(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 21

Las lágrimas aún arden en mis mejillas cuando llego al consultorio, mi refugio, el único lugar donde siento que tengo control.

El trayecto desde la oficina de Eduard ha sido un borrón, mis pasos automáticos, mi mente atrapada en la imagen de él besando a Dessire.

Mi amiga.

Mi prometido.

El dolor es un nudo en mi pecho, tan pesado que apenas puedo respirar.

Al acercarme a la puerta del consultorio, veo a Tamara sentada en la acera, su figura encorvada, su rostro marcado por un cansancio que reconozco demasiado bien.

No estoy preparada para esto, no hoy.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, tratando de recomponerme, y busco las llaves en mi bolso, mis dedos temblando. Sin mirarla, mi voz sale más fría de lo que pretendo.

—Tamara, hoy no puedo atenderte— digo, forcejeando con la cerradura—No habrá consultas

Ella se pone de pie, su mirada fija en mí, demasiado intensa, como si pudiera ver a través de mi fachada.

—¿Estás bien, Bibian?—pregunta, su voz suave pero cargada de preocupación—Te ves… alterada.

Su pregunta me golpea como un puñetazo.

—¡Vete, Tamara!—espeto, mi tono defensivo cortando el aire como un cuchillo—Hoy no hay consultas, ni hoy ni mañana. Solo… vete— Abro la puerta, entro y la cierro tras de mí con un golpe seco, el sonido resonando en el silencio del consultorio.

Adentro, el espacio que siempre me ha dado calma ahora se siente vacío, estéril. Respiro hondo, apoyándome contra la puerta, pero el aire no llega a mis pulmones.

Camino hacia mi escritorio, saco el teléfono y marco el número de Daniela.

—Dani, cancela todas mis citas—digo cuando contesta, mi voz temblorosa pero firme—Estaré ausente un par de días. Avisa a los pacientes, por favor.

No le doy explicaciones, no puedo. Cuelgo antes de que pueda preguntar, y el teléfono cae sobre el escritorio con un ruido sordo.

Me dejo caer en el sofá, el mismo donde mis pacientes se abren, donde han compartido su dolor.

Pero ahora soy yo quien se desmorona. Las lágrimas llegan sin control, un torrente que no puedo detener. Lloro por la traición, por la infidelidad, por el futuro que creí construir con Eduard.

Recuerdo el día que lo conocí….cuando tropecé y él atrapó mi libro antes de que cayera al suelo, sonriendo con esa calidez que me conquistó.

Recuerdo cuando me pidió ser su novia, nervioso, con un ramo de margaritas en la mano. Y la propuesta, en un parque bajo las estrellas, cuando puso un anillo en mi dedo y prometió amarme siempre.

Cada recuerdo es un cuchillo, cortando más profundo, porque ahora sé que todo era una mentira.

Y Dessire. Mi amiga, o eso creía.

Siempre fue exagerada, con sus comentarios mordaces, pero la consideraba parte de mi vida. Últimamente, no contestaba mis llamadas, siempre ocupada, siempre distante. Ahora entiendo por qué.

La vi en sus brazos, sus manos en su rostro, su sonrisa cruel mientras yo entraba.

La traición de ambos me quema, un dolor que no puedo procesar, que no puedo sanar como lo hago con mis pacientes.

Estoy herida, más de lo que nunca imaginé, y el consultorio, mi santuario, no puede protegerme de este vacío.

Estoy hundida en el sofá, con las manos temblando sobre mi regazo, los recuerdos de anillos, promesas y besos robados desgarrándome por dentro, cuando un ruido me saca de mi espiral.

La puerta cruje, pasos suaves resuenan en el suelo, y levanto la mirada, esperando encontrar a Daniela o, peor, a Eduard con más excusas.

Pero es Tamara.

Está ahí, de pie en la entrada, su figura enmarcada por la luz tenue que se cuela desde el pasillo, me observan con una intensidad que me desarma.

Quiero protestar, decirle que se vaya, que no puedo lidiar con ella ahora, pero antes de que las palabras salgan, Tamara cruza la habitación en dos pasos y me envuelve en un abrazo.

Su gesto es tan repentino, tan inesperado, que mi cuerpo se tensa por un instante.

Pero luego, algo en mí cede.

Sus brazos son firmes, cálidos, y un calor reconfortante se extiende por mi pecho, como si su presencia pudiera sostener el peso que me aplasta.

Me dejo abrazar, y el llanto regresa, más fuerte, más crudo, un torrente que no puedo contener.

Lloro por Eduard, por Dessire, por la vida que creí construir, y Tamara no se mueve, no dice nada al principio, solo me sostiene.

Sus dedos comienzan a acariciar mi cabello, un roce suave, casi maternal, que me hace estremecer.

—Llora, Bibian— murmura, su voz baja pero firme, como un ancla en la tormenta—Sácalo todo. Todo va a estar bien—Sus palabras son simples, pero hay algo en su tono, una certeza que no esperaba de ella, que me hace aferrarme a su abrazo.

Nos quedamos así, no sé cuánto tiempo, minutos que se sienten eternos, mis sollozos rompiendo el silencio mientras sus manos siguen acariciando mi cabello, su respiración tranquila contrastando con mi caos.

Finalmente, me aparto, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, mi rostro seguramente un desastre.

—Tamara, gracias, pero… por favor, retírate—digo, mi voz amable pero temblorosa, intentando recuperar algo de control.

No estoy acostumbrada a que me vean así, vulnerable, expuesta, especialmente no por una paciente.

Tamara me mira, sus ojos buscando los míos, y sacude la cabeza.

—No me voy—dice, su tono decidido pero suave—No te dejo aquí, no así. Estás hecha mierda, Bibian, y no voy a fingir que no lo veo—Hay una firmeza en su voz, pero también una ternura que no entiendo, no después de cómo la traté hace unos minutos, echándola como si fuera una intrusa.

La miro, confundida, mi mente nublada por el dolor y la sorpresa.

¿Por qué está aquí?

¿Por qué se preocupa por mí?

Ella con su propia carga de heridas, físicas y emocionales, está eligiendo quedarse, y no lo comprendo.

Sus ojos, llenos de algo que parece empatía, sostienen los míos, y por un momento, no soy la terapeuta, no soy la mujer traicionada, solo soy alguien que necesita ser vista. Pero no sé cómo responder a esto, no sé cómo dejar que alguien entre en mi caos. Solo la miro, atrapada entre la gratitud y la confusión, mientras el silencio entre nosotras se llena de preguntas sin respuesta.

El consultorio está envuelto en un silencio pesado, roto solo por el eco de mis propios sollozos que aún resuenan en mi cabeza.

Me dejo caer de nuevo en el sofá, mi cuerpo exhausto, como si el peso de la traición me hubiera drenado toda la energía.

Tamara, en lugar de irse como le pedí, se sienta a mi lado, su presencia cálida pero inesperada.

No dice nada al principio, y yo tampoco.

El silencio entre nosotras es denso, pero no incómodo; es como si ambas entendiéramos que las palabras no siempre son necesarias para compartir el dolor.

Ella rompe el silencio, su voz suave pero con un toque de entusiasmo que parece fuera de lugar en este momento.

—Conseguí un trabajo, ¿sabes?— dice, mirándome de reojo—Es en un gimnasio, como coordinadora de experiencia al cliente. Nada que ver con el club. Y… limpié mi apartamento, Bibian. Todo. Hasta tiré la basura que llevaba meses acumulando—Hace una pausa, y su tono se vuelve teatral, casi cómico—Y mis juguetes, esos… ya sabes. Los metí en una bolsa, les dije adiós como si fueran amantes de toda la vida. ‘Gracias por los buenos momentos, chicos, pero Tamara está cambiando—imita, agitando la mano dramáticamente.

No puedo evitarlo: una sonrisa se me escapa, pequeña pero genuina, cortando el nudo de dolor en mi pecho.

Su dramatismo, su forma de convertir algo tan personal en una historia casi ridícula, es un destello de luz en mi oscuridad.

Pero el silencio regresa, y esta vez soy yo quien lo rompe.

Mi voz es baja, temblorosa, como si temiera que las palabras hicieran el dolor más real.

—Mi prometido… me traicionó—digo, mirando al suelo, incapaz de enfrentar sus ojos—Lo vi con otra mujer, alguien en quien confiaba. Todo lo que construí con él… se desmoronó en un segundo.

Tamara suelta un bufido, su tono cargado de desprecio.

—Eduard menudo imbécil. Ese tipo no te merece, Bibian—la miro, sorprendida, mi mente nublada por la confusión.

—¿Cómo sabes quién es él?— pregunto, mi voz más aguda de lo que pretendo. No recuerdo haberle hablado de Eduard, ni con detalles, ni con nombres.

Tamara sonríe, una mezcla de picardía y algo más suave, casi nostálgico.

—Te conozco, Bibian. Y a él también. Hace un mes, ¿recuerdas? Choqué contigo en el baño de un club. Estabas apurada, pero hablamos un segundo. Y él estaba allí, con su traje impecable, mirándote como si fueras el centro del universo— Se inclina hacia mí, sus ojos brillando con una chispa juguetona—Y, bueno, puede que le haya dicho algo… subido de tono sobre ti.

Mi boca se abre, la memoria golpeándome. Sí, lo recuerdo: el baño abarrotado, una mujer tropezando conmigo, su risa fácil, sus palabras coquetas que me hicieron sonrojar

—¿Fuiste tú? ¿Por qué le dijiste eso a él? ¡Dijiste que me imaginabas de mil maneras!—le reprocho, mi voz mezclando indignación y sorpresa, aunque una parte de mí quiere reír por lo absurdo de la situación.

Ella suelta una carcajada, despreocupada, sus mejillas sonrojándose ligeramente.

—¡Porque era verdad! Eres… bueno, mírate, Bibian—Su tono se suaviza, y me mira con una intensidad que me hace contener el aliento—Perdóname, Bibian—dice, y antes de que pueda procesar sus palabras, se inclina y me besa. Sus labios son cálidos, suaves, un roce inesperado que me paraliza.

No es un beso largo, pero es suficiente para que mi corazón se acelere, atrapado entre la sorpresa, el dolor y algo que no sé nombrar.

Me alejo, mi respiración agitada, mis manos temblando mientras la miro.

Los ojos de Tamara, llenos de una mezcla de audacia y vulnerabilidad, buscan los míos, y sus labios se abren para decir algo, probablemente una disculpa.

—Bibian, yo…— empieza, pero no la dejo terminar.

Algo dentro de mí, algo crudo y descontrolado, se rompe.

Sin pensarlo, me lanzo hacia ella, mis manos encontrando su rostro, y la beso.

Mis labios chocan con los suyos, y el mundo se desvanece. Ella es buena besadora, más que buena.

Hay una seguridad en su forma de moverse, un ritmo que me arrastra como una corriente.

Sus labios son suaves pero firmes, explorando los míos con una mezcla de urgencia y ternura que me hace olvidar el dolor que cargaba hace solo unos minutos.

Sus manos suben a mi rostro, sus dedos cálidos rozando mis mejillas, delineando mi mandíbula con una delicadeza que contrasta con la intensidad del beso.

Luego, sus manos se deslizan hacia mi cabello acariciándolo con un cuidado que me estremece.

Sus dedos se enredan suavemente, tirando lo justo para enviar un escalofrío por mi espalda, y siento que estoy cayendo, pero no quiero detenerme.

Cada roce, cada movimiento, despierta emociones que no sabía que podía sentir.

Con Eduard, los besos eran cálidos, familiares, un refugio seguro.

Pero esto, esto es diferente.

Es un incendio, un torbellino de deseo, confusión y algo más profundo, algo que no puedo nombrar.

Siento una libertad que nunca experimenté con él, como si el peso de sus promesas rotas se disolviera en la forma en que Tamara me sostiene, como si su toque pudiera borrar la traición.

Hay una electricidad en mi pecho, una mezcla de miedo y euforia, como si estuviera descubriendo una parte de mí que había estado dormida.

Mi corazón late con fuerza, no solo por el beso, sino por la sensación de ser deseada sin máscaras, sin expectativas.

Tamara se aparta un instante, sus labios a centímetros de los míos, su respiración mezclándose con la mía.

—Bibian…—murmura, pero no hay palabras que puedan capturar esto.

Mi cuerpo tiembla, no de frío, sino de una emoción cruda, nueva, que me asusta y me atrae al mismo tiempo.

Nunca sentí esto con Eduard, ni en sus mejores momentos, ni en las noches bajo las estrellas cuando me pidió matrimonio.

Con él, siempre había un plan, un futuro trazado.

Con Tamara, es solo el ahora, este instante que me consume y me libera al mismo tiempo.

El consultorio, con sus paredes blancas y su silencio, se siente lejano. Solo estamos nosotras, atrapadas en este momento que no entiendo pero que no quiero que termine.

Mi corazón está roto, pero en los labios de Tamara, en sus caricias, encuentro un destello de algo que podría sanarlo, aunque sea por un segundo. Y eso, por ahora, es suficiente.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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