(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 16

Empiezo con mi nueva paciente y empiezo con lo básico, para romper el hielo.

—Primero, me gustaría saber por qué estás aquí. ¿Qué te trae a terapia sexual? ¿Hay algún problema específico o es más general?

Támara se recuesta en el sillón, cruzando las piernas con un movimiento que parece deliberado, su blusa negra suelta resbalando un poco en su hombro.

—Bueno, Bibian, digamos que mi vida sexual no es el problema… o quizás sí lo sea. He tenido más amantes que días en el año, y siempre he sido la reina del placer. Pero, después de un… incidente, estoy replanteándome cosas. ¿Qué tal si me cuentas cómo puedes ayudarme con eso? Porque, sabes, me gustan las manos expertas.

Su comentario lleva un doble sentido obvio, pero mantengo la compostura, enfocándome en lo profesional.

—Entiendo. Muchas personas vienen aquí después de un incidente traumático que afecta su intimidad. ¿Podrías contarme más sobre ese incidente? ¿Cómo ha impactado tu relación con el sexo o las relaciones?

Ella se ríe, un sonido bajo y seductor, inclinándose hacia adelante como si compartiéramos un secreto.

—Traumático es poco. Me dispararon, Bibian. Dos balas que casi me mandan al otro lado. Pero aquí estoy, viva y con ganas de… explorar. Dime, ¿tú siempre eres tan formal, o puedo sacarte una sonrisa? Porque tu moño es bonito, pero me pregunto cómo se ve suelto.

Ignoro el coqueteo, notando cómo usa el humor para desviar el dolor.

—Suena muy grave, Támara. Sobrevivir a un ataque como ese es un logro enorme. Aqui exploramos cómo el trauma físico afecta el deseo, la confianza en el cuerpo, o la conexión emocional con parejas. ¿Has notado cambios en tu libido desde el incidente? ¿Menos deseo, o quizás más, como forma de coping?

Támara se muerde el labio, su mirada fija en mí, con un brillo juguetón. “ñ

—Mi libido sigue intacta, doctora. De hecho, aquí sentada, me pregunto si tú tienes algún consejo personalizado. Porque con una terapeuta como tú, hasta la terapia podría ser… placentera.

Me hago la que no oigo el doble sentido, manteniendo mi tono neutral.

—Es común que el deseo se mantenga o incluso aumente después de un trauma, como una forma de reclamar control. Pero a veces, hay bloqueos subyacentes. ¿Has tenido relaciones sexuales desde el incidente? ¿Cómo te sentiste?

Ella se ríe de nuevo, cruzando los brazos bajo su pecho, acentuando su figura.

—No desde el hospital, Bibian. Pero si estás ofreciéndote como voluntaria, podría hacer una excepción. En serio, ¿siempre eres tan profesional, o hay una versión más… relajada de ti?

—La profesionalidad es clave aquí, Támara— respondo, desviando con suavidad—Háblame de tu historia sexual. ¿Cuándo empezaste a explorar tu sexualidad? ¿Ha habido patrones en tus relaciones que quieras cambiar?

Támara se acomoda, su expresión volviéndose más seria, aunque el coqueteo no desaparece del todo.

—Empecé joven, Bibian. A los 17, con un chico que me rompió el corazón. Desde entonces, he sido bisexual, abierta a todo. Hombres, mujeres, tríos… lo que viniera. Pero siempre he sido la que controla, la que no se ata. Quizás por eso estoy aquí. ¿Y tú? ¿Qué te llevó a ser terapeuta sexual? Apuesto a que tienes historias interesantes.

Ignoro la pregunta personal, guiándola de vuelta.

—Es común usar el sexo como control después de un trauma temprano. ¿Ese chico de los 17 te dejó cicatrices emocionales? ¿Cómo impactó tus relaciones posteriores?

Ella suspira, su coqueteo atenuándose por un momento.

—Me dejó embarazada, Bibian. Tuve a mi hija, pero mi madre me la quitó. Desde entonces, he evitado el compromiso, el dolor. El sexo es diversión, no ataduras. Pero ahora… quiero cambiar. Por ella.

Asiento, notando el vulnerabilidad en su voz.

—Eso es un gran paso, Támara. Recuperar a una hija implica sanar muchas heridas. En terapia, podemos explorar cómo tu pasado afecta tu intimidad actual. ¿Has tenido problemas con la confianza en parejas? ¿O disfunciones físicas después del incidente?

Támara se inclina, su sonrisa regresando con un toque coqueto.

—La confianza es mi especialidad, Bibian. Pero quizás tú puedas ayudarme a explorar… profundidades nuevas. Dime, ¿qué harías con una paciente como yo?

—Me enfocaría en lo que necesitas, Támara—respondo, manteniendo el profesionalismo—Por ejemplo, ¿has experimentado dolor durante el sexo o dificultad para llegar al orgasmo desde el trauma?

Ella ríe, cruzando las piernas.

—No, pero si quieres demostrarme técnicas, estoy abierta. En serio, Bibian, eres tan serena… me pregunto qué hay debajo de esa fachada.

La sesión continúa así, Támara coqueteando con cada oportunidad, lanzando comentarios como “Eres buena escuchando, pero apuesto a que eres mejor en otras cosas” o “Con esa mirada, podrías curar a cualquiera”.

Yo me hago la que no me doy cuenta, desviando con preguntas: “¿Cómo has manejado la masturbación post-trauma? ¿Ha cambiado tu autoestima sexual?” O “¿Has explorado terapia corporal, como masajes, para reconectar con tu cuerpo?” Cada respuesta de Támara revela capas: su bisexualidad, su historia de amantes fugaces, el vacío que llena con placer. Pero detrás, hay dolor, y lo guío hacia eso.

Al final, el reloj marca la hora.

—Hemos cubierto mucho hoy, Támara. Para la próxima, trae un diario de pensamientos sexuales, si te sientes cómoda.

Ella se levanta, su mirada fija en mí.

—Lo haré, Bibian. Y quién sabe, quizás aprenda a abrirme… completamente.

Sonrío profesionalmente, ignorando el doble sentido, y la despido.

Daniela entra después, con una sonrisa.

—¿Cómo fue?

—Intensa —respondo, sentándome— Es una paciente compleja, pero con potencial. Gracias por recomendarla.

Mientras cierro el consultorio, el rostro de Támara me persigue.

¿De dónde la conozco?

por ahora, me enfoco en mi trabajo. Hay almas que sanar, y la mía, quizás, también necesita que la salven.

Eran exactamente las 4:00 y Daniela, siempre tan ordenada, terminó su jornada, dejando el escritorio de recepción impecable, como si el caos del día nunca lo hubiera tocado.

Ahora, solo quedábamos yo, mi libreta y el eco de las historias que había escuchado hoy.

Miré la libreta de nuevo, con su tapa de cuero gastada, y la abrí una vez más. No sé por qué, pero sentía que aún no había terminado. Había algo en el aire, en la quietud de la noche, que me empujaba a seguir escribiendo, a ordenar los fragmentos de las vidas que se cruzaban conmigo cada día.

Tomé el bolígrafo, un regalo de una paciente que siempre decía que yo le había “devuelto los colores a su mundo”, y empecé a escribir.

Observaciones – 29 de septiembre de 2025:

Paciente A : Me sorprendió. Por primera vez en meses, dijo que durmió toda la noche sin despertarse sudando. La técnica de respiración diafragmática está funcionando, pero hay algo en su forma de esquivar las preguntas sobre su familia que me intriga. No presiones, Bibian, me dije. Tal vez la próxima vez pruebe con una dinámica narrativa, algo que lo haga hablar sin sentirse expuesto.

Paciente B: Me trajo su diario de pensamientos automáticos, y aunque al principio dudé de que lo completara, ahí estaba, con su letra apretada y honesta. Identificamos un patrón: se castiga demasiado por errores pequeños. Creo que está listo para empezar con reestructuración cognitiva, pero tengo que ir despacio.

Nota mental: buscar artículos recientes sobre burnout en profesionales jóvenes.

Hay algo en su caso que me hace querer entender más.

Paciente C: Esa sesión me dejó agotada. Sus lágrimas llegaron rápido  y hablar de su pérdida fue como abrir una herida fresca. La culpa que siente por seguir adelante… es tan pesada.

Le propuse escribir un diario expresivo, y aunque asintió, vi en sus ojos esa fragilidad que me preocupa.

Tengo que seguirlo de cerca.

Hice una pausa, tamborileando el bolígrafo contra la mesa. Cada paciente era un universo, y a veces sentía que cargaba pedazos de ellos conmigo.

Cerré los ojos un segundo, dejando que sus rostros pasaran por mi mente:

la sonrisa tímida de A, la tensión en los hombros de B, los ojos enrojecidos de C.

Ser Terapeuta era esto, sostener sus historias, sus dolores, sus pequeños triunfos, mientras intentaba no perderme en ellos.

Volví a escribir, casi sin pensar:

Nota personal: El caso de C me tocó una fibra que no esperaba. Su forma de hablar del vacío, de esa ausencia que lo consume, me llevó directo a los días en que yo parecía desvanecerme. Creo que necesito supervisión para este caso.

No quiero que mis propios recuerdos nublen lo que C necesita de mí.

El reloj marcó las 4:20 p.m. Suspiré, cerré la libreta y la guardé en el cajón.

Me levanté, estirando los brazos, y miré por la ventana.

La ciudad seguía brillando, ajena a todo. Apagué la lámpara y, por un momento, me quedé en la penumbra, dejando que la calma del consultorio me envolviera antes de cerrar la puerta y volver al mundo.

Llegué a casa pasadas las 5:00 p.m.

La puerta crujió al abrirse, y el calor del hogar me recibió como un abrazo. Eduard estaba en la sala, como de costumbre, hundido en su laptop, con esa postura encorvada que siempre me hace querer enderezarlo.

La luz azul de la pantalla iluminaba su rostro, y sus dedos volaban sobre el teclado, probablemente revisando algún contrato o preparando un alegato….. su mundo de leyes y negociaciones a veces parecía estar a años luz del mío.

—Hola, amor —dije, dejando mi bolso en el sofá y acercándome para darle un beso en la mejilla. Él levantó la mirada brevemente, con una media sonrisa.

—Llegas tarde otra vez —respondió, sin despegar los ojos de la pantalla.

—Día largo —suspiré, quitándome los zapatos y dejándome caer en el sillón frente a él— ¿Tú qué tal?

—Como siempre, lidiando con clientes que creen que saben más de leyes que yo —dijo, encogiéndose de hombros—Hoy tuve que revisar un contrato de tres mil páginas para una fusión. Un dolor de cabeza.

—Suena intenso —respondí, intentando conectar, pero antes de que pudiera decir más, el teléfono fijo sonó, rompiendo el murmullo de la casa.

Fruncí el ceño; casi nadie usaba esa línea ya.

Me levanté y contesté.

—¿Hola?

—¡Bibi! —La voz al otro lado era inconfundible, cálida y llena de energía. Mi rostro se iluminó al instante—¿Cómo está mi terapeuta sexual favorita?

—¡Georg! —exclamé, incapaz de contener la emoción. Era Georg, mi mejor amigo de la universidad, con quien había compartido tantas risas, cafés y debates interminables en las aulas de psicología. Él había estudiado psicología, pero su camino lo llevó a especializarse en terapia de grupo y se mudó a Lisboa hace unos años, buscando un cambio de aire y un ritmo más tranquilo— ¡No sabes cuánto me alegra escucharte! ¿Cómo estás? ¿Qué tal Lisboa?

—Lisboa es una joya, Bibi —dijo con esa risa suya que siempre me hacía sentir como si estuviéramos de nuevo en la cafetería de la facultad—Calles empedradas, tranvías amarillos, y el olor a pastel de nata en cada esquina. Estoy trabajando con un grupo de apoyo para jóvenes, y me acordé de ti hoy. Una de mis pacientes mencionó algo que me hizo pensar en tus charlas sobre sexualidad y autoestima.

—Ay, Georg, me muero por saber más. ¿Qué dijo? —Me senté en el borde del sillón, enrollando el cable del teléfono con los dedos, completamente absorta.

Hablamos de su trabajo, de cómo estaba adaptando técnicas de terapia narrativa para sus grupos, de las diferencias entre trabajar en Lisboa y la caótica ciudad donde nos conocimos. Reímos recordando aquella vez que casi nos expulsan por organizar un debate improvisado sobre Freud en el patio de la universidad.

Mi entusiasmo crecía con cada palabra; Georg siempre había tenido esa habilidad para hacerme sentir que el mundo era más grande, más posible.

De reojo, noté que Eduard puso los ojos en blanco, un gesto sutil pero imposible de ignorar.

Siguió tecleando, pero su expresión se endureció. Georg y él nunca se llevaron bien, desde los días en que Georg me acompañaba a casa después de clases y Eduard, ya mi novio entonces, lo miraba con desconfianza.

—¿Y tú, Bibi? ¿Cómo van tus pacientes? ¿Sigues salvando vidas sexuales una consulta a la vez? —bromeó Georg.

—Ja, algo así —respondí, riendo—. Hoy tuve una sesión intensa con un paciente que… bueno, digamos que está empezando a abrirse sobre cosas que lleva años evitando. Es lento, pero se siente como un privilegio, ¿sabes?

—Te entiendo perfectamente. Oye, deberías venir a Lisboa un fin de semana. Te llevo a Belém, comemos pasteles de nata, y hablamos de psicología hasta que nos duela la cabeza.

—¡Hecho! —dije, sonriendo tanto que me dolían las mejillas—Pero solo si prometes no hacerme subir las siete colinas a pie.

Colgué el teléfono después de unos minutos más, todavía con la calidez de la conversación en el pecho. Pero al girarme, vi la mirada de Eduard, fija en su pantalla, con una tensión que no disimulaba.

—¿Qué? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Nada —dijo, encogiéndose de hombros con esa actitud suya que siempre precede un comentario punzante—Solo que no entiendo cómo alguien como Georg, con toda su “sensibilidad” de psicólogo, no se aburre de estar todo el día hablando de sentimientos. No es exactamente… no sé, ¿varonil? Parece más bien un pasatiempo que una profesión seria como el derecho.

El aire se me escapó de los pulmones, no por sorpresa, sino por la rabia que empezó a hervir en mi interior.

—¿Perdón? —dije, mi voz más afilada de lo que esperaba—¿Qué tiene que ver ser “varonil” con ser un profesional que ayuda a las personas? Georg es brillante en lo que hace, Eduard. Y, francamente, ese comentario es ridículo. ¿Crees que redactar contratos es más “varonil” que transformar vidas?

Él levantó las manos, como si quisiera calmar las aguas, pero su tono no ayudó.

—Solo digo, Bibian, que a veces parece que ustedes los terapeutas y psicólogos viven en un mundo de nubes, mientras otros lidiamos con problemas reales, como ganar casos en tribunales o negociar acuerdos.

—¿Problemas reales? —repetí, sintiendo el calor subir a mi rostro— ¿Crees que escuchar a alguien hablar de su dolor, de sus miedos más profundos, de cómo luchan con su identidad o su intimidad, no es real? ¿Crees que mi trabajo, o el de Georg, es menos válido porque no estamos en una sala de juntas o frente a un juez?

Eduard abrió la boca, pero no dijo nada.

Me di la vuelta, agarré mi bolso y subí las escaleras, el eco de mi propia voz todavía resonando en mi cabeza.

No iba a dejar que sus prejuicios arruinaran la alegría que me había dejado la llamada de Georg.

Me metí al cuarto, tiré el bolso en una esquina y me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme la ropa.

La lámpara de la mesita de noche estaba apagada, y la penumbra del cuarto se sentía como un reflejo de mi estado de ánimo. Me giré hacia la pared, de espaldas a la puerta, tratando de calmarme, pero cada vez que cerraba los ojos, escuchaba de nuevo esa palabra: “varonil”.

¿Cómo se atrevía?

Minutos después, oí el crujido de los escalones y el sonido de la puerta abriéndose con suavidad.

Sabía que era Eduard sin necesidad de mirar. El colchón se hundió ligeramente cuando se recostó a mi lado, su presencia cálida pero no bienvenida en ese momento. Sentí el roce de su mano, vacilante, como si quisiera tocarme pero no se atreviera. El silencio entre nosotros era pesado, cargado de cosas no dichas.

—Bibian… —empezó, su voz baja, casi un susurro, como si estuviera tanteando el terreno.

—No, Eduard —lo corté, sin girarme, mi voz más fría de lo que esperaba— No quiero escucharte ahora. ¿Sabes lo mal que me hizo sentir tu comentario? ¿Esa tontería sobre Georg y lo “varonil” que debería ser una profesión? Fue despectivo, no solo hacia él, sino hacia mí, hacia lo que hago, hacia lo que soy.

Me quedé mirando la pared, la respiración agitada. Podía sentir su mirada en mi espalda, el peso de su silencio mientras buscaba qué decir.

La verdad es que no estaba lista para dejarlo hablar, no cuando todavía sentía esa punzada de indignación.

—Amor, lo siento —dijo finalmente, su voz cargada de arrepentimiento— No quise… no quise que sonara así. Fue un comentario estúpido, lo sé. Solo… no sé, a veces me siento fuera de lugar con todo lo que hablas con Georg, con ese mundo tuyo de Terapias. Pero no quería hacerte sentir mal. Por favor, perdóname.

Su tono era suplicante, y una parte de mí reconoció el esfuerzo, pero no podía ceder. No esta vez.

No cuando sus palabras habían tocado algo tan profundo, algo que iba más allá de Georg o de la psicología.

Era como si hubiera menospreciado una parte esencial de mí, de mi trabajo, de las horas que paso sosteniendo las historias más íntimas y dolorosas de mis pacientes.

—No, Eduard —dije, todavía sin mirarlo, mi voz firme aunque temblaba un poco—No es solo un “comentario estúpido”. Es que no entiendes. Mi trabajo, el de Georg, no es un “pasatiempo”. No es menos que el tuyo. Ayudamos a personas a enfrentar cosas que tú no podrías imaginar, cosas que requieren más valentía de la que cualquier sala de tribunales exige. Y que insinúes que no es “varonil” o que no es “real”… eso me dolió. Mucho.

—Cariño, por favor —insistió, y sentí el colchón moverse cuando se acercó un poco más—no quise menospreciarte. Te juro que no fue mi intención. Eres increíble en lo que haces, y lo sé. Fui un idiota. Dime cómo puedo arreglarlo.

Giré la cabeza ligeramente, solo lo suficiente para que supiera que lo estaba escuchando, pero no lo miré.

—No se trata de arreglarlo con palabras, se trata de que entiendas por qué eso estuvo mal. Y ahora mismo, no siento que lo hagas. Solo… déjame estar sola, ¿sí?

El silencio volvió, más denso que antes. Podía sentir su frustración, su deseo de acercarse, pero también su impotencia.

No dijo nada más, y yo no me moví. Me quedé de espaldas, mirando la pared, dejando que el eco de mis palabras llenara el espacio entre nosotros.

La alegría que me había dejado la llamada de Georg se había desvanecido, reemplazada por una mezcla de enojo y tristeza que no sabía cómo soltar.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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