(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 24

El dolor me envuelve como una manta pesada, cada lágrima un recordatorio de la traición. Estoy sentada en la cama de Angel, en la habitación compartida del hotel donde mis amigas se hospedan, el aire cargado con el eco de sus consuelos.

Las maletas que traje están olvidadas en un rincón, un símbolo de mi vida rota.

Mi rostro está hinchado, mis mejillas aún arden por la bofetada, y mi corazón es un campo de batalla donde la furia y el dolor luchan sin tregua.

La puerta se abre de golpe, y Valentina entra como un huracán, su rostro rojo de rabia.

—¡Esa maldita gonorrea!— grita cortando el aire—¡Le dejé claro a esa hijueputa que no se mete con mi Bibi!

Angel y Kris la siguen, intentando calmarla.

—Vale, ya, cálmate—dice Angel, agarrándola del brazo, mientras Kris cierra la puerta con un suspiro.

Pero cuando Valentina me ve, aún llorando, mi cuerpo temblando de sollozos, su furia se desvanece.

—Ay, mija, no llores más, parce— murmura, arrodillándose frente a mí. Sus manos cálidas toman las mías, y siento su fuerza, su lealtad.

Angel se sienta a mi lado, su brazo rodeándome, su cabeza apoyada en mi hombro.

—Bibian no estás sola—susurra—Esa traidora y ese imbécil no valen tus lágrimas.

Kris, más reservada, se sienta en su cama, pero sus ojos están llenos de empatía, su silencio diciendo más que cualquier palabra.

Sus consuelos son un refugio, y aunque el dolor sigue cortándome como un cuchillo, mis sollozos se suavizan, mi respiración se estabiliza. Pero entonces, mi teléfono vibra en mi bolso, un zumbido insistente que me saca de este momento frágil.

Lo saco con manos temblorosas, y la pantalla muestra un número desconocido, junto con un montón de llamadas perdidas del mismo contacto.

Mi corazón da un vuelco. No reconozco el número, pero un recuerdo me golpea: la última persona con la que quedé en hablar fue Tamara, en el consultorio, después de ese beso que aún quema en mi piel.

¿Es ella? La pantalla vibra de nuevo, el número parpadeando, y mi dedo duda sobre el botón de responder.

Angel nota mi vacilación, sus ojos siguiendo los míos hacia el teléfono.

—Todo bien?—pregunta, y luego mira a Kris y Valentina, que me observan con curiosidad—Chicas, ¿qué tal si bajamos a buscar algo para cenar?—sugiere con su voz suave pero intencionada—Démosle un momento a Bibi.

Valentina asiente, aunque murmura algo sobre “esa chimba de comida de hotel que no llena”, y Kris me da una sonrisa cálida.

—Estaremos abajo, tómate tu tiempo— dice, y las tres salen, dejándome sola en la habitación, el silencio envolviéndome.

Respiro hondo, el teléfono aún vibrando, y finalmente contesto, mi voz temblorosa.

—¿Hola?—digo, insegura, mi corazón latiendo rápido mientras espero la respuesta.

—¡Bibian, por fin! Llevo horas llamando, soy Tamara. ¿Estás bien? Me tenías preocupada.

Su voz, con ese tono descarado pero cálido, me saca una pequeña sonrisa, aunque las lágrimas aún empañan mis ojos.

No tenía su número, pero ahora que escucho su voz, el recuerdo del consultorio, de su abrazo, de sus labios, vuelve con fuerza.

—Tamara… lo siento, no reconocí tu número—murmuro, mi voz quebrándose—Ha sido… un infierno. No quise ignorarte, es que todo se desmoronó.

—Oye, tranquila, no tienes que explicarme. Vi tu cara en el consultorio, sé que ese imbécil te hizo daño. Pero estoy aquí, Bibian. No me voy a mover. ¿Dónde estás ahora?

Me limpio una lágrima, su voz un ancla en mi tormenta.

—Estoy en el hotel, con unas amigas— digo, mi voz apenas audible—Tamara, lo del beso… no sé qué significa. Estoy tan rota, y tú… tú me haces sentir algo que no entiendo, algo que me asusta.

—Bibian, no tienes que entenderlo todo ahora. Ese beso fue real, ¿sabes? no me arrepiento. Y no voy a dejar que ese idiota te haga olvidar lo que vales. ¿Quieres que vaya? Puedo estar ahí en un rato.

Sacudo la cabeza, aunque no puede verme, el peso de la traición y la bofetada aún siguen frescos.

—No, necesito… un poco de tiempo— digo, mi voz temblando—Pero gracias, Tamara. Por no irte, por… todo.

Mi mente regresa al consultorio, a cómo ella se quedó, a cómo me sostuvo cuando estaba cayendo.

—Siempre, Bibian. Cuando estés lista, aquí estoy. Y oye, dile a tus amigas que  le den tan duro a la otra tipa, ¿eh? se lo merece—Su risa es ligera, y me arranca otra sonrisa, aunque frágil.

—Lo haré — respondo, y cuelgo, el teléfono cayendo en mi regazo.

Me quedo mirando la pared, el eco de la voz de ella mezclándose con el consuelo de mis amigas.

El dolor sigue ahí, cortante como vidrio, pero su voz, su promesa, es un destello de luz en esta oscuridad.

No sé qué significa, no sé si estoy lista para lo que sea que esto sea, pero por ahora, aferrarme a esa chispa es lo único que me mantiene en pie.

La habitación está en silencio, las tres camas perfectamente alineadas, cada una con las huellas de mis amigas.

La puerta se abre, y mis amigas  entran con bandejas de comida, el aroma a especias y pan recién horneado llenando la habitación.

—Bibi, mira lo que conseguimos— dice Angel, su sonrisa suave mientras levanta una bandeja—tu favorito: pasta con pesto y parmesano, como en casa.

Valentina, con una risita, añade:

—Y unas empanaditas pa’l alma, mija, que con hambre no se llora bien.

Kris coloca las bandejas en la alfombra mullida frente a las camas, y nos sentamos en el suelo, formando un círculo íntimo, como si estuviéramos en una pijamada de adolescentes.

La comida es un consuelo tangible, el pesto cremoso y las empanadas crujientes calmando algo en mí, aunque sea solo por un momento. Comemos en un silencio tranquilo, el sonido de los cubiertos contra los platos mezclándose con las risas suaves de Vale, que cuenta una anécdota sobre un mesero torpe en el restaurante del hotel.

—¡El parce casi nos baña en sopa!— dice, mientras gesticula, y por un segundo, me río, un sonido pequeño pero genuino.

Pero el peso de lo que pasó sigue ahí, y no puedo guardármelo todo.

—Chicas—digo, mi voz baja, dejando el tenedor en la bandeja—Hay algo más… algo que pasó hoy en el consultorio—Ellas levantan la mirada, Angel con curiosidad, Kris con su calma habitual, Valentina con una ceja arqueada—No sé cómo explicarlo, pero… hubo alguien que estuvo ahí para mí, después de lo de Eduard. Una persona, una mujer que… me besó— Hago una pausa, mi rostro calentándose—Y yo… le devolví el beso.

Valentina suelta un silbido, sus ojos brillando.

—¡Vea, pues, Bibi! ¿Quién es esa atrevida? ¡Contá, mija!

Angel se inclina hacia adelante, sonriendo.

—Bi, eso es… inesperado. ¿Quién es? ¿La conocemos?

Kris me mira con una mezcla de sorpresa y apoyo.

—Cuéntanos lo que quieras, Bibi. Estamos aquí.

Respiro hondo, cuidadosa con mis palabras.

Tamara es mi paciente, y aunque mi mundo está en ruinas, no voy a traicionar su confianza.

—No la conocen—digo, mi voz suave—Es alguien que he estado viendo… profesionalmente. Pero hoy, cuando estaba destrozada, ella se quedó. Me abrazó, me hizo sentir… vista. Y luego, no sé cómo, nos besamos. Fue confuso, intenso. No sé qué significa, pero… me dio algo que no he sentido en mucho tiempo.

—¡Eso, parce! ¡Que ese sapo de Eduard se pudra! Si esta mujer te hace sentir así, ¡agárrala, Bibi!

Angel ríe de lo que dice Vale, pero su mirada es más seria.

—Bibian, suena como si te hubiera dado un poco de luz en todo este desastre. Pero… ¿tú qué sientes por ella?

Kris asiente.

—Sí, Bibi. Después de todo lo que pasó, ¿estás lista para algo así?

Sus preguntas me golpean, y miro mi plato, el pesto ahora frío.

—No lo sé— admito, mi voz temblando—Estoy rota, chicas. Eduard, Dessire… me destrozaron. Pero esta persona, su forma de estar ahí, de no juzgarme… me hace querer creer que puedo volver a sentir algo bueno. Aunque me asusta.

Mis ojos se humedecen, pero esta vez no lloro. Sus rostros, llenos de amor y apoyo, me sostienen.

Valentina me da una palmada en la rodilla.

—Mija, el amor es un lío, pero si esa mujer te saca sonrisas después de este día, vale la pena pensarlo, ¿no?

Angel asiente, y Kris me da una sonrisa pequeña.

—Tómate tu tiempo, Bibi. Pero no te cierres a algo que podría sanarte.

Terminamos de comer, las bandejas vacías, el ambiente más ligero. No sé qué significa Tamara, no sé si estoy lista, pero por primera vez hoy, siento que no estoy sola.

La alfombra bajo nosotras, la comida, sus risas… es un recordatorio de que, incluso en mi peor día, tengo un hogar en ellas.

&

Han pasado dos semanas desde que mi mundo se derrumbó, dos semanas desde que dejé el apartamento, desde la bofetada de Eduard y la traición de Dessire.

El dolor sigue ahí, un eco constante en mi pecho, pero he empezado a reconstruirme, pedazo a pedazo. Regresé al consultorio, retomando las consultas con una determinación que no sabía que tenía. Cada paciente, cada historia, es un recordatorio de que puedo ayudar a otros, incluso si estoy rota.

Tamara ha sido un pequeño faro inesperado en esta tormenta.

Hablamos todos los días, aunque sea por mensajes, sus textos llenos de ese descaro que me saca sonrisas y una calidez que me asusta y me consuela al mismo tiempo.

Me dio espacio, respetando mi necesidad de tiempo, y entre su nuevo trabajo en el gimnasio y mis consultas, hemos encontrado un ritmo, un hilo frágil que nos conecta.

Estoy en el consultorio, esperando a una pareja para su sesión de la tarde.

El sol se cuela por las persianas, iluminando el escritorio donde he reorganizado mis notas, un intento de orden en mi caos. Me ajusto la blusa blanca, mi cabello lacio cayendo sobre mis hombros, y respiro hondo, preparándome para escuchar, para ayudar.

La puerta se abre, y una sonrisa automática se dibuja en mi rostro, pensando que son mis pacientes. Pero la sonrisa se desvanece al instante. Es mi madre, Clara, parada en la entrada, su rostro tenso, los labios apretados en una línea de enojo. Mi estómago se contrae. Sé por qué está aquí.

—Madre—digo, mi voz más fría de lo que pretendo, levantándome del escritorio—¿Qué haces aquí?

Clara entra, cerrando la puerta con un golpe seco, su bolso colgado del brazo como si fuera un escudo.

—Bibian, ¿cómo te atreves a tratar a Eduard así?—empieza, su voz afilada, sus ojos grises clavándose en mí—Me llamó, destrozado, diciendo que lo dejaste, que te fuiste sin escuchar. ¿Qué te pasa? ¡Ese hombre es perfecto para ti!

Me cruzo de brazos, la furia creciendo en mi pecho.

—¿Perfecto? ¿Eso te dijo?—Mi voz tiembla, pero me mantengo firme—Madre, me engañó. Con mi amiga. Durante meses. Y luego me golpeó. ¿Eso es perfecto para ti?

Ella frunce el ceño, sacudiendo la cabeza como si mis palabras fueran una exageración.

—¡No seas dramática, Bibian! Eduard me explicó todo. Fue un error, un momento de debilidad. Dessire lo sedujo, él no quería. Y lo del golpe… dijo que fue un accidente, que estabas histérica. Deberías perdonarlo. Los hombres cometen errores, pero él te ama.

—¿Un accidente?—Mi voz sube, incrédula, las lágrimas amenazando con volver—Me pegó, mamá. Por primera vez en mi vida, el hombre que decía amarme levantó la mano contra mí. ¿Y tú lo defiendes? ¿No te importa lo que me hizo?

Mi madre suspira, ajustándose el bolso, su expresión endureciéndose.

—Bibian, estás exagerando. Eduard es un buen hombre, con un buen trabajo, un futuro. ¿Vas a tirar todo por un error? Él quiere casarse contigo, arreglar las cosas. No seas niña, madura. El matrimonio no es perfecto, tienes que aprender a perdonar.

—¿Perdonar?—La palabra me quema la garganta—Me traicionó, madre. Con mi amiga. Durante 1 año. Mientras planeábamos nuestra boda, él estaba con ella. Y luego me golpeó. ¿Cómo se supone que perdone eso? ¿Cómo puedes ponerte de su lado?

—Porque sé lo que es mejor para ti— replica, su voz cortante—Eduard es estable, te da seguridad. ¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte sola, corriendo tras fantasías? Escuché que estás hablando con alguien más, Bibian. ¿Qué es eso? ¿Ya estás buscando reemplazos? ¡Eso no es propio de ti!

Mis manos tiemblan, la mención de Tamara encendiendo algo en mí, pero no le doy detalles.

—No tienes idea de lo que estoy pasando— digo, mi voz baja pero venenosa—No tienes derecho a juzgarme. No sabes lo que es sentir que todo en lo que creías se desmorona. No te pedí que vinieras a defender a un traidor.

Clara retrocede, herida, pero no cede.

—Estás cometiendo un error, Bibian. Eduard está arrepentido. Vuelve con él, arregla esto. No tires tu vida por orgullo.

—No es orgullo— digo, mi voz quebrándose—Es dignidad. Vete, madre. No quiero hablar más.

Me giro hacia la ventana, incapaz de mirarla. Ella suspira, el sonido lleno de frustración, y sale, la puerta cerrándose con un clic que resuena en el silencio.

Me dejo caer en la silla, las lágrimas cayendo de nuevo, pero esta vez hay algo más: una chispa de fuerza. Tamara, con sus mensajes, su risa, me recuerda que puedo seguir adelante, incluso si mi madre no lo entiende.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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