
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 22
El beso aún arde en mis labios, un fuego que no esperaba y que me tiene temblando de adrenalina.
Nos separamos, mis manos todavía rozando su cabello, su rostro tan cerca que puedo ver las lágrimas secas en sus mejillas. Sus ojos profundos como pozos, me miran con una mezcla de confusión y algo más, algo que me hace querer acercarme de nuevo.
Pero antes de que pueda decir algo, la puerta del consultorio se abre de golpe, el ruido cortando el aire como un trueno.
Mi corazón se salta un latido, y me giro para ver a Eduard irrumpiendo, su cara desencajada, desesperada, como si hubiera corrido hasta aquí.
Sus ojos se clavan en mí, y su expresión pasa de la angustia a un desagrado puro.
Me reconoce al instante, ese imbécil.
—¿Qué haces tú aquí?— gruñe, su voz cargada de desprecio, como si yo fuera un insecto que acaba de encontrar en su zapato.
Abro la boca para responder, lista para soltarle algo mordaz, pero Bibian se adelanta, su voz afilada como una navaja.
—¡No tienes derecho a preguntar nada, Eduard!— le espeta, poniéndose de pie, su cuerpo temblando de furia—¿Cómo te atreves a entrar aquí después de lo que hiciste? Eres un mentiroso, un traidor, alguien que no vale ni el aire que respira. ¡Me das asco!—Sus palabras son un torrente, cada una más hiriente que la anterior, y yo no puedo evitar sonreír, una curva satisfecha en mis labios mientras veo la cara de tonto de Eduard, sus ojos abiertos, su boca intentando formar excusas que no llegan.
Él cae de rodillas, literalmente, suplicando como un perro.
—Bibian, por favor, déjame explicarte. Fue un error, te juro que te amo, no fue mi intención…—Su voz es patética, y yo me cruzo de brazos, disfrutando el espectáculo.
Verlo humillarse, rogando ante la mujer que acabo de besar, me llena de una satisfacción oscura.
Este es el hombre que Bibian lloraba hace unos minutos, y ahora no es más que un desastre suplicante.
Bibian no cede.
Su mano vuela, y una bofetada resuena en el consultorio, el sonido seco haciendo eco en las paredes.
—¡No quiero tus excusas!—grita, su rostro rojo de ira.
No puedo contenerme más: una carcajada se me escapa, fuerte, burlona, llenando el espacio.
Eduard me fulmina con la mirada, su rostro contorsionado por la furia, y da un paso hacia mí, como si fuera a atacarme.
—¡Tú!—sisea, pero Bibian se interpone, colocándose frente a mí como un escudo.
—No te atrevas, Eduard—dice, su voz baja pero letal—Tamara no es la culpable aquí. Tú lo eres. Vete. Ahora— Sus palabras son finales, un muro que no admite réplica.
El retrocede, derrotado, sus hombros cayendo mientras murmura algo incoherente.
Quiero decir algo, soltarle una última burla, pero Bibian se gira hacia mí, su expresión suavizándose por un instante.
—Tamara, por favor, dile a Daniela que te pase mi teléfono más tarde. Necesito… hablar contigo después— Sus ojos sostienen los míos, y sé que se refiere al beso, a este momento que aún vibra entre nosotras.
Sonrío, mi descaro tomando el control.
—Claro, Bibian—digo, y antes de irme, me acerco y planto un beso en su mejilla, lento, deliberado, justo bajo la mirada furiosa de Eduard.
Su cara es un poema, roja de rabia, y yo me giro, saliendo del consultorio con una risita, dejando atrás el caos que acabo de avivar.
Mientras camino por el pasillo, mi corazón late rápido, no solo por la escena, sino por el recuerdo de los labios de Bibian, por la promesa de esa llamada que cambiará todo.
&
Llego a mi apartamento, el silencio del lugar contrastando con el torbellino en mi cabeza.
Todo está más ordenado ahora, desde que limpié y dije adiós a mis juguetes, pero no puedo calmarme.
Me tiro en el sofá, el cojín todavía oliendo a limpio, y tomo mi teléfono. Bibian me pidió que le dijera a Daniela lo del teléfono, pero necesito soltar esto, aunque sea en un mensaje.
Abro el chat, mis dedos temblando mientras escribo, el recuerdo de los labios de esa preciosa mujer y su cabello entre mis manos todavía vivo.
—Oye, Dani, Bibian me dijo que te pida que me pases su teléfono más tarde. Quiere hablar conmigo. 😏 Pero, mierda, necesito contarte algo.
—¡Tamara! Ok, te paso el teléfono, pero… ¿qué pasa? Ese emoji no miente, suelta el chisme. ¿Sigues en el consultorio?
—No, estoy en casa. Pero, Dani… la besé. A Bibian. Dos veces. Y ella me devolvió un beso. Fue… no sé, como si todo se detuviera. Estaba llorando por su prometido, ese imbécil que la traicionó, y yo… no sé, solo pasó.
— ¡¿QUÉ?! 😳 ¿Un BESO? ¿A Bibian? ¡Tamara, esto es una locura! ¿Cómo que DOS besos? ¿Y ella te besó de vuelta? ¡Cuéntame TODO!
Me río, imaginándome a Daniela con la boca abierta, probablemente dejando caer su café.
Pero escribirlo no alivia el nudo en mi pecho.
El beso fue más que un impulso; fue como si Bibian viera a través de mí, más allá de la Tamara que coquetea y huye. Me asusta cuánto quiero volver a sentir eso, cuánto quiero ser alguien que no la decepcione como él.
— Sí, fue intenso. Ella estaba rota, y yo solo quería hacerla sentir algo más que dolor. Pero cuando me besó… Dani, nunca sentí algo así. No sé qué hacer ahora. No quiero meterla en mi desastre, pero no puedo parar de pensar en ella.
— Ay, Tamara, esto es una telenovela. 😱 Bibian es un amor, pero… wow, no me lo esperaba. ¿Y el prometido? ¿Qué pasó con él?
— El tipo es basura, la engañó y la dejó hecha mierda. Yo estoy… no sé, Dani. Quiero cambiar, por mi hija, por mí, pero ahora Bibian está en mi cabeza. No le cuentes a nadie, ¿ok? Esto es entre nosotras.
—Tranquila, soy una tumba. 😶 te paso el teléfono y no digo nada, pero, Tamara, cuídate. Esto suena grande. Y… no hagas más locuras sin contarme, ¿eh? 😜
—Jaja, prometido. Gracias, Dani. 😘
Dejo el teléfono en la mesa, mi risa desvaneciéndose.
Me levanto y camino a la cocina, sirviéndome un vaso de agua que bebo lentamente, intentando calmar el caos en mi mente.
Bibian no es solo mi terapeuta; es un faro, alguien que me hace querer ser mejor, pero también me asusta. Su dolor, su traición, me recuerda a mis propias heridas, a Michael, a Rose, a todo lo que he perdido. Quiero llamarla ahora, preguntarle qué sintió, si ese beso significó algo o fue solo su corazón roto buscando un escape. Pero espero, porque ella dijo que hablaríamos, y por primera vez, quiero hacer las cosas bien. Me siento de nuevo, mirando el cactus en la ventana, y me pregunto si este fuego con Bibian me salvará o me quemará.
El apartamento está en penumbra, la luz del atardecer filtrándose apenas por las cortinas, y yo sigo tirada en el sofá, el teléfono apretado en mi mano como si fuera un salvavidas. Han pasado dos horas desde que le escribí a Daniela, dos horas desde que el recuerdo del beso que me dejó temblando de un deseo que no entiendo y un miedo que me come viva.
Su rostro, sus ojos, su cabello lacio entre mis dedos, todo se repite en mi cabeza como una película que no puedo pausar.
Quiero hablar con ella, saber qué significó ese beso, si fue solo un arranque de su dolor o algo más.
Quiero saber si ella siente este mismo fuego que me quema, pero también me aterra arruinarlo, como he arruinado tantas cosas antes.
Por mi hija, por mí, necesito que esto sea diferente.
Tomo el teléfono de nuevo, mi dedo temblando mientras busco su número……marco, mi corazón latiendo tan fuerte que lo siento en la garganta.
El tono suena una, dos, tres veces, y luego el buzón de voz.
—Mierda— murmuro, colgando.
Espero unos minutos, mirando el cactus en la ventana, su silueta inmóvil burlándose de mi impaciencia.
Vuelvo a marcar, mi respiración contenida, pero otra vez, solo el tono interminable y el mensaje grabado de Bibian, su voz calmada que ahora me retuerce el estómago.
—Vamos, Bibian, contesta— susurro, como si pudiera oírme.
Lo intento de nuevo, una y otra vez, cada llamada un eco de mi propia desesperación.
El silencio al otro lado es como un rechazo, aunque sé que no es así.
¿Está con él? ¿Está llorando por ese imbécil de Eduard?
¿O está pensando en mí, en el beso, en lo que podría ser?
Mi mente es un torbellino, y cada tono sin respuesta me hunde más en la duda.
Quiero correr al consultorio, golpear la puerta, exigirle que hablemos, pero recuerdo su rostro roto, sus lágrimas, y me detengo.
No quiero ser otra herida para ella.
Después de la décima llamada, mi dedo se detiene.
El teléfono cae en el sofá, y me cubro el rostro con las manos, un suspiro pesado escapándose de mis labios.
Me doy por vencida.
No contesta, y no puedo obligarla.
Tal vez necesita tiempo, tal vez yo fui demasiado lejos con ese beso.
Me levanto, camino a la cocina y miro el vaso de agua que dejé antes, ahora tibio.
Lo bebo de un trago, intentando calmar el nudo en mi pecho.
Bibian dijo que hablaríamos, pero ahora el silencio es lo único que tengo.
Vuelvo al sofá, mi cuerpo pesado, y me dejo caer, mirando el techo.
Por primera vez en mucho tiempo, no quiero huir al club, no quiero un trago para olvidar.
Solo quiero esperar, aunque duela, porque algo en mí cree que ella, con su calma y su fuego, podría ser el comienzo de algo que valga la pena.
Continúa…
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