
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 14
El dolor en mi abdomen y pecho es como un latido propio, pulsando con cada respiración, pero la morfina me mantiene en un limbo donde puedo fingir que todo está bien.
Los cables me atan a la cama, el tubo torácico me roba el aire si me muevo demasiado, y las luces fluorescentes me ciegan, pero yo, Támara, sigo siendo yo.
No importa cuántas balas me atraviesen, mi fuego no se apaga tan fácil. Y hoy, aunque estoy postrada, encuentro una chispa para divertirme un poco.
La enfermera joven, la de la coleta apretada, entra a revisarme. Tiene unos ojos verdes que brillan bajo la luz fría, y una figura que, incluso bajo la bata, no pasa desapercibida. Se llama Laura, según la placa en su pecho, y cada vez que entra, siento una oportunidad para recordarme quién soy. Mientras ajusta el gotero, me lanzo.
—Oye, Laura, ¿siempre manejas los tubos con tanta delicadeza? —le digo, mi voz rasposa pero cargada de picardía, con una sonrisa torcida— Porque, sabes, me gusta cuando alguien sabe tratarme… con cuidado.
Ella se sonroja, sus manos deteniéndose un segundo antes de seguir con el monitor.
—Támara, compórtate, que estás débil—responde, intentando sonar seria, pero la curva en sus labios la delata.
—¿Y qué? —replico, guiñándole un ojo—Hasta en una cama de hospital puedo hacer que el día sea más… interesante. Dime, ¿tú siempre eres tan profesional, o puedo convencerte de soltar esa coleta un ratito?
Laura suelta una risa corta, negando con la cabeza.
—Eres imposible, Támara. Concéntrate en mejorar, ¿sí?
Pero no se aleja rápido, y ese pequeño titubeo me da vida.
Está revisando mi pulso cuando la puerta se abre, y entran Sofía y Daniela, mis amigas, mis anclas en este caos.
Sofía, con su cabello rojizo suelto y esa energía intensa que siempre lleva, frunce el ceño al verme coqueteando. Sus ojos se entrecierran, y cruza los brazos, claramente molesta.
Daniela, en cambio, se cubre la boca para ocultar una risita, sus ojos brillando con diversión.
Laura termina de ajustar el gotero y sale, no sin antes lanzarme una mirada que dice “te sigo el juego, pero no aquí”.
—¿En serio, Támara? ¿Estás asi y sigues coqueteando? —dice Sofía, su tono un mezcla de reproche y celos, sentándose en la silla junto a mi cama.
—¿Qué quieres que haga, Sof? —respondo, encogiéndome de hombros, lo que me arranca un gemido de dolor—Si no mantengo el encanto, me muero de aburrimiento. Además, esa enfermera tiene potencial, ¿no crees?
Daniela suelta una carcajada suave, sentándose al otro lado.
—Eres un caso, Támara. Pero me alegra verte… siendo tú—Su voz tiene un toque de alivio, pero hay algo en su mirada, una sombra que no me pasa desapercibida.
Laura ya no está, y ahora somos solo nosotras tres.
El ambiente se suaviza, el pitido de las máquinas se vuelve un ruido de fondo. Sofía se inclina hacia mí, sus ojos llenos de preocupación.
—¿Cómo estás, Támara? De verdad, dime. Nos diste un susto de muerte. ¿Qué sentiste? ¿Cómo estás lidiando con esto? ¿El dolor es soportable? ¿Necesitas algo?
—Sof, para, respira —le digo, levantando una mano débil para calmar su intensidad—Estoy viva, ¿no? El dolor es un infierno, pero la morfina ayuda. Y, no sé, estar aquí me hace pensar… demasiado. Pero no te me pongas en modo interrogatorio, ¿sí? Estoy bien, o lo estaré.
Sofía asiente, pero su preocupación no se disipa.
Daniela, en cambio, está callada, mirando sus manos en su regazo.
La conozco lo suficiente para saber que algo la está carcomiendo. Siempre ha sido la sensible del grupo, la que llora en las películas y se preocupa por todos.
—Oye, Dani, ¿qué pasa? —pregunto, mi voz más suave, intentando no sonar tan débil como me siento— Estás muy callada.
Daniela levanta la vista, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. Sin decir nada, se acerca y me abraza con cuidado, evitando los cables y el tubo torácico.
Sus sollozos son suaves pero profundos, y siento su calor contra mí.
Yo, que no soy de abrazos, la envuelvo con el brazo que puedo mover, tranquilizándola como siempre he hecho con ella.
—Tranquila, Dani, estoy bien. O, bueno, lo estaré —le digo, mi voz firme a pesar del dolor—Soy Támara Kaulitz, ¿recuerdas? Las balas no me tumban tan fácil.
Ella se aparta un poco, secándose las lágrimas.
—Nos diste un susto horrible, Támara. Cuando me llamaron, pensé… pensé que te perdíamos—Su voz tiembla, y yo le sonrío, tratando de aligerar el momento.
—Vamos, Dani, sabes que soy como gato, tengo siete vidas —Le guiño un ojo, y ella ríe entre lágrimas, sacudiendo la cabeza.
El silencio cae sobre nosotras, un silencio cómodo, hasta que la puerta se abre de nuevo.
Es Carla, con su energía arrolladora, entrando como un torbellino. Sus ojos se iluminan al verme, y sin dudar, se lanza a abrazarme, aunque con cuidado para no lastimarme.
—¡Támara, maldita seas, no vuelvas a hacerme esto! —dice, su voz entre risas y alivio, sus brazos apretándome suavemente—¡Estaba muerta de miedo!
—Tranquila, Carla, sigo aquí para causar problemas —bromeo, y ella ríe, sentándose en el borde de la cama.
Ahora estamos las cuatro, mis tres pilares, las que han estado conmigo en las buenas y las peores.
El momento se siente correcto, pesado pero necesario. Respiro hondo, ignorando el pinchazo en mi pecho, y suelto la bomba que he estado cargando desde que desperté en esta cama.
—Chicas, hay algo que necesito decirles —empiezo, mi voz más seria de lo habitual— Quiero recuperar a Nicole. A mi hija. No voy a dejar que Rose la tenga por más tiempo. Es mía, y voy a pelear por ella.
El silencio que sigue es denso, como si el aire se hubiera congelado. Carla y Daniela intercambian una mirada, pero sus rostros se suavizan con apoyo. Daniela asiente, sus ojos aún húmedos.
—Támara, eso es… enorme. Pero te apoyo, sabes que sí. Solo… vas a tener que cambiar muchas cosas en tu vida para conseguir la custodia. Los tribunales no son fáciles, pero estoy contigo.
Carla asiente, apretando mi mano.
—Lo que necesites, Támara. Eres una leona, y si alguien puede lograrlo, eres tú. Vamos a ayudarte, ¿verdad, Dani?
—Claro —responde Daniela, su voz más firme ahora.
Sofía, sin embargo, está callada, sus ojos fijos en mí, una mezcla de duda y algo más que no logro leer. Finalmente, habla, su tono cuidadoso pero punzante.
—¿Estás segura, Támara? Tener a Nicole contigo cambiará todo. Tu vida, tus fiestas, tus… aventuras. ¿Estás lista para eso?
—Sofía, ¿qué demonios? —interrumpe Carla, su voz subiendo de tono— ¡No es momento para cuestionarla! Támara está hablando de su hija, no de un capricho.
—No estoy diciendo que sea un capricho —se defiende Sofía, su voz tensa—Solo digo que es una responsabilidad enorme. Támara, tú misma entregaste a Nicole a tu madre. ¿No fue porque sabías que no podías con eso entonces?
El aire se corta como con un cuchillo. Mi pecho se aprieta, no por el tubo, sino por sus palabras.
—¿Estás diciendo que mi hija es un estorbo? —siseo, mi voz fría, la rabia creciendo—Nicole no es un error, Sofía. Es mi todo. La perdí porque Rose me la arrebató, porque era una niña de dieciséis años contra una madre que nunca me apoyó. Pero ahora soy otra, y no voy a dejar que me quiten lo que es mío.
Sofía abre la boca para responder, pero Carla se levanta, furiosa.
—¡Ya basta, Sofía! Si no vas a apoyar, mejor sal. Támara no necesita esto ahora.
La toma del brazo y la saca de la habitación, la puerta cerrándose tras ellas. Escucho sus voces apagadas en el pasillo, pero no me importa. Estoy agotada, física y emocionalmente.
Ahora solo quedamos Daniela y yo.
El silencio es pesado, pero ella lo rompe, sentándose más cerca.
—Támara, quería contarte algo. Hoy empecé a trabajar como asistente de una terapeuta sexual. Es increíble, pero también intenso. Pensé… tal vez, si quieres, ella podría ayudarte. Con todo lo que has pasado, con lo de Nicole… podría ser un buen comienzo.
Me río, a pesar del dolor.
—¿Una terapeuta sexual? ¿En serio, Dani? ¿Crees que necesito ayuda con eso? —bromeo, guiñándole un ojo, pero su expresión seria me hace suavizarme—Está bien, dime, ¿cómo se llama tu jefa?
Daniela sonríe, un brillo de esperanza en sus ojos.
—Bibian Wieger. Es buena, Támara. De verdad.
Asiento, el nombre quedándose en mi mente. El pitido de las máquinas llena el silencio, pero por primera vez en días, siento un destello de esperanza.
Nicole, mi hija, mi luz. Por ella, seguiré luchando.
Continúa…
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