
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 20
La mañana en Alemania se siente fresca, con un cielo gris que promete lluvia, pero mi corazón está cálido por la expectativa.
Anoche, mientras Eduard llegábamos a casa, mi teléfono vibró con un mensaje grupal que me hizo sonreír como adolescente.
Mis cuatro amigas:Angel, Kris, Valentina y Dessire me escribieron desde Barcelona, anunciando que llegarían a Alemania hoy para una visita sorpresa.
—¡Prepárate, Bibi, que vamos a revolucionar tu ciudad!— escribió Angel, seguido de un emoji de corazón.
La noticia me llenó de una alegría que no había sentido en días, un contraste con la intensidad de mi trabajo.
Apenas amaneció, llamé a Daniela, mi mientras tomaba un café en la cocina.
—Dani, hoy no abriremos el consultorio— le dije, mi voz aún somnolienta pero emocionada—Mis amigas llegan de Barcelona, y voy a pasar el día con ellas. ¿Puedes reprogramar las citas?
Daniela, siempre eficiente, aceptó sin dudar, prometiendo encargarse de todo.
Colgué, sintiendo una ligereza que no había experimentado en semanas, y me preparé para el día.
Eduard, con esa generosidad que me recuerda por qué lo amo, insistió en dejarme su coche para ir al aeropuerto.
—No quiero que lidies con taxis, Bibian—dijo antes de salir a su oficina, besándome la frente.
Ahora, estoy al volante de su sedán gris, la carretera hacia el aeropuerto de Frankfurt despejada, el aire fresco colándose por la ventana entreabierta.
Mi cabello suelto hoy, se mueve con la brisa, y llevo un abrigo ligero sobre una blusa blanca y jeans, un look sencillo pero elegante para recibir a mis amigas.
La radio suena bajo, una canción pop que tarareo sin pensar, mientras mi mente divaga entre la emoción del reencuentro y los ecos de mi sesión con mis pacientes, su dolor y su lucha todavía resonando en mí.
Llego al aeropuerto, estaciono, y camino hacia la terminal de llegadas.
El lugar está lleno de viajeros, maletas rodando y voces mezclándose en un murmullo constante.
Me siento en una banca cerca de la salida, revisando mi teléfono por si hay mensajes.
Minutos después, las veo a lo lejos, y mi corazón da un salto. Allí están: Angel, con su melena castaña y su sonrisa radiante; Kris, con sus ojos tan expresivos y su energía contagiosa; Valentina, con su sonrisa y su aura cálida; y Dessire, elegante pero distante, mirando el aeropuerto con una mueca.
Me levanto y camino hacia ellas, mi sonrisa creciendo con cada paso.
Angel, Kris y Valentina me ven y sueltan un grito colectivo, corriendo hacia mí.
Me envuelven en un abrazo grupal, sus risas llenando el aire.
—¡Bibi, estás más guapa que nunca!— exclama Angel, apretándome con fuerza.
—¡Mírate, pareces una modelo!— añade Kris, sus ojos brillando.
Valentina me toma de las manos.
—Ay, Bibian, qué linda estás, ¡te extrañamos tanto!
Me río, mi corazón hinchándose con su cariño, sus palabras como un bálsamo después de días tan intensos.
Dessire, en cambio, se queda un paso atrás, sacando un gel antibacterial de su bolso y frotándolo en sus manos con gesto exagerado.
Luego, saca un spray antibacteriano y rocía el aire a su alrededor, frunciendo el ceño como si el aeropuerto fuera un campo minado.
La miro, divertida. Conozco su obsesión con la limpieza, su dramatismo, pero aun así me alegra verla.
Me acerco con una sonrisa.
—Dessire, siempre tan… tú. Me encanta que estés aquí—digo, mi tono cálido a pesar de su expresión de fastidio.
Ella me devuelve una sonrisa tensa.
—Sí, bueno, este lugar no es precisamente un spa de lujo, pero aquí estoy—responde, ajustándose el bolso de diseño.
Ignoro su comentario, demasiado feliz para dejar que su actitud me afecte.
Nos sentamos en una cafetería del aeropuerto, pidiendo cafés y croissants mientras charlamos.
Angel, siempre curiosa, se inclina hacia mí.
—Cuéntame, Bibi, ¿cómo va todo con tu prometido? ¿Sigue siendo el hombre perfecto?
Sonrío, pensando en las rosas de Eduard y nuestra cena de anoche.
—Todo marcha bien, Angel. Tuvimos un pequeño roce, pero lo estamos resolviendo. Es… un buen hombre— digo, mi voz suave pero sincera.
Kris, con su entusiasmo habitual, cambia el tema.
—¿Y el trabajo? ¿Sigues salvando almas en ese consultorio tuyo?
Río, asintiendo.
—Sí, sigue siendo intenso, pero me encanta. Cada paciente es un mundo, y siento que estoy haciendo una diferencia.
Valentina me sonríe con esa sonrisa tan bonita, tan suya.
—¿Y tú, Vale, cómo está tu familia?— pregunto, sabiendo lo importante que es para ella.
Sus ojos se iluminan.
—¡Ay, parce! mi hermano está a punto de ser papá! Mi sobrinito viene en camino, y toda la familia está loca de felicidad en Bogotá.
Su sonrisa es contagiosa, y me encuentro riendo con ella, imaginando la alegría de su familia.
Miro a Dessire, que sigue rociando su spray antibacteriano en la mesa, y decido no preguntar.
Sé que ella hablará cuando quiera, y por ahora, estoy demasiado feliz con este reencuentro.
Las cinco juntas, riendo, charlando, son un recordatorio de que, incluso en medio del caos de mi vida, hay personas que me sostienen.
Pero mientras bromeamos y planeamos el día, no puedo evitar notar la mirada de Dessire, distante, casi calculadora.
Sacudo el pensamiento; es solo su forma de ser, me digo, y me concentro en la calidez de este momento….pasamos la tarde explorando la ciudad: paseamos por el Römer, tomamos café en una plaza soleada, y compartimos historias hasta que el cielo se tiñó de naranja.
Angel, Kris y Valentina llenaron cada momento de calidez, sus risas como un bálsamo, aunque Dessire, con su actitud distante y sus comentarios mordaces, a veces parecía estar en otro mundo.
Al caer la noche, las llevé a su hotel, un lugar elegante cerca del río Meno.
Nos despedimos en el vestíbulo con abrazos apretados.
—¡Bibi, no dejes que pase tanto tiempo!—dijo Valentina, sus ojos brillando.
Mis otras dos amigas se unieron, prometiendo vernos el dia de mañana, mientras Dessire solo asintió, su sonrisa tensa.
Me fui con el corazón lleno, pero con un eco extraño por su frialdad.
Llego a mi apartamento, y el aroma de mi hogar me recibe. Eduard está en la sala, inclinado sobre su portátil, rodeado de papeles. Su camisa está arremangada, y la luz de la lámpara resalta las líneas de su rostro, cansado pero concentrado.
—Terminando un informe importante—dice, levantando la vista con una sonrisa.
Lo saludo con un beso suave en la mejilla.
Cenamos juntos, una pasta con salsa de tomate y albahaca que él preparó, acompañada de un vaso de vino blanco.
Hablamos poco, pero su presencia es suficiente.
Nos reímos de tonterías, y por un momento, todo se siente como antes. Me voy a la cama con él a mi lado, con su respiración calmada.
Al día siguiente, me despierto con la luz del sol colándose por las cortinas. La cama está vacía; Eduard ya se ha ido, probablemente a su oficina para comenzar con ese trabajo.
Me estiro, sintiendo el cansancio del día anterior en mis músculos, y me dirijo a la cocina.
Mientras preparo un café y unto mermelada en una tostada, noto un montón de documentos desordenados en la mesa del comedor, los que mi prometido estaba revisando anoche.
Sonrío, sacudiendo la cabeza.
—Siempre tan distraído—murmuro, decidiendo llevarle los papeles antes de ir al consultorio.
Me alisto rápido, poniéndome una blusa azul clara, una falda lápiz negra y mi cabello suelto, con un toque de perfume de vainilla y jazmín.
Meto los documentos en un folder, tomo mi bolso y salgo.
Tomo un taxi y le doy la dirección de la oficina de Eduard, un edificio moderno en el centro de Frankfurt.
El trayecto es tranquilo, y mi mente divaga entre el día con mis amigas y mi próxima sesión con mis pacientes.
Llego, y la asistente de Eduard, una mujer joven con una sonrisa amable, me saluda.
—Está en su oficina, Bibian, pasa cuando quieras— dice.
Asiento, ajustando el folder bajo mi brazo, y abro la puerta.
El mundo se detiene.
Mi respiración se corta, y un frío me recorre como si me hubieran sumergido en hielo.
Allí está Eduard, mi prometido, besando a Dessire. Mi amiga, con su cabello perfectamente peinado y su aire de superioridad, está en sus brazos, sus manos en su rostro.
Los documentos se me caen al suelo, el ruido rompiendo el silencio.
El se separa de ella, sus ojos abiertos de pánico.
—Bibian, espera, no es lo que parece— balbucea, dando un paso hacia mí, pero su voz se siente lejana, como un eco en un túnel.
La furia me quema la garganta.
Mi corazón, que ayer latía con amor, ahora se desgarra.
—¡No te atrevas!—grito, mi voz temblando de rabia y dolor.
Sin pensarlo, mi mano vuela, y una cachetada resuena contra su mejilla.
Dessire retrocede, su expresión una mezcla de sorpresa y algo que parece satisfacción.
No la miro.
No puedo.
Solo corro, empujando la puerta, ignorando la voz de mi novio que me llama, la asistente que me pregunta qué pasa la ignoro por completo.
Salgo a la calle, el aire esta frío y esta golpeándome, pero no siento nada más que el peso de la traición.
No puedo creerlo.
Mi amiga, mi prometido… me han roto el corazón.
Las lágrimas nublan mi visión mientras camino sin rumbo, el folder olvidado, mi mundo hecho pedazos.
Todo lo que construí con Eduard, las rosas, las promesas, la boda… se desmorona.
Y Dessire, con su mirada fría, estaba allí, esperando su momento.
Mi pecho duele, no de heridas físicas, sino de un dolor más profundo, uno que no sé si podre sanar.
Continúa…
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