(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 17

Por fin. Después de semanas que se sintieron como años, hoy me dieron el alta. El médico entró a la habitación esta mañana con una sonrisa que apenas cabía en su cara, sosteniendo mi expediente como si fuera un pase dorado a la libertad.

—Tamara, estás lista para volver a casa—dijo, y yo casi salto de la cama, aunque mis piernas todavía temblaban un poco.

Este hospital, con sus paredes blancas, el olor a desinfectante y el zumbido constante de las máquinas, había sido mi mundo por demasiado tiempo. Pero hoy, el sol que se colaba por la ventana parecía gritarme que el día era mío.

Me puse mi ropa de verdad y me sentí casi como la Tamara de antes.

Mi teléfono vibró en la mesita de noche con un mensaje de Sofía:

—¡Tami, ya estamos aquí! Baja ya, que no podemos esperar para sacarte de este lugar.

Sonreí hasta que me dolieron las mejillas. Sofía, Carla y Daniela, mis tres pilares, venían por mí. Ellas habían estado a mi lado en cada momento duro: las visitas cuando apenas podía hablar, los memes que me mandaban para sacarme una risa, las llamadas eternas cuando el insomnio me ganaba.

Metí en mi bolsa lo poco que había acumulado aquí: un libro que no terminé, una libreta llena de garabatos, mi cargador. Me miré en el espejo del baño del hospital.

Mi cara estaba más delgada, con ojeras que parecían tatuadas, pero mis ojos tenían un brillo que no recordaba haber visto en semanas.

Estaba viva.

Estaba lista.

Bajé y ahí estaban, mis tres mosqueteras, esperándome cerca de la entrada principal.

Sofía, con su cabello rizado rojizo y su energía que llena cualquier espacio, fue la primera en verme.

Corrió hacia mí, haciendo caso omiso de las miradas de las enfermeras, y me dio un abrazo tan fuerte que casi me levanta del suelo. Olía a su perfume cítrico, el mismo de siempre.

—¡Tami, mi vida! —gritó, apretándome como si no me hubiera visto en años—¡Estás libre, reina! ¡Mira qué guapa!

—¡Sofía, que me vas a asfixiar! —reí, aunque en el fondo no quería que me soltara.

Carla y Daniela se unieron al abrazo, y por un segundo fuimos un revoltijo de risas en medio de la entrada del hospital, como si el resto del mundo no existiera.

Carla, siempre la voz de la razón, se apartó un poco y me miró con sus ojos grandes, ajustándose la bufanda.

—Tienes que comer mejor, Tami. Estás flaca, pero se te ve fuerte. ¿Lista para unos tacos?

—¿Tacos? —dijo Daniela, alzando una ceja con esa expresión dramática que siempre me saca una carcajada— Carla, déjala respirar un día antes de atascarla de comida. Aunque… yo también quiero tacos.

Me reí, sintiendo cómo el peso de las últimas semanas se desvanecía con cada palabra.

—Tacos suenan como el cielo —dije, y las cuatro salimos al estacionamiento.

El aire fresco me golpeó la cara, y el sol de la tarde pintaba todo de un dorado cálido.

Subimos al coche de Sofía, un Mini Cooper azul que ella maneja como si estuviera en una película de acción.

—¿Y cuál es el plan, chicas? —pregunté, acomodándome en el asiento trasero junto a Daniela, mientras Carla se peleaba con el cinturón en el copiloto.

—El plan —dijo Sofía, girándose desde el volante con una sonrisa que prometía problemas—es llevarte a los mejores tacos de la ciudad, luego a mi casa para una maratón de películas cursis con palomitas, y después… ya veremos. ¡Hoy es tu día, Tami!

—Suena perfecto —respondí, y lo decía de verdad.

Mientras el coche arrancaba, miré por la ventana, viendo cómo el hospital se hacía pequeño en la distancia.

Sofía cantaba a todo pulmón una canción pop que sonaba en la radio, Carla la corregía diciendo que se estaba inventando la letra, y Daniela sacaba fotos con su teléfono para «documentar la libertad».

Yo solo sonreía, dejando que su energía me envolviera. Estaba fuera. Estaba con ellas. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que el mundo volvía a ser mío.

Al dia siguiente…

Es mi segunda cita con esa terapeuta tan preciosa, y el aire está cargado de una electricidad que no sé si viene de mí o de la forma en que ella me observa, con esos ojos que parecen desentrañar cada rincón de mi alma.

La semana pasada abrí la puerta a mi pasado, contándole sobre el hombre que me llevó al borde del éxtasis en un encuentro que aún me quema la piel al recordarlo.

Hoy, sin embargo, Bibian quiere ir más profundo, y yo estoy lista para jugar con fuego, aunque no sé si ella puede manejar las llamas.

Me siento en el sillón, mis piernas cruzadas con deliberada lentitud, dejando que mi falda suba un poco más de lo necesario. Bibian está frente a mí, en su silla, con ese cuaderno que parece un escudo y una pluma que danza entre sus dedos. Su cabello está impecable, pero juro que hoy lo veo un poco más suelto, como si mi presencia la estuviera desarmando, aunque sea solo en mi imaginación.

—Tamara, bienvenida de nuevo —dice Bibian, su voz serena pero firme, como si quisiera recordarme que ella lleva las riendas aquí—La última vez hablamos de tu historia sexual y el trauma del tiroteo. Hoy me gustaría explorar cómo usas el sexo en tu vida diaria. ¿Qué papel juega en tus emociones, en tu forma de enfrentar el mundo?

Sonrío, inclinándome hacia adelante, dejando que mi escote hagas las presentaciones antes que mis palabras.

—Bibian, el sexo es mi oxígeno. Es lo que me hace sentir … ¿Quieres detalles? Porque puedo contarte sobre la última vez que estuve con alguien, un tipo que conocí en un bar. Fue hace unos meses, me llevó a su apartamento, y déjame decirte, sus manos sabían exactamente dónde tocar. Me tuvo contra la pared, sus dedos deslizándose por mi piel, encontrando cada punto que me hacía gemir. Fue intenso, rápido, sudoroso… pero, ¿sabes qué? Cuando terminé, sentí un vacío. Como si todo ese placer no fuera suficiente para llenar el hueco que llevo dentro.

Bibian anota algo, su rostro imperturbable, aunque noto un leve rubor en sus mejillas.

—Eso es muy revelador, Tamara. Lo que describes suena como una búsqueda de control o validación a través del sexo, a veces exploramos si el deseo es excesivo ,lo que algunos llaman obsesión,es una forma de compensar emociones no resueltas, como la pérdida o el trauma. ¿Crees que ese vacío que mencionas está relacionado con Nicole, tu hija, o con el tiroteo?

Me recuesto, cruzando los brazos bajo el pecho para mantener su atención.

—Quizás. Pero, Bibian, no todo es trauma, ¿sabes? A veces solo quiero sentir. Ese tipo … cuando me tomó por la cintura y me levantó contra la puerta, su boca en mi cuello, su respiración acelerada mientras me desvestía… fue como si el mundo se detuviera. No pensé en Nicole, ni en nada. Solo en el calor de su cuerpo contra el mío, en cómo me hizo arquear la espalda hasta que grité su nombre. Pero luego, sí, el vacío volvió. Siempre vuelve.

Ella asiente, anotando con calma.

—Eso que describes es común en personas que usan el sexo como una vía de escape. En terapia, llamamos a esto hipersexualidad compensatoria. No es solo deseo; es una necesidad de llenar un espacio emocional con sensaciones físicas. ¿Cómo te sientes después de esos encuentros? ¿Hay culpa, o tal vez una sensación de poder?

Suelto una risa baja, juguetona, dejando que mis dedos recorran el borde de mi falda.

—¿Culpa? No, cariño, eso no es lo mío. Poder, sí. Cuando ese hombre me miró, suplicando con los ojos mientras yo lo guiaba, marcando el ritmo, controlando cada movimiento… me sentí como una diosa. Lo tuve en la palma de mi mano, Bibian. Lo hice rogar, y cuando por fin le di lo que quería, sus gemidos fueron mi corona. Pero, ¿después? Es como si la corona se desvaneciera. Me quedo sola, con el eco de mi propia respiración.

Bibian ajusta sus gafas, su expresión profesional pero con un destello de curiosidad.

—Esa sensación de control es poderosa, Tamara, pero lo que me cuentas sugiere que el sexo es una herramienta para evitar la vulnerabilidad. trabajaremos en reconectar con el cuerpo de una manera que no dependa solo del placer físico. ¿Has intentado prácticas como la atención plena erótica? Es una técnica donde te enfocas en las sensaciones de tu cuerpo sin el objetivo de un orgasmo, para reconectar con tu intimidad de forma más consciente.

Me muerdo el labio, inclinándome más cerca, mi voz bajando a un tono casi susurrante.

—¿Atención plena erótica? Suena… interesante. ¿Eso implica que me imagines tocándome lentamente, explorando cada centímetro de mi piel, sintiendo cada escalofrío sin apresurarme? Porque, Bibian, si me guías en eso, te prometo que soy una alumna muy aplicada. Dime, ¿cómo lo harías tú? ¿Me harías cerrar los ojos y sentir mi propio pulso, o prefieres mostrarme el camino con tus propias manos?

Ella no se inmuta, aunque juro que sus dedos aprietan la pluma un segundo más de lo necesario.

—Tamara, el objetivo de la atención plena erótica es que tú te reconectes contigo misma, no con otra persona. Podrías empezar con ejercicios simples, como sentarte en un espacio tranquilo, cerrar los ojos y enfocarte en tu respiración, luego en las sensaciones de tu cuerpo. No se trata de seducción, sino de autoconocimiento. ¿Te sientes cómoda intentando algo así, o prefieres explorar primero por qué el sexo es tan central en tu vida?

Río, recostándome de nuevo, dejando que mi cabello caiga sobre un hombro.

—Oh, Bibian, eres buena esquivando mis anzuelos. Pero está bien, juguemos tu juego. El sexo es central porque es lo único que me hace olvidar. Cuando estoy con alguien, como ese tipo, con su cuerpo duro contra el mío, sus manos apretándome tan fuerte que dejaron marcas, su lengua explorando donde nadie más llegó… no hay espacio para el dolor. No pienso nada….solo en el siguiente movimiento, en el siguiente gemido. Pero cuando termina, el mundo vuelve, y yo sigo rota.

Bibian anota algo más, su mirada fija en mí, pero no de juicio, sino de comprensión.

—Eso que describes es una forma de disociación, usas el sexo para desconectarte de emociones dolorosas, pero el alivio es temporal. En terapia, podemos trabajar en integrar esas emociones en lugar de escapar de ellas. Por ejemplo, ¿has considerado cómo el sexo podría ser una forma de reconectar con Nicole emocionalmente, en lugar de solo llenar un vacío?

Frunzo el ceño, la idea golpeándome como un puñetazo suave.

—¿Reconectar con Nicole a través del sexo? No te sigo, Bibian. ¿Quieres decir que folle pensando en mi hija? Porque eso suena… raro.

Ella sacude la cabeza, con una sonrisa leve pero profesional.

—No, me refiero a que el sexo puede ser una expresión de amor propio, de cuidado hacia ti misma, lo que podría ayudarte a sanar las heridas que te separan de Nicole. Por ejemplo, trabajar en tu autoestima sexual podría darte la confianza para reconstruir esa relación. ¿Cómo te sientes cuando piensas en el sexo como algo más allá del placer físico, como una conexión contigo misma?

Me quedo en silencio por un momento, su pregunta hundiéndose más de lo que esperaba.

—No lo sé, Bibian. El sexo siempre ha sido mi armadura, mi arma. Pensar en él como… amor propio, suena como un idioma que no hablo. Pero, ¿sabes qué? Ese hombre  después de que terminamos, me miró como si yo fuera un trofeo, y por un segundo, me sentí poderosa. Pero luego me vi en el espejo del baño, con el maquillaje corrido, el cabello desordenado, y no me reconocí. No era yo, era solo… una versión que él quiso.

Bibian asiente, su voz suave pero firme.

—Ese es un punto importante, Tamara. Estás describiendo una desconexión entre tu cuerpo y tu identidad. Aqui podemos usar técnicas como el diario de sensaciones, donde anotas lo que sientes antes, durante y después de un encuentro sexual, para identificar patrones. También podríamos explorar ejercicios de grounding, como la meditación táctil, para ayudarte a sentirte más presente en tu cuerpo. ¿Te gustaría probar algo de eso?

Sonrío, inclinándome de nuevo, mis dedos jugando con un mechón de mi cabello.

—¿Meditación táctil? ¿Eso significa que me toco mientras pienso en ti, doctora? Porque si es así, me apunto. Pero en serio… estoy dispuesta a intentarlo. Aunque no prometo no imaginarte en el proceso.

Le guiño un ojo, y ella anota algo más, ignorando mi provocación con esa calma que me intriga y me frustra a partes iguales.

El reloj marca el final de la sesión, y Bibian cierra su cuaderno.

—Hemos avanzado mucho para la próxima, te sugiero que intentes el diario de sensaciones. Escribe lo que sientes físicamente y emocionalmente antes y después de cualquier momento de intimidad, incluso si es solo contigo misma. ¿Te parece bien?

Me levanto, estirándome con un movimiento que sé que ella nota.

—Lo haré, Bibian. Y quién sabe, quizás escriba algo tan ardiente que tengas que leerlo con un ventilador. Nos vemos pronto, doctora.

Le lanzo una última sonrisa antes de salir, dejando que la puerta se cierre tras de mí.

Mientras camino hacia la calle, el eco de sus preguntas resuena en mi cabeza. Por primera vez, me pregunto si el sexo, mi refugio, podría ser también una prisión.

Y si Bibian, con su calma y sus preguntas, podría ser la llave.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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