
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 18
El día en el consultorio ha sido un torbellino de emociones, cada paciente dejando una huella que me obliga a mantenerme anclada en mi profesionalismo.
La luz de la tarde se cuela por las cortinas, pintando la sala con tonos cálidos que contrastan con la intensidad de las sesiones. Acabo de terminar con Tamara, cuya segunda cita me dejó dando vueltas a sus palabras.
Su manera de usar el sexo como armadura, su vulnerabilidad al hablar de Nicole, su hija, y ese coqueteo descarado que intenté desviar con preguntas clínicas… todo sigue resonando en mi mente.
Estoy sentada en mi silla, garabateando notas en mi cuaderno, cuando un golpe suave en la puerta interrumpe mis pensamientos.
—Adelante —digo, ajustando mis gafas y enderezándome en el asiento.
Daniela entra con una sonrisa que parece guardar un secreto.
En sus brazos lleva un ramo enorme de flores rojas, rosas carmesí que llenan el aire con un aroma dulce y embriagador.
Mi corazón da un pequeño salto, y mis cejas se alzan por la sorpresa. Un calor inesperado me sube al rostro mientras Daniela coloca el ramo con cuidado sobre mi escritorio, el papel crujiendo ligeramente bajo sus manos.
—Esto llegó para ti, Bibian —dice, su voz cargada de un tono juguetón mientras me guiña un ojo—parece que alguien quiere ganarse tu perdón.
Me levanto de mi silla, una sonrisa asomando en mis labios, y me acerco para tomar el ramo.
Los pétalos son suaves al tacto, vibrantes como un latido vivo.
—Gracias, Daniela, eres un amor— digo, mi voz más cálida de lo que esperaba.
Ella asiente, su sonrisa ampliándose, y sale de la sala, dejándome sola con las flores que parecen iluminar el espacio entero.
Mis dedos buscan entre los tallos, y encuentro una pequeña tarjeta blanca, doblada con precisión.
La abro, y mi pulso se acelera al reconocer la letra de Eduard:
~Bi, anoche fui un idiota. No hay excusas para lo que dije. Quiero arreglarlo, si me dejas. Te amo~
—Eduard
Una sonrisa se dibuja en mi rostro, suave pero sincera.
La pelea de anoche, con sus palabras torpes sobre mi trabajo y esa frase desafortunada sobre Georg y lp “varonil”, me había dejado un nudo en el pecho que aún no deshacía.
Pero este gesto, este ramo, es tan de él: directo, honesto, con un toque de romanticismo que siempre logra desarmarme.
Sostengo las rosas un momento más, su aroma envolviéndome, y luego tomo mi teléfono, mis dedos moviéndose casi por instinto.
Marco su número, y Eduard contesta al primer tono, su voz cálida y ligeramente ansiosa al otro lado de la línea.
— ¿Bi? —dice, y puedo imaginarlo sentado en su oficina, quizás con esa camisa azul que resalta sus ojos, esperando mi reacción con el aliento contenido.
—Eduard, acabo de recibir las flores —respondo, mi tono suave pero con un dejo juguetón—Son preciosas, y la nota… bueno, digamos que sabes cómo hacerme sonreír.
Él suelta una risa nerviosa, claramente aliviado.
—Me alegra que te gusten. Mira, lo de anoche… fui un estúpido. No quise hacerte sentir menos, nunca. Tu trabajo es increíble, y yo solo… quiero que lo sepas.
Respiro hondo, el aroma de las rosas llenando mis pulmones mientras miro el ramo.
—Lo sé, Eduard. Pero tus palabras duelen a veces, ¿sabes? Aunque estas flores son un buen comienzo—Mi voz se suaviza, y añado—Gracias por el gesto. Significa mucho.
—Quiero compensarte, Bibian—dice, su tono más firme ahora, con esa determinación que me enamoró hace casi 4 años—¿Qué tal si cenamos esta noche? Hay un restaurante nuevo, pequeño, íntimo, con una vista que te va a encantar. Solo tú y yo, sin peleas, sin distracciones. ¿Te parece?
Me muerdo el labio, mis ojos fijos en las rosas, sus pétalos un recordatorio de que, a pesar de los tropiezos, Eduard y yo siempre encontramos el camino de vuelta.
—Me parece perfecto— respondo, mi sonrisa creciendo—¿A las ocho?
—A las ocho. Te paso a buscar. Y, Bibian… te amo.
—Y yo a ti— digo, antes de colgar, mi corazón un poco más ligero.
Me siento de nuevo, colocando el ramo en un jarrón improvisado que Daniela dejó en el escritorio.
Las rosas parecen un faro en medio del caos de mi día, un recordatorio de que, incluso en los momentos de tensión, hay espacio para la reconciliación.
Vuelvo a mis notas, pero mi mente divaga hacia Tamara por un instante. Su lucha, su vacío, su búsqueda de conexión a través del sexo… y luego, las flores de Eduard, un gesto que me ancla a mi propia vida.
Hoy, entre pacientes y rosas, siento que estoy navegando entre dos mundos: el de sanar a otros y el de sanar mi propio corazón.
Por fin llego al apartamento, el silencio acogedor envolviéndome como un abrazo.
Dejo las llaves en el cuenco de cerámica junto a la puerta y me quito los zapatos, mis pies agradeciendo el contacto con el suelo fresco.
La sala está ordenada, con el sofá gris y los cojines perfectamente alineados, un reflejo de mi necesidad de control en medio del caos emocional de mi trabajo. Camino hacia el baño, mi santuario personal, sabiendo que una ducha caliente es justo lo que necesito para dejar atrás el peso del día.
Abro la puerta del baño, y el espejo me devuelve una imagen cansada pero determinada. Me despojo del vestido verde esmeralda que llevé al consultorio, dejándolo caer al suelo junto con mi ropa interior.
Enciendo la ducha, y el sonido del agua golpeando las baldosas llena el espacio.
Mientras el vapor comienza a empañar el espejo, preparo mis productos, una rutina que es casi un ritual.
Tomo un jabón líquido con aroma a lavanda, su fragancia calmante llenando el aire mientras lo aplico con una esponja suave, masajeando mi piel en círculos lentos. El agua caliente alivia la tensión en mis hombros, y me permito cerrar los ojos por un momento, dejando que el chorro lave no solo mi cuerpo, sino también los ecos de las sesiones del día.
Después del jabón, uso un exfoliante corporal de azúcar, frotándolo con cuidado en mis brazos, piernas y caderas, eliminando la piel seca y dejándola suave. Enjuago el exfoliante y aplico un gel de ducha con aroma a coco, su espuma cremosa deslizándose por mi cuerpo, un pequeño lujo que me hace sentir renovada.
Para mi rostro, uso un limpiador facial de espuma, masajeándolo suavemente para quitar el maquillaje y el cansancio acumulado. Termino con un chorro de agua fría para cerrar los poros, una sacudida que me despierta y me prepara para la noche.
Salgo de la ducha, envolviéndome en una toalla blanca mullida, y me acerco al lavabo. Mi rutina de cuidado facial es meticulosa: aplico un tónico hidratante, presionándolo con las yemas de los dedos, seguido de un sérum de vitamina C para darle luminosidad a mi piel.
Luego, una crema hidratante rica, que sella la humedad y deja mi rostro suave. Para el contorno de ojos, uso una crema ligera, dando pequeños toques para reducir las ojeras que el día ha dejado.
Me dirijo a mi cabello, largo y lacio, aún húmedo y cayendo como una cortina oscura sobre mi espalda.
Lo seco suavemente con una toalla de microfibra para evitar el frizz, y aplico un aceite nutritivo, masajeándolo desde las puntas hacia la raíz para darle brillo y suavidad.
Luego, uso un peine de dientes anchos para desenredarlo, asegurándome de que quede liso y sin nudos. Decido dejarlo suelto esta noche, su longitud cayendo hasta la mitad de mi espalda, un contraste elegante con el peinado profesional que suelo llevar en el consultorio.
De vuelta en mi habitación, me siento en el tocador para el maquillaje.
Quiero algo que resalte mis ojos claros, un maquillaje en tono negro…negro como la noche, que siempre han sido mi rasgo más distintivo.
Aplico una base ligera para unificar mi tono de piel, seguida de un corrector para cubrir cualquier imperfección. En mis ojos, trazo una línea precisa de delineador líquido negro, alargando las esquinas para un efecto felino. Luego, aplico sombra de ojos en tonos ahumados —negro y gris oscuro—, difuminándolos para crear profundidad, y termino con varias capas de máscara para alargar mis pestañas, haciendo que mis ojos parezcan aún más intensos.
Para mis labios, elijo un tono nude rosado, un contraste suave que mantiene la atención en mis ojos. Un toque de rubor melocotón en las mejillas completa el look, dándome un aire fresco pero sofisticado.
Abro el armario y elijo un vestido negro que he reservado para ocasiones especiales. Es un diseño ajustado, de corte midi, con un escote en V sutil pero coqueto que resalta mi clavícula sin ser demasiado revelador.
Las mangas son de encaje transparente, añadiendo un toque de elegancia sensual. Me lo pongo, el tejido abrazando mis curvas, y me miro en el espejo de cuerpo entero.
La Bibian terapeuta se desvanece; esta noche, soy solo una mujer lista para reconectar con su prometido.
Para el toque final, selecciono un perfume con notas de vainilla, jazmín y pera, rociándolo en mi cuello, muñecas y detrás de las rodillas, dejando que el aroma se asiente en mi piel.
Luego, aplico una crema corporal con un toque de cacao, masajeándola en mis brazos y piernas para un brillo sutil.
Me pongo unos pendientes pequeños de plata y un collar delicado con un colgante en forma de gota, suficiente para complementar el vestido sin robarle protagonismo.
Me miro una última vez en el espejo, satisfecha.
El vestido negro, mi cabello largo y lacio, mis ojos miel realzados por el maquillaje, el aroma del perfume… todo es una armadura diferente a la que uso en el consultorio, una que me permite ser vulnerable con Eduard.
Escogo un bolso pequeño, meto mi teléfono, las llaves y un brillo labial, y miro el reloj. Son las 7:45, justo a tiempo para que Eduard pase por mí.
Las rosas de esta tarde, su nota, su voz al teléfono… todo me recuerda por qué, a pesar de las peleas, seguimos eligiendo volver a nuestro mundo.
Esta noche, no habrá pacientes, ni sesiones, ni vacíos que analizar. Solo nosotros, y la promesa de un nuevo comienzo.
Eduard está allí, impecable en una camisa blanca ajustada y un traje azul oscuro que resalta sus ojos. Su sonrisa se ilumina al verme, y por un momento, me mira como si fuera la primera vez.
—Mi amor, estás… deslumbrante— dice, su voz cargada de admiración mientras sus ojos recorren mi figura—Ese vestido debería ser ilegal. No sé si podré concentrarme en la cena.
Me río, sintiendo un calor subir a mis mejillas.
—Tú tampoco estás mal— respondo, guiñándole un ojo mientras cojo mi bolso—Vamos, no quiero que me culpes si llegamos tarde.
Caminamos hacia su coche,por que si, hace unos 3 dias por fin puso hacerse de uno propio, su mano estaba rozando la mía con una familiaridad que me reconforta.
El trayecto al restaurante es corto, lleno de un silencio cómodo salpicado de comentarios sobre el día.
Llegamos a un pequeño restaurante, un lugar íntimo con paredes de piedra y luces tenues que crean un ambiente acogedor. Una camarera nos guía a una mesa junto a un ventanal, con vistas a las luces de la ciudad que titilan como estrellas.
Nos sentamos, y el menú promete una noche de indulgencia.
Eduard toma la iniciativa.
—Voy a pedir un vino tinto, un buen Cabernet Sauvignon—dice, hojeando la carta de bebidas—¿Te parece, Bibian?
Asiento, y él pide una botella, mientras yo elijo una entrada de carpaccio de ternera con rúcula y parmesano.
Para el plato principal, opto por un salmón a la plancha con salsa de limón y hierbas, acompañado de espárragos asados.
Eduard se decide por un filete de res con puré de patatas trufado, su favorito.
De postre, compartiremos un tiramisú, porque ambos sabemos que no podemos resistir su cremosidad y el toque de café.
El vino llega primero, y brindamos, el cristal tintineando suavemente.
—Por nosotros—dice mi prometido, sus ojos fijos en los míos, y yo sonrío, sintiendo que la pelea de anoche se desvanece como el vapor de mi ducha de esta tarde.
La comida llega poco después, y cada bocado es un deleite: el salmón se deshace en mi boca, el sabor cítrico equilibrando la riqueza del pescado, mientras Eduard elogia el punto perfecto de su filete.
Entre sorbos de vino, la conversación fluye con facilidad, y pronto tocamos el tema de la boda.
—Hablé con la organizadora hoy— dice cortando un trozo de carne—El lugar que reservamos está casi listo. Solo faltan los detalles de las flores y la disposición de las mesas.
Me inclino hacia adelante, el tiramisú olvidado por un momento.
—Hablando de eso, ¿quién era la chica que nos ayudó con la reserva? La noté… muy confiada contigo—digo, mi tono ligero pero con un filo de curiosidad—Se comportaba como si te conociera de toda la vida.
Eduard se tensa, su tenedor deteniéndose a medio camino hacia su boca.
Sus ojos evaden los míos por un segundo antes de que una sonrisa nerviosa cruce su rostro.
—Oh, ella… es solo una conocida— dice, su voz un poco más alta de lo normal—trabajaba en eventos corporativos. La conocí en una conferencia hace unos meses, y como es buena con las reservas, por eso le pedí ayuda. Nada más, Bi, de verdad.
Frunzo el ceño, notando el leve temblor en su mano mientras toma un sorbo de vino.
—¿Nada más? Porque parecía muy cómoda llamándote ‘Edu’ y tocándote el brazo— insisto, mi voz calmada pero firme, un eco de la terapeuta que soy.
Él suelta una risa forzada, limpiándose la boca con la servilleta.
—Bibian, estás viendo cosas donde no las hay. Ella es solo… efusiva, ¿sabes? Le gusta conectar con la gente. Pero no hay nada, te lo juro. Solo estaba siendo amable porque le pedí un favor grande con lo de la boda.
Asiento lentamente, mis ojos atentos estudiándolo, buscando las grietas en su historia.
Conozco a Eduard lo suficiente como para saber cuándo está improvisando, pero esta noche, con el vino, las luces y el recuerdo de las rosas, decido no presionar.
—Está bien— digo, suavizando mi tono—Solo quiero que seamos transparentes, ¿sí? Esta boda es importante para los dos.
—Por supuesto, Bibian—dice, alcanzando mi mano sobre la mesa, sus dedos cálidos contra los míos—Tú eres lo primero, siempre—Su sonrisa es más genuina ahora, pero algo en su mirada me deja un nudo de duda.
Terminamos el tiramisú en silencio, el sabor dulce amargo en mi lengua.
La noche es perfecta, pero mientras Eduard paga la cuenta y me ofrece su brazo para salir, no puedo evitar preguntarme qué verdades esconde detrás de sus palabras.
Por ahora, me dejo llevar por la calidez de su presencia, pero mi instinto, afilado por años de escuchar historias a medio contar, me susurra que hay más en la historia.
Continúa…
Aqui nuestra preciosa😍