(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 6

Son las tres de la madrugada, y el Club me ha exprimido hasta la última gota de energía, pero de la buena, ¿sabes? Estoy en la acera, el aire fresco de la noche chocando contra mi piel sudorosa, haciendo que mi vestido se sienta como una caricia pegajosa.

Mis tacones están matándome, pero ¿quién necesita comodidad cuando tienes un cuerpo como el mío, moviéndose como si el mundo fuera mi pasarela?.

Estoy un poco borracha, lo admito, los martinis y esos shots que Carla insistió en pedir me tienen riendo sola mientras espero un taxi con mis chicas.

Sofía está a mi lado, todavía con ese brillo post-orgasmo en los ojos, apoyándose en mí como si yo fuera su ancla.

Carla y Daniela están discutiendo algo sobre quién bailó peor, y yo solo las miro, mi risa resonando en la calle vacía.

—¡Chicas, chicas! —grito, tambaleándome un poco, mi voz más alta de lo que debería—¿Vieron cómo dejé a ese tipo en el bar? ¡Pum! Le dije que soñaba con su novia, no con él. ¡Ja! Su cara fue un poema, como si le hubiera robado el alma—Me doblo de la risa, casi cayéndome, y Sofía me agarra, riendo también, su mano rozando mi cintura de una manera que me hace arquear una ceja.

—Támara, eres un demonio —balbucea Sofía, su voz trabada  por el alcohol, sus ojos brillando bajo las luces de la calle

—Ese pobre… pobre tipo no sabía con quién se metía. Pero, oye, esa chica… ¿viste cómo bailaba? Uf, tenías razón, es un bombón.

—¡Un bombón que no sabe lo que se pierde! —respondo, guiñando un ojo mientras me paso una mano por el cabello, desordenado pero sexy como el infierno—si me la cruzo otra vez, le enseño lo que es una noche de verdad. No como ese abuelo con traje que la tenía agarrada como si fuera su trofeo.

—Támara, tú… tú no tienes filtro, ¿verdad? ¡Por eso te amo! Pero, oye, ¿y si ese tipo te busca pleito? —Se ríe, pero hay un toque de preocupación en su voz.

—¿Pleito? ¿Conmigo? —Me pongo una mano en la cadera, posando como si estuviera en una sesión de fotos— Cariño, soy Támara Kaulitz, nadie me toca a menos que yo lo permita, y créeme, ese tipo no tiene el calibre.

Mis chicas estallan en risas, y yo me uno, mi risa un poco más alta de lo normal por el alcohol, mis tacones traicionándome cuando doy un paso y casi tropiezo.

—¡Malditos tacones, siempre queriendo robarme el show! —grito, y todas reímos más fuerte, como si fuéramos las únicas personas en el mundo.

El taxi llega, y nos amontonamos en el asiento trasero como si fuéramos adolescentes huyendo de una travesura.

Daniela se queda dormida casi de inmediato, roncando suavemente con la cabeza en el hombro de Carla, un ronquido que suena como un gatito con resfriado, lo que me hace soltar una carcajada.

Sofía está pegada a mí, su mano en mi muslo, sus dedos subiendo un poco más de lo que una amiga sobria se atrevería. No la aparto, porque, vamos, ¿quién soy yo para rechazar un poco de calor?

—Sof, nena, si sigues así, vamos a tener que repetir lo del baño en el taxi —susurro, mi voz un ronroneo juguetón, mis labios rozando su oreja.

—No me tientes, Támara… no me tientes —balbucea ella, sus ojos entrecerrados pero llenos de picardía—Eres… eres un peligro con piernas… y con ese culo.

—Y un culo que podría parar el tráfico —añado, riendo mientras le doy un pellizco juguetón en el brazo—Pero, shh, déjame disfrutar mi gloria. Soy la reina de esta noche, ¿o no? —Me inclino hacia ella, dejando que mi escote hagas su magia, y ella se sonroja, su mano apretando mi muslo como si quisiera aferrarse a algo real.

El taxista, un tipo mayor con cara de aburrido, nos lanza una mirada por el retrovisor.

—Oigan, reinas, menos escándalo, ¿sí? —dice, su voz seca como el desierto.

—Tranquilo, jefe, solo estamos celebrando la vida —respondo, lanzándole un beso por el espejo, mi sonrisa tan descarada que veo cómo se le escapa una risita.

Nadie resiste mi encanto, ni siquiera los taxistas gruñones.

—¡Sigue manejando, que nosotras seguimos reinando! —añado, y Sofía se dobla de la risa, casi cayéndose sobre mí.

Llegamos a mi edificio, un lugar algo destartalado pero con personalidad, como yo.

Me bajo del taxi, tambaleándome un poco, mis tacones traicionándome otra vez en la acera.

—¡Chicas, las amo! ¡Nos vemos pronto para más caos! —grito mientras el taxi se aleja, llevándose a mis amigas.

Sofía me lanza un beso volado desde la ventana, y yo le devuelvo uno, exagerado, como si fuera la estrella de una película subidita de tono.

—¡Sigue soñando conmigo, nena! —le grito, y su risa se pierde en la distancia.

Subo las escaleras a mi apartamento, tropezando un par de veces y riendo de mi propia torpeza.

—¡Malditos tacones, siempre queriendo robarme el protagonismo! —murmuro, quitándomelos en el pasillo y entrando descalza, mis pies agradeciendo el suelo fresco.

Mi apartamento es el mismo caos ,ropa interior de encaje tirada en una silla, velas apagadas que todavía huelen a vainilla, y mi cama deshecha gritando mi nombre.

Dejo caer mi bolso en el suelo, y el vestido se desliza por mi cuerpo como si estuviera ansioso por liberarme, cayendo en un charco escarlata a mis pies. Me quedo en mi lencería negra de encaje, el espejo reflejando una diosa con el cabello revuelto, los labios hinchados por los besos de Sofía, y una sonrisa que dice “mírame y arde”.

Me tiro en la cama, el alcohol haciendo que el mundo gire un poco, pero estoy demasiado eufórica para dormir.

Mi piel está en llamas, mi cuerpo todavía vibrando con el recuerdo del baño con Sofía, sus gemidos sumisos, mi control total. Y luego, esa chica del club, la del vestido negro, con ese aire de misterio que me tuvo fantaseando en la pista. No sé quién es, no tengo ni idea de que mañana la encontraré pero mi mente la reclama.

La imagino aquí, en mi cama, su moño deshecho, su piel pálida bajo mis manos, gimiendo mientras la llevo al límite. La veo de rodillas, suplicándome, o yo encima, mis caderas dictando el ritmo mientras ella se rinde.

El calor entre mis piernas es insoportable, y no pienso dejarlo pasar.

Me estiro hacia el cajón de mi mesita de noche, mi santuario de placeres. Saco uno de mis juguetitos favoritos: un vibrador negro, elegante pero potente, con una curva que sabe exactamente dónde golpear.

—Hola, pequeño, hora de trabajar —murmuro, riendo para mí misma, el alcohol haciendo que hagas chistes tontos hasta con mis propios juguetes.

Me quito la tanga de encaje, dejándola caer al suelo, y me recuesto, las sábanas frescas contra mi piel ardiente.

Enciendo el vibrador, el zumbido llenando el silencio, y lo deslizo por mi cuerpo, desde mi cuello hasta mis pechos, dejando que las vibraciones despierten cada nervio.

Mis dedos recorren mi piel, pellizcando mis pezones mientras imagino a esa chica del club, su mirada seria deshaciéndose en placer.

El vibrador baja, rozando mi clítoris, y gimo, mis caderas arqueándose instintivamente.

—Oh, sí… así… —susurro, mi voz ronca, perdida en la fantasía. Lo deslizo dentro, lento al principio, dejando que me llene, mientras mi otra mano juega con mi pecho, apretando, tirando, cada sensación amplificada por el alcohol.

Imagino a esa mujer, sus manos atadas con mi bufanda, su cuerpo temblando bajo el mío mientras la llevo al borde con mi lengua, mis dedos, mi juguete.

Cambio el ritmo, más rápido, más profundo, mis gemidos llenando la habitación, el placer construyéndose como una ola que no puedo detener.

—Vamos, nena, ríndete a mí —murmuro, como si ella estuviera aquí, mi mente pintándola en cada posición: de espaldas, sus piernas abiertas, yo controlando cada movimiento; o ella encima, sus caderas moviéndose mientras la guío con mi juguete.

El vibrador golpea ese punto perfecto, y mi cuerpo se tensa, un grito escapando de mis labios mientras el orgasmo me atraviesa, una explosión que me deja temblando, las sábanas enredadas entre mis piernas.

Respiro fuerte, riendo entre jadeos.

—Maldita sea, Támara, eres un espectáculo hasta sola —me digo, apagando el vibrador y dejándolo a un lado.

Me quedo en la cama, el alcohol llevándome al borde del sueño, pero con una sonrisa triunfante.

El sol se cuela por las cortinas raídas de mi apartamento, apuñalándome los ojos como si quisiera castigarme por la noche de anoche. Son las 11 de la mañana, o eso creo, porque mi cabeza aún zumba con los restos de los martinis y el eco de la música del Eclipse.

Estoy tirada en la cama, envuelta en una sábana que apenas cubre mi cuerpo desnudo, el cabello desparramado como un incendio descontrolado.

La resaca me tiene gruñendo, pero también hay un calor residual en mi piel, un recuerdo de cómo anoche me hice cargo de mi propia calentura con mi fiel vibrador negro. Sonrío, todavía saboreando ese momento, cuando un golpe insistente en la puerta me arranca de mi ensueño.

—¡Ya voy, maldita sea! —grito, molesta, mientras me levanto tambaleándome.

¿Quién diablos toca así a esta hora? Me pongo una bata de satén negro que apenas me cubre, atándola floja porque no tengo energía para más. Los golpes no paran, como si alguien quisiera derribar la puerta.

—¡Joder, qué paciencia! —murmuro, arrastrando los pies hasta la entrada, lista para soltarle una grosería fresca al idiota que interrumpe mi recuperación.

Abro la puerta de un tirón, y mi cara de mala leche se congela.

Ahí está mi madre, Rose con su permanente expresión de mártir, el cabello grisáceo recogido en un moño apretado que parece gritar “sufrimiento”.

Y a su lado mi Nicole o Niki como le digo de cariño , con sus ojos grandes y esa sonrisa tímida que siempre me ablanda, aunque ahora mismo estoy demasiado irritada para admitirlo.

—¡Mamá, qué demonios! ¿Qué haces aquí? —espeto, cruzando los brazos, la bata abriéndose un poco y dejando entrever el encaje de mi ropa interior.

No me importa; es mi casa, mis reglas.

Ella no pide permiso, nunca lo hace. Entra como si fuera la dueña, empujando la puerta y pasando a mi lado con un bufido.

—¡Támara, no empieces con tus groserías! —dice, su voz aguda cortando el aire como un cuchillo— ¿Es que no puedes abrir la puerta como persona normal? ¡Siempre con tus dramas!

—¿Mis dramas? —replico, cerrando la puerta con un golpe que hace temblar el marco—Tú eres la que entra como si esto fuera un maldito reality show! ¿Qué quieres? ¿Y por qué traes a Nicole sin avisar? —Mi voz sube, el enojo mezclándose con la resaca, y siento el calor subiéndome por el pecho. Estoy a punto de soltarle una lista de todo lo que me saca de quicio cuando Niki con su vocecita suave, interviene.

—¡Para, por favor! —dice, sus ojos brillando con lágrimas que me parten el alma—No peleen, Támara, te extraño mucho—Corre hacia mí y me abraza, sus bracitos apretándome la cintura.

Por un segundo, mi rabia se desvanece. Ella es lo único puro en este desastre de familia. En mi vida, y aunque no vivo con ella, siempre me derrite con su cariño.

—Ay, pequeña, yo también te extraño —murmuro, agachándome para devolverle el abrazo, mi bata resbalando un poco pero sin importarme. Le revuelvo el cabello castaño, tan diferente al mío, y sonrío—Oye, ¿por qué no vas a mi habitación? Tengo una consola ahí, juega un rato mientras hablo con mamá, ¿sí? —Le guiño un ojo, intentando mantener la calma por ella.

Nicole asiente, su carita iluminándose.

—¡Sí, quiero jugar! —Corre hacia mi habitación, sus zapatitos resonando en el suelo de madera.

La veo irse, y mi sonrisa se desvanece cuando vuelvo a mirar a Rose, que está parada en el centro de mi sala, con los brazos cruzados y esa mirada de “estoy decepcionada” que lleva perfeccionando desde que nací.

—¿Y ahora qué, mamá? —digo, apoyándome contra la pared, mi tono frío pero cargado de cansancio—déjame adivinar: viniste por dinero, como siempre. ¿O hay un nuevo sermón preparado?

Rose suspira, dramática, como si fuera la víctima de una telenovela.

—Támara, no todo es dinero. Aunque, sí, necesitamos ayuda. Las cosas están difíciles, y tú… tú con tu vida de fiestas y… —hace un gesto despectivo hacia mi bata, como si mi existencia entera fuera un insulto—Podrías pensar un poco más en tu familia….en Nicole ¿no? Siempre estás ocupada con tus… cosas.

Pongo los ojos en blanco, mi cara de desagrado tan obvia que podría verse desde el espacio.

—Oh, por favor, Rose no empieces con tu historia. —Imito su tono, burlona—“Pobre de mí, Támara es una egoísta, bla, bla, bla.” ¿Sabes qué? Estoy harta de tus discurso—Camino hacia mi bolso, tirado en el sofá desde anoche, y saco un fajo de billetes, propinas del club que guardo para emergencias… o para ella—Toma, aquí tienes tu maldito dinero. Pero no me vengas con cuentos de que no es por eso.

Ella toma el dinero con dedos rápidos, pero su expresión no se suaviza.

—No vine solo por esto, Támara. Quería hablar de… —empieza, su voz bajando como si fuera a soltarme otra de sus charlas sobre mi vida “desordenada”. Sé a dónde va: mi trabajo en el club, mis noches, mi forma de ser….el por que no veo a Nicole tan seguido……siempre lo mismo.

—No, mamá, para —la corto, levantando una mano, mi voz firme aunque la resaca me hace temblar un poco—No voy a escuchar tu sermón hoy. Ya te di lo que querías, ahora déjame en paz—Nos quedamos en silencio, el aire entre nosotras pesado, cargado de años de reproches no dichos.

Quiero gritarle, sacarlo todo, pero Niki está aquí, y por ella me contengo.

Entonces, un gritito desde mi habitación rompe el momento.

Ella sale corriendo, sosteniendo algo en la mano, su carita llena de curiosidad—

—¡Támara, mira lo que encontré! ¿Qué es esto? —Mi corazón se detiene cuando veo lo que tiene: mi vibrador negro, el mismo que usé anoche, brillando bajo la luz como una maldita evidencia criminal.

Rose y yo lo miramos al mismo tiempo, sus ojos abriéndose como platos, mi cara pasando de desagrado a puro pánico.

—¡Nicole, eso no es un juguete! —grito, corriendo hacia ella y arrancándoselo de las manos con una velocidad que no sabía que tenía, mi cara arde, y no es solo la resaca—¡Vuelve a la consola, ahora! —Mi voz es más aguda de lo que quiero, y ella, confundida, asiente y corre de vuelta a mi habitación, dejando un silencio aún más incómodo.

Mi madre me mira, su boca apretada en una línea de juicio puro.

—¿Eso es lo que haces, Támara? ¿Eso es lo que guardas en tu casa? —Su voz es un veneno lento, y yo siento la rabia burbujeando de nuevo.

—Oh, por favor, mamá, no seas santa ahora —espeto, metiendo el vibrador en un cajón con un movimiento rápido—Es mi casa, mi vida. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta —Señalo la salida, mi cuerpo temblando de frustración y un poco de vergüenza, aunque nunca lo admitiría.

Rose sacude la cabeza, el dinero aún en su mano.

—Eres imposible —murmura, pero no dice más. Llama a la pequeña, que sale con una sonrisa tímida, ajena al drama.

—Nos vamos, pequeña. Di adiós a tu hermana.

Nicole me abraza otra vez.

—Te quiero, Támara. Vuelve a visitarme pronto, ¿sí? —Su voz es tan dulce que casi me rompe.

—Claro, pequeña. Pronto —prometo, besando su frente.

Rose y ella se van, y yo cierro la puerta, apoyándome contra ella, mi cabeza palpitando. Río, porque si no río, me pongo a gritar.

—Qué maldita mañana —murmuro, caminando hacia la cocina para hacerme un café.

Esta noche trabajo en el club otra vez, y mañana tengo una cita con la morena de la despedida de soltera.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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