(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 23

El caos en el consultorio es asfixiante, un torbellino de emociones que me deja sin aliento. Tamara se va, su beso en mi mejilla aún quemando mi piel como un hierro al rojo, y el silencio que deja es ensordecedor.

Eduard está ahí, de pie, su rostro una máscara de desesperación y rabia, sus ojos clavados en mí como si yo fuera la culpable de todo.

No lo soporto.

Mi corazón, ya hecho pedazos por su traición, no puede con más.

—¡Vete, Eduard!—grito, mi voz quebrada pero firme, señalando la puerta con un dedo tembloroso—¡Sal de aquí ahora mismo! ¡No tienes derecho a estar en mi espacio!

Él intenta acercarse, su mano extendida como si pudiera tocarme y arreglarlo todo, pero yo retrocedo, el sofá chocando contra mis rodillas.

—Bibian, por favor, déjame explicarte…—balbucea, su voz suplicante, pero sus palabras me suenan huecas, como promesas rotas que ya no creo.

—¡Explicar qué!— le espeto, las lágrimas volviendo a rodar por mis mejillas, calientes y saladas—¿Que me engañaste con mi amiga? ¿Que todo lo que construimos fue una mentira? ¡Vete, Eduard! ¡Fuera de mi consultorio!—Mi voz sube de tono, un grito que resuena en las paredes blancas, y él retrocede, derrotado, su rostro pálido como si le hubiera dado un puñetazo.

Sale sin decir más, la puerta cerrándose tras él con un clic que suena como el final de algo irrevocable.

Me quedo sola, el silencio ahora opresivo, y el dolor me golpea como una ola.

Camino hacia la recepción, mis pasos inestables, y veo mi reflejo en el espejo: ojos hinchados, mejillas rojas, una versión de mí que no reconozco. Tomo mi bolso, las llaves tintineando en mi mano temblorosa, y salgo del consultorio, cerrando la puerta con llave.

El aire fresco de la calle me abofetea, pero no alivia nada.

Llamo a un taxi, mi voz apenas un susurro cuando doy la dirección de mi apartamento. El conductor me mira por el retrovisor, probablemente notando mis lágrimas, pero no dice nada. Durante el trayecto, el mundo pasa en un borrón: autos, luces, gente que vive sus vidas sin saber que la mía acaba de desmoronarse.

Llego al apartamento, el lugar que compartía con Eduard, y el silencio me recibe como un enemigo.

Dejo caer el bolso en el suelo, el ruido sordo haciendo eco en el vacío. Me dirijo a la cocina, sirviéndome un vaso de agua que bebo de un trago, pero no calma el fuego en mi pecho. Entonces, la puerta se abre de golpe.

El entra, su rostro desencajado, el sudor perlando su frente como si hubiera corrido hasta aquí.

—Amor por favor, escúchame— suplica, acercándose con las manos extendidas.

—No, amor nada—digo, mi voz quebrada, retrocediendo hasta chocar con la encimera—No quiero verte—Él intenta agarrarme por el brazo, su mano cerrándose alrededor de mi muñeca, pero me zafo con un tirón, el dolor físico mezclándose con el emocional—¡No me toques!— grito, mi voz un rugido que no reconozco—¿Cómo te atreves a venir aquí después de lo que hiciste? ¡Me traicionaste, Eduard! ¡Con mi amiga!

—Bibi, fue un error—dice, su voz temblorosa, cayendo de rodillas frente a mí, sus manos aferrándose a mis piernas—Por favor, perdóname. No fue nada, solo un momento de debilidad. Te amo, Bibian siempre te he amado. No puedo vivir sin ti.

Sus palabras me cortan, cada súplica un cuchillo que gira en la herida.

—Un error? ¿Eso es lo que llamas a besarla en tu oficina?—le espeto, mis lágrimas cayendo sobre su cabeza—¡Me mentiste, Eduard! ¡Me hiciste creer que éramos felices, que lo teníamos todo! ¡Perdóname? ¿Cómo se supone que te perdone? ¡Me destrozaste!

Él llora ahora, sus sollozos patéticos, su rostro enterrado en mis rodillas.

—Mi vida por favor, dame una oportunidad. Fue solo una vez, te juro. Dessire… ella no significa nada. Tú eres todo para mí.

Su confesión, el nombre de mi ex amiga en sus labios, me enciende como gasolina en una llama.

Me zafo de nuevo, mi furia creciendo.

—¡Una vez! ¿Crees que soy idiota? ¡Vete a la mierda Eduard! ¡No quiero verte nunca más!—Me dirijo a la habitación, mis pasos pesados, el dolor en mi pecho como si me hubieran disparado.

Abro el armario y saco una maleta, tirando ropa dentro con manos temblorosas, camisas, pantalones, todo un revoltijo que refleja mi mente.

Mi ex prometido  me sigue, su voz suplicante.

—Bibi, no hagas esto. Por favor, hablemos. No puedes irte así—Intenta detenerme, agarrando mi brazo, pero mi furia es un volcán. Me giro, mis uñas rasguñando su brazo, dejando surcos rojos que sangran. Él grita de dolor, su mano retrocediendo—Bibian! ¿Qué te pasa?—se queja, pero a mí no me importa.

No siento remordimiento, solo una rabia ciega que me impulsa a seguir empacando, metiendo zapatos, libros, cualquier cosa que me ancle a este lugar que ahora odio.

Cuando termino, cierro la maleta con un golpe seco, y me dirijo a la salida, pero Eduard se interpone, su cuerpo bloqueando la puerta.

—Por favor, amor, hablemos. No puedes irte así—sigue suplicando, sus ojos llenos de lágrimas, su voz rota.

Suspiro, el agotamiento mezclándose con la ira.

—¿Desde cuándo?—pregunto, mi voz baja pero venenosa—¿Desde cuándo me estás engañando con ella?

Él palidece, su rostro descomponiéndose.

—Bibian, yo… comenzó hace 1 año— confiesa, su voz un susurro—Dessire y yo nos encontramos en una conferencia cuando fui a Barcelona, Fue solo una vez al principio, pero luego… no sé, se volvió algo más. Estaba estresado con el trabajo, con la boda, y ella estaba allí, escuchando. Pero te juro, Bibian, no significa nada. Fue un error, un desliz estúpido— Sus palabras son como ácido en mi herida.

1 año.

Todo el tiempo que planeábamos nuestra boda, él estaba con ella.

Mi furia crece, un volcán que erupciona.

Por primera vez en mis 25 años, yo, la tranquila, la pacífica, la que siempre mantiene la compostura en mi consultorio, pierdo el control.

—Traicionero!— grito, mi mano volando hacia su rostro, un golpe que resuena en la habitación—¡Infiel! ¡Poca cosa! ¡Me das asco!—Cada palabra es un golpe, mis puños aterrizando en su pecho, sus brazos, lágrimas cayendo por mi rostro mientras lo ataco, un torrente de rabia y dolor que no puedo detener.

Él intenta bloquearme, pero no me detengo, cada insulto un desahogo por las mentiras, por la traición.

Eduard, en su desesperación, levanta la mano, y una bofetada me golpea la mejilla, el sonido seco como un trueno.

El mundo se detiene.

El dolor físico es nada comparado con el shock: es la primera vez que me lastima así. Sus ojos se abren de horror.

—Bibian…amor lo siento, no quise…— balbucea, pero ya es tarde.

Me zafo, tomo mis maletas y salgo del apartamento, el aire frío de la noche golpeándome como una acusación.

Corro por las escaleras, las lágrimas cegándome, el corazón hecho trizas. Eduard, Dessire… me han roto, y no sé si podré reconstruirme.

Las lágrimas aún me queman las mejillas, y el eco del golpe de Eduard resuena en mi rostro, un dolor físico que no es nada comparado con el que me desgarra por dentro. Corro por las calles, las maletas golpeando contra mi pierna, el aire frío cortándome la piel.

No sé a dónde voy hasta que me detengo frente al hotel donde mis amigas se hospedan, ahora un refugio en medio de mi tormenta.

Mi teléfono tiembla en mi mano mientras marco el número de Kris, mi voz quebrada cuando contesta.

—Kris, estoy abajo… ¿puedes ayudarme con la maleta, por favor?— No explico, no puedo, pero su:

—Ya bajo, Bibi—es suficiente para darme un instante de alivio.

Kris aparece en el vestíbulo minutos después, reflejando las luces del hotel. Sus ojos se fijan en mis lágrimas, en mi rostro hinchado, pero no pregunta nada.

Solo toma mis maletas, su mano rozando la mía con una suavidad que casi me hace romperme de nuevo.

—Vamos— dice, y subimos en el ascensor en silencio.

La habitación que comparten Angel, Kris y Valentina es amplia, con tres camas perfectamente alineadas, cada una con cojines y mantas que reflejan sus personalidades: la de Angel con un libro abierto, la de Kris con una libreta llena de notas, la de Valentina con una bufanda colorida.

Angel me ve entrar y su rostro se ilumina por un segundo antes de notar mi estado.

—¡Bibi!— exclama, corriendo hacia mí.

Sus brazos me envuelven, y me aferro a ella, mi cuerpo temblando.

Antes de que puedan preguntar algo, me se aparta, frunciendo el ceño pregunto:

—Y Dessire? ¿Dónde está? Pensé que estaria con ustedes

Valentina, sentada en su cama, suelta una risa que suena más a bufido.

—Ay, mija, ya sabes cómo es esa payasa. Se reservó una habitación pa’ ella sola, dizque porque no aguanta el desorden de nosotras. ¡Vea, pues, qué reina!— Su acento llena la habitación, sus manos moviéndose con ese fuego característico, pero sus ojos se oscurecen cuando me mira—Pero, Bibi, ¿qué te pasa, parce? Estás echa un desastre.

Respiro hondo, el aire temblando en mis pulmones.

Me dejo caer en la cama de Kris, las palabras atascadas en mi garganta.

—Es… Eduard—empiezo, mi voz rota—Y Dessire. Los vi… juntos. En su oficina. Besándose—Las lágrimas vuelven, calientes, incontrolables—Me engañó. Con ella. Durante 1 año. Y hoy… él… me golpeó—Mi mano toca mi mejilla, donde aún siento el ardor de su bofetada, y el dolor me atraviesa de nuevo.

El silencio en la habitación es instantáneo, roto solo por el jadeo de Angel.

—¿Qué?—susurra, sus ojos abiertos de incredulidad.

Kris, a mi lado, aprieta los puños, su rostro pálido.

Pero es Valentina quien explota primero.

—¡Esa maldita! ¡Esa hijuemadre!— grita, poniéndose de pie de un salto—¡Cómo se atreve esa gonorrea a hacerte esto, Bibi! ¡Y con tu hombre! ¡Y él, qué parce tan sapo, pegándote!— Su voz es un torbellino, sus palabras cayendo como golpes.

Angel se une, su voz temblando de rabia.

—¡Dessire siempre fue una egoísta, pero esto es demasiado! ¡Traicionarte así, Bibi! ¡No lo merece!

Kris, más contenida pero igual de furiosa, me pone una mano en el hombro.

—Bibi, lo siento tanto. Esa… víbora no es amiga. Y Eduard… es un monstruo.

Sus palabras son suaves, pero su mirada arde.

Estoy destrozada, mi corazón un rompecabezas roto, y sus palabras, aunque llenas de amor, solo hacen que el dolor se sienta más real.

Valentina, sin embargo, no se queda en palabras.

—¡No, esto no se queda así!—grita, su cabello lacio  rebotando mientras marcha hacia la puerta—¡Voy a hablar con esa malparida ahora mismo!— Antes de que podamos detenerla, sale de la habitación, sus pasos resonando en el pasillo.

Angel y Kris intercambian una mirada, y yo, aunque rota, las sigo, mis maletas olvidadas en la habitación.

No quiero más peleas, pero una parte de mí necesita ver esto, necesita que Dessire enfrente lo que ha hecho.

Llegamos a la puerta de la habitación de Dessire, al final del pasillo. Valentina golpea con fuerza, su puño haciendo temblar la madera.

—¡Dessire, abrí, maldita sea!—grita.

La puerta se abre, y ahí está ella, con una mascarilla verde en el rostro, su cabello perfectamente peinado, como si nada hubiera pasado.

Su expresión es de fastidio, como si la estuviéramos molestando en un spa.

—¿Qué quieren?—empieza, pero no termina.

Valentina no espera.

Su mano vuela, una bofetada que resuena como un trueno, haciendo que Dessire tropiece hacia atrás.

—¡Maldita traidora!—grita Vale, su voz temblando de furia.

Antes de que mi ex amiga pueda reaccionar, Valentina la agarra del cabello, tirando con fuerza mientras suelta una ráfaga de insultos.

—¡Gonorrea, cómo te atreves a hacerle esto a Bibi! ¡eres una basura, una perra que no merece ni el aire que respira!

Dessire grita, intentando zafarse, pero Valentina es un huracán, sus palabras y sus manos imparables.

Angel y Kris intentan intervenir, pero yo estoy paralizada, las lágrimas corriendo por mi rostro.

Verla asi, la mujer que consideré mi amiga, ahora enfrentando la furia de Valentina, no alivia mi dolor.

Solo lo hace más crudo.

Mi corazón está destrozado, y aunque la rabia de mis amigas es un eco de la mía, no puede borrar la imagen de Eduard y Dessire, el golpe en mi mejilla, el fin de todo lo que creí mío.

Me doy la vuelta, incapaz de seguir mirando, y me apoyo contra la pared, mi cuerpo temblando mientras el mundo se desmorona a mi alrededor.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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