
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 25
Cada día que pasa, Bibian se clava más en mi cabeza, como una canción que no puedo dejar de tararear.
No es solo su rostro, esos ojos miel o su cabello lacio que me muero por volver a tocar. Es algo más profundo, algo que me hace querer ser alguien mejor, alguien que no joda todo.
Sus mensajes son mi refugio, pequeños destellos de luz en mi vida caótica. Cada texto suyo, cada emoji, me saca una sonrisa tonta, y me encuentro revisando el teléfono cada cinco minutos, esperando su nombre en la pantalla.
Me está atrapando, y aunque me da miedo, no quiero escapar.
Estoy en el gimnasio, limpiando las máquinas después de un turno agotador, el sudor pegándose a mi piel. Abro mi teléfono, y el último mensaje de Bibian me hace sonreír como idiota: una foto suya sentada en su escritorio, con gafas de montura fina que la hacen ver adorablemente seria, y un texto que dice:
«Esperando a mis pacientes 🤓».
Mi corazón da un vuelco, y mis dedos están listos para responderle algo pícaro pero dulce, cuando una sombra se cierne sobre mí. Levanto la vista, y ahí está Michael, apoyado contra una máquina de pesas, su rostro tenso, sus ojos fijos en mí. el entrena aquí, en el gimnasio, y aunque he hecho lo imposible por evitarlo, siempre encuentra la forma de cruzarse en mi camino.
—Tamara, tenemos que hablar— dice, su voz baja pero insistente, como hace semanas cuando intentó lo mismo.
Pongo los ojos en blanco, el enojo subiéndome por la garganta.
—No, Michael, no tenemos nada de qué hablar— digo, mi tono cortante, limpiando la máquina con más fuerza de la necesaria—Déjame en paz.
—Por favor, Tamara— insiste, dando un paso más cerca, su mano rozando el aire como si quisiera tocarme—Solo dame cinco minutos. Necesito explicarte por qué me fui.
—¿Explicar?—escupo, girándome hacia él, mi voz cargada de desprecio—Te fuiste, Michael. Dejaste a Nicole, a mí, sin mirar atrás. No hay nada que explicar. Vete a la mierda—Me doy la vuelta, pero su presencia me pesa, como una nube que no se disipa.
Las horas pasan, el gimnasio se vacía, y termino mi turno, los músculos cansados pero la mente dando vueltas con Bibian. Salgo al aire fresco de la noche, ajustándome la chaqueta, lista para ir a casa y responderle a esa foto que me tiene sonriendo como tonta.
Pero al doblar la esquina, ahí está Michael otra vez, esperándome junto a la entrada, su figura recortada contra la luz de una farola.
Mi estómago se retuerce, y paso de largo, mis pasos rápidos, fingiendo que no lo veo. Pero su mano agarra mi brazo, fuerte, deteniéndome.
—Tamara, espera— dice, su voz suplicante.
Me zafo con un tirón, mi furia explotando como pólvora.
—¡No me toques!— grito, y sin pensarlo, mi rodilla vuela hacia sus partes, un golpe seco que lo hace doblarse, un gemido de dolor escapándose de su boca. Se retuerce en el suelo, sus manos cubriendo su entrepierna, su rostro rojo de agonía. Me quedo parada, la adrenalina corriendo por mis venas, mi respiración agitada.
—¡Mierda Tamara!— gime, apenas capaz de hablar. Pero luego levanta la mirada, todavía jadeando—Está bien, me lo merezco. No te tocaré de nuevo, lo juro. Solo… déjame hablar. Por favor, dame una oportunidad.
Fastidiada, cruzo los brazos, mi pie tamborileando en el pavimento.
—Habla, entonces—digo, mi voz fría—Pero hazlo rápido, porque no tengo tiempo para esto.
Michael se levanta con dificultad, su rostro aún contorsionado por el dolor.
—Me fui por Rose— dice, su voz baja, llena de amargura—Tu madre me llenó la cabeza de basura, Tamara. Me dijo que eras una fácil, que andabas con cualquiera, que el bebé que esperabas no era mío. Dijo que te vio con otros hombres, que tenías un historial de mentiras, que eras una oportunista que solo me quería por mi dinero. Me mostró mensajes falsos, fotos que quién sabe de dónde sacó, diciendo que estabas con otros mientras estabas conmigo. Me hizo dudar de todo, de ti, de Nicole. Estaba celoso, inseguro, y me fui porque no pude lidiar con eso.
Sus palabras son como un puñetazo en el estómago, cada una más cruel que la anterior. Rose, mi madre, siempre con su lengua venenosa, siempre buscando la forma de joderme la vida.
—¿Y le creíste?—gruño, mi voz temblando de rabia—¿Creíste todas sus mentiras? ¿Que yo era una cualquiera, que Nicole no era tuya? ¡Eres un idiota, Michael! Te fuiste sin preguntarme, sin enfrentarme. Dejaste a tu hija, a mí, por las palabras de una mujer que nunca me ha querido.
—Lo sé, Tamara—dice, sus ojos llenos de lágrimas, su voz rota—Me equivoqué. No debí escuchar a Rose. Pero estoy aquí ahora, intentando arreglarlo.
—Demasiado tarde—digo, mi voz helada—No quiero tus excusas. No te necesito.
Me doy la vuelta, mi corazón latiendo con furia, pero también con una claridad nueva.
Pienso en ella, en su foto, en sus mensajes, y sé que hay algo más esperándome, algo que no voy a dejar que Rose o Michael destruyan. Camino hacia mi apartamento, dejando a Michael atrás, su figura encorvada desvaneciéndose en la noche, mientras mi mente vuelve a Bibian, a esa chispa que me hace querer ser más.
&
Hoy es mi día libre, y el aire fresco de la mañana me golpea mientras salgo de mi apartamento, un lugar más ordenado desde que tiré el caos de mi vida anterior.
Me visto con una chaqueta de cuero, jeans rotos y botas, mi cabello suelto porque hoy no tengo que impresionar a nadie. Pero mi cabeza está en un solo lugar: Nicole. Si quiero recuperarla, necesito saber cómo pelear por ella, legalmente, sin que Rose, mi madre, me joda otra vez.
Decidí ir a un bufete de abogados para informarme sobre la custodia en Alemania.
No sé mucho del tema, pero si voy a enfrentarme al sistema, quiero estar preparada.
Tomo un taxi hacia el centro, mi corazón latiendo con una mezcla de nervios y determinación.
Llego a un edificio discreto con una placa que dice «Schmidt & Partner Rechtsanwälte», un bufete especializado en derecho de familia que encontré en línea. Investigué un poco: en Alemania, la custodia de menores se rige por el 1626 del Código Civil (BGB), que prioriza el bienestar del menor.
La custodia compartida es común, pero si hay disputa, como seguro la habrá con Rose, la Oficina de Protección Juvenil evalúa quién es más apto. Necesito saber qué pruebas necesito, qué requisitos debo cumplir, y cómo demostrar que soy una madre estable, aunque mi pasado sea un desastre.
Entro al bufete, el olor a papel y café llenando el aire.
La recepcionista, una mujer joven con un moño impecable, me sonríe.
—¿En qué puedo ayudarla?— pregunta.
—Quiero información sobre custodia de menores— digo, mi voz más firme de lo que siento—Estoy buscando recuperar a mi hija.
Me lleva a una sala de espera con sillas de cuero y revistas legales.
Minutos después, una abogada, la señora Schmidt, me recibe en su oficina. Es directa, con gafas de marco grueso y un escritorio lleno de carpetas.
—En Alemania, el bienestar del menor es la prioridad—explica, abriendo un cuaderno—Según el 1626 BGB, los tribunales favorecen la custodia compartida si ambos padres son aptos. Si hay disputa, el juez evalúa factores como estabilidad emocional, financiera y el vínculo con el menor. Necesitará demostrar que puede ofrecer un entorno seguro: empleo estable, vivienda adecuada, y un plan para la crianza. Si hay antecedentes de abandono o inestabilidad, como en su caso, el tribunal puede requerir pruebas de cambio, como terapia o informes laborales.
Tomo notas, mi mente absorbiendo cada palabra.
—¿Y si la abuela materna tiene la custodia?— pregunto, pensando en Rose, su veneno aún quemándome tras lo que le dijo a Michael.
—Eso complica las cosas— dice Schmidt—Deberá demostrar que la custodia actual no beneficia al menor. El proceso puede tomar meses, incluso un año, y los costos legales varían de 1,500 a 5,000 euros, más tasas judiciales de 200—600 euros. Recomiendo una evaluación y una mediación antes de ir a juicio.
Salgo con una carpeta de folletos y un número para una consulta gratuita, el peso de la realidad asentándose en mí. No es fácil, pero es un comienzo. Quiero a Nicole, y por primera vez, siento que puedo pelear por ella. Pienso en Bibian, en su mensaje de ayer, y una sonrisa se dibuja en mi rostro.
Ella cree en mí, y eso me da fuerza. Me detengo en una cafetería cercana, pido un latte, y abro mi teléfono para responderle por fin a esa foto.
«Oye, doctora nerd, te ves demasiado linda con esas gafas 😘»
Escribo, mi corazón más ligero. Bibian es mi razón para seguir, y por ella, por Nicole, voy a hacer esto bien.
&
Tomo un taxi hacia el barrio donde vive Rose, un edificio gris de apartamentos modestos que siempre me ha dado escalofríos.
Mi corazón late con fuerza, no de miedo, sino de una furia que he guardado demasiado tiempo.
Me bajo frente a su puerta, mi chaqueta de cuero crujiendo mientras subo las escaleras, mis botas resonando en el pasillo. Toco el timbre con más fuerza de la necesaria, y cuando Rose abre, su rostro se endurece al verme.
Sus ojos, idénticos a los míos, brillan con desdén, su cabello corto y teñido de rubio perfectamente peinado, como si siempre estuviera lista para un espectáculo.
—¿Qué haces aquí, Tamara?— pregunta, su voz fría, bloqueando la entrada con su cuerpo.
—Vine a hablar— digo, mi tono afilado, empujando la puerta para entrar.
Ella retrocede, molesta, y cierro de un golpe.
El apartamento huele a su perfume dulzón y a café rancio, un olor que me transporta a los gritos de mi adolescencia.
—¿Por qué, Rose? ¿Por qué le llenaste la cabeza a Michael con tus mentiras? ¿Que yo era una fácil, que Nicole no era suya? ¿Qué mierda te pasa?
Rose cruza los brazos, una sonrisa torcida en sus labios.
—¿Mentiras? Yo solo le dije la verdad, Tamara. Siempre has sido un desastre, corriendo con cualquiera, viviendo como si el mundo fuera tuyo. Michael merecía saber con quién estaba.
—¡Eres una maldita mentirosa!—grito, mi voz temblando de rabia—inventaste mensajes, fotos, historias para alejarlo. ¡Por tu culpa me dejó, por tu culpa perdí a Nicole! ¿Cómo pudiste hacerme eso? ¡Eres mi madre!
—¿Madre?—escupe, sus ojos brillando con veneno—No te mereces ese título de hija. Siempre fuiste una vergüenza, Tamara. Embarazada a los diecisiete, trayendo problemas a esta casa. ¿Crees que quería criar a tu hija? Lo hice porque no había nadie más, porque tú no podías.
Sus palabras son un puñetazo, cada una cortando más hondo.
—¡No tenías derecho!—grito, mis manos temblando, mis uñas clavándose en mis palmas—Nicole es mía, y me la quitaste. Le dijiste a Michael que no era suya, que yo era una cualquiera. ¡Todo para destruir lo poco que tenía!
Rose ríe, una risa cruel que me hiela.
—¿Y qué si lo hice? Alguien tenía que proteger a ese pobre hombre de ti. Pero ya que estamos en esto, ¿te dijo Michael toda la verdad?—Se acerca, su voz bajando a un susurro venenoso—Porque antes de que se fuera, él y yo… nos acostamos. Fuimos amantes, Tamara, incluso después de que huyó. ¿Crees que eras la única en su cama?
El mundo se detiene.
Sus palabras son un cuchillo que me atraviesa, y por un segundo, no puedo respirar.
—¿Qué?— susurro, mi voz rota, mis ojos llenos de lágrimas de rabia y traición—¿Tú… con Michael? ¿Mientras yo estaba destrozada, mientras cargaba con Nicole sola?
Rose se encoge de hombros, su sonrisa descarada.
—Él necesitaba consuelo, y yo se lo di. No es mi culpa que no supieras retenerlo.
La furia me ciega, y doy un paso hacia ella, mis puños apretados.
—¡Eres una víbora!— grito, mi voz resonando en el apartamento—¡Destruiste mi vida, y ahora tienes el descaro de jactarte! ¡No eres mi madre, eres un monstruo!
Me doy la vuelta, las lágrimas quemándome, y salgo corriendo, la puerta cerrándose con un estruendo. Bajo las escaleras, el aire frío golpeándome, mi corazón hecho pedazos.
Pienso en Nicole, en Bibian, en la vida que estoy intentando construir.
Rose no me va a detener.
No esta vez.
Continúa…
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