
Fic TOLL de Beth
Capítulo 11
Al día siguiente, 2:28 p.m
Abro la puerta sin mirar a Georg.
Los gemelos entran disparados como dos cohetes.
—¡Mami! ¡Mami! —gritan al unísono, mochilas volando al suelo y brazos abiertos.
Los recibo con un abrazo doble, los aprieto fuerte y los lleno de besos en la coronilla.
Georg se queda en el umbral, con las manos en los bolsillos, la cara cansada y los ojos rojos.
Yo ni lo miro.
Cierro la puerta despacio, sin ruido, pero con la firmeza de un portazo silencioso.
En la cocina ya está todo listo:
espagueti con albóndigas ,su favorito, ensartado en tenedor como “planetas”, ensalada de frutas en forma de carita sonriente y, de postre, brownies con helado de vainilla que hice anoche mientras intentaba no pensar.
Nos sentamos los tres a la mesa redonda.
Yo en medio, ellos a cada lado, como siempre.
Ariadne empieza sin respirar:
—Mami, hoy en ciencias vimos el ciclo del agua y la maestra dijo que cuando llueve es porque las nubes están tristes y lloran. ¡Pero yo le expliqué que en realidad es evaporación, condensación y precipitación! ¡Y me puso carita de “wow”!
Andrew, con la boca llena de brownie, levanta la mano como en clase:
—Y en matemáticas hicimos fracciones con pizzas de papel. Yo le dije a Diego que si cortas una pizza en ocho y te comes cinco octavos, te queda tres octavos, pero él dijo que era imposible porque la pizza se acabaría. ¡Tuve que dibujarle el círculo entero para que entendiera!
Me río, les revuelvo el pelo.
—¿Y alguien más entendió gracias a ti, genio?
—Todos —dice él, inflando el pecho— La maestra dijo que soy “el explicador oficial de fracciones”.
Ariadne no se queda atrás:
—Y en inglés cantamos “Head, shoulders, knees and toes”, pero yo agregué “eyes and ears and mouth and nose” más rápido que todos y la miss Emma me puso una estrella dorada. ¡Mira! —me enseña la mano, donde lleva pegada la estrella con cinta adhesiva desde la mañana.
Les sirvo más helado.
Andrew me mira muy serio de repente.
—Mami… ¿por qué papi hoy no entró? Siempre entra a saludar.
Ariadne asiente, con la cucharita en la boca.
—Sí, parecía triste. ¿Se pelearon otra vez?
Respiro hondo, sonrío con calma y les acaricio las mejillas.
—Papi y mami solo estamos organizando cosas de adultos, mis amores. Pero él los ama muchísimo y yo también. Y ahora somos un equipo de tres invencibles, ¿recuerdan?
—¡Invencibles! —gritan los dos, chocando sus cucharas como espadas.
Terminamos el postre entre risas, migas de brownie en las mejillas y promesas de ver una película de dinosaurios después de la tarea.
Y mientras los veo pelearse por quién lava y quién seca los platos (siempre terminan los dos enjuagando), pienso que sí:
Que Georg toque el timbre y se vaya con el corazón en la mano es problema suyo.
Yo ya tengo todo lo que necesito aquí, dentro de estas cuatro paredes:
dos personitas que me llaman “mami” y que hacen que el mundo vuelva a tener sentido.
Y eso nadie me lo quita.
Nunca más.
Se hizo de noche.
Los gemelos cayeron rendidos después de la película, la tarea y la guerra de cosquillas.
Los arropé, les di sus besos de buenas noches y cerré sus puertas con ese silencio dulce que solo dejan los niños dormidos.
Me metí al baño.
Ducha larga, agua casi hirviendo, vapor que empañando todo.
Me quedé ahí hasta que la piel se me puso roja, como si pudiera lavar el día entero.
Salí, me envolví en la toalla, me sequé el pelo con calma, me puse el pijama de algodón gris que tanto me gusta: short y camiseta holgada.
El teléfono vibra sobre la cama.
Número desconocido.
Contesto con voz cansada.
—¿Sí?—silencio absoluto al otro lado, frunzo el ceño—Mira, quien seas, tengo sueño y cero paciencia. Voy a colgar.
—No… espera.
La voz es joven, grave, un poco nerviosa.
—¿Quién habla?
—Soy Tom… Tom Kaulitz.
Me quedo helada un segundo.
Después sonrío en la oscuridad del cuarto, lenta, peligrosa.
—¿Y quién te dio mi número personal, Tom Kaulitz?
—Lo conseguí… por ahí —responde, sin dar detalles—Quería darte las gracias por lo de ayer. Por lo que le dijiste a mi mamá. Nadie nunca la había parado en seco así. Te lo quería decir en el aula, pero la directora me contó que no vendrás esta semana y… bueno, no quería que quería que pasara sin decírtelo.
Silencio mío.
Analizo.
Pienso en Nick, en su cara pálida, en la forma en que me miró como si hubiera visto un fantasma.
Pienso en la venganza lenta, dulce, perfecta que puede empezar justo aquí.
Sonrío para mis adentros.
Bajo la voz, la hago más ronca, más íntima.
—¿Sabes cuál es la mejor forma de agradecerme, Tom?
—¿Cuál? —pregunta, y ya noto el cambio en su respiración.
—Estudiando, aprendiendo… de todo.
Silencio al otro lado.
Después, su voz más baja, más segura:
—¿Y si no aprendo algo… qué pasa, profesora?
Me muerdo el labio, la sonrisa se me vuelve felina.
—Entonces yo misma te enseñaré…
de todo…se queda sin aire un segundo…..lo escucho perfectamente.
—Entendido —susurra al fin.
—Buenas noches, Tom.
Cuelgo sin esperar respuesta.
Dejo el teléfono en la mesita, me meto en la cama y me abrazo a la almohada.
Por primera vez en muchos días, duermo con una sonrisa.
El juego cambió de tablero.
Y ahora sí,
yo muevo las piezas.
&
La semana de descanso fue exactamente lo que necesitaba.
Los gemelos me la llenaron de vida:
desayunos con caras de hotcakes, tardes de Lego y películas, noches leyendo “El principito” hasta quedarnos dormidos los tres en mi cama.
Cada abrazo de Ariadne, cada “mami, eres la mejor científica del mundo” de Andrew, me iba soldando las grietas del alma.
Con ellos cerca, el dolor se volvía soportable.
&
El lunes por la mañana, cuando ya me sentía casi humana otra vez, me llega el mensaje del colegio:
«CLASES SUSPENDIDAS POR REUNIÓN EXTRAORDINARIA DE MAESTROS».
Georg, obviamente, está metido hasta el cuello en esa reunión ,él es uno de los profesores afectados, así que no puede quedarse con los niños.
Llamo a Elena a las 7:15.
—Elena, tengo un problema: clases canceladas en el colegio de los gemelos y su papá está en la reunión. ¿Puedo llevarlos hoy a la universidad? Prometo que estarán como angelitos.
—Tráelos sin miedo, Billie. Hay sala de profesores con sillones, Wi-Fi y yo misma les presto mis marcadores de colores. Solo que estén tranquilos para no tener accidentes, ¿vale?
—Mil gracias. Te debo una.
A las 7:45 ya estamos los tres en la camioneta.
Los gemelos van atrás, mochilitas pequeñas con libros, colores y su tablet “solo para emergencias”.
Pongo la radio bajita y empiezo el sermón de camino:
—Reglas de oro para hoy, equipo:
Voz bajita, como cuando estamos en la biblioteca.
No correr por los pasillos.
Si mamá está dando clase, ustedes se quedan con Elena o en el aula de clases dibujando o leyendo.
¿Entendido?
Ariadne levanta la mano como en clase.
—¡Entendido, capitana! Yo voy a dibujar un unicornio científico con bata blanca como tú.
Andrew, muy serio:
—Y yo voy a terminar mi libro de dinosaurios. Pero si alguien pregunta, diré que soy tu asistente de laboratorio.
Me río.
—Perfecto, asistente. Y si se portan bien, al salir compramos helado de tres bolas.
—¡Sííí! —gritan los dos al unísono.
Llegamos a la universidad a las 8:10.
Aparco en mi lugar de siempre.
Los bajo de la mano, uno a cada lado, y entramos al edificio como si fuéramos un pequeño ejército: yo adelante con el maletín, ellos atrás en fila india, mochilitas al hombro y caritas de concentración máxima.
En el pasillo, varios compañeros los ven y sueltan un “awww” colectivo.
Elena ya los está esperando con jugos y galletas.
—Bienvenidos, pequeños científicos —les dice, agachándose a su altura— Hoy son alumnos honorarios de la facultad.
Ariadne le da un abrazo espontáneo.
Andrew le choca el puño.
Yo los miro, el pecho lleno.
Con ellos dos a mi lado, hoy no hay fantasma del pasado que me alcance.
9:00 en punto.
Aula 203, grupo 101.
Entro con los gemelos de la mano.
El murmullo se corta en seco: cuarenta y dos pares de ojos pasan de mí a los dos pequeños que caminan serios a mi lado como si fueran mis guardaespaldas oficiales.
—Buenos días —digo con voz clara y tranquila—?Hoy tenemos visita especial hoy. Ellos son Ariadne y Andrew, mis asistentes científicos personales. Estarán en la primera fila, calladitos y tomando notas. Si alguien los distrae, le pongo tarea extra. ¿Entendido?
Un coro de “¡Sí, profesora!” y algunas risas cariñosas.
Dejo a los niños sentados en la mesa del frente con sus cuadernos, colores y un paquete de galletas que Elena les dio “para emergencias científicas”. Ariadne ya está dibujando una célula con pestañas y moño.
Andrew escribe “CICLO CELULAR” en mayúsculas con marcador azul.
Yo enciendo el proyector.
—Tema de hoy: regulación del ciclo celular y cáncer.
Prepárense, porque vamos a ver cómo una sola célula puede decidir si vivimos o morimos.
Empiezo fuerte: diapositivas limpias, imágenes impactantes de tumores, videos en time-lapse de apoptosis.
Los alumnos están en silencio absoluto; hasta los que normalmente duermen están con los ojos bien abiertos.
En la primera fila, Tom Kaulitz me mira fijo desde que entré.
No ha apartado la vista ni un segundo.
Yo actúo como si no existiera.
A los quince minutos levanto la mano.
—Necesito un voluntario para explicar en el pizarrón cómo funciona el punto de restricción del ciclo celular.
Varias manos. Elijo al azar… menos una.
—Señorita Becker Schmitt, adelante.
Mientras ella dibuja, paso por el pasillo repartiendo hojas con un ejercicio rápido.
Al llegar a la primera fila, dejo caer la hoja sobre el pupitre de Tom sin mirarlo.
Nuestros dedos se rozan apenas.
Él contiene la respiración; yo sigo caminando como si nada.
A mitad de clase, Ariadne levanta la mano con timidez.
—¿Sí, asistente número uno? —pregunto sonriendo.
—¿Las células malas también pueden volverse buenas si las queremos mucho? —pregunta con esa voz angelical.
El aula estalla en risas tiernas.
Me agacho a su altura.
—No, mi amor. A veces las células malas se olvidan de escuchar y hay que detenerlas con medicina muy fuerte. Pero las buenas siempre ganan al final.
Andrew, sin levantar la mano, añade muy serio:
—Es como cuando Darth Vader se vuelve bueno al final, pero con quimioterapia.
Más risas.
Sigo la clase sin perder el ritmo: explico p53, ciclinas, CDK, puntos de control G1 y G2.
Los chicos participan, preguntan, toman notas como locos.
En un momento paso cerca de Tom otra vez.
Él susurra, tan bajo que solo yo lo oigo:
—Gracias por lo de ayer, profe.
Yo, sin mirarlo, respondo igual de bajo mientras sigo caminando:
—Demuestra tu agradecimiento aprobando el próximo examen, Kaulitz.
Y sigo adelante.
Cuando termina la hora, los alumnos aplauden de pie.
Los gemelos corren a abrazarme las piernas.
—¡Mami, fue la clase más cool del mundo! —grita Ariadne.
Tom se queda recogiendo sus cosas más lento que nadie, mirándome de reojo.
Yo cargo a Andrew en una cadera, a Ariadne de la mano, y salgo del aula con la cabeza bien alta.
Primer round del día: ganado.
Y todavía quedan muchos más.
&
Llegamos a casa a las 2:15 p.m.
Los gemelos bajan de la camioneta como si hubieran corrido un maratón: mochilas colgando, mejillas rojas y hablando los dos al mismo tiempo sobre la clase, las células malas y la “tía Elena” que les regaló más galletas.
Apenas cruzamos la puerta, mi celular vibra.
Georg.
Respiro hondo, pongo el altavoz y dejo el teléfono sobre la mesa de la cocina.
—Es tu papi —anuncio.
Los dos se lanzan encima del teléfono como si fuera un tesoro.
—¡Papi! ¡Papi! —gritan al unísono.
—¿Cómo están mis campeones? —se escucha su voz cálida, un poco cansada por la reunión de maestros.
Ariadne empieza sin tomar aire:
—¡Papi, hoy fuimos a la universidad con mami! ¡Y había un salón gigante y todos nos miraban y yo dibujé una célula con pestañas y moño y Andrew dijo que las células malas necesitan quimioterapia como Darth Vader!
Georg se ríe, sorprendido.
—¿En serio? ¿Y se portaron bien?
Andrew toma el relevo, muy serio:
—Perfecto, papi. Ni siquiera corrimos por los pasillos. Y la tía Elena nos dio galletas de dinosaurio. Y mami explicó cáncer y todos aplaudieron de pie. ¡Fue épico!
—¿Y tú, princesa? —pregunta Georg a Ariadne.
—Que un niño grande me dijo que era muy bonita y le dije que gracias pero que ya tengo novio y mi novio es mi hermano —responde ella con total naturalidad.
Silencio de dos segundos y luego Georg suelta una carcajada enorme.
—Tu hermano no puede ser tu novio mi niña.
Yo estoy apoyada en la encimera, cruzada de brazos, sin decir ni mu.
Los miro hablar con su papá, los ojos brillantes, las manitas gesticulando, y siento una mezcla extraña de cariño y distancia.
Georg intenta incluirme:
—¿Y mami cómo está?
Los dos me miran.
—Mami está feliz porque somos sus asistentes científicos —dice Andrew, orgulloso.
—Y porque compramos helado de tres bolas de premio —añade Ariadne, lamiéndose los labios recordando.
—Perfecto —dice Georg, y después, más bajo.
Yo no respondo.
Solo levanto el teléfono, le doy un beso al aire para que los niños lo escuchen y cuelgo sin despedirme de él.
—Listo, equipo. Ahora a merendar y después tarea —ordeno con voz alegre.
Los gemelos ni se dan cuenta del hielo que hay detrás de mi sonrisa.
Y así está bien.
Ellos felices, hablando con su papá.
Yo aquí, protegiéndolos de todo lo demás.
Como siempre.
Son las 11:07 p.m.
Estoy tirada en el sofá, con la tele en volumen bajo y una copa de vino casi vacía en la mesita. Los niños duermen desde hace horas, la casa está en silencio y yo intento no pensar en nada.
Toc, toc, toc.
Tres golpes firmes en la puerta principal.
Me quedo helada.
A esta hora no espera a nadie.
Georg nunca vendría sin avisar.
Me levanto despacio, el corazón ya latiéndome fuerte, y miro por la mirilla.
Nick.
Con una chaqueta negra, el pelo un poco mojado por la llovizna, la cara pálida y los ojos rojos, como si no hubiera dormido en días.
Abro apenas un centímetro, solo lo suficiente para hablar.
—¿Qué haces aquí?
—Billie… por favor —su voz suena rota—Necesito hablar contigo.
Voy a cerrar de golpe, pero él mete el pie en el marco.
La puerta rebota contra su zapato.
—¡Fuera de mi casa! —susurro-grito, para no despertar a los niños.
Forcejeamos un segundo: yo empujo, él resiste.
—Por favor… no me voy a ir. Me quedo aquí toda la noche si hace falta. Solo dame cinco minutos.
Veo la desesperación en su cara, la misma que vi en mi oficina cuando se dio cuenta de quién era yo.
Y aunque cada célula de mi cuerpo me grita que lo eche, algo…..cansancio, curiosidad, o tal vez la necesidad de cerrar esto de una vez me hace ceder.
—Cinco minutos —digo entre dientes—Entras, hablas y después desapareces para siempre de mi vida. ¿Entendido?
Él asiente rápido, casi aliviado.
Abro la puerta lo justo para que pase.
Entra, huele a lluvia y a colonia vieja que aún reconozco.
Cierro y echo el pestillo.
Me cruzo de brazos, me apoyo en la pared del pasillo y lo miro con todo el hielo que me queda.
—Habla. El reloj ya empezó a correr
Lo tengo de pie en medio de la sala, bajo la luz tenue de la lámpara de pie.
No le ofrezco asiento.
No le ofrezco nada.
Él respira hondo, se pasa la mano por el pelo mojado y empieza.
—No sabía lo del bebé, Billie.
Te juro por lo que más quiero que no lo sabía.
Cuando desapareciste… te busqué. Contraté a alguien, pregunté en la universidad, llamé a tus amigas… nadie sabía nada. Fue como si te hubieras evaporado—Lo miro sin parpadear—Estaba aterrado. Heidi estaba embarazada, mi matrimonio era un desastre, mi jefe me presionaba con la empresa… me acobardé. Te hice daño y me odio por eso todos los días desde entonces.
Silencio.
—¿Sabes cómo se llamó mi hijo? —pregunto de pronto, con la voz quebrada por primera vez.
Nick levanta la vista, confundido—Se llamó Abdiel —continúo—Nació a los ocho meses, pesó 1,800 kg y vivió exactamente treinta y dos minutos. Lo sostuve en mis brazos mientras su corazón se apagaba. Tú nunca lo supiste porque yo decidí que no merecías saberlo.
Él palidece tanto que parece que va a desmayarse.
Se tambalea, se agarra del respaldo del sofá.
—Billie… Dios mío…
—No quiero tu lástima, Nick. Quiero que entiendas el tamaño del daño que hiciste.
Se le caen las lágrimas sin control.
—Nunca quise eso… nunca quise hacerte daño. Si hubiera sabido…
—Habrías hecho exactamente lo mismo —lo corto—Elegiste a Heidi, elegiste tu vida perfecta, y yo quedé como la loca que se enamoró del hombre casado. Punto.
La conversación está en su punto más crudo cuando se escucha un pasito arrastrado en el pasillo.
—Mami…
Ariadne aparece en el marco de la sala, el pelo hecho una maraña de rizos revueltos, el pijamita de unicornios torcido, los ojos entrecerrados y el osito colgando de una mano.
—Tengo sed… —murmura con voz de sueño.
Nick se queda estático.
La mira como si acabara de ver un ángel.
La boca se le abre un poco, los ojos se le llenan de algo que no sé si es ternura o dolor
—Billie… —susurra tan bajo que casi no lo escucho— Tu hija… es preciosa.
No le respondo.
Voy directo hacia ella, la cargo en brazos ,pesa tan poco cuando está dormida y la aprieto contra mi pecho.
—Ya, mi amor, vamos por agua.
Nick se queda ahí de pie, sin moverse, mirándonos como si quisiera grabar la imagen en la retina.
La llevo al cuarto, le doy agua en su vasito de estrellas, le acomodo el pelo, le doy un beso en la frente.
—¿Quieres que me quede hasta que te duermas otra vez?
Ella niega con la cabecita, ya volviendo a caer.
—Solo tenía sed… te quiero, mami.
—Te quiero más, princesa.
Apago la luz de noche y cierro la puerta con cuidado.
Cuando vuelvo a la sala, el sigue exactamente en el mismo lugar, como si no se hubiera atreviera a respirar fuerte.
—Sigue —digo, cruzándome de brazos—Tenías cinco minutos. El reloj no se detuvo.
Él traga saliva, la voz más baja que antes.
—Solo quería decirte que lo siento.
Que si hubiera sabido lo del bebé… habría movido cielo y tierra.
Que nunca dejé de pensar en ti.
Y que verte ahora, con ella… me parte el alma porque sé que pude haber tenido eso y lo tiré a la basura.
Silencio denso.
Miro el reloj de pared.
—Tu tiempo se acabó hace dos minutos.
Camino hacia la puerta y abro la puerta de par en par.
—Gracias por el perdón que viniste a buscar.
No lo tengo.
Buenas noches, Nick.
Él asiente despacio, los ojos brillosos.
Sale sin mirar atrás.
Cierro la puerta, echo pestillo y me quedo un segundo apoyada en ella.
Esta vez no lloro.
Solo respiro hondo, apago las luces y me voy a dormir con mis dos pequeños soles.
Porque mi historia ya no gira alrededor de él.
Ahora gira alrededor de ellos.
Continúa…
Gracias por la visita. No olvides comentar 😉