
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 15
Han pasado tres semanas desde que desperté de un lugar que parecía más una tumba que un hospital. Ahora, en una habitación normal, el mundo se siente un poco menos pesado.
El pitido de las máquinas ya no es mi banda sonora constante; lo han reemplazado por el zumbido suave de un ventilador y el murmullo lejano de enfermeras en el pasillo. Mi cuerpo, aunque todavía magullado, está sanando.
El dolor en mi abdomen, donde la bala perforó mi intestino, ha pasado de ser un incendio a una molestia sorda, como un moretón profundo que solo duele si lo tocas.
El tubo torácico se fue hace una semana, y respirar ya no es como tragar cuchillas.
Puedo sentarme sin ayuda, caminar unos pasos con la fisioterapeuta, y hasta me dejaron cambiar la bata de hospital por una camiseta suelta que Daniela me trajo.
Pero no todo es físico.
Estas tres semanas me han dado tiempo para pensar, para planear, para aferrarme a la idea de mi hija, mi razón para seguir adelante.
La habitación es más acogedora que la UCI, con una ventana que deja entrar un sol pálido y una cama que no parece una jaula de cables.
Todavía tengo un gotero con antibióticos y un monitor que vigila mi pulso, pero ya no me siento como un experimento científico.
La fisioterapia es una tortura lenta —caminar por el pasillo con una terapeuta que me trata como si fuera de cristal, pero cada paso me hace sentir más yo. La Támara que no se rinde, la que siempre encuentra una manera de salir adelante, aunque sea con una sonrisa descarada y un comentario subido de tono.
Esta mañana, mientras miro por la ventana, tratando de ignorar el dolor sordo en mi pecho, la puerta se abre, y entra Daniela.
Lleva una chaqueta ligera y una sonrisa que ilumina la habitación, aunque sus ojos tienen esa sombra de preocupación que nunca se va del todo. Es la única que ha venido hoy, ayer vino Carla y lo agradezco; después de la discusión con Sofía hace unas semanas, no estoy lista para más dramas.
—¡Támara, mírate! —exclama Daniela, acercándose con cuidado para darme un abrazo suave—ya no pareces un robot con cables. ¿Cómo te sientes hoy?
—Como si me hubiera atropellado un camión, pero uno pequeño —bromeo, guiñándole un ojo mientras me recuesto en la cama—En serio, Dani, estoy mejor. Puedo caminar sin desmayarme, y la comida de hospital ya no me da ganas de vomitar. Progreso, ¿no?
Ella ríe, sentándose en la silla junto a mi cama.
—Eso es más que progreso, Támara. Es un milagro. ¿Qué dice el doctor? ¿Ya te dio alguna buena noticia?
Antes de que pueda responder, la puerta se abre de nuevo, y entra el doctor Guzmán, con su bata blanca y su aire de cansancio eterno.
Sus gafas reflejan la luz del sol, pero su expresión es más ligera de lo habitual, casi optimista.
Lleva mi historial en una tableta, y se acerca a la cama, revisando los números con atención.
—Buenos días, Támara —dice, su voz calmada pero con un toque de entusiasmo— Tengo buenas noticias. Tus exámenes más recientes son prometedores. La herida abdominal está cicatrizando bien, sin signos de infección ni complicaciones en el hígado o el intestino. El neumotórax se resolvió por completo, y tus pulmones están funcionando al 95%. La fisioterapia está dando resultados; tu fuerza muscular mejora cada día. Si sigues así, podrías estar lista para el alta en unos días, siempre que continúes con los ejercicios en casa y las revisiones semanales.
Mi corazón da un salto, y miro a Daniela, que está sonriendo de oreja a oreja.
—¿En unos días? ¿En serio, doc? —pregunto, mi voz cargada de incredulidad— ¿Eso significa que puedo volver a mi vida, o me va a tener en una burbuja forever?
Guzmán suelta una risa corta, algo raro en él.
—No tan rápido, Támara. Nada de ‘volver a tu vida’ como si no hubiera pasado nada. Necesitarás reposo, una dieta específica para no sobrecargar tu sistema digestivo, y seguir con fisioterapia para recuperar toda tu movilidad. Las heridas de bala no son un resfriado. Pero estás en el buen camino. Sigue las indicaciones, y estarás bien antes de lo que piensas.
—¡Eso es increíble, Támara! —exclama Daniela, sus ojos brillando con alivio. Se inclina y me abraza de nuevo, con cuidado para no presionar mi abdomen—Sabía que eras una guerrera, pero esto… ¡esto es una victoria!
—Tranquila, Dani, no me hagas famosa todavía —bromeo, pero su entusiasmo me calienta el pecho. Por un momento, me permito sentir esperanza, algo que no he sentido en mucho tiempo.
El doctor Guzmán anota algo en su tableta y se despide, prometiendo volver mañana. Cuando la puerta se cierra, Daniela me mira, su sonrisa tan brillante que casi me ciega. Pero yo estoy pensando en algo más grande, algo que ha estado creciendo en mi mente desde que desperté en este hospital. Si voy a salir de aquí, si voy a reconstruir mi vida, necesito sanar más que mi cuerpo. Necesito ayuda, y aunque me cueste admitirlo, sé que Daniela tiene la llave.
—Dani, necesito que hagas algo por mí —digo, mi voz más seria ahora, cortando el aire de celebración— Quiero que me agendes una cita con esa terapeuta sexual de la que me hablaste. Tu jefa. Creo que… creo que es hora de empezar a trabajar en mí.
Daniela abre los ojos como platos, claramente sorprendida.
—¿En serio, Támara? —dice, su voz temblando de emoción— No me lo esperaba, no tan pronto. ¡Eso es un paso enorme! ¿Estás segura?
—Tan segura como que estoy harta de estas sábanas que pican —respondo, con una sonrisa torcida—No digo que mi vida sexual necesite ayuda, porque, vamos, sigo siendo yo. Pero… hay cosas que necesito entender, cosas que me han roto. Por Nicole. Quiero estar lista para ella.
Daniela asiente, sus ojos brillando con orgullo.
—Está bien, déjamelo a mi— Saca su teléfono, marca un número y se aleja un poco, aunque no lo suficiente para que no pueda escuchar. Me recuesto, observándola con una sonrisa, mi corazón latiendo más rápido de lo que el monitor debería permitir.
—Hola, soy Daniela —dice al teléfono, su voz profesional pero cálida— Quería hablarte de mi amiga que está lista para empezar terapia. Ha pasado por mucho, un ataque reciente que la tiene en el hospital, pero está mejorando. Su recuperación es increíble, física y emocionalmente. Creo que está lista para trabajar en algunas cosas profundas, cosas de su pasado. ¿Podemos agendar algo para ella? ¿Tal vez el miércoles?
Escucho el murmullo de la voz al otro lado, aunque no distingo las palabras. Daniela asiente, anotando algo en su teléfono.
—Perfecto, miércoles a las 10:00 está bien. Gracias, te lo agradezco mucho.
Cuelga, y cuando se gira hacia mí, su sonrisa es tan grande que parece iluminar la habitación.
—¡Listo, Támara! Cita para el miércoles a las 10:00. Vas a ver, esto va a ser un gran paso —dice, sentándose de nuevo, su entusiasmo contagioso.
Le devuelvo la sonrisa, aunque por dentro siento un nudo de nervios.
—Gracias, Dani. Eres la mejor, ¿lo sabías?—digo, y ella ríe, sacudiendo la cabeza.
Estamos en ese momento de calma, compartiendo un silencio cómodo, cuando la puerta se abre de nuevo.
Mi cuerpo se tensa al ver a Sofía y esa postura rígida que me recuerda nuestra última discusión, cuando sus palabras sobre Nicole cortaron como cuchillos.
Me enderezo en la cama, ignorando el pinchazo en mi abdomen.
—¿Qué haces aquí, Sofía? —pregunto, mi voz fría, cargada de advertencia— La última vez no terminó bien. ¿Vienes a soltar otro comentario sobre mi hija?
Daniela se pone de pie, claramente incómoda.
—Eh, yo… voy a buscar un café. Las dejo hablar— dice, y sale rápidamente, la puerta cerrándose tras ella.
Sofía se queda parada, sus manos apretadas frente a ella.
Da un paso hacia la cama, su expresión suavizándose.
—Támara, vine a disculparme— dice, su voz baja, casi frágil—Lo que dije la otra vez, sobre Nicole… estuvo mal. No quise herirte. Estaba preocupada, pero lo dije de la peor manera. Lo siento, de verdad.
La miro, buscando cualquier señal de falsedad, pero sus ojos son sinceros, llenos de arrepentimiento.
Respiro hondo, el dolor en mi pecho recordándome que no tengo energía para pelear.
—Sofía, Nicole es mi mundo— digo, mi voz firme pero calmada—Si vuelves a decir algo que la haga parecer un error, un estorbo, no respondo. No voy a tolerar que nadie, ni siquiera tú, hagas que me sienta menos por querer recuperarla. ¿Entendiste?
Ella asiente rápidamente, sus manos levantándose en señal de paz.
—Entendido, Támara. No volverá a pasar. Te lo prometo. Solo quiero estar aquí para ti, como siempre.
El silencio vuelve, pero esta vez no es tan pesado. La miro, y aunque la herida de sus palabras aún duele, sé que es humana, que se equivocó.
—Está bien— digo finalmente, mi voz suavizándose.
Ella asiente de nuevo, sentándose en la silla que Daniela dejó vacía.
— Y… estoy contigo, Támara. Si quieres pelear por ella, te apoyo.
El monitor sigue pitando, marcando mi pulso, pero por primera vez en semanas, siento que estoy avanzando.
Mi cuerpo está sanando, mi mente está tomando forma, y con Daniela, Carla y ahora Sofía a mi lado, sé que puedo enfrentar lo que venga.
El miércoles será el comienzo de algo nuevo, un paso hacia sanar las cicatrices que no se ven.
Es miércoles, y el sol de media mañana se cuela por la ventana de mi habitación en el hospital, recordándome que hoy es un día distinto.
El doctor Guzmán me dio el visto bueno para una salida breve, “solo para la cita”, dijo, con esa mirada de “no hagas locuras” que ya me sé de memoria.
Hoy es mi primera cita con la terapeuta sexual, Jefa de Daniela, y aunque no estoy segura de qué esperar, algo en mí dice que es un paso que necesito dar…..por mí, por sanar las heridas.
Daniela llega puntual, como siempre, con una bolsa de ropa en la mano y esa sonrisa que ilumina incluso este hospital deprimente.
—¡Támara, hora de salir de esta cárcel blanca!—dice, dejando la bolsa en la cama.
Me trajo una blusa negra suelta, unos jeans que no aprietan mis puntos, y unas zapatillas cómodas. Nada de mi estilo habitual —vestidos ajustados y tacones que gritan “mírame”—, pero entiendo que hoy no es día para mi show.
—Dani, ¿en serio? ¿Jeans? —bromeo, levantando una ceja mientras me siento con cuidado en la cama, ignorando el pinchazo en mi abdomen—¿Dónde quedó mi vestido rojo? Sabes que necesito lucir como reina, incluso para ir a terapia.
Ella ríe, ayudándome a quitarme la bata de hospital.
—Tranquila, reina, hoy vas de perfil bajo. Además, te ves bien con cualquier cosa. Vamos, que no quiero llegar tarde.
Con su ayuda, me cambio lentamente. Cada movimiento es una negociación con mi cuerpo: levantar los brazos duele, ponerme los jeans me hace gruñir, pero Daniela está ahí, sosteniéndome con cuidado, como si fuera de cristal.
—Despacio, Támara, no te fuerces— dice, su voz suave pero firme.
Cuando termino, me miro en el espejo pequeño de la habitación. No estoy en mi mejor momento —el cabello recogido en una coleta desordenada, la piel más pálida de lo normal— pero hay un brillo en mis ojos que no veía hace semanas.
Estoy lista para esto, o al menos lo intento.
Bajamos al estacionamiento en una silla de ruedas —órdenes del doctor, aunque odio sentirme como una inválida y Daniela me ayuda a subir a su auto, un sedán azul que huele a ambientador de lavanda.
Una vez que estoy en el asiento del copiloto, con el cinturón cuidadosamente colocado para no presionar mis puntos, Daniela arranca el motor y saca su teléfono. Mientras conduce, pone el altavoz y marca un número.
—Hola, soy Dani—dice, su voz profesional pero cálida—Solo quería avisarte que ya voy para el consultorio. Abriré todo y prepararé la sala para la primera cita. No te preocupes, está bajo control. Ah, y… mi amiga, la nueva paciente, viene conmigo.
Miro a Daniela y pongo los ojos en blanco, sonriendo.
—¿Tu amiga, la nueva paciente? —susurro, burlándome—Qué formal, Dani. Parece que estoy yendo a una entrevista de trabajo.
Ella me lanza una mirada divertida, tapando el micrófono por un segundo.
—Shh, compórtate—susurra, antes de volver al teléfono—Sí, está lista para empezar. Llegaremos en unos veinte minutos.
La voz al otro lado, que asumo es la de su jefa, suena tranquila pero autoritaria.
—Perfecto, Daniela. Gracias por encargarte. Asegúrate de que la sala esté lista, y nos vemos pronto.
Daniela cuelga y me mira, sonriendo.
—¿Ves? Todo bajo control —dice, manteniendo los ojos en la carretera—Vas a ver, Támara, este lugar te va a gustar. Y mi jefa… es increíble. Ya quiero que la conozcas.
—No sé si estoy lista para tanta emoción, Dani —bromeo, recostándome en el asiento, aunque el movimiento me hace gruñir—Pero si tú dices que es increíble, te creo. Por ahora.
El trayecto es corto, pero cada bache en la carretera me recuerda que mi cuerpo aún no es el de antes.
Daniela conduce con cuidado, lanzándome miradas de reojo para asegurarse de que estoy bien.
—¿Todo okay?— pregunta, y yo solo asiento, porque no quiero admitir que cada curva me hace apretar los dientes.
Por fin, llegamos a un edificio moderno en el centro de la ciudad, con ventanales grandes y una entrada discreta.
Daniela estaciona, me ayuda a bajar, y caminamos —despacio, porque sigo siendo una tortuga— hasta el consultorio.
El lugar es más bonito de lo que esperaba.
La recepción tiene paredes color crema, un sofá de terciopelo verde, y un aroma a jazmín que relaja los nervios.
Hay una pequeña fuente en una esquina, su murmullo suave llenando el espacio, y una lámpara que arroja una luz cálida.
Daniela se pone manos a la obra de inmediato, encendiendo la computadora, revisando la agenda, y preparando una bandeja con agua y vasos en la sala de consulta. Es como una máquina bien engrasada, moviéndose con una precisión que me impresiona.
—Dani, este lugar es una joya —digo, sentándome con cuidado en el sofá de la recepción, mi voz cargada de admiración— ¿Quién decoró esto? Parece sacado de una revista. Tu jefa tiene buen gusto, eh.
Mi rubia amiga sonríe, ajustando unos expedientes en su escritorio.
—¿Verdad? Es acogedor, ¿no? Pero espera a conocer a mi jefa. El lugar es increíble, pero ella… ella es lo que hace que todo funcione. Es buena, Támara, de verdad. Te va a ayudar.
—Más te vale, porque no estoy para perder el tiempo —respondo, guiñándole un ojo, aunque por dentro siento un nudo de nervios.
Terapia.
Nunca pensé que estaría aquí, a punto de abrir mi alma a una desconocida. Pero por mi hija, por esa niña que me arrebataron, estoy dispuesta a todo.
De repente, la puerta del consultorio se abre, y mi corazón da un salto.
Una mujer entra, y el mundo parece detenerse. Es ella. Bibian Wieger. Pero no es solo su nombre lo que me golpea.
La reconozco al instante, como si un relámpago me atravesara. Es la chica del eclipse, aquella noche. Ella estaba allí, con su cabello negro suelto, brillando bajo la luz. No cruzamos palabras, pero sus ojos se encontraron con los míos por un segundo, y juro que sentí algo, un cosquilleo que no olvidé.
Y ahora, aquí está, entrando al consultorio como si el destino me estuviera jugando una broma.
Bibian es aún más impresionante de lo que recuerdo. Su cabello negro, largo y brillante, cae en ondas suaves, recogido en un moño bajo elegante que deja ver su cuello. Lleva un vestido azul medianoche, ajustado en la cintura pero fluido en la falda, que resalta su figura sin ser ostentoso.
Unos pendientes pequeños de plata brillan cuando mueve la cabeza, y su maquillaje es sutil, solo un toque de lápiz labial rojo que hace que sus labios parezcan una invitación.
Camina con una confianza tranquila, pero hay una calidez en su postura que me desarma. Es como si el universo hubiera decidido ponérmela enfrente otra vez, y no sé si reír, coquetear o salir corriendo.
—¿Támara? —dice Daniela, notando mi silencio, su voz sacándome de mi trance—Ella es Bibian Wieger, mi jefa. Bibian, esta es mi amiga, la que te mencioné.
Bibian se acerca, extendiendo una mano, su sonrisa profesional pero con un brillo que me hace sentir vista.
—Encantada de conocerte, Támara— dice, su voz suave pero firme, como si supiera exactamente cómo calmar a alguien sin intentarlo demasiado—Daniela me ha hablado mucho de ti. Bienvenida.
Perfecto, no me reconoció….
Tomo su mano, y el roce de su piel envía un escalofrío por mi espalda.
—El placer es mío, Bibian—respondo, mi voz más ronca de lo que esperaba, con un toque de mi coquetería habitual—No sé si estoy lista para esto, pero si Daniela dice que eres la mejor, te doy el beneficio de la duda.
Ella ríe, un sonido claro que llena el espacio.
—Eso es un buen comienzo. Vamos a la sala, cuando estés lista.
Se gira hacia Daniela, dándole unas instrucciones rápidas sobre la agenda, y yo no puedo evitar mirarla, mi mente dando volteretas.
¿Cómo es posible que la chica del eclipse sea ahora mi terapeuta?
Aquella noche, bajo el ambiente oscuro, pensé que era solo una desconocida más, alguien que pasó por mi vida como un cometa. Pero ahora, aquí está, y siento que el destino me está retando.
—Támara, ¿estás bien? —pregunta Daniela, acercándose con una bandeja de agua, sus ojos entrecerrados con curiosidad—Te quedaste muy callada, y eso no es normal en ti.
Me río, sacudiendo la cabeza para despejarme.
—Estoy bien, Dani. Solo… procesando. Tu jefa es… interesante. Y este lugar, wow. Sigo diciendo que es una joya. ¿Cómo conseguiste un trabajo aquí?
Ella sonríe, colocando la bandeja en una mesa auxiliar.
—Suerte, supongo. Pero Bibian es más que el lugar. Es increíble, Támara. Te va a ayudar, lo sé. ¿Lista para entrar?
Asiento, aunque mi corazón late más rápido de lo que el monitor portátil en mi cintura debería permitir.
—Lista— digo, aunque no estoy segura de si es verdad.
Me levanto con cuidado, el dolor en mi abdomen ahora solo un murmullo, y sigo a Daniela hacia la sala de consulta.
Bibian ya está allí, organizando unos papeles, su moño negro brillando bajo la luz suave.
Me siento en el sillón, mis manos apretadas, y ella me mira, sus ojos cálidos pero penetrantes, como si ya estuviera viendo las grietas en mi armadura.
—Támara, antes de empezar, quiero que sepas que este es un espacio seguro—dice Bibian, su voz como un bálsamo—Puedes compartir lo que quieras, a tu ritmo. No hay presión.
Asiento, mi garganta apretada.
—Gracias— logro decir, aunque mi mente sigue dando vueltas.
La chica del eclipse. La terapeuta que podría ayudarme a sanar. Pienso en mi hija y en su llanto de recién nacida, en el dolor de perderla, en mi promesa de recuperarla.
Y pienso en esa noche cuando vi a Bibian con su estúpido novio, sin saber que el destino la traería de vuelta.
Este momento se siente enorme, como si todo mi pasado y mi futuro estuvieran chocando.
Daniela me lanza una sonrisa desde la puerta, antes de salir para dejarme sola con Bibian.
—Estaré afuera, Támara. Tú puedes con esto—dice, y su fe en mí me da fuerzas.
Miro a Bibian, que espera pacientemente, y respiro hondo.
—Bueno, supongo que es hora de abrir este desastre que soy—digo, con una sonrisa torcida, mi voz temblando de emoción—No sé si estás lista para mí, pero aquí voy.
Ella sonríe, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Estoy lista, Támara. Vamos a hacer esto juntas.
Y con esas palabras, siento que algo se abre en mí, un destello de esperanza que no sentía hace años.
Por Nicole, por mí, por esa noche del eclipse que ahora cobra sentido, estoy lista para empezar.
Continúa…
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