
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 19
Hoy siento que algo en mí está cambiando, como si las grietas de mi alma empezaran a soldarse, aunque sea con pasos pequeños y torpes.
Las sesiones con Bibian han removido cosas que no quería enfrentar: el vacío que el sexo no llena, el eco de mi hija, que resuena en cada rincón de mi vida.
He decidido que, si quiero recuperarla, si quiero ser alguien de quien ella pueda estar orgullosa, tengo que dejar atrás el club. Ese lugar, con sus luces de neón y sus promesas vacías, ha sido mi refugio, pero también mi jaula.
Renuncié, y aunque Madison, mi compañera de barra, intentó convencerme con una cerveza y un abrazo, mi decisión estaba tomada.
—Eres más grande que esto, Tamara— me dijo, y por primera vez, le creí.
Hoy, bajo el sol de media mañana, camino por las calles con un currículum en la mano, buscando un nuevo comienzo.
Mis heridas aún duelen ,el abdomen sensible, el pecho protestando con cada respiración profunda, pero mi determinación es más fuerte.
Empiezo en una cafetería con un letrero de “Se busca personal” en la ventana.
El gerente, un tipo con cara de aburrido, apenas mira mi currículum antes de decirme que buscan alguien con “experiencia en hostelería de lujo”.
Sigo a una librería pequeña, donde la dueña, una mujer mayor con gafas de montura gruesa, me dice que no hay vacantes, pero me desea suerte con una sonrisa amable.
Luego, una boutique de ropa, pero la encargada me descarta por mi “actitud demasiado confiada”.
Me río para mis adentros; si supiera cuánto de esa confianza es solo una máscara.
Después de horas de rechazos, llego a un gimnasio en una esquina bulliciosa, con paredes de cristal y música energética filtrándose desde dentro.
El letrero de “Se contrata” me da un destello de esperanza.
Entro, y el olor a sudor limpio y goma de esterilla me envuelve.
El dueño, un hombre de unos cuarenta, con músculos definidos y una sonrisa fácil, está detrás del mostrador.
Me acerco, dejando que mi falda se mueva un poco más de lo necesario, y le ofrezco mi mejor sonrisa.
—Hola, vi el letrero—digo, inclinándome ligeramente sobre el mostrador, mi voz con ese tono juguetón que sé que funciona—Soy Tamara, y creo que sería perfecta para alegrar este lugar. ¿Qué tal si me cuentas qué buscas?
Él ríe, sus ojos recorriéndome con interés.
—Encantado, Tamara. Soy Raúl. Buscamos a alguien para ser coordinadora de experiencia al cliente, alguien que motive a los socios y mantenga el ambiente vibrante. ¿Tienes experiencia en atención al cliente?
—Más de la que imaginas—respondo, guiñándole un ojo—He manejado noches locas en un club nocturno, así que lidiar con clientes en un gimnasio será pan comido. Además, sé cómo hacer que la gente se sienta… especial.
Mi sonrisa se vuelve más cálida, y él asiente, claramente intrigado.
Tras una charla breve y un par de coqueteos más, me ofrece el puesto.
—Empiezas mañana— dice, y yo salgo del gimnasio sintiendo que he ganado una pequeña batalla.
De vuelta en mi apartamento, el caos de mi vida pasada me espera. El lugar está desordenado: ropa tirada, vasos sucios, recuerdos de noches desenfrenadas. Decido que, si voy a cambiar, este espacio también debe hacerlo.
Empiezo por limpiar, barriendo el suelo, lavando los platos, ordenando los cojines del sofá.
Luego, me enfrento a mi colección de juguetes sexuales, guardados en una caja bajo la cama.
La abro, y allí están: vibradores de colores, esposas de terciopelo, un látigo pequeño que nunca usé pero que compré por impulso.
Cada uno lleva recuerdos de noches donde buscaba llenar el vacío con placer.
—Adiós, pequeños—digo con un dramatismo fingido, sosteniendo un vibrador morado como si fuera un viejo amigo—Fuiste mi escape, pero ahora necesito espacio para algo más.
Los envuelvo en una bolsa, lista para guardarlos en un trastero, y siento un peso levantarse, como si estuviera despidiéndome de una versión de mí que ya no encaja.
Organizo mi armario, colgando ropa más profesional: camisas, pantalones de corte recto, zapatillas deportivas para el gimnasio.
Pongo una planta en la ventana, un cactus pequeño que no necesita mucho cuidado, como yo ahora.
El apartamento empieza a sentirse menos como un refugio de caos y más como un lugar donde puedo reconstruirme.
Al día siguiente, mi primer día en el gimnasio, me despierto con una mezcla de nervios y emoción.
Me pongo una camiseta ajustada de manga larga y leggings negros, un look deportivo pero pulido que grita “coordinadora de experiencia al cliente”.
Llego al gimnasio, y Raúl me recibe con una sonrisa.
—Tamara, bienvenida. Tu trabajo es asegurarte de que los socios se sientan motivados. Da la bienvenida, haz rondas, ofrece consejos básicos si preguntan. Y, sobre todo, mantén la energía alta.
Asiento, y el día comienza.
Saludo a los socios en la entrada, mi sonrisa fácil atrayendo miradas curiosas.
Hago rondas por las máquinas, ayudando a una chica a ajustar la cinta de correr y charlando con un tipo que lucha con las pesas.
—Respira y baja despacio— le digo, y él me agradece con una risa.
Durante un momento de calma, me miro en el espejo del gimnasio.
Mis heridas aún tiran un poco, pero estoy aquí, moviéndome, trabajando, cambiando.
El día pasa rápido, y aunque estoy agotada, siento una chispa nueva.
Este trabajo no es el club, no es sexo ni neón, pero es un comienzo.
Por Nicole, por mí, estoy lista para construir algo diferente, aunque sea un paso a la vez.
El gimnasio se ha convertido en mi nuevo campo de batalla, un lugar donde la música rítmica y el sonido de las pesas chocando reemplazan el neón y los tragos de mi antiguo trabajo.
Me encanta estar como coordinadora de experiencia al cliente, y aunque mis heridas aún me recuerdan las balas con cada movimiento brusco, siento que estoy construyendo algo nuevo, algo que me acerca un paso más a mi hija.
El trabajo es agotador pero gratificante: saludar a los socios, mantener la energía alta, ofrecer sonrisas y consejos básicos.
Hoy, el aire está cargado de sudor y determinación, y yo estoy en mi elemento, moviéndome entre las máquinas con una camiseta ajustada y leggings negros, mi cabello recogido en una coleta alta para no estorbar.
Estoy de espaldas, ayudando a una chica nueva a ajustar su postura en una máquina de peso para glúteos.
—Mantén la espalda recta y baja despacio—le digo, mi mano guiando ligeramente su cadera para corregir el ángulo.
Ella sonríe, sus mejillas sonrojadas por el esfuerzo, y yo no puedo evitar notar lo linda que se ve, con ese brillo de novata que me recuerda a mí misma en otros tiempos.
Mi voz baja un poco, coqueta por instinto.
—Lo estás haciendo genial, solo sigue así y vas a notar la diferencia en unas semanas.
Ella ríe, y yo me inclino un poco más, disfrutando el momento, cuando una voz masculina me interrumpe desde atrás.
—Disculpa, ¿me puedes decir algo sobre los planes del gimnasio? —pregunta, su tono impaciente pero educado.
Aún de espaldas, con mi atención fija en la chica, respondo sin girarme, mi voz teñida de una leve irritación.
—Mi jefe puede darte más detalles, él sabe todo sobre los planes— Sigo ajustando la máquina, mis dedos rozando el metal, mi sonrisa dirigida a ella que me devuelve una mirada tímida.
La voz insiste, ahora con un toque de frustración.
—No sé dónde está el dueño, acabo de llegar hace unos días a la ciudad y todo esta tan cambiado ¿me puedes ayudar o no?
Bufo, fastidiada.
Este imbécil no sabe cuándo dejar de interrumpir.
—Un segundo—digo, enderezándome, lista para despacharlo con una respuesta cortante.
Me doy la vuelta, preparada para soltarle una mirada que lo ponga en su lugar, pero el mundo se detiene.
Mi corazón se salta un latido, y un frío me recorre la espalda como si alguien hubiera vertido hielo en mis venas. Frente a mí está Michael.
Michael. El padre de Nicole, el chico que me dejó destrozada a los diecisiete, cuando mi vientre crecía con nuestra hija y él desapareció sin mirar atrás.
Sus ojos verdes, los mismos que Nicole heredó, me miran con una mezcla de sorpresa y algo que no puedo descifrar.
Su cabello castaño está más corto, su rostro más curtido, pero es él, inconfundible, como un fantasma que se niega a desvanecerse.
Mi boca se seca, y mi mente es un torbellino de confusión.
¿Qué hace aquí?.
Quiero gritar, quiero correr, pero mis piernas están clavadas al suelo.
Mi mano tiembla, y el gimnasio….las máquinas, la música, la chica bonita, se desvanece en un borrón.
Solo está él, y el peso de un pasado que creí enterrado.
Mis labios se abren, pero no sale ninguna palabra, solo un jadeo silencioso.
Michael da un paso hacia mí, su expresión cambiando, como si también estuviera atrapado en este instante de shock.
No puedo respirar, no puedo pensar. Mi cuerpo actúa antes que mi mente, y salgo corriendo del gimnasio, mis zapatillas golpeando el suelo, el dolor en mi abdomen y pecho rugiendo con cada paso.
No miro atrás, no escucho si mi jefe o alguien más me llama. Solo corro, el aire cortándome la cara, mis pulmones ardiendo, hasta que mis piernas ceden y me detengo en un parque desierto, el único sonido es mi respiración entrecortada.
Me dejo caer en un banco de madera, los arboles proyectando sombras largas sobre el césped.
Por primera vez en mucho tiempo, no puedo contenerlo.
Un llanto desgarrador se escapa de mi garganta, un sonido crudo, animal, que rasga el silencio de la mañana. Lágrimas calientes corren por mi rostro, emborronando el maquillaje que me puse esta mañana para fingir que estoy bien.
Todo vuelve como un recuerdo:
Michael, su sonrisa de adolescente que me enamoró a los dieciséis, sus promesas vacías cuando mi vientre crecía con Nicole.
“Te amo, Tamara” decía, pero cuando le conté que estaba embarazada, sus ojos se apagaron, y días después, se fue sin una palabra, dejándome sola con un corazón roto y una vida que no sabía cómo llevar.
Pienso en Rose, mi madre, con su mirada fría y sus manos que me arrancaron a Nicole de los brazos.
“No eres capaz de criarla” dijo, su voz como un latigazo, mientras yo lloraba, rogándole que me dejara ser madre.
Las circunstancias de la vida, las balas que casi me matan, el club donde me perdí en cuerpos y tragos para olvidar… todo me aplasta.
Quiero cambiar, lo juro. Quiero ser alguien que Nicole pueda mirar con orgullo, demostrarle al mundo, a Rose, a mí misma, que merezco tenerla conmigo.
Pero ver a Michael hoy, después de tantos años, me recuerda lo frágil que es mi esperanza, lo fácil que es caer de nuevo en el abismo…
Me levanto, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, y camino sin rumbo, mis pasos pesados, como si cargara el peso de cada error.
No sé cómo, pero mis pies me llevan al lugar que juré dejar atrás.
El neón rojo parpadea, burlándose de mí. Entro, y el olor a licor y cigarrillo me envuelve como un viejo amante.
Madison está detrás de la barra, su cabello azul brillando bajo las luces. Me ve, y su sonrisa se desvanece.
—Tamara, ¿qué haces aquí?— pregunta, pero no respondo.
Me siento en un taburete, mi voz temblorosa.
—Dame un tequila, Madison. Y sigue sirviendo.
Ella duda, pero me sirve el primer trago.
El líquido quema mi garganta, y pido otro, y otro. Cada sorbo es un intento de ahogar el dolor, pero los recuerdos no se van. Michael, Rose, Nicole… sus rostros giran en mi mente, mezclándose con las luces del club. Madison intenta hablarme, su mano en mi hombro.
—Tamara, para. Déjame ayudarte— dice, su voz suave pero firme.
Pero me zafo, negando con la cabeza.
—No necesito ayuda— murmuro, aunque sé que es mentira.
Todo lo malo vuelve: el abandono, el hospital, las balas, el vacío que ninguna noche en el club pudo llenar.
Entonces, en medio del torbellino, pienso en Bibian. Sus ojos miel, su calma que me ancla, su voz que no juzga. Es como un faro en la tormenta.
Dejo el vaso a medias, el tequila amargo en mi lengua, y me levanto, tambaleándome.
—Lo siento, Madison— digo, mi voz rota, y salgo del club, el aire golpeándome el rostro.
Camino hacia el consultorio de Bibian, mis pasos inestables, impulsada por una necesidad que no entiendo.
Quiero contarle todo, dejar que sus preguntas me salven.
Pero cuando llego, la puerta está cerrada, el letrero de :
“Cerrado”
burlándose de mi mala suerte.
—Maldita sea—susurro, golpeando la puerta con la palma de la mano, las lágrimas amenazando con volver.
Derrotada, camino hasta mi apartamento, cada paso más pesado que el anterior.
Entro, el silencio del lugar oprimiéndome.
No enciendo la luz.
Me dejo caer en la cama, el colchón crujiendo bajo mi peso, y me rindo al cansancio.
Las lágrimas mojan la almohada, pero esta vez no lloro.
Solo cierro los ojos, y el sueño me arrastra, un refugio temporal donde el dolor no puede alcanzarme.
Continúa…
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