a tu amiga? —pregunto con suavidad, invitándola a compartir sin presionarla.

—No quiero dar detalles, pero… estuvo en la UCI. Fue un ataque violento, y el medico no sabe si saldrá de esta. Tiene una historia complicada, cosas que la han marcado, y ahora esto… Es como si el mundo se empeñara en destruirla. Quiero estar ahí para ella, pero no sé cómo sin derrumbarme yo también —dice, su voz quebrándose, sus ojos brillando con lágrimas que lucha por contener.

Asiento, dejando que el silencio nos envuelva.

Sus palabras resuenan en mí, no solo como terapeuta, sino como alguien que ha visto el dolor de cerca.

—La impotencia es una carga pesada, Daniela. Querer ayudar a alguien que amas y no saber cómo… es humano. Lo que puedes hacer es estar presente, escuchar, mostrarle que no está sola. Pero también debes cuidarte tú. Si quieres, puedo ayudarte a procesar esto, o incluso a tu amiga, si ella está dispuesta. Podríamos trabajar en sesiones, juntas o por separado, para ayudarla a sanar, a reconectar con su fuerza.

Daniela me mira, sus ojos suavizándose, aunque la preocupación no desaparece.

—Gracias, Bibian. Lo pensaré y… se lo comentaré. No sé si ella está lista para hablar, pero lo intentaré—Se levanta, recogiendo su bolso, y me da una sonrisa débil pero sincera—Eres increíble en esto, ¿sabes? Gracias por escucharme.

—Para eso estoy —respondo, sonriendo—Ve a casa, descansa. Mañana seguimos.

Cuando Daniela se va, me quedo sola en el consultorio, el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.

No sé quién es su amiga, pero su dolor me toca, como un reflejo de los pacientes de hoy, cada uno luchando con sus propias heridas.

Los casos de Michelle, Sebastian, Anaid y Lorenzo me han dejado agotada, no solo por la intensidad emocional, sino porque cada historia me recuerda por qué hago esto. Ser terapeuta es más que tratar disfunciones; es ayudar a las personas a recuperar su intimidad, su poder, su humanidad.

Pero también es un recordatorio constante de lo frágiles que somos, de cómo el dolor puede moldear nuestras vidas.

Apago las luces, cierro la puerta y salgo al aire fresco de la noche. Mientras camino por las calles iluminadas, pienso en Daniela, en su amiga, en los clientes de hoy.

Sus historias se entrelazan en mi mente, un tapiz de dolor y esperanza.

Me pregunto si la amiga de Daniela encontrará su camino, si estará lista para sanar. Y me pregunto, también, cómo soportaré el peso de tantas almas sin perderme en el proceso.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin dejar un comentario 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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