
Fic TOLL de Beth
Capítulo 13
Al día siguiente tocaba el grupo 105, uno de los más tranquilos.
Clase de 10:00 a 11:40 sobre regulación hormonal.
Los chicos tomaron notas sin interrupciones, preguntaron lo justo y hasta aplaudieron al final cuando comparé la adrenalina con el subidón de un concierto.
Todo fluyó tan rápido que cuando sonó la campana casi me sorprendió.
Recogí mis cosas con calma: laptop en el maletín, marcadores guardados, pizarrón borrado.
Ya tenía la mano en el picaporte cuando la puerta se abrió de golpe.
Tom.
Entró sin pedir permiso, se volteó y cerró con seguro.
El clic de la cerradura retumbó en el aula vacía.
—¿Qué te pasa? —pregunté, cruzándome de brazos—Hoy no tienes clase conmigo.
Él no respondió de inmediato.
Avanzó despacio, los ojos fijos en mí, la respiración un poco acelerada.
Se detuvo a menos de un metro, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo y el leve olor a su colonia mezclada con sudor de gimnasio.
—¿Qué pretendes, Billie? —dijo con voz baja, ronca, casi un gruñido.
Arqueé una ceja.
—No sé de qué hablas.
Él dio otro paso. Ahora estábamos a centímetros.
—Te vi. En el pasillo. Reías con el profesor de física. Te tocó el brazo. Y tú… sonreías como si te gustara.
Me reí.
Una risa corta, seca, burlona.
—¿En serio, Tom? ¿Me estás reclamando por eso…esos son celos por hablar con un colega?
Tienes dieciocho años. Yo casi 30.
¿De verdad crees que tienes derecho a preguntarme con quién sonrío o no?
Él apretó la mandíbula, pero no retrocedió.
Al contrario, se acercó más, hasta que sentí su aliento en mi piel.
—No es derecho —susurró— Es que ya me di cuenta de cómo me miras cuando crees que no te veo. Me miras igual que yo a ti. Y me gustas.
Me gustas desde el primer día que entraste al aula.
El aire se cargó de electricidad.
Sentí su mirada bajar a mi boca, volver a mis ojos, bajar otra vez.
Mi pulso se aceleró traicionándome, pero mantuve la voz firme, seductora, peligrosa.
—¿Y qué vas a hacer al respecto, Tom?
Él tragó saliva.
Sus manos se alzaron apenas, como si quisiera tocarme, pero se detuvo a milímetros de mi cintura.
—Dime que pare y paro —susurró— Pero si no…
No lo dejé terminar.
Apoyé una mano en su pecho, justo sobre el corazón que latía desbocado, y lo empujé suave contra la pared más cercana.
Él se dejó, los ojos oscuros de deseo.
Me acerqué hasta que mis labios rozaron su oreja.
—Esto es exactamente lo que quiero —susurré—Que te vuelvas loco pensando en mí….que no puedas concentrarte en nada más…que me desees tanto que duela—Sentí cómo se estremeció bajo mi mano.
Retrocedí un paso, sonriendo con frialdad—Pero hoy no, Tom.
Hoy solo era una probadita.
Me di la vuelta, abrí la puerta y salí sin mirar atrás.
Por dentro, la sonrisa era triunfal.
El plan iba justo como lo había planeado.
Perfecto.
Delicioso.
Imparable.
Al salir de la universidad, con el maletín en la mano y la cabeza todavía dando vueltas por la escena con Tom, cruzo el estacionamiento hacia mi camioneta.
Y lo veo.
Un Mercedes negro estacionado justo al lado del mío.
Nick al volante, con las manos en el y la mirada fija en la entrada del edificio.
Bajo los escalones más despacio.
Él baja la ventanilla cuando me ve acercarme.
—¿Qué haces aquí, Nick? —pregunto con voz baja pero cortante.
Él me mira con esa expresión que mezcla súplica y determinación.
—Te estaba esperando.
Miro alrededor. El estacionamiento está lleno de alumnos saliendo, profesores, conserjes.
Tom puede aparecer en cualquier momento.
—Tom va a salir en cualquier segundo y te va a ver —digo entre dientes— ¿Quieres que tu hijo te encuentre acechando a su profesora?
Nick encoge los hombros, sin apartar la vista de mí.
—No me importa. Así le será más fácil explicarle las cosas a Tom. Y quizá no le siente tan mal el divorcio cuando sepa que hay… historia.
El estómago se me revuelve.
No.
Esto no.
Si Nick confiesa todo ahora, si le cuenta a Tom quién soy realmente, si mete drama familiar en medio…
mi venganza se desmorona.
El control que tengo sobre Tom desaparece.
El plan perfecto se va al diablo.
No puedo permitirlo.
Abro la puerta del copiloto y me subo sin decir palabra.
—Arranca —ordeno—Vamos a un lugar donde nadie nos conozca.
El sonríe por primera vez, una sonrisa pequeña, casi aliviada.
Pone el coche en marcha y sale del estacionamiento.
Mientras él maneja, saco el teléfono y marco a Georg.
—Georg, ¿puedes quedarte con los niños unas horas más? Tengo… un imprevisto en la universidad.
—Claro, sin problema —responde al instante, sin preguntar—Los llevo a casa y les doy de cenar. Tranquila.
—Gracias —digo, y cuelgo.
Nick me mira de reojo mientras conduce hacia la salida de la ciudad.
No dice nada.
Solo sonríe esa sonrisa que conozco demasiado bien.
Yo miro por la ventana, los nudillos blancos de apretar el bolso.
Por dentro, la furia y la estrategia se mezclan.
Esto no iba en el plan.
Pero lo voy a reconducir.
Porque el juego sigue siendo mío.
Y nadie, ni siquiera Nick, va a quitármelo.
El condujo hasta un muelle viejo en las afueras de la ciudad, un lugar olvidado junto al lago donde apenas pasa alguien.
El sol ya se estaba poniendo, el agua quieta reflejaba tonos naranja y violeta.
Estacionó el coche al final del muelle de madera, apagó el motor y se quedó mirando al frente.
Silencio absoluto.
Solo el leve chapoteo del agua contra los postes y el viento suave moviendo las hojas secas.
Yo tenía los brazos cruzados, mirando el horizonte, la rabia y la confusión peleando dentro de mí.
Al final fui yo la que habló.
—¿Por qué no me dejas en paz, Nick?
Ya te dije todo lo que tenía que decirte, ya te di mi odio, mi desprecio, mi adiós…¿Qué más quieres?
Él giró la cabeza despacio, los ojos fijos en mí como si temiera que desapareciera si parpadeaba.
—No puedo —susurró—cuanto más te alejas, más te extraño….es como si hubieras estado dormida en algún rincón de mí todos estos años y ahora que te vi… despertaste todo.
Me reí.
Una risa seca, amarga, que resonó en el silencio.
—¿En serio? ¿Eso es lo que vas a decirme después de estos años?
Él no se rió.
Se inclinó un poco hacia mí, la voz más baja, más ronca.
—Es la verdad….desde que entre a esa sala de juntas no puedo estar tranquilo….pienso en ti todo el día…en tu boca…en cómo me mirabas cuando eras mía….en las ganas inmensas que tengo de besarte ahora mismo… de tocar tu cuerpo otra vez, de tenerte debajo de mí gimiendo como antes.
Cerré los ojos un segundo.
No quería recordar.
Pero él siguió, como si estuviera abriendo una caja que llevaba años cerrada con candado.
—Recuerdo la primera vez que te tuve en ese apartamento… cómo temblabas cuando te quité la blusa, cómo me suplicaste que no parara cuando te besé el cuello.
Recuerdo cómo gemías mi nombre cuando te hacía correrte con la boca… cómo me clavabas las uñas en la espalda cuando entraba en ti despacio, hasta el fondo, y tú me apretabas como si nunca quisieras soltarme….recuerdo esa noche que llovía y no pudimos salir, y nos pasamos horas en la cama, tú encima de mí, moviéndote lento, mirándome a los ojos mientras me decías que me amabas…
Su voz se quebró al final.
Yo abrí los ojos.
Lo miré fijo.
El aire dentro del coche se había vuelto denso, caliente, cargado de todo lo que una vez fue y ya no es.
—No vuelvas a hablarme de eso —dije, pero mi voz sonó menos firme de lo que quería.
Él se acercó un centímetro más, los ojos oscuros, la respiración agitada.
—No puedo evitarlo, Billie….te deseo tanto que duele…y sé que tú también lo recuerdas.
Silencio.
El lago seguía quieto.
El sol se hundía.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no supe qué decir.
Porque una parte de mí, muy pequeña y muy traicionera, también lo recordaba.
No sé en qué momento exacto pasó.
Un segundo estábamos hablando, el aire cargado de palabras que dolían y quemaban, y al siguiente sus labios estaban sobre los míos.
Fue él quien se inclinó primero, lento, como si me diera tiempo a detenerlo.
No lo hice.
El beso empezó suave, casi tímido, como si los dos tuviéramos miedo de romper algo frágil.
Pero enseguida se volvió hambriento, desesperado, tantos años de ganas contenidas explotando de golpe.
Sus manos subieron a mi cara, me sujetaron con ternura y firmeza, y yo me dejé llevar.
Abrí la boca para él, gemí bajito cuando su lengua encontró la mía, y mis dedos se enredaron en su pelo, tirando suave para acercarlo más.
—Billie… —susurró contra mis labios, la voz ronca— Dios, cuánto te extrañé.
Yo no respondí con palabras.
Solo lo besé más profundo, mordí su labio inferior, lo succioné hasta que él soltó un gruñido bajo que me recorrió la columna.
El asiento del copiloto se reclinó con un movimiento rápido.
Nick se inclinó sobre mí, su cuerpo cubriendo el mío, el calor de su piel traspasando la ropa.
Sus manos bajaron por mi cuello, por mis hombros, desabotonaron mi blusa con prisa contenida.
Sus labios siguieron el camino: besos húmedos en la clavícula, en el borde del sostén, hasta que encontró mi pecho y lo tomó en su boca.
Gemí más fuerte, arqueé la espalda.
—Así… justo así… —susurré, enredando los dedos en su pelo.
Él subió de nuevo a mi boca, me besó como si quisiera devorarme, mientras una mano bajaba por mi cintura, por mi falda, hasta encontrar la piel desnuda de mi muslo.
—Estás tan caliente… —murmuró contra mi cuello—Siempre fuiste fuego.
Mis manos bajaron a su camisa, tiré de los botones, necesité sentir su piel contra la mía.
Cuando por fin lo tuve desnudo de torso, acaricié su pecho, sus hombros, recordando cada músculo como si nunca hubiera dejado de tocarlo.
Él me levantó la falda, sus dedos encontraron mi centro ya húmedo, y gimió al sentirme.
—Billie… estás empapada por mí…
Entró un dedo, luego dos, moviéndolos lento, profundo, mientras su pulgar rozaba mi clítoris en círculos perfectos.
Me retorcí debajo de él, el placer subiendo rápido, demasiado rápido.
—Nick… por favor…
Él se desabrochó el pantalón, se acomodó entre mis piernas y entró en mí de una sola embestida lenta, profunda.
Los dos gemimos al unísono.
Empezó a moverse, primero despacio, como si quisiera grabar cada sensación, después más rápido, más fuerte, el coche meciéndose con nosotros.
Sus labios en mi cuello, mis uñas en su espalda, nuestros cuerpos recordándose como si nunca se hubieran separado.
—Te siento tan bien… siempre fuiste perfecta para mí… —susurraba entre embestidas.
Yo solo podía gemir, cerrar los ojos, dejar que el placer me llevara.
El orgasmo llegó como una ola, fuerte, imparable.
Y en el clímax, cuando todo explotó dentro de mí, mi subconsciente traicionó todo el plan.
—Tom…
El nombre salió de mis labios como un jadeo, claro, inconfundible.
Nick se quedó quieto encima de mí, la respiración agitada, los ojos abiertos de golpe.
Yo abrí los ojos, horrorizada.
El silencio que cayó fue más fuerte que cualquier grito.
Y ahí quedó todo.
Continúa…
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