
(Fic Femslash de Beth)
Capítulo 8
Es mi día libre, un raro respiro del torbellino de mi consultorio, y Eduard y yo decidimos aprovecharlo para avanzar con los planes de la boda.
Después de la cena tensa de anoche con mi madre, Clara, y sus comentarios punzantes, necesito algo que me devuelva el ánimo.
Nos levantamos tarde, pasadas las 9:00, y desayunamos café con croissants en la cocina, la luz del sol filtrándose por la ventana.
Eduard está de buen humor, bromeando sobre cómo mi café es mejor que el del juzgado, y yo sonrío, tratando de dejar atrás el mal sabor de la visita de mi madre.
—Oye, amor, ¿qué tal si hoy vemos lo del lugar para la boda? —sugiero, untando mermelada en mi croissant—Quiero algo que sea nuestro, no un espectáculo para los demás. Algo como… un viñedo pequeño, con mesas de madera y flores silvestres.
Eduard asiente, sus ojos brillando.
—Me gusta. Un viñedo suena perfecto. Sencillo, pero con clase. Y con buen vino, claro—Me guiña un ojo, y yo me río, sintiendo un calor que alivia la tensión de ayer.
Decidimos visitar un viñedo a las afueras de la ciudad, uno que vimos en una página web con fotos de colinas verdes y luces colgantes.
Llegamos al mediodía, el aire fresco oliendo a uvas y tierra húmeda.
El lugar es tal como lo imaginé: un campo abierto con mesas rústicas bajo un toldo de madera, rodeado de vides.
Una mujer nos recibe en la entrada, alta, con el cabello castaño ondulado y un vestido ajustado que parece gritar “mírame”.
Se presenta como Valeria, la encargada de eventos, y su sonrisa es tan brillante que casi me ciega.
—Eduard, ¿eres tú? —dice Valeria, sus ojos abriéndose con una mezcla de sorpresa y algo más… íntimo….se acerca a él, ignorándome por un segundo, y le da un abrazo que dura un instante de más—¡Cuánto tiempo! No sabía que estabas comprometido.
Su tono es cálido, pero hay un dejo coqueto que me pone en alerta.
Eduard se tensa, devolviéndole un abrazo rápido y formal.
—Sí, Valeria, ha pasado un tiempo. Esta es Bibian, mi prometida—Me señala, y yo sonrío, aunque noto la chispa en los ojos de Valeria, como si compartieran un secreto.
No sé qué pasa aquí, pero algo no encaja.
—Un placer, Bibian —dice Valeria, extendiéndome la mano con una sonrisa que no llega a sus ojos— Vamos a hacer que tu boda sea…. inolvidable—Su atención vuelve a Eduard, y mientras nos guía por el viñedo, no para de hablarle directamente a él, riendo demasiado fuerte por sus comentarios, tocándole el brazo al señalar las mesas o el espacio para la ceremonia.
—Eduard, te acuerdas de aquella vez que… bueno, mejor no contarlo—dice con una risita, y yo arqueo una ceja, pero mantengo la compostura, enfocándome en las ideas para la boda.
El esquiva sus coqueteos con maestría, manteniendo la conversación en el terreno profesional.
—Valeria, ¿qué opciones hay para la decoración? Bibian quiere algo natural, sin tanto alboroto —dice, mirándome con una sonrisa que me tranquiliza, aunque no del todo.
Valeria asiente, pero su mirada sigue posándose en él, y yo noto cada gesto: la forma en que se inclina un poco más de lo necesario al mostrarle una carpeta de diseños, o cómo su risa suena más como una invitación que como una cortesía.
A pesar de eso, ella es buena en su trabajo. Nos sugiere un montaje con mesas largas de madera, guirnaldas de flores silvestres, y un rincón para fotos con barriles de vino como fondo.
Me encanta la idea, y aunque su coqueteo con Eduard me molesta, decido ignorarlo.
Esta es mi boda, mi día, y no voy a dejar que una desconocida me saque de quicio.
—Esto es justo lo que quiero —le digo, tomando notas en mi libreta— Sencillo, pero con alma. ¿Podemos reservar para dentro de seis meses?
—Claro, Bibian —responde Valeria, aunque sus ojos se desvían a Eduard—haré que todo sea perfecto para ustedes.
El énfasis en “ustedes” suena forzado, y yo aprieto los labios, pero no digo nada. Eduard se mantiene firme, hablando solo de logística y precios, desviando cada intento de Valeria de ponerse nostálgica.
Regresamos a casa por la tarde, el sol ya bajo, y me siento en el sofá con un suspiro, Eduard se ofrece a preparar café, y yo saco mi agenda, decidida a aligerar mi carga de trabajo.
Ser terapeuta es gratificante, pero las citas se acumulan, y necesito ayuda para organizarlas.
Empiezo a hacer llamadas a posibles candidatas para una asistente administrativa, alguien que gestione mi agenda y coordine con los pacientes.
La primera llamada es un desastre: la mujer suena desinteresada, como si estuviera viendo televisión mientras hablamos.
—Ajá, sí, citas, entiendo —dice, y cuelgo tras un minuto.
La segunda no contesta, y la tercera me da un discurso sobre su “pasión por la organización” que suena más a guion de entrevista que a sinceridad.
Estoy a punto de rendirme cuando la cuarta candidata, una tal Daniela, contesta con una voz clara y profesional.
—Hola, soy Daniela Torres. Vi su anuncio para asistente. ¿Aún está disponible? —pregunta, y su tono me da buena espina.
—Sí, sigue abierto —respondo, anotando su nombre—Necesito alguien que organice citas, maneje correos y sea discreta. ¿Tienes experiencia?
—Claro, trabajé dos años como asistente en una clínica. Soy un as con las agendas —dice, con un toque de humor que me gusta—¿Podemos vernos para hablarlo?
—Perfecto. ¿Mañana a las 10:00 en mi consultorio? —propongo, y ella acepta sin dudar.
Cuelgo con una sonrisa, sintiendo un pequeño alivio.
Al menos algo sale bien hoy.
Eduard me trae el café y se sienta a mi lado.
—¿Todo bien, amor? —pregunta, y yo asiento, aunque mi mente sigue dando vueltas a Valeria, su coqueteo descarado, y esa familiaridad con el que no me explicó.
No digo nada; hoy me concentro en la boda, en nuestro viñedo, en lo que construiremos juntos.
Pero una parte de mí no puede evitar preguntarse qué historia hay detrás de esa sonrisa suya y los ojos de Valeria.
Al día siguiente…
Es viernes, y el sol entra tímido por las cortinas de mi consultorio, un contraste con el torbellino de emociones que traigo desde ayer.
La visita al viñedo con Eduard fue perfecta, salvo por el coqueteo descarado de esa mujer que claramente tiene una historia con él.
No dije nada, enfocada en los planes de la boda, pero su risa y sus toques en el brazo de Eduard aún me rondan.
Sacudo la cabeza, decidida a concentrarme en el día.
Hoy tengo una entrevista con Daniela Torres, la candidata que sonó prometedora por teléfono para ayudarme con la organización de citas con mis pacientes. .
Mi agenda está a reventar, y necesito a alguien confiable para aligerar la carga.
Llego al consultorio a las 9:30, el aroma a lavanda llenando el aire mientras preparo el espacio.
La oficina está impecable: el sofá mullido, las plantas verdes, la mesa con pañuelos lista para cualquier emergencia emocional.
Me siento en mi silla, reviso mis notas, y coloco un cuaderno nuevo para la entrevista. Quiero a alguien organizado, discreto, y con chispa, alguien que entienda la sensibilidad de mi trabajo como terapeuta sexual sin juzgar. Ayer, las otras candidatas fueron un desastre: una parecía estar viendo televisión, otra no contestó, y la tercera sonó como si hubiera memorizado un guion de LinkedIn. Daniela, con su voz clara y toque de humor, me dio buena espina.
Espero no equivocarme.
A las 10:00 en punto, tocan la puerta.
—Adelante —digo, ajustando mi blusa blanca para verme muy profesional pero no intimidante.
Entra una mujer joven, de unos 24 años, con el cabello rubio en una coleta alta, jeans ajustados y una camisa blanca que le da un aire fresco pero profesional. Sus ojos azules brillan con una mezcla de nervios y confianza, y su sonrisa es genuina.
—Hola, soy Daniela Torres —dice, extendiendo la mano con firmeza— Un placer, doctora Wieger.
—Bibian, por favor —respondo, estrechando su mano y señalando el sofá—Siéntate, Daniela. Gracias por venir tan puntual—Me siento frente a ella, cruzando las piernas, y abro mi cuaderno—Cuéntame un poco de ti. ¿Qué experiencia traes que pueda encajar con este puesto?
Ella se acomoda, su postura relajada pero atenta.
—Bueno, trabajé dos años como asistente en una clínica de psicología, manejando agendas, correos, y coordinando citas. Sé lo importante que es la discreción, sobre todo en un lugar como este—Sonríe, con un guiño sutil que me hace reír— También soy un as con los calendarios digitales y tengo buena mano para calmar a pacientes nerviosos. Una vez convencí a una señora de que no se acabaría el mundo si su cita se movía media hora—Su tono es ligero, pero profesional, y me gusta su energía.
—Suena bien —digo, anotando—Este trabajo requiere manejar muchas citas, algunas de última hora, y lidiar con parejas que pueden ser… intensas. ¿Cómo manejas el estrés o situaciones incómodas?
Ella se ríe, un sonido cálido.
—Soy de las que respiran hondo y priorizan. En la clínica, una vez tuve que calmar a una pareja que discutía en la sala de espera porque uno olvidó el aniversario. Hice que se sentaran, les di agua, y los distraje con una charla sobre su serie favorita hasta que llegó su turno—Se encoge de hombros—Creo que se trata de escuchar y desviar el drama sin meterse demasiado.
Asiento, impresionada. Su enfoque es práctico, justo lo que necesito
—Perfecto. Aquí trabajarías con mi agenda, coordinarías con pacientes por teléfono y correo, y a veces recibirías a las parejas. La discreción es clave, porque, bueno, mi especialidad es terapia sexual—Hago una pausa, observando su reacción, pero ella solo asiente, sin inmutarse.
—No hay problema. He lidiado con temas delicados antes. Todo queda en la oficina —dice, con una seriedad que me da confianza.
Pasamos a los detalles: horarios, salario, software que usaría. Daniela responde con claridad, incluso hace preguntas sobre el sistema de citas que uso, mostrando iniciativa.
Terminamos la entrevista, y me levanto.
—Daniela me parece que encajas bien. ¿Puedes empezar el lunes? Quiero probar una semana para ver cómo fluye.
—¡Genial! —responde, su entusiasmo genuino—aquí estaré, Bibian. Gracias por la oportunidad —Se despide con un apretón de manos firme, y cuando cierra la puerta, me quedo mirando mi cuaderno, el nombre de Daniela Torres subrayado.
Es perfecta para el puesto.
Tengo tantas cosas que hacer…
Tengo una boda que planear y un negocio que mantener.
Lo demás como la actitud de mi mamá y puede esperar.
Hoy mi agenda está inusualmente ligera, con solo un par de citas canceladas de última hora.
Por una vez, tengo tiempo para respirar en el consultorio, algo que no sucede a menudo.
Decido aprovechar el día para ponerme al día con tareas que siempre dejo de lado cuando las citas con pacientes me consumen.
Me levanto de mi silla y camino por la oficina, el aroma a lavanda calmándome mientras organizo el espacio.
Empiezo por las plantas: un ficus en la esquina y una pothos que trepa por la estantería. Saco una regadera pequeña de un cajón y riego con cuidado, asegurándome de no empapar las hojas.
—Vamos, pequeñas, sigan creciendo —murmuro, sonriendo al notar un brote nuevo en el pothos.
Es un ritual simple, pero me conecta con algo vivo, algo que no necesita que analice sus emociones.
Luego, me dirijo a mi escritorio, que está al borde del caos con notas adhesivas y hojas sueltas. Me siento y empiezo a organizar mis archivos de pacientes, actualizando notas en mi computadora. Cada pareja tiene su carpeta digital: los Martínez con su caja de sorpresas, los Gómez con su lista de deseos, los Gonzales y su noche de baile. Releo mis apuntes, añadiendo observaciones sobre sus progresos y ajustando sugerencias para las próximas sesiones.
Es tedioso, pero necesario; mantener los detalles claros me ayuda a darles un seguimiento preciso.
Mientras escribo, pienso en lo gratificante que es ver a estas parejas felices esforzándose por mantener la chispa, aunque hoy mi mente está más enredada en Eduard y sus conexiones inesperadas.
Termino con los archivos y paso a revisar mi correo electrónico, respondiendo a consultas de pacientes potenciales.
Una pareja pregunta por sesiones para “explorar nuevas dinámicas”; les envío una respuesta estándar, invitándolos a una consulta inicial.
Otro correo es de un colega que me invita a un taller sobre terapia de pareja en línea. Lo marco como pendiente; aprender nunca está de más, aunque mi agenda ya es un rompecabezas.
Entre respuesta y respuesta, me permito un momento para tomar un sorbo de mi latte, que ya está tibio, y miro por la ventana.
La ciudad bulle afuera, pero mi oficina es un oasis de calma, algo que rara vez disfruto.
Decido estirar las piernas y limpio el sofá, sacudiendo los cojines y comprobando que no haya manchas. Una vez, una pareja dejó una mancha de café que me tomó una semana quitar; ahora soy paranoica con eso.
Luego, reorganizo la mesa con pañuelos, asegurándome de que el paquete esté lleno. Es un detalle pequeño, pero los pacientes lo agradecen cuando las sesiones se tornan emocionales. Mientras doblo un pañuelo, mi mente divaga hacia la boda. El viñedo que visitamos ayer es perfecto: mesas de madera, flores silvestres, un ambiente que grita “nosotros”.
Pero la sombra de la duda sigue ahí, enredada en mi pecho. Eduard es un amor, pero algo no encaja, y no sé si quiero descubrir qué es.
Para distraerme, saco un cuaderno de bocetos que guardo en un cajón. No soy artista, pero a veces dibujo ideas para las sesiones: diagramas de ejercicios de comunicación o mapas de deseos para parejas.
Hoy, garabateo una idea para los Gonzales, esa pareja mayor tan encantadora: una “carta de amor sorpresa” que cada uno escribiría al otro, con un toque subido para mantener el humor. Sonrío, imaginando a Manuel intentando escribir algo romántico sin tropezar con sus propias bromas de galán de tango.
El reloj marca las 2:00 de la tarde, y mi estómago gruñe.
Saco una manzana de mi bolso, un resto de las compras de ayer, y la muerdo mientras reviso un libro de terapia en mi estantería.
Hojeo un capítulo sobre “reconexión emocional en relaciones a largo plazo”, subrayando ideas que podrían servir para mis pacientes. Es curioso: ayudo a otros a desenredar sus vidas amorosas, pero la mía está empezando a sentirse como un nudo.
Me sacudo el pensamiento y sigo leyendo, tomando notas hasta que el sol empieza a bajar.
A las 4:00, decido cerrar el consultorio.
No hay más citas, y el silencio, aunque productivo, me está poniendo demasiado introspectiva.
Guardo mis cosas, apago la luz, y salgo, el aire fresco de la ciudad golpeándome suavemente.
Camino a casa, pensando en Eduard, en la boda, en las tareas que Daniela empezará a manejar el lunes. Por ahora, quiero una tarde tranquila, tal vez una cena con mi prometido para hablar de las mesas de madera y las luces colgantes, algo que me ancle a lo que estamos construyendo.
Pero en el fondo, una vocecita sigue susurrando, preguntándome si hay algo que no estoy viendo.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin dejar un comentario 😉