
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 7
El sol se cuela por la ventana, pinchándome los ojos como un recordatorio cruel de los martinis de anoche en el club. Son las 6:30 de la mañana, y apago el despertador con un manotazo torpe antes de que despierte a mi prometido.
Está despatarrado a mi lado, roncando como un oso en hibernación, su cuerpo cálido ocupando media cama. Mi mente da volteretas: la música ensordecedora, la cara de mala leche de Eduard tras su encontronazo con esa mujer y luego, en casa, esa pasión desenfrenada que nos tuvo jadeando hasta las tantas.
Mi cuerpo lleva las marcas: un dulce cosquilleo en los muslos, un calor que me hace morderme el labio.
No suelo desmelenarme así, pero el alcohol y el fuego de Eduard me desarmaron. Me levanto con cuidado, el cuarto dando un giro fugaz, y me pongo la bata, rumbo a la cocina con pasos vacilantes.
El aroma del café recién hecho me rescata del mareo, un bálsamo contra la resaca. Miro por la ventana: el cielo está teñido de rosa, sereno, como si ignorara el torbellino de anoche. Pienso en esa mujer que me chocó en el baño, su mirada desafiante grabada en mi cabeza, y en cómo Eduard contó su versión, dejándome con una mezcla de curiosidad y fastidio.
No tengo idea de quién es, pero su energía me inquieta.
Eduard aparece en la puerta, el pelo revuelto, en bóxers, con una sonrisa traviesa que me hace sonrojar.
Se acerca y me da un beso con sus manos en mi cintura.
—Buenos días, bombón —dice, su voz rasposa por el sueño y el whiskey— ¿Cómo estás después de… uf, ya sabes? —Me guiña un ojo, y siento el calor subiéndome a la cara. Maldita sea, siempre sabe cómo ponerme colorada.
—Oye, no empieces —murmuro, sirviéndole café mientras trato de disimular mi sonrisa—Anoche fue… una pasada, ¿no? Creo que los tragos nos ganaron—Me río, un poco nerviosa, y él se sienta en la barra, mirándome como si estuviera repasando cada detalle.
—Pasada es quedarse corto —dice, tomando un sorbo, sus ojos clavados en mí—¿Esa movida que hiciste encima? Joder, Bibian, casi me dejas en coma—Se ríe, y yo siento mi cara arder. Quiero esconderme, pero me río, tapándome la cara con una mano.
—¡Para, Eduard! —protesto, dándole un empujoncito en el hombro—No me hagas pensar en eso, que me da corte —Pero mi risa me delata, y él se inclina, besándome suave en los labios, un beso que despierta ecos de la noche.
—No te hagas la tímida, que te encantó —bromea, robándome un trozo de tostada— En serio, amor, deberíamos soltarnos así más a menudo. Estuviste… brutal.
—Ay, calla ya —digo, sonrojándome otra vez, pero sonriendo.
Desayunamos juntos…
Me cuenta una historia absurda sobre un compañero que tiró café en unos documentos importantes, y me río tanto que casi me atraganto.
—Tú y tus líos —le digo, limpiándome una lágrima de risa—Pero, oye, ni se te ocurra contar lo de anoche, ¿eh? Mi imagen de seria está en juego.
—Como crees eso!…tranquila, doctora, mis labios están sellados —responde, haciendo un gesto de cerrar un candado, pero su mirada pícara dice que no olvidará fácil.
Me preparo para el trabajo: un traje sastre azul oscuro, elegante pero cómodo, y el cabello en un moño limpio. Eduard está frente al espejo, peleando con su corbata como siempre.
—Deja te ayudo con eso
—le digo, dándole un beso rápido.
—Oye tu estás para parar corazones —responde, su mirada recorriéndome—Cuidado con tus pacientes, que se van a enamorar.
Me río, sacudiendo la cabeza, y salimos juntos a las 7:45.
Paso por el café de la esquina, donde el barista, un chico con piercings, me saluda con un “¡Doctora, siempre puntual!”.
Me río, pido un latte para llevar, y sigo, mis tacones resonando en las escaleras del edificio, un lugar modesto pero acogedor.
Enciendo la luz, preparo mis notas, el aroma a lavanda llenando el aire.
Hoy tengo tres citas con parejas felices, todas buscando mantener la chispa.
A las 9:00 llegan los Martínez, de 30, casados cinco años. Laura, diseñadora, risueña; Pablo, chef, relajado. Se sientan cogidos de la mano, radiantes.
—Hola, bienvenidos —saludo, sonriendo—¿Qué los trae hoy?
Laura ríe, dándole un codazo a Pablo.
—Queremos más… sazón, ¿sabes? Todo va genial, pero a veces caemos en la rutina.
Pablo asiente, pícaro.
—Sí, algo para darle un giro, salir del plan de siempre.
Exploramos su dinámica: sólida, pero con ganas de jugar. Para añadir un toque divertido y subido, sugiero: “Hagan una ‘caja de sorpresas’: cada semana, uno elige un deseo secreto y lo hace realidad, desde un masaje sensual hasta algo más… atrevido.” Laura suelta una carcajada.
—¡Una caja! ¿Puedo pedirte de chef en ropa interior?
Pablo finge escándalo
—¡Ropa interior! ¿Y si me quemo con la salsa? —Reímos, y se van con un plan para avivar su fuego.
En el descanso, bebo agua, anoto reflexiones. Pienso en Eduard, en cómo anoche me hizo perder el control, y me sonrojo sola, sacudiendo la cabeza. A las 10:30 llegan los Gómez, de 35, juntos hace diez años. Sofía, publicista, vibrante; Diego, fotógrafo, bromista.
Se sientan cerca, manos entrelazadas.
—Hola otra vez —saludo— ¿Qué quieren explorar hoy?
Sofía sonríe.
—Todo está perfecto, pero queremos más chispa, algo que nos saque de lo mismo.
Diego guiña un ojo.
—Sí, algo para reírnos y… calentar el ambiente.
Hablamos de su conexión, fuerte y juguetona. Sugiero un ejercicio subido: “Armen una ‘lista de deseos’ con tres categorías: suave, intenso, y salvaje. Elijan uno por noche.
—¡Salvaje! ¿Puedo pedirte de modelo, Diego? —Él se ríe.
—¡Modelo! Pero nada de ponerme plumas, ¿eh?
La sala se llena de risas, y se van con ideas para su próxima cita.
Almuerzo sola: una ensalada casera.
La tarde trae a los Gonzalez, de 60, casados hace 35 años, un dúo encantador con un brillo juvenil. Carmen, jubilada, risueña; Manuel, exprofesor, con un humor travieso.
Se sientan pegados, como adolescentes.
—Bienvenidos —saludo, divertida por su energía.
—Bibian, estamos felices, pero queremos mantener el fuego, no somos tan viejos!
—Claro, pero a veces el cuerpo no acompaña… aunque el alma sí.
Exploramos su vínculo, lleno de amor y humor. Para meter un toque subido y cómico, sugiero: “Hagan una ‘noche de baile’ en casa, con música suave y algo de lencería divertida. Si quieren reír, prueben disfraces.”
Carmen se dobla de risa.
—¡Lencería! ¿Me pongo de diva de los 50?
Manuel finge horror.
—¡Y yo de galán de tango! Pero cuidado, que no se me salga la cadera.
Se van planeando su “velada estelar”.
Como siempre a las 4:00, termino mi día y paso por el supermercado de la esquina para comprar cosas para la casa, ya que la nevera está en las últimas.
Entro y el aire acondicionado dándome un escalofrío, y agarro un carrito, mis tacones resonando en el suelo brillante.
En el pasillo de los vegetales, elijo lechugas frescas, palpando las hojas para asegurarme de que estén crujientes, y tomo unos tomates jugosos, apretándolos suavemente para confirmar su firmeza. —Perfectos para una ensalada —murmuro, imaginando a Eduard devorándola.
En el pasillo de las carnes, me detengo ante los cortes de pollo, dudando entre pechugas y muslos. Opto por muslos, pensando en un guiso con hierbas que me encanta.
Una señora mayor me mira y dice:
—Buena elección, querida, los muslos tienen más sabor—Sonrío, divertida, y sigo.
En los lácteos, agarro queso parmesano y un litro de leche.
Paso por los yogures y tomo uno de fresa, mi pequeño vicio.
En el pasillo de las especias, busco orégano y albahaca, oliendo los frascos para asegurarme de que sean potentes. —Nada de cosas flojas —me digo, añadiendo pimienta negra al carrito.
En productos de limpieza, tomo un detergente con aroma a lavanda, que me recuerda mi oficina, y unas esponjas nuevas. De camino a las cajas, paso por los snacks y echo un paquete de palomitas. —Para una noche de pelis con mi prometido o alguna de mis amigas.
La cajera, una chica joven con auriculares colgando, escanea todo rápido.
—Buena compra, ¿eh? —dice, y asiento, pagando con tarjeta.
Llego a casa con las bolsas, los brazos cargados, y al abrir la puerta, me congelo.
Mi madre, Clara, está en la sala, sentada en el sofá, platicando con Eduard como si nada.
Mi estómago da un vuelco.
La última vez que hablamos por teléfono, terminamos gritándonos; ella con sus sermones sobre mi “vida moderna” y yo cortándole porque no soporto sus críticas.
¿Qué hace aquí?
Eduard me ve y sonríe, pero hay un brillo nervioso en sus ojos.
—Bibian, ¡sorpresa! —dice, levantándose—Tu mamá pasó a visitarnos.
Ella se gira, su expresión una mezcla de alivio y reproche.
—Bibian, hija, no me avisaste que estabas tan ocupada—Su tono es suave, pero lleva ese filo que me pone los nervios de punta.
—¿Ocupada? —respondo, dejando las bolsas en la mesa, mi voz tensa— Mamá, ¿qué haces aquí? La última vez no acabó bien, ¿recuerdas? —Siento el calor subiendo por mi cuello, la resaca y la sorpresa no ayudando.
Ella suspira, dramática.
—No vine a pelear. Solo quería verte, saber cómo estás. Eduard me abrió la puerta, y hemos estado charlando.
Eduard interviene, tratando de aligerar el ambiente.
—Sí, me estaba contando de cuando eras niña y te comiste un pastel entero—Sonríe, pero yo no estoy para risas.
—Mamá, podías haber llamado —digo, cruzando los brazos—No me gusta que aparezcas así—La tensión crece, pero me contengo, no queriendo armar un drama frente a Eduard.
Preparo una cena rápida con lo que compré: pasta con salsa de tomate y albahaca, una ensalada fresca, y un poco de queso parmesano rallado.
Nos sentamos los tres a la mesa, el silencio cayendo como una losa.
El único sonido es el tintineo de los tenedores contra los platos y el ocasional sorbo de agua.
Clara está sentada erguida, cortando su pasta con una precisión quirúrgica, mientras Eduard come con calma, ajeno a la tensión que me tiene al borde.
Miro mi plato, tratando de ignorar la presencia de mi madre, pero el aire se siente espeso, como si estuviera esperando a que alguien lo rompa.
De pronto, Eduard carraspea, rompiendo el silencio.
—Oye, Clara, ¿te ha contado Bibian lo de la boda? —dice, con una sonrisa entusiasta, claramente intentando aligerar el ambiente.
Mi cabeza se dispara hacia él, los ojos entrecerrados, lanzándole una mirada que grita “para, por favor”. Pero Eduard, bendito sea, no capta la indirecta y sigue, animado
—Estamos planeando algo especial, ¿sabes? Algo íntimo, pero con un toque único.
Ella levanta la vista, sus cejas arqueándose con un interés que me pone en alerta.
—¿Intimo? —dice, su tono dulzón pero cargado de curiosidad— Qué maravilla, Eduard. Cuéntame, ¿cómo lo están organizando?—Se inclina ligeramente hacia él, como si yo no estuviera en la mesa, y yo aprieto el tenedor con más fuerza de la necesaria.
Eduard, sin notar mi incomodidad, se lanza.
—Bueno, queremos una ceremonia al aire libre, en un jardincito con luces colgadas, algo sencillo pero elegante. Y luego una recepción con buena música, tal vez un cuarteto en vivo, ¿sabes? Para darle un toque sofisticado—Se emociona, gesticulando con las manos, y Clara asiente, sonriendo como si estuviera viendo una película romántica.
—¡Qué idea tan encantadora! —dice ella, su voz empalagosa—Un cuarteto, luces… muy de buen gusto, Eduard. Eso sí es una boda como debe ser.
Me lanza una mirada fugaz, y yo sé que viene algo más, pero me mantengo callada, pinchando un tomate con demasiada fuerza.
—Y luego —sigue Eduard, ajeno al hielo que se forma en mi pecho— pensamos en una mesa de postres variada, con pastelitos pequeños en lugar de un pastel grande. Moderno, ¿no? —Mira a Clara, buscando su aprobación, y ella asiente vigorosamente.
—Excelente. Muy original. Eso es pensar en los detalles —responde, y yo miro de reojo a Eduard, deseando que capte mi señal de “basta”.
Pero no, él sigue, feliz como niño con juguete nuevo.
—Aunque Bibian tiene sus propias ideas, claro —dice, dándome una sonrisa que normalmente me derrite, pero ahora solo me tensa más— Ella quiere algunas cosas más… personales.
Me mira, esperando que me una, pero yo solo aprieto los labios, sabiendo lo que viene.
Mi madre se gira hacia mí, su sonrisa desvaneciéndose en una mueca de curiosidad fingida.
—¿Y tú qué quieres, Bibian? —pregunta, su tono tan dulce que podría empalagar a cualquiera— Cuéntame, ¿qué ideas tienes para esta… boda?
Respiro hondo, tratando de mantener la calma.
—Bueno, quiero algo más sencillo aún —digo, midiendo mis palabras—Nada de cuarteto, quizás solo un guitarrista acústico. Y en lugar de una recepción grande, prefiero una cena íntima, solo con los más cercanos—Miro mi plato, evitando sus ojos, pero siento su mirada perforándome.
Ella hace un ruidito, una especie de “hm” que destila juicio.
—Oh, ¿una cena íntima? —dice, su voz cargada de un sarcasmo sutil— Qué… minimalista. Supongo que es tu estilo, Bibian, siempre tan práctica. Pero, ¿no crees que una boda merece algo más… memorable? —Su sonrisa es tensa, y yo siento un nudo en el estómago.
—Mamá, no todo el mundo quiere un espectáculo —respondo, mi tono más seco de lo que pretendo—Quiero algo que nos represente, no un circo.
Ella suelta una risita, pasivo-agresiva, y corta un pedazo de pasta con exagerada delicadeza.
—Claro, claro, tú siempre con tus ideas modernas. Pero una boda es una tradición, hija. No es solo para ustedes, es para la familia. ¿No te parece un poco… egoísta, hacerla tan pequeña? —Sus palabras pican, y yo aprieto los dientes, mirando de reojo a Eduard, que por fin parece notar la tensión.
—Eh, bueno, todavía estamos decidiendo —dice él, tratando de suavizar las cosas, pero Clara no suelta el hueso.
—Oh, Eduard, tus ideas suenan perfectas —dice, ignorándome de nuevo—Un jardín, luces, un cuarteto… eso es una boda de verdad. No algo tan… austero como lo que propone Bibian. —Su tono gotea desdén, y yo siento la sangre hervirme.
—Mamá, si no te gusta, no tienes que venir —suelto, mi voz fría, el tenedor temblando en mi mano.
Clara se queda callada, su rostro endureciéndose, y Eduard me mira, finalmente captando que metió la pata.
El silencio vuelve, más pesado que antes. Terminamos la cena sin más palabras, los platos vacíos reflejando la incomodidad. Clara se va poco después, con un “hasta pronto” que suena más a amenaza que a despedida.
Eduard me abraza cuando la puerta se cierra.
—Lo siento, amor—murmura.
—No pasa nada —miento, suspirando—solo… dejémoslo por hoy.
Nos acurrucamos en el sofá, viendo una serie, pero mi mente sigue atrapada en las palabras de mi madre, sus reproches resonando como un eco que no se desvanece.
Continúa…
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